Capítulo 22. Cuestión de honor.
El Zorro observaba al alcalde un poco extrañado. No parecía comportarse normalmente.
"¿Sabes si el alcalde ha estado bebiendo antes de salir del cuartel?" preguntó tras acercarse a don Alejandro.
"Yo me estaba haciendo la misma pregunta."
El sargento Mendoza estaba lo suficientemente cerca como para oírlos y se reunió con ellos para decirles en voz baja. "El doctor le ofreció láudano para el dolor, pero no quiso aceptarlo porque dijo que necesitaba estar despierto. Sabiendo cómo es, el doctor decidió darle otro brebaje antes de sacarle la bala."
Los demás hombres dejaron un espacio para los dos contendientes.
"¿Para qué quiere pelear por esa buscona? Ya la ha oído, el que cargue con ella estará a merced de su hermano toda la vida." dijo don Emiliano en tono despectivo.
"No insulte a la señorita." dijo de Soto con fiereza.
"¿Señorita? No se merece ese título. No tiene honor."
"En todo caso soy yo el que no lo tiene por aprovecharme de ella, pero de una manera o de otra remediaré la situación."
"Ah. ¿Es usted el autor del… desaguisado? Al parecer ella también tiene mal gusto."
El alcalde atacó con su espada y el otro hombre lo esquivó. Por suerte no parecía muy hábil, porque el error del alcalde al atacar con demasiada fuerza podría haberle costado la vida.
Las espadas entrechocaron varias veces. Al parecer el alcalde estaba tratando de recuperar la calma, pero la sonrisa burlona del otro hombre parecía afectarle.
"En realidad ni siquiera sabe si es suyo. ¿Está seguro de que fue el primero? Sinceramente lo dudo mucho." dijo el otro hombre tratando de seguir ganando ventaja.
Don Alejandro mientras tanto había desatado a la chica, y se dio cuenta de que ella estaba dispuesta a agredir al hombre que la insultaba así.
"Señorita, no se acerque a ellos, podría resultar herida." dijo don Alejandro reteniéndola.
Ella echaba chispas por los ojos. A el Zorro le recordó mucho a Victoria, aunque ahora que no estaba demasiado ocupado tampoco es que necesitara muchas excusas para pensar en ella todo el rato.
Mientras los demás estaban distraídos con el duelo, el Zorro se acercó al sargento a hacer una sugerencia. "Debería decir a varios de sus hombres que recojan las armas que los hombres de don Emiliano han arrojado y los registren por si tienen más."
El sargento se dio cuenta de que no estaba cumpliendo con su deber. "Tiene razón, Zorro. Deberíamos estar ocupándonos de ellos."
Dio una orden a tres de los soldados y reunieron en una bolsa las armas de los demás hombres, que no opusieron resistencia.
El alcalde volvió a lanzar una estocada, y se vio claramente que hacía un gesto de dolor al estirar los músculos de la zona que tenía herida. El otro caballero aprovechó para desviar la hoja y trató de alcanzarlo con su espada, pero por suerte el alcalde se recuperó lo suficiente como para esquivar el contraataque. Recibió una herida leve en el brazo.
"Ya es suficiente." dijo el sargento con su arma apuntando hacia don Emiliano. "No me voy a quedar aquí viendo cómo matan a mi alcalde. No es una pelea justa, está herido, y además ahora tiene un hijo en quien pensar y no debería estar arriesgando su vida inútilmente. Tire la espada."
"No." dijo Emiliano sin dejar de mirar a su oponente. "No consentiré que se quede con ella."
El ataque desesperado no tuvo el efecto que él esperaba. El alcalde se apartó ligeramente y desvió su espada, pero la punta del arma del alcalde quedó directamente delante del otro hombre, que con el impulso quedó casi completamente atravesado.
Don Alejandro vio morir a aquel hombre con cierta lástima, aunque muy amortiguada al saber lo que pretendía. Se volvió hacia la chica pensando que ella estaría afectada al ver a un hombre morir frente a ella, pero ella lo miraba con frialdad.
El Zorro se acerco al alcalde despacio, como quien se acerca a un caballo impredecible.
"Ya está, está muerto." le dijo dándose cuenta de que tenía las pupilas algo dilatadas.
El alcalde respiraba pesadamente. "Sí, volvamos al cuartel. Hay que poner a salvo a la señorita. Nos lo llevaremos y lo enterraremos. Habrá que dar parte a las autoridades."
"Todos testificaremos que era un fugitivo y le atacó, alcalde." dijo don Alejandro.
"Bien." dijo de Soto algo aturdido.
Trató de subir al caballo, pero su brazo izquierdo no cooperaba. Disimuladamente Mendoza se acercó y puso las manos bajo su pie derecho para que pudiera impulsarse hacia arriba. El alcalde lo miró con el ceño fruncido, pero aceptó la ayuda.
Uno de los soldados desató una manta vieja que llevaba atada a la silla de montar y con ayuda de otro de los hombres envolvió el cuerpo sin vida de don Emiliano, para luego sujetarlo sobre un caballo.
"¿Qué pasa con nosotros?" preguntó el que parecía el de más edad entre los hombres de don Emiliano.
"Por mí se pueden ir. Está claro que éste ya no va a pagarles lo que les debía."
El hombre asintió. "¿Podría disparar al aire dos veces para llamar a los hombres que salieron a explorar? Si nos indican por dónde podemos cruzar este barranco volveremos a casa."
"Hay un puente tres leguas al sur de aquí." dijo el Zorro señalando en esa dirección.
Mientras tanto el alcalde miró a Mendoza y asintió. El sargento sacó dos pistolas de la bolsa y disparó una a continuación de la otra.
Don Alejandro se acercó a uno de los caballos y lo acercó a la señorita. También se ofreció para ayudarla a subir.
"Gracias, don Alejandro."
El Zorro le hizo una pequeña inclinación con la cabeza. "Me alegro de que esté bien, señorita. Estoy seguro de que con el señor de la Vega queda en buenas manos." Se volvió y caminó hacia su caballo.
"Gracias, señor." dijo ella fijándose en el Zorro con una mirada un poco pensativa.
Don Alejandro confirmó las palabras de el Zorro. "Estoy a su servicio, señorita. Si quiere puede alojarse en la hacienda con nosotros hasta que vuelva su hermano. Pediré a mis vaqueros que hagan turnos para vigilar."
El alcalde hizo girar su caballo para mirarlos. "Podría alojarse en el cuartel. Hay una habitación para invitados de alto rango. Incluso podría cederle la mía."
"No quiero su habitación." dijo ella. "Prefiero alojarme con don Alejandro. Los de la Vega me han dado buenos consejos sin pedir nada a cambio, y don Diego ya está casado, así que no tratará de hacerme su esposa por mi dinero."
"Por supuesto, señorita, pero al menos me permitirán ofrecer hombres para que ayuden en la vigilancia. Es lo menos que puedo hacer."
"Eso estaría bien." admitió don Alejandro.
Se pusieron en marcha, y cuando se habían alejado lo suficiente del otro grupo, Mendoza se dio cuenta de algo.
"¿Dónde está el Zorro?"
El Zorro había cogido un desvío disimuladamente y cabalgaba de vuelta a casa.
Marina dejó que su caballo siguiera al de don Alejandro aún aturdida por todo lo que había pasado, y preguntándose una vez más si de Soto se habría tomado tanto interés si ella no tuviera tanto dinero.
