Capítulo 23. Hoy No Tengo Suerte.
El Zorro utilizó un atajo para tratar de llegar a la hacienda cuanto antes sin arriesgarse a ser visto. Tornado galopaba a un ritmo que el Zorro sabía que podía mantener durante todo el trayecto, sin embargo, tras subir una cuesta pedregosa el jinete notó algo extraño y decidió detenerse.
"¿Hay algún problema con uno de los cascos?" dijo tras desmontar.
Miró la pata delantera izquierda del caballo, porque le parecía que había algún problema. Había perdido una herradura.
"Se supone que las herraduras traen buena suerte, pero me temo que hoy no es mi día." dijo para sí mismo con un suspiro.
Escudriñó el horizonte y calculó el tiempo que tardaría en llegar a la hacienda desde allí.
Tornado le dio un empujón con el hocico, parecía animarle a que volviera a montar, pero él no quería arriesgarse a lastimar la pata sin herradura.
"No, amigo, aunque me gustaría llegar a casa cuanto antes no lo haré a costa de que te hagas daño. En poco más de una hora estaremos en la cueva. Eso sí, dejaré para mañana lo de ponerte una herradura nueva. Espero que lo entiendas."
El caballo resopló como respuesta y se pusieron en marcha.
Felipe lo esperaba en la cueva, visiblemente nervioso.
"Tu padre llegó hace unos minutos, y Adela está preparando una habitación a la señorita." Indicó el muchacho por señas.
"Debería haber llegado hace más de media hora, pero Tornado perdió una herradura." dijo el Zorro empezando a desensillar al caballo.
Felipe hizo un gesto de exasperación y le dio en el brazo para que se apartara.
"Si te ocupas tú, mejor. Yo me voy cambiando."
En un rincón de la cueva había instalada una cortina tras la cual había un palanganero y toallas, de manera que Diego pudiera asearse y entrar en la hacienda como si no hubiera estado varias horas montando a caballo y peleando con su espada. Habría preferido darse un baño templado a utilizar el agua fría que había en la jarra, pero afortunadamente era verano y no supuso un problema.
Diego volvió a ponerse la ropa que había llevado en la boda y se asomó a la mirilla para comprobar que no hubiera nadie en la biblioteca. Esperaba poder salir sin que nadie lo viera. La habitación empezaba a quedarse a oscuras, porque estaba anocheciendo.
Según avanzó dos pasos oyó a alguien acercarse. Por puro reflejo hizo lo mismo de siempre, coger el primer libro que pudo alcanzar.
Adela, la criada, que traía una vela para encender las luces en la biblioteca, lo miró extrañada.
"Solo he venido a coger un libro, voy a volver con Victoria." dijo él intentando que no se notara su nerviosismo.
"Ya, ha venido a la biblioteca en su noche de bodas a coger un libro de filosofía." dijo ella echándole un vistazo a lo que él tenía en la mano para a continuación mirarle a los ojos.
Diego sostuvo la mirada de la mujer sin saber qué decir.
"Mire don Diego," dijo ella mientras se dirigía a una de las lámparas para encenderla. "voy a hacer como que no le he visto aquí hoy, lo mismo que llevo años haciendo como que no veo la tierra que el muchacho y usted arrastran desde la cueva que hay al otro lado de esa chimenea." dijo señalando la pared del fondo "Ni la mirilla de aquella estantería..." dijo desviando su mirada hacia el estante a la derecha de la chimenea y luego volviendo su atención hacia la siguiente lámpara para encenderla también. "… donde cada vez que quito el polvo vuelvo a colocar los libros de manera que no le impidan la vista desde dentro."
Diego parpadeó, dándose cuenta de repente de que la criada debía saberlo todo desde el principio. Ella se acercó a él, dejó la vela sobre una mesita auxiliar y tendió la mano.
"Deme ese libro, vuelva con su señora, disfrute de la cena que hace un rato he dejado en la consola que está al lado de su puerta, y no deje que nada ni nadie le distraigan. Ya sé que mucha gente depende de usted, pero en mi opinión ni los cuatro jinetes del Apocalipsis deberían hacerle apartarse de su esposa hoy." dijo, después cogió una vela de una de las mesitas, la encendió y se la ofreció.
"Iba a llevarles luz a su dormitorio, así que me ahorro el paseo y tener que oír a su esposa dando excusas para explicar por qué es ella y no usted la que abre la puerta, mientras finge que está usted con ella en la habitación."
Diego le dio el libro a la mujer a cambio de la vela encendida y se dirigió al pasillo. En el distribuidor vio a su padre que salía del corredor lateral al que daban las habitaciones de invitados. Don Alejandro se detuvo en seco y se dio la vuelta.
"Un momento, creo que se me olvida algo." dijo de espaldas a Diego mientras le hacía un gesto con el brazo tras su espalda para que pasara de largo.
"Ah, ya sé." continuó don Alejandro. "Antes de enviar a Ernesto y dos hombres a buscar a su hijo a la taberna necesitamos saber cuántos sirvientes necesita que se alojen aquí. ¿Será suficiente con su doncella personal? Por supuesto además el ama de cría y el aya de su hijo."
Marina se dio cuenta de que pasaba algo extraño, pero no sabía exactamente el qué. "Gracias don Alejandro, es usted muy atento al ocuparse de todo. Con mi doncella personal es suficiente, a menos que necesiten más criados para atender la casa con nosotros alojados aquí."
"Por supuesto prepararemos unas habitaciones. Creo que lo mejor será que consulte a nuestra doncella y a la cocinera. Ellas podrán indicarme cómo organizarlo todo."
Diego alcanzó la puerta de su habitación sin más inconvenientes. Entró y la cerró despacio para no hacer ruido.
Victoria estaba sentada en la cama, recostada contra unos cojines, con un libro en el regazo y dormida. Diego nunca había visto algo tan hermoso.
