Capítulo 24. Al Fin a Solas.
Diego dejó la vela en una mesita, se acercó a ella y susurró, tratando de no sobresaltarla.
"Hola, mi amor." dijo cerca de su oído.
Ella abrió los ojos y al verlo sonrió. "Estás de vuelta. Por fin. Intenté entretenerme con un libro, pero solo encontré éste y al cabo de un rato me quedé dormida."
Diego se fijó en el libro que tenía ella en la mano. Un tratado de botánica. "No es una lectura muy entretenida." dijo cogiendo el libro y dejándolo en la mesilla de noche.
Ella se incorporó para mirarlo un poco ansiosa. "¿Estás bien?" él asintió. "¿Y Marina? ¿La habéis encontrado?"
"Ella está bien. Tiene algunos golpes, pero en pocos días se recuperará. Mi padre la ha invitado, y está alojada en una de las habitaciones del otro ala de la casa."
"Me alegro de que la hayáis rescatado." dijo ella. Luego ambos se quedaron callados mirándose. "Adela trajo una bandeja con la cena, yo ya he comido algo, pero supongo que tú estarás hambriento."
Él ni siquiera desvió su mirada hacia la bandeja. "Eso puede esperar." dijo, más interesado en ella que en la comida. "Me estaba acordando de que antes de irme me pediste que hiciera algo." añadió mientras se desabrochaba las mangas de la chaqueta.
"Era una tontería." dijo ella sonrojándose. "No tienes que hacerlo si no quieres."
"¿Si no quiero?" respondió él con voz grave mientras se quitaba la chaqueta. "Pero si lo que quiero es cumplir todos tus deseos. Éste es muy fácil." dijo él empezando a desabrocharse botones de la camisa. "¿Ya no quieres que lo haga?"
"Bueno, sí." Ella sonrió nerviosa. "¿Vas a querer que yo haga lo mismo?" preguntó sintiéndose un poco alarmada, porque no sabía si sería capaz.
Diego puso cara de estar considerándolo seriamente mientras se abría la camisa despacio. "Tentador, quizá otro día. Hoy me gustaría hacerlo yo personalmente, si no tienes inconveniente."
Ella negó con la cabeza levemente, sin dejar de mirarlo.
A continuación él se quitó los zapatos y los calcetines, sonriendo para disimular que se sentía algo avergonzado empezó a desabrocharse los pantalones.
Victoria estaba acalorada, estaba convencida de que se estaba poniendo muy roja. Los pantalones de él cayeron al suelo, y ella decidió acercarse mientras él se los acababa de quitar. Cuando se abrazaron y a continuación se besaron ella dejó de tener la sensación de que algo malo iba a pasar. Por fin estaban juntos, y todo era perfecto.
El día siguiente también fue perfecto. Apenas salieron de la habitación, porque la criada y la cocinera les dejaban bandejas con comida en el mueble del pasillo. A media tarde Adela llamó a la puerta para decirles que tenían un baño preparado.
"¿La bañera es lo bastante grande para los dos?" preguntó Victoria con una sonrisa pícara.
"Solo hay una manera de averiguarlo."
Efectivamente lo era, aunque derramaron algo de agua por el suelo cuando Victoria entró después de Diego y se recostó sobre él. Ella se encontraba completamente relajada cuando él dijo.
"Me estaba acordando de algo que me dijo el padre Benítez después de que confesara."
"¿Qué fue lo que le dijiste?"
"Tuve que decirle la verdad, sabía que le estaba ocultando algo y pensó que era mucho peor, que pensaba serte infiel con otras mujeres o algo parecido."
"Es un buen hombre, estoy segura de que guardará el secreto."
"Yo también lo creo, pero no es eso en lo que estaba pensando."
Victoria se movió un poco para acomodarse y apoyar toda su espalda contra el pecho de Diego. No quería pensar en nada más, estaba tan a gusto que pensó que tenía que ser pecado.
"Verás, el padre me dijo que cuando te confesaste te dijo algo pensando que yo era un seductor, y me gustaría saber qué fue."
Diego notó cómo Victoria se tensaba. "Lo recuerdo, quizá lo que me dijo ya no valga." dijo preocupada.
"Todo lo contrario, pensó por un momento y me dijo que seguía creyendo que era un buen consejo."
"Menos mal." murmuró ella aliviada.
Aquello picó aún más la curiosidad de Diego. "¿No me lo vas a contar?" susurró a su oído.
Ella se removió, un poco nerviosa. "Es que no sé bien cómo explicarlo."
"Quizá puedas repetir lo que dijo él."
"No fue muy concreto. Solo me dijo que cuando un hombre busca compañía femenina es porque tiene necesidades, y que como tu esposa tengo que ayudarte a evitar las tentaciones."
"¿Te sugirió cómo conseguirlo?" preguntó Diego, divertido por la situación.
"Pues… dijo que si tú me pides alguna cosa… no dijo el qué, pero que si lo que hacemos puede llevar a concebir un bebé… que no me preocupe por lo que dicen algunos sacerdotes."
"¿Sabes a qué se refiere?"
"Creo que a que sólo hay una forma de hacer… ya sabes, que mantiene la castidad en el matrimonio."
"¿Eso es lo que os dicen a las mujeres?"
"Eso si tenemos suerte y no estamos en la inopia y nos acaba dejando embarazada un sinvergüenza como le pasó a Marina." dijo ella con voz algo enojada.
"Tienes razón. El caso es que eso que has dicho me parece muy interesante."
"¿Qué parte?"
"La parte en la que puedo pedirte cosas para satisfacer mis necesidades. Pero solo lo haré con una condición."
"¿Cuál?"
"Que tú también lo hagas."
"Pero no sabría qué pedirte."
"Entonces tendremos que probar cosas de las que he oído hablar a otros hombres y algunas que he leído por ahí."
En la posición en la que estaba Victoria pudo notar claramente que Diego estaba recordando algo que quería probar.
Decidieron salir de la habitación a la hora de la cena, porque Victoria quería asegurarse de que Marina estaba bien. No dudaba de que los criados la estuvieran atendiendo correctamente y también confiaba en que don Alejandro le hiciera compañía, pero al ponerse en su lugar supo que ella querría hablar con alguna mujer más o menos de su edad.
Cuando la vio se sorprendió del moratón que tenía ella en la cara, donde su secuestrador la había abofeteado. No pudo evitar una pequeña exclamación. Marina bajó la mirada, avergonzada, pero Victoria no estaba dispuesta a aceptarlo.
"Marina, siento haberte alarmado. No esperaba que te hubieran golpeado con tanta fuerza, pero no es culpa tuya. Ese hombre hizo algo horrible, y creo que eres muy afortunada de que pudieron detenerlo a tiempo."
"Sí, me alegré tanto de ver que alguien venía a rescatarme que no me importó demasiado haberme golpeado contra el suelo cuando me tiré del caballo."
"Fuiste muy valiente tratando de retrasarlos."
"No estoy tan segura de eso. Solo podía pensar en que no quería que me apartaran de mi hijo."
"Eso es ser valiente, pelear por las personas a las que quieres."
Marina sonrió. "Quiero mucho a mi hijo."
"Por supuesto. ¿Quién no querría a un bebé tan dulce?"
"Me sorprendió mucho que Ignacio también viniera, creí que estaba muerto o malherido. Luego don Alejandro me dijo que la bala solo le hirió superficialmente, pero que aún así había tenido que hacer un gran esfuerzo para participar en mi rescate."
Diego también le había contado a Victoria lo que había pasado, y que el alcalde se había comportado de una manera extraña. "Sí, yo también le he oído decir que quiso enfrentarse a ese hombre él mismo."
"Lo hizo, pero no puedo dejar de pensar que quizá fue más por mi dinero que por mí."
Victoria no sabía qué contestar a eso. Atribuir buenos sentimientos al alcalde le resultaba casi imposible, probablemente por años de experiencia tratando con él, así que prefirió no dar ninguna respuesta.
El domingo tuvieron que vestirse con ropa más formal para acudir a misa. Se levantaron con tiempo de desayunar con el resto de la familia.
"Buenos días Diego." saludó su padre alegremente.
"Buenos días."
Marina también estaba sentada en la mesa, mientras el pequeño Diego se encontraba en un cesto grande en el suelo, desde donde podía ver lo que pasaba a su alrededor. Victoria saludó a los adultos presentes, para a continuación acercarse al bebé para decirle hola.
Marina sonrió. "Quizá pronto puedas jugar con tu propio bebé." dijo sin pensarlo dos veces, luego puso cara de horror. Cualquier tema que tuviera relación con la vida íntima de una pareja no se debía mencionar. "Perdón, no debí decir eso."
"¿Por qué no?" respondió Victoria sonriente. "Eso me encantaría."
"Y a mí." afirmó don Alejandro con entusiasmo. "Hace tiempo que quiero nietos."
Marina sonrió. "Me alegro de que no se hayan ofendido." dijo un poco avergonzada.
"Aquí somos amigos, no seguimos las costumbres de la nobleza, y si nos quiere desear felicidad y muchos hijos la animo a que lo haga." dijo Diego.
"Creí que usted estaba emparentado con la nobleza."
"Mi bisabuelo era conde, el título pasó a un tío de mi madre, y a su muerte lo heredó el mayor de sus hijos, mi tío segundo, pero cuando estuve en Madrid sólo lo vi un par de veces, él vive en Sevilla y yo diría que no tenemos apenas nada en común. En la familia no gustó demasiado que mi madre se casara con mi padre y viniera a vivir aquí."
La conversación continuó durante el desayuno, con Marina sintiéndose cada vez más cómoda con ellos. Felipe se unió a ellos casi al final, frotándose los ojos, pero no tuvo problemas para acabar de desayunar a tiempo.
"Si estamos todos listos avisaré para que traigan dos coches." dijo don Alejandro mirando el reloj.
Marina parecía algo nerviosa. Se acercó a Victoria mientras esperaban a que llegaran los coches para llevarlos a los Ángeles.
"¿Estás bien? Pareces preocupada." preguntó Victoria discretamente.
"Es sólo que…" Victoria la miró atenta, animándola a hablar. "Ignacio no ha venido a verme."
Victoria asintió. "Quizá haya un buen motivo. Podemos averiguarlo ahora en el pueblo. Seguro que las chicas me cuentan todo lo que ha pasado estos días… tanto si quiero como si no."
Marina sonrió, un poco aliviada. "Quizá haya alguna explicación."
Se prepararon para ir al pueblo, pero Marina decidió dejar al bebé en la casa con su ama de cría y su aya.
"No me gusta separarme de él. ¿Estará a salvo aquí?" preguntó a don Alejandro.
"Mis hombres se turnan para vigilar la casa, y el alcalde también asignó a dos soldados." le cogió la mano, tratando de tranquilizarla. "Ese hombre ya no va a volver a hacerle daño."
Ella alzó la vista, con la mirada triste. "No sé si algún día dejaré de tener miedo." dijo con un hilo de voz.
"Usted confía en nosotros. ¿No?" dijo don Alejandro con voz serena.
Ella asintió.
"Y su acompañante, ella es una buena mujer, y su marido, siempre han tratado de protegerla, aunque el otro día no pudieran hacer nada."
"Sí, mi hermano confía en ellos."
"Ahora es usted una adulta, y una madre. No se trata de su hermano, sino de usted. ¿Confía en ellos?"
Ella puso la cara de esfuerzo que indicaba que estaba pensando.
"Sí, ellos nunca han tratado de aprovecharse de mí, han cumplido su obligación siempre que han podido."
"Eso es un buen comienzo."
Los coches ya estaban listos, y Marina salió de la casa del brazo de don Alejandro.
