Capítulo 27. Acuerdo prenupcial.

Tres días más tarde, en la taberna, el conde y Marina esperaban a que uno de sus criados les dijera que todo estaba listo.

Fadrique miró a su hermana con preocupación. "¿Estás segura de que quieres estar presente cuando discutamos los detalles del contrato?"

"Sí, lo estoy." dijo ella con firmeza.

"Hay detalles legales que no sé si vas a entender."

"Don Diego me ha explicado como funcionan esos contratos. Se parecen mucho a una compra venta."

"Precisamente a eso me refiero, creo que no lo has entendido bien."

Ella le sostuvo la mirada, tozuda. "Pues yo creo que sí."

"No sé si los de la Vega son una buena influencia para ti."

"¿Porque me explican las cosas de manera que yo las entiendo?"

Aquello hizo que Fadrique reflexionara, porque esa frase, que en otra mujer habría sido ironía, en ella era una pregunta legítima. Si iba a enviar a su hermana al otro lado del océano lo menos que podía hacer era dejar que aprendiera a defenderse por sí misma. Nunca había creído que fuera posible, pero últimamente parecía muy cambiada.

Eugenio se acercó discretamente. "Está todo preparado. El señor de Soto vendrá en unos minutos."

"Gracias." contestó el conde mecánicamente. Vio que Marina lo miraba con aprobación y le resultó extraño.

"¿Sucede algo?"

"Le has dado las gracias."

"Eso no es nada fuera de lo común, lo hago habitualmente."

"Tú sí, pero he visto a otros hombres en tu posición que no lo hacen."

"¿Y te parece importante?"

"Cada vez más. No puedo entender cosas muy complicadas, pero puedo ver que los pequeños detalles me indican si alguien es de fiar o no."

"¿Y qué opinas acerca de Eugenio y Leandra? ¿Estás de acuerdo con que te acompañen a España y te ayuden con tus asuntos?"

Marina lo miró un poco asombrada, era la primera vez que le preguntaba su opinión sobre algo importante.

"Sí, creo que los dos son de confianza, "

Fadrique suspiró levemente. "Bien, en eso coincidimos, así que al menos tenemos un punto de partida."

Ignacio de Soto entró en la taberna vestido con su mejor traje y llevando una carpeta de cuero en la mano. Se acercó a la mesa donde lo esperaban. Cuando de Soto tendió la mano hacia él para saludarlo Fadrique se levantó y respondió el gesto, no queriendo humillarlo delante de su hermana. De Soto saludó a la señorita con una inclinación que ella respondió de la misma manera.

A una seña de Fadrique, su asistente le acercó unos documentos. "Este contrato es una copia del que le di ayer para que lo leyera."

Marina intervino en ese momento. "¿Eugenio también ha tenido ocasión de leerlo?"

"Así es, él ayudó a redactarlo."

"Me gustaría que estuviera en esta reunión como mi asesor."

"¿Es necesaria su presencia?" preguntó de Soto tratando de evitar que se notara que no le gustaba la idea.

"Dado que se trata del futuro de mi hermana y mi sobrino, así como de la gestión que se va a hacer de unos bienes que le pertenecen a ella por derecho propio, creo conveniente que Marina esté en la negociación, y si ella solicita asistencia, entonces la tendrá."

El conde hizo un gesto y Eugenio se acercó.

"El borrador del acuerdo prenupcial establece que habrá un apoderado sin el cual la firma de mi hermana no será válida. Eugenio será ese apoderado, y ella puede nombrar otro para que lo sustituya si es necesario."

"El derecho establece que el marido es el gestor de los bienes conyugales." dijo de Soto con cautela.

"En este caso cualquier decisión económica deberá contar con la aprobación del apoderado, para evitar la mala gestión y asegurar que los bienes no de despilfarren. Usted tendrá una generosa asignación anual, y podrá vivir en cualquiera de las propiedades que ella tiene en España, pero no podrá vender ninguno de los bienes sin la firma de Marina y el apoderado."

"¿En cualquiera de las propiedades? ¿No donde esté ella?"

"Ella tendrá la posibilidad de decidir si quiere vivir con usted o no."

"¿Y el niño?"

"Diego. El niño tiene nombre." dijo ella muy seria. "Y no se separará de mí al menos hasta que comience sus estudios."

De Soto no pudo evitar fruncir el ceño, pero no dijo nada.

"En caso de que ella fallezca antes que usted todas las propiedades pasarían a su hijo o hijos, si tienen más, de la manera en que ella decida en su último testamento. Usted conservaría su asignación anual y tendría derecho a visitar a los niños con supervisión si aún son menores de edad."

"Este acuerdo es menos ventajoso que el que me ofreció inicialmente."

"Estoy tratando de proteger a mi hermana de la mejor manera posible, y tratando de cumplir sus deseos. Si no está de acuerdo puede irse y buscaremos la manera de que se haga pasar por viuda." dijo Fadrique en un tono que no admitía réplicas.

"¿Es así como va a ser?" preguntó el alcalde a su prometida. "¿Nunca vas a confiar en mí?"

Ella sintió de nuevo deseos de creer en que él podría llegar a amarla, y también a su hijo, pero ya le había roto el corazón dos veces, al abandonarla y al negar que la conociera.

"Sinceramente, no lo sé." respondió ella en voz baja.

"¿Y qué ocurre si el apoderado y yo no nos ponemos de acuerdo a la hora de tomar una decisión importante?"

Marina miró a Eugenio, esperando que él respondiera a la pregunta.

"Señor de Soto, yo no soy su enemigo, solo velaré por los intereses de doña Marina y su hijo Diego. Mi esposa y yo no tenemos hijos, y tampoco familia en España a la que tratar de favorecer. Conocemos a la señorita desde que nació, y aunque siempre hemos mantenido la distancia adecuada debido a su noble cuna, casi la consideramos una hija. Es para mí un honor que ella confíe en nosotros. Si alguna vez me opongo a alguna idea que usted pueda tener será con el bien de su familia en mente. Además las decisiones tampoco serán válidas sin su firma, igual que yo lo vigilaré a usted, usted podrá hacer lo mismo conmigo."

Marina sonrió al oír lo que el asistente de su hermano había dicho. Partir para España ya no le parecía tan mala idea si podía tener a alguien de confianza cerca.

"Entonces. ¿Firmará usted el acuerdo ahora, o necesita alguna modificación?"

"Lo firmaré." dijo de Soto sintiéndose algo decepcionado. A pesar de las restricciones seguía siendo su mejor opción para volver a Madrid, sin embargo había algo más, en el fondo no quería despedirse de la joven y su hijo.

Eugenio hizo una seña a otro de los hombres, que se acercó con un pequeño baúl que contenía una escribanía. El tintero era un frasco de vidrio tapado con un corcho, Eugenio lo colocó sobre la mesa y de Soto pudo utilizar la elegante pluma para firmar el acuerdo. A continuación lo firmaron el conde como tutor legal de doña Marina y Eugenio como testigo.

El conde fue el primero en levantarse de la mesa, y de Soto lo imitó. Esta vez el conde le tendió la mano a de Soto en primer lugar.

"Volveré en dos semanas para su boda con mi hermana. Será una ceremonia pequeña, porque la mayor parte de nuestros parientes no acudirá a un lugar tan apartado. Puede ir haciendo las gestiones para su viaje a España, porque espero conseguirle una licencia del ejército en menos de una semana."

De Soto se sintió un poco mejor al oír esto. Aún no había entrado en la familia y ya empezaba a resultar beneficiado. Estrechó la mano de su futuro cuñado con orgullo y asintió. "Todo estará listo para nuestro viaje."

"Bien." el conde se volvió hacia su hermana. "Decide cuáles de los criados viajarán contigo a España. Leandra podrá ayudarte con eso. Probablemente ella sepa mejor que tú cuáles son de confianza y no irán por ahí contando lo que ha sucedido antes de tu boda."

"Gracias, creo que es un buen consejo."

El conde se dirigió a la puerta seguido por varios de sus hombres, que habían permanecido en la taberna y en los alrededores.

De Soto miró a su prometida, que parecía algo desanimada.

"Quizá podríamos salir esta tarde a dar un pequeño paseo." dijo con una sonrisa.

Ella lo miró con desconfianza.

"Me gustaría mucho que me permitieras vivir contigo y con el pequeño Diego. Sé que mi comportamiento ha sido reprochable, pero quizá si me das una oportunidad pueda demostrarte que sí estoy interesado en que nuestro matrimonio tenga éxito."

Ella suspiró. "Está bien. Puedes pasar a recogerme a las 6."

Él se acercó a ella y cogió su mano para besarla. "Te veré después."

Cuando un de Soto elegantemente vestido entró en la taberna a las 6 vio a su prometida con un bonito vestido de verano y una sombrilla. Junto a ella estaba la niñera, que llevaba en brazos al bebé.

De Soto besó la mano de Marina. "Podemos ir en la calesa hasta la orilla del río y pasear a la sombra de los árboles de la ribera."

"He pensado que Diego puede venir con nosotros."

"Por supuesto." sonrió el alcalde, tratando de dar buena impresión, aunque nunca le habían gustado los niños. Pensó que se congraciaría con Marina si le hacía caso al bebé, así que se acercó a él. El niño lo miró con curiosidad, y trató de agarrar un mechón de su barba blanca.

"¿Quieres cogerlo en brazos?" preguntó Marina.

"Por supuesto." dijo él tendiendo los brazos y con una sonrisa tensa. Había oído a alguien decir una vez que la mejor manera de congraciarse con una madre era a través de sus hijos.

La niñera lo miró con desconfianza, pero le dio al niño. Sin saber qué hacer con ese pequeño humano lo cogió del torso, por debajo de los brazos, ante la atenta mirada del niño que empezó a hacer pucheros porque no le gustaba la postura. De Soto lo movió de abajo arriba diciendo "Ea, ea" mientras Marina y la niñera intercambiaban una mirada de preocupación. El bebé entonces puso una cara un poco extraña. "Creo que me está sonriendo." dijo de Soto esperanzado, y en ese momento el niño tosió y vomitó un líquido verde y viscoso sobre el mejor traje y el mejor pañuelo de seda que el alcalde se había puesto para la ocasión.

Victoria estaba en la barra, desde donde podía ver lo que estaba pasando. Al ver la cara aterrada del alcalde no pudo evitar echarse a reír. Mientras tanto él se giró sobre sí mismo, tratando de mantener al bebé tan lejos como fuera posible para dárselo a su madre. La niñera fue más rápida, y envolvió al bebé con una toquilla para evitar que Marina se manchara la ropa.

"Quizá no le haya sentado bien el puré de guisantes." dijo Marina.

"No se preocupe, señora, a esta edad es normal. Trataremos de dárselo otra vez en un par de días y veremos si ha sido el puré o simplemente hoy está un poco pachucho."

De Soto miraba su ropa arruinada sin saber bien qué hacer. "Voy a cambiarme de ropa." dijo entre dientes, aunque conteniéndose porque sabía que a ella no le gustaba que gritara a los criados.

"Te espero aquí con el niño." dijo ella.

"De acuerdo." respondió él saliendo hacia el cuartel.

El alcalde se cambió de ropa mientras farfullaba acerca de pequeños monstruos malolientes, pero consiguió parecer calmado cuando volvió a reunirse con Marina en la taberna.

"Diego se quedará aquí con la niñera, no quiero que suba al coche si no se encuentra bien."

"Me parece muy sensato." respondió él aliviado ofreciendo su brazo a la muchacha. Por suerte el resto de la tarde no hubo más contratiempos.