Disclaimer: Los personajes pertenecen a Marvel y Disney ©. No tengo fines de lucro.
Capítulo IX: Siempre te he querido
—¿Tony? —preguntó Steve.
Sin esperar a que Sam se lo confirmase, cogió la caja que Natasha cargaba entre las manos y con ansiedad se apresuró en abrir aquel objeto. No podía ser precavido ni actuar de otro modo cuando había esperado por mucho tiempo a que Tony mostrase intenciones de comunicarse con él.
—Ten cuidado, Steve, podría ser peligroso.
Mientras sus pupilas se clavaban en el contenido del paquete e ignoraba la acotación de Sam, Steve arqueó una ceja. Adentro había un papel y un iPhone.
—¿Por qué Stark sabe dónde encontrarnos? —La pelirroja le miró con seriedad e impaciencia, sabía muy bien que ahí estaba ocurriendo algo extraño y no pensaba salir de aquel cuarto sin antes averiguar de qué se trataba—. Te hice una pregunta, Steve.
Dicha interrogante le tomó desprevenido. No estaba seguro de querer responder eso. ¿Cómo iba a decirle que él mismo le había dado esa información? En esos momentos, Natasha no sentía precisamente afecto hacia Tony, pues en cuanto se enterase de que él sabía en dónde encontrarles, se enfadaría y bastante.
Tragó saliva. Por ahora no quería distraerse con eso.
Tomó el papel que se encontraba en el interior de la caja y con rapidez comenzó a leer el contenido de aquella hoja.
«Hey, capi, ¿en serio no pudieron refugiarse en un lugar mejor? Ni siquiera pude encontrar un hotel decente donde hospedarme y ni hablar de las calles... más de seis prostitutas alemanas me han ofrecido sus servicios, y no es que me moleste, pero he vuelto a ser un hombre comprometido y ya sabes, no quiero que Pepper me mate...»
Steve esbozó una sonrisa pequeña. Saber que Tony había logrado solucionar sus problemas con Pepper y que además iban a casarse, era algo por lo cual se alegraba bastante.
«En fin, volviendo a la seriedad que suele no caracterizarme, creo que haré uso de la promesa que hace un tiempo me hiciste, así que iré directamente al grano. Necesito que nos reunamos, están ocurriendo cosas extrañas. No puedo entrar en detalles, pero sospecho que se avecina una amenaza grande y deberíamos estar preparados. Estaré en Alemania un par de días, sé que Barnes está contigo, pero descuida, no intentaré hacer nada en su contra. No es mi prioridad, al menos no por ahora.
Si esto aún te interesa, mañana reúnete conmigo en la iglesia del pueblo. Te estaré esperando a la medianoche, pero si me percato de que llegas acompañado, me iré y no te diré nada. Es importante que hablemos a solas. Nos debemos una charla en privado.
PD: Descuida, el celular que dejé en la caja no es una bomba. Es un dispositivo imposible de rastrear, úsalo para comunicarte conmigo en caso de cualquier eventualidad»
T.S.
—Quiere que me reúna con él... —habló finalmente. Sam y Natasha le miraron horrorizados—. Y quiere que vaya solo.
—Por ningún motivo.
—Estoy de acuerdo con Natasha. No puedes arriesgarte.
—No creo que Tony quiera capturarnos, si buscase eso, ya nos habrían atrapado.
Aquel comentario hizo que las sospechas de Natasha cobrasen sentido. ¿Por qué Steve parecía estar tan seguro de que Stark no pretendía atraparles? La respuesta parecía ser desconcertante, pero a final de cuentas, era bastante evidente.
Steve se había vuelto a contactar con él.
Se llevó un par de dedos hacia el puente de su nariz y en silencio trató de comprender por qué le había ocultado algo tan serio.
—¿Desde cuándo? —inquirió, mirándolo seriamente.
—¿Desde cuándo qué?
—¿Desde cuándo diablos sabe en dónde estamos?
Procuró que la rabia no invadiera ni dominara sus emociones, pero no pudo controlarse. Que Steve y Tony se mantuviesen en contacto —mientras ella y el resto intentaban solucionar lo que sus malditos conflictos personales habían causado—, le provocaba muchísimo coraje y se sentía incapaz de ocultarlo.
—Lo sabe desde el principio —confesó el rubio, provocando que la espía le mirase con impacto—, incluso antes de que tú lo supieras.
—¿Qué? —Fue lo único que pudo salir de sus labios. En verdad no podía creer lo que estaba escuchando.
—Sam, podrías dejarme a solas con Natasha.
Falcon les miró a ambos con una expresión de evidente y absoluta consternación. Estaba simplemente harto de que todos los temas importantes del grupo se terminasen resolviendo por las decisiones que esos dos tomaban. ¿Acaso lo que él y el resto de sus compañeros opinaran no tenía ningún tipo de validez?
—No me iré de aquí hasta que lo solucionemos —respondió, decidido—. Esto nos involucra a todos, no solamente a ustedes dos.
Ahora fue el turno de Steve para demostrar que se encontraba tan estresado como ellos. Pues mientras le lanzaba un vistazo de pocos amigos, dejó salir un suspiro repleto de molestia y fastidio.
—Lo sé, y lo hablaré con todos, pero ahora necesito conversar con ella en privado.
En respuesta, Sam negó con la cabeza y bajo un profundo silencio optó por salir de aquel cuarto.
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Mientras esperaba una respuesta y procuraba no morir en el intento. Wanda no parecía estar dispuesta a pausar lo que había comenzado, y es que luego de empujarlo a la cama y decirle abiertamente que deseaba pasar el resto de la noche a su lado, no se había molestado en apartarse de su regazo; pues solo se concentró en ver su reacción, quería mirarlo directamente al rostro y saber si deseaba lo mismo que ella.
James en tanto, se limitó a permanecer inmóvil y en absoluto silencio.
El Bucky razonable quería alejarla, deseaba salvarla de todo lo malo que él representaba y de lo mucho que sufriría estando a su lado, pero entonces aparecía el Bucky irracional e impulsivo, ese que no tenía intenciones de pensar en las consecuencias de sus actos, ni en todo el daño que pudiese provocar, ese Bucky solo ansiaba enviar todo al diablo, realmente deseaba pasar esa y mil noches más a su lado.
Padeciendo las angustiantes consecuencias de aquel monologo interno, James acabó descendiendo inmediatamente las pupilas; en verdad no se sentía digno de estar mirándola de esa forma. Si honestamente la quería, debía callar al Bucky irracional y ser lo suficientemente fuerte para terminar con todo eso.
—Wanda, escucha...
—Si te atreves a pedir, una vez más que me aleje de ti, te aseguro que lo haré y no regresaré.
La amenaza de la muchacha provocó que de nueva cuenta posara la vista sobre ella.
Wanda no parecía estar bromeando, por el contrario, hablaba muy en serio. Le estaba dando la oportunidad perfecta para herirla, para decirle que se fuera y que no le importaba romper ese extraño vínculo emocional que compartían. Tenía todo para deshacerse de ella, pero tras oírle decir eso y sentir que en verdad podía perderla, un miedo estúpido y descomunal se había apoderado de todo su cuerpo.
Sus ansias por salvarla de sí mismo y el deber de alejarse de ella estaban a punto de derrumbarse, pues acababan de transformarse en todo lo contrario.
Llevó una mano hacia la mejilla de la chica y con lentitud acarició aquel espacio de su rostro.
Era demasiado tarde.
Había luchado por impedirlo, pero estaba perdido. Entre ambos, no existía nada que pudiese interrumpir lo inevitable. Lo único que podía decir en su defensa, era que honestamente lo había intentado. Demonios... en verdad lo había hecho.
Sin darle chance de seguir pensándolo, Wanda y sus labios le ahogaron.
El soldado correspondió con la misma voracidad con la cual la muchacha había comenzado a besarlo, sus manos buscaron con premura su cintura y un movimiento bastó para obligarla a quedar bajo su cuerpo.
¿Por qué cuando se trataba de Wanda era tan fácil dejarse llevar? ¿Por qué demonios tenía que ser tan débil y tan malditamente impulsivo?
Mientras su boca se arrastraba por el cuello de la chica y sus respiraciones comenzaban a tornarse mucho más audibles y pesadas, guió una mano hacia su muslo izquierdo y no titubeó en empezar a recorrerlo. Por inercia, Wanda enganchó su pierna en la cadera de Bucky, quien sin dejar de lado su cuello, inmediatamente aprovechó dicho movimiento para entrar en contacto directo con su piel. Pues en cuanto sus dedos sintieron la tibieza de su muslo expuesto, James rompió la barrerra de lo correcto, alzó su falda y comenzó a moverse con claras intenciones de ir más lejos.
—James...
Notó como el descaro de su caricia provocó que Wanda gimiera y eso lo impulsó a no detenerse. Era como si una dosis de frenesí y adrenalina acabasen de impulsar esa dolorosa ansiedad que padecía por explorar cada centímetro de su figura, de pronto necesitaba tocarla y sentirla como si no existiese un mañana.
Wanda percibió cómo sus mejillas enrojecieron al percatarse de que la mano de James estaba peligrosamente cerca de sus bragas. Sin embargo, antes de proceder a quitárselas o a hacer amago de aquello, detuvo lo que estaba haciendo para darse un instante de calma y contemplarla en silencio.
A pesar de la urgencia de su cuerpo y de lo mucho que deseaba unirse a ella, no podía evitar preguntarse por qué...
¿Por qué no podía detenerse? ¿Por qué no podía hacerlo sabiendo que no era correcto y que estaba tan jodidamente mal?
Tratando de silenciar aquellos cuestionamientos, volvió a aproximarse a sus labios y con suavidad comenzó a besarle. Se adentró en el interior de su boca, avanzando sin prisa, besándola despacio y con cuidado. Quería atesorar ese momento, recordar por siempre el sabor de sus labios y disfrutar al máximo cada segundo que compartiese a su lado.
Wanda interrumpió el beso y se vio obligada a buscar un poco de aire. La dureza de la entrepierna de Bucky estaba comenzando a chocar contra su abdomen y aquello estaba provocándole sensaciones que nunca antes había experimentado, pues sin percatarse de lo fuerte que gimió su nombre, se aferró a su cuello y mordió su propio labio inferior. Si no deseaba que los descubriesen, de alguna manera debía callarse y silenciar el increíble placer que aquellos roces le hacían sentir. Pero mantenerse en silencio, mientras el hombre de sus sueños le acariciaba un pecho y le mordía el cuello, era mucho más difícil de lo que llegó a imaginar.
Oh sí... definitivamente lo era.
Llevó sus dedos torpes y excitados hacia el cierre de su pantalón y con nerviosismo trató de bajárselo, se encontraba a escasos segundos de lograrlo cuando sintió la mano del propio James ayudándole a terminar con eso.
Tragó en seco. De pronto sentía un poco de miedo. Quería entregarse a él, de eso no tenía duda y se encontraba plenamente segura de dar el próximo paso, pero no podía evitar experimentar nerviosismo. Nunca había estado con un hombre —al menos no de esa manera—, realmente no sabía qué hacer, decirle que era virgen era la opción más sensata e inteligente, pero también era una posibilidad gigantesca de que eso se detuviese.
Y por nada del mundo deseaba que eso ocurriese.
En cuanto James regresó su atención a ella, su pequeño cuestionamiento interno llegó a un abrupto final, pues con el pantalón a medio quitar, se le acercó de nueva cuenta, levantó su blusa y comenzó a depositar pequeños besos encima de su abdomen.
Wanda en respuesta arqueó la espalda y volvió a morder su labio inferior. Por más que trataba de controlarse simplemente no podía. Quería lanzar un gemido descomunal, sentía que en cualquier momento un grito efusivo escaparía desde lo más profundo de su garganta y sería incapaz de evitarlo.
—James... —siseó, mientras sentía que sus labios se estaban aproximando hacia la zona más vulnerable de su cuerpo. Hundió las manos encima de su cabeza y bajo un arrebato le jaló unos cuantos mechones de cabello.
«James, James, James...»
De pronto, su nombre sonando entre gemidos y respiraciones entrecortadas, estaba comenzando a resultarle sumamente familiar.
Alzó un poco el rostro, pero en cuanto lo hizo, sus ojos se abrieron de golpe.
La mujer que yacía bajo su cuerpo, gimiendo y respondiendo a sus caricias ya no era Wanda.
Era una que conocía muy bien...
Natalia.
—¿Qué ocurre? —la escuchó preguntar, con su casi imperceptible e inconfundible acento ruso.
Aturdido, cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza. No podía creer que su mente estuviese tan perturbada como para que eso le estuviese ocurriendo justo ahora. ¿Qué mierda había sido eso? ¿Una alucinación? ¿O simplemente su subconsciente recordándole que era un cabrón?
«Mierda»
—¿Bucky? ¿Qué ocurre? —Perturbado, abrió los ojos y procedió a contemplarla. Esta vez era Wanda, mirándole con preocupación y desconcierto—. ¿Estás bien?
Con un solo movimiento se alejó y se levantó de la cama.
No... no estaba bien, de hecho, nada estaba bien.
Sabiendo que estaba actuando como un maldito cobarde, giró sobre sus talones y le dio la espalda. Ni siquiera se sentía capaz de verle a la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó, confundida.
En verdad no lograba entender qué rayos había ocurrido para que todo se detuviese de forma tan abrupta y repentina. Tampoco comprendía el porqué de la actitud de Bucky. ¿Acaso hizo algo que le molestó? ¿Qué diablos estaba pasando?
—Vete... —musitó, decidido. Se armó de valor y la miró fijamente—. Solo vete, Wanda...
Mientras se levantaba de la cama y le regresaba la mirada, la joven frunció el ceño. ¿Qué significaba todo eso?
—¿Puedes explicarme al menos qué demonios te hizo cambiar de parecer tan rápido? —El mutismo de Bucky y su repentino rechazo provocaron que el desconcierto de la muchacha aumentase—. No me iré hasta que...
—¡Lárgate, Wanda! —caminó hasta la puerta y con evidente molestia la abrió—. No volveré a repetirlo. Sal de aquí.
En cuanto los ojos de la chica se cristalizaron y amenazaron con estallar en llanto, tuvo que demostrar entereza y reprimir con todas sus fuerzas el impulso que sintió por arrodillarse y pedirle perdón. No podía flaquear cuando las señales del universo y del destino eran más que evidentes; Wanda no merecía que su estúpida mente estuviese pensando en otra cuando la tenía a ella bajo su cuerpo. No merecía eso, ella no merecía ser la segunda opción de nadie.
Debía dejarla ir, tenía que hacerlo ahora que aún estaba a tiempo.
Antes de salir del cuarto y sin poder controlar unas cuantas lágrimas de impotencia en el proceso, la chica comenzó a acomodarse la ropa. Jamás se había sentido así de estúpida y avergonzada. Detestaba que Bucky pudiese hacerla sentir en las nubes y, que de un momento a otro, la hiciera caer en las brasas del infierno. ¿Acaso era posible sentir semejante contradicción? Realmente no quería averiguarlo. Estaba cansada y ya no soportaba seguir mirándolo a la cara.
Se aproximó a la puerta, pasó por su lado y mientras lo chocaba con su hombro, espetó un audible «vete a la mierda»
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—Cuando abandoné Wakanda, le envié una carta. —Ante la explicación de Steve, Natasha solo fue capaz de sonreír con ironía. Desde un principio debió suponer que algo como eso ocurriría—. Le dije que podía contactarse conmigo si lo estimaba necesario y también... también le pedí perdón.
—¿Te disculpaste con él por ser un ególatra de mierda que antepone sus problemas personales por sobre los del resto?
—Tony también era mi amigo y le mentí, por eso me disculpé.
—Solo intentabas protegerlo de una verdad que le haría daño.
Con cansancio, Steve se pasó una mano por el rostro.
—Yo también creí que hacía eso —admitió, honesto—, pero aprendí que no existen las mentiras piadosas... mentir es un acto cobarde y despreciable que solo termina generando más dolor.
Por inercia, la pelirroja se alejó un par de centímetros. Sabía que Steve no había dicho esas palabras con intenciones de lastimarla —porque claramente no sospechaba en lo más mínimo las verdades que ella le estaba ocultando—, pero luego de escucharle decir eso con tanta convicción y cierto ápice de rabia en la voz, le fue imposible no sentirse intimidada. Pues con ello no hacía más que confirmar lo mucho que iba a odiarla cuando se enterase de todo.
Carraspeó, incómoda. De momento, lo mejor que podía hacer era cambiar de tema.
—¿Él sabe que estoy aquí?
—Sabe que Bucky está aquí, así que probablemente deduzca que tú también te encuentres con nosotros.
Esa respuesta no le agradó en lo absoluto. Steve podía tener razón, tal vez Tony estaba siendo honesto y su intención no era hacerles caer en una trampa, pero eso no garantizaba que no tuviese planes de lastimar a James. Tenía motivos de peso para detestarlo y eso era preocupante.
Si James estaba involucrado, simplemente no podía fiarse de él.
—Steve, entiendo tu posición y sé que Tony no es un mal hombre, pero está cegado por sus deseos de venganza hacia Barnes y podría hacer cualquier cosa con tal de capturarlo —trató de sonar tranquila, pero estaba segura de no haberlo conseguido. Esa situación la estaba sacando de sus casillas y no podía controlarse—. Por favor, no vayas... no te reúnas con él.
—Tengo que hacerlo, le ofrecí mi ayuda y no voy a fallarle. No de nuevo.
—¿Y qué hay de nuestros planes? —replicó, molesta. Steve descendió la mirada, sabía que Natasha tenía cierta cuota de razón, pero en esta ocasión no podía dar su brazo a torcer—. ¿Por qué Tony y sus malditos problemas siempre tienen que ser una prioridad?
Alzó la vista y de nueva cuenta la posó sobre ella.
—Tony habló de una amenaza grande, Nat. Eso también nos involucra. Pese a todo lo que ocurrió, aún seguimos siendo parte de los Vengadores, sean cuales sean las circunstancias, nuestra obligación es proteger a las personas.
—¿Y si solo es una trampa?
—Supongo que tendré que arriesgarme.
La espía formó un gesto serio en el rostro.
—Entonces iré contigo.
—No. Esto es algo que debo hacer solo.
—Pero y si...
—Pero nada, Nat. Iré aunque nadie esté de acuerdo con que lo haga. —La pelirroja sabía que esa respuesta era definitiva y que nada conseguiría hacerlo cambiar de parecer. Insistir simplemente sería una pérdida de tiempo.
Mientras el capitán se le aproximaba y le tomaba el rostro con ambas manos. Natasha se quedó mirándolo en silencio y con expresión triste.
—Si te hace daño... lo mataré con mis propias manos.
En tanto negaba con la cabeza, Steve sonrió por lo bajo.
—Si él me hace daño, tú no harás eso. Seguirás adelante con el plan y limpiarás nuestros nombres. —La rusa odiaba que eso estuviese sonando como una maldita despedida. Steve juntó su frente con la suya y en respuesta solo fue capaz de cerrar los ojos con fuerza—. Prométemelo.
Mientras guiaba las manos hacia su cuello, Natasha suspiró en forma cansina.
—Lo prometo —musitó, sellando sus recientes palabras con un pequeño beso.
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—Dejen de hacer eso —ordenó Sam, en tanto se adentraba a la cocina e interrumpía el juego de póker que Clint y Scott estaban sosteniendo sobre la encimera. Ambos le miraron con una ceja arqueada, realmente no sabían qué demonios le ocurría, últimamente manifestaba una actitud arisca y de muy pocos amigos. Estaba insoportable—. Steve vendrá a hablar con nosotros, tiene algo importante que decirnos.
—¿Por qué, qué ocurrió?
Sobre la superficie de la encimera, Scott dejó el par de cartas que sostenía en una de sus manos.
—Dejaron una caja en nuestra puerta, adentro había un papel con un mensaje y también un celular con un sistema operativo imposible de rastrear.
—¿Y quién envió eso?
Sam dudó unos segundos antes de contestar.
—Tony Stark.
Aquel nombre pareció perturbarles en serio, pues bastó con que Falcon lo pronunciase para que Scott abriese los ojos con asombro y Clint se levantase bruscamente de su asiento, sencillamente no podían creerlo.
—¿Qué dijiste? —inquirió el arquero, estaba totalmente perplejo.
—Lo que escuchaste.
—Oh mierda —expresó Scott, pensando seriamente en que eso iba a ponerse muy feo—. ¿Y qué quiere?
—Reunirse con Steve.
—Supongo que no irá, ¿verdad?
—Irá...
Esta vez fue Scott quien se levantó completamente indignado de su silla. ¿En qué diablos estaba pensando Steve? ¿Acaso acababa de perder el juicio?
—¿Se ha vuelto loco? Ese ricachón solo quiere tenderle una trampa, si Steve va, lo atrapará y todos regresarnos a esas jaulas.
Barton asintió, estaba completamente de acuerdo con las palabras de su compañero. No podían permitir que Steve acudiese a ese encuentro y se arriesgase a caer en un nefasto engaño.
—Aún no olvido ese lugar —mascullo con rabia—, ni la forma en que el general Ross y sus hombres trataron a Wanda. La ataron como si fuese un animal de experimentación, ni siquiera podía moverse con ese estúpido artefacto... no puedo permitir que eso vuelva a ocurrirle.
—Por supuesto que no, no dejaremos que toque a ninguno de nosotros —añadió Scott—. Protegeremos a Wanda, y por sobre todo a Bucky, es el que más peligro corre.
—Tony no vino a vengarse de Bucky —intervino Steve. El trío inmediatamente posó su atención en el líder del equipo, quien se adentraba a la cocina siendo acompañado por Natasha—. Algo en mi interior me dice que no vino a eso. Al menos no por ahora.
—Ver para creer —musitó la pelirroja.
—Opino igual que Nat. —Sin poder ocultar el pesimismo que sentía, Clint miró a Steve y le apuntó el rostro con su dedo—. Te aseguro que en cuanto lo vea, querrá partirle la cara.
—Y hablando de él... —Sam formó un gesto pensativo—, ¿en dónde diablos está?
—No sé, pero Wanda tampoco está.
—Tal vez están juntos...
Bastó con que Scott mencionase aquel comentario para que todos sus amigos le echasen un vistazo severo y fulminante. ¿Acaso solo él notaba lo que pasaba entre esos dos?
—No es momento para realizar bromas de ese tipo —le reprendió Sam.
—¡Oh vamos! ¿Acaso no lo han notado?
—Basta, Scott. —Steve lo miró con molestia.
Natasha arqueó una ceja. Que Steve se alterase por eso solo podía significar una cosa: las palabras de Scott debían tener cierta cuota de verdad. Después de todo, era bastante evidente que Wanda sentía algo especial por James, pero jamás se le cruzó por la mente imaginar que él correspondiese a esos sentimientos. Pero honestamente, ¿cómo creerlo?
Wanda solo era una mocosa. Eso no tenía sentido ni razón de ser.
Cuando una punzada de celos la atacó de lleno, se vio obligada a detener esos absurdos pensamientos. No podía ser tan estúpida para estar sintiendo algo como eso.
Notó como Clint la observaba y por la expresión que tenía, supo de inmediato que él sabía en lo que estaba pensando. Quiso decir algo para llenar el maldito silencio incómodo que les rodeaba, pero omitió toda clase de comentario en cuanto Clint orientó sus pasos hacia las escaleras y rápidamente comenzó a subirlas.
Steve, al igual que Scott, sabía muy bien que entre el soldado y Wanda existía una atracción innegable y no quería arriesgarse a que Clint los descubriese en algo comprometedor, así que sin pensárselo mucho, les ordenó a sus compañeros que se quedasen en la cocina y en tiempo record comenzó a seguir los pasos del agente Barton.
—Clint, espera...
—Si está con Wanda voy a matarlo —farfulló, colérico.
Sin esperar a que Steve pudiese replicarle, llegó a la segunda planta y caminó directamente hacia el cuarto de la muchacha. No se preocupó en anunciar su llegada ni tampoco disimuló la expresión furiosa de su cara; si ese imbécil estaba con ella, iba a pagarlo muy caro.
Girando la manilla de manera brusca y ansiosa, Clint abrió la puerta y sin decir nada se adentró en el cuarto.
Wanda, quien se encontraba sola y recostada sobre su cama, miró con el entrecejo fruncido como su compañero comenzaba a inspeccionar cada rincón de su alcoba. Aquello la descolocó por entero, abrió la boca teniendo intenciones de decirle algo, pero se quedó muda en cuanto vio como Clint se agachaba frente a su cama y metía la cabeza bajo ese pequeño espacio que la separaba del suelo.
¿Qué demonios le pasaba?
El arquero sin encontrar nada, salió de ahí y rápidamente se dirigió a la ventana, tomó las cortinas con una mano y con nerviosismo empezó a revisar aquel sitio.
—Sea lo que sea que estás buscando, aquí no lo encontrarás. ¿Qué rayos te pasa, Clint? —le cuestionó, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
Previo a que Ojo de Halcón pudiese contestarle, Steve asomó su cabeza a través del marco de la puerta, le dedicó un vistazo a Wanda y apenas notó que la muchacha no se encontraba junto a su amigo, soltó un pequeño suspiro de alivio.
—Iré por Bucky... —comentó, enfocando sus orbes azules sobre Clint.
Wanda le miró esperando recibir algún tipo de justificación, pero Steve pasó de ella y aquello fue lo único que mencionó antes de alejarse y dejarles nuevamente a solas.
—Clint, ¿qué demonios está ocurriendo? —demandó, harta.
—Nada... solo, solo pensé que estabas... —cortó sus propias palabras, no sabía cómo diablos proseguir con eso. Se sentía realmente estúpido por imaginar cosas que claramente no estaban ocurriendo. Forzó una sonrisa y con ello trató de pasar por alto la reciente actitud que había tenido—. Descuida, solo nos alarmamos porque llevábamos varias horas sin saber de ti, eso es todo. ¿Estás bien?
La chica descendió la mirada.
—No, no lo estoy —respondió tajante. Y era verdad. Después de lo ocurrido con Bucky, no podía estar bien.
—¿Por qué, te ocurre algo? —inquirió, alarmado.
—¿Alguna vez te enamoraste sin ser correspondido?
—¿Qué? —cuestionó, confundido.
—No importa, olvídalo.
—Necesitamos que bajes un momento, Tony Stark se contactó con nosotros y estamos discutiendo qué hacer al respecto.
—De acuerdo... —siseó con desgano. Luego se sentó en la cama, se acomodó el cabello hacia un costado y con pereza lanzó un suspiro. Que Tony Stark decidiera contactarse nuevamente con ellos no le sorprendía en absoluto—. ¿Qué pasa, por qué me ves así? —preguntó, notando como Clint la observaba con el entrecejo fruncido.
Barton dio dos pasos largos hacia ella y con enfado le apuntó con su dedo índice.
—Cubre eso con tu cabello y baja de inmediato —le ordenó en tono paternal y autoritario.
—¿Eso? ¿De qué diablos hablas ahora? —replicó, poniéndose de pie.
Clint la observó con reproche.
—Estás jugando con fuego... en serio. —Decepcionado, orientó sus pasos hacia la puerta y dejando a Wanda mucho más confundida, sencillamente salió de ahí.
—¿Cubrir eso? ¿Qué le pasa, está drogado? —se preguntó, mientras caminaba hacia el espejo de cuerpo entero que se encontraba al otro extremo de su habitación.
Sin ver nada fuera de lo común, Wanda observó su reflejo durante varios segundos. Se encogió de hombros y retrocedió un paso. Clint se estaba poniendo senil antes de tiempo. Justo cuando iba a apartarse de ahí, sus ojos captaron una mancha de características extrañas sobre su piel.
—Maldita sea —espetó, molesta.
Tenía una marca rojiza en la zona lateral izquierda de su cuello, marca que por supuesto, dejaba en evidencia lo que había hecho con Bucky hace un rato.
—Te detesto —masculló como si le estuviese hablando al soldado. Ese maldito chupetón solo parecía restregarle en la cara lo que había pasado—. No te imaginas cuánto.
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Con la cabeza gacha y una expresión de pocos amigos, Maximoff se adentró a la cocina. No se molestó en decir nada, tampoco se aproximó a la mesa ni al resto de sus compañeros, simplemente se cruzó de brazos y apoyó su espalda en el muro más cercano. Percibió como Clint la miraba con enfado y aquello por modo reflejo la hizo acomodar su cabello. Sabía que el largo de su pelo, lograba cubrir satisfactoriamente ese vergonzoso detalle que llevaba en el cuello, pero de igual forma quiso asegurarse de no estar haciendo el ridículo, pues con el mayor disimulo que pudo, guió una de sus manos hacia ese lado de su cuerpo, y palpó que todo estuviese en orden.
Por fortuna, así fue.
En cuanto escuchó que Steve y Bucky se aproximaban a la estancia, rodó los ojos y se cruzó de brazos. No sabía por qué era tan importante que Tony Stark se contactase con ellos, lo cierto era que en esos momentos no le interesaba, quería estar sola, lo único que deseaba hacer era regresar a su alcoba y evitar bajo cualquier circunstancia encontrarse con James.
Su orgullo estaba demasiado lastimado y su ira hacia él aumentaba a cada segundo. Por eso, apenas sus ojos se toparon con los suyos, le miró con desprecio para luego apartar su mirada y enfocar sus pupilas en otra dirección.
—No es necesario que entre en detalles —comenzó a hablar Steve—, todos sabemos por qué motivo estamos aquí...
—Exacto —le interrumpió Sam—. Estamos aquí para presenciar como tomas una decisión sin importar lo que nosotros opinemos. Te reunirás con él y simplemente debemos aceptarlo.
—No les pido que entiendan mi decisión, solo quiero que sepan que si esto llega a ser una trampa y Tony logra capturarme, ustedes no correrán riesgos y podrán huir a tiempo —sacó un llavero de su bolsillo y se los enseñó—. Iré con esto.
—¿Y... en qué va a servirnos esa cosa, Steve? —preguntó Wanda.
El aludido esbozó una sonrisa pequeña.
—No es un llavero normal...
...
Acababan de llegar a Altona, un distrito ubicado en la parte oeste de Hamburgo, Alemania. Steve, había hecho uso de las identidades falsas para conseguir una vieja casa en el interior del pueblo, no era un espacio lujoso, pero si lo suficientemente cómodo para que los seis pudiesen estar a gusto, a final de cuentas y aunque vivir en el país germano jamás hubiese formado parte de sus planes, no tenían más opciones que acostumbrarse, pues durante los próximos meses, ese lugar sería su hogar y al mismo tiempo un refugio. De momento debían conformarse con eso; era todo lo que tenían y su único deber era protegerlo.
Mientras ella le dedicaba una sonrisa amplia y sincera, Steve dejó el equipaje de la rubia sobre el suelo.
—En cuanto pueda, conseguiré un lugar más amplio... aquí es acogedor, pero es pequeño.
—¿Para qué? Yo creo que es perfecto —contestó Sharon, en tanto giraba sobre sus talones y echaba un vistazo a la vivienda—. Vamos, llevemos estas maletas a nuestro cuarto.
Steve sonrió al verla tan feliz y entusiasmada con el simple hecho de vivir en una casa que parecía sacada del siglo pasado. Se acercó a ella, depositó un beso sobre sus labios y la ayudó a cargar sus maletas.
—¿Acaso trajiste piedras? —bromeó el capitán, en tanto iban subiendo los peldaños de la escalera.
Aunque su comentario no era del todo una broma, una de las valijas estaba exageradamente pesada.
—Sí, son para golpearte...
—No en serio, Sharon. Esto definitivamente no es ropa... —articuló, serio. Detuvo sus pasos y la miró expectante—, ¿qué traes aquí?
Sin saber cómo explicar que, el contenido de su equipaje definitivamente no era ropa, la mujer se quedó en silencio. Steve era un tipo demasiado correcto y, probablemente, tras descubrir lo que había dentro de esa maleta, no tendría una buena reacción.
Rogers supo que ella no iba a entregarle una respuesta rápida, así que guió sus propios dedos hacia el cierre de la maleta.
Cuando finalmente logró abrirla y pudo ver lo que había dentro, entendió por qué ella no se lo había mencionado antes. Su equipaje estaba repleto de armas, municiones y explosivos de distintos tipos.
Alzó la vista y de nueva cuenta la posó sobre su novia.
Ese armamento claramente lo había robado de la CIA.
—No me mires así, sabes muy bien que podríamos necesitarlo.
—Sí, pero lo hurtaste...
—Digamos que solo las tomé prestadas.
Vale, no era su estilo de hacer las cosas, pero Sharon tenía razón, necesitaban esas armas. Tomó un llavero pequeño y con gesto extrañado comenzó a examinarlo. Si estaba puesto junto al resto del armamento, suponía que debía tratarse de un artefacto cuyo uso hacía mucho más que decorar un par de llaves.
—¿Qué es esto? —inquirió, curioso.
—Un llavero...
—¿Guardado junto a las armas?
—No es un llavero ordinario, es un micrófono de espionaje. Me lo dieron cuando formé parte de S.H.I.E.L.D. Siempre lo conservé.
Steve entrecerró los ojos y la observó con gesto pensativo.
—Sí, cómo olvidar cuando te hacías pasar por mi vecina...
—Y también por enfermera, no lo olvides.
—Es cierto, aunque no tuve la fortuna de verte con un traje de enfermera.
Sharon alzó ambas cejas mientras le miraba con gesto divertido.
—Qué atrevido, capitán...
—Ten —le extendió el llavero—. Deberías guardarlo.
La agente 13 negó con la cabeza.
—Consérvalo, algún día podría serte útil.
...
—Es un micrófono de espionaje como los que se usaban en S.H.I.E.L.D. —complementó la espía.
—Así es, Sharon me lo dio.
Mencionar a Sharon era como abrir una herida que no parecía tener intenciones de cicatrizar, no había nadie en esa habitación que no se sintiera culpable por el trágico destino que la rubia corrió, todos le guardaban aprecio y recordar lo acontecido, solo les hacía sentir una indescriptible y profunda tristeza.
—No podemos huir sin ti, cap. Además... si llegasen a capturarte, lo más lógico es que nosotros también nos entreguemos. —Scott retomó la conversación, mientras se dirigía al líder del equipo y le hablaba con inusual seriedad—. Estamos juntos en esto, si cae uno, caemos todos.
Prácticamente la totalidad del equipo estuvo de acuerdo con aquella frase, excepto el mismo Steve, pues mientras les miraba con agradecimiento, negó con la cabeza y les dejó en claro que no pensaba permitir que hicieran algo como eso.
—¿Saben? Pese a perder a cientos de soldados, los ejércitos no se rinden, siguen en pie y luchan hasta agotar todos sus recursos —se aproximó hacia Natasha y posicionó una mano encima de su hombro—. Si es necesario tendrán que huir sin mí, tienen que hacerlo. Aún tenemos que limpiar nuestros nombres y capturar a Faustus.
—No puedo creer que estemos permitiendo que Steve haga esto... —espetó Sam, viendo como el resto de sus compañeros se quedaba en silencio.
—Stark no le hará daño... —intervino Bucky.
—¿Ah sí? —expresó con ironía—. ¿Y tú cómo diablos lo sabes?
—Si él tuviese intenciones de atraparnos, o más bien, de atraparme... ya lo habría hecho.
—Pienso lo mismo —añadió el rubio—, solo estoy siendo precavido.
—¿Precavido?
—Sam sé que estás enfadado...
—No, no tienes que explicarme nada, Steve, ya entendí —farfulló, mostrándose verdaderamente fastidiado—. Haz lo que quieras, solo no digas que no te lo advertí.
En cuanto vio como Falcon abandonaba la estancia y se iba de ahí estando totalmente molesto, Steve no pudo evitar sentirse extraño.
Sam siempre solía apoyarlo y respaldarle en todas sus decisiones, ser cuestionado por él, era algo con lo que simplemente no se encontraba familiarizado. No sabía exactamente qué pensar al respecto; tampoco sabía por qué de pronto Sam estaba tan enfadado. No conocía el motivo de su enojo, pero iba a averiguarlo, en momentos como esos, lo que menos necesitaba era tener problemas con sus amigos.
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Sin decir nada y dejando en evidencia su falta de interés al respecto, la muchacha orientó sus pasos hacia la salida de la estancia. Luego de que Sam abandonase la conversación, Clint y Scott le siguieron de inmediato, Wanda pensó que lo más sensato era sumarse a ellos e ir tras sus pasos. Steve no parecía tener algo más que agregar y era bastante evidente que esa charla acababa de llegar a su final, después de todo, ya no tenía motivos para estar ahí.
Natasha no pudo evitar guiar su mirada hacia el camino que tomó la joven, pues bastó con que esta se alejase para que James comenzara a seguirle los pasos. Al igual que ella, Steve se percató de lo que acababa de ocurrir y su reacción solo fue entornar los ojos. La espía sintió el estúpido impulso de involucrarse en lo que estaba pasando entre esos dos y preguntarle al capitán qué demonios ocurría, pero se obligó a no darle importancia.
James era parte de su pasado y ahí debía quedarse.
Antes de que su mente continuase atormentándole, Steve la tomó de una mano y con gesto cómplice le indicó que lo siguiera.
En silencio, la pelirroja le dedicó una sonrisa pequeña. Estrechó su mano con la suya y en cuanto sus dedos se rozaron, supo que aquello era todo lo que necesitaba en su vida. Steve era con quien le correspondía estar, era su presente y probablemente también su futuro. A veces le costaba trabajo admitirlo, pero lo amaba y no tenía intenciones de renunciar a él.
Sabía que faltaba muy poco para que las verdades salieran a luz, era cuestión de tiempo para que todo comenzara a derrumbarse, pero no deseaba pensar en eso, por ahora solo quería concentrarse en esos pequeños momentos que estaba compartiendo a su lado.
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—Wanda, espera...
Cogió su antebrazo en un intento de detenerle, pero apenas sus dedos le tocaron, la chica inmediatamente frenó su toque. Pues haciendo uso de sus extrañas habilidades, la mano del soldado paró en seco, de imprevisto perdió toda clase de control sobre ella y como si tuviese vida propia, esta se alejó bruscamente del brazo femenino. Miró a Wanda intentando comprender qué demonios estaba pasando, pero apenas vio un destello rojizo sobre la furiosa mirada de la muchacha, James lo comprendió de inmediato. Ella le estaba dominando.
—No me toques —masculló, encolerizada.
Tras ser víctima de los poderes de la joven, el pequeño calor que estaba invadiendo a su mano, desapareció de golpe. La mirada de Wanda regresó a su tonalidad normal y el autocontrol de su extremidad también.
Lo único que no cambió fue la expresión enfurecida de su rostro, pues no dejaba de mirarle de manera intimidante; estaba a la defensiva e increíblemente enfadada, mantenía una postura rígida y los puños apretados, sabía que no debía intentar tocarla, pero realmente no le interesaba actuar con precaución. Dio un paso hacia adelante y se plantó frente a ella, sinceramente no le importaban las consecuencias, si Wanda decidía aventarle al otro extremo de la casa o si descargaba toda su rabia en él, creía que se lo tenía más que merecido. Después de todo, era el gran responsable de que ella se encontrase en ese estado.
Realmente se odiaba por provocarle todo eso, por esperanzarle con algo que definitivamente no podía ofrecerle.
—Solo quiero disculparme —articulo, temiendo acostumbrarse a decirle eso—, sé que hace un rato me comporté como un idiota. Ni siquiera yo mismo entiendo lo que pasó, aunque quisiera explicarlo, no podría, porque simplemente no sé cómo hacerlo. Solo sé que lo siento, en verdad me arrepiento de haberte tratado así.
Y aunque sus disculpas eran sinceras, la muchacha sentía que un «lo siento» esta vez no sería suficiente. Realmente la había humillado y ni siquiera sabía por qué; entendía que Bucky fuese un hombre perturbado, con millones de traumas y constantes cambios de humor, pero eso no era una excusa válida. No justificaba la forma en que a veces era capaz de tratarla.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —Bucky la miró como si quisiera decirle muchas cosas, pero no mencionó nada, simplemente permaneció en silencio y con la cabeza gacha. Wanda supo de inmediato que esa sería la única respuesta que recibiría de su parte, así que solo fue capaz de esbozar una sonrisa irónica para luego limitarse a asentir con la cabeza—. Sí, eso pensé...
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—Desde que nos descubrió en la habitación, Sam ha estado actuando muy extraño —comentó Steve—. Siento como si nos detestase...
Adentrándose hacia una especie de bosque, Natasha le seguía el paso mientras caminaba a su lado. Era de noche y la temperatura había bajado, pues en lugar de llevar las manos entrelazadas, ambos las ocultaban bajo los bolsillos de sus gruesos abrigos y observaban con cierta diversión, como sus vías respiratorias emitían pequeños rastros de vapor. En Alemania, el frío era agresivo y por sobre todo intenso, aunque para ambos, aquello era un simple detalle; parecían estar acostumbrados a esa clase de condiciones climáticas, pues sin darle importancia, continuaban caminando como si aquella noche fuese un deslumbrante día primaveral.
—Me he percatado que actúa extraño desde la muerte de Sharon.
—Supongo que, desde su muerte, ninguno de nosotros es el mismo... —añadió, cabizbajo—. Sam y Sharon se hicieron muy cercanos, eran buenos amigos. Es normal que esté afectado.
Natasha arqueó una ceja.
—¿Qué tan cercanos?
—No lo sé, pero se llevaban bien. Solían charlar a menudo y parecían tener mucha confianza en el otro.
—Eso explica muchas cosas, Steve.
Luego de oírle decir eso, el capitán frenó sus pasos.
—¿De qué hablas? —inquirió, serio.
Tras ver su expresión de seriedad y desconcierto, la pelirroja también se detuvo. Tenía intenciones de decir lo que estaba pensando, pero comenzaba a dudar, pues no sabía qué tan descabellado iba a sonar.
—Creo que Sam sentía algo por ella... —Y no lo decía en broma, ser dueña de una larga lista de ex novios y amantes la hacía tener experiencia en asuntos de ese tipo. Para Natasha, las actitudes de Sam eran bastante obvias.
Steve pasó de gesticular una mueca repleta de desconcierto a otra que rozaba la diversión y la ironía.
—Vamos, Nat, no hablas en serio —profirió entre risas—, es cierto, se llevaban exageradamente bien, pero solo eran amigos.
—Nosotros también lo éramos, ¿no? —La sonrisa de Steve se detuvo. Por la forma en que tensó su mandíbula y procedió a observarle, la rusa entendió que tal vez se estaba excediendo en sus dichos—. Olvídalo, solo estoy hablando tonte...
—Tal vez no... —expresó, interrumpiéndole—. Tal vez tienes razón. Sam solía llevarse muy bien conmigo, pero luego de un tiempo, cuando todos empezamos a convivir juntos y él compartió más tiempo con Sharon, de pronto cambió.
—Steve, no te lo tomes tan en serio, solo fue un comentario estúpido de mi parte.
—Eso explica la actitud de Sam al descubrirnos —continuó, ignorándola—, si sentía algo por Sharon y se percató de lo que había entre nosotros... es comprensible que se haya molestado. Ella le importaba y...
—Ella te amaba a ti.
—Lo sé y eso me hace sentir peor.
—Oye... —se aproximó a él—. Son simples especulaciones, tal vez Sam solo la quería como amiga y ya. No sigamos hablando de eso, ¿vale?
—Sí, tienes razón —lanzó una bocanada de aire en tanto enfocaba su vista hacia el frente. Había un poco de neblina y visualizar era un tanto complejo, pero a pesar de eso, Steve pudo percatarse de que estaban bastante cerca de su objetivo—. Falta muy poco para llegar. Ven.
Sacó una mano desde el bolsillo de su chaqueta y con caballerosidad la extendió hacia ella.
Natasha sonrió de medio lado. Verle en esa faceta era algo que le agradaba y le divertía bastante. No sabía hacia dónde diablos la estaba llevando, pero suponía que debía tratarse de algo interesante, después de todo, no era normal que Steve Rogers generase un ambiente tan misterioso.
—¿A dónde vamos? —preguntó, aceptando su mano.
—Ya lo verás.
En silencio y siendo guiada por el rubio, ambos se adentraron hacia lo más profundo del bosque. Natasha volvió a preguntarse qué demonios estaba tramando; no era que aquello le molestase, pero estar caminando a oscuras y entre tanto follaje, definitivamente no era algo que acostumbrasen realizar. Justo cuando la espía sintió la necesidad de saber hacia dónde diablos se dirigían, el capitán se detuvo y aquello pareció indicarle a Natasha que acababan de llegar a ese enigmático destino.
—¿Ves eso? —preguntó, apuntando hacia una dirección determinada.
La mujer enfocó sus orbes verdes sobre aquello que le indicaba su compañero, pero todo permanecía tan oscuro que realmente no conseguía atisbar de qué se trataba.
—Seré honesta. No logro ver nada.
—Hay una casa abandonada.
—¿Qué demonios hace una casa abandonada aquí?
—Es lo mismo que me pregunto. Es bastante sospechoso, pero solo se me ocurre una cosa...
—¿Hydra?
—¿Qué otra cosa podría ser?
Natasha se apartó de él bruscamente.
—¿Estás loco? —le espetó, furiosa. Steve iba a contestar, pero ella no se lo permitió—. Me trajiste hasta aquí para enfrentarnos a algo que podría ser peligroso y ni siquiera me lo advertiste.
No podía ocultar su molestia cuando pensó que todo eso se trataba de una especie de cita y no de una misión de alto riesgo. No quería reconocerlo en voz alta —porque sonaba patético incluso para sí misma—, pero estaba desconcertada y no tenía intenciones de ocultarlo.
—Tranquila, Nat. Ni siquiera sé si esa casa pertenece a Hydra, como dijiste hace un rato, son solo especulaciones. —En tanto le miraba con expresión fulminante, la espía se cruzó de brazos—. Solo tenemos que entrar y averiguarlo.
—¿Entrar? ¿Sin armas? ¿Sin un plan?
—Ya hemos hecho esto antes.
—No sin armas —refutó.
—Bueno, siempre hay una primera vez.
Aquel comentario terminó por desconcertarla.
—¿Desde cuándo eres tan irresponsable?
—¿Y tú desde cuándo eres tan cobarde?
Cuando Natasha le miró como si acabase de recibir el peor insulto de su vida, se vio en obligación de reprimir una carcajada. Era muy curioso, pero disfrutaba bastante el hecho de poder verla enfadada. Para la mayoría de las personas, una Natasha furiosa encendía alertas de escape y representaba un peligro más que evidente, pero no para Steve, cuando él lograba verla en ese estado, contemplaba a una mujer sumamente pasional que solía lucir más bella y sexy de lo habitual.
—¿Qué dijiste, Rogers?
—Lo que escuchaste.
Con el entrecejo fruncido y una actitud desafiante, Natasha procedió a acercársele. En aquellas instancias de su vida, había recibido toda clase de insultos, pero ninguno de ellos le dolía tanto como cuando la llamaban «cobarde».
Durante algunos segundos le miró con fijeza, pero luego simplemente relajó sus facciones y en silencio reflexionó sobre su propuesta.
—Bien, si quieres acción, entonces muévete... —pasó por su lado y con pasos relajados comenzó a alejarse—. ¡No tengo todo el día!
El rubio sonrió.
—Esa es la Natasha que conozco —respondió, siguiéndole los pasos.
En cuanto llegaron al frontis de la vivienda, ambos guardaron silencio. Steve se acercó a la puerta y con cuidado apoyó su mano en el pomo.
—Está abierta...
—También veo un poco de luz en la planta superior.
—Probablemente hay alguien —siseó pensativo—. Iré yo primero.
Sin esperar a que su acompañante estuviese de acuerdo con eso, Rogers se abrió paso al interior de aquella cabaña.
Natasha iba a regañarlo por cometer un acto tan impulsivo e inapropiado, pero optó por quedarse callada tras descubrir que al menos, en ese lugar de la casa, no parecía encontrarse nadie.
—Revisaré el segundo piso —susurró, mientras se arrimaba hacia la escalera. La pelirroja le miró horrorizada, no sabía por qué, pero todo eso estaba empezando a darle mala espina—, tú encárgate del primero...
—Está bien. Ten cuidado.
Él asintió con la cabeza y rápidamente orientó sus pasos hacia el segundo nivel de la estructura.
Mientras Natasha contemplaba como la figura de Steve se perdía en medio de esa tétrica escalera, llegó a creer que el corazón se le saldría del pecho. No solía ser temerosa, pero la extraña actitud de su compañero, más esa cabaña que parecía haber salido de un horrendo cuento de terror, estaban a punto de hacerla colapsar.
Iba a empezar a explorar el resto de las estancias, pero desistió de ello en cuanto a sus oídos llegó un ruido extraño y alarmante —como si hubiesen dejado caer un peso muerto sobre el piso—, la espía giró bruscamente sobre sus talones. Durante algunos segundos permaneció quieta, pero apenas asimiló que ese peso muerto podía ser Steve, no titubeó en correr y precipitarse hacia la escalera. No estaba segura, pero todo parecía indicar que dicho sonido había provenido desde arriba.
—¿Steve? —inquirió, preocupada. Sin obtener respuesta por parte del rubio, todo su nerviosismo comenzó a manifestarse—. Mierda...
Armándose de valor y sin detenerse a pensar en las consecuencias, Natasha comenzó a subir los peldaños de la escalera.
Al llegar, lo primero que captó su atención fue aquella habitación que permanecía iluminada; el resto de las estancias yacían en penumbras y no sabía con qué demonios podría encontrarse, así que optó por hacer lo más razonable y dirigirse inmediatamente hacia el único cuarto que parecía contar con un poco de luz.
—¿Steve? —Antes de aventurarse a entrar en aquel espacio, decidió insistir—. Mierda, Steve... dime algo...
Pero para su mala suerte, el silencio fue nuevamente todo lo que obtuvo.
Maldijo por lo bajo, si a Steve le ocurría algo, jamás iba a perdonárselo.
Se arrimó hacia dicha habitación y con pasos lentos ingresó en ella. Aquel cuarto parecía encontrarse vacío y a simple vista, no había nada extraño ahí dentro, ni siquiera rastros de Steve. De igual forma, la rusa decidió explorar cada rincón de ese espacio, no quería arriesgarse a cometer ningún error. Estaba por comenzar a hacer eso, pero apenas sintió la puerta cerrarse —de forma abrupta y violenta— tras su espalda, ella se detuvo. Pues aquello provocó que diese un brinco involuntario y que por inercia voltease.
Por instinto, iba a lanzar diversos golpes al viento, pero en cuanto Steve tiró de su muñeca y la apegó a su pecho, Natasha sintió que el alma le volvía al cuerpo.
—Tranquila —musitó, hablándole cerca del oído—, no soy un psicópata...
Deseó patearlo en el rostro por haberle provocado un susto de semejante nivel, pero dejó de pensar en eso apenas sus pupilas comenzaron a recorrer cada espacio de aquella estancia.
La luz que iluminaba aquel cuarto era tenue y provenía de una pequeña lámpara de estilo campestre. En el centro de la alcoba había una cama en perfectas condiciones; con sábanas blancas y colchas limpias, parecía una habitación pulcra y a diferencia de como la había contemplado hace un rato, no lucía para nada tenebrosa. Sus ojos continuaron analizando aquel sitio en tanto los brazos de Steve le rodeaban la cintura y apoyaba la barbilla sobre su hombro izquierdo. Natasha sonrió al percatarse de que a un costado de la cama, yacía un buró de madera que en la superficie cargaba una botella de vino y dos copas de vidrio.
No había duda, Steve jamás dejaría de sorprenderla.
—No eres un psicópata, pero definitivamente quieres abusar de mí... —comentó con coquetería.
—Tal vez sí...
—Eres un idiota —dijo, mientras le pellizcaba el abdomen y provocaba que Steve sonriera—, me diste un susto tremendo.
—Lo siento, pero era parte del plan.
—Creí que querías esperar... —articuló, mirando hacia la cama.
—Sí, pero cambié de opinión.
—¿Por qué?
Steve tragó saliva antes de contestar.
—Porque aunque me duela, ya asumí que perdí a Sharon... no hay nada que pueda hacer para que eso cambie, ni siquiera esperar millones de años para iniciar otra relación... nada la hará volver y debo aceptarlo, debo seguir adelante aunque me sienta culpable.
—La muerte de Sharon no fue tu culpa, ni siquiera deberías sentirte responsable por eso... es más, soy yo quien...
—Nat, esta podría ser la última noche que pasemos juntos —mencionó, interrumpiéndole—. Mañana podría ser un día nefasto. Tengo grandes posibilidades de caer en una trampa, y en el peor de los casos... ser encarcelado, tú te infiltrarás en Hydra y pasará mucho tiempo hasta que tengamos otra oportunidad de estar juntos. Si Tony tiene intenciones de capturarme y lo logra, no quiero culparme por haber desperdiciado esta noche y todo el tiempo en que negué lo que sentía por ti.
Mientras ella le miraba fijamente, le acomodó un mechón de cabello tras la oreja para luego depositar un beso pequeño sobre su boca.
—Yo tampoco quiero eso... —murmuró, enredándole los brazos tras el cuello.
Esta vez fue Natasha quien comenzó a besarlo, se aferró con fuerza a sus labios y no pasó más de medio segundo para que el capitán reaccionase y respondiese aquel contacto.
Sus besos habían sido intensos desde el primer día en que se aventuraron a llevar su amistad hacia otro nivel, pero en ese instante, la manera en que sus labios se estaban uniendo y la forma impetuosa en que sus lenguas se acariciaban, simplemente superaba cualquier sensación de excitación que hubiesen experimentado antes.
Se separaron brevemente en búsqueda de aire, momento que Natasha aprovechó para comenzar a despojarlo de sus prendas superiores. Sabía muy bien que el cuerpo de su compañero parecía haber sido esculpido por el mismísimo Miguel Ángel, pero no podía evitar sorprenderse y sentirse fascinada mientras sus dedos palpaban y recorrían con cuidado sus músculos perfectos.
Se apartó algunos centímetros para proceder a quitarse su propio abrigo y el suéter que todavía traía puesto, Steve la observaba con atención y un poco de impaciencia; pues sabía que con el propósito de ponerlo ansioso, ella estaba siendo exageradamente lenta para desprenderse de esa pequeña blusa de encaje que aún le cubría el cuerpo.
Cuando finalmente se deshizo de la prenda, sus pechos asomaron por sobre el escote de su brasier negro. Natasha le miró fijamente y fue incapaz de no morder su propio labio inferior en cuanto Steve se inclinó sobre ella y sus manos grandes la tomaron posesivamente por la cintura. Había olvidado la última vez en que se sintió de esa manera, tan segura —y al mismo tiempo tan vulnerable—, en las manos de un hombre. Cuando Steve se acercaba y la tocaba, Romanoff dejaba de ser esa mujer intimidante, por cuyo pasado era mejor no preguntar, en sus brazos podía ser autentica, dejar de actuar a la defensiva y simplemente mostrar su verdadera cara.
Esa que, pese a ser fuerte, necesitaba contención y por sobre todo, amor.
Sus pensamientos se detuvieron cuando una mano de Steve inició un recorrido ascendente hacia su abdomen, lentamente y sin pudor alguno, la extremidad del rubio palpó con delicadeza el contorno de su seno. Aquel movimiento bastó para que su respiración se descontrolase y comenzase a tornarse más pesada, Natasha claramente no era una novata en ese campo, pero en esos momentos sentía como si lo fuese. Su cuerpo temblaba y su piel se erizaba ante el roce más mínimo, estaba nerviosa y no podía disimularlo.
Dio un respingo involuntario tras percibir como las manos de Steve viajaban a su espalda, estas se dirigían decididas y sin restricción hacia el broche de la única prenda que aún le cubría el torso. Para asombro de Natasha, el rubio pudo desprender el broche del sujetador sin ningún tipo de problema, detalle que inconscientemente consiguió aumentar su nivel de excitación, pues apenas su brasier cayó al suelo, terminó abalanzándose sobre los labios del soldado, quien contagiado por la misma dosis de frenesí, no se resistió a alzarla entre sus brazos y obligarla a que se aferrase de su cuello, acción que la rusa complementó mientras le enredaba ambas piernas encima del torso.
Steve la sostuvo por los muslos y sin dejar de besarla la apoyó sobre la pared más próxima a ellos.
Aquello provocó que sus caderas comenzaran a entrar en fricción y contacto directo, hecho que permitió a Natasha poder liberar un gemido fuerte tras sentir la erección de Steve chocando contra su propio sexo. Fue entonces que ambos comprendieron que ya no querían seguir esperando, habían luchado contra esos deseos durante años y era completamente inútil seguir resistiéndose a ellos.
Por eso, apenas la pelirroja apoyó los pies en el piso y comenzó a quitarse su propio pantalón, Steve decidió imitarla. Se arrancó el cinturón a tirones y rápidamente empezó a desprenderse del resto de sus vestimentas.
Cuando terminó de hacerlo, se percató de que ella le esperaba apoyada en el muro, se encontraba totalmente desnuda y al igual que él, tenía la respiración agitada. Sus hermosos orbes verdes —esos que siempre solían ser intimidantes y seductores—, por primera vez parecían tímidos y vulnerables. Le miraban con pasión y con sentimientos que ni siquiera la misma Natasha creía ser capaz de comprender.
Alargó una mano hasta atraparle la mejilla, se acercó despacio a sus labios y con lentitud comenzó a besárselos. Su otra mano descendió hasta su muslo izquierdo, con el tacto de sus dedos posesivos, lo recorrió varias veces antes de apoderarse de él y finalmente dejarlo enganchado a su propia cintura. Con dicha postura, era imposible retroceder y lo que ocurriría a continuación, irremediablemente marcaría un antes y un después en sus vidas.
Steve se acomodó entre sus piernas abiertas y apenas su miembro rozó la entrada del cuerpo de Natasha, pudo comprobar que ambos habían nacido para complementarse y estar juntos.
El uno con el otro, simplemente se pertenecían, siempre lo habían hecho.
—Te quiero, Nat... —Y aunque la espía ya lo sabía, no pudo evitar emocionarse tras escucharlo pronunciar esas palabras—. Siempre lo he hecho, incluso cuando he intentado no hacerlo o cuando ni siquiera era capaz de reconocerlo. Siempre te he querido.
Volvió a besarla y esta vez complementó la acción tras deslizarse con un solo movimiento dentro de su cuerpo. Natasha lanzó un gemido ahogado para posteriormente echar su cabeza hacia atrás y aferrar ambas manos en medio de su espalda.
No sabía si estaba despierta o si aquello se trataba de un sueño, pero mientras sentía el peso de Steve sobre sus caderas y la forma en que sus cuerpos se movían con una sincronización que parecía haber sido ensayada, Natasha simplemente creía ser incapaz de vislumbrar un futuro lejos de él.
Steve no era solamente el hombre que amaba, era esa mitad que siempre había necesitado, esa pieza que le permitía ser parte de algo. Era su amigo, un compañero de batallas y ahora su amante.
Era quien la hacía desear ser una mejor persona; era esa razón por la que estaba dispuesta a comenzar desde cero.
Steve Rogers era el único hombre que realmente la hacía sentir completa.
