Capítulo 29. Diferencias de criterio.
Victoria invitó a Marina a pasar la tarde en la hacienda y ella aceptó encantada.
"¿Quieres un café?" ofreció Victoria. "María y yo hemos estado haciendo galletas de limón." dijo acercándole el plato.
Marina cogió una y la comió con delicadeza. Parecía algo ausente.
"¿Estás bien? Te veo un poco desanimada."
"Sí, gracias Victoria."
"¿Cuándo salís hacia Acapulco?"
"El primer barco sale en cinco días, lo cogeremos y desde allí vamos a cruzar hasta Veracruz por tierra, aunque antes vamos a detenernos en México donde pasaremos al menos dos semanas con mi hermano, que quiere que Ignacio conozca a unas personas influyentes. Desde allí Eugenio averiguará si hay algún barco que vaya a partir hacia España directamente o si tendremos que ir a Santo Domingo y viajar desde allí."
"Seguro que podéis empezar de nuevo en España, y tendrás a Leandra, a Eugenio y a tu doncella, Paloma dijiste que también iba a ir contigo ¿No?" dijo Victoria, recordando a la señora que la ayudó a peinarse el día de su boda y que le pareció tan agradable.
"Sí, ella también ha querido venir. Le dije que era un viaje muy largo y que podía quedarse aquí, que mi hermano se había ofrecido a pagarle una pensión para que pudiera vivir confortablemente, pero ella insiste en venir conmigo."
"Es una buena mujer."
"Sí, mis amigas me dijeron que es muy mayor y que debería prescindir de ella, pero para mí es como de la familia." se quedó pensando un momento. "Bueno, quizá no debería llamarlas amigas después de cómo me trataron. Desde luego no siento dejarlas atrás." alzó la vista hacia Victoria. "Tú has sido mucho mejor amiga que ellas, y eso que a ti sólo hace unas semanas que te conozco."
"Me gustaría mucho que me escribieras y me contaras que habéis llegado bien y cómo es tu vida allí."
"Sí." dijo Marina sonriendo. "Te escribiré, y cuando me escribas tú, al menos sabré de vosotros. Tu marido y tu suegro también han sido buenos conmigo. Fadrique les agradeció que me hubieran ayudado y les preguntó si querían algo a cambio, pero por lo que me dijo después no han pedido nada para ellos mismos. Estaba muy extrañado."
"Eso es porque no los conoce. Ellos siempre ayudan a los demás sin buscar una recompensa."
"Tú también lo haces."
"Bueno, hago lo que puedo. ¿Estás segura de que no puedo hacer algo más por ti?" dijo Victoria, intuyendo que algo iba mal.
"Es que… se supone que no debo hablar de estas cosas."
Victoria empezó a sospechar de qué se podía tratar, así que no se atrevía a preguntar, pero Marina parecía tan perdida que sabía que no podría negarse a hablar con ella.
"No quiero que te sientas incómoda, pero si quieres contarme algo te escucharé."
Marina reflexionó con esa expresión de concentración que Victoria ya reconocía. "Tú también te has casado hace poco."
Victoria trató de sonreír sin que se notara en su expresión que estaba temiéndose lo peor.
"Recuerdo que la otra chica de la taberna. ¿Se llama Pilar, no? Y tú estuvisteis hablando de lo que me pasó con Ignacio, y no hablabais como mi tía y otras señoras que me han dado consejos."
Ahí vamos, pensó Victoria mientras asentía.
"Es que… anoche…" dijo Marina con los ojos brillantes por las lágrimas.
Victoria se indignó. "No te habrá hecho daño tu marido." dijo con cara de estar dispuesta a ir al pueblo y hacer algo al respecto.
Marina se sobresaltó al ver su reacción. "No, no es eso." dijo alarmada. "Es sólo que… no fue como antes."
Victoria la miró con desconfianza. "Me temo que no sé a qué te refieres." dijo sin descartar aún ir al pueblo a golpear a de Soto con algo, a ser posible contundente.
"En nuestra noche de bodas no pasó nada, porque discutimos. La verdad es que yo había bebido demasiado y le reproché que no me defendiera delante de mi primo."
"Ya." dijo Victoria sin saber qué otra cosa decir.
"Pero anoche le pregunté que por qué no quería ejercer sus derechos conyugales, y traté de portarme como una buena esposa y dejarle hacer, pero él luego parecía de mal humor."
Victoria puso cara de extrañeza. "Pues me parece raro. ¿Le preguntaste qué le pasaba?"
"No, una señora no debe hablar de esas cosas. Murmuró algo acerca de un saco de patatas, se dio la vuelta y se durmió."
"¿Un saco de patatas? Dijo Victoria confusa. ¿Las sábanas eran ásperas o demasiado rígidas?"
Marina la miró con cara de extrañeza. "No, eran suaves." respondió haciendo memoria.
"Pues no sé cuál puede ser el problema. Seguro que le gusta la intimidad contigo, dijiste que era lo único que buscaba la otra vez, cuando te quedaste embarazada."
"Pero aquello fue distinto."
Victoria estaba completamente perdida con esa conversación, tanto que empezó a superar su rechazo a hablar de la intimidad de alguien como de Soto.
"Lo has dicho también antes. No lo entiendo. ¿En qué sentido es distinto?"
"Bueno, por mi parte ahora sé que no debo portarme como una cualquiera."
Al ver la cara de Victoria, Marina supo que debía seguir hablando. "Una dama no debe disfrutar de las atenciones de su marido, mi tía incluso me dijo que rezara el rosario mientras él cumplía sus deberes."
Victoria se tapó la boca con la mano y abrió los ojos mientras negaba con la cabeza. "Tus tíos no tienen hijos. ¿No?"
"Pues no." dijo Marina algo sorprendida por la pregunta.
Victoria cayó en la cuenta de a qué se refería de Soto cuando habló de un saco de patatas. "Entonces te quedaste tumbada en la cama sin moverte hasta que él acabó."
Marina asintió con los ojos bajos. Por primera vez Victoria empezó a compadecerse del alcalde. Victoria se acercó a ella y le cogió la mano.
"Escucha, los demás no tienen derecho a decirte lo que tienes que hacer con tu marido."
"Pero los sacerdotes hablan del pecado de la carne y de que no debemos sucumbir."
"No todos dicen eso. El padre Benítez desde luego no."
Marina levantó la vista con curiosidad. "¿Y qué dice él?"
"Pues… que cuando una mujer se casa con un seductor es su misión apartarlo de otras mujeres, y para eso tiene que satisfacer sus necesidades."
"Creí que los maridos se buscaban una amante para eso."
Victoria volvió a indignarse. "Espera. ¿Que tú disfrutes con tu marido está mal pero que él tenga una amante es correcto?"
"No es que sea correcto, es que los hombres no lo pueden evitar."
"Pero entonces la amante estaría pecando."
Marina puso cara de estar confundida. "Pero yo no voy a ser una amante, sino una esposa. Bastante difícil es no pecar yo, como para preocuparme de lo que haga otra mujer a la que seguramente ni siquiera conoceré."
"¡Ay, Dios mío!" exclamó Victoria frustrada.
"Pero si los sacerdotes dicen cosas distintas. ¿A quién hago caso?" se quejó Marina.
"Vale, a ver cómo resolvemos esto." Victoria empezó a darle vueltas al problema, pero no encontraba la solución. Diego entró al poco rato y Victoria decidió preguntarle a él.
"Buenas tardes doña Marina." dijo él acercándose a la invitada de Victoria para saludarla. "Buenas tardes Victoria." saludó a su esposa con un beso en la mejilla.
"Qué bien que hayas venido, tenemos un pequeño dilema aquí."
Algo en el tono de voz de Victoria le hizo pensar a Diego que estaba en un lío. No en vano tenía el instinto de supervivencia muy desarrollado, pero era tarde para salir corriendo.
"Verás, Marina está recibiendo información contradictoria."
"¿Acerca de qué?"
"De su vida conyugal."
Diego trató sin éxito de no poner cara de pánico. Por suerte Marina de nuevo estaba mirando al suelo y no se dio cuenta. Como Diego se había quedado sin habla, Victoria siguió contándole.
"El caso es que las otras señoras y su confesor le dicen que la esposa debe… como lo diría…"
"Mantener la castidad en el matrimonio." dijo Diego incapaz de no ayudar a Victoria.
"Eso mismo, muy bien expresado. El caso es que le resulta difícil saber qué tiene que hacer porque no todos dicen lo mismo."
"Lo entiendo, es un concepto que discuten mucho." dijo Diego con cara de no querer seguir hablando del tema.
"Ya sabes lo que dice el padre Benítez, pero por lo visto es el único."
"No, no lo es, pero reconozco que la mayoría de los teólogos no estarían de acuerdo con él."
"Pero tú sí lo estás."
"Desde luego que sí. Cuando se trata de consejos de un sacerdote siempre me fijo en quién se muestra más compasivo, más dispuesto a entender a los demás y a ofrecer el perdón."
Marina levantó la vista, confusa. "¿En caso de duda no hay que hacer lo que diga el obispo?"
"Creo que en un asunto como este cada uno debe seguir su propia conciencia."
Marina asintió con la mirada perdida. No estaba acostumbrada a que no le dijeran qué tenía que hacer, al fin y al cabo toda su vida alguien había estado ahí para decirle lo que era correcto y lo que no.
Por suerte el resto de la visita hablaron de temas menos incómodos. Diego y Victoria acompañaron a Marina al coche y la despidieron desde la puerta principal.
"Tenemos que hacer algo para ayudarla." dijo Victoria muy decidida. Diego se preguntó si no habría por ahí algunos ladrones de ganado o asaltantes de diligencias a los que perseguir. Combatir el crimen era mucho más sencillo que ésto, y menos embarazoso.
