Capítulo 30. Consejo No Solicitado.
"En cuanto acabemos de desayunar nos vamos al pueblo." dijo Victoria.
"No creo que sea buena idea que yo hable con el alcalde. Nunca nos hemos llevado bien." dijo Diego con pocas esperanzas de que ella diera su brazo a torcer. Para una vez que le habría venido bien que aparecieran unos bandidos y no se había acercado ninguno. La vida era muy injusta.
"Mejor tú que yo, no creo que pudiera mantener la calma lo suficiente como para no gritarle o atizarle con algún objeto pesado."
"De acuerdo, esa sería una idea aún peor, pero ésta sigue siendo mala. No sé qué decirle."
"Dile la verdad, que es un granuja, inmoral, seductor de pacotilla y que no se la merece." dijo ella alzando la voz con cada palabra.
Diego la miró fijamente mientras ella se desahogaba. "Supongo que algo se me ocurrirá."
"Te has enfrentado a él muchas veces."
"Es distinto, para empezar podía llevar mi espada, y además él no sabía que era yo."
"No será tan complicado sacar el tema, a los hombres os encanta presumir. ¿Es que no habláis de esas cosas?"
"Yo no, y menos con alguien como él. Es desagradable solo pensarlo."
"No lo hacemos por él, sino por Marina. Imagínate que se hubiera casado con alguien más agradable, como uno de mis hermanos."
"Si se hubiera casado con alguien agradable no tendría este problema."
"Sí, eso es verdad."
"En serio, no sé por qué tenemos que entrometernos."
"Porque Marina es mi amiga y tú siempre estás arreglando problemas, así que ahora no te vas a echar atrás."
Diego suspiró, derrotado.
Poco después, en la oficina del cuartel, el sargento se acercó al alcalde, que estaba enfrascado en la lectura de unas cartas.
"Señor alcalde, don Diego pregunta si puede usted atenderlo ahora."
El alcalde alzó la mirada con desconfianza. "¿Ha dicho qué quiere?"
"No, mi alcalde, solo que es un asunto de carácter personal."
El alcalde resopló. "Está bien, hágalo pasar."
El sargento volvió acompañado de Diego. El alcalde se levantó de la silla para saludarlo.
"Siéntese. ¿Puedo ayudarle en algo?"
"Quizá sería mejor si pidiera a sus hombres que se retiraran, esta conversación preferiría que quedara entre nosotros."
Aquello despertó al curiosidad de de Soto, que indicó a los soldados que salieran de la oficina. Luego se dirigió a un rincón donde tenía unos vasos y una licorera. "¿Quiere tomar algo?"
"No, gracias, estoy bien."
El alcalde se sirvió una copa y se volvió a sentar frente a Diego. "Bien, pues usted dirá."
Sin saber bien cómo empezar Diego finalmente se decidió por la acción directa.
"Ayer su esposa estuvo visitando a la mía, y Victoria está preocupada por ella."
"Le aseguro que mi esposa está bien atendida, no tiene de qué preocuparse." dijo de Soto a la defensiva.
"Me temo que mi esposa tiene cierta información de la que usted carece." dijo Diego, recordando lo que Victoria le había contado cuando se quedaron a solas.
"¿Qué información?"
"Acerca del nacimiento de su hijo."
"Supongo que nació de la manera habitual."
"En cierta manera sí, pero la comadrona llegó tarde porque doña Marina no había dicho a nadie que esperaba un hijo."
"Supongo que lo ocultó porque estaba avergonzada. Al principio pensé que el bebé ni siquiera era mío, pero la verdad es que tiene mis ojos, y por la fecha en que nació sí que es probable."
Diego lo miró, incrédulo. "No estaba avergonzada por el embarazo, ella tenía miedo porque no sabía lo que le estaba pasando." el alcalde lo miró con incredulidad. "Ella no sabía que lo que había hecho con usted podía tener esas consecuencias."
"Tonterías. Para ella era un juego, y lo disfrutó tanto como yo."
"¿Qué quiere decir que para ella era un juego?"
"Fingía inocencia con sus amantes, pero créame, sabía bien lo que hacía las veces que estuvimos a solas en esa biblioteca. No se comportó como una joven inocente, estaba deseosa de experimentar conmigo."
Diego negó con la cabeza. "Ella no sabía que era eso lo que pasa entre un hombre y una mujer, su amiga le dijo que no se preocupara, que lo que hacía era correcto si ya estaban prometidos, y cuando todos supieron lo que habían hecho porque dio a luz a su hijo le repitieron tantas veces que la intimidad entre ustedes estuvo mal, que ahora ella cree que es culpable y que no debe volver a comportarse así."
El alcalde apartó la vista, pensativo.
"Eso es absurdo, ella tenía que saber que lo que hacíamos estaba mal cuando sucedió, no hay nadie tan inocente."
"Ahora ya no." respondió Diego muy serio. "Ahora está convencida de que tiene que comportarse como una mujer decente. Ella le oyó murmurar algo acerca de un saco de patatas, y creo que Victoria y yo hemos entendido a qué se refería usted, aunque su esposa no lo tiene tan claro."
"¿Y ahora cree que todo es pecado?" preguntó él. "Pero si dentro del matrimonio está permitido."
"Si ella se hubiera casado con un buen hombre que le hubiera dicho eso que acaba usted de decir no habría habido ningún problema, porque ella habría creído a su esposo por encima de todo, y otras personas no se habría inmiscuido, pero como la abandonó, todos le han dado su opinión, y ahora la han convencido de que solo hay una manera legítima de tener intimidad."
"Y si no tiene solución. ¿Para qué me cuenta todo esto?" dijo el alcalde frustrado. "¿Ha venido a burlarse de mí? Porque por lo que dicen usted es tan canalla como yo."
Diego no pudo evitar ofenderse. "Yo nunca he arrebatado su inocencia a una mujer para luego abandonarla."
El alcalde, en su furia, decidió que era mejor atacar a otra persona que enfrentarse a lo que había hecho, y al darse cuenta de que lo que había dicho había tenido efecto no dudó en continuar provocando a Diego. "Seguro que a su esposa no le ha arrebatado nada, de eso ya debió ocuparse el Zorro hace tiempo." dijo con una sonrisa sarcástica.
Diego estuvo a punto de golpear al alcalde por insinuar algo así, pero se controló a tiempo. Al fin y al cabo las personas que de verdad importaban sabían la verdad. Consiguió mantenerse sentado en la silla y responder con frialdad, de manera que el alcalde no llegó a sospechar lo cerca que había estado de perder unos cuantos dientes. "Esto no tiene nada que ver conmigo, con mi esposa ni mucho menos con el Zorro. Se trata de usted y de su esposa. Usted no se la merece, pero ella sí merece ser lo más feliz que pueda en su matrimonio. Victoria me ha pedido que le diga que sí hay una posible solución."
El alcalde lo miró con interés y le hizo un gesto para que siguiera hablando.
"El padre Benítez le dijo algo bastante diferente a Victoria antes de que nos casáramos. Deberían ir a hablar con él. ¿No le hizo confesarse antes de su boda?"
"Sí, y era como un perro royendo un hueso. No me dio la absolución hasta que le conté prácticamente toda mi vida. Me tuvo de rodillas en el confesionario casi una hora."
Diego tuvo que contenerse para no sonreír al imaginarse la escena, recordando que él tampoco había podido escapar de la perspicacia del sacerdote. Luego se levantó. "Victoria va a acompañar a su esposa a ver al sacerdote otra vez, a ver si ella decide hablar con él, pero lo que pase después depende de ustedes. Eso es lo que quería contarle, ahora me voy." dijo Diego dando la conversación por terminada y esperando no tener que hablar con alguien así nunca más.
El alcalde hizo un gesto de despedida con la mano, aunque siguió sentado pensando en lo que acababa de oír.
