Como ya dije en un comentario anterior, en algún punto de esta historia el personaje secundario se empezó a apropiar del fanfic, y no podía terminarlo sin contar lo que pasaba con ella. El alcalde ha resultado beneficiado en el proceso; es un sinvergüenza con mucha suerte, supongo. Solo este capítulo y otros dos más para terminar.

Capítulo 31. Algo Diferente.

A la hora de la cena, de Soto se dio cuenta de que Marina estaba muy callada.

"¿Qué tal el día?" le preguntó a su esposa con su mejor sonrisa. "¿Has hecho algo interesante?"

"He acompañado a Victoria a la misión. Hemos estado ayudando al padre Benítez con la ropa de los niños del orfanato."

"¿Y te ha gustado colaborar en el orfanato?" dijo él con interés.

"Sí, esos niños necesitan mucha ayuda. Son tan inocentes…" dijo ella con la mirada melancólica.

"En Madrid también hay orfanatos y hospicios donde agradecerían mucho tu ayuda, si es lo que quieres hacer."

"No estoy segura de lo que quiero. Tendré que pasar allí un tiempo hasta que me acostumbre, pero sí me gustaría hacer algo por los niños."

De Soto trató de ocultar una mirada calculadora. "¿Y has hablado con el padre de algo más?" dijo disimulando su interés.

Ella se ruborizó un poco. "De algunas cosas. También me he vuelto a confesar."

De Soto la miró extrañado. "¿Tan pronto? ¿Era necesario?"

"Sí, cuando me confesé antes de la boda el padre me dijo que le contara mis pecados desde mi última confesión, pero al hablar ahora con él le dije que mi confesor se había negado a darme la absolución en Puebla, porque según él yo no estaba lo suficientemente arrepentida." Marina se ruborizó al decir esto, despertando la curiosidad de de Soto. "El padre Benítez decidió confesarme él para ver cuál era el problema, y cuando se lo conté todo no estaba de acuerdo con mi otro confesor y sí me ha absuelto."

Ella parecía no querer seguir hablando del tema y de Soto pensó que sería mejor no presionarla, aunque esperaba que la conversación con el sacerdote la hubiera ayudado.

Dos criados recogieron la mesa y de Soto esperó a que acabaran para indicarles que se podían retirar. Marina parecía cansada.

"Voy a retirarme yo también." dijo ella.

"Tengo que acabar de escribir una carta, pero me reuniré contigo en media hora."

Tenía una idea, no sabía si funcionaría, pero quizá sería bueno probar.

"He pensado que no estoy siendo un buen marido para ti. Me gustaría pedirte una oportunidad de empezar de nuevo."

"¿En qué sentido?" preguntó ella con una pizca de desconfianza.

"Fui tu amante en San Rafael, y eso estuvo mal, pero fue culpa mía y ahora me gustaría portarme contigo como debí hacerlo si te hubiera cortejado y nos hubiéramos casado después, en lugar de seducirte."

"Ya estamos casados. ¿Qué importa eso ahora?"

"Importa mucho. Un esposo puede ser el amante de su esposa."

"No, si es su esposa no será su amante." respondió ella con cara de no entender lo que le decía.

De Soto suspiró, tratando de encontrar la manera de explicárselo. "Un hombre puede tratar a su esposa como trataría a otra mujer a la que quisiera complacer. Eso está permitido."

Ella frunció el ceño tratando de recordar su conversación con Victoria y lo que le había dicho el padre Benítez. Finalmente asintió levemente cuando se convenció de que todo encajaba.

"Piensa en ello. Si cuando vaya esta noche a nuestro dormitorio aún está encendida tu vela, entenderé que quieres darme una oportunidad de portarme de manera diferente contigo. Si la apagas entenderé que quieres dormir sin que te moleste."

"Pero es mi deber permitir que tú…"

"Un buen esposo no obliga a su esposa."

Ella parecía confusa, y él se levantó y le ofreció la mano para que ella también se levantara. Luego la acompañó a la puerta del dormitorio, besando su mano como despedida y se dirigió a la oficina a acabar su carta.

Dejó la puerta de la oficina abierta, desde allí podía ver una esquina de la ventana del dormitorio, al otro lado del patio. Unos minutos después vio que la luz de la vela se extinguía. Decepcionado, negó con la cabeza. "Es culpa mía." refunfuñó. "Va a ser difícil convencerla."

Marina, en el dormitorio, no podía dejar de pensar en lo que le había dicho su marido. "Se ha pensado que ahora voy a hacer lo que él quiera como si fuera su amante y no su esposa. ¿Quién se ha creído que soy? Dejar que me hiciera esas cosas fue un error, aunque me gustaran." Se removió en la cama, inquieta. "Pero el padre Benítez dijo que ahora no es malo que esas cosas me gusten si estoy casada con el hombre con quien las hago, dice que podemos hacer eso siempre que yo pueda quedarme embarazada, y me quedé embarazada." Golpeó un poco la almohada para mullirla. "Entonces sí que puedo hacer esas cosas otra vez. ¿No?"

Poco después de Soto oyó al bebé llorar, pero se calmó pronto; apenas dos minutos después oyó un grito que venía de su habitación privada.

Se levantó a toda prisa y corrió hacia allí. Al abrir la puerta vio que la colcha estaba en llamas. Tiró de ella para arrojarla al suelo y apagarla a pisotones. Tras comprobar que se había apagado del todo se dio cuenta de que su esposa tenía una vela en la mano y que la habitación olía a pelo quemado.

"¿Qué demonios ha pasado aquí?" gritó.

Ella se echó a llorar. "Oí llorar a Dieguito, aunque me di cuenta de que no hacía falta que fuera porque se calmó enseguida, entonces recordé que su aya siempre tiene una vela encendida en un rincón y de que podía ir a su habitación a encender la mía, pero como estaba a oscuras no encontré mis zapatillas al salir, y al volver me golpeé el dedo pequeño del pie con la mesita, y como me sobresalté la vela me prendió el pelo, y mientras lo apagaba se me cayó, y entonces la colcha empezó a arder. Recogí la vela del suelo, pero no sabía cómo apagar la colcha." dijo entre gimoteos.

"¿Y si querías encender una vela por qué no usaste el eslabón, el pedernal y la yesca que están en el cajón?" (1) dijo de Soto señalando la mesilla.

Ella lo miró sin dejar de llorar. "¿La yesca es esa cosa negra que hay en una caja de lata?"

De Soto se llevó las manos a la cara tratando de serenarse y no seguir gritando. Un soldado llamó a la puerta.

"Señor, ¿Ocurre algo malo? He oído gritos, y huele a humo."

"No, retírese, todo está bajo control."

"A sus órdenes, señor."

Marina seguía llorando y él se acercó a ella despacio. Cogió la vela y la dejó en la palmatoria de cerámica de la mesita. Luego la miró de arriba a abajo.

"¿Te has hecho daño?" preguntó preocupado. Le sorprendió un poco no estar enfadado con ella. Si alguno de sus hombres hubiera hecho algo así él estaría furioso por su incompetencia, pero en ese momento sólo podía sentirse aliviado de que ella estuviera bien.

Ella negó con la cabeza y se serenó un poco.

"No, el dedo del pie ya casi no me duele."

"Pero. ¿Te has quemado?"

"No, bueno, solo este mechón de pelo, tendré que cortármelo." dijo ella mirando el mechón chamuscado. "Y un poco este dedo con la cera caliente."

"Déjame ver tus manos."

Ella las tendió hacia él y él se acercó para asegurarse de que no tenía quemaduras graves. Tomó las manos de su esposa entre las suyas, acariciándolas y sintiéndose aliviado al comprobar que no se había hecho daño. Luego cayó en la cuenta de algo.

"¿Querías volver a encender la vela?" dijo con una pequeña sonrisa.

Con la luz tan escasa no podía estar seguro, pero le pareció que ella se ruborizaba otra vez. "La apagué, pero luego pensé que sería mejor que estuviera encendida cuando volvieras."

Parecía que sí que iba a tener una oportunidad después de todo.

Nota

(1) Todavía no se habían inventado las cerillas. Una mujer como Marina no habría encendido un fuego en su vida, de eso se ocupaban los criados.