Capítulo 32. Ellas Te Envidian.

Marina estaba absorta en sus pensamientos mientras el carruaje avanzaba por el camino en dirección a la ciudad de México. Había sentido mucho despedirse de Los Ángeles, donde Victoria, don Diego y don Alejandro le habían demostrado que había buenas personas en el mundo. No estaba segura de ser capaz de identificarlas a la primera, pero ahora era más cauta y confiaba en que Leandra pudiera ayudarla. Las cosas habrían sido muy distintas si le hubiera hecho caso en San Rafael, pero entonces su hijo Diego no habría nacido, y ella no estaría casada con Ignacio, al que a veces a su pesar, no podía dejar de querer.

"Estamos llegando a la ciudad." dijo de Soto disimulando su entusiasmo sin conseguirlo del todo.

Ella sabía que él estaba deseando encontrarse en lugares más refinados que Los Ángeles, pero ella no valoraba demasiado esas cosas, habría sido feliz en cualquier parte, viviendo más modestamente con amigos que la trataran bien, y sabía que en la ciudad se encontraría con personas que no le gustaban.

Ignacio miraba por la ventanilla del carruaje, emocionado pero manteniéndose sereno para no parecer un pueblerino, cosa que a Marina le parecía un poco graciosa.

"¿Por qué sonríes?" le preguntó Ignacio algo extrañado.

"Me alegro de que disfrutes de la ciudad."

"Claro que sí, estaba harto de estar en ese lugar tan apartado." dijo por tercera o cuarta vez. Era la segunda frase que más repetía, solo superada por estoy deseando encontrarme en lugares más refinados.

Por fin se detuvieron frente a una lujosa casa y los criados los recibieron. Uno de ellos avisó al conde, que se encontró con ellos en la entrada de la casa.

"Bienvenidos." dijo con elegancia. "Estáis alojados en el ala familiar, en las mejores habitaciones después de las mías."

Marina miraba a Ignacio de reojo y le pareció que de repente había crecido un par de centímetros.

"Cenaremos a las 8, si no estáis muy cansados y preferís una cena ligera en vuestras habitaciones."

Ignacio fue a responder directamente, pero luego se volvió hacia ella, pensando que era posible que prefiriera retirarse pronto esa noche.

"Marina. ¿Qué opinas? ¿Quieres que bajemos a cenar?"

Aquello fue una grata sorpresa para ella, acostumbrada a que nunca la tuvieran en cuenta. Al ver el entusiasmo de su marido decidió que merecía la pena darle ese gusto.

"Creo que si descanso una hora en la habitación estaré lista para bajar a cenar."

"Excelente." dijo de Soto con su mejor sonrisa.

"Es por aquí." dijo Marina, a lo que de Soto respondió ofreciéndole su brazo para acompañarla.

Un par de días después ambos se prepararon para asistir a una cena en casa de uno de los amigos del conde. Marina se puso unos de sus vestidos más elegantes, mientras de Soto se vestía con sus mejores galas, milagrosamente rescatadas del puré de guisantes de segunda mano. No estaba muy satisfecho, había encargado prendas de mejor calidad en alguno de los sastres de la ciudad mientras esperaban a que el barco adecuado partiera de Veracruz, pero aún no había podido recoger ninguno de los trajes nuevos y tendría que conformarse con lo que había traído de Madrid.

Se reunió con Marina en el rellano de la escalera para bajar juntos. "Estas preciosa, mi ángel." le dijo de Soto a su esposa galantemente mientras le ofrecía su brazo.

Ella sonrió, un poco incómoda. "No deberías llamarme así, no soy un ángel."

"Para mí sí que lo eres." respondió él. "Demasiado buena para mí, pero tendrás que conformarte." dijo besando su mano.

Ella decidió en ese momento que dejaría la vela encendida esa noche. Luego pensó en la cena de esa noche y no pudo evitar una expresión de preocupación.

"¿Estás nerviosa?" preguntó él un poco preocupado.

"Es sólo que… habrá gente que sepa lo que pasó." respondió ella bajando la vista.

"No deberías sentirte mal por eso. Fue culpa mía, y yo no me avergüenzo. Mucha gente diría que es porque no tengo vergüenza, y en parte tienen razón." ella no pudo evitar una pequeña risa. "La cuestión es que ahora te tengo a ti, y si no fuera un calavera no habría tenido la oportunidad. El padre Benítez insiste en que debería arrepentirme, pero no lo consigo."

Ella alzó la vista hacia él, que volvió a besar su mano. "Te tendieron una trampa, en la que yo participé de buena gana. Esa mujer estaba celosa de ti, y eso que ni siquiera sabía lo por encima de ella que estás."

"Ella es más inteligente."

Él se encogió de hombros. "Más astuta y más artera seguro que sí, pero la sociedad no valora eso en una mujer. Lo que se pide de una dama es que sea de buena cuna, rica y hermosa, y tú la superas a ella en todos esos aspectos. No me extraña que te odie a muerte. También eres buena persona y ella no, pero eso me temo que la sociedad tampoco lo valora."

"Eso que dices es horrible." dijo ella algo escandalizada.

"Son las reglas, son injustas y absurdas, pero es lo que hay. Yo no las dicto, solo me limito a sacar partido de ellas cuando puedo. No te preocupes, nos enfrentaremos a esta noche juntos." dijo él con una sonrisa seductora. Ella asintió.

Se reunieron con su hermano, con el que iban a viajar en el carruaje hasta la casa de su amigo.

El ex-alcalde ayudó a subir a su esposa y se acomodó a su lado en el asiento. Se sentía enormemente satisfecho.

"Pareces contento, Ignacio." dijo el conde utilizando por primera vez su nombre de pila.

De Soto se mesó la barba, pensativo un momento ante esa muestra de familiaridad inesperada.

"Lo estoy. Llevaba mucho tiempo queriendo cambiar ese pequeño pueblo por un lugar más…" miró a su alrededor un momento. "...refinado." añadió. Marina sonrió levemente, era la cuarta vez que repetía esa palabra en la última media hora.

El conde lo miró pensativo. "Bien, me alegro de que tu nueva vida te resulte agradable."

De Soto de manera inconsciente miró a su esposa con una pequeña sonrisa y apretó levemente su mano. El gesto no le pasó desapercibido al conde. "Estoy enormemente agradecido de la oportunidad que he tenido de unirme a su familia, señor conde."

Marina sonrió a su marido mucho más abiertamente, su hermano pudo ver que era una sonrisa sincera.

"Puedes llamarme Fadrique." dijo el conde, pensando que si todo iba bien no tendría que acabar dando órdenes de que dieran una paliza a su cuñado y le obligaran a permanecer lejos de Marina y el niño.

"Será un honor."

La cena fue un gran acontecimiento, con damas vestidas con telas brillantes y luciendo sus joyas. Muchas de ellas iban más engalanadas que Marina, pero a de Soto no se le escapaba que ella era mucho más elegante con ropa menos vistosa. No se había dado cuenta hasta entonces de la diferencia.

Tras la cena se formaron pequeños grupos mientras un cuarteto tocaba música en una de las salas y se utilizaban otras para que los invitados pudieran conversar. Una conocida se acercó a saludar a Marina, y la cogió de las manos con una sonrisa falsa.

"Querida, cuanto tiempo sin vernos."

Marina sonrió tensa. "Así es." contestó con brevedad.

"Oh, sí, no te he vuelto a ver desde tu visita a casa de mis padres. Supongo que ya sabrás que ahora estoy prometida con el señor Robledo. Nuestra boda va a ser el acontecimiento de la temporada."

Marina retiró las manos que la otra mujer había cogido y dijo con un tono algo distante. "Mi esposo y yo salimos para Madrid en tres semanas, así que me temo que no estaremos aquí para esas fechas." Se alegró de no tener que acudir a esa boda, dado que esa mujer era la que había permitido que de Soto y ella se quedaran a solas y él la sedujera. Por un momento lo sintió por su futuro marido, porque no creía que ella realmente lo amara, pero luego recordó la carta que había recibido de ella después de que naciera su hijo, diciendo que él se había enterado de todo y pensaba que ella era una mujerzuela. Tal vez eran tal para cual.

"No te he felicitado por tu reciente matrimonio." dijo la falsa amiga.

Marina se dio cuenta de que eso no era una felicitación. En ese momento de Soto se unió a ellas al ver a su esposa en una situación incómoda.

"No se preocupe, señorita, ahora que lo pienso me temo que nosotros tampoco la hemos felicitado a usted por su compromiso." dijo él con aplomo.

La otra mujer se quedó un poco extrañada con esa respuesta, porque tampoco la habían felicitado. Decidió retirarse antes de dejar ver que estaba desconcertada. "Ha sido un placer saludarte, Marina. Señor." dijo haciendo un leve gesto hacia de Soto.

Marina se quedó callada, y él supo que le había afectado la conversación, por lo que decidió llevarla a un rincón más discreto.

"No dejes que mujeres como ella te afecten. Como te dije, en realidad te envidian. En Madrid encontrarás muchas si hacemos vida social."

"Ella fue la que me dijo que lo que hacíamos era correcto." dijo ella en voz muy baja.

"Lo sé, a mí me dijo que te gustaba jugar con los hombres y hacerte la inocente. Fue después cuando supe que no estabas fingiendo."

"¿Creíste que yo jugaba contigo? ¿Quién haría algo así?"

"Es bastante frecuente." dijo él encogiéndose un poco de hombros. Luego la miró con seriedad. "¿Quieres saber más de ella?"

"¿A qué te refieres?"

"Puedo pedirle un baile e invitarla a una conversación privada en la terraza. El tocador está arriba. Si cuando nos veas salir subes discretamente y sales al balcón que hay en ese rellano." dijo él señalando la parte superior de la escalera. "Me situaré con ella justo debajo y estoy convencido de que podrás oírnos."

"¿Y de qué vas a hablar con ella?"

"De ti, y estoy convencido de que no te gustará lo que oigas, pero te servirá para aprender cómo piensan las mujeres como ella."

"¿Hay muchas mujeres que se comportan así?" dijo ella con cara de preocupación.

"Hay muchas más mujeres como ella que mujeres como tú." dijo él, sintiéndose orgulloso de ella, aunque no sabía exactamente por qué.

"Ellas son más listas, no puedo competir con ellas."

"No es una cuestión de inteligencia. A medida que te conozco me doy cuenta de que no te falta entendimiento, sino experiencia. Espero que nunca llegues a ser falsa y mezquina como ellas, pero estoy seguro de que puedes ser más astuta si practicas. La cuestión es si quieres oír una conversación entre ella y yo o no."

Ella pensó durante un momento. "Quiero saber lo que ella piensa de verdad."

"De acuerdo, lo intentaré, a ver qué le sonsaco."

De Soto caminó con confianza por el salón, y se acercó a la señorita, pidiéndole un baile. Ella aceptó encantada, y Marina los observó mientras tomaba una bebida.

Por el rabillo del ojo vio a un caballero, y le pareció extraño que se detuviera y la mirara indeciso. Al volverse se dio cuenta de que era el prometido de su antigua amiga. Le saludó con la cabeza y él finalmente se decidió a acercarse.

"Señorita… disculpe, quiero decir señora de Soto. ¿Es correcto, verdad?"

"Así es, ahora soy la señora de don Ignacio de Soto."

"Enhorabuena por su matrimonio." dijo él.

"Gracias." respondió ella sin saber bien cómo continuar esa conversación tan tensa. Se decidió por lo más obvio. "He sabido que está usted a solo unas semanas de contraer matrimonio con la señorita Eloísa Laredo. También le felicito."

"Sí, gracias." dijo él desviando la mirada.

La pieza ya acababa, y ella vio que Eloísa había decidido acompañar a de Soto a la terraza. Marina decidió despedirse para poder ir al piso superior y salir al balcón que él había indicado.

"Si me disculpa." dijo ella a modo de despedida.

Él vio que su prometida estaba hablando con otro hombre y la miró extrañado. "¿Es ese su marido?"

"Así es."

"¿Dónde va con mi prometida?"

"Sólo a la terraza, no creo que haya nada de qué preocuparse."

"¿A usted le parece bien?" dijo él muy tenso.

"En realidad… yo…" no sabía qué decirle, y luego pensó que quizá a él también le vendría bien saber cómo pensaba su futura esposa. Quizá a él también lo habían engañado. "Acompáñeme." dijo ella finalmente, y sin esperar respuesta echó a andar hacia la escalera.

Él la siguió sin entender lo que pretendía. Ella salió al balcón muy decidida y lo invitó con un gesto. Dejó la puerta abierta, de manera que estaban a la vista de las personas que pasaban por allí, no quería que hubiera ningún rumor malintencionado acerca de ella, ya había tenido bastante de eso.

"¿Qué hacemos aquí?" preguntó él.

"Baje la voz y escuche." respondió ella.

Una conversación se destacó entre el ruido de la fiesta. Ambos pudieron reconocer la voz de Eloísa.

"Eres muy amable al felicitarme por mi compromiso. Creo que además deberías agradecerme lo que hice en San Rafael. Al fin y al cabo te di la oportunidad de casarte con una rica heredera." Se oyó una pequeña risita. "Y de tener un hijo con ella, aunque lleve el nombre falso que diste para despistarla. Me sorprendió mucho que consiguieran encontrarte a pesar de todo. Dijiste que el tal Diego es un experto en evadir sus responsabilidades cuando las cosas se ponen feas. Y ahora tu primogénito lleva su nombre. ¿No es gracioso?"

"No tiene demasiada importancia." dijo de Soto algo molesto. El hecho de que su hijo llevara el nombre de don Diego de la Vega le resultaba incómodo. Ni volviendo a España iba a poder librarse de él definitivamente.

"El caso es que ahora puedes tener lo que querías, y todo gracias a mí." continuó ella con aire de superioridad.

"Y te lo agradezco, aunque en ese momento tú no sabías quién era ella."

"Pensé que era una pobretona, por eso no me preocupaba demasiado, hasta que Manuel empezó a fijarse en ella. Creo que habría pedido su mano a pesar de que ella se suponía que no podía aportar mucho al matrimonio. Menos mal que intervine. Ella lo habría matado de aburrimiento. Tú no creo que tengas ese problema, con su dinero y viviendo en Madrid seguro que puedes reencontrarte con viejos amigos, y amigas, con los que divertirte."

"Ahora soy un hombre casado, mi vida será muy diferente de cuando estudié allí."

"No creo que eso se interponga en tu camino. Sé que eres ambicioso y que te gusta disfrutar de la vida."

"Quizá no me conozcas tan bien como crees."

"Claro que sí, no creo que puedas conformarte con alguien como ella después de saber lo que es estar con alguien superior."

De Soto se rió brevemente. La vanidad de esa mujer no tenía límites. "Si te refieres a ti misma te equivocas."

"Ahora me dirás que no pretendes tener una cita a solas conmigo antes de salir para España." dijo ella en tono seductor.

"La verdad es que no, no tenía intención de verte a solas."

"Eres un mentiroso."

"Miento cuando me conviene, pero en este caso no lo hago. Cuando tengo una amante me gusta complacerla, así que las tengo de una en una, y ahora el puesto está ocupado, me temo que de manera permanente." dijo de Soto, en principio para hacerla enfadar, pero se dio cuenta de que era cierto. Él mismo se quedó sorprendido.

"Sí que te has dado prisa en encontrar a alguien que te dé lo que la sosa de tu mujer no puede darte." dijo ella con desprecio.

"Estoy hablando precisamente de ella. Es la mejor amante que he tenido."

"Embustero. Ella es más tonta que una piedra. No sabe lo que hay que hacer."

"Es muy diferente de las mujeres como tú. Es cierto que no suele pensar en varias cosas a la vez, pero ¿Sabes qué? Eso es una ventaja. Está dispuesta a hacer lo que le pido para complacerme, y cuando lo hace no es para conseguir algo a cambio. Está plenamente concentrada en mí, y sé que cuando me dice que algo le gusta está siendo sincera, así que te lo repetiré: ella es la mejor amante que he tenido, y tú no estás ni entre mis diez favoritas."

Marina y su acompañante estaban tan asombrados que ambos se sobresaltaron al oír el chasquido de la bofetada que Eloísa le dio a de Soto. Él se rió entre dientes mientras ella se daba la vuelta y volvía al interior de la casa. Portarse bien con todo el mundo no era algo a lo que estuviera acostumbrado. La vida en los Ángeles, rodeado de personas humildes y de buen corazón le había resultado muy frustrante. En Madrid estaría mucho mejor, con personas con las que ser taimado era imprescindible. Practicar un poco de maldad era justo lo que necesitaba para que la noche fuera perfecta. Bueno, eso y que su amante favorita dejara la vela encendida, claro.

Marina decidió bajar a reunirse con su marido, y dejó allí al prometido de Eloísa, que todavía no se había movido ni tenía aspecto de moverse en un buen rato.