Disclaimer: Los personajes pertenecen a Marvel & Disney. No tengo fines de lucro.


Capítulo XVII: Hasta que sus malditos pies sangren


Esforzándose por no perder su dignidad al levantarse, James estiró la manga de su chaqueta y procedió a limpiar un pequeño rastro de sangre que se extendía por la comisura de su labio, inspiró un poco de aire y lentamente comenzó a ponerse de pie. Dio una breve sacudida a sus prendas de vestir, se pasó una mano por el cabello y, como si nada hubiese ocurrido, orientó sus pasos hacia el mini bar de la habitación.

Su elección no tardó más de medio segundo, pues literalmente tomó la primera botella que vio. Con dedos agiles, Bucky procedió a despojarla de su tapa, empinó el recipiente en dirección a su boca y comenzó a beber el contenido. Mientras este pasaba a través de su garganta, cerró los ojos y apretó los parpados, ese maldito brandy hacía que la herida de su labio se tornase molesta y pulsátil.

De cualquier manera, no pensaba quejarse.

Merecía el ardor de ese trago y, por supuesto, también el del puñetazo…

Cuando estaba por beber el segundo sorbo, la voz de Sam se interpuso en su canal auditivo.

—No creo que este sea el momento más adecuado para…

—Podríamos regresar al sitio en donde esto se planificó —sus palabras repentinas provocaron que Falcon instantáneamente guardase silencio—, tal vez en los documentos de ese ruso podamos obtener alguna pista que nos sea útil.

—¿De qué ruso hablas?

—De Vladislav Kozlov. Un amigo de Natalia. —Steve inmediatamente percibió un atisbo de esperanza, pues fue completamente incapaz de ocultar el interés, y la incertidumbre, que dicha información le estaba produciendo. Descruzó los brazos y no dudó en acercarse a escuchar lo que James intentaba explicarles—. Él fue quien localizó a Faustus… estoy prácticamente seguro de que ese imbécil la está ayudando.

—Bien, y si en los documentos de ese tipo no encontramos nada, ¿qué demonios se supone que haremos?

Ante la interrogante de Sam, el soldado descendió la vista, suspiró despacio y se encogió de hombros.

—No lo sé…

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Sin tener demasiadas alternativas, Sam y Steve decidieron seguir la intuición del soldado, con discreción y extrema cautela, el trío abandonó la suite que había hospedado al psiquiatra. Dejaron a los centinelas de Faustus en el suelo, aún seguían golpeados e inconscientes, así que no se molestaron en perder el tiempo con ellos. Rápidamente salieron al pasillo principal, recorrieron un par de metros y abordaron el primer ascensor que encontraron. Sabían que pese a su esfuerzo por pasar desapercibidos, no conseguirían evadir las diversas cámaras de seguridad del recinto, pero en momentos como esos, podían permitirse dejar cabos sueltos. Tenían una lista de prioridades y esta claramente se encontraba encabezada por Natasha. Ocuparse de aspectos triviales como evadir cámaras de seguridad, guardias y agentes federales, tan solo era la punta del iceberg; en dicho instante, sus problemas internos representaban algo profundamente más grave.

Necesitaban hallarla cuanto antes… eso era definitivamente lo más relevante.

En cuanto ingresaron al vehículo y comenzaron a alejarse del Hotel Margaret, Bucky les proporcionó la dirección del gimnasio. Sam fue el responsable de procesar dicha información, iba encargado del volante y debía memorizar las coordenadas que estaba recibiendo. Parecía una tarea sencilla, pero Falcon no la percibía de ese modo… su concentración no era absoluta, pues seguía un tanto impactado por la actitud de Steve, realmente no entendía qué demonios pasaba por su cabeza, acababa de darle un puñetazo a su mejor amigo y ahora —como si se tratase de una comedia satírica— decidía sentarse en la parte trasera del vehículo, precisamente al lado de James.

¿Qué pretendía? ¿Iniciar una nueva ronda de puñetazos al interior del carro?

—Lo siento…

Cuando la voz del ex líder de los Vengadores, apenas audible por el sonido del tráfico, logró manifestarse a través de esas palabras, Sam sintió que sus músculos podían volver a relajarse. Aliviado y sin poder ocultar su dicha, el afroamericano esbozó una sonrisa.

«¡Enhorabuena!» pensó con entusiasmo. El capitán honorable finalmente parecía estar de regreso. No realizaría gestos exagerados ni comentarios que pudiesen interrumpirles, en ese momento, sus compañeros necesitaban discreción y respeto.

A los pocos segundos de haber oído aquella disculpa, Bucky concentró su atención en el rostro de Steve, este le observaba arrepentido y avergonzado, como aquellos días en Brooklyn, cuando era adolescente y hablaba más de la cuenta, pues solía acudir a él para decirle que su gran bocota los había metido en problemas.

Sin ocultar un gesto risueño —pero a la vez melancólico—, James negó con la cabeza.

—No necesitas disculparte, Steve. Hiciste bien… me lo merecía. No debí mentirte ni apoyarla con esta locura. Si desde un principio te hubiese dicho la verdad, nada de esto estaría pasando… —sus facciones se llenaron de tristeza—. Soy el único que debería pedir perdón.

—Que Natasha haya decidido hacer esto sola, no es tu culpa.

—Sí lo es. Debí suponer que lo haría.

—Eso ya no importa —musitó, en tanto posaba una mano alrededor de su hombro—. Solo concentrémonos en localizarla a tiempo.

El soldado asintió.

—La encontraremos, te lo prometo.

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—Señor kozlov, ¿sería tan amable de quitarme estas cosas de encima?

—Sí, doctor Faustus.

En tanto Vladislav comenzaba a liberarlo de aquellas ataduras, Natasha sintió la tentación de acercarse y pegarle por la espalda. Sabía que un buen golpe en la cabeza podía ser efectivo al intentar revertir el efecto de un control mental, pues cuando Clint fue manipulado por Loki, había decidido aplicar aquel método y, ante todo pronóstico, logró traerlo de regreso, pero desafortunadamente, las estrategias de dominio mental que Faustus era capaz de aplicar, frecuentaban ser complejas y agresivas, incluso más que las del hermano de Thor. Loki era un Dios, podía usar magia, manipular y mentir con precisión, pero a diferencia de Faustus, no era un licenciado en psiquiatría humana. Sin mencionar que, simples mortales como ella, podían llegar a engañarle, pero en este caso… repetir aquella hazaña parecía algo imposible. Faustus hacía que los individuos perdiesen autonomía, jugaba con sus recuerdos y les confundía en forma desgarradora.

Era como si una bomba atómica explotase en el cerebro de una persona.

Hórrido y sumamente dañino.

De cualquier manera, si quería poner en práctica la estrategia del golpe en la cabeza, aquella definitivamente no era la instancia más adecuada. No podía arriesgarse a cometer un error y provocar una tragedia. Debía conservar la calma y esperar el momento indicado, la vida de su amigo dependía de eso.

—Vladi, por favor no lo escuches. —El ruso la ignoró y permaneció concentrado en terminar su labor—. Concéntrate en mi voz, sé que puedes hacerlo.

—No se moleste —intervino el psiquiatra—, ya le dije que eso es inútil.

—Déjalo en paz…

Apenas desató el último nudo, Faustus se levantó rápidamente de la silla, hizo un gesto con sus dedos y eso bastó para que Vladislav volviese a poner el filo del cuchillo sobre su cuello.

—Siéntese, tenemos que hablar. —Al tiempo en que el doctor la invitaba a tomar su lugar en la silla, Natasha no se molestó un disimular el profundo odio que estaba sintiendo, apretó los puños y se negó a seguir la indicación—. Vamos, no me obligue a ser hostil. Solo quiero contarle una historia.

Dejando su ego en segundo plano, Romanoff permitió que el anciano se deleitara con su forzada obediencia. A regañadientes tomó asiento en la silla y con la mayor entereza que pudo reunir, esperó a que su desagradable voz comenzase a indicar otra instrucción.

—Señor Kozlov, ya sabe, ¿no?

—Sí, doctor.

Mientras Vladislav se posicionaba tras su espalda y comenzaba a atarle las muñecas con una soga, Natasha percibió aquello como algo bastante familiar. Muchas de sus misiones en S.H.I.E.L.D. se llevaron a cabo en condiciones similares a esa: sentada en una silla y con las extremidades atadas. La habían entrenado por años para lidiar con dificultades de ese tipo, no lo consideraba en lo absoluto una desventaja, de hecho, para ella representaba todo lo contrario.

Era una oportunidad perfecta para fingir vulnerabilidad y atacar cuando ambos estuviesen desprevenidos.

—Es increíble como las cosas pueden cambiar de un momento a otro, ¿no cree?

En cuanto terminó de articular esas palabras, el psiquiatra soltó una insoportable carcajada.

—Ve al maldito grano, Faustus…

—Pensé que no me subestimaría tanto, pero cometió el error de hacerlo. ¿En verdad olvidó lo que soy capaz de hacer?

Jamás olvidaría cuando se interpuso en medio de su misión con Bucky.

Jamás olvidaría la forma en que jugó con las mentes de ambos, ni cómo lo terminó separando de su lado.

Jamás olvidaría que dicho evento desencadenó la revelación de su embarazo y la posterior muerte de su hijo.

Y por sobre todo, jamás olvidaría que eso le arrebató la posibilidad de algún día ser madre.

Tampoco olvidaría lo que hizo con Sharon y el hijo que crecía en su vientre.

Ni aunque pasaran mil años, conseguiría olvidar el sufrimiento que padeció Steve debido a la pérdida de ambos.

¿Cómo podría olvidarlo, si solo deseaba asesinarlo por todo el daño que había provocado a lo largo de los años?

—Créeme, muchas de las cosas que has hecho han dejado consecuencias fatales en mi vida y es una de las principales razones por las cuales deseo matarte. —Pese a encontrarse maniatada, Natasha se inclinó hacia adelante y clavó las pupilas encima de su repulsiva expresión de satisfacción—, yo nunca olvido.

—Ya veo… se deja llevar por la ira… —con aire sereno, el médico permaneció en frente de ella—. Bueno supongo que quiere saber cómo hice esto… —su dedo índice fue a parar directamente sobre Vladislav. Estaba de pie junto a él, con la vista perdida y un semblante carente de vida—. En primer lugar, debo decir que la planificación no fue tan fácil. La manipulación mental implica cierto grado de constancia, no se da la noche a la mañana, tampoco funciona con un simple vistazo o un par de palabras. Comprenderá que no soy un Dios, ni un suprahumano dotado de habilidades extraordinarias.

—No, definitivamente no lo eres…

—Verá… luego de lo ocurrido en Alemania y la posterior muerte de la agente trece, supuse que intentarían cobrar venganza, por eso envié a uno de mis hombres a espiarlos. —Dicha declaración produjo cierto nivel de sorpresa en Natasha, pues no recordaba haber notado hombres acechando el refugio que habían utilizado en Altona—. Jamás estuve enterado de sus planes, ni de lo que pretendían hacerme. Lo único que hice, fue vigilar desde lejos los movimientos que ustedes constantemente hacían.

—Nunca vimos a alguien sospechoso, ¿cómo hiciste para espiarnos y seguirnos?

—Me encargue de tener varios hombres para esa función. Era prácticamente imposible que ustedes hubiesen podido notarlos o identificarlos. Sospechar de un hombre es fácil, pero sospechar de cinco, no lo es tanto.

—Muy astuto… —siseó, indiferente.

En realidad, ni siquiera estaba sorprendida, pues solo podía recordar y lamentar las múltiples advertencias que había recibido.

Se sentía estúpida y superada…

—Un día, mis hombres me informaron que usted, Clint Barton y otro sujeto abandonaron la residencia que compartían con el Capitán Rogers, les dije que los siguieran y así fue como descubrimos que habían retornado a los Estados Unidos. Me puse un poco paranoico y pensé que irían por refuerzos o que planificarían algo grande, pero los días pasaron y no tuve indicios de nada sospechoso. Por un momento pensé en relajarme, pero mi subconsciente me dijo que no lo hiciera, debía tomar precauciones y en caso de peligro, tener un As bajo la manga. —Cerró los ojos y negó con la cabeza, entendía perfectamente bien que ese As bajo la manga era su amigo. Volvió apretar los puños y procuró calmarse, debía ser paciente, aún tenía que escuchar todo lo que ese miserable estaba por decir—. Fue así como comencé a investigar su pasado y me topé con Vladislav Kozlov, su primer aprendiz y en la actualidad, un gran aliado. Sospeché de él apenas me percaté de su ubicación. Por razones laborales estaba residiendo en Harrisburg y usted casualmente se encontraba muy cerca, no necesité pensarlo mucho para saber que recurriría a él para encontrarme, fue bastante predecible.

De manera inevitable sus orbes esmeralda recayeron sobre la figura de Vladislav, la culpa y el remordimiento no tardaron en atormentar sus pensamientos, no podía creer que el simple hecho de estar relacionado a ella, hubiera puesto su vida en riesgo.

Era simplemente siniestro.

—Fue así como empecé a seguir los pasos del señor Kozlov y descubrí que solía frecuentar muchos clubs nocturnos, ¿ya sabe, no? De esos que dejan bastante en claro sus preferencias sexuales. —En tanto el viejo se distraía y procedía a caminar alrededor de su amigo, Natasha comenzó a aflojar las ataduras de sus piernas—. Posteriormente envié a uno de mis hombres, hice que se acercase a él y lo sedujera. Por suerte, o vergüenza para usted, aquello no le tomó más que un par de tragos, luego lo invitó a pasar la noche en su apartamento y su antiguo discípulo aceptó de inmediato, pero obviamente, en ese apartamento no ocurriría lo que él estaba esperando —se carcajeó cínicamente—. Debió ver su cara cuando se topó conmigo. En un principio trató de resistirse al dominio, pero le suministramos una droga y su mente se tornó bastante vulnerable, incluso más frágil que la de Sharon Carter.

—Y luego le ordenaste que me buscara…

—Sí bueno, el resto de la historia es fácil de inferir, ¿verdad? —volvió a detenerse en frente suyo y Natasha maldijo internamente que lo hiciera, si no conseguía aflojar esas malditas amarras que inmovilizaban sus tobillos, no podría deshacerse de las sogas de sus manos y, por consiguiente, tampoco del bastardo de Faustus—. Aunque, hay algo que me tiene intrigado, por alguna razón usted aceleró el proceso y lo llamó antes de lo previsto, no nos vino mal en lo absoluto, pero eso produjo que las cosas se adelantasen. Me pregunto, ¿por qué motivo lo llamó? —Su silencio fue lo único que recibió en respuesta. Por ningún motivo le diría que eso se debía a que Steve y Bucky deseaban evitar que ella pudiese asesinarlo. No, bajo ninguna circunstancia le daría ese privilegio—. Si no quiere responder, por mí está bien, no me interesa ahondar en ello. De igual forma el señor Kozlov la haría adelantar la misión, pues cuando el sargento Barnes cayese en un profundo y sospechoso sueño, él la convencería para dejarlo al margen de esto, pero usted nos ahorró ese trabajo, gracias por eso.

Esta vez el desconcierto logró sobrepasar los límites de su autocontrol.

No podía creer lo que estaba oyendo.

Su mente no tardó en recordar la noche anterior, de súbito rememoró el inocente detalle que su amigo había manifestado hacia Bucky, pues cuando este terminó de entrenar, Vladislav se precipitó a él, le entregó una botella y una toalla. James le agradeció, cogió los elementos y rápidamente comenzó a beber el contenido del envase.

Posteriormente, cuando descubrió que Bucky pretendía arruinar sus planes, espero que este se durmiera y, antes de huir, tuvo intenciones de comprobarlo. Sigilosamente subió las escaleras y se arrimó a su colchoneta, como de costumbre esperó ser abordada por un soldado completamente alerta, pero en lugar de encontrarle despierto, solo se topó con un hombre sumido en el más profundo de los sueños.

Tragó saliva y le observó con impacto. Ese anciano desquiciado había planificado rigurosamente cada detalle, incluso aquellos que estaban implicados con su propio secuestro.

Era un maldito psicópata.

—¿Hiciste que Vladislav drogase a James?

—Solo le administramos un estupefaciente.

Sí, ya lo sabía. En la puta botella.

Disimuladamente volvió a mover sus piernas. Esta vez consiguió dejar el nudo un poco más débil, necesitaba dejar un espacio suficiente para separar sus tobillos y realizar una acrobacia sobre la silla, eso bastaría para acabar con esa condenada inmovilidad.

—¿Sabías que Sharon estaba embaraza cuando la asesinaste?

Aunque la pregunta pretendía desviar la atención del psiquiatra, en el fondo, Natasha sí deseaba oír una respuesta.

—Por supuesto que sí, yo mismo intervine en eso. Le ordené que dejase de tomar sus píldoras y gracias a mi influencia mental, obedientemente lo hizo. No le voy a mentir, técnicamente la estábamos usando de vientre de alquiler, ese fue nuestro principal objetivo, por eso comenzamos a manipularla tres semanas antes de que se fuese a Alemania.

De pronto el aire se tornó más denso, no podía respirar con normalidad, tampoco pensar o hablar con claridad. Sentía una horrible necesidad de estallar en llanto y derribar ese estoicismo que le había permitido mantenerse en alto.

Cabizbaja y mareada, Natasha trató de calmarse.

¿Cómo le diría a Steve que, literalmente toda de su relación con Sharon fue una farsa? ¿O, peor aún, cómo le diría que incluso su hijo fue producto de aquel plan macabro?

Con odio inusitado, alzó la cabeza y volvió a contemplarle. Iba a destriparlo con sus propias manos.

—Usamos un patrón similar al que aplicamos con su amigo —prosiguió Faustus—, la espiamos un tiempo, observamos sus rutinas y la atrapamos en el estacionamiento de un supermercado. Luego la inmovilizamos, le administramos drogas de sumisión, trabajamos con su mente y, aunque no fue fácil, logramos perturbarla bastante.

—Entonces es cierto. Desde un principio su relación con Steve fue producto de tu manipulación…

—Por supuesto que sí. Queríamos un niño cuyo ADN tuviese componentes del suero que dotó al capitán Rogers de esas maravillosas cualidades que posee —en tanto se perdía en sus fantasías siniestras, Faustus negó con la cabeza y suspiró despacio—. Pretendíamos apoderarnos del bebé y usarlo en nuestro beneficio. Pero… ella comenzó a resistirse a la manipulación y por poco lo arruina todo, lamentablemente se volvió un estorbo.

—No entiendo cómo pudiste obtener una maestría en psiquiatría si en el fondo no eres más que un maldito psicópata —sus orbes verdes le contemplaron fijamente—. Estás enfermo, muy enfermo…

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Ya en la avenida Derry, dentro del gimnasio y más específicamente, en la habitación subterránea del recinto. Sam, Steve y Bucky hacían hasta lo imposible por revisar los documentos de Vladislav. No sabían en dónde buscar y decidieron partir por su ordenador, era una buena alternativa para obtener alguna pista que pudiese guiarlos hacia la espía.

Sam, quien poseía más conocimientos informáticos que el resto, se acercó rápidamente al escritorio, cogió el mouse y en pocos segundos descubrió que el computador se encontraba encendido. Mientras esperaba que la pantalla terminase de encenderse y asumía que el resto del trabajo sería pan comido, su rostro adquirió un semblante enfermizo.

Aquello estaba muy lejos de estar funcionando.

—Maldita sea, este idiota tiene todo en ruso —farfulló, cabreado.

—Yo puedo ayudarte —respondió James.

—Bien… intentémoslo.

A medida en que Bucky ayudaba a Sam con la comprensión del alfabeto ruso, el iPhone de Steve empezó a sonar escandalosamente. Tanto Falcon como el soldado desviaron su atención hacia el objeto, observaron a Steve en forma expectante y el capitán se apresuró en sacar el móvil de su bolsillo.

—Es Wanda… —anunció, mirando la pantalla.

Tras oír el nombre de la muchacha, James no pudo evitar inquietarse. En forma inconsciente movió una pierna, esta chocó con una pata del escritorio y eso provocó que el mueble comenzase a menearse. Intentó detener el movimiento, pero una libreta y un par de lápices ya habían caído al suelo. Inmediatamente fijó la vista sobre sus compañeros, pensó que le estarían mirando como si fuese un bicho raro, incluso creyó que comentarían algo respecto a su torpeza, pero a juzgar por la expresión de sus rostros, estos ni siquiera parecían haber notado lo que había hecho.

—¿No le contestarás? —indagó Sam.

—Sí lo haré, pero no le diré lo que está ocurriendo con Natasha y Faustus. No quiero darle motivos para que tome eso como pretexto e intente venir…

—Sí, es lo mejor.

Teniendo intenciones de hablar en privado, el capitán se dirigió a la escalera, con premura subió los peldaños y en poco tiempo desapareció de la vista de ambos.

—Bueno… —dijo el afroamericano—, será mejor que volvamos a lo nuestro.

—¿Cómo está Wanda?

Sam apartó sus pupilas del monitor, juntó el entrecejo y le miró con desconcierto.

—No sé qué le hiciste, pero después de tu partida... ella estuvo destruida.

Tragó saliva y desvió la vista hacia el suelo. Si en esos momentos el remordimiento tuviese rostro, sin duda sería el suyo.

—No era mi intención lastimarla.

—Pero fue precisamente lo que hiciste.

—Créeme que lo sé.

—¿Podemos cambiar de tema y encargarnos de este maldito ordenador?

—Está bien, pero antes necesito que respondas una última pregunta. —Pese a que Sam entornó los ojos y no disimuló su fastidio, James se aventuró a formular una nueva interrogante—. ¿Visión y ella…?

—Mira, no lo sé… —espetó, interrumpiéndole—. De lo único que estoy seguro, es que si tienes el descaro de hacer otra pregunta, seguiré el ejemplo de Steve y también te daré un puñetazo.

Aunque decidió guardar silencio y procuró enfocarse en ayudar a Sam, el nombre de Wanda jamás dejó de rondar sus pensamientos.

Wakanda, África. (Hace un mes y dos semanas)

En una de las enormes habitaciones del palacio real, T'Challa y sus principales colaboradores de confianza, llevaban a cabo un banquete de bienvenida para Steve y su equipo —o bueno, lo que quedaba de este—, el heredero del trono estaba enterado de los acontecimientos que les condujeron a buscar refugio en sus tierras, eso bastó para que aceptase recibirles y brindarles protección. Sabía que no era un buen momento para realizar festejos de ningún tipo, pero Shuri había insistido, dijo que debía ser un buen anfitrión y que ellos necesitaban sentirse como en casa, pues creía fielmente que esa comida era una buena manera de lograrlo.

Desde un rincón del salón, Bucky observaba como Steve y Sam intercambiaban palabras con T'Challa, los tres lucían animados y divertidos. La combinación música más espumante, parecía mantenerles relajados y totalmente ajenos a la excesiva carga de problemas que acarreaban por dentro.

De pronto, sintió un poco de envidia.

Dejó de prestarles atención en tanto miraba la copa que cargaba en sus dedos, realizó una mueca de inconformidad y con pereza la apoyó sobre el mesón que estaba a su lado. Era cierto, no solía ser fan del champan, pero no lo estaba rechazando por eso, sus ganas de beber o comer habían muerto en el preciso instante en que Visión se sentó junto a Wanda. Volvió a mirar a sus compañeros, ahora compartían sonrisas con Okoye. Suspiró despacio, le encantaría poder decir que compartía el sentimiento, pero el hecho de no tener noticias de Natalia y que Visión no se despegase de Wanda, eran motivos suficientes para no estar tranquilo.

Ten.

Shuri extendió una cajita cuadrada hacia él.

Estoy seguro de que hoy no es mi cumpleaños —comentó, mientras la recibía y esbozaba una media sonrisa. La curiosidad se dirigió rápidamente a sus manos, con dedos ágiles abrió un extremo del paquete y no tardó en verificar su contenido. En cuanto sus ojos se toparon con un sofisticado smartphone, Bucky fue incapaz de ocultar su confusión. Alzó la cabeza y esperó a que la muchacha le entregase una respuesta.

Sé que no estás muy familiarizado con los smartphones, pero quiero que lo conserves en caso de que vuelvas a irte. Al menos podrás enviarme un mensaje y decirme que estás vivo. De ese modo no me preocuparé.

La miró con gesto culpable.

Lo siento, en verdad lamento haberme ido sin despedirme. No fue mi intención preocuparte, ni comportarme como un malagradecido. —Y era cierto, cuando Natasha interrumpió su terapia, las cosas sucedieron demasiado rápido, de un momento a otro pasó de Wakanda a Alemania y, por ende, de la tranquilidad al caos—. Pero créeme, valoro todo lo que hiciste por ayudarme.

La muchacha sonrió amablemente.

Lo sé…

Disculpen. —Visión apareció en medio de ambos—. ¿Han visto a Wanda?

No, no la hemos visto.

Justo antes de que Shuri pudiese contestar, la respuesta de James se oyó brusca y cortante.

Me quedó claro.

Mientras la figura del androide se perdía en medio de los invitados, Bucky lucía un extraño gesto de satisfacción en la cara.

Ha estado toda la noche acosándola y ahora no sabe en dónde está. Increíble.

Creo que él no te cae muy bien, ¿verdad?

Cayendo en cuenta de que había expresado sus pensamientos en voz alta, James regresó su atención hacia la hermana de T´Challa.

No, simplemente me es indiferente. —Shuri arqueó una ceja, era demasiado astuta para creer esa respuesta—. Bueno, muchas gracias por esto —profirió, haciendo alusión a su obsequio—. Prometo que lo conservaré.

En tanto le dedicaba una sonrisa y comenzaba a retroceder un par de pasos, la joven volvió a acercarse a él.

¿Ya te vas? —inquirió un tanto desconcertada.

Sí, estoy algo cansado. —«En realidad creo que Wanda me está esperando en algún lugar de este enorme palacio, claramente se escondió de Visión para encontrarse a solas conmigo y, lo cierto es que, yo también muero por estar a solas con ella»—. El viaje fue bastante largo.

Pero los músicos comenzarán con el blues. —Desde lejos, Shuri alzó una mano y saludó al encargado de sonidos. Bucky tragó saliva, incomodo. No quería ser descortés y arruinar el entusiasmo de una chica tan dulce como ella, pero realmente tenía deseos de encontrarse con Wanda—. Cuando los niños de la comunidad y yo te mostramos nuestros bailes típicos, prometiste enseñarme el estilo sureño de los estadounidenses para bailar blues, ¿supongo que lo recuerdas?

Lo recuerdo, pero no soy nativo del sur, creo que te decepcionaré…

No, no lo harás.

Teniendo intenciones de improvisar una respuesta, Bucky la miró sin saber qué demonios decir. Eso bastó para que Shuri comprendiese lo que estaba ocurriendo.

Descuida, entiendo. Disculpa si fui muy insistente.

No, no lo fuiste. Es solo que estoy exhausto…

No te preocupes, ya encontraremos otra ocasión. Algún día te cobraré esas clases de baile.

Con gusto te las daré.

En cuanto Shuri se dio una media vuelta y comenzó a alejarse, Bucky decidió abandonar aquel salón.

Estaba seguro de que encontraría a Wanda en su habitación.

Avanzó por un pasillo largo y angosto, se cruzó a un par de guardias del palacio, les saludó con un movimiento de cabeza ligero y rápidamente desapareció de la vista de ambos. Caminaba con premura e impaciencia, parecía un adolescente que se encontraba deseoso por ver a su novia, pero realmente se sentía incapaz de ocultar su ansiedad.

Desde que Wanda y él se habían besado en aquel muelle, muchas cosas habían cambiado entre ambos. Tenían una especie de relación secreta y eso implicaba tener que sobrevivir a una serie de obstáculos. La mayor parte del tiempo, debían disimular sus caricias, verse a media noche y recurrir a los besos furtivos. La discreción era fastidiosa, pero no podían negar que la necesidad de no ser descubiertos, incrementaba desmesuradamente el magnetismo de sus cuerpos.

Cuando entró a la habitación que Okoye le había designado, sus ojos no tardaron en comprobar lo que tanto había sospechado.

Sentada al borde de la cama, una distraída Wanda jugaba con las ondas de su pelo, miraba el suelo y movía un pie nerviosamente.

Visión te está buscando —musitó, cerrando la puerta. Ella alzó la cabeza y enarqueó una ceja—. Pero supongo que te tenía harta y por eso estás aquí.

Tú en cambio, parecías muy divertido, ¿no? —Wanda dirigió sus pupilas hacia el objeto que Bucky cargaba en su mano. No debería sorprenderle que Shuri le diese un obsequio, sabía que era una muchacha amable y detallista, pero últimamente, con James solía tomarse demasiadas molestias—. « Cuando los niños de la comunidad y yo te mostramos nuestros bailes típicos, prometiste enseñarme el estilo sureño de los estadounidenses para bailar blues, ¿supongo que lo recuerdas? ». —repitió en tono burlesco.

¿Cómo sabes que dijo eso?

¿Olvidas que puedo leer mentes?

Sí… también olvido que no sueles cumplir tus promesas y entras en mi mente cada vez que puedes hacerlo —respondió, dejando el smartphone sobre la mesita de noche.

Lo siento, a veces lo hago sin ser consciente de que realmente lo estoy haciendo.

James la observó con gesto adusto.

Dime que solo estás bromeando y en verdad no sientes celos de ella. —La joven se encogió de hombros, abrió su boca para responder, pero tras no encontrar palabras que sonasen adecuadas, solo se limitó a guardar silencio. No quería decirle que comenzaba a creer que Shuri sentía algo por él, de cualquier manera, Bucky no se lo tomaría bien—. Por favor, no puedo creer que lo pienses en serio. Shuri es como la hermana pequeña que no tuve.

La castaña se puso de pie.

Shuri ya tiene un hermano mayor, no necesita otro —profirió, plantándose en frente suyo.

Sí… —siseó, pensativo—, supongo que en eso tienes razón.

Al percatarse de que su comentario le había dejado preocupado, Wanda posó las manos alrededor de su rostro, hizo que sus ojos azules recayeran sobre ella y procuró tranquilizarle a través de una sonrisa.

Bueno da igual, de cualquier forma esa chica no tiene posibilidades de que tú le enseñes a bailar.

¿Ah sí? —debatió, interesado—. ¿Y eso por qué?

Porque esas clases de baile están reservadas exclusivamente para mí.

A los breves segundos de haber terminado esa oración, los característicos sonidos del blues comenzaron a oírse a la distancia, pues convenientemente se trataba de una especie de balada lenta, marcada por sonidos orgánicos y alternativos.

James sonrió con picardía, le ofreció su mano y Wanda no dudó en aceptar su invitación. Lentamente juntaron sus extremidades, los dedos del otro envolvieron el dorso de sus manos entrelazadas y eso bastó para que sus palmas se transformasen en imanes que producían la inevitable necesidad de atraerse. En tanto usaba su brazo de vibranium para rodear un costado de su cintura, Wanda permitió que su mano libre descansase sobre el hombro de su compañero de baile, ambos cerraron los ojos, pegaron sus frentes y tranquilamente comenzaron a moverse al ritmo de la música.

Un lado, luego el otro, un giro paulatino y una cercanía que comenzaba a tornarse dolorosa, provocaron que poco a poco empezasen a olvidarse del blues, sus labios sedientos fueron incapaces de seguir esperando y comenzaron a besarse con aire sereno. A ratos con lamidas breves y mordiscos cuidadosos, pues deseaban explorarse con calma y placer absoluto, en esta ocasión no tenían prisa, tampoco posibles amenazas o el constante riesgo de ser descubiertos. La fiesta de bienvenida mantenía a sus compañeros distraídos y no pensaban desaprovechar la maravillosa oportunidad que se les estaba presentando.

Finalmente podrían pasar una noche juntos.

—Por favor, dime que esto puede ayudarnos…

Obligándose a abandonar sus recuerdos, Bucky regresó al presente en tanto observaba lo que su compañero intentaba mostrarle. Se acercó al monitor, vio una especie de texto en la pantalla y rápidamente comenzó a leerlo.

Tras notar como el castaño arqueaba una ceja y parecía estar interesado por lo que estaba leyendo, Sam se maldijo internamente por no saber ruso.

—¿Qué dice? —inquirió, ansioso.

—Es un informe en donde Vladislav detalla una misión a su superior… describe haber ejecutado interrogatorios en diversos sitios de Harrisburg, incluyendo este gimnasio, su departamento y una bodega ubicada en el interior de un granero… junto al depósito de armas.

—¿Y qué con eso?

—Fui al depósito de armas, pero ellos no estaban ahí… tampoco el carro que Natalia usó para huir.

Bajo un gesto reflexivo, Sam se masajeó el mentón con un par de dedos.

—¿Y el granero, lo revisaste?

—Sí y no encontré nada.

—Tal vez no estaban ahí cuando tú fuiste a revisar… —dedujo, aferrándose a una mínima esperanza por encontrar a Natasha—, quiero decir, si lo piensas bien, de esos tres sitios, el granero es la mejor opción para mantener a alguien cautivo.

—¿Qué parte de que ya estuve ahí no entiendes?

—¿Y si Natasha llegó al granero después de que lo revisaras?

—¿Para qué volvería si ya había cogido las malditas armas?

—No sé… —murmuró, estresado—, pero el sitio definitivamente es perfecto para torturar a alguien.

Bucky tragó saliva. Esperaba que Natasha no hubiese ensuciado sus manos con la sangre de ese gordo miserable.

—¿Estás sugiriendo que volvamos a revisar ahí? —cuestionó, pensativo—. ¿No crees que sería más inteligente ir al departamento de Vladislav? Es el único sitio de esta lista al cual no me he dirigido.

—Iremos a ambos —tanto Sam como Bucky voltearon de inmediato, Steve guardaba su móvil y les observaba desde el extremo opuesto de la estancia. Ni siquiera se habían percatado de que su charla con Wanda había acabado y, mucho menos, de que les estaba oyendo—. Son las únicas opciones que tenemos, no podemos seguir perdiendo más tiempo.

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Atada y en silencio, llevaba casi veinte minutos soportando el castigo psicológico al que Faustus la estaba sometiendo. Por mera maldad, el muy bastardo se divertía dándole órdenes a Vladislav, le pedía que saltase, que corriese, que se agachase y múltiples estupideces que lo hacían carcajearse cruelmente. Dijo que lo hacía para demostrar que su manipulación era efectiva y que no bromeaba al asegurar que su amigo haría absolutamente todo lo que él pidiese, incluso, autolesionarse y cortar su propio cuello. Pero Natasha estaba segura de que sus intenciones iban más allá de eso, pues tenía la ligera sospecha de que solo usaba la humillación de Vladislav como una especie de adelanto.

Apretó la mandíbula, obviamente pretendía intimidarla y convertirla en su próxima víctima.

Mientras el psiquiatra tomaba asiento sobre un banquito de fierro oxidado, Natasha observó el interior de la bodega, era un sitio lúgubre y amplio, las armas yacían en un saco, estaban custodiadas tras la espalda de su amigo, junto a un rastrillo y varios bloques de paja. Descendió la mirada hacia sus botas, había soltado la soga hace cinco minutos y rogaba en silencio que el anciano no lo notase, apenas levantase su culo de ese sitio y volviese a acercarse, le daría una patada en la mandíbula, lo dejaría inconsciente y, finalmente lograría que cerrase el pico.

Debía limitarse a actuar rápido y a no errar el golpe, de lo contrario, su amigo acataría la orden de ese malnacido y todo acabaría de la peor forma.

—En vista de que no soy muy bueno con las armas, siempre llevo un par de estos conmigo… —Aún sin levantarse del banquito, Faustus llevó una mano hacia sus pies y se desprendió de su calzado izquierdo. Hurgueteó en el interior de este y a los breves segundos, sus dedos pulgar e índice extrajeron una inyección pequeña. Natasha empalideció al verla… sabía muy bien lo que vendría a continuación—. ¿Qué pasa? ¿No le agradan las jeringas? —sonrió, complacido—. Debió ser más precavida y revisarme antes de traerme hasta aquí…

«Debí matarte en el hotel… » Pensó, angustiada.

Optó por permanecer callada, esperaría a que el desgraciado sucumbiese a la tentación y se acercase por sí solo a la trampa.

Por suerte, así fue.

Al cabo de medio minuto, Faustus se levantó de la silla y avanzó hacia ella, Natasha se preparó para poner en marcha su plan, había esperado tantos meses por golpearlo, que aún le costaba trabajo creer que pudiese lograrlo.

Justo cuando parecía estar lo suficientemente cerca para ser alcanzado por la punta de su zapato, Faustus se detuvo y regresó en sus pasos. La espía maldijo por lo bajo, el muy bastardo le estaba entregando la inyección a Vladislav.

—Deme eso —le quitó de las manos el cuchillo que sostenía y suavemente lo depositó sobre el banquito—. Ahora ponga esta jeringa en el cuello o el muslo de la agente Romanoff…

«Ese hijo de perra…».

Tal como lo haría un esclavo, el ruso tomó la jeringa y con la cabeza gacha empezó a caminar en dirección a Natasha.

«Mierda».

Cada paso que daba, provocaba que sus manos y piernas temblasen. ¿Qué demonios se suponía que debía hacer ahora?

Cerró los ojos.

Lo sabía muy bien.

«Lo siento, pero no tengo otra opción».

En cuanto Vladislav quitó el protector de la aguja e intentó incrustarla en la zona de su cuello, Natasha alzó una pierna y le plantó una brutal patada en medio del pecho. La jeringa salió disparada de su mano y su cuerpo inevitablemente cayó de espalda hacia el suelo.

Desesperadamente, Natasha usó sus piernas para rodar encima del piso, sus manos continuaban atadas, llevaba una silla a rastras y debía sostener todo el peso de su cuerpo con las piernas, pero ni siquiera ese listado de dificultades lograba disminuir el potencial de sus habilidades, pues tal como lo había calculado, se detuvo en frente de Faustus. El psiquiatra trató de alejarse, pero antes de que pudiese intentarlo, Natasha dio un giro acrobático y procedió a golpearlo con las patas de la silla.

Quedando boca abajo y aparentemente noqueado, el anciano aterrizó sobre un bloque de paja. Natasha rápidamente se acercó, lo pateó con la punta del zapato y esperó a que intentase defenderse, pero nada ocurrió.

Estaba inconsciente.

Volteó en dirección a Vladislav, posó la vista sobre él y lo encontró sentado en el piso. La imagen le partió el corazón. No se movía ni miraba nada en específico, solo parecía respirar y existir por instinto.

Lucía completamente destruido.

—Vladi —susurró con voz trémula—. Todo terminó, te sacaré de aquí…

El aludido se agarró la cabeza, de pronto padecía una molesta jaqueca.

—Debo cortar mi propio cuello.

—No… no repitas eso.

—Debo cor… cortar mi propio cuello —comenzó a gatear hacia el cuchillo que estaba sobre el banquito de fierros, pero antes de que pudiese alcanzarlo, Natasha se encargó de bloquear su paso—. Debo…

—Tu nombre es Vladislav Kozlov San Martín, naciste en Rusia, tu padre trabajaba en la Red Room, tu madre es de Argentina…

—Basta —suplicó, sintiendo como una punzada atravesaba su cabeza—, basta…

—Creciste dentro de las instalaciones de la K.G.B —notó que, por primera vez, desde que habían entrado en esa bodega, Vladislav enfocó las pupilas sobre ella—, tenías quince años cuando comencé a entrenarte, soy yo… Natalia.

—Natalia… —repitió, sin dejar de mirarla.

—Sí —contestó, sonriendo débilmente—, soy yo…

—Natalia…

—Vladi, necesito que me desates, ¿puedes hacerlo?

—No, no es lo que él dijo que hiciera…

—Ya no pienses en las órdenes que él te dio…

Tan pronto como terminó de emitir esa frase, un pinchazo violento se incrustó en la pálida piel de su cuello. Natasha frunció el ceño, ladeó el rostro y sus orbes furiosos no tardaron en toparse con los de Faustus. Por inercia usó la silla para atacarle, esta aterrizó violentamente sobre su mandíbula, un chorro de sangre emergió de su boca y su cuerpo robusto volvió a desparramarse en el suelo. Lo había golpeado con tanta fuerza que, en esta ocasión, la silla fue incapaz de resistir el impacto, pues acababa de quebrarse en múltiples pedazos.

Con la silla reducida a escombros y las amarras de sus muñecas más sueltas, Natasha finalmente logró soltar el nudo que apresaba sus muñecas. Tras liberarse, lo primero que hizo fue guiar una mano hacia su cuello, tanteó la zona afectada, cogió la jeringa y se la quitó de un tirón.

No sabía si debía sentirse afortunada, pero la totalidad del líquido no había logrado entrar en su organismo, parte de este aún permanecía dentro de la jeringa y suponía que eso representaba algo bueno. Contempló la inyección que aún sostenían sus dedos y el pesimismo no tardó en bombardear su cerebro.

La otra mitad del líquido sí había ingresado en su cuerpo.

Tragó saliva.

¿Qué diablos le había inyectado?

Dejó de pensar en eso luego de que Vladislav se precipitase a las armas, corrió hacia él, lo tomó por el antebrazo y lo obligo a retroceder.

—Ni se te ocurra…

—Déjame —aquella mirada ausente había vuelto a ocupar sus ojos marrones. Le dio un empujón tosco y comenzó a atacarla con golpes de pies y puños—. ¡Déjame!

En cuanto su trasero tocó el suelo, Natasha cerró los ojos, apretó los labios y gesticuló una mueca repleta de dolor, Vladislav acababa de propinarle una patada en los tobillos y su cuerpo se había desestabilizado por completo. Apresurada, se impulsó con las manos y en menos de un segundo logró levantarse, quiso precipitarse, pero en forma repentina, la figura de su antiguo discípulo comenzó a tornarse borrosa.

Luego vino una especie de vértigo y todo el mundo giró a su alrededor.

Mareada y débil, volvió a caer de rodillas. Oía los sonidos distorsionados.

Miró las palmas de sus manos y atisbó más de diez dedos.

Sacudió la cabeza. Esa maldita droga se estaba apoderando de todos sus sentidos.

—Vladislav… —quiso levantarse y llegar a él, pero sus extremidades inferiores no respondieron—, no lo hagas… —imploró, derramando lagrimas desgarradoras—, por favor… tú no.

La obesa silueta de Faustus volvió a plantarse ante ella, Natasha alzó la vista e intento mirarle a los ojos, pero estaba demasiado drogada para distinguir su rostro. En cuanto la silueta se alejó, la fémina asumió que se trataba de una alucinación…

Ningún anciano de esa edad podría resistir dos golpes consecutivos.

—¿Qué me inyectaste? —inquirió torpemente—, ¿por qué no puedo moverme?

—Algo que la hará relajarse y presenciar este espectáculo en primera fila.

—No… no te atrevas.

—Señor Koslov, proceda con la última instrucción.

—¡Vladi, no! —Las lágrimas caían como cascadas por sus mejillas. Su amigo, el chico delgado y de figura atlética que alguna vez entrenó, se plantó en frente suyo, lo vio poner el cañón de una pistola bajo su mentón.

«No es real. Estás alucinando».

Estiró sus brazos e intentó desesperadamente detenerlo, pero su esfuerzo fue inútil. Ya había jalado el gatillo.

«No es real. Estás alucinando».

Como un edificio en plena demolición, el cuerpo de Vladislav se desplomó a escasos centímetros de ella. La espía cerró los ojos, apretó los puños y se dejó caer a su lado.

«No es real. Estás alucinando».

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Tal como Steve lo había estipulado, el trío comenzó a organizarse para ir a revisar los dos sitios que podrían contener pistas o rastros de Natasha. Iban contra reloj, así que acordaron dividir el trabajo y de ese modo investigar más rápido. Sam se dirigiría al departamento de Vladislav, mientras Rogers y Bucky conducirían en dirección al granero, pues volverían a revisar esa famosa bodega en la que Vladislav guardaba su armamento.

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¿Por qué Sharon? ¿Por qué su bebé? ¿Por qué Vladislav?

¿Por qué no ella?

Incluso con los ojos cerrados percibía el mundo girar a su alrededor.

El corazón comenzó a latirle más rápido. Tal vez esa droga le produciría un infarto y moriría.

Abrió los ojos.

Ahí estaba, a escasos centímetros suyo, el rostro inerte de su amigo.

«Estás drogada, pero no estás alucinando. Vladislav está muerto y es tu culpa».

—Pronto podrá moverse… —Faustus, efectivamente había soportado los golpes que le dio, tenía el labio inferior hinchado, la mandíbula cubierta de sangre y probablemente tres dientes menos, pero ahí estaba el muy miserable. Tan vivo como ella—. También podrá ver con claridad… los mareos serán menos intensos y poco a poco se estabilizará.

Natasha lo escuchó en silencio. Sabía que, en lugar de prestarle atención, debería estar quebrándole el cuello, pero se sentía demasiado desorientada para hacerlo. Era como si sus pensamientos no tuviesen una conexión lógica. Su autonomía y voluntad simplemente parecían haberse esfumado.

—¿Escucha esa melodía? —Tenía tanto sueño que era incapaz de distinguir lo real de lo fantasioso, pero si él decía que se escuchaba una melodía, entonces debía ser cierto—. Es el lago de los cisnes.

De nueva cuenta cerró los ojos. Podía oír el armonioso sonido del violín, la paz que transmitía el piano, pero también los intervalos sólidos de las trompetas y el violonchelo.

—Está bailando. ¿Ve cómo la aplauden? —Manteniendo los ojos cerrados, Natasha se vio en medio de un escenario, vestía una malla tan blanca como las alas de un ángel, el tutú era de un tono más oscuro, pero combinaba perfectamente bien con sus zapatillas y las delgadas cintas que abrazaban sus tobillos—. Está bailando mejor que nunca, Romanova…

Mientras la rusa permanecía inmersa en esa falsa realidad, Faustus se acercó a ella, se arrodilló a su lado y comenzó a despojarla de su calzado.

—Baile… baile… —susurró, cerca de su oído—, gire y salte… ¡No se detenga hasta que sus malditos pies sangren!

Sin abrir los ojos y con los pies absolutamente descalzos, Natasha se levantó despacio, alzó los brazos por encima de su cabeza, estiró las piernas, equilibró el peso de su cuerpo en la punta de los dedos y adoptó la clásica postura del ballet.

Una sonrisa maníaca y extasiada se apoderó del ensangrentado rostro de Faustus.

Nada se le tornaba más placentero que manipular la mente de una mujer fuerte.

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Apenas aparcó el vehículo, Steve abrió la puerta del copiloto y comenzó a correr en dirección al granero, James descendió tan pronto como pudo, se quitó el cinturón de seguridad y le gritó que lo esperase, pero su amigo solo se limitó a ignorarle.

—¡Ten cuidado —dijo el castaño, en tanto apuntaba en dirección al granero—, las puertas están rotas!

A Steve no le importó esa advertencia, no podía darse el lujo de ser precavido cuando la vida de Natasha se encontraba en peligro, tenía que apresurarse y llegar a esas malditas puertas cuanto antes.

—¡Nat! —atravesó las puertas del granero y rápidamente intentó localizarla—. ¡Natasha! —sintió un escalofrío en la nuca. Ahí dentro no se veían rastros de ella. En cuanto Bucky ingresó al sitio, Steve le miró con expresión devastada—. No está aquí…

—Tranquilo, esto es solo una parte del granero.

James se arrimó hacia una estantería ubicada en el fondo del granero, se posicionó a un costado de ella y comenzó a empujarla hacia un lado. Aquel movimiento les permitió ver la entrada de una nueva habitación, era mucho más pequeña y oscura que el resto del granero, pero Steve ni siquiera reparó en ello, sus ojos solo se enfocaron en la mujer que yacía ahí dentro.

En el centro de la bodega, Natasha giraba sobre su pie izquierdo, tomaba impulso con la pierna derecha y también con sus brazos. Aplicaba un Fouetté en tournant perfecto. Aunque coordinaba todos sus pasos y su pierna daba latigazos con precisión, la interpretación denotaba tristeza y terror, danzaba como si fuese una pluma siendo arrastrada por una ráfaga de viento, libre y armoniosa, pero a la vez, perdida y con destino a lo incierto.

La rusa se apoderaba del resto de los espacios mientras giraba y saltaba de un lado hacia otro. Pues como si la gravedad no existiese y ella fuese demasiado divina para pisar la tierra, flotaba en la punta de sus sangrientos dedos.

Steve —que había estado hipnotizado con su baile—, abandonó su fascinación en cuanto advirtió que el líquido carmesí también brotaba en sus talones.

—¡Dios mío, Natasha!

La aludida abrió los ojos y se frenó en seco.

Steve comenzó a acercarse, pero mientras lo hacía, ella cayó de bruces y perdió el conocimiento.

—¡Nat! —Se arrodilló a un lado de ella y golpeteó suavemente su mejilla—. Natasha, por favor responde…

Bucky —a diferencia de Steve—, no había prestado demasiada atención al espectáculo de la espía, su atención se desvió rápidamente al cuerpo inerte que permanecía en el suelo. Apartó la vista del cadáver de Vladislav y se acercó a sus compañeros.

No necesitaba que le explicasen lo que ahí había ocurrido. Podía inferirlo perfectamente bien. A fin de cuentas, Sam tuvo razón, Natasha y Vladislav habían hecho justo lo que él dedujo.

Enfocó la vista en su ex pareja y llevó un par de dedos hacia un costado de su cuello. Para tranquilidad de todos, su pulso era normal.

—Descuida, se pondrá bien…

Aterrado y un tanto impactado por lo que acababa de presenciar, Steve asintió lentamente con la cabeza. No sabía qué rayos pasó, ni de quién era el cuerpo sin vida que ocupaba el otro extremo de la bodega, pero de momento, ni siquiera deseaba averiguarlo. Natasha sí vivía y era lo único que debía importarle.

Le acarició una mejilla, tocó su renovada cabellera rubia y depositó un beso pequeño en su frente.

Jamás volvería a separarse de su lado. Nunca más.

—Tenemos que sacarla de aquí… —expresó, preocupado—, alguien debe revisar sus heridas… se ve muy mal.

—Lo sé, pero estamos en Estados Unidos y no podemos llevarla a un hospital —contestó Bucky—. Lo que sí podemos hacer es curar sus heridas y hacerla entrar en calor, aunque si pasan las horas y ella no reacciona, tendremos que…

—Reaccionará… —le interrumpió, seguro de sí mismo—, sé que lo hará. Es la mujer más fuerte que conozco.

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En cuanto dejó de hablar con Steve, Visión se percató de que Wanda comenzó a actuar en forma extraña. Pensó que se había enterado de algo desagradable e inmediatamente quiso averiguar de qué se trataba, pero apenas manifestó intenciones de preguntárselo, ella emprendió camino en dirección a su cuarto.

Desconcertado por dicha reacción, Visión no tardó en seguir sus pasos. Se detuvo bajo el umbral de la puerta y se preguntó qué diablos ocurría, ¿por qué estaba sacando todas sus prendas del armario?

Mientras la muchacha doblaba un par de jeans y empezaba a acomodarlos en el interior de su maleta, el androide se cruzó de brazos.

—¿Qué haces?

—Mi equipaje —contestó con simpleza. Sin comprender el motivo de su respuesta, Visión arrugó el entrecejo y rápidamente se precipitó a ella—, también deberías hacer el tuyo.

—Y, ¿a dónde se supone que iremos?

—Obviamente a Estados Unidos.

El rostro del androide se llenó de preocupación.

—¿Acaso el capitán Rogers te dijo que necesitaba nuestra ayuda?

—No, él dijo que todo estaba bien.

—No entiendo —expresó, confundido—. ¿Entonces por qué iremos?

Wanda, que ahora lucía un tono de cabello anaranjado, se acomodó un mechón del mismo y suspiró despacio.

—Lo conozco, Vis, sé que está mintiendo. Es pésimo con eso.

—Ni siquiera tenemos un medio de transporte para viajar.

—Eso no importa, déjamelo a mí.

Ignoró que los ojos de su interlocutor la estuviesen mirando como si acabase de perder la razón, solo quería terminar su equipaje y partir cuanto antes, estaba segura de que Steve no se encontraba bien. Tenía que ayudarlo.

Cuando terminó de sacar todos sus pantalones del armario, un paquete de color rosa logró asomarse en el fondo del tercer estante. Wanda iba a guardarlo junto al resto de sus pertenencias, pero apenas lo tomó en su mano y sus ojos cayeron sobre él, no pudo evitar sentir un vuelco en el estómago.

El único paquete de toallas higiénicas que había puesto en su equipaje, ahora yacía sobre su mano. Tragó saliva pesadamente. Eso no tenía nada de malo, lo terrible era que este se encontraba nuevo e intacto.

Con el corazón agitado, Wanda concluyó que llevaba aproximadamente un mes sin usarlo.

—Vis, ¿qué día es hoy?

—Jueves…

—Lo sé, pero necesito que seas más específico…

—Jueves catorce de marzo del año dos mil diecisiete.

Solo cuando las manos de James lograron desprender el broche de su brasier y su espalda chocó contra el colchón de la cama, Wanda logró asimilar lo que finalmente iba a ocurrir entre ellos, aquel raciocinio provocó que sus piernas temblasen, se sentía extasiada y al mismo tiempo aterrada.

Sus fantasías se estaban cumpliendo y no deseaba arruinarlas a causa de su escasa experiencia sexual. Realmente le gustaría ser más sencilla, disfrutar el momento y dejarse llevar, pero dicha característica no formaba parte de su naturaleza, irremediablemente era insegura y se asustaba cuando no tenía el control.

Sus pensamientos se vieron interceptados mientras los labios de Bucky besaban su cuello, inmediatamente su rostro se sumió en gestos de placer, sus manos y uñas se aferraron a su espalda desnuda, pues apenas en ese instante, logró ser consciente de que ya lo había despojado de su camisa.

Por instinto las yemas de sus dedos empezaron a recorrer la extensión de su piel, pasó por sus omóplatos fornidos, la línea que marcaba su columna y cada una de sus cicatrices, las tocó despacio y procuró memorizarlas. Más tarde quería besarlas.

James pausó lo que hacía en su cuello, alzó un poco el rostro y sus pupilas se centraron en el verde de sus ojos. Wanda no pudo evitar esbozar una sonrisa de medio lado, el cabello le caía sobre la frente y la imagen se le tornaba demasiado seductora.

Tragó saliva.

Además de su consentimiento —que técnicamente era una obviedad—, resultaba bastante obvio lo que Bucky esperaba de su parte:

Sinceridad.

Yo…

Ya lo sé…

Durante algunos segundos, Wanda solo se limitó a observarlo con fijeza. Aún le costaba creer que hubiese una persona que pudiese entenderla de esa manera, con James no necesitaba usar frases extensas y complejas, una mirada era suficiente para que fuese capaz de comprenderle.

¿Tú también lees mentes? —musitó, en tanto le acomodaba el cabello y ensanchaba su sonrisa.

Solo la tuya…

Aquello disipó el miedo a lo incierto, su falta de control dejó de ser una preocupación y la dicha por tener su primera vez con el amor de su vida, solo consiguieron ir en aumento. Lo besó con desesperación, deseando en lo más profundo de su alma que esa noche jamás acabara, quería detener el tiempo y vivir para siempre en la habitación de ese palacio. Con James a su lado, se llenaban todos los espacios… junto a él, lo demás se tornaba innecesario.

Ella sobre él. Él sobre ella. Ambos giraron un par de veces sobre la cama, continuaron explorándose, complaciéndose y desvistiéndose.

En cuanto Bucky sumergió la mano en su entrepierna, la muchacha gimió y mordió su labio inferior. Por inercia arqueó la espalda y se aferró al borde del colchón, él tomó provecho de su vulnerabilidad para acercarse a sus pechos y comenzar a succionar uno de sus pezones. Wanda trató de contener sus gemidos, pero fue incapaz de hacerlo, se sentía en éxtasis extremo.

La música proveniente del salón en donde se ejecutaba el banquete, continuaba filtrándose en el resto del palacio, pues como si los músicos fuesen conscientes de lo que hacían sobre aquellas sábanas, comenzaron a reproducir un solo de guitarra con melodía lenta y sugerente...

Apenas James se deshizo de sus bragas y consiguió introducir un par de dedos en el interior de su sexo, Wanda no necesitó más señales, la confirmación era evidente. Su cuerpo estaba listo hace mucho tiempo. Como toda inexperta se encontraba nerviosa, pero ese ligero porcentaje de miedo era un rival insignificante para sus enormes deseos. Ahora más que nunca ansiaba consumar lo que habían estado reprimiendo.

Jadeó su nombre reiteradas veces, él comprendió lo que estaba demandando y no titubeó en complacerle, después de todo, lo deseaba tanto o más que ella. Tomó una de sus piernas y cuidadosamente se abrió pasó entre ellas, Wanda en respuesta contuvo el aire y percibió su corazón agitarse. James se detuvo unos segundos en la apertura física de su cuerpo, acarició su mejilla y en sus pupilas buscó la aprobación definitiva. En cuanto ella cerró los ojos y movió su cabeza en señal de afirmación, James comenzó a introducirse poco a poco en su interior.

Un gemido ahogado azotó los labios de la muchacha. Habían sido tantas las veces que pensó en ese momento que, sencillamente no podía creer que estuviese ocurriendo. Mil veces se preguntó cómo sería, con quién, dónde, cuándo y por qué pasaría. Dedicó vastas horas de su tiempo a meditar sobre ello y terminó estresándose con expectativas que le sabían a imposibles, pero aunque en un comienzo experimentó incomodidad y cierto grado de dolor, podía decir con certeza que todas sus preguntas se estaban respondiendo en forma satisfactoria.

Era el momento y el hombre perfecto.

Su zona íntima no tardó en adaptarse a esa nueva sensación, el ardor de su vientre bajo comenzó a esfumarse y rápidamente pudo acostumbrarse. Era consciente de que Bucky sabía hacer muchas cosas bien, pero no lograba entender cómo podía llegar a producirle tanto placer. Realmente en la cama parecía un ser prodigio.

Giró encima del colchón y quedó a horcajadas sobre sus muslos. Quería ganar terreno y también un poco de confianza. Acercó su boca a la suya y sus labios se unieron con fiereza. La fogata que se encendía cuando estaban cerca, comenzó a arder con más fuerza que nunca. Wanda tomó su miembro erecto y lo introdujo por si sola en su cuerpo, James reaccionó a ello enterrando sus dedos en la carne de sus glúteos. El vaivén entre ambos se reanudó velozmente, sus frentes perladas de sudor volvieron a unirse y aquello bastó para detener el tiempo. Acababan de grabar un momento imborrable en sus recuerdos.

Hoy se cumplía un mes y dos semanas de eso…

—¿Ocurre algo? —Visión la miró, preocupado.

«Sí, tengo un jodido retraso menstrual y apenas lo estoy notando».

—No… —sonrió forzosamente—. Todo está bien.