Disclaimer: Los personajes pertenecen a Marvel & Disney© No tengo fines de lucro.


Algunos de los nombres que se usan en este fanfic (en cuanto a barrios y calles), tampoco me pertenecen. Como por ejemplo "la avenida Derry", dicho nombre lo extraje del libro IT. En este, Derry es el pueblo en donde se lleva a cabo la historia, estoy tan maravillada con la trama que quise realizar una especie de homenaje, y por ende, nombré así a una de las calles que aparecen aquí.


Capítulo XVIII: Una advertencia…


Mientras Bucky conducía el automóvil, Steve observaba fijamente a Natasha.

Iba recostada en el asiento trasero, su cuerpo yacía en posición fetal y daba la inquietante impresión de ser exageradamente pequeño. Aunque su rostro lucía tranquilo, no podía dejar de estremecerse al verla en esas condiciones. Sus pies de bailarina, heridos y sangrientos, combinaban lastimosamente bien con su cabello —ahora rubio— enmarañado y sucio. Steve, aún sin poder recomponerse por lo que acababa de presenciar en aquella bodega, procuró concentrarse en escuchar las palabras de Falcon, pues en tanto sostenía su iPhone con una mano e intentaba prestar atención a sus indicaciones, le había sido imposible apartar sus ojos de ella.

Ambos acordaron reunirse en el barrio Farwell, según el GPS no se encontraba lejos, Sam dijo que no estaba seguro, pero creía que se trataba de un sitio discreto, parecía estar alejado de las grandes avenidas y, por ende, de la policía. Eso fue suficiente para convencer a Steve, de cualquier manera, no tenía espacio en su cabeza para pensar en otras alternativas. De momento, solo deseaba resguardar a Natasha, poner su cuerpo débil sobre una cama, curar sus heridas y verla descansar plácidamente.

Acordando registrarse bajo los nombres de Paul, Richard, Ted y Greta, el grupo ingresó en un hotel de dudosa reputación. En cuanto entraron, la recepcionista dejó de prestar atención al libro que leía, lo posó en su regazo y clavó la vista encima de ellos. Apenas se percató de que Natasha yacía inconsciente en los brazos de Steve, les dedicó una mirada de pies a cabeza y, mientras volvía a coger el libro, les dijo que no se molestasen en buscar una habitación para orgías, pues casi con aire solemne, afirmó que en su hotel no ofrecían servicios tan excéntricos. Eso provocó que Steve la mirase como si acabase de escupirlo en el rostro, no podía creer que esa mujer estuviese sugiriendo algo como eso. Completamente ofendido, Rogers le espetó que buscarían una alternativa mejor, pero antes de que pudiese acercarse a la salida, Bucky tomó su antebrazo y le sugirió que se callara, después de todo, Farwell no parecía tener otro sitio que ofreciera servicios de hospedaje y ellos tampoco estaban en condiciones de quejarse.

En tanto Sam cancelaba el costo de una habitación y la dueña del recinto insistía en que no ofrecían servicios para orgías, Steve —con el rostro enrojecido por vergüenza y rabia—, le explicaba que su amiga Greta (Natasha), solo se había pasado de copas. La mujer, de cabello encanecido y ojeras pronunciadas, volvió a echarle un vistazo a la espía. Había recibido en su hotel a cientos de hombres con chicas inconscientes y borrachas, aquello no le sorprendía ni un poco. Se encogió de hombros y le dijo que no se molestara en entregarle más explicaciones, a ella no le interesaban en lo más mínimo.

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Tras dejar a Natasha en la cama, Steve gesticuló una mueca con desagrado, arrugó la nariz y trató de conservar la calma.

La habitación era tan horrible como la recepción, el piso estaba sucio y los muebles repletos de una gruesa capa de polvo. Negó con la cabeza, no podía creer que aquella pocilga fuese el único hotel de esa comunidad, Natasha no merecía estar en algo así de indigno. Inspiró un poco de aire y nuevamente procuró calmarse, no debía concentrarse en banalidades de ese tipo. Por ahora, su misión era otra.

Observó sus pies heridos y tragó en seco. Tenía que hacerse cargo de eso.

Teniendo intenciones de acelerar dicho proceso, Steve ingresó en el cuarto de baño, se acercó al lavabo y comenzó a mojarse las manos. En forma inconsciente volvió a fruncir la nariz, ni siquiera deseaba saber qué podía provocar semejante hedor, prefería creer que solo se debía a una constante falta de ventilación, y no a los múltiples preservativos usados que había en el tacho de basura.

Antes de que una arcada le atacase, Steve salió de ahí tan pronto como sus pies se lo permitieron.

Si no quería que las heridas de Natasha se contaminasen con las bacterias de ese ambiente insalubre, debía dejar de quejarse y curarle cuanto antes.

Se acercó a la mesita de noche y cogió una bolsa plástica, en su interior se encontraban todos los implementos curativos que Sam logró conseguir en el camino. Había apósitos de distintos tamaños, algunos vendajes, un envase con suero fisiológico, líquidos desinfectantes y analgésicos. Rápidamente tomó un apósito, vertió un poco de suero sobre él y con cuidado comenzó a limpiar las heridas de sus dedos. Pensó que podría despertarle, pero nada de eso ocurrió, Natasha ni siquiera se inmutó.

En silencio, Steve observó su cuerpo maltrecho, se detuvo unos instantes sobre su rostro y, pese a no advertir signos de golpes, pudo notar que sus mejillas aún estaban marcadas por el rastro de sus lágrimas. Sin poder evitarlo, sus manos se cerraron en puños, su respiración se tornó sumamente pesada y comenzó a experimentar mucha rabia.

Rabia por haberla arrastrado a trabajar sola.

Rabia por no haberla protegido.

Si tras ver morir a Sharon, se sintió miserable y hecho pedazos, ¿cómo diablos pudo permitir que Natasha se enfrentase sola a Faustus?

Nada, ni siquiera su enfado —por muy justificado que hubiese estado— podía excusar lo que su estúpido orgullo había ocasionado.

Ahora ella estaba cubierta de heridas, Faustus continuaba libre y Vladislav había muerto...

¿Qué iba a decirle cuando despertarse? Perder un amigo era una sensación desoladora. En situaciones como esas, no existían consuelos de ningún tipo. Lo sabía por experiencia propia.

Mientras desplazaba un par de dedos sobre la longitud de su empeine izquierdo, Steve pensó en lo mucho que deseaba retroceder el tiempo.

...

¡De qué me sirven tus lamentos si mi hijo y Sharon ya están muertos!

Sintiendo como si acabase de cometer un sacrilegio, le dio la espalda y la soltó de su agarre.

Estaba tan encolerizado que comenzaba a tener miedo de sí mismo.

Cerró los ojos y con un par de dedos apretó el puente de su nariz.

No. No podía perdonar algo como eso.

Quiero que te vayas —profirió fríamente—. No quiero volver a verte nunca más en mi vida.

...

Dios, cómo se arrepentía de eso.

—Lo siento... —Apenas escuchó la voz de Natasha, el capitán alzó la vista bruscamente—. Lo siento tanto.

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Sentados en un escaño que, por su excesivo uso y falta de cuidado, debería estar en las profundidades de un vertedero, Sam le preguntó a Bucky si deseaba comer algo, él le dijo que por ahora no tenía hambre, pero que se conformaba con una gaseosa. Falcon asintió, se levantó de la banca y comenzó a caminar hacia la máquina expendedora que se ubicaba al final del pasillo.

Mientras esperaba que Sam regresara y que Natalia despertase, Barnes se pasó una mano por el rostro. Pese a haber encontrado a la espía con vida, una parte de él continuaba sintiéndose intranquila, se sentía sobrepasado en muchísimos aspectos y tenía miedo que su mente frágil fuese incapaz de soportarlo. No creía poder convivir con el grupo nuevamente, no después de haber dañado a Wanda y no mientras siguiera sin reconciliarse con su pasado.

Por otro lado, tampoco deseaba convertirse en un estorbo para la relación de Steve y Natalia.

Liberó un resoplido.

Si quería hacerles un favor, debía apresurarse y marcharse lo antes posible.

—Tim me acaba de enviar un mensaje...

Apartó la mano de su cara y con el entrecejo fruncido, posó ambas pupilas sobre Sam.

—¿Qué dice?

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Al verse reflejado en sus pupilas brillantes y dilatadas, Steve esbozó una sonrisa pequeña. Se acercó hasta su rostro, depositó un beso sobre su frente y cerró los ojos. Aunque era bastante evidente que ella continuaba drogada, se sintió ligeramente esperanzado. Estaba reaccionando y, de momento, eso le bastaba.

—Nunca me arrepentí tanto en mi vida, Steve. —Se separó un par de centímetros, la miró fijamente y se sintió más culpable que nunca. Incluso en medio de delirios, Natasha seguía torturándose por haberle mentido—. Mentirte es el peor error que he cometido... tienes mucha razón al odiarme.

—Yo no te odio, Nat. Nunca lo he hecho... jamás podría.

—Deberías... —siseó, mientras sus ojos volvían a cerrarse.

Con delicadeza, precipitó una mano hacia su frente y le acomodó algunos mechones de cabello.

—Y tú deberías seguir durmiendo.

—Pensé que eras mi alma gemela, pero me equivoqué. —Sin poder evitar sentirse intrigado, todas las facciones de su rostro se tensaron—. Eres más que eso. Eres mucho más que eso, Steve...

Tras procesar lo que ella acababa de decir, Steve se quedó mirándola un rato, sus facciones volvieron a relajarse y un nuevo amago de sonrisa comenzó a formarse en sus labios. Por un momento pensó que Natasha expresaría algo que no sería agradable, pero el resultado fue totalmente opuesto.

Su dedo comenzó a bajar desde su frente hacia su mejilla. La acarició despacio y lentamente.

Le gustaría saber si Natasha recordaría esas palabras más tarde, sabía que era bastante improbable, pero honestamente, deseaba con todas sus fuerzas que así fuese.

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Aún sin poder creer que su periodo menstrual tuviese dos semanas de retraso, Wanda borró la falsa sonrisa de su rostro. Abruptamente dejó de hacer su equipaje, se sentó al borde de la cama y se quedó mirando el paquete de toallitas sanitarias. Pues sin percatarse de lo que estaba haciendo, sus uñas se enterraron con fuerza en aquel objeto, el envoltorio se rompió en un extremo y parte del contenido cayó sobre sus muslos. Wanda se apresuró en recogerlas, intentó meterlas dentro del paquete, pero los torpes movimientos de sus dedos provocaron que las toallas volviesen a resbalarse. Apretó la mandíbula y sintió como si ellas se estuviesen burlando de su desgracia. Visión la observaba con absoluta confusión, quiso preguntarle qué ocurría, pero Wanda se apresuró en decirle que tenía razón. Viajar a Estados Unidos era completamente innecesario.

Justo cuando el androide parecía dispuesto a lanzar otra interrogante, Wanda se levantó de la cama, aventó el paquete hacia el otro extremo del colchón y volvió a sonreír con falsedad.

»—Por favor, olvida esta estupidez —había dicho, haciendo alusión a su equipaje—. ¿Te parece si voy a la tienda, compro algo exquisito para nosotros, cenamos y hacemos como si nada hubiese pasado?

Ni siquiera escuchó la respuesta de su compañero, simplemente se arrimó hacia el buró, tomó su billetera y cogió los escasos billetes que Sam había dejado.

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—Encontraron el cadáver de Vladislav.

Ante las palabras de Sam, James tragó saliva.

—¿Y qué hay de Faustus?

—Al parecer nada —comentó, en tanto volvía a sentarse a su lado y le ofrecía una lata de Coca-Cola—. Como siempre, logró huir.

—Ese maldito bastardo...

—¿Crees que Natasha haya despertado? —mientras le daba un sorbo a su refresco, el castaño negó con la cabeza—Mierda. No podemos quedarnos aquí por demasiado tiempo.

—¿Y qué hacemos? ¿Huimos y la dejamos aquí? —replicó, sarcástico.

—No quiero ser insensible, pero Tim se las ingenió para llenar el estanque del quinjet. Dijo que nos marcháramos antes de que alguien lo descubriera o lo meteríamos en problemas.

—¿Y, en dónde dejó el quinjet?

—Aquí —contestó, enseñándole la pantalla de su celular. En ella se mostraba la ubicación que Tim Adams había compartido desde su móvil, James atisbó el nombre Farwell en medio del mapa y casi escupió la gaseosa que tomaba.

El sitio expuesto en la dirección señalada por Tim Adams, quedaba a pocos kilómetros del hotel en donde estaban.

—¿Me estás jodiendo?

—No, por eso digo que debemos irnos.

Bucky descendió la mirada y se quedó unos instantes pensando.

Jamás esperó que las cosas se diesen tan rápido.

—¿Sinceramente crees que es conveniente que yo también suba a ese avión?

Sam le miró, desconcertado.

—Steve daría la vida por ti, no puedo creer que lo pongas en duda.

—No pongo eso en duda, es solo que... no sé si sea buena idea que yo también viaje con ustedes.

—Bueno eso dependerá de ti. —Ahora fue él quien le dio un sorbo largo a su bebida—. Steve te está dando una segunda oportunidad y, al igual que Natasha, no deberías desaprovecharla. Solo sé sincero con él y...

—Mantente lejos de Wanda —secundo James, en tono monótono y desanimado. Como si supiera de memoria cada una de sus advertencias—. Descuida, no volveré a acercarme a ella.

Sam sonrió con tristeza.

—No creo que seas un mal tipo, Bucky. Me caes bien, aunque no se note.

James le miró de soslayo, al cabo de un rato, chocaron sus latas y simularon un brindis, dieron un nuevo sorbo a sus refrescos y, sin entender el porqué, ambos estallaron en carcajadas.

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Por fortuna, Visión no la siguió.

Ingresó en la primera farmacia que vio, solicitó una prueba de embarazo y, sin poder reunir valor suficiente para regresar al apartamento, ocupó vastos minutos de su tiempo en vagar por las calles de Luanda, compró un vino y comida típica de la zona, pensó en adquirir otras cosas para la cena, pero descartó la idea. Llevaba dos horas fuera y no quería levantar sospechas en Visión.

Al volver, evitó dejarse llevar por sus nervios, Visión no le preguntó nada y Wanda lo agradeció. Se dirigió a la cocina, escondió la prueba de embarazo bajo la pretina de su jeans y dejó el resto de sus compras en la encimera.

Quería realizar el test sin ser interrumpida, pero para eso necesitaba que su compañero estuviese distraído. Luego de pensar en qué demonios haría, llegó a una conclusión sencilla y, por ende, su estrategia fue pedirle que organizase la mesa para ambos. Visión —como de costumbre—, aceptó gentilmente.

Mientras él comenzaba a realizar lo solicitado, Wanda se adentró al cuarto de baño. Con manos temblorosas sacó el artefacto de la caja, leyó el instructivo y empezó a seguir las indicaciones.

Aunque sentía cada segundo como si fuese una hora, ejecutar el procedimiento le tomó poco tiempo. Lo había hecho en menos de cinco minutos y ahora debía esperar otros cinco más para ver el resultado. Dejó el test sobre el lavamanos, se cruzó de brazos, apoyó parte de su espalda en la pared y de nueva cuenta comenzó a repasar las indicaciones del instructivo.

Si estaba embarazada —tragó saliva—, la ventana de resultados arrojaría dos líneas de distinto color. Una oscura y otra un poco más clara.

Si no lo estaba... solamente se vería la línea oscura.

Suspiró, cansina.

Serían los cinco minutos más largos de su vida.

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Al poco rato de haber culminado la curación, Steve emergió del cuarto con expresión serena, cerró la puerta cuidadosamente y tomó asiento en la banca adyacente a la estancia. Bucky, que aún permanecía sentado en dicho sitio, alzó el rostro y le saludó con una sonrisa ladina.

—¿Y Sam? —averiguó, correspondiéndole el gesto.

—En la primera planta, junto a la piscina. —James escrutó su rostro durante un momento. En cierto modo, él continuaba luciendo extenuado y preocupado—, está hablando con alguien hace bastante rato.

—Me pregunto con quién...

Bucky realizó un breve encogimiento de hombros. En realidad, aquello no le interesaba, Sam usaba su smartphone todo el tiempo.

—¿Cómo sigue Natali... —carraspeó e interrumpió su propia interrogante, llamarla de esa manera, probablemente incomodaría a su amigo—, cómo sigue Natasha? —repuso, sintiéndose extraño tras nombrarla de esa forma.

Steve apoyó el peso de su cuerpo en el respaldo del asiento. Nada en su rostro parecía denotar enfado o incomodidad.

—Puedes llamarla Natalia, descuida. —Aunque Bucky asintió con la cabeza, aquello le tomó desprevenido. No estaban en malos términos, pero aún tenían muchas cosas que aclarar. Era extraño que, inopinadamente Steve lo asimilase con tanta ligereza—. Aún duerme, murmura algunas palabras, pero sigue bajo los efectos de esa droga...

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro...

—¿Estás seguro de que quieres viajar con nosotros? —Steve le observó con gesto desentendido—. Me refiero a ella, a mí y a todo lo ocurrido en estos últimos meses —explicó, nervioso—, si consideramos esos factores, es absolutamente normal que te sientas incómodo...

—Supongo que, no será como antes, pero puedo lidiar con ello.

Con expresión pensativa, James descendió la vista. Tal vez, aquel no era un momento adecuado para poner en marcha sus planes, pero tampoco podía continuar aplazándolo, simplemente debía hacerlo.

Sus pupilas volvieron a posarse encima de Steve.

—Volveré a Wakanda.

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A medida en que el minutero avanzaba, Wanda comenzó a recordar algunos momentos de su infancia, como cuando jugaba a ser madre y todos halagaban lo bien que cuidaba a sus muñecas. Siempre se preocupó de que lucieran bien, cepillaba sus cabelleras, cambiaba sus atuendos e incluso simulaba prepararles la cena. Desde niña había sentido afinidad y curiosidad por la maternidad, no era algo que ocupase sus pensamientos todo el tiempo, pero a diferencia de muchas chicas de su edad, Wanda jamás sintió rechazo ante la idea de convertirse en madre.

O... eso creía hasta ahora.

Si esa prueba arrojaba un resultado positivo, no sabía qué demonios haría.

Su bebé no sería como sus muñecas de plástico. A diferencia de ellas, lloraría, tendría hambre, defecaría, padecería enfermedades y, en todo momento, requeriría de cuidados.

Sin sus padres y su hermano, aquello sería sumamente complicado, no habría consejos ni halagos relacionados a sus dotes maternales... la crianza de ese hijo, dependería única y exclusivamente de sus propias capacidades.

Sin ser consciente de que un ataque de ansiedad comenzaba a consumirla, Wanda empezó a mordisquearse la uña de su pulgar derecho.

Mierda... ni siquiera deseaba pensar en su actual condición de fugitiva o su estilo nómada de vida. Eran Factores totalmente opuestos para el bienestar de un bebé.

Reclinó la cabeza hacia atrás y se contuvo de estallar en llanto.

¿Por qué había sido tan idiota e irresponsable?

¿Por qué tenía que ocurrirle justo cuando estaba dispuesta a olvidarse de él?

El padre de su posible bebé...

Volvió a tragar saliva.

¿Cómo reaccionaría Bucky? ¿Creería que lo había hecho a propósito, que estaría buscando pretextos para arrastro a estar junto a ella o, simplemente huiría, como ya lo había hecho?

Sí, probablemente eso haría.

Tal vez... tal vez ni siquiera se enteraría.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

Por más que lo intentase, no podía detenerse, quería poner su mente en blanco y pausar esos pensamientos, pero era absolutamente incapaz de hacerlo.

Su ansiedad la dominaba como si fuese un titiritero.

Inspiró hondo y procuró calmarse.

¿Y si solo estaba siendo pesimista?

Tal vez... ella y Bucky necesitaban que ese test resultase positivo... tal vez ese bebé lograría traerlo de regreso.

Tal vez...

—Basta, Wanda, no seas estúpida... —siseó, abofeteándose mentalmente.

Tomó su celular y volvió a chequear la hora.

Finalmente el tiempo se había cumplido. Acababan de transcurrir seis minutos.

De inmediato sus orbes verdes se posaron sobre el test, este se encontraba a un metro y medio de distancia, quiso acercarse a él, tomarlo y acabar con esa tortuosa espera, pero durante un lapsus que le resultó demasiado extenso, sus pies aparentaron quedarse paralizados. Tenía muchísimo miedo.

Usando la telequinesis para acercar el objeto a sus manos, la muchacha sintió su corazón agitarse, pues mientras el test levitaba en el aire y comenzaba a aproximarse, una parte de su mente comenzó a inquietarse, estaba nerviosa y pensaba que tras ver el resultado, no sería capaz de controlarse.

Tenía un mal presentimiento.

En cuanto el test aterrizó en la palma de su mano, Wanda lo empuñó con fuerza. Sabía que debía armarse de valor y acabar con esa maldita incertidumbre, pero realmente sentía un temor paralizante.

—Vamos, puedes hacerlo —musitó, apretando la prueba de embarazo con sus dedos—, tienes que acabar con esto.

Respiró profundo, lentamente abrió la palma de su mano, dejó de buscar excusas y simplemente fijó la vista en la ventanilla de resultados.

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—¿Qué? —replicó, turbado por su anuncio repentino. James abrió la boca para repetir lo que había dicho, pero él lo frenó con un gesto de manos—. ¿Por qué? —insistió, desconcertado—. No es necesario, en serio... ya todo está aclarado.

—Sí, es necesario. Siento que estoy volviendo a colapsar. Necesito alejarme de todo esto.

—En verdad, no es necesario. Ya no estoy enfadado...

—Eso es porque aún no sabes toda la historia, Steve.

—¿De qué estás hablando?

La idea de guardar silencio volvió a tentarle. Siempre era más sencillo omitir ciertas cosas, fingir amnesia temporaria e incluso tener el descaro de olvidarlas... Podría decirle que deseaba partir porque aún necesitaba sanarse mentalmente —cosa que era cierta—, pero también sabía que su deseo de huir no se debía solamente a eso. Existían factores de mayor relevancia, como sus sentimientos por Wanda, su despedida con Natasha o conocer la existencia de un hijo nonato. Podría fingir que nada de eso ocurrió y continuar su amistad con Steve con la mayor hipocresía del mundo, pero realmente estaba harto de guardar secretos.

Quería ser honesto, incluso si eso implicaba recibir su indiferencia u otro puñetazo.

—Natalia y yo nos besamos...

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El resultado era negativo.

No estaba embarazada.

Con el rostro inexpresivo y la vista perdida, Wanda se arrimó al lavabo, abrió el grifo, mojó sus manos y luego las desplazó por su cara.

¿Por qué demonios ese resultado la hacía sentir tan miserable y vacía?

Cualquier mujer que estuviese en una situación similar, comprendería que haberse liberado de un embarazo, era técnicamente lo mejor que podría pasarle. Es más, debería estarse carcajeando histéricamente, bailando o brincando de alegría. Saber que un retraso menstrual no pasaba de una falsa alarma, llenaría de alivio hasta la mujer más inexpresiva del mundo.

Pero ella no podía percibirlo de ese modo.

Se sentía triste e inmensamente desdichada.

Como si un alud repleto de hielo acabase de enterrar su última esperanza con él.

Durante algunos segundos contempló su reflejo en el espejo, pero descendió la vista rápidamente.

Diablos, cómo dolía ser consciente de que, pese a todo el daño, aún lo amaba como una maldita imbécil.

Mientras su cerebro intentaba ser razonable, su corazón insistía en desgarrarse.

Ambos órganos batallaban en su interior y Wanda ya no sabía qué sentir al respecto. Aquel estrés la hizo padecer una punzada horrible en la cabeza, por inercia se agarró la frente y nuevamente procuró calmarse.

No podía derrumbarse...

Justo cuando creía tener la situación bajo control, una grieta atravesó diagonalmente el espejo. Wanda arrugó el entrecejo, oyó un crujido tras el cristal y tomó eso como una advertencia para alejarse. Cuando el vidrio estalló en mil pedazos y un estruendo horrible inundó el cuarto de baño, la joven exclamó un gemido de dolor.

Se arrimó a la pared, con ambas manos cogió su cabeza y lentamente comenzó a arrastrarse hacia el suelo.

Sentía como si la broca de un taladro le estuviese atravesando el cráneo.

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Casi como si estuviese procesando cuidadosamente sus dichos, Steve le miró con el rostro inexpresivo. Su cara no reflejaba ira, tampoco desconcierto o incredulidad. Bucky tragó saliva. Sus rasgos caucásicos no demostraban absolutamente nada y eso le aterraba. Justo cuando empezaba a arrepentirse de haber abierto la boca, Steve se levantó del escaño, le dio la espalda y simplemente comenzó a alejarse.

—Espera... —pidió, en tanto le seguía y se interponía en su camino—. Solo escucha lo que quiero decirte y cuando termine de explicarlo, podrás volver a golpearme o hacer lo que se te dé la gana.

—Entonces espero que la explicación sea convincente.

—No sentimos nada... —expresó con franqueza—, ni siquiera una sensación remotamente parecida a lo que sentimos antes.

Steve sonrió ásperamente.

—Me encantaría decir que te creo, pero...

—Es cierto, compartimos muchos recuerdos que jamás olvidaremos, pero créeme... ahora es completamente distinto —prosiguió, interrumpiéndole—. La quiero y sé que ella también me quiere, pero es un sentimiento muy distinto al... amor. —Tal como lo pidió, Steve se limitó a guardar silencio, se cruzó de brazos y lo escuchó con suma atención—. Ni siquiera sé cómo explicarlo, es algo que solo entiendes cuando lo sientes.

—¿Sabes qué? —espetó, sin esperar una respuesta—. Estoy harto de tu pasado con Natasha, ya no me importa.

—Tú y yo sabemos que eso no es cierto.

—¿Y qué diablos puedo hacer al respecto? —soltó, hastiado—. Nada, Bucky. Absolutamente nada.

—No, no es cierto...

—Sí, sí lo es. Tu historia con Natasha empezó mientras yo permanecía congelado. No hay espacio para mí en eso.

—¿Puedes dejarme terminar de hablar?

—Claro —ironizó con falso entusiasmo—. ¿Vas a empezar a relatarme lo que ocurrió después del beso?

—No ocurrió nada después de eso, pero no es a dónde quiero llegar.

—En serio ya oí suficiente. Deja de castigarte por haber conocido a la mujer que amo antes que yo, nadie puede culparte por eso —declaró, sincero—. Ni siquiera debería molestarme que la volvieras a besar, sé que traté a Natasha como basura y también soy consciente de que ella no es mi pareja. Descuida, puedes dormir tranquilo.

En cuanto pensaba alejarse y dar por finalizada esa charla, James emitió una frase que lo obligó a mantenerse en su lugar.

—Ella te ama, Steve. Quizás más de lo que me amó a mí. No la pierdas por orgullo.

—Escucha Bucky, eres mi amigo y pondré todo de mi parte para que las cosas entre nosotros vuelvan a ser como antes...

—Pero... —secundo, esperando que soltase una frase desagradable.

—Pero no cuentes conmigo para hablar acerca de Natasha.

Y, aunque esta vez giró en redondo y decidió distanciarse, las palabras de su amigo habían calado hondo en su pecho.

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El ruido ensordecedor que produjo aquel espejo al quebrarse, hizo que Visión inmediatamente enfocase la vista sobre el cuarto de baño.

«Wanda aún está dentro».

Alarmado y pensando lo peor, corrió como alma que lleva al diablo hacia el fondo del pasillo. La puerta permanecía cerrada y un silencio sospechosamente perturbador se había apoderado del ambiente. Visión no se tomó la molestia de golpear, su cuerpo atravesó la solidez de aquella puerta y su presencia se materializó rápidamente en la estancia.

—¡Wanda!

La muchacha se levantó bruscamente del piso. Desesperada se acercó al lavabo, asió el test de embarazo y con premura lo escondió tras su espalda.

—¿Qué demonios te pasa? —espetó, mirándole enrabiada—. ¿Por qué entras de esa forma?

—Lo-lo siento —contestó, confundido por su actitud—, oí ese ruido y... y me preocupé.

—Bueno, ya me viste. Estoy bien. —Sus orbes celestes pasaron de ella a los múltiples pedazos de vidrio que se habían esparcido en el suelo. Realmente no entendía lo que ocurría—. ¿Podrías salir y dejarme sola?

Negó con la cabeza.

—No, no lo haré. No te dejaré sola... —con su dedo índice le apuntó el rostro—. Mírate, estás llorando y claramente escondes algo. —Se acercó un par de pasos e intentó arrebatarle lo que estaba ocultando, pero tan pronto como captó sus intenciones, Wanda retrocedió y le esquivó—. Por favor confía en mí, quiero ayudarte.

—¡No quiero que me ayudes! —gritó, furiosa. Sus ojos se tornaron rojos y tenaces—. ¡Solo quiero que te largues! ¡Déjame en paz!

Antes de darle en el gusto, Visión le dedicó un vistazo cargado de dolor, se desplazó hacia la puerta, giró el pomo y la cerró por fuera.

Wanda inmediatamente se sintió culpable, tuvo el impulso de correr tras él y disculparse, pero lo descartó velozmente.

Primero necesitaba calmarse.

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—¿Steve sigue ahí dentro?

Luego de haber estado varios minutos en la primera planta, Sam finalmente regresó a su sitio en la banca.

—Estuvo aquí un rato... charlamos un poco.

Bucky ni siquiera le miraba, lucía distraído y más ausente que de costumbre.

Falcon arqueó una ceja. Sinceramente esperaba que ese cambio de actitud no se debiese a su conversación con Steve. Lo último que necesitaba era una nueva discusión entre ellos.

—¿Le dijiste que debemos irnos pronto?

—No, lo siento.

—Bueno da igual. Aún tenemos dos horas y supongo que Natasha despertará pronto.

—Sí, eso espero.

Mientras sus miradas se perdían en el monótono paisaje que podían observar desde aquel pasillo, Sam escuchó un ruido que desvió su atención, frunció el ceño, ladeó el rostro y miró a su compañero con gesto interrogante.

Tal vez su charla telefónica con aquella mujer le estaba pasando la cuenta y ahora imaginaba sonidos peculiares.

—¿Acaso esos son...?

—¿Gemidos? —secundó, indiferente—. Sí, lo son.

El afroamericano negó con diversión.

»Los oí apenas llegamos —prosiguió, masajeándose el cuello con una mano—. Veo que olvidaste el sonido del sexo, Sam. ¿Hace cuánto no follas?

—¿Qué? —inquirió, aturdido.

—¿Hace cuánto...?

—Ya te oí, imbécil —le frenó, desconcertado—. No puedo creer que me lo estés preguntando.

—Si no quieres responder, por mí está bien. No necesitas ofenderte.

—¿Crees que Steve y Natasha estén contribuyendo a ese coro de gemidos placenteros?

James alzó ambas cejas y guardó silencio. A Sam le gustaba jugar sucio.

»¿Quién es el ofendido ahora? —contraatacó, sonriendo.

—Conozco como gime Natalia, Sam. Su voz claramente no está dentro de ese coro.

—Es cierto, casi olvido que conoces perfectamente bien ese sonido.

—Entonces... ¿Hace cuánto no follas? —insistió, dándose por ganador.

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De pie frente a la única ventana de aquella habitación, sus ojos observaban los vehículos que transitaban a toda velocidad por la carretera.

«Ella te ama, Steve. Quizás más de lo que me amó a mí. No la pierdas por orgullo».

Como un trompo en pleno giro, aquellas palabras no dejaban de dar vueltas en su cerebro. Aún creía que Bucky no tenía derecho a inmiscuirse en su relación con Natasha, pero sería un mentiroso si no admitiera lo mucho que había estado pensando en sus dichos.

«No la pierdas por orgullo».

—¿Han sabido algo de Faustus? —En cuanto su voz se oyó en medio de la estancia, Steve inmediatamente volteó a observarla. Estaba sentada sobre el colchón, le miraba con fijeza y expresión apagada—. ¿Volvió a escapar, verdad?

—Es mejor que por ahora no pienses en eso.

Como si se estuviese burlando de sí misma, Natasha entornó los ojos y sonrió con tristeza.

—Debí escucharlos. Tú y James siempre tuvieron razón.

—Nat, no hagas lo mismo que hiciste con la muerte de Sharon —murmuró, acercándose a la cama—. El único culpable siempre ha sido ese miserable de Faustus.

—Vladislav estaba solo... —siseó con los ojos cristalinos—, nadie reclamará su cuerpo. Su madre murió hace años y su padre dejó de considerarlo un hijo el mismo día que descubrió su homosexualidad.

Por mucho que detestase verla llorar, Steve sentía que no debía hacer nada por evitar que ella derramase esas lágrimas, pensaba que la tristeza surtía un efecto reparador sobre personas como Natasha. Tampoco creía que ser una mujer de caracter exageradamente duro y fuerte representase algo malo, simplemente se trataba de desahogo y expresión humana.

Por mucho que la hubiesen entrenado para convertirse en una espía inquebrantable, Natasha continuaba siendo un ser vivo capaz de experimentar dolor y diversas emociones.

—Cuando esto se calme nos encargaremos de eso —dijo, sentándose junto a ella—. Te lo prometo. —Con la vergüenza típica que sentía cada vez que lloraba, Natasha comenzó a limpiarse las lágrimas—. No, no hagas eso —solicitó, tomándole una mano—. Solo deja que salga.

Y ese fue el detonante, de inmediato sus labios temblaron y un sollozo agudo viajó a través de su garganta.

»Está bien... —prosiguió—, solo deja que salga.

La Viuda Negra instantáneamente buscó refugio en sus brazos, hundió el rostro en su pecho y Steve no dudó en acunarla junto a su cuerpo.

La escuchó llorar con intensidad atemorizante. Por primera vez desde que se conocían, Natasha abandonó su coraza, se desprendió de su armadura de guerrera y dejó que su pena se liberase en forma desgarradora.

Steve masajeó su espalda, cerró los ojos y en silencio se limitó a acompañarla. Estaba tan concentrado en brindarle apoyo que, ni siquiera percibió como la tela de su camisa comenzaba a mojarse con la humedad de sus lágrimas; realmente detestaba verla sufrir de esa forma, le gustaría poder retroceder el tiempo y evitar que ocurriesen esos desagradables hechos que la habían lastimado, pero tampoco podía fingir ser el superhéroe de esa historia, no era ningún hipócrita y sabía que también era responsable de su dolor.

—Te extrañé mucho, Steve. —Natasha se distanció un par de centímetros y le miró fijamente—. Pensé que jamás volvería a verte.

—No es cierto... —refutó con suavidad—, sabes que siempre me tendrás de regreso.

Cuando estaban tan cerca y ella le observaba de esa manera, el tiempo simplemente parecía detenerse. No existían inconvenientes ni historias pasadas que pudiesen manchar su presente. Solo eran ellos y esos incontrolables deseos por quedarse juntos para siempre.

En cuanto Natasha esbozó una sonrisa, Steve sintió la tentación de volver a saborear sus labios.

Solo él y sus peores noches de insomnio sabían lo mucho que los había extrañado.

—Nunca te había visto bailar ballet —profirió, cambiando de tema. De pronto se sintió culpable por estar pensando en trivialidades—. Me sorprendí bastante.

Romanoff apartó la cobija que cubría sus piernas, enfocó la vista en sus pies vendados y automáticamente apretó los puños con fuerza.

«—Baile... baile... —susurró, cerca de su oído—, gire y salte... ¡No se detenga hasta que sus malditos pies sangren!»

La voz de Faustus hizo eco en su fuero interno. Cerró los ojos e intentó quitárselo de la mente, pero no consiguió hacerlo. Sus deseos de venganza aún seguían latentes.

Volvió a abrir los ojos, sus pies dolían como si hubiese caminado sobre un prado cubierto de lava.

—Supongo que fue un espectáculo horrendo —comentó, suspirando.

El capitán movió su cabeza en señal de negación.

—Por el contrario, creo que pese a las circunstancias fue una hermosa interpretación.

—Gracias...

Un silencio incómodo se posó entre ambos. Era como si fuesen conscientes de que sus próximas palabras dañarían el rumbo de la conversación.

—Vuelve con nosotros... —Steve fue el primero en aventurarse. Aclaró su garganta y prosiguió—: Por favor, volvamos a trabajar juntos.

—Es lo que más quiero, Steve, pero dudo que sea una buen idea... —Realmente se sentía honrada, mas no podía abusar de su exceso de perdón y confianza—. No quiero volver a ser un problema entre ustedes.

—No lo serás...

—Eso no podemos saberlo.

—Al menos sé que tú y Bucky lo dejaron atrás... —la pelirroja clavó ambas pupilas sobre su rostro y le observó con sorpresa—, créeme, con eso me basta.

—Así que James te habló de eso... —en respuesta él se encogió de hombros. Natasha sabía que a Steve le dolía hablar de ese asunto, pero por no generarle incomodidades de ningún tipo, él sencillamente fingía que aquello no le afectaba en lo más mínimo. Sonrió con ligereza. Honestamente, dudaba que en la Tierra existiese un hombre más misericordioso y comprensivo que Steve—. Ya veo...

—Sí, supongo que esta vez quiere hacer las cosas bien.

—No creo que sea un momento adecuado para hablar de nuestros embrollos amorosos, pero supongo que tienes razón, James hizo bien.

—¿Entonces? ¿Volverás al equipo?

—¿Recuerdas cuando celebramos la fiesta de cumpleaños de Fury? —preguntó, evadiendo su interrogante.

Steve le miró, confuso, pero de igual modo asintió.

—Sí, fue en la base. Pero no entiendo qué tiene que ver eso en todo esto.

—Esa noche, después de que todos se fueran, tú y yo nos quedamos bebiendo.

—Lo recuerdo.

—Te hablé de mi padre adoptivo, de mis años practicando ballet y de mi entrenamiento al interior de la K.G.B.

Aún sin comprender el trasfondo de sus comentarios, Rogers continuó asintiendo y escuchándola atento.

—No entiendo a dónde...

—Pero no mencioné que un vez estuve a punto de casarme —remató, interrumpiéndole.

Sus labios se separaron ligeramente.

—¿Estuviste comprometida? —susurró, con un hilo de voz.

—Sí, algo así... —explicó Natasha, mientras su mente se sumía en una serie de recuerdos—. Lo conocí en una misión a los pocos meses de empezar a trabajar en S.H.I.E.L.D. Nos designaron como compañeros... en un principio me pareció un poco egoista y arrogante, pero eventualmente descubrí que era un buen tipo —agregó, sonriendo—. Además, llevaba mucho tiempo sola y, después de James, él fue el primero que logró hacerme sentir especial... —pensó que estaba siendo demasiado detallista, pero advirtió que el rostro de Steve lucía una expresión satisfactoria y de completo interés. Eso automáticamente le animó a seguir—: Lo quise bastante, realmente llegué a pensar que sería mi esposo hasta el fin de mis días, pero me equivoqué.

—¿Qué pasó con ese hombre misterioso?

—Murió en una supuesta prueba de armamento militar. Dijeron que fue un accidente, pero...

—Pero no fue verdad... —secundó, concentrado en su relato.

—En efecto, no lo fue. Experimentaron con él y años más tarde debimos enfrentarnos.

No estaba relatando una historia digna de esbozar una sonrisa, pero sacarla de sus recuerdos la hacía experimentar cierto nivel de satisfacción.

—Asumo que no acabó bien.

—No.

Steve enarqueó una ceja y formuló un rictus dubitativo.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto?

—Cuando te hablé de mis días en la K.G.B. tampoco te platiqué acerca de mi relación con James, sé que es tarde para hacerlo ahora, pero aún hay algo que debes saber.

—Adelante —la animó, realizando un gesto de manos que simulaba despreocupación—, dudo que puedas impresionarme.

—Soy infértil.

—Eso ya lo sé, me lo contaste el mismo día en que nos quedamos bebiendo después de la fiesta.

—Lo sé, te hablé del proceso de esterilización al cual nos sometieron, pero no mencioné que conmigo habían hecho una excepción. —Inspiró una bocanada de aire y procuró buscar palabras adecuadas. Esa relevación que Steve desconocía, definitivamente sería difícil de procesar—. Nunca entendí por qué se tardaban más de la cuenta, supuse que era por mi buen rendimiento y por mi excesiva carga laboral, pero solo cuando Petrov me tenía maniatada a esa camilla y estaba inyectando un sedante en mi vena, logré entender el motivo de esa tardanza. —Su compañero ya no parecía tan confiado como antes, la oía expectante y un tanto ceñudo—. Dijo que me estaban reservando para albergar el hijo de un hombre cuyo organismo era superior al de un ser humano promedio. —En esta oportunidad sus cejas se alzaron. Eso, claramente no se lo había esperado. — Pero mi romance con el Soldado del Invierno terminó arruinando dichos planes.

—Natasha, por favor dime que esto no es lo que estoy pensando.

—Me embaracé de James y Petrov lo descubrió. —Tan pronto como escuchó aquella oración, Steve se levantó de la cama, guió ambas manos a su cabeza y comenzó a caminar de un lado hacia otro—. Me sometió a un aborto, lavó mi cerebro y aplicó su famoso proceso de esterilización sobre mi cuerpo.

—Dios mío... —expresó, incrédulo.

—Espero que no culpes a James por no haberte dicho nada. Él se enteró hace poco tiempo y supongo que todavía lo está procesando.

¿Culparlo? ¿Cómo demonios podría hacer algo como eso?

Habían perdido un hijo y él sabía cuánto podía llegar a doler aquello.

Apretó la mandíbula y con una mano se agarró la frente. ¿Cómo volvería a mirarlos a la cara si en más de un arrebato, les había gritado que jamás comprenderían lo que se sentía perder un hijo?

—¿Por qué me estás diciendo todo esto, Natasha?

—Porque no quiero que exista ningún secreto entre nosotros, Steve —admitió con franqueza—. Ninguno.

—Ahora me siento como basura.

—No, no te conté todo esto para que te sientas culpable o experimentes compasión por mí. —Steve agachó la cabeza, por mucho que Natasha lo asegurase, no podía dejar de sentirse miserable—. Si me voy a subir a ese quinjet, esta vez quiero hacer las cosas bien.

Levantó la cara casi al instante.

—¿Entonces es un sí? —articuló, precipitándose a la cama—. ¿Volverás al equipo?

Ella curvó sus labios en una media sonrisa.

—¿Acaso tengo otra opción?

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Ni siquiera supo cómo logró salir del cuarto de baño, tampoco advirtió cuando se armó de valor y decidió ofrecer una disculpa a Visión. Solo recordaba su rostro inexpresivo y haber oído un escueto «no te preocupes» de su parte.

Luego la ignoró durante el resto de la jornada.

A Wanda le hubiese encantado que Visión dejase su orgullo de lado y volviese a preguntarle qué había pasado, pero no podía culparlo si no se animaba a hacerlo. Tenía mucho derecho a perder la paciencia, ella también estaba harta de su propia actitud.

Sentada en el sofá más grande de la sala, Wanda escuchaba música en su smartphone, sostenía una copa de cristal y de vez en cuando bebía un sorbo de vino tinto. Se fingía tranquila, como si nada inusual le hubiese ocurrido, incluso trataba de disfrutar el no estar embarazada. En cierto modo, era consciente de que el trago le sabía increíblemente amargo, pero obviamente no pensaba admitirlo.

Celebraría esa falsa alarma aunque su corazón se estuviese haciendo añicos.

La vida acababa de brindarle una señal del cielo y esta vez no pensaba ignorarlo.

Enterraría el pasado, mataría sus sentimientos por James y su bienestar mental se transformaría en su única prioridad.

Sí, eso haría.

Bebió todo el contenido de su copa, la dejó sobre la mesita de centro y dirigió su vista hacia el ventanal de la habitación.

Visión estaba afuera, solo en el balcón.

Sin apartar sus pupilas de ahí, Wanda se preguntó si sería correcto insistir en su perdón, Visión —a diferencia de los seres humanos—, sabía racionalizar y evadir sentimientos como el rencor. Perfectamente podría salir a su encuentro, persuadirle y obtener su perdón, pero tampoco merecía recibir la compasión de su pureza interior. No sería justo.

Mientras intentaba concentrarse en la canción Fake Plastic Trees de Radiohead, Wanda ajustó sus audífonos y echó la cabeza hacia atrás.

¿Qué demonios le había pasado?

¿Por qué ese espejo se partió en múltiples pedazos?

¿Acaso su rabia lo había provocado?

Como si sus pensamientos estuviesen confabulando, un estruendo horrible remeció la tranquilidad del apartamento. Los cristales del ventanal estallaron y el cuerpo de Visión cayó aparatosamente sobre la mesa de centro. Wanda lanzó un grito, en tanto retrocedía e intentaba cubrirse el rostro con las manos.

Tenía pedazos de vidrio incrustados sobre la piel de los brazos, sus cortes comenzaban a sangrar y no entendía qué demonios estaba pasando.

Un ser de aspecto siniestro, vestido como si fuese un monje de monasterio, se abrió paso en la estancia, Wanda no pudo evitar estremecerse al verlo. Tenía una especie de lanza en la mano y era muy probable que la hubiese usado para atacar a Visión. Sus ojos rojos se clavaron sobre el cuerpo de su compañero, empuñó su arma y una sonrisa repleta de malicia comenzó a marcarse en sus labios resecos.

¿Qué diablos estaba pasando? ¿Quién era ese tipo?

Sin permitir que aquel monstruo se acercase al androide, la muchacha se levantó velozmente del sofá. Al instante, el intruso clavó sus pupilas encima de ella, hizo ademán de acercarse, pero Wanda ni siquiera le dejó pestañear, concentró energía en una de sus manos y la aventó violentamente sobre él.

Aquel extraño —cuya estatura sobrepasaba los dos metros—, se alejó con la velocidad de un rayo. Wanda pensó que se había marchado, pero en cuanto lo vio aparecer en el otro extremo del cuarto, sintió que el corazón se le saldría del pecho.

No tuvo más remedio que ponerse alerta cuando él frunció el ceño y la miró, furioso.

Wanda pensó que utilizaría esa maldita lanza para atravesar su abdomen, pero Visión logró rescatarla a tiempo, usó la gema de la mente para atacarlo y obligarlo a retroceder un par de metros.

A la distancia, aquel sujeto se carcajeó en forma burlona, Visión lanzó otro ataque, pero este solo consiguió estropear las baldosas del suelo. El tipo ya no estaba.

—¿Estás bien?

Con la respiración agitada y las manos temblorosas, Wanda se acercó a Visión. La gema parpadeaba descontroladamente y eso lo había obligado a ponerse de rodillas sobre el piso.

—Sí, tranquila. Se detendrá pronto.

—¿Qué demonios fue eso?

—Una advertencia... —sus orbes verdosos le miraron inquietos—. ¿Todavía piensas que el señor Stark nos está manipulando?

No. Definitivamente ya no lo creía de ese modo.

—Tengo que avisarle a Steve...

—No... —Desesperado, Visión cogió su antebrazo—, por favor no le digas a nadie...

Y aunque estaba segura de que era una pésima idea, Wanda asintió con la cabeza.

—Está bien —susurró, en tanto sus brazos lo rodeaban en un abrazo—, está bien.

.


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Sabía que las circunstancias no eran adecuadas, pero en cierto modo, no podía evitar sentirse emocionado. Había llegado a pensar que sus diferencias con Natasha serían irreconciliables, pero el paso de los días, las noches sin dormir y el pensarla en forma constante, le dejaron en claro que sin ella estaba incompleto...

Natasha se acomodó un mechón de cabello y murmuró algo relacionado a su pelo, luego soltó una carcajada burlona y Steve se perdió en la sencillez de ese gesto. Ella volvió a decir algo, pero no le prestó atención, no quería dejar de admirarla y que su imagen comenzase a desvanecerse. Tenía miedo de que eso fuese irreal.

Acababa de sincerarse con él, parecía estar dispuesta a reintegrarse al grupo y encima de todo estaba sonriendo.

¿Cómo se atrevía a sonreír de esa manera?

¿Acaso no sabía lo peligroso que podía ser aquel gesto?

Dios, si no fuese porque aún conservaba un mínimo de calma, reptaría por encima del colchón y la besaría como si no existiese un mañana.

Antes de que pudiese volver a reprenderse por lo inoportuno que estaban siendo sus pensamientos, Steve se sobresaltó tras oír un par de golpes sobre la puerta. Rápidamente se encaminó hacia ella, cogió el pomo y la abrió.

—Sam... —musitó a modo de saludo—, ¿todo bien?

—La banca nos tiene el culo cuadrado, pero podemos lidiar con eso —comentó, medio en broma y medio en serio—. Solo quería saber si Natasha despertó.

—Sí, ya lo hizo, pero deberíamos dejar que descan...

Dejando sus palabras a medio a terminar, Sam lo apartó hacia un costado y se introdujo confianzudamente en la habitación.

—Nat —dijo, apuntándole con un dedo—, sé que te sientes fatal, pero debemos irnos pronto.

—De acuerdo —respondió, sin demasiado ánimo—. Saldré de inmediato.

—Espera Sam, ¿por qué estás tan apresurado? —le preguntó Steve—. Creí que pasaríamos la noche aquí.

—Por suerte no. Tim consiguió combustible para nuestro quinjet, incluso se tomó la molestia de dejarlo cerca de aquí. Creo que lo mínimo que podemos hacer es no involucrarlo en problemas e irnos cuanto antes.

—Sam tiene razón —intervino la fémina—. Mientras antes lo hagamos, será mucho mejor.

—Bueno... —el capitán se cruzó de brazos, resignado—, siempre he creído que pilotear de noche es desagradable, pero supongo que no tenemos más opción.

—No, lamentablemente no tenemos. —Directo como de costumbre, Falcon le palmeó la espalda y se encogió de hombros—. Los estaremos esperando, no tarden demasiado.

Percibiendo cierto nivel de decepción, Steve cerró la puerta, tornó hacia ella y le sonrió con ligereza.

—Supongo que nuestras responsabilidades nos llaman.

—Es el precio del heroísmo —intentó levantarse de la cama, pero en cuanto pisó los tabloides del suelo, su rostro se sumió en gestos de incomodidad y dolor. Sus pies ardían como el infierno.

—¿Estás bien? —indagó Steve.

—Sí, descuida.

—Ven —estiró el brazo y le ofreció su mano—, al menos déjame ayudarte.

Apenas sus palmas se juntaron y sus dedos entraron en contacto, las miradas de ambos se cruzaron.

—Gracias —dijo, siendo la primera en romper el contacto. No quería arruinar su proceso de reconciliación tan rápido. Usando la mano de Steve como soporte, Natasha poco a poco logró ponerse de pie—, creo que tendré que aprender a caminar otra vez...

Para cuando consiguió erguirse por completo, notó que Steve aún sostenía su mano, tragó saliva y volvió a mirarlo.

Sus ojos tan azules como el océano, de pronto parecían estremecerse bajo un oleaje salvaje e intenso.

—Aprendamos juntos —propuso, sabiendo que sus palabras tenían un significado más serio—. Empecemos desde cero.