Disclaimer: Los personajes pertenecen a Marvel & Disney © No tengo fines de lucro.
Capítulo XX: ¿Tienes una hermana?
En el interior de su cráneo, Bucky oía el incesante martilleo de sus propios latidos cardíacos, eran palpitantes y desquiciados; pues dentro de su cerebro sonaban como el cronometro de una bomba de tiempo.
Fastidiado, sacudió la cabeza hacia ambos lados. Realmente percibía el cerebro a escasos segundos de estallar.
Tenía la frente perlada en sudor, los labios resecos y un ligero espasmo sobre el parpado izquierdo. Caminaba a ritmo lento, con la frente en alto y la vista fija en su objetivo; una pobre muchacha de larga cabellera castaña, absolutamente desesperada, intentaba alejarse de sus garras. Jadeaba, corría y rogaba ser auxiliada, pero James no sentía la necesidad de silenciarla ni de acelerar sus pasos, pues para finalizar la misión, solo debía alzar su arma y decidir en qué lugar incrustaría la bala.
Si ignoraba la voz de su consciencia, el trabajo estaría hecho y la caza sería todo un éxito.
No necesitaba nada más que eso.
Antes de que su víctima pudiese continuar avanzando, un disparo certero ingresó por su espalda, la chica cayó aparatosamente sobre el suelo, casi al instante realizó un último esfuerzo por levantarse, pero su cuerpo inerte fue incapaz de hacerlo.
Bajo su pecho, poco a poco crecía un charco de sangre espeso.
—¿Po-por qué lo hi-hiciste, James? ¿Por qué m-me hieres así?
Tras oírla balbucear, inmediatamente se quedó petrificado.
No podía creerlo, esa voz...
—Yo te amaba... —sollozó con los labios ensangrentados—, realmente te amaba.
Mientras se acuclillaba a su lado y enfocaba ambas pupilas sobre el rostro de aquella chica, James no tardó en percibir un vuelco dentro de su estómago.
—Acabaste conmigo —siseó, adoptando cierto matiz malévolo en las facciones—. ¿Estás contento ahora?
En tanto retrocedía y negaba con la cabeza, el soldado palideció por completo.
Desde el asfalto, Wanda Maximoff agonizaba y le observaba con profundo desprecio.
...
Respirando agitado, Bucky despertó inquieto y asustado. De inmediato se sentó sobre la cama, deslizó una mano por su rostro y en silencio trató de olvidar el sabor amargo de aquella pesadilla.
En cierto modo, dicha sensación no le era desconocida en lo más mínimo; estaba acostumbrado a despertar de aquel modo; pues desde que lo habían convertido en el Soldado del invierno, James nunca más volvió a dormir en forma placentera. Su sueño era constantemente atormentado por pesadillas y recuerdos relacionados a su pasado, pero en ninguna ocasión había experimentado algo remotamente parecido a lo que acababa de soñar con Wanda.
De manera inconsciente se tocó el pecho y el vibranium rápidamente entró en contacto con la piel de sus pectorales. Al menos el frío de aquel metal le estaba indicando que finalmente se encontraba despierto.
Echó la cabeza hacia atrás y despacio volvió a cerrar los ojos.
¿Por qué demonios había soñado algo como eso?
Aunque la confusión abrumaba todos los rincones de su cerebro, Bucky era absolutamente capaz de inferir la respuesta.
Mientras abría los ojos, tragó saliva y con lentitud observó el lado adyacente de la cama.
Yelena —que se encontraba desnuda y plácidamente dormida—, aún permanecía acurrucada junto a él.
...
Presos de incredulidad, sus ojos azules la observaban con fijeza y desconfianza.
No entendía por qué demonios estaba en frente suyo. Habían pasado muchísimos años desde su último encuentro, demasiadas vivencias y hechos como para no sospechar de aquello. Yelena formaba parte de ese pasado que deseaba mantener lejos, el simple hecho de tenerla cerca, lo hacía apretar los puños y arder en cólera, pues le era inevitable no recordar lo desleal e hipócrita que había sido. ¿Cómo demonios podía siquiera osar estar en frente suyo? ¿Acaso no conocía el significado de la vergüenza?
—¿Qué haces aquí?
—Necesito que me ayudes.
Tras oír aquella respuesta, James fue incapaz de contener la ironía en sus carcajadas. El descaro de esa mujer sencillamente sobrepasaba todos los límites.
Enseguida bebió un sorbo de whisky y volvió a enseriar su semblante.
—¿Cómo me encontraste?
Con una ceja arqueada, sus orbes procedieron a examinarla en forma detallada. Notó que, pese a conservar el mismo color de cabello, el mismo rostro y el mismo cuerpo, actualmente Yelena Belova lucía muy diferente. Su pelo —que siempre solía estar trenzado—, ahora iba suelto, le llegaba por debajo de los hombros y estaba ligeramente ondeado en las puntas. A simple vista, muchos detalles habían cambiado respecto a su apariencia, pero el que más llamaba su atención, ni siquiera guardaba relación con su físico, más bien, aludía a su forma de hablar y de moverse...
—Sé que ya lo sabes, pero desde los quince años me prepararon para el espionaje, no deberíamos detenernos en un punto tan banal...
Ya no lo hacía como una niña que pretendía ser adulta. Ahora no necesitaba esconderse tras ese estúpido disfraz; la naturaleza había seguido su curso y finalmente acabó convirtiéndola en una mujer. Una verdadera mujer.
En cuanto se percató del rumbo de aquel pensamiento, Bucky apoyó el vaso sobre la barra; esta se estremeció con tosquedad, el cristal del recipiente crujió bajó sus dedos y eso automáticamente logró despertar la curiosidad del resto.
—Para mí no es banal —masculló, en tono amenazante—, si quieres que te ayude, vas a tener que ahondar en todos los detalles.
—Está bien... —disimuló, en tanto sonreía al cantinero que acababa de ladear el rostro en dirección hacia ellos—. Pero no tienes que ponerte así. ¿Acaso quieres que te corran por estar intimidando a una pobre chica indefensa?
El soldado la miró con impaciencia. Detestaba como siempre conseguía manipular las situaciones a su maldito antojo.
—Habla o me largaré.
Previo a contestarle, Yelena curvó sus labios en una sonrisa cínica.
—Estoy buscando a mi hermana. —Tras oír aquella declaración, Bucky se tensó inmediatamente. Yelena en cambio, lucía demasiado relajada para su gusto. Pues de pronto sacó una cajetilla de cigarros y como si aquello fuese una charla amistosa, procedió a ofrecerle uno. James observó el objeto como si acabase de insultarlo, luego le apartó la mano y ella volvió a sonreír en forma burlesca—. Como quieras... —añadió, mientras guiaba un cigarrillo hacia su boca y lo afirmaba con sus labios—. Una fuente confiable me dijo que la habían visto en Wakanda —con un mechero que extrajo desde su bolso, la rusa comenzó a encender el pequeño objeto cilíndrico. Le dio una calada y luego se encogió de hombros—. Pensé que encontraría a los vengadores secretos aquí, pero... simplemente me topé contigo. Eso es todo.
No pudo evitar mostrarse escéptico, sonaba demasiado sencillo y desinteresado para venir de una persona como ella.
—¿Por qué quieres ubicar a Natalia?
Antes de entregar una contestación, Yelena abrió el cierre de su chaqueta. Un escote discreto asomó bajo su blusa de tirantes y eso bastó para que la redondez de sus pechos se marcase con sutileza. Luego volvió a guiar el cigarro hacia sus labios, tomó una nueva calada y acomodó su cabello hacia atrás.
—Porque somos familia y no pienso dejarla sola —con la vista perdida y una expresión pensativa, Belova aplastó el cigarrillo dentro del cenicero que se encontraba sobre la barra. James tensó la mandíbula y desvió la mirada. Comenzaba a detestarse por estar viéndola con demasiada atención—. Sé que tú, Natalia y los Vengadores están atravesando una situación difícil, simplemente quiero ayudarlos.
—Sí, muy conmovedor —replicó sardónicamente—, pero eso no explica por qué demonios llegaste hasta aquí. Como puedes ver, ellos no se encuentran conmigo.
—Pues precisamente por eso. Eres el único que puede ayudarme a encontrarlos.
—Lamento decepcionarte —profirió abruptamente, mientras se ponía de pie, sacaba su cartera y dejaba un billete sobre la encimera—. Desconozco esa información.
—James...
—¿En verdad crees que es así de sencillo? —farfulló, interrumpiéndole—. Lo siento, pero no te creo nada.
Tomando aquello como una pérdida de tiempo, Bucky se apresuró en tomar distancia, pero Yelena rápidamente abandonó su asiento y comenzó a seguirle.
—Espera... —siseó, agarrándolo del brazo—. Entiendo que sea difícil confiar en mí, pero créeme, ya no soy la de antes.
—Lárgate de aquí.
—Sé que no confías en mí. Lo que hice en la Habitación Roja fue despreciable... nada justifica lo bajo que caí, pero en mi defensa puedo decir que jamás lo hice con mala intención.
—¿Ah no? —espetó, irónico—. ¿Y qué esperabas que pasara entonces?
—¡No sé, tal vez que la alejaran de ti y la recluyeran en el cuarto de castigos algún tiempo! —En tanto procuraba disminuir el tono de su voz, la rusa suspiró y se tomó la parte alta de la cabeza—. Esperé que ocurriese cualquier cosa, menos que te enviasen lejos o que a ella le lavasen el cerebro...
Como si la hubiesen golpeado en lo más profundo del vientre, el rostro de Yelena se contrajo en una mueca incómoda y dolorosa.
Aunque Bucky lo pusiera en duda, recordar aquellos días le dolía tanto o más que a él.
—Estaba celosa y no medí las consecuencias de mis actos —prosiguió, descendiendo la mirada.
—No, definitivamente no lo hiciste...
—Lo sé y lo pagué muy caro.
Desde el momento en que abrió la boca, Yelena se obligó a vislumbrar escenarios complejos, después de todo, jamás existieron alternativas que le permitiesen salir limpia de eso. Se había equivocado en forma horrenda y algún día tendría que enfrentarlo, mal que mal, en su consciencia siempre quedaría tatuada la verdad:
El hombre que amó, la rechazó. Se enamoró de su hermana y ella de él. Consiguió separarlos, pero a cambio solo recibió culpabilidad y desprecio.
—¿Y de qué nos sirve esto ahora? —refutó Bucky—. Ni siquiera vale la pena...
—Era joven y estaba enamorada como una estúpida de ti... fui egoísta y me comporté de la peor manera, pero te juro por lo más sagrado que jamás tuve intenciones de arruinar la vida de ambos. Nunca imaginé que te torturarían y tampoco sabía que Natalia esperaba un hijo tuyo —poco a poco comenzó a levantar la cabeza—, los celos me cegaron y me equivoqué. Lo siento mucho, James.
Tampoco razonó respecto a lo que vino después. Durante años su castigo fue ver cómo su hermana parecía estar muerta en vida, sin mencionar el desprecio que ella le dedicó cuando recordó lo que había hecho.
—¿Y viniste a disculparte quince años después? —espetó, viéndole con absoluta indignación—.Creo que te tardaste demasiado.
—Si ella me perdonó, supongo que tú también puedes intentarlo.
Ante dicha declaración, Bucky fue incapaz de no mostrarse confuso, frunció el ceño y por inercia se le acercó un paso.
Natalia jamás le había mencionado algo respecto a eso.
—¿Qué dijiste?
—Sé que no vas a creerme, pero es cierto. Natalia y yo arreglamos las cosas...
—¿En qué momento pasó?
—Hace algún tiempo, pero no ahondaré en ello. Es mejor que se lo peguntes tú mismo.
Mientras volvía a distanciarse, James le lanzó un vistazo inyectado de recelo.
—Solo viniste a perder el tiempo —comentó, mientras negaba con la cabeza y se encogía de hombros—. Desconozco el paradero de Natalia, y aunque lo supiera, jamás te diría cómo encontrarla.
—Eso no es cierto. Ambos sabemos que está con Rogers, tu amigo el patriota.
Tras ver su rostro tensarse, Yelena se cruzó de brazos y le observó con gesto desafiante. Si quería obtener resultados, sabía que estaba obligada a mencionar el nombre de Steve Rogers.
—¿Y si tienes tanta información? ¿Por qué demonios quieres mi ayuda?
—Saber con quién está, no es lo mismo que saber en dónde está...
—¿No crees que ya fue suficiente? —masculló, molesto.
—¿Qué pasa, James? ¿No me digas que hablar de Natalia y el Capitán América te pone de mal humor? —Por supuesto que sí, aquello era su punto débil y Yelena estaba al tanto de eso. Siempre estaba informada de todo—. Oh vaya... ese silencio lo dice todo. —Y aunque la mirada fulminante de su interlocutor se acentuó intensamente sobre su persona, ella continuó—: Quién diría que una espía rusa acabaría tirándose al hombre más emblemático de los estadounidenses.
—Creo que son las rusas quienes tienen un gusto peculiar por nosotros.
La espía sonrió con picardía.
—En eso te concedo la razón.
La charla estaba tomando un rumbo inadecuado y James no deseaba formar parte de eso; Yelena le incomodaba de maneras que no podía explicar.
—Diría que fue un gusto volver a verte, pero realmente no lo fue...
—Lo tengo bastante claro.
—Espero seas inteligente y te marches de aquí.
En cuanto Bucky giró y comenzó a distanciarse, Yelena permaneció cabizbaja y sin decir nada; desde su sitio le contempló fijamente mientras se marchaba, contando y lamentando cada paso que iba dando. Pues sentía como si el corazón se le estuviese desgarrando a pedazos.
Siendo incapaz de soportarlo, Belova sacudió la cabeza en señal de negación. No podía permitirle ir tan fácil. No esta vez.
—¡Espera! —gritó de imprevisto. Apenas James la escuchó y se volteó con expresión de pocos amigos, ella detuvo su travesía y se obligó a tomar una pausa. Estaba sonando como una maldita desesperada y debía escoger muy bien sus próximas palabras—. Antes de que te vayas, debes saber que no soy la única que estuvo haciendo preguntas relacionadas al Vibranium. Yo simplemente lo hice para atraerte a este sitio, pero... existen personas que realmente están intentando hacerles daño.
Tomando aquello como algo totalmente inesperado, el soldado ladeó el rostro y entrecerró los ojos, ¿había entendido mal o en serio Yelena estaba tratando de ayudar?
Sin ser consciente de que había regresado en sus pasos, James acabó plantándose en frente de ella; obviamente no tenía deseos de seguir dilatando eso, pero si aquello guardaba relación con Wakanda, no tenía más alternativa que escucharle.
—Hay gente de Rusia que está más interesada que yo —complementó Yelena—. Se hacen pasar por ejecutivos comerciales de una importante marca Suiza y están infiltrados en Wakanda. Incluso se han sentado a beber con hombres que trabajan para el mismísimo rey —desde el bolsillo derecho de su chaqueta, extrajo un pendrive de color marrón—. Ahí están sus nombres y también algunas pruebas con las cuales podrán inculparles —mientras le extendía la unidad USB y Bucky procedía a recibirla, Yelena se vio obligada a suprimir su impulso de cogerle la mano—. ¿Aún desconfías de mí?
Ignorando su pregunta, James empuñó el dispositivo en su mano derecha.
—¿Tienes un computador en donde podamos verlo?
—Sí, pero está en el hotel. —Y aunque por fuera se veía tranquila, su fuero interno parecía arder como una maldita hoguera—. Tendrás que acompañarme.
...
Negándose a aceptar el error que acababa de cometer, Bucky salió de la cama en forma desesperada.
Con dedos torpes cogió sus prendas de vestir y se las calzó lo más rápido que pudo.
Aunque ambos fuesen adultos y aquello hubiese sido absolutamente consensuado, James no podía ignorar que acababa de jugar con fuego. Por muy arrepentida y redimida que Yelena se hubiese mostrado, nada podía garantizarle que ella actualmente fuese una persona confiable. ¿Cómo demonios pudo descuidarse tanto? Ya lo había traicionado en el pasado y perfectamente podía hacerlo de nuevo, ¿qué le hacía pensar que esta vez pudiese ser diferente?
Nada, por supuesto.
Él ni siquiera había pensado en eso cuando Yelena comenzó a besarlo.
Y, claro, tampoco tomó en cuenta el hecho de conocerla desde que era una cría.
En dicho momento su cerebro pareció quedar en receso y solo hubo espacio para saciar sus estúpidos deseos.
Sin abrir los ojos, Yelena giró sobre la cama. Con indiferencia y calma, su espalda blanca quedó justo en frente suyo.
Yacía tan expuesta e inofensiva que James fue incapaz de no experimentar un remordimiento nauseabundo.
Acababa de usar su cuerpo como si fuese algo desechable, desde que había avanzado un paso hacia ella y sus labios se fundieron en el primer contacto, Bucky supo que lo haría por despecho. Pues muy en el fondo, sabía que en algún lugar del mundo, Wanda estaba usando a Visión para hacer exactamente lo mismo.
Apartando dichos pensamientos de su mente, el soldado se apresuró en abandonar la habitación.
Aquello había sido totalmente inmoral.
No podía dejar de sentirse miserable y sucio.
.
.
Escocia, ciudad de Edimburgo, 14 de Enero, 2018.
Cuando llegaron a Dublín, ninguno de ellos imaginó que Escocia se transformaría en su nuevo refugio. Pensaron que se encargarían del tráfico de armamento y que, como ocurría con la mayoría de los sitios en donde se hospedaban por más de una semana, deberían huir en plena madrugada tras ser perseguidos por los hombres del general Ross. Sin embargo, en Escocia nada de eso ocurrió, pues sin padecer mayores problemas, actualmente estaban por cumplir seis meses en dicha nación.
Aunque por precaución, se movían constantemente entre Dublín y Edimburgo; pues tras varios errores a cuestas, finalmente habían aprendido que siendo precavidos solía irles mejor.
Natasha y Steve llevaban dos días en una suite del hotel Burgess —lugar en donde actualmente se estaban quedando en Edimburgo—, ella yacía acostada en medio de la cama, tenía la vista sobre el techo y comenzaba a hartarse de aquella posición. Distraída, despegó la cabeza del almohadón, se estiró ligeramente y apoyó ambos codos sobre el colchón.
—Espera... no te muevas —protestó Steve, desde el sofá frente a la cama. Natasha bufó escandalosamente, puso los ojos en blanco y se dejó caer encima de su espalda—, ya falta poco.
—Siempre dices lo mismo.
—Cuando comenzamos con esto fui muy enfático respecto al tiempo. Hacer un retrato conlleva un proceso bastante largo —dijo, trazando algunas líneas sobre el papel—, debes ser paciente.
—Creo que he posado demasiados días y merezco ver un adelanto.
Sin mostrarle el resultado del croquis, Steve dejó el cuadernillo a un lado.
—Ya sabes lo que debes hacer para poder verlo —replicó, apuntándola con su lápiz.
En respuesta Natasha le alzó su dedo medio. Realmente quería ver ese dibujo. De mala gana cogió las sabanas y cubrió su cuerpo desnudo con ellas.
No podía creer que el buen Steve Rogers la estuviese chantajeando de esa manera. Era completamente antinatural.
Lo oyó reír por lo bajo y eso la hizo enfadar aún más. Con rapidez tomó una almohada y se la aventó lo más fuerte que pudo.
—¿Crees que es muy gracioso estar desnuda y quieta tanto tiempo?
—Tú quisiste posar desnuda, yo no te obligué.
—Tampoco te quejaste.
Ahora fue Natasha quien comenzó a reír en forma burlesca. Aún recordaba cuando accedió a ilustrarle, le había dicho que se pusiera cómoda y eso bastó para que ella empezase a desnudarse. En cuanto Steve notó su ausencia de vestimentas, alzó ambas cejas, sus hombros se tensaron y el lápiz se le resbaló de las manos.
La espía soltó una nueva carcajada, la expresión de Steve había sido memorable.
—El retrato está listo —comentó, aproximándose a la cama—, solo tienes que entregarme una respuesta y podrás verlo.
—¿Sabes que eso es un chantaje, verdad?
Mientras tomaba asiento junto a ella, el capitán se encogió de hombros.
—No me dejaste más opciones.
Entendiendo el punto que Steve quería tocar, la espía enserió todas las facciones de su rostro.
Cuando él hablaba de formalizar su relación, un miedo desbordante comenzaba a paralizarle. Iniciar un vínculo serio, inevitablemente desencadenaría planes que Natasha no creía ser capaz de concretar.
—Estamos bien así —siseó, restándole importancia—, ¿para qué arruinarlo con una estúpida etiqueta innecesaria?
—Porque ya no tenemos veinte años y deberíamos tomarnos algunas cosas con mayor seriedad —se inclinó en dirección a su rostro, la tomó del mentón y se detuvo a escasos centímetros de ella—. Además... —murmuró, centrando las pupilas sobre su boca—, quiero estar toda mi vida contigo, Natasha.
Atrapó sus labios con tanto fervor y exigencia que, Natasha automáticamente comenzó a percibir humedad entre las piernas. Pensó que sería consumida por la pasión del momento, pero Steve fue cruel y culminó el beso antes de tiempo.
—¿Cómo te atreves? —se quejó, fingiéndose molesta.
—No creas que no quiero seguir.
Ella suspiró.
—Lo sé... debes reunirte con Sam.
—Así es, pero de todos modos regresaré para exigirte una respuesta.
Pese al nerviosismo que ese tema solía producirle, Natasha esbozó una sonrisa genuina.
—Si logras hacer un trabajo tan bueno como el que hizo Jack retratando a Rose, tal vez empiece a considerar entregarte un sí como respuesta.
—¿Quiénes?
—Jack, Rose... —explicó, en tanto abría los brazos y emulaba la clásica postura que realizaba el personaje de Kate Winslet sobre el popular transatlántico—, ya sabes, Titanic.
—¿Titanic? —inquirió, confundido.
—Sí, la película. Él es rubio, ella pelirroja, algo así como nosotros, aunque claro, mi cabello ahora es platinado, pero... —Tras ver como Steve juntaba el ceño y no lograba entender a lo que se refería, Natasha interrumpió sus propios dichos—. ¿Aún no la ves?
—Bueno, no es como que tenga demasiado tiempo para ver películas.
—Debes ser el único ser humano que no la ha visto —pronunció, levantándose de la cama.
—¿Cómo dijiste que se llamaba? —inquirió, en tanto volvía a tomar el cuadernillo y se apresuraba en buscar una hoja.
—Titanic —repitió, mientras comenzaba a ajustarse el broche del brasier.
—Creo que le diré a Sam que me tardaré un poco —su comentario automáticamente generó una risotada en Natasha—. ¿Por qué te ríes?
—¿Te quedarás a ver Titanic, verdad?
—No... —con los ojos ligeramente entrecerrados, la espía lo miró con gesto inquisitivo, eso produjo que Steve sonriese de medio lado—, bueno, tal vez sí.
—Dudo que Sam te espere por tanto tiempo.
—Oh vamos —replicó, realizando un gesto despreocupado—, solo serán noventa minutos.
—En realidad serán alrededor de tres horas.
La mandíbula de Steve pareció desencajarse un poco.
—Creí que era una película. No una miniserie.
—Es una película —sostuvo, entornando los ojos—. En fin, Wanda me está esperando en el gimnasio —se acercó y depositó un beso corto en sus labios—. Nos vemos.
.
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En cuanto ingresó en el centro deportivo, sus orbes verdes no tardaron en localizar a Wanda. Estaba en la parte del fondo, junto a una hilera de máquinas trotadoras y una enorme pared repleta de espejos. Natasha pensó que eso bastaría para que la joven se percatase de su presencia, pero no había sido así en lo absoluto. Estaba demasiado concentrada en observar la pantalla de su celular como para ser capaz de notarlo.
En forma inconsciente, la espía tomo provecho de su distracción, se ocultó tras un pilar divisorio y desde la distancia se limitó a observarla.
Llevaba un conjunto que ella misma le había obsequiado, compuesto por leggins negros y un top que se ceñía a su busto, este hacía destacar su escote y, por ende, generaba que muchas miradas lascivas recayeran sobre su cuerpo. Aunque por supuesto, Wanda la distraída, era sencillamente incapaz de notarlo.
Sonrió al recordar la forma en que había protestado tras recibir su regalo, pues según ella, no tenía un cuerpo lo suficientemente atractivo para usarlo.
En cuanto la muchacha alzó el rostro y sus pupilas se encontraron con las suyas, Wanda le sonrió con amplitud.
Lucía una expresión plena y relajada. «Como si no tuviese el corazón hecho pedazos» pensó, en tanto correspondía el gesto y procedía a saludarla con la mano.
Por alguna razón que no lograba comprender del todo, sentía que algo no marchaba bien con ella.
—Creí que Steve vendría contigo.
—No, él y Sam tenían asuntos que resolver.
—Sí, pero últimamente falta bastante. Eso es raro en él —comentó con gesto extrañado—, ¿le ocurrirá algo?
—Digamos que... solo está un poco agotado.
La muchacha sonrió con gesto travieso.
—Y tú demasiado contenta...
—¿Qué puedo decir? —expresó Natasha—. Es la cara de una mujer que se encuentra satisfecha sexualmente.
Y Wanda no lo podía en duda. Ese rostro respaldaba la veracidad de aquellas palabras.
—Sigo sin entender cómo Steve pudo aceptar tener una relación sin compromisos.
—Y yo sigo sin comprender por qué tu rostro continúa sin reflejar satisfacción sexual.
La expresión de su compañera se apagó en forma repentina, aquello parecía haberle tomado absolutamente desprevenida.
—¿Disculpa?
—Acabas de compartir un fin de semana con tu novio, pero luces como si acabases de asistir a un funeral.
Notoriamente incómoda, la joven negó con la cabeza, raudamente le dio la espalda y, estando bastante ofuscada, caminó hacia la trotadora más cercana.
Fingiría que no había oído nada.
—¿Qué pasa? —Mientras Wanda iniciaba un trote ligero, la espía no tardó en plantarse frente a ella—. ¿Enmudeciste?
—Solo diré que estás suponiendo tonterías.
—Si te detienes a pensarlo, hasta cierto punto es normal.
—¿Qué es normal? —preguntó, sin poder ocultar su interés por escuchar la respuesta.
—Que Visión no sea bueno en la cama...
—Oh por favor...
—Solo digo que no es un ser humano... quiero decir, él no tiene ese instinto que nosotros poseemos para el sexo y es absolutamente normal que sea aburrido en ese aspecto.
En cuanto el trote de la muchacha se detuvo, Natasha se obligó a guardar silencio.
Quizá había permitido que sus dichos fuesen demasiado lejos.
—Disculpa, creo que me excedí un po...
—No se trata de Visión... —musitó abruptamente—. Creo que... en ese aspecto el problema soy yo.
—¿Tú? —la muchacha suspiró en forma dramática. Aquel tema parecía incomodarla en serio—. ¿Por qué?
—No lo sé, cuando estoy con Vis... mi mente no deja de...
—¿Pensar en James?
Como si la espía acabase de atinar en el centro de la diana, Wanda le observó con expresión derrotada. Su mirada —inyectada de dolor y rabia—, produjo que una respuesta verbal se tornase innecesaria.
—Creo que deberíamos empezar con el entrenamiento...
—Sí, estoy de acuerdo.
Tras verla así de afectada, Natasha decidió no insistir. Deseaba abrazarla y decirle que la entendía mejor que nadie, pero finalmente optó por quedarse callada. Su intento por reconfortarla podría resultar pretencioso y tener un efecto totalmente adverso; después de todo, James continuaba siendo un tema sensible entre ambas.
...
Mientras Bucky terminaba de revisar los archivos que ella le había entregado, Yelena lo contemplaba desde el balcón de la habitación del hotel. Estaba sentado al borde de la cama, con el laptop apoyado en los muslos mientras mantenía la vista fija en la pantalla. De cierto modo lucía concentrado, pero al mismo tiempo, también se veía muy confundido e inquieto.
Como si no pudiese creer que su ayuda fuese fidedigna o desinteresada.
La espía dio un par de pasos y lentamente avanzó hacia él.
—¿Qué le pasó a tu brazo?
Con su cabeza aún concentrada en la información que estaba procesando, James la observó sin comprender a lo que se refería.
—¿Qué?
—Creí que era de metal —añadió, intrigada.
—Ah eso... —de forma inconsciente posó la vista sobre su extremidad, la función holográfica que Shuri había implementado aún seguía funcionando. Con rapidez formó un puño en su mano y eso bastó para que el holograma desapareciera—. Querían que mi brazo no intimidase a la rubia que estaba realizando preguntas relacionadas al vibranium —dicha explicación produjo que una risa irónica se plasmase sobre el rostro de Yelena—. Pero fue un esfuerzo en vano, la rubia ya conocía el metal de ese maldito brazo.
Adoptando un rictus reflexivo, la fémina tomó asiento junto a él.
—¿Aún desconfías de mí?
Y aunque la interrogante había caído en forma repentina, en esta ocasión logró percibirse menos invasiva.
—Ahora solo desconfío un sesenta por ciento —admitió, en tanto quitaba la unidad USB y dejaba el portátil a un lado—. No deja de inquietarme el hecho de que estés traicionando a los tuyos...
—No estoy traicionando a nadie, trabajo sola hace muchísimos años.
—No estaría tan seguro... —la miró en forma despectiva—. Nadie sabe para quién trabajas.
Ofendida y enrabiada, se levantó inmediatamente de la cama.
—¿Sabes qué? Estoy harta de soportar tu maldita desconfianza de mierda, James. —Aún sentado, el aludido la miró sin decir nada. Era una mujer de estatura baja, pero cuando se enfadaba parecía exageradamente imponente y alta—. Adelante. Ve y llévale esa información a su majestad, dudo que te deje desposar a su hermana, pero tal vez te brinde una medalla o algún título real.
Manteniendo sus pupilas fijas sobre ella, Bucky se puso de pie lentamente.
Debía admitir que, pese a ser una discusión cargada de sarcasmo y palabras ácidas, una parte de él sentía emociones muy distintas a la rabia.
—Por fortuna no todos somos como tú... —sin ser capaz de ocultar que su cercanía le afectaba, Yelena clavó la vista en sus labios, inconscientemente relamió los suyos y comenzó a respirar agitada—. Algunos somos capaces de actuar sin tener dobles intenciones.
—¿En verdad entraste en esta habitación sin tener dobles intenciones?
En cuanto Yelena dio el primer paso y sus bocas comenzaron a unirse con fiereza, James no hizo nada por apartarse. Pues sabía de ante mano que el desenlace de aquello sería un acto netamente carnal e impulsivo.
...
En medio de la sala, entre tazas de café y expresiones apagadas, Sam y Steve analizaban una serie de informes que Natasha había reunido para ellos. Ambos trabajaban en la desmantelación de una base que parecía almacenar armamento de tipo bélico, no interferirían si aquello formase parte de acciones gubernamentales, pero todas las pruebas apuntaban a que se trataba de intervencionismo extranjero e ilegal. O al menos eso creía Sam, pues desafortunadamente, los informes solo contenían una serie de coordenadas indescifrables.
—Sé que es fastidioso, pero si no logramos comprender el trasfondo de esto, jamás llegaremos a la base en donde ocultan esas armas. —Tras no recibir ninguna respuesta de su compañero, Falcon le miró con extrañeza. Steve parecía tener la mente muy lejos—. ¿Hey, en qué planeta estás?
—¿No crees que ya han pasado demasiados meses?
—¿Desde qué? —preguntó Sam, no entendiendo el porqué de aquella interrogante.
—Desde que no sabemos nada de Tony.
—Bueno, supongo que el silencio también es una manera de expresarse, Steve.
Exhausto, el capitán cerró los ojos y se llevó un par de dedos hacia el tabique de la nariz.
—Esto no está bien, Sam. Somos extremadamente débiles cuando estamos distanciados.
Su amigo sabía que estaba en lo cierto, mas decidió no realizar comentarios al respecto. En momentos como esos, debían mantenerse alejados de la autocompasión y el sufrimiento, pues ninguna emoción similar podría permitirles avanzar, y lo último que necesitaban era quedarse estancados en sus errores del pasado.
Justo cuando Sam pensaba cambiar de tema, un sonido tímido y sistemático, repentinamente consiguió desviar la atención de ambos. De inmediato sus pupilas se focalizaron sobre el iPhone de Steve, pues bajo una tanda de papeles revueltos, el móvil no dejaba de vibrar con insistencia.
—¿Hola? —contestó, en tanto se llevaba el smartphone a la oreja.
—Hola, Steve.
—¿Bucky?
—Sí... ¿Qué tal todo?
Rogers sonrió con ligereza.
—Estamos bien, pero... ¿qué hay de ti? Llevamos mucho tiempo sin tener novedades tuyas.
Previo a recibir una respuesta, Steve percibió un silencio extraño e incómodo a través de la línea.
—También estoy bien... —su voz titubeó—, no tengo muchas novedades que contar.
—¿Realmente estás bien? —indagó, preocupado—. Te oyes un poco... intranquilo.
El suspiro que soltó su amigo le generó un mal presentimiento.
—Necesito que le digas algo a Natalia.
—¿A Nat? —Sam, que hasta el momento había seguido concentrado en la investigación, dirigió una rápida mirada hacia Steve—. ¿Ocurrió algo?
—No, nada malo... o al menos eso espero —carraspeó con nerviosismo—. Solo dile que su hermana la está buscando.
—¿Su qué? —replicó, desconcertado.
—Su hermana —rectificó, haciendo que Steve le hiciese una seña a Sam con la mano, parecía como si se estuviese ahogando—, ella vino a Wakanda pensando que la encontraría aquí, pero obviamente no lo hizo —frunció el ceño, ¿de qué demonios se trataba todo eso?—. En fin, dile que de cualquier modo, yo no dije nada.
—No estoy entendiendo, ¿podrías ser más preciso?
—Tengo que irme, Steve. Hablamos luego.
—¡No, espera! No te puedes ir después de haberme dicho eso —protestó con frustración—. ¿Bucky? —Esta vez no hubo respuesta, la línea sencillamente parecía estar muerta—. Maldita sea... —siseó, apartando el móvil de su oreja.
—¿Qué pasa?
Ante la pregunta de su compañero, Steve solo se limitó a negar con la cabeza.
—No tengo la menor idea —respondió, pensativo—, pero todo parece indicar que Natasha tiene una hermana.
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—Tengo que irme, Steve. —Shuri se le precipitaba dando pasos furiosos y amenazantes—. Hablamos luego.
Pese a llevar varios minutos esperándola, no pudo evitar sobresaltarse al verla atravesar las compuertas del laboratorio. Tenía el rostro tan severamente ofuscado, que daba la inquietante impresión de ser otra persona. James introdujo su celular en un bolsillo de su pantalón, se levantó rápidamente de la silla que había estado usando y realizó su mejor esfuerzo por permanecer tranquilo.
—¡Me tuviste toda la maldita noche preocupada! —farfulló, viéndole con rabia—. ¿En dónde demonios estabas?
Siempre había detestado tener que entregar explicaciones, pero en este caso, no tenía reparo en admitir que estaba en obligación de hacerlo. Shuri —además de ser su amiga y quien lo había ayudado a sanarse—, era su superior, le había asignado una misión y tenía derecho a exigir respuestas.
—Lo sé, lo siento...
—No lo sientas tanto y explícame en donde estuviste.
—Cumpliendo la misión... supongo.
—¿Encontraste a la chica? —pregunto, interesada. Bucky asintió débilmente, luego cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro. Se sentía demasiado culpable y acongojado como para explicarlo—. Me estás asustando, ¿qué pasó con esa mujer?
—Nada... no es alguien de quien debamos preocuparnos.
Su respuesta escueta y nerviosa produjo que Shuri lo mirase con gesto acusador.
—Te acostaste con ella —dedujo, indignada—, por eso te ausentaste en la noche, no contestaste mis llamadas y ahora te sientes incapaz de mirarme a la cara.
James la observó con expresión culpable.
—Puedo explicarlo...
—Por Dios, Bucky... —espetó, interrumpiéndole—. ¿En qué parte de las instrucciones que te di, mencioné que te la cogieras? —No le interesaba entrometerse en la vida sexual del soldado, él podía dormir con quién fuese, pero no podía tolerar que eso ocurriese en medio de una misión. Al menos no mientras estuviese en juego la seguridad de su nación, pues según tenía entendido, aquella mujer parecía estar demasiado interesada en el vibranium—. Al menos dime que no existen motivos para preocuparnos...
—Ella no es el problema, de hecho vino a alertarnos de una infiltración rusa en la nación. —James introdujo una mano dentro del bolsillo de su chaqueta y extrajo la unidad USB que Yelena le había dado—. Me entregó esto —añadió, en tanto le enseñaba el objeto—. En un principio no le creí nada, pero este pendrive contiene expedientes de gran valor, ella logró reunir los verdaderos nombres de esas personas e incluso sus identidades falsas. No sé cómo lo hizo, pero consiguió muchísimos archivos que respaldan lo que vino a advertirnos.
Tomando asiento tras su escritorio, Shuri conectó la unidad USB en la computadora. En seguida oprimió un par de teclas, descargó los archivos y comenzó a pasarlos por un filtro de datos, necesitaba comprobar que no estuviesen alterados y, por sobre todo, que proviniesen de una fuente verídica.
—¿Y bien?
—Todo parece estar en orden —siseó, manteniendo la vista fija en la pantalla—, pero... me sigue pareciendo sospechoso que haya decidido entregarnos esta información sin pedirnos algo a cambio.
A Bucky también le perturbaba ese detalle, pero por el bienestar de su salud mental, prefería creer que solo estaban siendo exagerados. Después de todo, Yelena no había insistido en realizar preguntas sobre el paradero de Natalia, no lo chantajeó, ni propuso un intercambio de información. Ella solo se mostró interesada en reivindicar sus acciones del pasado, pues de un modo casi obsesivo, parecía estar empecinada en recuperar la confianza de todos.
—En fin eso no ya no es de mi incumbencia —prosiguió, en tanto alzaba el rostro y le contemplaba con gesto adusto—, pese a la buena información que obtuviste gracias a ella, sigo enfadada contigo. Lo que hiciste fue realmente inmaduro y poco profesional. —Bucky guardó silencio, no tenía nada que replicar al respecto, mal que mal, Shuri sencillamente tenía razón—. Escucha, no pretendo sermonearte ni brindarte lecciones de moral, pero me considero tu amiga y creo que, cuando actúas como un idiota, mi obligación es hacértelo saber.
Sin dejar de mirarle, la hermana de T'Challa se levantó del asiento, rodeó el escritorio y se detuvo en frente suyo.
—Por muchas chicas que te lleves a la cama, Wanda no saldrá de ahí —usó el índice para apuntar directamente a su pecho—, y tampoco de aquí —finalizó, mientras subía el dedo hacia su cabeza.
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—Es injusto y lo sabes —se quejó Wanda—, soy una novata, no puedes pretender que entrene al mismo ritmo que tú.
—Te advertí que mis entrenamientos eran rudos y no te importó. De hecho tú misma me rogaste asesoría. —Mientras se detenía en frente a la suite que estaban rentando y oía una nueva queja por parte de la muchacha, Natasha se apresuró en abrir la puerta. Comenzaba a padecer una jaqueca y las protestas de su compañera solo conseguían que el malestar fuese en aumento. Con rapidez tomó su tarjeta, la introdujo en medio de la cerradura electrónica y en cuestión de segundos logró desbloquear el seguro de acceso—. Ahora entra y deja de quejarte.
Luego de cruzar el umbral de la puerta, sus miradas no tardaron en toparse con Sam y Steve. Natasha les sonrió a modo de saludo, pero tras advertir que ambos ejercían un escrutinio incómodo y persistente sobre su persona, no pudo evitar experimentar un poco de miedo.
—¿Por qué tienen esas caras?
—Bucky llamó hace un rato... —respondió el capitán.
—¿Todo bien con él? —preguntó, sin entender por qué demonios había un ambiente tan tenso.
—Él está bien, solo quería dejar un mensaje para ti.
—¿Qué dijo?
—Dijo que...
Carraspeó, incómodo. Luego inspiró hondo y volvió a guardar silencio. ¿Cómo decirlo sin que sonase ilógico o descabellado?
—¿Qué demonios sucede? —acotó Wanda, que parecía estar más nerviosa y expectante que la misma Natasha—. Nos están asustando.
—¿Qué pasa, Steve?
Con expresión contrariada, el capitán centró la vista directamente sobre ella.
—Bucky dijo que tu hermana te estaba buscando... —Como se lo había dicho en forma tan repentina, Natasha fue incapaz de reprimir sus emociones, pues de inmediato reaccionó descendiendo la vista mientras su rostro se tornaba pálido e inquieto—. ¿Estás bien? —añadió, preocupado.
¿Cómo demonios iba a estar bien si su último encuentro con Yelena había finalizado con muertes, promesas y traiciones de por medio?
—¿Tienes una hermana? —inquirió Wanda, estupefacta—. ¿En serio?
—Nat... —intervino Sam—, ¿es eso cierto?
—A mí también me gustaría saberlo...
Sin dignarse a responder aquel bombardeo de preguntas, la rusa les dirigió una mirada cargada de rabia. Era cierto, jamás habían hablado acerca de Yelena, ni del extraño vínculo que las mantenía unidas, pero eso no guardaba relación con nadie más que sí misma.
Fuese o no fuese su hermana, ¿qué demonios les interesaba?
—¿James dijo algo más?
—Solo hizo hincapié en que no le había dicho nada.
—Entonces no entiendo por qué diablos me observan con tanta desconfianza —espeto, mirándoles uno a uno—. Si tengo una hermana o no la tengo, ¿en qué les afecta eso? Todos ustedes tienen secretos. Sam se ve a escondidas con una mujer que desconocemos, Wanda tiene cicatrices que jamás se ha dignado a explicarnos, sin mencionar que tú —puntualizó, señalándole con el dedo—, tú nunca te has abierto conmigo respecto a esa insuperable relación que tuviste con Peggy Carter.
—¡Por Dios, eso pasó hace muchísimos años! —replicó Steve, consternado—. Además ni siquiera viene al caso.
—Bueno, el asunto de mi supuesta hermana también ocurrió hace años y tampoco debería ser un motivo por el que ahora se me esté cuestionando.
—Tranquilízate, Nat, nadie te está cuestionando —dijo Sam.
—¿Ah no? —replicó, sarcástica—. Entonces por qué insisten en hacerme tantas preguntas.
En cuanto sus compañeros guardaron silencio y empezaron a contemplarle con notoria incomodidad, Natasha desvió la mirada y se obligó a conservar la calma; se estaba comportando como una idiota irracional e histérica.
—Lo siento —siseó, llevándose una mano hacia el cabello—, no quise decirles todas esas cosas, es solo que... estoy tratando de fingir que esto no me importa, pero... haber tenido noticias de ella me ha puesto un poco nerviosa...
Steve se le acercó con pasos calmados, la tomó cuidadosamente por los hombros y se inclinó en dirección a su rostro.
—Nat, no estamos desconfiando de ti, solo estamos preocupados —musitó sinceramente—, no sé si esa mujer represente algo bueno o malo en tu vida, pero si necesitas ayuda, por favor, no dudes en pedirla.
—Tranquilos, Yelena no es alguien de quien debamos preocuparnos.
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—¿Así que... ella sabe que la estás buscando?
—Sí, ya debe saberlo —explicó, en tanto usaba su hombro para sostener el teléfono, pues tenía las manos ocupadas en acomodar su equipaje—. Descuida, todo está saliendo justo como lo planificamos.
—Más te vale, Belova... —la voz del hombre tras la línea se oía severa e intimidante—, si intentas traicionarme, tú y esas mujeres se quedarán sin un peso.
La rubia frunció el ceño. Las amenazantes de ese idiota comenzaban a fastidiarle.
—Escucha, imbécil, me estoy hartando de tu desconfianza... —mencionó entre dientes—, sé mejor que nadie lo que estoy haciendo y lo mucho que arriesgo.
—¡Entonces deja de actuar como una perra en celo, olvídate de Barnes y sal hoy mismo de Wakanda!
Con las manos temblorosas y el rostro enrojecido de rabia, Yelena aventó el móvil hacia la cama.
Aunque costase y sus nudillos ardiesen por desquitar su ira contra cualquier objeto del cuarto, sabía que debía mantenerse fría y perseverante. La misión aún tenía nueve meses por delante y ese bastardo insolente iba a estar junta ella durante todo ese tiempo.
No tenía más alternativa que acostumbrarse.
Después de todo, aquel infame tenía razón. De ahora en adelante, noches como la que acababa de tener con Bucky quedarían en el olvido, pues viviría solo para que ese jodido proyecto se concretase.
Emitiendo un suspiro cansino, Yelena se dejó caer sobre el colchón.
¿Cómo podría dejar de pensar en lo que esas sabanas habían atestiguado? ¿Cómo olvidar el roce de su mano, sus besos sedientos o aquellas arremetidas violentas que la habían hecho estallar en múltiples orgasmos?
Cerró los ojos.
Cuando esos nueve meses se cumpliesen, haría hasta lo imposible por lograr que noches como esas volviesen a repetirse.
—Perdóname, hermanita —musitó, posando las pupilas sobre el techo del cuarto—, esto será jodido para ti, pero debo sacrificarte por un bien común.
