N/A: El capítulo puede contener posibles spoilers de la trama de la próxima película de Black Widow. Digo posibles, porque solo me basé en teorías y especulaciones. Pero bueno, lo advierto de todas formas.

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Marvel & Disney © No tengo fines de lucro.

~Suelo escribir en las noches, cuando es bastante tarde, si ven alguna incoherencia... me disculpo. Pronto lo corregiré~


Capítulo XXl: Yelena y yo…


Bajo la mirada persistente y atenta de sus compañeros, Natasha no pudo evitar dejarse arrastrar por un sinfín de imágenes pulsátiles e inconexas. Haber mencionado el nombre de su hermana, inevitablemente estaba provocando que su cerebro rebobinase una serie de recuerdos.

—¿Nat, estás bien? —Siendo extremadamente meticuloso, Steve apartó las manos de sus hombros. Parecía estar tan preocupado que, ni siquiera se sentía capaz de tocarla o hablarle en voz alta. Era como si temiese que, literalmente cualquier acción de su parte, incluso la más insignificante, pudiese llegar a intimidarle—. Escucha, no quiero ser insistente, pero esto está empezando a preocuparme en serio.

Natasha alzó el rostro y centró ambas pupilas sobre él, pues solo hasta ese momento, estaba logrando entender el verdadero significado de todo eso. Ni Steve ni sus compañeros desconfiaban de ella, eran su familia y, como tal, se sentían preocupados e impotentes; sabían que algo ocurría y no resultaba ilógico que manifestasen intenciones de ayudarle, pues mientras no lograsen entender lo que Yelena significaba en su vida, era bastante comprensible que se mostrasen desconcertados y frustrados.

—Ser parte de los Vengadores nos permitió formar una familia, ¿no?

La interrogante cayó en forma abrupta y repentina. No había sido su intención violentar el silencio de esa manera, pero ser consciente de que iba a compartirles una parte demasiado intima de su pasado, la hacía perder cautela y comportarse de un modo excesivamente ansioso.

—Por supuesto —contestó Wanda, siendo rápidamente secundada por un «sí» de sus compañeros—. Claramente lo somos —añadió con orgullo.

—Es más, eso ni siquiera deberías preguntarlo —dijo Sam, provocando que la espía percibiese una inmediata sensación de regocijo. Aunque claro, siendo una persona en extremo reservada, fue incapaz de manifestar su emoción a través de palabras. Con premura descendió la mirada, se acomodó un mechón de cabello y sencillamente optó por sonreír con ligereza—. De cualquier modo, ¿a qué viene esa pregunta, Nat?

—Bueno —retomó, volviendo a posar la vista sobre ellos—, hace muchísimos años con Yelena nos ocurrió algo similar.

Dicha explicación generó que Steve arquease una ceja, pues no podía evitar experimentar un poco de rabia, no entendía por qué Natasha había omitido la existencia de su hermana —o lo qué fuese esa tal Yelena—, siendo que hace unos meses, técnicamente le había prometido ser honesta y absolutamente transparente. Quizá estaba siendo exagerado y tan solo se tratase de algo intrascendente, pero de un modo inquietante, no dejada de saborearlo como si fuese un trago sumamente amargo y espeso. A fin de cuentas, no era agradable que las verdades de Natasha acostumbrasen a quedar inconclusas, debía admitir que eso lo hacía sentirse confundido y muy inseguro.

De cualquier modo, no pretendía manifestar una escena en frente de sus compañeros, prefería guardar silencio y reservarse aquellos cuestionamientos para más tarde.

—¿Eso quiere decir que, realmente no existe un vínculo sanguíneo entre ustedes? —añadió la más joven.

Mientras tomaba asiento en el sofá de la sala, Natasha inspiró hondo y asintió con la cabeza. Se había guardado esa historia por tanto tiempo que, hasta parecía surrealista el hecho de estarla recordando. Lo tenía tan alejado de su presente que incluso lo percibía como si fuese un recuerdo distante, impersonal y completamente ajeno.

—Yelena y yo nos conocimos dentro de la K.G.B. —comenzó, frotándose las manos con nerviosismo—. Llegó una generación más tarde…

Y, como toda cadete novata, por motivo de su ingreso debió ser sometida a diversos rituales de recibimiento. El primero de ellos se ejecutaba en las dependencias de la Habitación Roja, se trataba de una prueba de esfuerzo físico y mental, que tenía como propósito medir el rendimiento de las novatas, pues consistía en ponerlas a luchar con un aprendiz de mayor rango. En base al desempeño que obtuviesen, la K.G.B. procedía a crear un plan de mejora, de ese modo las novatas podrían perfeccionar sus habilidades de ingenio, combate y resistencia. Para dicha labor solía asignarse una espía que tuviese un nivel de experiencia óptimo, pero que al mismo tiempo, se encontrase en proceso de desarrollo, pues era importante que no fuese lo suficientemente letal como para impedir que la principiante pudiese defenderse.

Tomando en cuenta esos parámetros, pensé que jamás me seleccionarían para recibir a las novatas, desde el primer momento en que pisé la K.G.B. me comporté inescrupulosamente violenta y acérrima; nunca me caractericé por ser compasiva o generosa con mis rivales… y de hecho, mi comportamiento destacaba por ser todo lo contrario.

Pese a dichos antecedentes, mi fama de gamberra no representó un obstáculo para los supervisores de entrenamiento, ellos ignoraron mi currículum y también mis sugerencias de otorgar esa labor a otra camarada. Madame B inmediatamente se ofuscó, me acusó de ser exagerada y fisgona, dijo que me limitase a realizar el trabajo y que no volviese a cuestionar ninguna de sus órdenes. Así que simplemente guardé silencio, ajusté mi cabello en una coleta y me dirigí con prontitud hacia el cuadrilátero. No pretendía ser sutil con las novatas y tampoco me interesaba que dicha actitud pudiese costarme un castigo, en aquel momento, mi único propósito era acabar cuanto antes con eso.

Desde el otro extremo de la sala, vi como las recién llegadas me observaban, pero a decir verdad, ni siquiera les presté atención, simplemente había una parte de mi interior que yacía incapaz de sentirse tranquila.

Tenía un mal presentimiento alojado en medio del pecho y, con franqueza, debo reconocer que en ese instante jamás supe el porqué.

Obviamente, en años posteriores lo comprendí. El tiempo se tardó un poco, pero finalmente me dio la razón; si Yelena y yo nos conocimos bajo esas circunstancias, sencillamente fue porque Madame B así lo quiso. Sabía que esa niñata recién llegada desprendía un aura distinto, era tenaz y valiente, lo que resultaba perfecto para sus propósitos esquizoides y despiadados. A ciencia cierta, jamás supe qué diantres pasaba por su retorcida cabeza, mas deduzco que debido a alguna razón delirante, Madame B quería verme en contra de Yelena… pues estaba intentando hacer lo mismo que había hecho conmigo el día de mi ingreso. Cuando siendo una novata absolutamente inexperta, me obligó a recibir una paliza por parte de Melina (que resultó ser una de sus mejores y más prestigiosas espías). Pero supongo que, como lo haría cualquier pastor, ella tan solo probaba una estrategia para segmentar su ganado; a fin de cuentas, dentro de la K.G.B. las espías solo éramos vistas como un simple clan de borregos, indispensables y absolutamente reemplazables.

De cualquier manera, en ese momento no le di importancia, solo quería hacer mi trabajo y que eso acabase de una jodida vez. Así que apunté directo hacia las novatas, les hice un gesto provocativo con la mano y llena de cinismo las animé a acercarse.

De las cinco principiantes que llegaron esa jornada, Yelena fue la única que no se mostró intimidada.

Recuerdo que cuando llegó su turno para subir a la plataforma, ni siquiera reparó en el estado en que dejé a sus cuatro compañeras que le antecedieron. Ella me miró con una determinación tan impropia para una adolescente de quince años, que de forma inevitable me produjo experimentar cierto nivel de curiosidad.

Existía algo especial en esa chica, algo que, naturalmente Madame B había notado. Después de todo, no resultaba una casualidad que la hubiese reservado justo para el final. Esa bruja no efectuaba movimientos que carecieran de planificación, sabía que Yelena emanaba una energía bastante similar a la mía y claramente deseaba ponerla a mi nivel desde el principio.

Aunque para su infortunio, jamás estuve dispuesta a permitir que eso ocurriese.

Si bien, Yelena resultó ser inquietantemente rápida, aún no poseía la experiencia necesaria para lograr vencerme. Admito que luchó aguerridamente y que se mostró más fuerte que yo en mi primer combate, e incluso reconozco que fue capaz de atestarme un buen golpe en la cara, pero eso no le bastó para sobrellevar mi ritmo de pelea, pues solo necesité un descuido de su parte para atrapar su talle con mis piernas, luego usé la fuerza de mis muslos y que en cuestión de segundos logré derribarla sobre la lona; a priori conseguí inmovilizarla, y supuse que también pude demostrarle que no era tan buena como pensaba.

Aunque por supuesto, ella nunca fue presa fácil, con uñas y dientes trató de resistirse a mi ataque, pero teniendo el peso de mi cuerpo encima de su espalda, aquella tarea prácticamente se le tornó imposible. Así que antes de que intentase volver a escaparse, me aseguré de que no pudiese hacer nada y rápidamente utilicé mis brazos para encarcelar su cuello. Lo que resultó suficiente para dejarle inmóvil y con el rostro enrojecido. Creí que en cuestión de segundos palmearía la mano en una de mis extremidades y rogaría ser liberada, pero su rendición simplemente no llegaba.

Era como si no estuviese dispuesta a perder de esa forma.

Miré su cara y me percaté de que estaba a escasos segundos de perder el conocimiento, por inercia la solté, me separé de ella y le di un instante para que pudiese recobrar el aire.

Desde mi posición observé a Melina, que —a unos cinco metros de distancia—, se mantenía de pie junto a Madame B, no sé qué clase de mirada acusadora le otorgué, pero supongo que fue lo suficientemente dura como para que su reacción, sencillamente fuese encogerse de hombros y mostrarse tan perpleja como yo lo estaba. Se suponía que si una de las contrincantes no se encontraba en condiciones óptimas para seguir luchando, Madame B o cualquier otro instructor de entrenamiento debían pausar la pelea, pero en esa oportunidad, ninguno de ellos hizo algo al respecto. Solo actuaban como si el único propósito de aquello, realmente fuese verme acabar con la vida de Yelena.

Madame B susurró algo en el oído de Melina, ella asintió y juntas abandonaron la sala.

No hubo felicitaciones, ni comentarios reprobatorios para nadie.

Ningún instructor ayudó a que Yelena y sus compañeras se levantasen, simplemente realizaron un par de anotaciones en sus libretas y, como si nada pasase, empezaron a alejarse.

En cuanto nos quedamos solas, corrí hacia Yelena. Me paré a su lado y en silencio contemplé el estado vulnerable en que la había dejado. Ella aún conservaba medio cuerpo tumbado sobre la lona, tenía una mano alrededor del cuello y con ciertas dificultades intentaba recobrar el aire.

Raudamente me acuclillé a su lado y le extendí una mano, pues sentía un deseo inusitado por quitarme de encima la repulsiva culpabilidad que sentía.

Felicidades, fuiste la única que logró darme un buen golpe.

Pensé que mi disposición a ser amistosa ayudaría a que la tensión disminuyese, pero apenas la vi alzar el rostro y posar sus pupilas sobre mí, comprendí que me había equivocado.

Yelena estaba tan molesta que, de forma inevitable, me vi obligada a cerrar la boca.

Con brusquedad me alejó la mano, se puso de pie y con su dedo índice procedió a apuntarme el centro del rostro.

La próxima vez procuraré que seas tú la que se quede en el suelo —me espetó, colérica. Y sin que lo viese venir, escupió hacia la lona, dejando los restos de su saliva justo en frente de mis botas, luego se dio una media vuelta y, totalmente herida, emergió de la estancia dando pasos acelerados.

—Era altanera, grosera y extremadamente competitiva —explicó Natasha, mientras sus labios esbozaban una sonrisa triste y nerviosa—. Nunca supe por qué le dejé pasar tantas cosas, tuve muchas oportunidades para golpearla y ponerla en su lugar, pero jamás lo hice. Simplemente no pude. Había algo especial en su mirada, algo que… de manera ineludible hacía despertar mi empatía hacia ella.

Algunos meses después de su ingreso a la K.G.B. Melina nos comunicó que se nos había asignado una misión en conjunto. Para ello fuimos enviadas a Yakutsk, una ciudad ubicada en Siberia oriental, específicamente en el noroeste de Rusia y, considerada por muchos, como uno de los sitios más fríos del mundo. Según los testimonios de nuestras camaradas, en ese lugar las noches parecían ser eternas, afirmaban que la luz solar escaseaba y que incluso Yakutsk podía llegar a registrar una temperatura inferior a los treinta grados bajo cero. Aunque… honestamente creí que exageraban, me resultaba difícil pensar que una ciudad con características como esas realmente pudiese existir, pero hoy puedo afirmar que todo lo que se me advirtió respecto a Yakutsk es absolutamente cierto… A fin de cuentas, para nadie es un secreto que en medio de diversos conflictos bélicos, los gobernantes de la Unión Soviética se aprovecharon de las horrendas temperaturas de aquel terreno, y lo acabaron utilizando como una efectiva arma letal en contra de muchos prisioneros.

Evidentemente, Yakutsk carecía de buena fama. No era un sitio que Yelena y yo quisiéramos pisar, pero ambas sabíamos que hasta cierto punto, debíamos sentirnos afortunadas. Después de todo, habíamos sido seleccionadas para ejecutar una misión que contemplaba el manejo de información clasificada, no deseábamos trabajar juntas y mucho menos compartir el crédito, pero éramos conscientes de que si lográbamos cumplir el objetivo, ambas lograríamos consagrar nuestras carreras de espía.

Cosa que al fin y al cabo, era lo único que poseíamos en común.

Melina nos explicó que la K.G.B. descubrió un espía infiltrado en una minera de la ciudad. Se trataba de un inglés que había recolectado una serie de pruebas incriminatorias contra Rusia, estas hablaban desde corrupción, hasta delitos de lesa humanidad, lavado de dinero y una serie de otras atrocidades que ni siquiera puedo mencionar. Como sea… no pretendo detenerme en eso, la mayoría de aquellos crímenes fueron cometidos por importantes personalidades de la élite más influyente del país, lo que básicamente generaba que existiese una urgencia por borrar cualquier evidencia que pudiese llegar a ser perjudicial para el Estado.

En realidad no era una misión que pudiese definir como compleja, personalmente, temía más por las condiciones climatológicas, que por los posibles enemigos que a medio camino se nos pudiesen presentar. Además, ¿qué cojones podía salir mal? Habían torturado al espía y este acabó revelando que la documentación permanecía oculta dentro de un portafolio, luego añadió que lo escondió en los vestigios de una antigua fábrica textil ubicada en Yakutsk, e incluso, detalló las coordenadas exactas para encontrarlo.

Nos había entregado todo de manera tan rápida y sencilla que, sinceramente, la misión parecía ser pan comido.

O al menos —en dicho momento—, eso fue lo que creímos.

En cuanto llegamos al destino, Yelena ni siquiera intentó idear un plan de exploración. Me dijo que no me necesitaba y que hallaría las pruebas incriminatorias por sí sola. Intenté detenerla, pero al cabo de cinco minutos de insistencia, terminé perdiendo la paciencia. Pues sin darme cuenta, comencé a caer en esa estúpida guerra de egos, y en medio de un arrebato inmaduro, me propuse encontrar los documentos antes que ella.

Rápidamente tomamos caminos separados, ella se adentró hacia el pasillo de la izquierda y yo hice lo propio con el de la derecha. Sabía que me equivocaba al ignorar la orden de trabajar en equipo, pero estaba tan encabronada por su actitud altanera que ni siquiera reparé en que me estaba comportando exactamente igual que ella. Realmente deseaba eclipsarla y demostrarle que conmigo no se jugaba. Así que teniendo esa estúpida idea en mente, decidí apresurarme en capturar el objetivo.

Sin embargo, apenas empecé a recorrer el pasillo que tenía por delante, no tardé en percatarme que ese recinto abandonado se había convertido en una verdadera bomba de tiempo. El suelo y las paredes estaban cubiertos de agujeros que fácilmente te podían hacer descender hasta lo más profundo del infierno, pues los paneles se encontraban tan agrietados que incluso un miserable resoplido parecía ser capaz de tumbarlos. No quería distraerme ni intimidarme por la precariedad del terreno, pero los carámbanos de hielo que pendían desde lo alto del techo, poseían forma de cuchillas y una punta demasiado filosa para no imaginar fatalidades. Dirigí mi vista hacia ellos y los observé con miedo. Tenía un mal presentimiento respecto a eso, pero me fingí valiente y sencillamente decidí seguir avanzando.

Yelena era rápida y no deseaba que mis distracciones le brindasen más ventaja.

Cuando logré llegar a la estancia en donde se suponía encontraría el maletín con los documentos, debí aceptar que mi ego me había hecho subestimar a la novata. Yelena estaba de pie frente a mí, sonreía con arrogancia y me enseñaba el portafolio como si fuese una jodida medalla de oro.

Durante algunos segundos nos miramos sin decir nada.

Pensé que era un momento adecuado para felicitarla y dejar atrás nuestras diferencias, pero en cuanto abrí la boca y manifesté intenciones de hacerlo, el sonido de una bala irrumpió violentamente mis palabras.

Sin entender lo que ocurría, ambas seguimos nuestro instinto y nos lanzamos velozmente hacia el piso. Una nueva ráfaga de proyectiles azotó las paredes del edificio, me agazapé hacia el muro más cercano y por inercia me cubrí la cabeza con los brazos. Yelena estaba haciendo lo mismo, pero apenas logró arrimarse hacia un punto seguro, algo la hizo encorvarse y liberar un grito extremadamente desgarrador.

Carajo…

Mientras Yelena gimoteaba y maldecía en voz baja, aparté los brazos de mi cabeza. Creí que la había alcanzado el casquillo de una bala, pero en tanto contemplaba el enorme trozo de hielo que se había incrustado en medio de su pierna izquierda, inmediatamente entendí lo equivocada que estaba.

Mierda…

No podía decir otra cosa. Nos estaban disparando y ello solo parecía provocar que esos malditos pedazos de hielo continuasen cayéndonos encima del cuerpo.

No te muevas —le advertí, mientras veía horrorizada como la sangre brotaba de su pierna—, mantente quieta.

Parecía satírico, pero apenas terminé de pronunciar aquella advertencia, las balas se detuvieron.

Si hubiese estado sola, mi primer impulso habría sido ir tras el atacante, pero con Yelena herida y desangrándose, no tenía más opciones que resignarme a reordenar mis prioridades.

Ten… —me dijo, en tanto cogía el maletín con los documentos y me obligaba a sostenerlo entre los dedos—. Llévaselo a Melina, por esta vez te daré el crédito.

No digas estupideces —le respondí, sin poder controlar la ira que sus malditas palabras me habían provocado. No podía creer que incluso con su vida en riesgo, la muy idiota continuase pensando en concretar la misión—. No me interesa esa maldita competencia que Madame B ha impuesto entre nosotras.

Oh sí, por supuesto que no… —masculló, al tiempo en que se llevaba una mano hacia la pantorrilla e intentaba quitarse el trozo de hielo. Lo que por supuesto, solo provocó que el escozor de su herida aumentase—. ¡Ahg con un demonio!

No toques eso, si lo sacas podrías desangrarte.

¿Por qué no te largas y me dejas en paz? —espetó, con los ojos repletos de lágrimas—. No necesito tu ayuda.

En primer lugar, sí la necesitas. —Sin replicas o comentarios sarcásticos de por medio, Yelena me observó con expresión taciturna. No esperé a que estuviese de acuerdo conmigo, simplemente pasé su brazo por encima de mis hombros y con cuidado la ayudé a levantarse—. Y en segundo, no pienso salir de aquí sin ti.

Sentada en el centro del sofá, con Wanda en un lado y Sam en el otro, Natasha observaba como Steve se cruzaba de brazos y la contemplaba atentamente desde el sitial de en frente. Pensó que su expresión era demasiado seria, así que tuvo el impulso de otorgarle una pequeña sonrisa, creyó que Rogers pasaría de ello, pero para su tranquilidad, el gesto inmediatamente le fue correspondido. Habría preferido decir que aquello le quitaba un peso de encima, pero en realidad, no dejaba de percibir su risa como si estuviese siendo excesivamente tensa y forzada. Pues muy en el fondo, sabía que Steve debía sentirse molesto por no haber oído esa historia antes que el resto.

Sin poder ocultar su nerviosismo, Natasha fue la primera en romper el contacto visual. Era muy consciente de que le debía unas cuantas explicaciones al respecto, pero en ese momento, sencillamente no guardaba espacio en su cerebro para hacerse cargo de eso.

Carraspeó y se removió en su asiento.

Tal vez solo se preocupaba en vano y Steve ni siquiera estaba enfadado.

—¿Quién les atacó? —intervino Wanda.

Tan pronto como escuchó la pregunta, Romanoff agradeció que la curiosidad de su compañera le permitiese abandonar aquel desagradable enigma autocompasivo. Rápidamente ladeó el rostro y regresó su atención hacia ella.

—Nunca lo supimos.

—Qué mal… —siseó, frunciendo los labios en una mueca—, ¿y qué pasó después?

—Bueno… después de aquel pequeño instante fraternal, nuestra relación comenzó a mejorar bastante. Por suerte el incidente en Yakutsk no dejó consecuencias fatales. Su lesión fue tratada a tiempo y Yelena tuvo un proceso de recuperación relativamente corto. De hecho, en cuanto se le permitió retomar los entrenamientos, ella adquirió con un cambio de actitud bastante positivo. Comenzó a ser más humilde y menos agresiva, quizá no abandonó del todo su obsesión por competir conmigo, pero al menos dejó de hacerlo en forma sucia y dañina. —Natasha se quedó pensativa unos momentos, luego negó con la cabeza y soltó una carcajada espontánea—. Incluso, en medio de algunas prácticas bromeábamos con eso.

Un día sábado por la noche, Yelena me propuso entrenar en el cuarto rojo. Había perfeccionado su estilo de pelea y parecía muy entusiasmada por mostrarme los avances que estaba logrando. Sin embargo, ambas sabíamos que teníamos prohibido abandonar nuestras habitaciones después de las veintidós pm; y romper las reglas por escabullirnos hacia el cuadrilátero, definitivamente no parecía ser una buena idea.

Intenté decirle que regresara a su alcoba y que no tomase riesgos innecesarios, pero Belova se veía tan animada, que simplemente no tuve corazón para rechazar su propuesta. Después de todo, aquella era una buena instancia para afianzar nuestra confianza. Así que en cuanto el reloj marcó las veintitrés con cincuenta, las dos abandonamos nuestras camas y nos reunimos en la entrada de la Habitación Roja.

No sé en qué minuto decidimos empezar con eso, incluso desconozco qué tan intenso y libre fue nuestro entrenamiento, solo conservo el vago recuerdo de tener a Yelena encima de mi espalda, esforzándose por inmovilizarme y lograr aventarme hacia el piso. Obviamente no se lo permití, le di un codazo en el abdomen y con avidez me escabullí por entre medio de sus piernas. Por supuesto, ella quiso ejercer un contraataque, pero en cuanto la tomé por un brazo y jalé de este para aventarla directamente al piso, Yelena empezó a reír con cierta gracia, luego se quedó quieta y no tardó en asumir que había perdido.

A diferencia del primer día en que nos conocimos, esta vez no esperé a que se quedara sin aire, la solté con cuidado y de nueva cuenta le ofrecí mi mano.

Es bueno que perfecciones tus ataques frontales —le comenté, en tanto aceptaba mi ayuda y comenzaba a incorporarse—, pero recuerda no descuidar tu defensa.

Supongo que, si algún día pretendo patear tu presumido trasero, definitivamente tendré que seguir ese consejo.

Mientras comenzábamos a reírnos de lo insólito que nos resultaba esa frase, las compuertas de la estancia bruscamente se abrieron. De inmediato guardamos silencio y volteamos en dirección a la entrada; ahí vimos a Melina Vostokoff —que pese a cargar una expresión seria—, no parecía demasiado sorprendida de vernos.

Lamento interrumpir vuestra charla, pero me temo que Yelena tendrá que acompañarme, Madame B le espera en la cámara C- treinta.

¿Qué? —refuté, inquieta. El simple hecho de oír el nombre de ese cuarto me hacía comenzar a sudar frío—. ¿Acaso es un castigo por estar entrenando a media noche?

No, no es por eso.

Me bajé del cuadrilátero y avancé hasta quedar frente a ella.

Creí que aquel cuarto no volvería a usarse —susurré, consternada—. Madame B dijo que sería la última vez.

Sí… —comentó con indiferencia—, es lo que esa perra les dice a todas.

Una punzada desagradable atravesó mi pecho. Podía intuir perfectamente bien lo que vendría.

Por Dios, Melina, mírala… solo tiene quince años.

Lo sé, Nat, pero esto no depende de nosotras —musitó, mientras se inclinaba en dirección a mi rostro y disminuía de manera considerable el tono de su voz—. A diferencia nuestra, nadie la obligó a meterse en esto.

Eso aún no lo sabemos.

Yelena asesinó a su padrastro… —me informó de golpe—, y según tengo entendido, a cambio de no ejercer su condena dentro de un reformatorio para menores de edad, le ofrecieron un acuerdo para reformarse en este sitio. —De manera inconsciente, dirigí la vista hacia el cuadrilátero. Mis pupilas se clavaron sobre Yelena y eso bastó para hacerme sentir un escalofrío de pies a cabeza—. Como dije, a diferencia de nosotras, siempre supo lo que hacía.

Tal vez sea cierto y ella asesinó a ese hombre, pero no podemos juzgarla sin conocer el motivo… —repliqué entre dientes—. Además, sabes tanto como yo que lo de la cámara C-treinta es totalmente distinto.

Como si no estuviese escuchando lo que decía, Melina dejó de prestarme atención, alzó una de sus manos y desde lejos le ordenó a Yelena que bajase del cuadrilátero.

—La cámara C- treinta era una habitación enorme. Estaba acústicamente aislada y guardaba una finalidad bastante clara… —su semblante, ahora menos vivaz y entusiasta, de pronto adquirió una expresión demacrada—: Allí, las futuras Viudas Negras se iniciaban como asesinas.

Percibiendo el ambiente notoriamente más tenso, Natasha no se dejó intimidar por las miradas compasivas que, de manera inevitable acababan de caerle encima. A voluntad propia había hecho cosas horribles, aún conservaba muchísimas deudas pendientes con el karma, y siendo franca, no creía ser digna de recibir ningún tipo de misericordia.

Ni siquiera por parte de sus amigos.

—Pese a oír lo que mi hermana había hecho, ignoré las palabras de Melina y a toda costa decidí evitar que pisase aquel sitio —continuó explicando, cabizbaja—. No podía permitir que le ocurriese lo mismo que a mí.

Así que mientras Yelena era conducida por Melina, me apropié de su muñeca derecha y bruscamente la obligué a detenerse.

¿Qué demonios te pasa? —masculló, viéndome enfadada.

Yelena, no vayas —supliqué en voz baja—. La cámara C-treinta no es un sitio para entrenarte, es…

He oído que es donde llevan a las cadetes de mejor rendimiento —me interrumpió, en tanto movía su brazo e intentaba liberarse de mi mano—. No seas egoísta y deja que otras también podamos disfrutar los privilegios de ser una buena espía.

No seas estúpida, esto no se trata de eso.

¡Pues es lo que parece!

Belova, si realmente deseas ostentar el título de Viuda Negra, más vale que ignores a tu compañera —intervino Melina, al tiempo en que retrocedía y se plantaba en frente suyo—. Al final del pasillo, la última puerta a mano izquierda tiene grabado en el frontis el número treinta. Ahí te espera Madame B. Apresúrate.

Como si se tratase de una niña emocionada por encontrarse con una fiesta sorpresa, Yelena siguió las indicaciones de Melina y con rapidez empezó a distanciarse de nosotras.

¡Espera, no lo hagas!

Iba a echarme a correr tras sus pasos, pero Vostokoff se encargó personalmente de evitarlo.

Si sigues comportándote de esa manera, yo misma te enviaré a una celda de aislamiento —masculló, en tanto jalaba mi brazo y me obligaba a girar para quedar de cara hacia ella—. ¿Te quedó claro?

¡Me importa una mierda! —escupí, colérica—. Cuando entré a este lugar nadie me salvó de ese cuarto, pero Yelena me tiene a mí y no pienso permitir que a sus quince años la obliguen a asesinar a alguien.

Melina negó con la cabeza y sonrió de forma irónica.

Ella se manchó las manos con sangre desde hace mucho tiempo, Nat. Ya no la puedes salvar —manifestó, mientras suavizaba el tono de su voz y dejaba de lado el sarcasmo—. Sé cuando alguien tiene maldad en su corazón, y por desgracia, puedo detectarla en los ojos de esa chica. Solo quédate aquí y compruébalo por ti misma. Te aseguro que diferencia nuestra, Belova superará esta prueba con honores.

—Por desgracia, Melina tuvo razón. —Y como si aquel recuerdo estuviese comprimiendo su garganta, Natasha inconscientemente se llevó una mano hacia el cuello, de repente comenzaba a percibir el aire escaso y un poco más denso—. Ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando oí el primer disparo. —Por inercia tensó la mandíbula y se levantó del sofá—. Yelena ni siquiera titubeó… simplemente tomó el arma y jaló el gatillo.

Toda la compasión que había profesado hacia ella, se esfumó en cuanto la vi salir de aquel sitio. Cargaba una expresión tan imperturbable e indiferente que, fui absolutamente incapaz de tolerarlo. Pues sin quitarle los ojos de encima, rápidamente empecé a reducir la distancia que nos separaba, me planté frente a ella y con impetuosidad desmedida, envolví una mano alrededor de su antebrazo.

¿Le quitaste la vida a cambio de recibir unas putas felicitaciones?

De inmediato sus facciones se endurecieron, juntó el entrecejo y me regresó la mirada con gesto altanero.

Eres tan asesina como yo, ni siquiera te atrevas a…

¡No! —le frené, iracunda—. ¡A diferencia tuya, yo jamás sería capaz de asesinar a mi propio padre!

Y aquello bastó para hacerle perder los estribos. Sin previo aviso me tomó por la sudadera y con todas sus fuerzas procedió a acercarme a su pecho.

¿Ah sí? —masculló de manera sardónica—. ¡Es que tal vez tu padre no era un puto pedófilo que abusó de ti durante años! —bramó, mientras sus pupilas se movían iracundas y frenéticas sobre toda la extensión de mi cara—. Y no te confundas, Romanova, yo no maté a mi padre. —Un par de lágrimas repletas de rabia consiguieron abrirse paso a través de su mirada—. Ese gusano infeliz no compartía mi sangre y jamás fue parte de mi familia… yo simplemente asesiné a un pederasta, y créeme, no me arrepiento en lo más mínimo.

Sin poder evitar recibir el impacto de aquellas palabras, me deshice de su agarre en tanto retrocedía un paso. La miré directo a los ojos y entonces comprendí a lo que Melina se refería; Yelena estaba totalmente consumida por el odio.

Lo que te ocurrió es terrible, pero sigue sin justificar lo que hiciste allá dentro. ¿Acaso vas a culpar a cualquiera por lo que ese bastardo te hizo?

Se me dio una orden y la cumplí —refutó, estoica—. Esta es mi vida ahora, simplemente hago lo que me corresponde.

No, no es lo que te corresponde. Ellos te hacen creer eso, pero no es así en lo absoluto. —Y no se lo decía en vano, yo conocía ese engaño mejor que cualquiera—. Yelena, no desperdicies tu vida por esto.

Un tinte suspicaz se situó en el centro de su expresión facial, pues simultaneo a su enojo, cierto nivel de intriga pareció emerger desde lo más profundo de su cuerpo.

Y si esto es tan malo… ¿por qué diablos sigues aquí?

Sonreí con tristeza.

Si en ese momento Yelena hubiese sido consciente de todo lo que le esperaba. Ni siquiera habría osado preguntarme algo así.

Me involucré en esto por estúpida y ya estoy lo suficientemente hundida en el lodo como para dar marcha atrás —avancé un paso y la miré con franqueza—. Tan solo no quiero que cometas el mismo error. Sé que a diferencia mía, aún estás a tiempo de enmendarlo.

En sus pupilas vidriosas pude notar que mis palabras empezaban a surtir efecto; algo en su gesto normalmente soberbio, de pronto pareció cambiar por completo.

Mientras cargaba un aspecto lúgubre y melancólico, Natasha observaba Edimburgo a través del ventanal de la estancia. Se encontraban en el piso quince del hotel Burguess y debía admitir que desde aquella altura, la vista resultaba magnética y verazmente hermosa. Edimburgo era una ciudad repleta de arquitectura medieval, y hasta cierto punto, muchas de sus calles lucían como si hubiesen sido sacadas de un cuento. Sus edificaciones con aspecto de castillo, rodeadas de naturaleza y monumentos históricos, simplemente hacían que dicha urbe fuese un auténtico deleite visual.

Realmente el simple hecho de observarle, producía en ella una especie de catarsis.

Con aire ausente, Natasha apoyó una mano en el vidrio. Se preguntaba si su hermana estaba usando una identidad falsa para buscarla en medio de esas calles. ¿Acaso aparecería tocando la puerta en cualquier minuto?

Empuñó la mano y la bajó de inmediato.

No, Yelena no era predecible en lo absoluto. Si aparecía, definitivamente iba a hacerlo en silencio y cuando menos la esperasen.

Cerró los ojos y apretó los parpados con fuerza.

¿Por qué demonios Yelena había recurrido a James? ¿Y por qué diablos él la estaba ayudando a transmitir su mensaje? ¿No se suponía que la odiaba?

«Dios» pensó, mientras daba un suspiro. Eso ni siquiera tenía sentido.

De hecho, era bastante irónico presenciar cómo su hermana conseguía hacerla a caer en sus propias tretas, pues no hace muchos meses, cuando ella y Bucky aparecieron en Alemania, Steve le había preguntado exactamente lo mismo.

«¿Por qué de todos los habitantes del planeta, tenías que recurrir precisamente a mi amigo?»

Abrió los ojos lentamente.

Toda evocación que guardase relación directa con su pasado, inevitablemente la hacían sentirse confundida. Tenía un millón de interrogantes en el cerebro, mas tampoco deseaba perturbarse con deducciones apresuradas. Equivocarse, sinceramente era lo último que deseaba.

—Ese mismo día, cuando llegó la madrugada, Yelena apareció en mi cuarto —retomó, usando un tono de voz neutro y bajo—. Le pregunté qué ocurría, pero no contestó. Solo se aproximó a la cama, tomó asiento al borde del colchón, y antes de que una nueva interrogante surgiese de mi boca, ella estalló en llanto profundo y desgarrador.

No quiero convertirme en esto, Nat… —de inmediato contemplé sus orbes verdes y en ellos solo pude encontrar una tristeza inconmensurable—. No quiero… jamás quise ser una asesina.

Nunca he sido una persona fraternal, pero Yelena se veía tan perturbada y devastada, que por simple instinto rodeé mis brazos alrededor de su cuerpo. Sabía que yo misma había tratado de evitar que se convirtiese en una asesina, pero tras analizar lo que había ocurrido entre ella y su padrastro, solo pude pensar: «que ni siquiera valía la pena intentarlo. Después de todo, ¿quién era yo para juzgarle? La vida y su puta crueldad se habían encargado de quitarnos la esperanza hace muchísimos años».

Y por muy desconcertante que eso fuese, ya no podíamos hacer nada más que resignarnos.

Sin despojarla del cálido amparo de mis brazos, cerré los ojos y procuré mantener la cabeza fría.

Tranquila… —le apacigüé, mientras su llanto parecía lacerarme—, lo sé. —En silencio masajeé su espalda y realicé mi mejor esfuerzo por mantenerme impasible—. No es tu culpa.

Lo de hoy sí fue mi culpa. —Se distanció de mi regazo y me contempló con gesto dolido—. Yo jalé el gatillo…

No, no fue tu culpa, Yelena. Olvida lo que dije… —hablé, interrumpiéndole—. No estamos asesinando por diversión, lo hacemos por amor y devoción a nuestra patria, ¿entiendes? —Tras pronunciar esas palabras, algo exageradamente pesado pareció caer sobre mis hombros—. Es nuestro deber.

Y aunque teníamos en claro que solo estábamos intentando drenar nuestra culpa a través de una ilusión, ambas guardamos silencio y asentimos con la cabeza.

Sí… —musitó Yelena, en tanto sus iris glaucos me veían aturdidos y asustados—, es nuestro deber.

Puse las manos alrededor de sus mejillas y de inmediato limpié sus lágrimas con mis pulgares.

Lo haremos juntas —dictaminé en forma solemne, pues quería encargarme personalmente de que su espíritu no flaquease—. Como una familia.

Ella volvió a mover la cabeza en señal de afirmación.

Como una familia —repitió, decidida.

—A partir de ese momento y sin haberlo planificado en lo más mínimo, nuestra pequeña familia rápidamente consiguió expandirse… —dejándose arrastrar por el cauce de sus recuerdos menos dolorosos, Natasha comenzó a reír ligeramente—, un día Melina y su, por entonces esposo, Alexei, fueron asignados como nuestros agentes guías para realizar una misión de espionaje en Perm —explicó, mientras volteaba y abandonaba su posición frente al ventanal—. Obtuvimos resultados tan satisfactorios y sorprendentes que, a los directivos de la K.G.B. simplemente les resultó imposible no repetir la fórmula. Pues casi durante un año, nos obligaron a ejecutar más de cien misiones en conjunto.

Era triste que ese, literalmente fuese el único recuerdo lindo que lograse atesorar de aquel sitio. Pero lo que resultaba inclusive más triste, era que las cosas con su antigua familia hubiesen acabado del modo en que lo habían hecho.

De cualquier manera, le había prometido a Yelena no hablar de eso y —pese a las circunstancias o lo inconsistente que fuese—, pensaba respetarlo.

—Por el infame y tradicional proceso de esterilización de la K.G.B., Alexei y Melina no podían ser padres, pero en cuanto les fuimos asignadas como discípulas, ellos no tardaron en comenzaron a protegernos como si fuésemos esas hijas que jamás pudieron tener. —La sonrisa armoniosa, que había liberado un rebosante halo de luz sobre su rostro, poco a poco volvió a transformarse en melancolía penumbrosa e inquieta—. Por supuesto, nosotras también empezamos a considerarles figuras paternas —prosiguió, inspirando en forma cansina—. Pero desafortunadamente la paz nos resultó demasiado efímera.

—¿Por qué? —consultó Sam.

Tragó saliva. ¿No sería más sano reservarse aquellos detalles?

«Por favor, como si dilatar las mentiras alguna vez te hubiese funcionado», le reprochó su fuero interno de inmediato.

—Porque… —demonios, cuánto detestaba tener que retroceder a eso—, porque ambas cometimos el error de fijarnos en el mismo hombre.

Apenas terminó de pronunciar aquellas palabras, tanto Natasha como sus compañeros advirtieron que rostro de Wanda acababa de tornarse inextricablemente descompuesto.

Maldita seas, ¿por qué tú y no yo? ¡No es justo!

Ignorando que mi cara lucía la expresión más demacrada que había manifestado en años, Yelena me apuntó con su dedo y, siendo absolutamente prepotente, se abrió paso hacia el interior de mi cuarto.

¿Qué no es justo? —le pregunté, desanimada, y estando sentada sobre mi cama.

Que Madame B y la señorita Eleni te hayan escogido para entrenar con ese tipo antes que yo.

Padeciendo una ira vehemente, llevé mis dedos hacia el cierre de mi traje, rápidamente tomé la palanca de éste y de un jalón brusco bajé la cremallera. En cuanto la blanquecina piel mi cuello quedó al descubierto, los ojos de Yelena instantáneamente se alteraron, pues de un momento a otro, comenzaron a brillar y abrirse con asombro.

¿Acaso eres tan estúpida que te estás quejando por no haber quedado así? —le espeté, mientras apuntaba las profundas marcas rojas y amoratadas que el Soldado del Invierno había dejado sobre mi tráquea—. ¿Eso querías?

Entonces es cierto —musitó, extasiada—, ese hombre es tan letal como dicen.

Decepcionada, negué con la cabeza y por inercia volví a recordar los primeros días de nuestra relación; cuando solo nos reducíamos a rivalizar y detestarnos con todo el corazón.

No puedo creer que pese a todo lo que hemos vivido juntas, sigas siendo así de irracional y competitiva.

¿Me llamarás irracional y competitiva solo por dejar en evidencia que tienes privilegios?

Exhausta, solté un bufido y rodé los ojos. Ese primer entrenamiento con James me tenía el cuerpo hecho trizas. Ni siquiera trataría de hacerla entrar en razón, no quería perder mi tiempo de semejante manera.

Si vieras su brazo, no estarías tan entusiasmada de entrenar con él.

Frunció el ceño.

¿Qué hay con su brazo?

Tiene un jodido brazo de metal.

Con Wanda luciendo un semblante resignado y, en similar medida, indescifrable. Natasha trató de ignorar la incomodidad que ese tema les producía.

—Sin embargo… ese detalle ni siquiera la intimidó —adoptando cierto nivel de cólera en la entonación de su voz, la rusa continuó—; incluso volvió a comportarse de forma arrogante y competitiva. Pues hizo hasta lo imposible por conseguir un entrenamiento con James, cosa que… lamentablemente consiguió.

Una tarde de Agosto, dos días después de haber culminado mi primera misión junto al Soldado del Invierno, Yelena nuevamente se precipitó hacia mi cuarto.

Es cierto, pudiste obtener una misión junto a él, ¿pero adivina quién logró conocerle hoy?

La miré con gesto ceñudo. No se veía como si acabase de sobrevivir a un entrenamiento de James, más bien, su imagen parecía proyectar todo lo contrario; pues presumía un rostro absolutamente sereno y renovado.

¿Sabes qué, hermanita? —espeté, cabreada—. No me interesa ni un poco.

Y era cierto. No quería escuchar nada en lo que estuviese implicado el nombre de James. La misión que compartimos produjo que nuestra relación quebrantase el límite de lo correcto. Nos habíamos involucrado bajo parámetros totalmente antiéticos y, aunque yo había estado de acuerdo en todo lo que acabamos haciendo, no dejaba de creer que mi debilidad carnal iba a costarme muy caro.

En realidad tenía miedo y sería una gran mentirosa si no admitiese que estaba horriblemente preocupada por eso.

¡Entrenar con él fue sublime! —Ignorando por completo mis palabras, Yelena se arrimó hacia la cama—. Creo que es la primera vez que disfruto las enseñanzas de un instructor de combates, aunque también es la primera vez que me muestro tan desconcentrada y nerviosa… —Como si me hubiesen pellizcado en la zona alta del brazo, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. No quería, ni podía, creer lo que estaba oyendo—. Llámame desquiciada, pero… creo que es el hombre más atractivo que han visto mis ojos.

Mientras Yelena tomaba asiento sobre el colchón y su cabeza continuaba perdida en aquel enamoramiento platónico, fui incapaz de permanecer a su lado por más tiempo.

¿Te estás escuchando? —mascullé, en tanto me alzaba de la cama y le encaraba—. ¡Dios! Hasta me cuesta creer que lo estés diciendo en voz alta.

Mis palabras habían sonado más toscas de lo necesario. Pero tampoco estaba interesada en actuar con tacto y delicadeza; Yelena debía entender que no podía mirar a James del modo en que lo hacía.

¿Por qué no me advertiste que era así de atractivo?

Porque ni siquiera me había fijado —mentí, ofuscada.

¿Por qué cuando Yelena y yo habíamos superado nuestras diferencias tenía que pasar esto?

Me giré, enrabiada.

¿Y por qué demonios tenía que ocurrir precisamente después de haberme involucrado con él?

Mi corazón se encogió con violencia. Me hubiese gustado pensar que estaba siendo exagerada y que Yelena solo estaba fantaseando con algo que, probablemente jamás iba a pasar; en verdad deseaba creer que esto simplemente acabaría siendo una anécdota de la que más tarde me reiría, pero muy en el fondo, todas las alertas de mi cerebro vociferaban que no se trataba de una simple ilusión.

No te creo, esos tipos son difíciles de ignorar —acotó Yelena.

Es un jodido estadounidense… —repliqué, volviendo a tornarme hacia ella—, ni siquiera deberías mirarlo.

Puede que sea un yanqui, pero… se encuentra bajo subordinación soviética así que, ¿cuál es el problema?

¿No crees que es un poco mayor para ti?

Acababa de usar un argumento sumamente ridículo y lo sabía, pero me sentía tan desesperada que, sinceramente ya no me interesaba. En ese momento, mi único propósito era conseguir que abriese los ojos y lograse entender lo equivocada que estaba.

¿Bromeas? Acabo de cumplir diecisiete años…

Sí, y estoy segura que él tiene más de veinticinco —articulé en forma irónica.

¿Y qué? El amor no tiene edad.

¿El amor? —pregunté, con el rostro desencajado.

Dios… la situación se ponía cada vez peor.

Vale, es un término apresurado, pero… creo que en verdad me gusta. —Entonces vi sobre sus ojos, ese destello brillante y característico que solo las personas enamoradas son capaces de portar—. Me gusta mucho, Nat.

—Era consciente de que debía alejarme de James. Siempre supe que nuestra relación acarrearía problemas, pero jamás imaginé que, de algún modo, eso pudiese afectar mi relación con Yelena. Nunca pasó por mi mente que las dos pudiésemos llegar a fijarnos en el mismo hombre. —Y por supuesto, Natasha tampoco esperó que años más tarde, esa situación tuviese la desdicha de replicarse con Wanda—. Así que en cuanto me enteré de sus sentimientos por él, comencé a evitar a James y puse todo de mi parte por distanciarme de él, pero…

—Pero no pudiste hacerlo —secundó Wanda, dejándole bastante en claro que ella entendía perfectamente a lo que se estaba refiriendo.

—En efecto, no pude hacerlo —respondió la espía, un tanto avergonzada y nerviosa. Pues no se sentía cómoda hablando de aquello, mucho menos con Steve presente—. Y debido a esa falta de voluntad, ocurrió algo aún peor.

Sin que ninguno de los presentes se percatase, Visión atravesó una de las paredes de la estancia. En cuanto su presencia se materializó ahí dentro, el androide sonrió con distracción al notar que ninguno de ellos le había escuchado entrar, así que en completo silencio, se apoyó en la pared adyacente a la puerta, y sin ánimos de interrumpir las palabras de la agente Romanoff, decidió quedarse a escuchar la plática que estaban sosteniendo.

Tienes que ser rápido, no cuento con demasiado tiempo —dije, mientras volteaba hacia ambos lados y me aseguraba por enésima vez que nadie hubiese seguido mis pasos.

El pasillo principal estaba a oscuras, era media noche y las normas de la K.G.B. solían ser bastante enfáticas respecto al horario, sabía que a esa hora debía encontrarme encerrada en mi alcoba, pero no tuve más alternativa que salir y arriesgarme. James me había enviado una misiva, diciéndome que necesitaba verme, e incluso aclaraba que en caso de ignorarle, sería él mismo quien acudiría a mi habitación, cosa que inmediatamente me espantó. No porque fuese a infiltrarse en mi cuarto estando a solas, eso ya lo habíamos hecho cientos de veces, mi miedo se debía a que últimamente Yelena estaba comenzando a visitarme más de lo normal, y por nada del mundo deseaba que me descubriese con su amor platónico ahí dentro.

Ocultos tras un muro, James se llevó una mano a la cabeza y echó hacia atrás la capucha de su sudadera negra. Le miré con gesto interrogante e inmediatamente percibí cómo sus ojos azules me observaban serios y contrariados.

¿Por qué no me habías dicho que Yelena estaba encaprichada conmigo?

¿Qué? —contesté, sin poder creer lo que me estaba diciendo.

Naturalmente no estaba sorprendida de oír su enunciado respecto a los sentimientos de mi hermana, lo que realmente me había sorprendido, sin duda era saber que él también tenía consciencia de eso.

Hoy se me insinuó —declaró, padeciendo una evidente sensación embarazosa al recordarlo—, ¿tienes idea de lo incómodo que fue?

Sin saber qué hacer, mi primer impulso fue cubrirme el rostro con una mano.

En verdad, deseaba hundirme y desaparecer más que nunca. ¿Cómo demonios se suponía que debía actuar frente a eso? Mi hermana acababa de declararse al hombre que yo también quería, y a juzgar por la actitud de James, era muy probable que mientras nosotros estuviésemos viéndonos a escondidas, ella se encontrase devastada por su rechazo.

Y aunque estaba consciente de que habernos enamorado no era nuestra culpa, cierta parte de mi pecho, no podía evitar remecerse y agrietarse.

Lo sé, lo siento —admití, sintiéndome repleta de remordimiento—, pensaba hablarle de lo nuestro, pero…

Creo que ya lo sabe —espetó, interrumpiéndome.

No… —negué al instante—. Yelena no sabe nada.

Yo no estaría tan seguro.

¿Por qué? —averigüé, inquieta. Aquello empezaba a preocuparme en serio—. ¿Acaso te dijo algo?

Bueno, en cuanto la rechacé no dijo nada, simplemente guardó silencio y durante un rato permaneció cabizbaja.

¿Entonces por qué te preocupas?

No sé, simplemente es algo que sentí en cuanto la vi alejarse.

—Y bueno, el presentimiento de James estuvo en lo correcto. En algún momento Yelena nos descubrió y claramente se enteró de lo nuestro, o quizá ya lo sabía, realmente no lo sé y tampoco me importa. Solo sé que para una adolescente enamorada, aquello simplemente debió sentirse devastador. —Con la cabeza gacha, Natasha realizó su mejor esfuerzo por evitar recordar todo el caos que eventualmente se acabó desencadenando—. Pues por un lado se sentía rechazada por el hombre que amaba y por el otro, se sentía traicionada por su hermana mayor —siguió comentando, en tanto suspiraba y cerraba sus manos en puños—, sin embargo ella nunca me dijo nada, se fingió indiferente y silenciosamente planeó su venganza. Nos delató con Madame B y eso bastó para acabar con nuestro romance. —«Luego nos enviaron a una misión y el Dr. Faustus jugó con nuestras mentes, se llevaron a James y posteriormente asesinaron a nuestro hijo», eso era lo que proseguía, pero Natasha se sentía demasiado agotada y dolida como para ser capaz de pronunciarlo en voz alta—. Lo que pasó después, ustedes ya lo saben.

Steve no mencionó nada, pero su expresión taciturna denotaba reflexión y cierto nivel de coraje. Algo en su intuición de soldado, parecía decirle a gritos que Yelena Belova no era alguien confiable.

—Si esa tipa les hizo tanto daño, ¿por qué Bucky decidió ayudarla y transmitir su mensaje? —inquirió Wanda, que se encontraba visiblemente confundida e involucrada con la historia de Natasha—. No tiene sentido… además, ¿por qué demonios recurrió a él?

La rusa sonrió en forma mordaz.

—Es exactamente la misma pregunta que me planteé hace un rato. Pero ahora creo tener una idea.

—¿Qué idea? —intervino Falcon, mirando a ambas féminas con intriga y suspenso.

—Creo que pese a los años Yelena sigue sin superarlo y no sé cómo, pero se las ingenió para saber que James se encontraba solo en Wakanda, y bueno… —hizo un gesto con sus cejas, dando a entender que las intenciones de Yelena estaban cargadas de morbosidad e impudicia—. Supongo que se aprovechó de eso…

—¿Estás insinuando que se la cogió? —cuestionó la muchacha, sin poder ocultar que el simple hecho de pensarlo comenzaba a enfurecerla—. ¿En serio?

—Creo que eso no nos incumbe —espetó el capitán.

—Sí, eso insinúo —profirió Natasha, mientras ignoraba a Steve y centraba sus pupilas en Wanda—. De hecho, estoy casi segura de que Yelena ni siquiera tenía intenciones de buscarme. Eso fue una simple excusa para acercarse a él.

—Pero esa perra es culpable de que su hijo no haya nacido, ¿cómo demonios podría…?

—Los hombres pueden llegar a ser muy estúpidos cuando pasan mucho tiempo a solas —le interrumpió con simpleza—. Sobre todo cuando tienen el corazón roto.

—En serio, esto no nos compete en lo absoluto. —Totalmente incómodo, el capitán se levantó bruscamente de su asiento—. ¿Por qué mejor no nos detenemos aquí?

Pasando por alto las sugerencias de su compañero, Wanda mantuvo sus pupilas fijas sobre la espía.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Tú sabes muy bien a lo que me refie…

—¡Suficiente! —estalló Steve, impidiendo que Natasha culminase la frase—. ¿No creen que es más sensato preguntárselo al mismo Bucky?

—No, capitán… déjela terminar —masculló Visión, hartándose de permanecer silente y desapercibido. Pues eso bastó para que todos volteasen en su dirección y procedieran a observarle con ojos perplejos e incómodos—. Wanda parece muy interesada en oír esa respuesta, ¿verdad, cariño?

Mientras Visión le miraba de modo persistente, Wanda solo fue capaz de tragar saliva pesadamente.

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N/A: Hola nenas/es, si supieran lo mucho que me costó escribir este capítulo, se pondrían en posición fetal y llorarían conmigo jajajaja de hecho no lo quería subir, hasta terminar el capítulo 22 (que también lo tengo casi listo), pero dije, llevas tanto sin actualizar que deberías aprovechar que tienes este listo y subirlo mientras tanto. Así que eso hice, en fin… espero les haya gustado, sé que no es el capítulo más entretenido del mundo, pero me parece adecuado dedicarle un espacio a Yelena y Natasha, la relación de ambas será vital para lo que se viene en la historia y como la buena perfeccionista de mierda que soy, quiero que como lectores entiendan por qué estas mujeres se odian y se aman en similar medida.

En fin, tengo el próximo capítulo prácticamente listo, solo me falta editarlo, peeeero como soy muy meticulosa, no les garantizo que lo suba pronto. Sin embargo definitivamente espero tardarme menos que con este.

Gracias por leer.