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Personajes by R. Takahashi
Nota: Gracias a todos por leer y comentar ¡Son divinos!
¿Dónde estás, Mousse?
Llevaban horas caminando hasta que se convencieron de que, si querían llegar a China, esa no era la manera. Lo mejor sería tomar un tren, un bus, un barco, un bote, hasta una bicicleta. Pero a pie, no llegaban.
– Ranma ¿estás seguro de que Akane está en China? – preguntó Ukyo.
No, no estaba seguro. Pero por algún lado había que empezar. Como creía que de Akane no podía ser la idea de haber partido, dedujo que fue iniciativa de Mousse. ¿Y qué cosa le importaba mucho a Mousse aparte de Shampoo? Los famosos estanques.
– Quizás Akane lo siguió esperando encontrar ella también la cura… para todos nosotros – dijo Ryoga humildemente aún sabiendo que Akane ni idea tenía de que él también estaba maldito por causa de los dichosos estanques.
Era una posibilidad, loca pero posible. La única persona que podía estar más cerca de la verdad era Shampoo: fue la última en ver a Mousse y posiblemente también a Akane.
– Shampoo, no te lo voy a preguntar otra vez ¿tienes alguna idea de lo que está pasando? Por tu bien espero que me digas la verdad –. La voz de Ranma mostraba que él no estaba jugando.
Shampoo intentó recordar. Sí, creía haber visto a Mousse preparándose para un viaje, o algo así. Mousse no se había dado cuenta de que ella lo miraba pero no le puso mayor atención porque nada de lo que él hiciera le importaba. Tanto. Pero, haciéndo memoria, se acordó que, dentro de las cosas que faltaban estaba un mapa de Okinawa que ella había dejado, junto a otros mapas, encima del mostrador. ¿Okinawa? Eso parecía más extraño aún. Ranma no tenía la más remota idea de lo que podrían estar haciendo Akane y Mousse en Okinawa. China les parecía un destino lógico pero Okinawa, era algo en lo que jamás habrían pensado. Ranma volvió a preguntarle a Shampoo y esta se lo juró. Estaba diciendo la verdad.
–Bueno, supongo que ahora nuestro destino cambia y debemos dirigirnos a Okinawa – dijo Ukyo: – y entre más pronto lo hagamos, mejor. Y quién mejor para guiarlos que Ryoga que conocía perfectamente el lugar. El problema: Ryoga no era capaz de guiarse a sí mismo, menos a todos ellos. Como fuera, tenían que confiar.
Tenían una pista, vaga, pero algo al fin. Ranma no podía confiar plenamente en Shampoo, después de todas las veces que ésta lo había engañado. Pero no tenía otra opción. Si le estaba mintiendo, no se lo perdonaría. Ella todavía no sabía lo que era capaz de hacer si Akane estaba de por medio.
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Por un momento, Akane sintió que las fuerzas la abandonaban. Había recorrido, según pensaba, cada pedazo del jardín y de Mousse no había ni una huella. Ahora abundaba la gente que se mostraba feliz y dichosa: hombres, mujeres y hasta niños. ¿Qué era todo eso? No podía ser malo porque todos lucían felices pero ¿cómo podía estar ella feliz, lejos que los que quería y con Mousse perdido? Tenía tantas ganas de llorar pero no podía. Algo se lo impedía
¿No sería que ella también estaba siendo capturada por el embrujo del jardín? No, no era posible porque ella quería encontrar a Mousse, la cura para la maldición de los estanques y largarse lo más pronto de ahí. Ese lugar, por muy bello y hechizante que fuera, no la seducía porque no podía estar con sus seres queridos. Así, le daba lo mismo vivir en ese paraíso. Pero de pronto, sintió los deseos intensos de sentarse en una roca y oír el sonido de una cascada. Era tan placentero. Sintió la brisa, el aroma de las flores, de los frutos que abundaban. La hierba fresca… Sintió deseos de dormir. El correr del agua la adormecía, le entregaba una paz que ella nunca había sentido. No, no podía dejarse vencer. Pero era tan exquisito sentir esa sensación de libertad, tranquilidad…
De pronto, miró su muñeca y vio la cinta. No, ese no era su lugar. Ella y Mousse habían hecho un compromiso y debían cumplirlo. Temía tanto por Mousse, que ya hubiese sido hechizado y no pudiera sacarlo de ese lugar. Por lo mismo, no podía perder tiempo para encontrarlo. Después de eso, obtener la información sobre los estanques y después, salir para siempre de ese lugar. Tenía una pista: la salida con el sonido del arpa. No confiaba mucho en el sujeto que le había dado la información pero, en esos casos, era mejor aferrarse a una esperanza. La que fuera.
El problema era estar en medio de la nada. Es decir, en un lugar que le era completamente extraño, donde no tenía orientación alguna (ahora sabía lo que Ryoga sentía). No sabía por donde empezar. Mientras trataba de formar algún plan en se cabeza, apareció el anciano, tan de repente, que casi la mató de un susto.
– ¿Usted acostumbra a anunciarse así? Casi me mata de un infarto – le reclamó aún aterrorizada.
– Sólo con las chicas buenas – dijo el viejo de forma simpática. No sabía por qué, pero ella le agradaba. El viejo notó la preocupación de Akane.
– ¿Buscas al patito?
El corazón de Akane dio un salto de alegría.
– ¿Lo ha visto? ¿Está bien? Si lo ha visto, por favor, dígame dónde está. Se lo suplico – rogó Akane.
– Lo he visto, estaba bien pero no puedo asegurar que esto siga siendo así.
¿Qué clase de respuesta era esa? Ella necesitaba saber de Mousse.
– Tú aprecias mucho a tu amigo.
En realidad, antes de que él la raptara, su relación era cordial. Le simpatizaba, lo apreciaba pero nada más allá de eso. Pero ahora que habían compartido ese tiempo juntos y lo había conocido más hasta sentía que lo había llegado a querer. A pesar del problema en el que la había metido.
– Pero, si sólo uno de los dos pudiese salir de este jardín ¿tú permitirías que él saliera? – preguntó el viejo.
Era algo muy difícil de responder. Ella tenía su familia, amigos. A Ranma. Sería muy duro para ella no volver nunca más. No podía imaginar esa clase de sufrimiento.
– Para ser sincera, espero que los dos salgamos juntos de ésta pero, si él tiene mayores oportunidades de salir y estar bien – Akane se detuvo, era difícil responder a algo así – sí.
El viejo sonrió. Hacía mucho tiempo que en un mundo paradisíaco pero egoísta como ese, veía sentimientos tan bonitos como aquellos. Los dos jóvenes, Akane y Mousse, eran buenas personas. Él lo sabía.
– Las flores de oro te pueden llevar a tu amigo – le dijo el anciano antes de irse.
¿Flores de oro? Ese señor había enloquecido. No se veía nada como eso por ahí.
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Ryoga apenas podía guíar a su grupo en la búsqueda por Okinawa. Cada vez que les indicaba un camino, era exactamente lo contrario. La paciencia de Ranma se agotaba, sentía unos deseos horribles de lanzar a Ryoga, fuera de este mundo de ser posible. Pero se detenía al pensar que Ryoga debía estar tan desesperado como él por encontrar a Akane. ¿Qué podían hacer? Ni siquiera estaban seguros de que Akane y Mousse estaban ahí. Eso era peor que una pesadilla.
– Ryoga, por favor, trata de ubicarte. No estamos yendo a ningún lado. Tú debes conocer gente por aquí. Pregunta por favor, alguien debe saber algo – la voz de Ranma se quebró. Estaba realmente desconsolado, por su cabeza habían llegado a pasar los más terribles pensamientos. Esto no pasó desapercibido ni para Ukyo ni para Shampoo. Mientras pasaba el tiempo, más conscientes estaban de que Ranma amaba a Akane, aunque él no lo reconociera abiertamente. Habría que ser muy tonto para notarlo. Ellas se autoengañaban, se trataban de convencer a sí mismas que lo conquistarían un día, pero a cada momento que pasaba, estaban más seguras de que eso no pasaría. Peor se sentía Shampoo: siempre había tratado con indiferencia a Mousse pero, en el fondo, él era el único que estaba a su lado, siempre. Era fastidioso, es verdad; era torpe, también. Pero la quería y ahora ya no estaba y tenía, al igual que Ranma, miedo de no volverlo a ver. La frustración de Shampoo se descargó contra Ryoga.
– ¿No puedes hacer algo bien, Ryoga? No tienes idea en dónde estamos parados. Se supone que tú conoces este lugar y ahora no eres capaz de dar una instrucción decente.
La actitud de Shampoo disgustó a Ukyo. Ryoga estaba haciendo lo mejor que podía.
– No le hables así. Él también está afectado. Todos lo estamos. También estamos ansiosos. De esta forma, es fácil no poder responder como quisiéramos.
Ranma colapsó. Desde que habían llegado no habían logrado nada. Nada. Habían pasado la mitad del camino discutiendo, recriminandóse por la más mínima equivocación. El trabajo en equipo, nulo. Así era mejor no seguir.
– Pero como yo no pretendo permitir que Akane siga desaparecida, voy a seguir buscando – y comenzó su camino. Shampoo saltó rápido tras él. Ryoga seguía sentado en el suelo, sintiéndose miserable. Akane estaba perdida y él no estaba cooperando en nada. Todo lo contario. Era un estúpido.
– Ryoga, lamentándonos no conseguiremos nada. Tenemos que actuar. Haz hecho lo mejor que has podido y, mientras lo sigas intentando… Eso es lo que importa – la voz de Ukyo sonó tranqulizadora, tan ajena a cuando perdía la paciencia. Ryoga la miró y sonrió mientras ella le tendía la mano para ayudarlo a ponerse de pie. Cuando la tuvo en frente ella sólo sonrió y le indicó con la mirada que siguieran a Ranma. Cuando Ukyo pretendía retomar su camino, Ryoga la tomó del brazo.
– Ukyo, muchas gracias – dijo sonrojándose.
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Sólo tenía que seguir el camino de las flores de oro. Eso le había dicho el anciano. ¿Pero dónde estaban esas dichosas flores de oro? Tenía miedo de caminar en cualquier dirección, se supone que desde ahí debía seguir el camino de esas flores. A su alrededor había toda clases de flores: rosadas, violetas, rojas, amarillas. Amarillas. Se detuvo a pensar: el amarillo podía quizás asemejarse al oro. Había algunas flores de ese color pero ninguna de color tan intenso como los girasoles. ¡Sí, debían ser girasoles! Porque, precisamente, éstos formaban un camino. Se fue siguiéndolos, caminando en un principio y corriendo después. Corrió y corrió hasta llegar al final del camino pero no encontró a Mousse.
–¡Mousseeeeeeeee! – gritó con todas sus fuerzas. No hubo respuesta. Frustrada apretó los puños mientras algunas lágrimas de impotencia caían por sus mejillas. Ese anciano la había engañado. De pronto, a través de las lágrimas, notó unas plumas, unas alitas y una cinta alrededor de una de ellas. Sí, era él. Fue corriendo hasta donde Mousse estaba pero ésa no era la forma en que esperaba encontrarlo. Estaba muerto.
