Disclaimer
Ahora y siempre y por seculum seculora, los personajes pertenecen a ese mundo mágico llamado Ranma 1/2, creado por la no menos mágica Rumiko Takahashi.
No pretendo con estas historias ganar nada (dinero o algún beneficio pecunario). Nada excepto entusiasmar a personas que aún disfrutan de esta historia.
Cualquier comentario, duda, crítica es súper bienvenido, siempre que venga acompañado del debido respeto que merece un ser humano.
La historia del jardín
El anciano miraba a la pareja de muchachos que jugueteaban sobre un columpio. Akane llevaba una corona de flores en su cabeza y sonreía radiante. No menos radiante estaba el chico pato quien empujaba el columpio con una enorme sonrisa en su rostro. No estaban en este mundo pero, a decir verdad, nadie en ese jardín era parte del mundo. No quería interrumpir la imagen pero, había prometido ayudarlos.
– ¿Qué tal muchachos? Se ve que están pasando un bonito momento.
Los dos chicos lo miraron sonriendo. ¡Sí! Ese lugar era único en el universo.
Era lo que temía, estaban cayendo en el hechizo y él no podía hacer mucho más que mostrarle que había más mundo que ese. ¿De qué hablaba el anciano? Éste se sentó sobre el pasto y Mousse se sentó también frente a él. Akane permaneció sentada sobre el columpio. El viejo empezó su discurso: según había entendido, habían caído ahí por error. Y luego, al saber sobre los pozos de Jusenkyo, habían decidido encontrar la cura y salir de ahí para llevarla a sus novios ¿Estaba en lo correcto? Lo estaba. Sin embargo, él no los veía con deseos de irse, por el contrario, lucían bastante felices. Sí, pero no era que ellos quisieran quedarse ahí, sólo se quedarían hasta el momento en que encontraran la medicina y entonces se irían. El anciano les preguntó si habían encontrado algo y no, nada. Al anciano le agradaban los muchachos: se notaba que eran almas nobles y no merecían quedarse ahí. Les explicó que él no podría sacarlos pero ellos, por sí mismos, podrían lograrlo. Akane y Mousse le explicaron que no tenían la menor idea de cómo hacerlo y tampoco estaban tan apurados. El anciano explicó que él tampoco sabía ¿Cómo era posible si parecía muy compenetrado con el lugar? El hombre, entonces, comenzó a contar su historia.
Siempre había sido una persona solitaria, no le gustaba el trato con las demás personas y, por lo mismo, trataba de reducirlo al mínimo. Cuando todavía era joven, decidió cultivar un jardín, un jardín hermoso en el que pudiese disfrutar su tiempo en soledad. Plantó ahí numerosos árboles, trayendo semillas de alrededor de todo el orbe. Ponía todo su esmero en cuidar sus árboles, en abrir fuentes, en atraer algunos animales, etc. Vivió mucho tiempo como ermitaño y así era feliz, viviendo de lo que cultivaba, rodeado de belleza. La belleza que él había hecho posible. Hasta el día en que, por querer realizar una buena acción, sus proyecto simplemente murió.
Dos mujeres, jóvenes aún, llegaron agotadísimas, escapando de alguien. Le explicaron que se conocían desde niñas, que estaban enamoradas pero sus padres, que también eran amigos de juventud, se oponían a su relación; por prejuicios y por tener planeada otra vida para ellas. Querían casarlas a una con el hermano de la otra y viceversa. Ellas, en un acto de rebeldía a lo que consideraban injusto, huyeron un día, dejando todo atrás. No les importaba. Se internaron en un bosque, del que les tomó mucho tiempo en salir, y se encontraron con la entrada del jardín, por lo que no dudaron en entrar y, al verlo, le rogaron que les diera una mano. No estaba seguro en principio pero, finalmente, había accedido a ayudarlas y mantenerlas ahí escondidas, hasta que las personas que las seguían, al parecer sus padres, pasaran de largo. Después de eso debían marcharse, en la primera oportunidad que tuvieran. Así lo prometieron.
Nunca supo cómo pasó pero las encontraron. Para su desgracia, uno de los hombres era un poderoso hechicero que, no viendo en él la generosidad de su acción, decidió castigarlo por partida triple: en primer lugar, ese jardin sería la morada de muchas personas que llegarían ahí perdidas y que, engatusadas por la belleza del lugar, mucho les costaría salir de ahí, si es que lo hacían. Nunca más estaría solo y en tranquilidad. Nunca más podría disfrutar de su pacífico hogar. En segundo lugar, y como un castigo a la generosidad para con las jóvenes, sólo personas egoístas, que velaran por sus propios intereses caerían en ese sitio. No habría lugar para almas buenas y caritativas. No había nada que entregar a los demás. Y, finalmente, por dárselas de dios del amor, ese jardín sería el encargado de separar a los enamorados, manteniéndo a la gente que pasara por el lugar, por tanto tiempo ahí, en ese lugar donde el tiempo corría más lento, que cuando salieran, las personas que amaban, o estaban muertas o simplemente eran muy viejos para retomar una relación. Si una pareja entraba, sólo uno conseguiría salir, nunca los dos. Como un último regalo, lo condenaron a conocer la entrada pero no la salida del lugar. Viviría prisionero de su propio jardín y tampoco podría ayudar a que otros salieran. Como gancho para que la gente se entusiasmara a aparecerse por ese sitio, colocaron ahí las curas para muchas enfermedades las que, sin embargo, no eran eternas. Entre éstas, estaba la que ellos desesperadamente buscaban: la cura para la maldición a los estanques de Jusenkyo.
Mousse y Akane se miraron espantados: tenían que salir de ahí como fuera, no querían retornar cuando Shampoo y Ranma estuvieran ya muertos. Acordaron marcharse lo antes posible, no importaba si encontraban o no la cura. No podían perder tiempo. El anciano les dijo que lo hicieran, si esperaban un poco más, podría ser muy tarde.
Los dos jóvenes le dieron las gracias por su ayuda y empatizaron con él por el triste destino que le había tocado vivir. Antes de partir, y por curiosidad, preguntaron por las chicas que había ayudado. Dijo que, a través de la gente que llegaba, se había enterado de que las habían separado nuevamente y, tratando de escapar una vez más, habrían muerto. No sabía si creer o no pero mucha de la gente que aparecía en el jardín decía que dos mujeres viviendo en una cabaña les indicaban que el camino más corto para volver a sus casas estaba por ese jardín. Podrían ser ellas. ¿Sería eso cierto? Akane y Mousse supieron de inmediato que eran las mujeres que los habían ayudado cuando estaban perdidos. Pero ¿por qué buscarían separar a los enamorados? ¿Y por qué les habían dicho eso a ellos aun cuando sabían que ellos amaban a otras personas?. Probablemente, nunca llegarían a saberlo pero lo que sí sabían era que su estadía en ese lugar había acabado y que era hora de partir. Si en el camino se encontraban con la cura para la maldición de los estanques, la tomarían, si no, seguirían su camino. El anciano les deseó suerte. La necesitarían.
– Señor, por favor, díganos cuál es la cura para la maldición de los pozos de Jusenkyo ¿Es agua traída de uno de los estanques? – preguntó Akane.
No. Esa era la cura tradicional para la maldición pero ahí era todo mágico. Era agua, sí, pero agua de oro. No sabía si aún quedaba.
– ¿Agua de oro? ¿Y qué diablos eso? – gritó Mousse desesperado.
El anciano se encogió de hombros: ahora era trabajo de ellos. Como siempre, se desvaneció lentamente dejando a los amigos abatidos.
– Este viejo está loco, seguramente ni él mismo sabe dónde está la cura, si es que la hay. Ya me espero cualquier cosa de este lugar y su gente – dijo Mousse entristecido.
Akane reflexionó un momento. No, no estaba loco ni tampoco hablaba por hablar. Cuando buscaba a Mousse, el señor le había dicho que siguiera el camino de las flores de oro para encontrarlo, los girasoles, y, efectivamente había llegado hasta donde él estaba. Lo que quisiera que fuese esa agua tendría que ser de color amarillo o, quizás, algo que se le pareciera. El viejo quería ayudarlos, dentro de sus posibilidades, claro está. Akane recordó lo que les había dicho ese hombre misterioso: en la puerta que llevaba a la salida se escucharía el sonido dulce de una flauta. Mousse le preguntó a Akane si realmente confiaba en ese tipo. Sí, se había mostrado apesadumbrado por engañarlos pero aún le parecía que escondía algo. No había más remedio que creer. Mantuvieron su promesa: si encontraban la medicina antes de la puerta, se la llevaban, si no, se iban si ella. Aclarados los puntos de sus próximas acciones, salieron a buscar la salida, el objetivo principal.
v. v. v. v. v
Llovía sobre la ciudad y un melancólico Ryoga miraba como caía el agua. Antes el contacto con el agua le producía pavor, especialmente si Akane estaba cerca. Ahora, le daba lo mismo, si la lluvia lo mojaba o no, nada tenía importancia. Suspiró, tomó su paraguas y salió a recorrer las calles, esas calles por las que muchas veces caminó con Akane o se peleó con Ranma por Akane. En donde ella lo encontró convertido en P-chan, en fin, tantas cosas. Sin darse cuenta, su caminata lo llevó cerca del local de Ukyo ¿Por qué había llegado ahí? Lo había hecho sin pensarlo. Pensó en lo que había pasado, mejor dicho lo que a él le había pasado hace unos días atrás. Por un instante vio a Ukyo con otros ojos, es decir, no sólo como la amiga-prometida de Ranma, o la rival de Akane sino, simplemente, como una mujer. Y muy hermosa por lo demás. ¿Por qué tenía esa clases de pensamientos ahora que estaba tan preocupado por Akane? Además, ella lo había echado de ahí sin ninguna provocación de su parte. ¿O quizás sí? Miro hacía arriba y detrás de las cortinas le pareció ver la figura de la muchacha. No, estaba soñando. Mejor se iba. Pero no, no soñaba. Ukyo sí estaba ahí y, en el momento en que Ryoga alzó su vista, ella se escondió ¿Por qué lo hacía? Obvio, aún estaba molesta por la reacción de él, la última vez que se habían visto. O la reacción que ella creyó notar. Ya no sabía nada. La desaparición de Akane había revuelto el mundo completo. Y ni la misma Akane tenía idea de eso.
Ranma, por su parte, estaba sentado en medio de la lluvia. Era como si el cielo se hubiese puesto de acuerdo con su alma para llorar. Akane, Akane ¿qué había pasado con ella? ¿Por qué se fue? Golpeó el suelo con furia. Había vencido a los más temibles rivales, había triunfado en los combates más complicados y ahora estaba ahí, derrotado por una mujer. Una mujer a la que siempre consideró no fuerte pero que no tuvo necesidad de luchar para derrotarlo. Y cómo lo había derrotado. Sintió un nudo en la garganta pero se negó a llorar. No, no derramaría ni una lágrima más. Poco duró su promesa porque las lágrimas brotaron solas pero, afortunadamente se confundían con las gotas de lluvia. Kasumi estaba preocupada. A la desaparición de Akane, de por sí un hecho terrible, se sumaba el estado emocional de su padre, que no levantaba cabeza y además Ranma que, contrario a lo que hacía creer, no estaba reaccionando de manera adecuada. No había comido en esos días y sólo se sentaba a mirar y pensar en qué sabe que cosa. Kasumi fue al jardín y le expresó su preocupación al no estarse alimentado: se enfermaría. Le rogó que comiera, aunque fuera un poco. Ranma aceptó. La comida de Kasumi era tan exquisita. Pero qué hubiese dado él por haber probado en ese instante la comida intragable que preparaba Akane…
Gracias por leer, a todos. Han hecho revivir estas historias de las cenizas ;)
