Disclaimer

Personajes de R. Takahashi. No me pertenecen y no pretendo sacar provecho, personal o monetario, de ninguno de ellos excepto, escribir historias como esta, para el disfrute de la gente.

Estamos entrando en la recta final de este asunto para que, los que quieran, estén atentos.

Gracias a todos los que leen, comentan y todo eso. Sin su apoyo y comentarios seríamos nada.


Hora de decidir

¿Podía ser posible? ¿La cura a la maldición de los famosos estanques de Jusenkyo? Siempre había pensado que sería agua del estanque del hombre ahogado pero ¿miel? No lo creía posible.

– Mousse, el anciano nos dijo que todo aquí era mágico y que no era agua normal, no era la cura normal ¡Recuérdalo! – trató de convencerlo Akane.

Sí, sí. Era cierto pero es que no sabía qué decir. Había anhelado tanto este momento, por fin se sacaría ese estigma de encima: volvería a ser un hombre de verdad. Akane estaba tan feliz por él pero, de todos modos, no dejó de advertir que la miel que poseían era muy poca. Probablemente sólo alcanzaría para Mousse. Miró hacia el suelo ¿Qué pasaría con Ranma? No podría ayudarlo.

– No, yo no puedo utilizarla para mí – dijo Mousse como poseído por un espíritu–: se la llevaré a Shampoo para que ella pueda terminar con su mal.

¿Shampoo? ¿En serio pensaba Mousse darle esa miel a Shampoo? Shampoo, la mujer que lo maltrataba, aunque ya no era tan así pero, de todos modos, lo ignoraba. ¿Realmente estaba dispuesto a hacer algo así por ella?

– Sí, seguramente así, ella se enamorará de mí, por haberla ayudado – decía Mousse en éxtasis. Akane lo miraba tristemente. ¡Pobre Mousse! Cualquier cosa le daba una esperanza con Shampoo. Ahora estaba dispuesto a sacrificarse por ella…

Mousse vio que Akane lo miraba abrumada pero malentendió la causa de su dolor. Pensó que ella estaba triste por Ranma, porque éste no podría volver a ser normal cuando, la realidad era que Akane estaba triste por él.

– Akane – Mousse sabía que lo que iba a decir lo llevaría a arrepentirse todos los días de su vida, pero lo dijo igual –: si quieres, puedes llevarle la miel a Saotome. Sería como pagarte el daño que te he hecho y lo buena que siempre has sido conmigo…

Akane lo miró enternecida. Mousse podía ser una persona algo tramposa y torpe pero tenía un gran corazón. Ella lo sabía mejor que nadie porque, probablemente, ella lo conocía ahora mejor que nadie.

– Escúchame bien Mousse – le dijo Akane mientras tomaba las manos del chico entre las suyas –: quien tuvo la suerte de encontrar la cura fuiste tú; quien ha tenido que pasar por bastantes cosas, algunas muy duras – recordó la paliza que le dio cuando él la detuvo para que no siguiera golpeando al desquiciado que quiso comérselo –, fuiste tú y nadie más que tú. Claro que me gustaría que Ranma se sanara pero él no está aquí y tú sí.

¡Ay Akane! Debía ser la persona más hermosa del mundo. Si Shampoo no existiera, ni tampoco Saotome, él se habría enamorado de ella y, presentía que ella le hubiese correspondido. Ése era otro mundo y otra historia pero estaba agradecido de estar con ella en ese jardín y con nadie más.

– Se la llevaré a Shampoo, entonces – dijo Mousse, echando en un saco roto toda la conversación anterior. Akane suspiró pero no había mucho más que hacer. Él había encontrado la cura, él tenía el derecho a decidir que hacer con ella. Ahora, lo importante era salir de ese lugar. Encontrar la miel esa dio a Mousse un nuevo impulso, unas nuevas ganas de salir lo más pronto posible de ahí. Ésa era una buena señal.

Mousse y Akane caminaron por un largo rato pero ahora notaban que las cosas o las ubicaciones dentro del jardín habían cambiado. Es decir, habían encontrado lugares por los que antes parecían no haber pasado aun cuando ya creían haber dado vuelta completamente el sitio. Por ejemplo, ahora se habían topado con un acantilado que cubría un río, bastante caudaloso. Nunca habían pasado por ahí, estaban seguros de eso y ahora les había dado la curiosidad de saber qué había del otro lado. ¿Podría estar la salida cerca? Ninguno de los dos estaba en condiciones de experimentar: Akane no sabía nadar y Mousse, que originalmente no sabía nadar pero que ahora, siendo pato, algo de habilidad había adquirido temía meterse en aguas tan caudalosas y dejando a Akane sola.

– Pero puedes ir volando Mousse. ¡Ve a mirar qué encuentras! – le pidió Akane entusiasmada.

El muchacho aceptó pero no permitió bajar al río para mojarse, agua de un estanque estaría bien. Así lo hicieron. Akane abrazó al pato deseando con toda el alma que volviese con una respuesta positiva.

Pero Mousse se tardó demasiado o eso le pareció a ella. Comenzó a temer que algo lo había pasado o, peor, que efectivamente había encontrado la salida y se fue sin llevarla. El anciano había hablado del egoísmo de las personas que ahí moraban. Sacudió la cabeza. Mousse no era de esos. Él volvería, a menos que algo le hubiese pasado.

– Parece que tu amiguito te dejó sola – dijo una voz repentinamente que hizo saltar a Akane de la impresión. Era el anciano.

– No, es decir, sólo fue a ver qué encontraba al otro lado del río. Él volverá – dijo Akane segura.

– ¿Y si no vuelve?

Akane empezó a sentirse incómoda. ¿Por qué insistía tanto en que Mousse no volvería? ¿Sabía algo de él? ¿Le había pasado algo malo?

– Si usted lo ha visto, si sabe algo de él. ¡Dígamelo! – suplicó Akane temiendo lo peor.

– No, no sé nada. Bueno, si sé algo: tu amigo no te dejará aquí.

– ¿Cómo está tan seguro?

El viejo sonrió.

– Porque los he estado siguiendo, los he aprendido a conocer. Ese muchacho te aprecia mucho, no saldría de aquí sin ti – dijo el anciano tranquilizadoramente.

Akane le contó que había encontrado la miel y quiso asegurarse de si, cuando él hablaba de agua de oro podía referirse a la miel. El viejo asintió. Akane sonrió aliviada.

– El patito podrá curarse – dijo el anciano.

Pero Akane lo corrigió: Mousse no usaría la miel para él sino para la mujer que quería que, lamentablemente, también se encontraba en esa situación. El anciano frunció el ceño. Pero no tuvo mayor posibilidad de decir nada porque, en ese momento, llegó Mousse. Evidentemente, tenía que volverse humano para poder decir lo que tenìa que decir.

– Akane, no encontré nada. Al menos nada que pueda ayudarnos. Parece ser, eso sí, que llegué quizás a los límites del jardín porque había muros de piedra. Muros de piedra, como con el que se encontraron hace un tiempo.

– Yo sé que usted no cómo llegar ahí ¿está seguro de que hay alguna salida realmente? – preguntó Akane temerosa de la respuesta que podría llegar a escuchar.

Sí, la había. De eso estaba seguro.

– Pero por favor, ayúdenos. Hay un hombre aquí que no ha parado de engañarnos. Bueno, al principio quería que nos separásemos pero ahora, creo que quiere que nos perdamos. Nosotros no le hemos hecho nada malo ¿por qué nos hace esto? Nos engañó con respecto a la puerta de salida – chilló Mousse.

El anciano les recordó lo que les había dicho anteriormente: ese era un lugar para gente egoísta, que no les importaba más que ellos mismos. Sí, se acordaban pero este hombre disfrutaba con el sufrimiento de ellos ¿por qué? El viejo no contestó de manera clara, los sufrimientos pasados transformaban a la gente. Akane y Mousse le insistieron: no parecía tener rencor más que hacia ellos. O al menos eso pensaban. No importaba qué sufrimientos que hubiese vivido en el pasado, no era justo que se desquitara con ellos.

– Quizás no es algo personal hacia a ustedes sino hacia lo que representan.

¿Lo que representaban? ¿Por qué ese viejo tenía siempre que hablar en códigos?

– Pero bueno, tu amiguita me contó que habían encontrado al fin el agua de oro – dijo el viejo zafando del interrogatorio anterior –. ¿Trajiste todo lo que había? ¿No dejaste para nadie más? Eso es muy egoísta de tu parte – la voz del viejo sonaba con cierto reproche.

– No. Es decir, sí. No había mucha en realidad. No creo que alcance para más de una persona– explicó Mousse.

– Ya veo. Entonces, este es el fin de tus males…

Mousse quiso decir que sí, pero no era así. Él le llevaría esa miel a Shampoo, su amada Shampoo. Se la había ofrecido, poseído por un demonio posiblemente, a Akane para Ranma, pero ella había rechazado.

– ¿Y por qué lo rechazaste?

– Porque Mousse la encontró. Lo justo es que la use como mejor le parezca a él – respondió Akane segura.

El viejo sonrió: hace tanto tiempo que no veía gente como ellos. Buenos amigos, buenos novios. No, no podían quedarse ahí. Y no lo harían pero antes debían saber algo.

– Hijo, debes saber una cosa: la miel que has encontrado te curará de la maldición, siempre y cuando no cruces este límite del jardín – señaló el acantilado –, si no tocas el agua del río. Si lo haces la cura será momentánea. Lo siento.

Eso cambiaba las cosas. Mousse no podría llevar la miel a Shampoo porque ésta sólo vencería la maldición por un momento. El destino le estaba dando la oportunidad a él. Miró a Akane y ésta asintió con la cabeza: era una señal de que era tiempo de que pensara en él y no en Shampoo. Podía amarla mucho pero esta vez le tocaba a él ganar algo. Lamentablemente para ellos, todo les jugaba en contra: Akane estaba parada muy cerca del borde del acantilado cuando un pedazo de tierra se desprendió cayendo al agua, ante la mirada desesperada de Mousse que sabía perfectamente que ella era incapaz de nadar.

– ¡Akaneeeeeeeeeeeeee!

Ranma despertó gritando. Había decidido tomar una siesta para calmar un poco su ansiedad cuando despertó ante la horrible visión de Akane cayendo por un roquerío. ¡Ella no sabía nadar! Sintió alivio de que fuese un sueño pero, de todos modos, tenía una sensación de dolor, en alguna parte del cuerpo. Respiraba agitadamente. ¿Y si lo que vio no era tan sólo un sueño? Maldita sea, se sentía impotente. Tenía la corazonada de que Akane estaba en peligro y él no estaba ahí para ayudarla.