Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 9: Sacerdotisa liberada
1 de octubre
La luz del sol se reflejaba en la afilada hoja. Kikyo experimentó su primera auténtica sensación de miedo en muchos años. A medida que se acercaba, cerró los ojos con fuerza y apretó las manos en puños. Intentó calmar el rápido latido de su corazón en su pecho, pero fue inútil.
Un jadeo escapó de sus labios mientras la hoja cortaba lentamente.
—Por favor, para —rogó Souta—. Me estás poniendo nervioso. —Siguió cortando lenta y firmemente—. Además, solo es pelo. Volverá a crecer.
Kikyo permaneció en silencio con los ojos cerrados. El sonido de corte le hacía encogerse. Podía sentir los mechones de su precioso pelo largo volando hasta el suelo. No podía recordar por qué estaba dejando que el joven le destruyera el pelo.
—El pelo de Kagome es un poco más corto que el tuyo. Para hacer creer a la gente que eres ella, tienes que tener su aspecto. ¡Y, cielos, sonríe de vez en cuando!
Después de largos minutos de tortura, Souta anunció que había terminado. Kikyo era reacia a abrir los ojos. Nunca se había creído vanidosa… hasta que Souta hizo el primer corte. Le molestó sentirse de aquella manera. Como sacerdotisa, la vanidad no estaba permitida.
Pero… ¿sigo siendo sacerdotisa?, se preguntó.
Kikyo abrió un ojo para mirarse a hurtadillas en el espejo, luego abrió el otro. Estaba pasmada por cuánto se parecía a Kagome. Se puso de costado, intentando ver cómo se veía su pelo desde atrás. Seguía largo, a media espalda, más o menos, pero mucho más corto de a lo que estaba acostumbrada. Y las puntas estaban ligeramente desiguales.
—¿Sueles cortarle el pelo a tu hermana? —preguntó Kikyo.
Souta asintió.
—Sí, odia gastar dinero en una peluquería, así que me compra un sundae si se lo corto.
—¿Sundae?
—Sí, es helado con chocolate o caramelo, con nueces y nata montada y una cereza. —Souta bajó los ojos a la alfombra. Se preguntó si su hermana volvería alguna vez para compartir otro sundae. Contuvo las lágrimas que le escocían en los ojos.
—¿Helado?
Souta miró a Kikyo y le dirigió una sonrisa.
—Sí, es un dulce helado, hecho de leche y azúcar y… eh… montones de otras cosas ricas. Está realmente bueno. —Estaba empezando a babear—. ¡Oye, vamos a por uno! Después de todo, es casi una tradición ir a por un helado después de un corte de pelo.
Kikyo dejó que el chico la cogiera de la mano y la empujara escaleras abajo. Al pie de las escaleras estaba un anciano vestido con ropa tradicional de sacerdote.
—Kagome —dijo—, necesito tu ayuda en el templo.
—Sigue andando… y finge que no lo oyes… será sospechoso si te paras… —susurró Souta.
Siguiendo las directrices de su «hermano pequeño», Kikyo se apresuró a bajar las escaleras. Permitió que sus ojos vagaran en dirección al anciano.
—¡Tienes que tomarte tus deberes en el templo más en serio, jovencita! —gritó el anciano mientras los dos jóvenes salían disparados de la casa. Estaba sacudiendo una escoba en su dirección y quejándose sobre nietos vagos.
—Tú sigue corriendo.
Kikyo corrió.
Mientras corría, empezó a sonreír. Era libre. Era verdadera y auténticamente libre. Por primera vez desde que podía recordar, Kikyo se rio. Se sentía bien.
Muy, muy bien.
Se volvió a reír mientras corría más rápido detrás de su nuevo hermano.
