Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 10: De camino a casa de Kaede

6 de octubre

Fueron cinco largos días de gruñidos, refunfuños y quejidos, pero Inuyasha finalmente vio la aldea que estaba buscando. Miró a su compañera de viaje y le costó enormemente no sonreír.

Estaba hecha polvo. Tenía la ropa sucia y, según todas las quejas de los últimos días, sabía que le dolía cada músculo de su cuerpo. Aun así, seguía mirando a su alrededor a todo con interés, chillando de felicidad cuando algo le llamaba la atención. Seguía caminando a buen ritmo, sin sugerir ni una vez que se detuvieran. Y seguía sonriendo, haciendo de algún modo que sus ojos brillaran sin importar lo cansada que estuviera.

Inuyasha suspiró y miró a la chica que estaba a su lado cuando bostezó sonoramente. Ella aún no había visto la aldea, no es que su nariz fuese lo suficientemente sensible como para oler los olores de la aldea y su gente.

—Acampemos para pasar la noche. —Aunque pudo haber sonado como una sugerencia, sabía que Kagome sabía que era una orden. Vio un ahora familiar brillo de fuego en sus ojos. Preparándose para una pelea con ella, la observó cautelosamente mientras luchaba consigo misma. Sonrió con satisfacción. Una parte de ella odiaba que le dijeran lo que tenía que hacer, pero la otra mitad estaba tan cansada que cualquier excusa para parar era una buena excusa.

Cuando ella cerró los ojos y los volvió a abrir, Inuyasha se alegró de ver que había ganado la parte cansada. Se relajó.

—Gracias —dijo—. Parece buena idea.

Inuyasha se preguntó por qué no le había preguntado por qué se habían detenido. Pudo verla mirando hacia el sol y dándose cuenta de que era inusualmente temprano. Vio sus ojos calculando, intentando entenderle. Luego la vio encogerse de hombros y sonreír. Era una sonrisa feliz y agradecida. Él casi correspondió a ella.

—Feh —dijo mientras saltaba hacia una rama baja—. Tu débil cuerpo humano nos retrasa.

—Fuiste tú el que sugirió que nos detuviésemos —la oyó gruñendo por lo bajo mientras le daba una patada a algunas piedras que estaban al pie del árbol. Inuyasha pudo ver que se había olvidado de que estaba enfadada con él tan pronto se desplomó en el suelo y soltó un suspiro contenido.

Empezó a quitarse los zapatos con cuidado.

—De verdad desearía haberme puesto zapatillas de deporte… pero quién iba a saber que iba a estar caminando por un bosque durante semanas —se regañó en un susurro. Hubo muchas veces durante su caminata en las que Inuyasha deseó no tener un oído tan superior, sus quejidos siempre los susurraba para sus adentros. Le preocupaba que nunca le dijera las cosas directamente. No estaba completamente seguro de por qué le molestaba tanto que no se lo dijera, pero así era. Así que hizo lo único que podía hacer, esperar pacientemente y observar.

Haciendo una mueca ante la visión de sus calcetines cubiertos de tierra, Kagome empezó a deslizarlos por sus pantorrillas. De repente, siseó de dolor.

Inuyasha estuvo agachado delante de ella inspeccionando sus pies antes de que pudiera caer la primera lágrima. La sorpresa ante su repentina aparición provocó que sus lágrimas quedasen olvidadas.

—¿Qué les pasó a tus pies? —reclamó enfadado.

Kagome puso los ojos en blanco.

—Ampollas, chico perro. Ya sabes, de todo lo que hemos estado caminando. —Intentó apartar los pies del escrutinio del demonio, pero él la agarró por los tobillos y los giró cuidadosamente de un lado a otro.

Sus pies tenían un enfermizo tono rojo brillante y estaban cubiertos de ampollas de aspecto doloroso. Algunas ya habían estallado horriblemente. Incluso había sangre en sus calcetines y zapatos. Inuyasha maldijo silenciosamente su estupidez y terquedad, y la suya propia. Después de todo, sabía lo terca que era ella. Pero no se había quejado, a pesar de que cojeaba ligeramente, así que él no se había detenido.

Después de la inspección, la miró frunciendo el ceño y gruñó.

—¿Por qué no dijiste nada? ¡Eres la humana más estúpida que he conocido nunca! —Siguió mirando con furia su roja y ampollada piel—. Podía haberte llevado yo.

—Oh…

Inuyasha se levantó y se cruzó de brazos, apartando la vista de ella.

—Hay un riachuelo de agua fría cerca, por si quieres meter los pies ahí. Hará que se sientan mejor.

Kagome asintió y empezó a levantarse. Su respiración salió en un jadeo cuando Inuyasha la cogió en brazos. Sus orejas se movieron ante el sonido, luego sonrió perversamente. Antes de que la chica pudiera agarrarse a él, Inuyasha empezó a correr a través del bosque. Miró hacia abajo y vio sus ojos. No había miedo en ellos, solo sorpresa. Cuando aceleró, la oyó reír alegremente mientras giraba su cara hacia el viento.

En cuanto llegaron al agua, Inuyasha depositó cuidadosamente a la chica en la orilla, luego saltó hacia las ramas para vigilarla. Hizo un gesto de dolor en simpatía cuando su respiración salió en un siseo de dolor mientras metía despacio su dolorido pie en el agua. Solo se relajó cuando ella suspiró satisfecha. No estaba seguro de qué era tan fascinante de verla patalear con sus pies alegremente en el agua, pero no podía evitarlo.

—¿Estamos cerca de la aldea? —preguntó.

Inuyasha miró en dirección a la aldea y apartando la mirada de Kagome. Si ella notó sus orejas encorvadas, no lo mencionó. Volvió a mirarla y la vio estudiándolo.

—Sí.

—¿Cómo de cerca?

—Mucho.

Fue difícil no sonreír con suficiencia cuando oyó que la chica volvía a gruñir. Se preguntó brevemente por qué era tan divertido hacerla enfadar. Le sorprendió que no dijera nada más y dirigió su atención de nuevo al agua. Sus pies pararon de moverse.

—¿Puedes ver a Kikyo? —preguntó él con curiosidad. Saltó de su sitio en la rama y aterrizó ligeramente al lado de su acompañante.

Kagome puso cara de decepción.

—No.

Inuyasha miró el agua. No había nada inusual. Miró a la cara de Kagome y vio que estaba enfadada. Probablemente conmigo, pensó. Claro que lo está, estúpido.

Miró el reflejo de Kagome a través del agua. Todavía parecía disgustada por algo. Antes de que pudiera detenerse, soltó la verdad:

—Estamos cerca del pueblo. Podríamos haber llegado allí para el atardecer si no nos hubiéramos detenido.

Esperó que le gritase, pero las palabras nunca llegaron. Kagome simplemente siguió mirando fijamente los reflejos en el agua… esperando pacientemente.

—Sería mejor que fueras tú sola a hablar con Kaede.

Ella jadeó.

—¡No!

—Mira, tú…

Le agarró un mechón de su pelo plateado y atrajo su cara hacia la suya.

—¡Por favor, no me dejes!

Sus ojos mostraban desesperación. Inuyasha odió el pesado sentimiento de culpa de su pecho. Su nariz olió la sal de sus lágrimas al mismo tiempo en que sus ojos amenazaron con desbordarse. Piensa que la estoy abandonando…

—No, tú no lo entiendes, tonta. Yo no…

—¡No me dejes, por favor!

—¡Para de tirarme del pelo! ¡No te voy a dejar, niña! —Liberó su pelo de su agarre y sostuvo sus manos para que no tuviera oportunidad de agarrar algo más. ¡Esa chica tiene un buen agarre!

—Pero dijiste…

—Dije que deberías entrar sola en la aldea para ir a hablar con Kaede. Los demonios no son bienvenidos en las aldeas.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Qué?

Inuyasha se encogió de hombros.

—Los demonios no son bienvenidos, ni siquiera los medio demonios como yo. Nos echarán del pueblo, probablemente tirándonos piedras o disparando flechas. Si entro contigo, también te odiarán a ti.

La ira repentina que apareció en sus ojos hizo que Inuyasha se estremeciera. Podría jurar que la había visto envuelta en llamas. Su cerebro se hizo un lío intentando pensar en qué le podía haber dicho que la hubiera hecho enfadarse tanto con él. Nunca lo admitiría ante nadie, NUNCA, pero de repente estaba muy asustado.

—Ellos. Te. Tiraron. ¿Piedras? —le preguntó con calma. Aunque le perturbó tanta calma. Cada palabra era lenta y cuidadosa. Tenía los ojos entrecerrados y volvían a mirar fijamente al agua. Ahora estaba ligeramente nervioso. Se cruzó de brazos, de un modo inconscientemente protector.

Como no respondió, Kagome volvió su inquebrantable mirada hacia él.

—En esta aldea —preguntó despacio—, ¿te tiraron piedras?

Inuyasha se negó a encontrar su mirada mientras gruñía. No le gustaba pensar en aquellos días. No era como si las piedras le dañaran físicamente, pero la vergüenza y los sentimientos de ser odiado eran mucho más dolorosos. Las cicatrices sanan. La mayoría de las cicatrices, se corrigió.

—¿Te dispararon con flechas?

Si no fuera por su oído supersensible, Inuyasha podría no haber escuchado la pregunta hecha en voz baja. Su mano fue directamente hacia su pecho. La cicatriz aún estaba ahí, justo por encima de su corazón. Si hubiera estado cinco centímetros más abajo, habría muerto. Aun así… no podía odiar a Kikyo. Había errado intencionadamente, estaba seguro de ello.

Seguro en gran parte, en cualquier caso.

La chica de cabello oscuro no pasó por alto sus acciones y su silencio. Cuando la miró a los ojos, podría haber jurado que le estaba leyendo la mente. Parecía triste… y enfadada. Sus emociones se arremolinaban en sus ojos, era como si no pudiera quedarse con una. Era fascinante. Finalmente, se debió de haber decidido por la simpatía, las llamas parecían haber remitido a un débil brillo.

—Lo solucionaremos de otro modo —le dijo mientras empezaba a balancear sus pies en el agua, manteniendo sus dedos apartados de un pez con tendencia a mordisquearlos—. No tenemos que entrar en esa aldea.

Inuyasha resopló.

—Claro que sí, tienes que hablar con Kaede.

Kagome estiró los brazos y se echó hacia atrás.

—Bueno, yo no voy a ir sin ti, así que tendremos que solucionarlo de otra forma.

—Mira, tonta, no te pueden ver conmigo. En ninguna parte. Te dejaré con Kaede —dijo Inuyasha finalmente las palabras que había estado temiendo.

Viajar con Kagome había sido divertido. ¡Más divertido de lo que recordaba haber sentido en su vida! Le gustaba su compañía. Le gustaba discutir con ella. Le gustaba escucharla cantar y tararear mientras caminaba, rompiendo el silencio. Le gustaba observar su jadeo de placer cada vez que veía una flor silvestre particularmente bella o un manantial. Le gustaba ELLA. Y sabía que iba a extrañarla.

Sin embargo, no se esperaba el dolor en sus ojos.

—¿No quieres que te vean conmigo?

—¿QUÉ? No… no es…

—¿TE ESTÁS DESHACIENDO DE MÍ?

Inuyasha parpadeó. Uno pensaría que ya se habría acostumbrado a sus cambios de humor, pero no lo había hecho. Se apartó lentamente de ella.

—Kagome, escúchame.

Eso la calló. Él sabía que rara vez usaba su nombre. No estaba seguro de por qué, pero usarlo le daba vergüenza. Sentía como si estuviera haciendo algo que no debería.

—Kagome, tú no lo entiendes. La gente de aquí te ODIARÁ… te rechazará… si te ve conmigo. Aquí no te pueden ver en compañía de un demonio. Eso no se hace. —Inuyasha se encogió ligeramente mientras decía las mismas palabras que una vez le había dicho Kikyo.

Se sobresaltó ligeramente cuando sintió una mano cubriendo la suya.

—No me importa —le dijo—. Tú eres mi amigo. Y no me importa lo que digan los demás. Si ellos tiran piedras, nosotros simplemente se las devolveremos. Aunque lo de las flechas puede ser un problema…

Inuyasha se rio antes de poder contenerse. Valió la pena, sin embargo, cuando vio que se le iluminaba la cara. Ella soltó una risita y le salpicó con agua.

—Te conseguiré un arco y flechas —le prometió—. Entonces, podrás devolverles las flechas de un disparo.

Justo en ese momento, enfrentar a un grupo de aldeanos furiosos que lanzaba piedras y disparaba flechas sonaba muy divertido… con Kagome a su lado.