Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 12: Faldas cortas y amigas habladoras

11 de octubre

A la madre de Kagome no le había llevado mucho tiempo descubrir que la joven que dormía en la habitación del piso de arriba no era su hija. Tras interrogar exhaustivamente a Souta y amenazar con quitarle todos sus juegos electrónicos, acabó descubriendo la verdad.

Kikyo debería haberse preocupado, pero la mujer en realidad fue muy amable con el tema y se había tomado la noticia asombrosamente bien. No muchas madres se habrían tomado muy bien la noticia de que su hija había sido absorbida por un portal interdimensional y que había sido reemplazada por otra chica que podría ser su gemela.

Lo único que pidió fue que la llamara cuando volviera a verse a Kagome en el espejo.

—¡Está aquí! —llamó Kikyo cuando el rostro de Kagome empezó a aparecer en el espejo. Kikyo dejó el lápiz y apartó los libros. Su «madre» insistía en que estudiara duramente antes de que se le permitiera ir al instituto. Y mañana es el día.

Kikyo miró mientras Souta y su madre hablaban con Kagome. Se dio cuenta de que Inuyasha permanecía cerca, al lado de la chica. Incluso hizo comentarios un poco sociables ocasionalmente, especialmente al fascinado Souta.

—Deberías haber visto a tu hermana, niño —alardeó Inuyasha—. Ayer amenazó con purificar a toda la aldea hasta reducirla a polvo.

—¡Genial, Kagome! —dijo su hermano animadamente.

—¡Kagome! —la amonestó su madre.

La joven meneó las manos ante ella como si estuviera tratando ahuyentar sus palabras.

—¡Le dispararon a Inuyasha! ¡Una flecha le pasó rozando a ESTO! —Sostuvo sus dedos a dos centímetros de separación.

—Keh.

Kikyo estaba impresionada. No por la amenaza de la joven hacia toda una aldea o incluso de su proteccionismo hacia el hanyou. Tras haber vivido con su familia y haber aprendido sobre ella (admitía leer su diario), tenía una idea de cómo pensaba la chica. Lo que le sorprendía era la actitud del demonio perro. Estaba mirando con auténtico cariño a Kagome cuando pensaba que nadie podía verle. Su postura mientras estaba de pie a su lado prácticamente gritaba que ella estaba bajo su protección.

Admitía que se sentía un poco celosa. No porque sintiera que Kagome le estaba robando a un amigo o a una posible pareja, sino porque la chica tenía la libertad de dejar que su corazón decidiera. Kikyo sonrió lentamente. Ahora yo tengo esa posibilidad.

El espejo brilló y los rostros de Kagome e Inuyasha empezaron a desvanecerse. Todos se despidieron rápidamente.

—Parece tan feliz —susurró su madre dulcemente mientras caminaba hacia la puerta de la habitación. Kikyo vio que la mujer se giraba y la miraba durante un largo momento antes de cerrar la puerta. Me pregunto si se refiere a Kagome… o a mí…

La mañana llegó demasiado pronto. Kikyo se levantó y se dio una ducha. Una vez más, se maravilló de la magia de una ducha. No importaba cuántas veces se lo explicaran, ¡la magia de tu propia cascada interior que se puede controlar era absolutamente asombrosa!

Encendió su artilugio mágico favorito que había encontrado hasta el momento, el reproductor de CD. La música era increíble. Souta le había enseñado cómo hacerlo funcionar en su segundo día en esta época. Al principio, le había asustado, incluso había intentado purificarlo, luego se convirtió en su objeto más preciado. Su «hermano» también había intentado enseñarle a bailar. Aunque se sentía torpe e insegura cuando bailaba con Souta cerca, cuando estaba ella sola dejaba que la música la moviera como él le había enseñado. Sonrió.

La sonrisa se desvaneció en cuanto se puso el uniforme que le habían dicho que tendría que llevar al instituto todos los días. ¡La falda era demasiado corta!

—¡Madre! —llamó.

La Sra. Higurashi entró soñolientamente en la habitación con su taza de té caliente.

—¿Sí?

—¡Le pasa algo a este atuendo! ¡Tiene que faltarle algo! ¡No puedo llevar esto! —Se giró lentamente para que su «madre» pudiera ver lo indecente que era. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando su madre solo se rio y le acarició la cabeza.

—Llevar calcetines altos te hará sentir menos expuesta —le aconsejó mientras abría un cajón y le lanzaba a Kikyo una bola de tela blanca.

—¿Te acuerdas de los nombres de tus amigos y de tu profesor? —le preguntó Souta mientras baja adormilado las escaleras.

Kikyo agarró firmemente el álbum de fotos (otro increíble descubrimiento) contra su pecho. Estaba lleno de fotos de los amigos de Kagome y de otros compañeros estudiantes. Souta le había sugerido que lo llevara con ella para recordarle quién era quién y que le dijera a quien preguntase que estaba creando un álbum de recortes.

—Mis amigos son Eri, Yuka, Ayumi y Hojo. El Sr. Kinomoto es mi tutor. Tengo que seguir este horario para mis clases y darle a cada profesor la nota que el abuelo les hizo explicando una herida en la cabeza que puede provocar pérdida de memoria.

Souta y su madre asintieron y aplaudieron alentadoramente.

La caminata hacia el instituto fue humillante. La más pequeña ráfaga de viento mandaba sus manos hacia su falda para evitar que se le levantara. Se dio cuenta de que debería haber cogido la chaqueta que su «madre» le había ofrecido cuando salía por la puerta. Por lo menos habría proporcionado algo de protección. Ver que cada chica de su edad en el patio del colegio vestía exactamente el mismo atuendo no le hizo sentir nada mejor.

Tres caras vagamente familiares aparecieron ante ella, casi de la nada. Kikyo se preguntó brevemente si también se usaba magia en este mundo, aunque Souta había dicho que no.

—Eri. Yuka. Ayumi. Buenos días. —Casi se inclinó, pero se contuvo a tiempo. Este mundo es diferente, se recordó. Sé informal. Relájate. Sonríe.

—¡Has estado mucho tiempo sin venir al instituto! —se quejó la chica que quizás se llamaba Eri.

—¡Estábamos preocupadas por ti, Kagome! —dijo otra chica, o Yuka o Ayumi.

—¿Estás bien? —preguntó la tercera chica.

Kikyo esperó que hubiera una sonrisa en sus labios en vez de una mueca. Luego, recitó rápidamente su bien preparado discurso sobre la caída que había sufrido y que le había robado trágicamente parte de su memoria.

—Solo puedo recordar algunas cosas —intentó explicarse Kikyo mientras sus… las amigas de Kagome empezaban a cotorrear sobre todas las cosas que se había perdido. Intentar seguir las conversaciones hizo que le diese vueltas la cabeza.

De repente, un chico con el pelo marrón rojizo empezó a saludarle con un movimiento de la mano. Kikyo sonrió ligeramente y levantó una mano en respuesta. Este debe de ser Hojo.

—Me alegro de ver que has vuelto, Higurashi.

Kikyo parpadeó lentamente, confundida. Había un sentimiento inusual en su pecho, era difícil respirar. Su corazón estaba ganando velocidad. Miró a su alrededor en busca de alguna señal de peligro, pero no encontró ninguna. Cuando su corazón aceleró aún más cuando él le sonrió, se dio cuenta de que estaba sintiendo emociones auténticamente reales. Eso le hizo sonreír.

A lo mejor sonreír no es una palabra lo suficientemente descriptiva. Cuando sonrió, lo hizo ampliamente. Parecía como si estuviera llena de luz del sol. Se le escapó una risita cuando se le ocurrió que de verdad era libre para sentir. Habría ido dando saltitos hacia el edificio donde tenía clase si no fuera tan indecoroso.

Entonces, pensó en Kagome y en lo que probablemente haría. Sonrió. Luego, fue dando saltitos hacia el edificio, con sus habladoras amigas, y Hojo, siguiéndola.