Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 13: Demonios perro, kitsunes y lobos, vaya…

12 de octubre

Kagome se aplicó el bálsamo curativo que le había dado Kaede varios días atrás, antes de que empezaran su viaje. Ahora era una rutina. Levantarse. Ponerse el bálsamo. Caminar durante tropecientas horas. Ponerse el bálsamo. Irse a dormir. Repetir.

El bálsamo le refrescaba la piel. Y la cosa tampoco olía mal, era parecido a la menta. Kagome no pudo averiguar qué ingredientes tenía, pero apostaría a que cualquiera de esas tiendas de baño de su hogar pagaría un ojo de la cara por la receta. ¡Además, la cosa funcionaba como si fuera magia! Las ampollas estaban en su mayoría curadas. Podría haber dejado de usar la crema el día anterior, pero es que olía tan bien y le ponía la piel tan suave que siguió usándola.

Pudo sentir los ojos de Inuyasha sobre ella mientras se ponía los calcetines y deslizaba sus pies cuidadosamente dentro de sus zapatos. Era más que obvio que estaba comprobando sus pies para ver si estaban bien mientras trataba de no ser completamente obvio. Cada día se ofrecía a llevarla. Decía que era para que pudieran moverse más rápido, pero Kagome tenía la ligera sospecha de que se preocupaba por sus pies. A veces dejaba que el orgullo se apoderara de ella y se decidía a andar por su propia cuenta. Otras veces, se rendía a la tentación de montar en su espalda, amando lo rápido que podía correr. ¡El subidón de adrenalina era emocionante!

Al meter el bálsamo en la mochila que Kaede y ella habían montado, Kagome sonrió. Ahora casi parece mi vieja mochila. Kaede le había dirigido una mirada muy extraña cuando describió cómo quería su mochila, pero cuando estuvo terminada, la anciana señora le sonrió con aprobación por lo práctica que era.

Las mangas rojas de la camisa prestada eran demasiado largas para ella, la hacían sentir como si estuviera jugando a los disfraces, como cuando era niña. Frunció el ceño. Despertar. Ponerme el bálsamo. Caminar durante tropecientas horas. Acabar cubierta de sangre demoníaca. Darme un baño y lavar mi ropa OTRA VEZ. Ponerme el bálsamo…

—Juro que lo hace a propósito —murmuró mientras ataba su mochila.

—¿Quién hace qué a propósito?

Kagome levantó la vista y vio a Inuyasha en la rama que estaba encima de ella. Ya no le sorprendía cuando salía de la nada. Aunque su superoído ya no le sorprendía, seguía siendo muy impresionante.

—Oh… nada…

Aterrizó a su lado y la miró con furia. Ella casi sonrió con satisfacción. No había nada que él odiara más que el que le ocultara cosas.

—Escúpelo, niña.

Kagome entrecerró los ojos y le devolvió la mirada de furia.

—Mi nombre NO es niña.

—Para de cambiar de tema. ¿Quién hace qué a propósito?

Suspirando y poniendo los ojos en blanco, Kagome respondió:

—Solo decía que creo que TÚ pareces obtener algún tipo de perverso placer al tratar de AHOGARME en sangre demoníaca.

—¿Qué…?

—¿Te gusta ver cómo me pongo enferma? O… —Sonrió perversamente mientras adoptaba lo que esperaba que fuera una pose seductora. Nunca se le había dado bien coquetear, nunca antes había tenido una razón para probar sus habilidades. Pero ahora… bueno, usarlas con Inuyasha era extremaaaadamente divertido—. ¿O simplemente te gusta verme con tu camisa?

Sabía que cualquier cosa que bordeara siquiera el que él tuviera emociones, mucho menos las que tenían que ver con féminas, le hacía balbucear y salir despedido tras entrar en pánico. Y no la defraudó.

Para ser justos, rara vez intentaba de avergonzarlo intencionadamente. No mucho. Después de unas cuantas palabras balbuceadas, maldiciones y excusas pobres, Inuyasha estuvo rumbo a los árboles. Kagome no sabía a dónde iba cuando se escabullía, pero normalmente le llevaba entre una buena media hora y una hora volver, dependiendo de cuánto lo avergonzara.

A menos que llamara pidiendo ayuda. Entonces, estaba de vuelta en un instante. Se preguntó brevemente si tenía alguna especie de habilidad de teletransporte de la que no le había hablado. Un mes atrás habría pensado que había estado leyendo demasiado manga y viendo demasiadas películas de ciencia ficción, pero ahora no estaba tan segura de que el teletransporte no fuera posible. Por lo menos aquí.

—Bueno —se dijo mientras se agachaba para recoger el arco que Inuyasha había encontrado para ella antes de que dejaran la aldea—. Es hora de practicar un poco.

Kagome siempre prefería practicar disparando su arco y sus flechas cuando Inuyasha no estaba a su alrededor para tomarle el pelo sobre lo mal que se le daba. Aunque estaba mejorando. Su última flecha casi llegó al árbol al que estaba apuntando. Inuyasha parecía divertirse mucho contándole lo buena que había sido Kikyo con el arco y la flecha. No sabía si era competitividad o celos, pero algo en ella la llevaba a mejorar.

No estoy celosa, no estoy celosa, no estoy celosa. Era su mantra de prácticas de tiro.

Antes de dirigirse hacia el árbol que había elegido como objetivo, avanzó para comprobar si su ropa ya estaba seca. Aunque la parte de arriba de Inuyasha le cubría tanto como su falda, Kagome estaba definitivamente más cómoda con su propia ropa. Cuando no llevaba puesto su uniforme, empezaba a dudar de si podría volver a casa, le hacía parecer que había perdido la esperanza. Le deprimía. Luego, Inuyasha se ponía irritable. Luego, discutían. Luego, se peleaban. Después, Kagome tenía que disculparse… y DE VERDAD que odiaba disculparse por algo que no sentía que fuera culpa suya. Aunque desde que había viajado al mundo de Inuyasha, había tenido mucha práctica en ello.

Así que, en resumen, simplemente se sentía mejor, más ella misma, cuando vestía su propia ropa.

Mientras le ponía la cuerda a su arco y colocaba la primera flecha en la muesca, sintió un escalofrío recorriéndole la columna. Me están observando. Cerró los ojos. No es Inuyasha. No sabía cómo sabía que no era su amigo de orejas de perro… pero lo sabía. Se mordió el labio, sopesando si pedir o no ayuda.

—¡Socorro!

Kagome parpadeó. ¡No era su voz! Giró la cabeza en la dirección en la que había oído la voz de un niño.

—¡NOOOO! —clamó la voz con dolor.

Kagome cogió su carcaj con flechas y su arco y corrió. Saltó por encima de un árbol caído y esquivó árboles que casi parecían venir hacia ella mientras corría hacia el sonido. ¡Parece un niño!

No le llevó mucho llegar a un claro con dos demonios… tres, si se contaba al pequeño niño demonio zorro que estaba encogido y llorando detrás del estático cuerpo de un zorro de tamaño adulto.

—¡Monstruos! —gritó el niño.

El corazón de Kagome sangró por el niño. El otro zorro debía de ser un familiar, lo más probable era que fuera uno de sus padres.

—¡Fuego de zorro! —Las llamas salieron disparadas del niño y envolvieron a uno de los dos demonios. Pero simplemente se rieron.

—Otro zorro para mis pieles, hermano —dijo el calvo mientras el aire chisporroteaba a su alrededor.

—¡No! —gritó Kagome mientras su flecha salía volando. Gritó de frustración cuando se quedó corta… por varios metros. Sin embargo, desvió su atención del niño zorro, así que no fue una completa pérdida.

—¡Una mujer!

—Déjame quedármela, hermano —le exigió otra vez el demonio calvo a su hermano más guapo y de apariencia más humana.

—La mujer es mía. El niño zorro es tuyo.

Kagome corrió hacia el niño y lo cogió en brazos. Una mirada por encima de su hombro le hizo saber que era imposible que fuera a conseguirlo. Los dos demonios estaban sobre ellos. El niño zorro se agarró fuertemente a ella, sus diminutas garras se clavaron en su piel. Con un sollozo silencioso, se puso en cuclillas, escudando el cuerpo del niño con el suyo, esperando ofrecerle algo de protección. Cerró los ojos y esperó su muerte.

Pero no llegó.

En cambio, hubo un rugido ensordecedor detrás de ella, luego, el ahora familiar rocío de un líquido espeso contra su piel. Sonrió ampliamente. ¡Inuyasha! Se dio la vuelta y se quedó paralizada.

—¿Quién eres? —le preguntó al hombre que estaba de pie sobre el demonio calvo. Era alto y tenía el pelo oscuro y largo recogido en una coleta alta. Tenía los ojos más azules que había visto en su vida. Vestía pieles y algún tipo de armadura alrededor de su pecho y sus piernas. Y… ¿es eso una cola?

Él sonrió con satisfacción.

—Soy Kouga, príncipe de los demonios lobo.

—Gracias, Kouga, por salvarnos la vida.

Kagome estaba a punto de dar un paso adelante, pero el ensangrentado demonio empezó a moverse. Y vaya si estaba enfadado. El aire a su alrededor se cargó con electricidad. Golpeó a Kouga, pero el demonio lobo esquivó el golpe fácilmente. Se dio la vuelta para dirigirle una sonrisilla a Kagome antes de golpear al demonio en la mandíbula.

Como los demonios tenían su atención evidentemente en otro lugar, Kagome aprovechó la oportunidad para huir. Apretó fuertemente al zorrito contra su pecho y salió disparada hacia los árboles. ¡Podemos escondernos ahí!

Una mano la agarró por el pelo y tiró, haciéndole perder el equilibrio. El dolor era intenso, le ardía el cuero cabelludo. Era el hermano que parecía más humano.

—Mira lo que he atrapado, Manten —dijo mientras empujaba a Kagome contra él—. Es el premio por el que tanto peleaste.

—¡Dámela, Hiten! —La batalla con Kouga fue olvidada cuando el demonio calvo se apresuró hacia la estudiante—. ¡Yo la reclamé primero!

¿Me están tomando el pelo? ¿Qué pasa, tienen cinco años? Kagome mantuvo al joven demonio que estaba protegiendo lo más escondido posible. A juzgar por el agarre que ejercía sobre ella, no planeaba soltarla en un futuro próximo. Lo abrazó fuertemente de un modo tranquilizador. Inuyasha vendrá.

El borrón rojo y plateado le dijo que tenía razón. Inuyasha estaba aquí. Y estaba furioso. Justo cuando Manten agarró a Kagome, perdió la cabeza. Literalmente.

—Puaaaaaaj… —Kagome arrugó la nariz. Genial, hoy toca otro baño.

Por supuesto, el hermano que quedaba vivo juró venganza. Su error, sin embargo, fue tirar a Kagome violentamente contra un árbol. Antes de que Kagome perdiera la consciencia, oyó las maldiciones más horribles que había escuchado en su vida, y podría haber jurado que los ojos dorados de Inuyasha se habían vuelto de color rojo sangre.

Luego hubo oscuridad. Otra vez.

—¿Está ya despierta, niño? —oyó Kagome que preguntaba Inuyasha.

—Por centésima vez, Inuyasha, AÚN NO. —Podía sentir algo cálido sobre su mejilla. ¿Una mano?—. ¿Está bien? Lleva dormida mucho tiempo. —La pequeña voz parecía muy preocupada.

—Está bien. —La voz grande también parecía muy preocupada.

Kagome gimió. Sentía como si la cabeza se le fuera a partir en dos. Recordaba chocar contra el árbol, luego se preguntó si tal vez sí se había abierto la cabeza después de todo. Eso explicaría por qué todos parecían tan preocupados.

—¡Se está despertando!

Kagome abrió los ojos. Vio dos pares de ojos preocupados mirándola detenidamente. Tan pronto como pudo concentrarse, Inuyasha se incorporó, hizo un sonido hosco y miró fijamente en dirección opuesta.

—Te dije que estaba bien —dijo. Se volvió a girar hacia Kagome con una expresión que solo podría comparar con ojos de cachorro triste—. ¿Estás bien?

Kagome empezó a asentir, pero le dolía demasiado la cabeza, así que solo gruñó una afirmación. De hecho, le dolía todo el cuerpo. ¿Es posible esguinzarse todo el cuerpo? Afortunadamente, no obstante, no parecía haber nada roto. Para añadir a su lista de sensaciones horribles, también se encontraba mal del estómago, y esperaba no estar tan verde como se sentía.

Por primera vez, miró a su alrededor, medio esperando ver sangre y vísceras. Para ahora debería haber sabido que Inuyasha la habría llevado lejos. Yacía bajo un hermoso frondoso árbol… convenientemente cercano a unas aguas termales. Sí que es considerado. Aunque no se lo diría, él simplemente lo negaría y luego se pondría gruñón el resto del día. Aun así… le calentaba el corazón de igual forma.

Se preguntó brevemente qué le había pasado al demonio lobo, Kouga. Fue olvidado al momento en que sintió el cuerpo del pequeño demonio zorro acurrucado en sus brazos.

—¿Y tú quién eres? —le preguntó dulcemente mientras peinaba ligeramente la rojiza cabellera del niño con sus dedos.

—¡Soy Shippo! ¡Me salvaste la vida! —Pasó de las sonrisas a las lágrimas en un abrir y cerrar de ojos. Lo abrazó y le dejó llorar. Podría haber estado llorando por ella. Podría haber estado llorando por su padre perdido. O podría haber estado llorando por sí mismo. Kagome lo acunó dulcemente, las lágrimas bajaron por su rostro mientras trataba de absorber su dolor.

—Yo cuidaré de ti —susurró.