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No era la primera vez que lo metían en un calabozo y en realidad no esperaba a que fuese la última, pero al menos, hubiesen tenido la cortesía de encender la calefacción.

–Así que eres el "ogro", el "Shrek"–

El así llamado "Shrek" se reclinó contra el muro de piedra de la celda y observó en silencio al tipo que ordenó que lo encerraran, un niño bonito blandiendo una espada como si se tratase de un juguete y dando ordenes a diestra y siniestra sin siquiera ser el rey, aunque claro, ya contaba con la aprobación de la otra hermana, la pelirroja ruidosa que lo acusó de ser parte de un complot en contra de la reina.

Felizmente la chica se equivocaba y su hermana no era víctima de ningún plan nefasto para derrocarla, al menos no de su parte, ¿pero quién le creería a un ogro?.

No se necesitó mucho más que la acusación para que un grupo de soldados comandados por un tipo que obviamente los superaba en rango lo rodearan con espadas para conducirlo a una fría prisión, todo esto bajo la supervisión de aquel molesto hombrecillo que seguía gritando ordenes y prometiendo castigos cada vez más inverosímiles siendo que por su culpa la pobre reina terminó huyendo.

En fin, luego de ser conducido amablemente a las entrañas del palacio, fue empujado dentro de una fría celda y allí aguardó por su condena.

–A decir verdad estoy intrigado, no sé cómo te las ingeniaste para acorralar a la reina prófuga, pero planeo averiguarlo–

Shrek se decidió a tomar el camino de menor resistencia, incluso si eso involucraba no poner en su lugar a ese pomposo príncipe o lo que fuera.

–Todo esto es un malentendido–, explicó, –Solo charlábamos cuando ese enano con mala actitud abrió la boca y la atacó. No sé cuales costumbres tengan ustedes pero por lo que yo entiendo uno no ataca a la realeza así sin más, por mucho que te desagraden–

El supuesto príncipe frunció el ceño y se inclinó hacía adelante.

–¿Por qué me miras así?, ¿qué acaso tengo algo en el rostro?–, preguntó Shrek en tono burlón, –Tienes que admitir que el tipo tiene un enorme complejo de inferioridad, a poco no te dio risa verlo colgado de la fuente–

–Tienes una opinión muy inflada de ti mismo, ogro. Aquel hombre al que "pusiste en su lugar" no es otro que un importante duque de este país y el responsable de supervisar que la nueva reina fuese apta para el cargo, cuestión en lo que ella falló rotundamente–

Shreck todavía sentado colocó las palmas sobre sus rodillas y se inclinó levemente hacía adelante, reconocía lo que el chico intentaba hacer con su interrogatorio, como trataba de ponerse a si mismo en una posición de poder incluso estando separados por los sólidos barrotes de aquella prisión.

Sería claro sin esperar mucho, pues mal que mal, era un prisionero por el momento.

–Mira, a mi me valen sus conflictos internos. Lo que busco es un lugar donde vivir, no me importa donde siempre y cuando no tenga que ver a nadie más así que si pudiesen liberarme me encantaría seguir mi camino–

Hans apenas lograba ocultar su disgusto por la grotesca criatura que había llegado a alterar sus planes y por la imprudente reina cuya falta de decoro era simplemente inaguantable, por suerte, Anna parecía no compartir las fallas de su hermana y mostrar un sano temor y repulsión por las criaturas como Shrek.

El hecho de que voluntariamente le permitiese encargarse de todo en su ausencia solo la hacía más atractiva para sus propósitos.

Y hablando de hacerse cargo… Tal vez podría aprovechar la presencia del ogro, solo si este se mostraba competente.

–En ese caso será un honor cumplir tus deseos. Permanecerás en este calabozo hasta que decida qué hacer contigo, ogro, así que por tu bien no me des problemas y disfruta de nuestra hospitalidad–, anunció Hans antes de dar media vuelta e irse.

Shrek esperó por un buen rato a ver si alguien más venía a verlo para preguntar sobre la reina, pero al no ver llegar a nadie, supuso que no lo consideraban tan importante como para molestarse.

–Supongo que no les encantó mi personalidad–, murmuró para si mismo pensando en el enano y el niño pomposo.

Se puso de pie e hizo tronar los nudillos.

–Hora de salir de aquí–

Los barrotes que daban hacía afuera estaban congelados al igual que los de la puerta, y sin otra fuente de abrigo que las antorchas alineadas en el corredor exterior no venía muchas opciones, aún así, no pensaba quedarse en ese miserable calabozo toda la noche por lo que no vio inconveniente con arrancar un trozo de tela de la apestosa manta en su celda para protegerse con ella las manos.

–Ok, hay que agarrarse fuerte y tirar. No podría ser más sencillo–

Apoyó ambos pies contra el muro de piedra y sujetó las barras que daban al exterior, luego, flexionando las piernas comenzó a aplicar presión.

Poco a poco, la piedra y el mortero cedieron, las barras se doblaron un tanto hasta que al fin, un trozo de muralla se desprendió y Shrek pudo abrir un boquete.

Lamentablemente la abertura era pequeña, jamás saldría por allí.

–¡Alto!–

Un par de guardias escuchó la conmoción y al ver lo que el ogro había hecho se decidieron a abrir la celda para escarmentarlo.

Shrek alzó una ceja, sonrió y antes de que los hombres pudiesen ponerle un dedo encima los dejó fuera de combate. Las espadas debían de ser de buena calidad, pero el trozo de hierro que era aquel barrote era mucho más pesado que el fino acero de las armas reales que acabaron arruinadas en el corto intercambio.

Los noqueó rápido y salió corriendo, ya no tenía nada que hacer en ese lugar.

Luego se atravesar el largo corredor, el primer puesto que daba a los calabozos y la entrada secreta a los mismos se halló a si mismo en un patio nevado en el que se hallaba la entrada secreta a esa sección del palacio. Desde allí, se dirigió envuelto en las sombras al pueblo cargando consigo una antorcha apagada cortesía de sus captores.

En la oscura noche de Arandelle, un ogro vistiendo la capa de un guardia trató de pasar desapercibido sin mucho éxito, pues no consiguió siquiera llegar más allá de la plaza cuando el príncipe pomposo se le volvió a aparecer.

–Impresionante–, lo felicitó Hans aplaudiendo, –Simplemente impresionante Shrek. En menos de un día sacudiste a la monarquía de toda una nación y te las arreglaste para huir de prisión sin un rasguño humillando a la guardia real–

Desenvainando la espada Hans se acercó al ogro, manteniendo siempre la distancia y con ambos ojos fijos en su posible rival.

–Eres un busca problemas, ¿he?, pues en ese caso quizás no sea la mejor idea mantenerte en un calabozo–

Shrek sonrió de oreja a oreja sin poder creer lo que escuchaba.

–¿A poco me dejarás ir?–

Había algo en ese chico que no le gustó para nada al ogro, un brillo peligroso en sus ojos que parecía contener una malsana cantidad de ambición, de la clase que siempre daba problemas.

Incluso cuando Hans regresó la espada a su vaina Shrek se mantuvo en guardia, pues si el príncipe lo había hallado sin problemas lo más probable es que tuviese apoyo en los alrededores.

–Eso puede arreglarse–

Hans tenía un plan, algo imperfecto debido a la interferencia del ogro, carente de detalles, pero un plan al fin y al cabo al que se ceñiría para escapar de la vergonzosa circunstancia de ser un príncipe sin reino al que volver.

Shrek tendría que acomodarse a sus deseos y si fracasaba pues bien, de todos modos lo convertiría en un ejemplo y les enseñaría a los habitantes de Arendelle que estaba dispuesto a protegerlos de los monstruos.

Conforme el viento aumentaba en velocidad y la maldición del invierno eterno se volvía más cruenta, la funesta resolución del príncipe se volvió perfecta. Su prodigiosa mente vio las oportunidades que se abrían ante sus ojos.

Supo entonces que un ogro resultaría perfecto para sus propósitos.

–Traeme de regreso a la reina y también a la princesa Anna, traelas a salvo, sin corromper y a cambio cumpliré tu petición. Se te permitirá vivir en los bordes del reino en donde no importunarás a nadie, serás perdonado de cualquier delito que hayas cometido antes y en cualquier otro reino y serás también recompensado generosamente–

Una mentira para nada blanca que esperaba el ogro se creyese. Shrek no necesitaba saber que el último heredero de aquella prestigiosa familia tenía un ínfimo poder en el reino de Arendelle y que el único motivo por el cual era escuchado y obedecido se debía a la confianza de la princesa Anna a quien necesitaría para consolidar su nueva posición. El mantenerla pura era la condición clave y en cuanto a Elsa, pues no le importaría que el ogro le enseñase algo de humildad…

–Tienes un trato niño bonito–, concedió Shrek, –Tendrás a tu princesa y también a la reina, sin corromper y completamente ilesas, igual, no es como si no tuviese experiencia en esa clase de búsquedas, rescatando princesas y todas esas cosas de los cuentos–

Hans sonrió altivo, pasó junto a Shrek y se dirigió a palacio. Fue entonces que cometió el error que le quitaría la poca y nada confianza que el ogro estaba depositando en su persona.

Asumió erróneamente que por aquello de "experiencia" y por desconocer el trasfondo de la llegada de Shrek a Arendelle que el ogro se trataba de un criminal común, el clásico monstruo de cuento de hadas que se dedicaba a atormentar a las personas, ¿y qué podría ser más estimulante para esa clase de criatura que un par de vírgenes de sangre real?, de seguro le costaría trabajo contenerse y si bien esperaba no se propasase demasiado, no tenía duda alguna de que el viaje de regreso para esas dos sería de todo menos aburrido.

Hans esperaba de corazón que el ogro no dejase muchas marcas tanto en el físico así como en la psiquis de esas dos, después de todo, de nada le servía una futura reina que se rehusase a otorgarle descendencia, pero si a cambio escarmentaba lo suficiente a Anna de sus infantiles nociones románticas y de paso, lograba que el príncipe se viese bien en cuanto ejecutase al responsable, pues bien, mejor para él.

En cuanto a Elsa sería un adecuado castigo por rechazarlo y luego oponerse a su compromiso con Anna, el ogro le demostraría su lugar, la haría reconocer su propia insignificancia.

–Para ti soy el príncipe Hans Westergaard, el 13vo heredero a la corona de las Islas del Sur–, aclaró, –Cumple con lo prometido ogro, cumple con tu deber y quizás tu recompensa incluya a la responsable de tu encarcelamiento–

–¿Qué quieres decir con eso?–, cuestionó Shrek un tanto más serio de lo que quería demostrar.

Hans ignoró la aparente indignación del ogro imaginando que ya no necesitaba pretender frente a aquel desagradable monstruo, a final de cuentas, tanto Shrek como Elsa serían ejecutados en cuanto Anna estuviese de regreso en Arendelle.

–La reina que no será reina por mucho tiempo. Tengo planes Shrek, grandes planes para este reino y con Anna a mi lado podrán cumplirse, pero Elsa es peligrosa, fue ella quien nos condenó a la maldición del eterno invierno con su magia demoníaca, privándonos de la tan necesitada primavera y condenando a cada hombre, mujer y niño de esta nación a una muerte miserable–

Excusas, muchas excusas disfrazadas de buenas intenciones, eso era lo que Shrek escuchaba. La reina, cuando la conoció, no parecía ser más que una pobre chica asustada frente a un futuro lleno de responsabilidades para las que no sabía si estaba lista.

Tal vez se debió a esa misma falta de madurez que lo trató bien, o simplemente Elsa era una persona decente. Independiente de ello e incluso sin querer involucrarse no deseaba dejarla por su cuenta y mucho menos a merced de alguien como Hans.

El príncipe, obviando el silencio del ogro, siguió justificando sus planes.

–En lo que a mi respecta, eso la hace enemiga de su propia gente y por ello será ejecutada, sin embargo, digamos que por ser una figura importante podría arreglarse otro castigo, el destierro por ejemplo, para que Anna no tenga que sufrir por culpa de su hermana–

Shrek consideró seriamente aplastarle el cráneo al príncipe, y sin embargo, se contuvo.

Todavía no sabía si tenía gente a su alrededor y cualquier movimiento en falso significaría el fin no solo para él, sino también para esas dos.

Esa preocupación que sentía por la reina… Esos sentimientos tendrían que desaparecer.

–Digamos que nadie objetaría que alguien que estuvo involucrado en su captura y que ha probado ser un fiel y justo amigo de Arendelle lleve a cabo tal destierro, que se la lleve encadenada a un lugar muy, muy lejano–

Shrek le dio la espalda con tal de no verlo, ¡el príncipe Hans era peor de lo que imaginaba!, era un completo monstruo.

Lo mejor sería irse y encontrar la manera de mantener a la reina y su hermana a salvo, ninguna de las dos se merecía caer presas de ese tipo y mucho menos ser parte de sus planes. Incluso si no era su problema ya lo habían involucrado.

–No confío en ti niño bonito, pero descuida, soy un ogro de palabra y tendrás lo que quieres–, dijo Shrek al marcharse, –Tomaré algunas cosas, una carreta para empezar y algún animal que pueda tirar de ella sin congelarse de temor frente a mi, quizás un burro si tengo suerte–

El príncipe se sintió complacido, incluso si debió de improvisar en la marcha todavía tenía la ventaja. Elsa y Anna servirían su propósito al igual que Shrek. Esos tres se convertirían en los cimientos sobre los cuales erigiría su gobierno sobre Arendelle para así salir de la sombra de su familia y demostrarle a todos los que lo menospreciaron allá en las Islas del Sur que era digno de su apellido y más que capaz de crear un legado más glorioso y duradero que el de sus hermanos.

–Así lo espero Shrek, así lo espero… –

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Su misión de rescate no había empezado de la mejor manera con todo eso de perder a su corcel, quedar abandonada en la nieve, sola, con frío e indefensa y sin una idea de cómo proceder, pero Anna creía al fin estar bien encaminada.

La posada de invierno, esa pequeña y adorable guarida contra los elementos contenía la que al parecer, sería la mejor herramienta para salvar a Elsa y llevarla de regreso a casa.

Un montañés que conocía la zona.

En fin, Kristoff parecía ser un hombre capaz. Conocía el terreno, tenía su propio transporte, un alce bastante simpático llamado Sven que llevaba propia carreta, y además de eso sabía todo lo que debía saberse sobre supervivencia en la nieve.

¡Incluso se las arregló para evitar a los lobos que los estaban cazando!, ¿qué podía ser más impresionante que eso?.

En fin, Anna creía que finalmente podría ayudar a su hermana de manera significativa lo que era un alivio en más de un sentido, porque además de regresarla a su hogar le demostraría a Elsa lo madura que era y que se equivocaba al dudar de su príncipe. Confiarle el reino a Hans no había sido una decisión que se tomase a la ligera, y él había sido tan amable y considerado a la hora de ofrecerse que todavía le costaba trabajo el aceptar que Elsa viese con tan malos ojos al atento joven del que Anna se enamoró.

Simplemente no era justo que su hermana se interpusiese entre el amor verdadero y ella, pero ya habría tiempo de solucionar eso, en cuanto le probase a Elsa que Hans era bueno y que solo quería ayudar, al igual que Kristoff la estaba ayudando.

Y hablando de Kristoff, estaba muy callado…

–Los perdimos, realmente eres bueno–, lo felicitó Anna antes de darse cuenta de que su guía permanecía tenso, con las manos firmes en las riendas de Sven y observando detenidamente todo lo que el farol podía iluminar.

Todavía no estaban libres del peligro.

–¿Qué pasó ahora?–, preguntó la princesa, –¿Son los lobos nuevamente?, ¿ahora van a seguirnos sin aullar porque saben que así pueden atraparnos cuando menos los esperemos?, porque espero que no sea eso lo que te tiene tan asustado–

El aliento cálido de Kristoff se perdió en medio de otra cruenta corriente de gélido viento, incluso en medio de los árboles, bajo el cobijo de las copas nevadas, la ventisca reinaba suprema. El invierno sobrenatural que había caído sobre el reino estaba probando ser más terrible de lo que cualquiera pudiese imaginar, y hablando de imaginación, a su mente volvieron los lobos, hambrientos y desesperados, prosiguiendo su cacería sin importarles el frío, todo por la promesa de alimento que un reno adulto y macizo podía ofrecer. Anna y él en cambio serían un buen aperitivo, a esas criaturas no les gustaba desperdiciar comida incluso si el alimento provenía de una princesa delgada y un pobre cosechador de hielo.

Definitivamente los lobos no sacrificarían tanta energía para luego irse con las fauces vacías.

Por eso estaba tan preocupado de no escuchar sus aullidos ni sentir sus pisadas, porque algo realmente aterrador debía de existir con tal de espantar a esas criaturas.

–Me estás asustando, ¿vas a decirme lo que pasó?–

Kristoff quería confiar en Anna lo suficiente como para revelar lo que presentía, decirle que algo asustó a los lobos y que por eso no los seguían, pero francamente, no se sentía capaz de hacerlo, de confesar que había algo allá afuera que desconocía y que lo aterraba del mismo modo que hizo con las otras bestias del bosque.

Una criatura que casi, casi sonaba como un humano, pero que de ningún modo lo era.

Anna no necesitaba saber que algo más lo estaba siguiendo, no de noche, y definitivamente no mientras la única persona que podría brindarles ayuda siguiese escondida en las montaña. Kristoff esperaba por el bien de los dos que la reina fuese tan poderosa como imaginaba y que su magia les diese la ventaja en contra del monstruo que les pisaba los talones, de otro modo, tendría que dar media vuelta y rogar que Sven los pudiese llevar con los trolls de piedra y que ellos supiesen cómo enfrentar a ese nuevo enemigo.

–¿No vas a decir nada?–

–Esta bien–, mintió, –Vamos con buen tiempo, quizás fue la magia de tu hermana, de seguro que estamos cerca y fue eso lo que repelió a los lobos–

Anna sonrió sin estar convencida, no necesitaba ver el rostro de Kristoff para descubrir el engaño, no cuando ella también escuchó algo extraño que provenía del bosque y que por mucho que quisiera negar le produjo temor.

No quería imaginar lo que le sucedería a Elsa si el monstruo la alcanzaba primero, no después de que ese ogro horrendo la obligase a escapar de palacio contribuyendo al temor que produjo el accidente de Elsa.

Tenía que encontrar a su hermana…

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Elsa contempló su reino desde las alturas de su palacio de hielo, aunque más que reino, eran montañas y bosques poblados de pequeñas criaturitas que jamás la molestarían y nunca estarían en peligro, porque ella ya no saldría de ese lugar.

La idea de la soledad no le molestaba en realidad, finalmente podría usar sus poderes, su magia, sin el temor de lastimar a nadie.

Anna de seguro entendería, con certeza, terminaría casándose con el presuntuoso príncipe y entre los dos gobernarían a Arendelle mejor de lo que ella nunca jamás pudiese hacer, pues incluso con todo su entrenamiento, todas sus horas de estudio escuchando atentamente a cada maestro y leyendo cada tomo disponible, no había durado siquiera un día en el cargo antes de poner a la realiza en su contra y poner en peligro a su hermana.

Como reina de Arendelle no servía, pero quizás, en su palacio de hielo, todo sería distinto.

Tan solo horas antes había danzado y cantado mientras erigía los helados muros de su fortaleza y se confeccionaba un precioso vestido, todo estaba bien, todo estaba en calma, su corazón estaba en paz, y ahora…

Ahora se daba cuenta de que seguía usando los guantes del extraño que se quedó atrás para proteger su huida, el amable gigante que sin conocerla la había salvado y de quien se había olvidado por completo.

–Me pregunto… ¿Qué le habrá pasado a ese hombre?, ojala no se haya metido en problemas por ayudarme–, murmuró apenada, –Soy una desconsiderada, es obvio que van a sospechar de él–

–¿De quién estas hablando?–

Elsa dio un pequeño salto al escuchar al muñeco de nieve animado.

–Olaf, ¿me escuchaste charlar conmigo misma?–, preguntó avergonzada.

Olaf, por su parte, no veía nada de malo en que Elsa expusiese de manera abierta lo que sentía, para él, esas emociones que importunaban a muchos humanos eran simplemente imperceptibles, no porque no pudiese empatizar con ellos, sino por el simple hecho de que era inmune al ridículo por ser una criatura inocente.

Que Elsa platicase consigo misma no era raro, que se preocupase de los demás tampoco, así que no le veía sentido a que su más querida amiga se reservase sus emociones y mucho menos que se sintiese avergonzada.

–Parecías preocupada, ¿de qué se trata?, ojala no sea nada malo–

Elsa consideró hablar sobre aquel hombre pero temió que Olaf no entendiese, después de todo, ¿cómo explicar las tensiones internas de una nación a un inocente muñeco de nieve?. Tan solo lo confundiría, lo preocuparía por algo por lo que nada podía hacer, a diferencia de Elsa, que si bajaba quizás podría intervenir en favor del señor verde y de paso hablar con su hermana y hasta prevenirla sobre el príncipe, pues algo había en ese joven que no le gustaba…

–Es por Anna, la dejé allá en casa por si sola–, se sinceró Elsa, –Tuvimos una discusión por culpa de un hombre, un príncipe que vino a cortejarla y con el que ella planeaba casarse, pero apenas se conocen y les di a entender que no aprobaría esa unión. Anna se molestó y discutimos y tuve que salir de palacio–

–¿Quieres ir por ella?–

Elsa iba a decir que sí, que sin duda quería ver a Anna pero…

¿Realmente quería hacerlo?, allí arriba era libre, realmente libre. Podía hacer lo que quisiera y nadie pensaría mal de ella mientras que en su reino sería considerada una bruja y volvería a vivir, en el mejor de los casos, confinada a un palacio casi vacío, sin poder hacer ni decir ni pensar fuera de lugar.

Anna no tenía ni la menor idea de lo difícil que era ser responsable del destino de una nación, especialmente cuando tan pocas personas parecían querer confiar en ella.

–No creo que esa sea una buena idea, mis poderes la lastiman–, se excusó, –Además de que no nos separamos en buenos términos y no creo que quiera verme–

Olaf se sintió confundido, ¿por qué no querría verse la reina con su hermana?, ¡si ambas eran mejores amigas desde siempre!.

–¿Acaso le tienes miedo a tus poderes?–, cuestionó el muñeco de nieve verdaderamente intrigado, –Pero Elsa, ¡tus poderes son fantásticos!, me trajiste a la vida a mi, y vivir es asombroso. Yo no creo que haya nada de malo con tus poderes–

–¿Por qué no habría de temerles?, hace años Anna casi muere por mi culpa y hace poco volví a ponerla en peligro, además de que temo que por mi culpa algo terrible le suceda a alguien inocente–

Olaf contempló a Elsa lamentando lo que los años le habían hecho a la niña que lo creó. Al inicio, era resplandeciente y su magia resultaba ser increíblemente prometedora, de hecho, estaba convencido de que no existía nadie más poderoso que Elsa en todo el reino e incluso mucho más allá del mar, y luego… Luego pasó algo con Anna, algo que Olaf desconocía y que lastimó profundamente a ambas hermanas.

–La verdad, es que ya no quiero regresar allá abajo Olaf–, confesó Elsa, –Aquí soy libre de ser yo misma, y si regreso, todo volverá a ser como antes y no quiero eso, por egoísta que pueda parecer–

–¿Ni siquiera por tu hermana y ese hombre del que hablabas?–

Elsa desvió la mirada y dejó al muñeco de nieve por su cuenta.

Olaf, sin saber qué hacer, se decidió a salir del palacio. Tendría que pensar en algo para animar a Elsa, algún nuevo juego o algo por el estilo, aunque eso sería difícil sin tener más compañeros, a final de cuentas, solo habían tres habitantes en el palacio.

Afortunadamente, el sonido de una carreta atravesando la nieve lo alcanzó, y venía acompañado de otro sonido, ¿podrían ser acaso nuevos amigos para Elsa?, no podía esperar para conocerlos.

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Quizás debería aclarar este punto antes de seguir, la verdad, es que nunca vi Frozen y todo lo que sé de esa peli es de la wiki, clips de clips de internet y una versión ultra sucinta que vi en youtube, en cambio, veo Shrek al menos una vez cada fin de semana para recordarme a mi mismo la importancia de proteger mi pantano y el verdadero amor.

También tengo una bandera colgante con la imagen de Shrek y Jesús, mis dos inspiraciones. Algún día subiré la foto para que la vean