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La tormenta de hielo y nieve azotó inmisericorde las colinas azules, cubriendo a todo aquel que se atreviese a enfrentarla.

En medio de la noche, hileras de dientes afilados salivaban al contemplar con ojos amarillos como un robusto animal se abría paso en medio de la desolada ruta rumbo a la cima de la montaña, al lugar del que provenía la tempestad que arrastraría a todo lo que se topase con ella a una muerte helada.

Con aquel prospecto asediando sus sueños, los lobos estaban más que dispuestos a hacer lo que fuese necesario para sobrevivir, incluso si eso a veces significaba renegar del hambre y dejar pasar una abundante fuente de alimento.

¿Qué podría convencer a esos depredadores de dejar ir a una indefensa mula?, pues, la respuesta era sencilla.

Un depredador superior se había presentado ante sus ojos.

Encorvado y cubierto por una gruesa capa, aquella criatura que asustó a los lobos guió al animal de carga por las colinas haciéndose paso en medio de los árboles, siguiendo el rastro casi imperceptible de un alce y un juego de ruedas que indicaban que su objetivo se hallaba cerca.

No fue sino hasta que amaneció que el extraño jinete pudo notar a la lejanía el resplandor ámbar de una linterna, junto junto con la animada conversación de la princesa a la que debía cazar.

Deteniendo su marcha, esperó a la distancia a que lo guiaran a su destino final, el lugar donde la reina se escondía y donde de seguro todo se resolvería.

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Anna sacudió la nieve de sus vestimentas luego de descender del carruaje, contenta de que su arriesgada empresa fuese tan exitosa. Sobrevivir la noche afuera, sola y en contra de toda adversidad ciertamente le había demostrado que si se lo proponía, podía hacer cualquier cosa.

Obviamente Kristoff y Sven habían ayudado, pero de no ser por ella nunca hubiesen tenido el impulso de ir a buscar a Elsa, incluso si esa misión no les correspondía y en fin, ¡que bueno era que al fin hubiesen llegado!.

Su hermana estaba cerca, ¡podía sentirlo!, y no solo por el frío, sino también por la magia que había en el aire.

Debía de haber mucha de esa magia porque un pequeño muñeco de nieve parlante la estaba guiando al palacio de Elsa, un palacio que convenientemente estaba hecho de hielo.

–Wow, de verdad que es mucho hielo–

El lugar era muy elegante por cierto, su hermana tenía buen ojo para el diseño.

Iba con buen ánimo, sin prisa porque en cuanto encontrase a Elsa podrían charlar y entonces todo se solucionaría. Volverían a casa, Elsa los libraría de su maldición y Anna le demostraría a su hermana que Hans era una buena persona al ver el maravilloso trabajo que había hecho cuidando de todo mundo. Entonces tendría que bendecir su unión, ¿no?, porque le probaría que tenía razón y que no era una niña ingenua que se creía todo lo de los cuentos, incluso cuando la realidad acababa funcionando como uno.

Y dado que los cuentos habían estado acertados antes, Anna creyó fundamental no bajar la guardia, porque allá afuera acechaba un monstruo desconocido.

–Mantente alerta Kristoff, alguien nos sigue–

–Así es, fue lo que te dije hace media hora, que alguien nos sigue–, replicó Kristoff sacudiendo la cabeza, –Anna, sabiendo eso, ¿no crees que sería mejor apresurarnos y entrar al castillo?–

Anna pues… Estaba en su propio mundo. Era la primera vez que se hallaba lejos de palacio, de los guardias, institutrices y nobles que a diario regulaban y vigilaban su conducta. Su recién adquirida libertad le había sentado de maravilla, solo que todavía no aprendía los finos detalles de la interacción social con aquellos bajo su posición.

En otras palabras, era una torpe sin remedio.

–Debemos estar listos para todo–

Kristoff se sacudió de hombros, la cogió de un brazo y la guió a las escaleras de cristal con el muñeco de nieve pisándole los talones.

–Ojos siempre abiertos, siempre vigilantes–, murmuraba la pelirroja, –Nada se escapa de mi vista, nada evita mi mirada–

Anna tenía un buen corazón y buena disposición, además de contar con la ayuda de alguien que conocía esas montañas y el bosque aledaño, solo que ninguno de los dos esperaba, y por buenos motivos, que su muy noble misión fuese intervenida por personas con propósitos mucho más egoístas. Anna podía navegarse sin problemas en la vida diaria de una princesa, mas, cuando se trataba del funcionamiento interno de palacio, de la labor de los nobles, se veía superada,

Elsa era quien lidiaba con sus demandas y sus quejas, a Elsa le temían y guardaban respeto y por consiguiente a Anna ofrecían la misma consideración.

Pero Elsa ya no estaba como contrapeso, no era más un elemento que amedrentase a los nobles a cumplir con su labor, y si bien Arendelle era un lugar afortunado de contar con una realeza mucho menos terrible que la de sus vecinos, quedaba el detalle de que habían sido justamente infiltrados por un elemento disruptor, alguien sin las mismas lealtades que los otros nobles, sin el amor que existió para con los desaparecidos reyes y para con sus hijas, la reina Elsa y la princesa Anna.

Sin ese amor y sin esa lealtad, pues no había mucho que impidiese a alguien en la posición adecuada demandar compromisos y ofrecer soluciones, minando la credibilidad de una reina que había probado ser demasiado volátil para velar por el bien de sus súbditos, y una princesa que estaba pobremente equipada para reemplazar a su hermana y requeriría de alguien mucho más experimentado para guiarla.

Tal cosa era natural en todo gobierno.

–Vaya, la princesa de verdad se las arregló para llegar con vida a la cima–, murmuró alguien desde atrás de la fila de hombres que había ido hasta la montaña, tensando la cuerda de su ballesta y asegurando el gatillo. La saeta con su punta de hierro tenía la potencia para atravesar sin dificultades el corazón de un oso, ¿y que era una delicada mujer en comparación a esa bestia?.

Aquel monstruo, esa bruja, no tenía otra cosa que su magia. No era rival para la voluntad de los hombres.

–Preparen sus armas–, dijo otro, –Puede que nos este esperando, con las brujas nunca se sabe…–

Los otros asintieron, todos y cada uno de ellos serio y apesadumbrado, preparando sus propias armas.

La partida de captura y rescate conformada por los mismos ciudadanos de Arendelle, unos cuantos soldados y dirigida por el príncipe de tierras extranjeras había viajado desde el alba a solucionar el desastre que la recién coronada soberana había creado. Luego de repartir mantas a la población y dar instrucciones para su protección, alimento y abrigo, Hans se había convertido en el único hombre capaz de liderar los esfuerzos para salvar al reino. Con gran carisma y arrojo, se montó en un corcel y subió a la montaña seguido de sus hombres y a una distancia razonable de la princesa Anna, a quien ya había dado a conocer frente a quienes lo seguían que había cautivado su corazón con su belleza e inocencia, y que planeaba, incluso en contra de la voluntad de Elsa, contraer nupcias con ella y convertirse en un príncipe apropiado para Arendelle.

Los hombres lo alabaron por ello, por desear salvar a un montón de personas de las que no era responsable, por cuidar del pueblo, ofrecer su ayuda y sacrificar su bienestar, por liderar desde el frente, valiente y noble sin hacer diferencias odiosas, sin recordar a nadie que su sangre lo ponía por sobre sus pares.

Hans estaba haciendo aquello para lo que había nacido, ganando corazones y mentes, reemplazando para aquellos pobres hombres a una gobernante distante e incapaz que los tenía condenados a un cruento invierno.

Dentro de poco, les ofrecería mucho más que su guía, les daría un apropiado gobierno, en cuanto la reina y Anna cumpliesen con sus roles.

–Todos alertas muchachos, nos enfrentamos a alguien especialmente peligroso–, aconsejó a los hombres, –No se descuiden, una palabra y acabaran convertidos en témpanos de hielo. Iremos en paz y con algo de suerte lograremos que la reina levante la maldición–

La partida entera le siguió, incluyendo al hombre de la ballesta y su par que disimularon con inusitada habilidad su desconfianza por el príncipe.

Sabían sobre el ogro, sabían que no estaba en su celda y que Hans había tenido parte en eso, solo desconocían el motivo.

–Con cuidado–, escucharon decir a alguien adelante, –Ve bien por donde caminas–

Un tropiezo por culpa del terreno, accidentes como esos no eran nada raros, mucho menos en una montaña, o al menos, así sería en cualquier otro caso.

Al pasar por allí vieron la arruinada huella en la que otro de los miembros de la partida encontró por mera casualidad, un arruinado agujero en la nieve que no hubiesen notado de otro modo

–Alguien se nos adelantó–

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Al inicio, ayudar a la princesa a encontrar a su hermana había sido más que nada un acto de bondad, pues en realidad, Kristoff no podía considerarse a si mismo como alguien egoísta, incluso si sus interacciones con otras personas eran limitadas debido a las circunstancias de su crianza, eso no lo convertía en un completo antisocial. Simplemente prefería la soledad de las montañas en donde acostumbraba a estar.

Al principio había sido algo noble que hacer, Anna no era insoportable, necesitaba ayuda y sabía que si la dejaba por su cuenta no duraría mucho, más tomando en cuenta que allá afuera había una tormenta terrible.

Además, tenía su encanto, ahora que la conocía mejor.

–¿Siempre alerta y vigilante?–, le preguntó a unos pasos de distancia.

La princesa dio media vuelta y le ofreció una mirada cargada de desagrado, ¿qué acaso Kristoff no se daba cuenta del peligro en el que estaban?, para empezar, allí afuera había un monstruo de hielo protegiendo la entrada del castillo el cual rugió apenas los vio, y luego se hizo a un lado al ver que alguien más venía, lo que significaba para esa criatura que obviamente ellos y el tipo que los espiaba rabajaban en conjunto.

–Ya cállense–, demandó enfadada, –¿Y por qué se burlan?, ¡yo tenía razón!–

Tal monstruo de hielo ignoró por completo a la quejumbrosa princesa, pues simplemente hizo su trabajo cuando le impidió el paso al verla a ella y al otro humano.

Ahora, sobre su tercer acompañante tuvo que hacer una excepción.

La reina había hablado de alguien en especifico, alguien que no lucía del todo como un humano, como la reina Elsa ni como su hermana, alguien verde, grande y para nada convencional.

Imaginó que de encontrar a esa persona debería de llevarla ante la reina, que era precisamente lo que haría.

–Nunca había visto a nadie saltar tan alto–

Anna hizo un puchero y se cruzó de brazos, –Les dije que se callaran–, insistió, –¿Qué no se dan cuenta de que hablan de una princesa?, deberían mostrar un tanto más de respeto–

El ogro con el que se toparon apenas al subir las escaleras sonrió de oreja a oreja, dándole un leve codazo al montañés que a su lado luchaba por contener la risa.

–¿Sabes Kristoff?, he asustado a muchas personas pero nadie, nunca, reaccionó tan mal–

Inaceptable, ¡simplemente inaceptable!, Anna no pensaba soportar más de parte de ese par de payasos.

–¿Por qué los dos se llevan tan bien?, Kristoff, ¡él también te asustó!–

–Sí, pero al menos yo solo salté hacia atrás y saqué mi hacha–, se defendió Kristoff, –Lo siento Anna, pero lo tuyo fue gracioso. Por favor no te enfades, ya vamos a parar–

–No te sientas mal princesa, que este vergonzoso incidente tuyo quede entre nosotros–, sugirió Shrek.

La princesa no quería fiarse de la bondad de un ogro, pero si eso le conseguía desaparecer su embarazoso comportamiento al darse cuenta de que habían sido seguidos entonces lo aceptaría.

–¿Lo dices en serio?, ¿no le contarás a nadie?–

Shrek alzó una mano y cerró ambos ojos de forma solemne.

–Palabra de ogro, nadie sabrá que al verme saltaste escaleras abajo directo a la nieve y que se te vio hasta la consciencia, y ahora, a ver a tu hermana–

Sin saber si sentirse aliviada o no, Anna prosiguió delante de esos dos, subiendo otras escaleras hasta llegar a una habitación hecha de cristal, como todo el castillo.

Allí se hallaba su hermana.

–Anna… ¿Pero cómo es posible?–, preguntó Elsa sorprendida, –¿De verdad escalaste para verme?, pensé… Creí que todavía estabas molesta conmigo–

Anna se sonrojó un poco y se sacudió de hombros.

–Claro que vendría a buscarte–, contestó la pelirroja, –Y sobre cómo llegué hasta aquí, pues digamos que tuve ayuda–, y con eso se hizo a un lado para que su hermana pudiese ver a Kristoff.

Los ojos de la reina se abrieron de par en par y su corazón dio un pequeño salto.

Contra toda probabilidad, su deseo se había vuelto realidad. Aquel hombre estaba a salvo y no solo eso, sino que nuevamente había intervenido en su favor protegiendo a Anna.

Avanzando hasta el ogro, Elsa hizo una pequeña referencia que Shrek trató de imitar.

–Por supuesto, no solo me protegiste sino que también cuidaste de mi hermana, ¿podrías decirme tu nombre?–

Kristoff y Anna se vieron el uno al otro preguntándose qué diablos pasaba, mientras que la atención del ogro estaba por completa dirigida a la joven reina.

–Shrek, su majestad–

¿Shrek?, un nombre peculiar, pensó Elsa, aunque no por eso menos apropiado.

De algún modo le quedaba, es más, no podía imaginarlo con otro nombre.

–Shrek, estoy muy agradecida contigo. Ni siquiera me conoces bien y a pesar de eso me has tratado con más amabilidad de la que muchos jamás me hayan demostrado y ahora, me traes a mi hermana por quien estaba tan preocupada–

El ogro se sonrojó un poco antes de recordar que no era él exactamente quien ayudó a Anna, aunque sí mantuvo a los lobos a raya.

Gran parte del crédito pertenecía a Kristoff, que se había hecho convenientemente a un lado.

–Pues en realidad…–, quiso decir Shrek antes de ser interrumpido.

–Elsa, ¿qué sucede aquí?, ¿cómo es que conoces a esta cosa?–, preguntó Anna molesta.

La reina se sonrojó al darse cuenta de lo cerca que estaba de Shrek, ¿cómo había llegado a invadir su espacio personal sin darse cuenta?.

No encajaba con su conducta, a ella no se le permitía el contacto cercano por su maldición, y debido a eso, no imaginaba tocar a otros pero con Shrek, estuvo muy cerca de hacer algo escandaloso.

En lugar de sufrir la indignidad de mostrarse débil frente a Anna, Shrek y el muchacho rubio que seguía demasiado cerca de su hermana, Elsa se propuso a mantener un aire real con tal de recobrar la compostura.

–Shrek me defendió del duque y cubrió mi escape, estoy en deuda con él–, explicó la reina en tono severo, –Anna, puede que no me creas, pero este ogro es bueno y yo estoy agradecida con él–

Shrek vio su oportunidad entonces, una forma de no solo mantener a esas dos vivas sino de también solucionar su problema habitacional.

–Pues gracias, y dado que estamos siendo generosos me preguntaba si es posible quedarme en tu reino. Si tienes un pantano o algo por el estilo que necesite una criatura como yo, te lo agradecería mucho–

¿Un lugar para habitar?, Elsa no se lo esperaba. No muchos decidían mudarse a Arendelle debido a su clima tan severo, prefiriendo las Islas del Sur que a pesar de tener un gobierno mucho más estricto que el que ella ejercía poseían condiciones mucho más favorables para la vida diaria.

Honestamente, de haber sido en otras circunstancias felizmente le hubiese concedido su deseo a Shrek, solo que tal cosa no sucedería, al menos no como el ogro lo esperaba.

–No volveré a mi reino, pero si quieres, puedes quedarte aquí en mi nuevo castillo. No hay pantanos cerca, al menos ninguno que yo conozca, pero tendrás una habitación, cualquier habitación que desees–, ofreció Elsa.

Shrek no se sintió del todo convencido, es decir, ¿un ogro en un castillo?, no tenía mucho sentido en realidad, pero al ver lo expectante que estaba Elsa se le hizo difícil decir que no.

Al parecer, tendría que acostumbrarse a las paredes de hielo, y conseguir gafas oscuras para no quedarse ciego con toda la iluminación.

–Acogedor, creo que me acostumbraré–

Anna vio el intercambio con malos ojos, ¿quedarse?, ¿cómo era que Shrek iba a vivir con su hermana cuando la necesitaban de regreso en casa?.

Colocándose en medio del ogro y su hermana tomó a Elsa de las manos para demandar su atención.

–Elsa, tienes que volver conmigo–, le dijo a su hermana, –Allá abajo te necesitan, tienes que romper la maldición para que retorne la primavera y ser la reina que todos necesitamos–

¿Necesitarla?, Elsa no creía ser necesaria, no después de escuchar lo que el duque tenía que decir ni de presenciar la desconfianza de todo mundo al demostrar sus poderes.

Incluso Anna se había enfadado con ella por lo del matrimonio, por negarse a cumplir con esa absurda petición de dejarla casarse con un desconocido.

Soltó lentamente las manos de Anna y se hizo hacia atrás, experimentando el conflicto que significaba su deseo por cumplir las expectativas que sus padres habían inculcado en ella y sus propias ansias de libertad. En el fondo, entendía que lo que hacía era egoísta, que su magia podía herir e incluso matar y que eso era algo que nadie pasaría por alto y sin embargo, ansiaba ser libre sin siquiera comprender del todo lo que aquello implicaba.

Casi toda una vida sin conocerse a si misma y cumpliendo un papel, a diferencia de Anna que crecía lejos de la habitación siempre cerrada de su peligrosa y distante hermana mayor, la misma que no podía jugar con nadie ni reír con nadie ni compartir con nadie porque era una bomba de tiempo, una calamidad que todavía no ocurría pero que tarde o temprano se desencadenaría en contra de todo mundo, incluso en contra de Anna.

Volver a esa vida a pretender que era la imagen perfecta de una monarca sin sentimientos, sin pasión alguna era algo demasiado cruel.

–¿Y por qué querría hacer eso Anna?, aquí lo tengo todo; mi palacio, mis poderes e incluso a alguien que no corre despavorido, y que me defendió a diferencia del resto–, dijo Elsa al justificarse, –Aquí puedo ser yo misma, puedo crear con mi magia lo que se me venga en gana y nadie saldrá lastimado, nadie me tendrá miedo Anna–

Shrek vio a las hermanas discutir sin intención alguna de interponerse hasta que Elsa mencionó aquello de ser temida, algo que tenían en común, para infortunio de la reina.

Siendo un ogro, era común para Shrek el sembrar desconfianza y temor a su alrededor, estaba en paz con eso y como cualquier otro ogro incluso lo disfrutaba en ciertas ocasiones, pero Elsa no era un ogro, Elsa era una joven con la enorme responsabilidad de dirigir una nación y por lo que entendía, llevaba en ello gran parte de su vida. Por ello, en cuanto capturó la mirada de Elsa no pudo evitar sonreírle para así trasmitir confianza, decirle con aquel simple gesto que estaba de su parte, que de alguna manera todo saldría bien.

Anna, al notar lo que pasaba entre esos dos, se sintió indignada.

Que su hermana escapase ya era malo, estaba preocupada por ella y muy molesta con los idiotas que la lastimaron luego de su accidente, porque eso había sido, un accidente y nada más, pero de ahí a hacerle ojitos a un monstruo e invitarlo a vivir con ella…

Cogiéndola de un brazo la apartó de Shrek y se puso a susurrar en su oído.

–No puedes estar hablando en serio, ¿por qué preferirías quedarte con esa cosa a solas en este lugar?. Los ogros tienen una mala reputación Elsa, en cuanto te descuides te hará cosas indescriptibles de las que una dama de buena educación no debería de hablar y arruinará tu reputación, ¿acaso quieres eso?, ¿que te conozcan como la novia del ogro?–

Elsa imitó a Anna hablando en voz baja.

–Si se propasa lo convierto en paleta y listo, ¿y cómo es que sabes de esas cosas?, se supone que tú eres una dama de buena educación–

Anna frunció el ceño, ¿que cómo sabía de esas cosas?, ¡cómo no saberlas!, eran conocimiento fundamental, cosas básicas en realidad. De hecho, era preocupante que Elsa no las supiera, eso era de verdad peligroso.

–No puedo saber qué debo evitar si no lo leo primero–, contestó indignada, –Además Elsa, él es un hombre… Ogro. Imagina lo que sucederá cuando el clima empeore y los dos se queden aislados, completamente solos. No podrá evitar sentirse tentado al estar en presencia de una mujer, sus instintos más bestiales lo obligarían a cometer actos indescriptibles en tu contra y puede que incluso te robe tu virtud y te convierta en su concubina–

Shrek, ajeno ya al debate desde que Anna se puso a hablar sobre lo que debían o no hacer las damas, se paseaba con Kristoff pensando en nuevas ideas para mejorar su posible futuro hogar.

En principio, necesitarían calefacción.

–¿Me dejarías construir una chimenea o al menos armar una fogata?, se me congelan las albóndigas–, le dijo a una sonrojada Elsa que acabó desviando el rostro.

¿Cómo podía pensar en chimeneas cuando Anna, su hermanita que amaba los cuentos de hadas, que se creía una princesa protagonizando una de esas historias, de verdad había imaginado que un completo desconocido llegaría y corrompería a su hermana mayor solo por vivir los dos en el mismo palacio?.

Anna estaba enloqueciendo si creía eso, pensó la reina, y si bien Shrek no le tenía el mismo respeto que sus súbditos, no la veía como a alguien inalcanzable en su trono y de hecho, ni parecía importarle en lo más mínimo el protocolo eso no lo volvía irrespetuoso. A pesar de ser lo que era y de haberse conocido por tan poco tiempo, a Elsa le constaba que aquel ogro era un perfecto caballero, mucho más digno que algunos de los que esbozaban ese título.

E incluso con ello en mente, no podía evitar pensar en lo que sucedería si su hermana tenía razón. La idea era escandalosa y francamente ridícula, que ella se permitiese ser dominada por cualquier hombre no era algo que fuese a ocurrir, y aun así, el imaginar que el ogro se presentase de noche en sus aposentos, la rodease con sus enormes brazos y no la soltase por ningún motivo era ciertamente estimulante, desde un punto de vista puramente hipotético porque eso no pasaría.

Elsa sintió que sus mejillas estaban rojas por culpa de Anna y de su propia traicionera imaginación.

–No sé si una chimenea funcione con todo este hielo, pero podríamos tratar de todos modos. Si mal no me equivoco hay algunas tribus que construyen hogares de hielo con fuego en el interior, solo hay que tener buena ventilación para evitar morir asfixiados–

Afortunadamente para Elsa, Shrek no comentó el nerviosismo súbito que la invadió después de que Anna plantase esas peligrosas ideas en su cabeza. Discutir de arquitectura y decoración era mucho más seguro que imaginar lo que fuese que pasaba por la mente de su hermana.

–Hay bastante madera en los alrededores, con algo de trabajo podrías tener un lugar muy acogedor reinita–, comentó el ogro pensativo, –Unos cuantos arreglos aquí y allá y este lugar se verá fantástico, a menos que quieras conservar el tema ártico–

–Ahora que lo mencionas me gustaría tener muebles que no estén hechos de hielo, ¿de verdad crees que puedas fabricarlos?–, preguntó Elsa emocionada.

Shrek se sacudió de hombros al contestar, ya veía las muchas posibilidades a su alcance. Al inicio tendrían algo sencillo, un juego de sillas, un reclinable para cada uno, quizás un sofá si encontraba los materiales y una alfombra para poner junto a la chimenea. Estaba seguro de que a la reina le encantaría algo así.

Con algo de trabajo podría convertir lo que Elsa le estaba dando en un hogar, algo para ella, algo como lo que había hecho para Fiona.

Ocultando el viejo dolor antes de que pudiese surgir, se enfocó en lo que Elsa necesitaría. Fiona… Ella pues, ya no recordaba nada, dado que no había nada que recordar. Las cosas tomaron su rumbo tal y como el Hada Madrina lo había predicho y todo lo que pasaron juntos fue reescrito.

Prácticamente, jamás existió en aquella vida, jamás existió para…

–No sería la primera vez que lo hago, solía tener un lindo hogar, ¿sabes?, con calefacción interna, plomeria, toda esa clase de lujos para que tus amigos abusen de tu hospitalidad–

Elsa le dio una suave palmada al ogro en el brazo, un gesto que había visto de parte de otros, pero que ella misma nunca antes había ejecutado.

–No es abuso, me encantaría que te quedes–, le aclaró a Shrek, notando que algo le molestaba.

El ogro se vio realmente sorprendido, ¿cuál había sido la última vez que alguien le pidió que se quedase?, no desde… No desde Muy Lejano con… Con alguien importante, alguien a quien no quería olvidar.

Elsa vio como el rostro del ogro se tornaba pálido y se apresuró a socorrerlo.

–Shrek, ¿estás bien?, te ves algo demacrado–

Tragando saliva, el ogro se incorporó y trató de sonreírle a la reina. No quería preocuparla, no podía decirle que estaba perdiendo la memoria porque entonces, se arriesgaría a perder más de ella, más de Fiona y su vida juntos.

–¿Lo dices en serio?, vaya, tendré que prepararte algo para celebrar, me pregunto si las ratas de montaña son tan deliciosas como las de campo–, le dijo para cambiar de tema.

Elsa retrocedió sorprendida y algo asqueada.

–He… ¿Quizás algo más grande y menos asqueroso que una rata?–, preguntó la reina viendo a su hermana que fingía tener arcadas.

–Claro, lo que se te antoje mi reina–

Anna se pellizcó el dorso de la mano sin poder creer lo que veía, quizás por ello lo que dijo terminó sonando como un gruñido en lugar de las amorosas palabras de una hermana.

–Elsa, ya deja de coquetear con esa cosa aterradora y escuchame–

–¿Habla de ti o de mi grandulón? –, dijo Shrek dándole un golpe al monstruo de hielo que durante todo el encuentro se mantuvo cerca.

Elsa le sonrió a su creación que lejos de mostrarse ofendida parecía divertirse a costas de la princesa.

–¿De verdad crees que es aterrador?, a Shrek no le asusta–

–Es un ogro, está acostumbrado a las cosas que dan miedo, para él debe ser normal desenvolverse con otros monstruos–, farfulló Anna.

–No seas así, vas a lastimar mis sentimientos–

–¿¡Qué sentimientos!?–, preguntó la princesa encolerizada mirando a Shrek y luego a Elsa, –¡Si los ogros no los tienen!–

Shrek avanzó hasta la princesa y se plantó frente a ella.

–Oye, para tu información yo sí tengo sentimientos, y ahora siento que debería arrojarte de regreso a tu reino a lidiar con ese niño bonito y sus ridículos soldaditos–

Anna copió al ogro, pateando el suelo y blandiendo un dedo frente a la nariz de Shrek.

–Ni lo intentes bestia fétida, ponte una mano encima y te juro que será lo último que harás en tu vida–, le amenazó la princesa, –Ya es suficientemente malo el que tenga que soportar tu perfume a cebolla como para además aguantar tus amenazas–

Shrek levantó un brazo y en efecto, olía a cebollas, pero eso no era algo malo.

–Para tu información werita este es el aroma de un ogro saludable, no tengo nada de lo que avergonzarme–, se defendió Shrek.

La princesa no podía exactamente rebatir eso, dado que todo lo que conocía de los ogros provenía de los libros y ninguno de ellos trataba con profundidad las costumbres de esas criaturas, no que ella tuviese interés en conocer sus hábitos de higiene que de seguro eran nulos.

Y de todos modos, ¿¡qué importaba!?, Anna sabía que no podría pasar por alto el comportamiento del ogro, mucho menos frente a su hermana y Kristoff que de seguro pensaba lo peor de ella por discutir con esa bestia e ir perdiendo.

–Ugh, ¿qué acaso no tienes una familia a la que devorar o algo?, ve a secuestrar a otra princesa o a que te mate un caballero o a hacer cualquier otra cosa que se suponga que hagan los ogros–, dijo Anna con marcada acidez.

Shrek se hizo hacia atrás estupefacto, ¿quién diría que la princesa podría defenderse al menos en el área verbal?, quizás le daría algo de crédito a Anna aunque no mucho, porque por su forma de ser se notaba demasiado que le faltaba madurar.

Tendría que darle una lección para ponerla en su lugar.

–Huy que original, ¡generalizando a todos los ogros!, ¿qué más tienes?, ¿algo sobre los polvos mágicos de Campanita?, dicen que es pequeña pero te deja en las nubes cuando te lleva al final feliz–

El cerebro de Anna tardó más de la cuenta en descubrir lo que implicaban las palabras de Shrek, y en cuanto ello sucedió la princesa se sonrojó de pies a cabeza antes de ponerse a temblar de rabia.

–¡Yuk!, que asqueroso eres, ¿cómo te atreves a insinuarte frente a una princesa?–

Shrek se mostró desinteresado y se puso a examinar sus uñas frente a la avergonzada princesa.

–No te hagas ilusiones, no eres de mi tipo–, le aclaró, –… Aunque tu cabello es lindo, te concedo eso–

Anna todavía sonrojada cogió su trenza roja para ver qué la hacía tan especial para el ogro que desde que la vio solo se había burlado de ella.

¿Y qué era eso de no ser de su tipo?, Anna suponía que con ser una princesa bastaba para que el ogro se interesase, después de todo así solía suceder con todos los monstruos de sus historias, siempre iban por la princesa mientras que Shrek parecía no querer secuestrar ni torturar ni comer a nadie.

Shrek solo quería estar con Elsa.

Anna sentía que el misterio de la verdadera motivación de Shrek para inmiscuirse en sus vidas estaba cerca y de que lo vería en cualquier momento.

Cuaquier… Lindo cabello pero no de su tipo, no una princesa, no una princesa de la que se burlaba sino otra persona, y había ido a buscar a Elsa… La vio en las afueras de palacio y la protegió y entonces…

Oh, de eso se trataba.

Después de que Anna se congelase pensando, el guardián de hielo se despidió de todos y regresó a su puesto a proteger la entrada del puente, mientras que Kristoff se acercaba nuevamente a la princesa para ver si todavía seguía consciente luego de lo que fuese que le había sucedido ya se hubiese acabado.

Por suerte el montañez tenía excelentes reflejos y no le costó para nada esquivar a la princesa en cuanto esta saltó sobre el ogro para gritarle en su cara.

–¡Entonces es a mi hermana a quien pretendes!–

Kristoff alcanzó a sujetar a Anna antes de que llegase al piso y la sujetó de la cintura para que el incidente del salto no se repitiese, más que nada, para mantenerla segura de Shrek.

La verdad, era que no sabía cómo reaccionaría el ogro, si acaso, finalmente, Anna lo haría revelar su naturaleza bestial y violenta.

Cogió su hacha y lentamente se puso delante de Anna, si se desataba una pelea esperaba al menos conseguir tiempo para que la reina pudiese actuar, y en cuanto a ella… Se estaba riendo.

Kristoff no podía creerlo, en medio de toda esa tensión, del silencioso ogro que permanecía estupefacto, de Anna que seguía furiosa y de la reina que hasta hace un instante había palidecido no quedaba nada, porque a la reina le parecía gracioso.

–Ya lo veo, ¿es por eso que aceptaste quedarte en mi palacio?–, preguntó Elsa algo sonrojada, –¿Todo este tiempo me has estado seduciendo?–

Shrek parpadeó incrédulo pero dentro de poco se unió a Elsa.

–Me descubriste. Supongo que tendré que admitir mis sentimientos por ti–

–¡Oh que terrible!–, exclamó la reina –Además de que me llamen bruja me acusarán de ser consorte de un ogro. Tendré que renunciar al trono por este escándalo–

–¿Significa que aceptas?, porque en ese caso ya no serás la reina de Arendelle pero seguirás siendo la reina de este pintoresco palacio de hielo junto con tu rey verde y acomodado–

Elsa estaba disfrutando demasiado aquel interesante juego entre los dos, es decir, ¿la novia de un ogro?, no era algo que el común de las personas imaginase, no era de la clase de cosas sobre las que la gente escribía y estaba segura que de toda la basta colección de cuentos de su hermana en ninguno de ellos había una historia de ese tipo.

Imaginó que al convertirse en reina recibiría múltiples propuestas de matrimonio, que más de algún príncipe o duque o conde de los alrededores intentaría convencerla de que Arendelle necesitaba más que una reina al mando y ella, pues pensaba rechazarlos a todos pues no tenía inclinación alguna a sacrificar su afecto por falsas esperanzas.

Luego apareció Shrek y…

–No puedo esperar, ¿crees que el duque quiera venir a nuestra boda a llamarme bruja y enjuiciarme?, podría ser la primera boda en la historia del país en que ejecuten a ambos novios–

El ogro se sacudió de hombros al contestar.

–Será el invitado de honor, justo antes de que le presente a mi pie a sus huesudas posaderas–, finalizó señalando a su pie, –Después de todo se lo merece por molestar a mi chica–

Claro, luego apareció Shrek y la hizo sonreír.

Elsa no tenía idea de lo que estaba sintiendo pero de algo estaba segura, era peligroso, era desconocido y definitivamente no podía ser amor.

Esa clase de cosas pertenecían a los cuentos de hadas, e incluso en ellos la bruja no terminaba siendo feliz…

Anna eligió ese momento para intervenir, la palabra matrimonio había sido mencionada, matrimonio entre su hermana y el ogro, como si ella fuese a permitir eso.

–Elsa, todos saben que los ogros son monstruos crueles y sanguinarios, no deberías fiarte de él y mucho menos bromear con algo tan serio como el amor–

–Todavía te escucho–, murmuró Shrek cansado, –¿En serio vamos a repetir toda la rutina?, creí que ya habíamos establecido la rutina de que vine a ayudar a tu hermana con sus asuntos–

Elsa no estaba segura de a que asuntos se refería Shrek, pero se aseguraría de preguntar más tarde. Antes que eso, tendría que pedirle a Anna que fuese un tanto más tolerante.

–Hermana, dale una oportunidad. Quizás los cuentos se equivocan sobre los ogros, las brujas de hielo y otros monstruos…–

Fue entonces que la reina se volteó a ver a su nuevo amigo.

–¿De verdad quieres quedarte Shrek?, a mi no me importa lo que seas, siempre que me des mi espacio y… Que no me trates todo el tiempo como a una reina–, pidió Elsa, –Es la primera vez en mi vida que puedo ser yo misma y quisiera experimentar esta libertad por completo–

–Ya me convenció, me quedo–

Kristoff se adelantó a interferir.

–Pero Anna tiene un buen punto, tu presencia en Arendelle es… Peculiar, por decirlo así–, dijo, –No te lo tomes a mal pero no muchos eligen venir a vivir aquí y no cualquiera se atrevería a interferir con los asuntos internos de una nación extranjera–

–No suelo seguir esas reglas–, se defendió Shrek, –Y en cuanto a mis razones, pues digamos que Arendelle queda lejos de todo, que es justo como me gusta–

Elsa quería evitar nuevas discusiones, por eso, prefirió llevar ella a cabo las preguntas.

–Si no tiene inconveniente, ¿Podrías contarme como llegaste a estas islas?–, pidió al ogro.

Anna asintió y se puso de pie junto a su hermana, tomándola de un brazo mientras que con el otro agarraba a Kristoff para así quedar rodeada por los dos.

Era el momento que Shrek había temido, es decir, uno de los muchos. Allí tenía sus alternativas, marcharse tal y como quería desde el inicio y vagar hasta encontrar un lugar propio, o quedarse y dejar que tres desconocidos lo juzgasen y se riesen de él por haber amado a una princesa, que le dijesen que el Hada Madrina tenía razón que todo lo que había hecho por Fiona era un error, que sus sentimientos eran egoístas, grotescos y que olvidarlo era lo mejor que pudiese pasarle.

Tenía miedo de enfrentar esa verdad.

Elsa al verlo dudar buscó su mirada y le sonrió.

–Por favor Shrek, ¿confía en mi?, sea lo que sea, no tengas miedo. Sea lo que sea, podremos solucionarlo–

Por algún motivo, Shrek quiso tener fe en la reina, incluso sabiendo que tan cosa podía evaporarse así sin más.

Pues… ¿Qué más daba?, en el peor de los casos volvería al plan original o moriría convertido en paleta, nada mal para un ogro derrotado.

–Pues ya que prometió que podía quedarme y todo eso… Digamos que tuve unos problemitas con la Ley–

Anna fue la primera en reaccionar.

–¡Criminal!, te lo dije Elsa, es un villano, ¡un villano!, debemos entregarlo a los guardias de palacio para que lo encierren–

Mientras seguían discutiendo adentro, el guardia congelado en su escalera detectó movimiento. En frente suyo, en medio de la nieve, un grupo de hombres se acercaba.

No los dejaría pasar.