Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 15: Un buen baño caliente y un monje pervertido
28 de octubre
Kagome ya llevaba un mes con su extraño viaje con el medio demonio perro. Casi dos semanas de ese tiempo se pasaron haciendo de madre del pequeño demonio zorro. Cada noche le contaba a Shippo cuentos para dormir y le cantaba para que se durmiera. Y, aunque Inuyasha se quejaba de vez en cuando, siempre se sentaba cerca con sus orejas peludas moviéndose con sus palabras, especialmente cuando inventaba voces que fueran acordes a los personajes de los que hablaba.
Mientras caminaban por el sendero, Kagome jugaba con Shippo. A veces eran juegos de adivinar, a veces eran acertijos, y a veces eran partidas sencillas al Escondite. La mayor parte del tiempo, podían incitar a Inuyasha para que jugase, pero nunca era tarea fácil.
—¿Ya hemos llegado? —se quejó Shippo.
Inuyasha gruñó ante la pregunta tan familiar.
—Por última vez, Shippo, si me vuelves a hacer esa pregunta, te haré pedacitos.
—¿Estamos cerca? —preguntó Kagome.
Inuyasha suspiró pesada y dramáticamente.
—Deberíamos llegar mañana al mediodía.
Los vítores se oyeron a través del bosque.
—¡Podríamos haber estado allí hace DÍAS si los dos no hubierais pasado tanto tiempo jugando a juegos estúpidos!
Kagome sonrió. Las palabras de Inuyasha podrían haber parecido duras, pero algo en su tono le decía que había disfrutado de cada uno de los pequeños retrasos.
—Lo sentimos, Inuyasha. —Por supuesto, cualquiera en cualquier parte podría ver que en realidad no lo sentía en absoluto, pero las palabras fueron suficientes para contentar al demonio perro—. Tú también estuviste jugando —susurró. Por la forma en la que sus peludas orejas se movieron en su dirección, estuvo segura de que había oído su comentario, aunque nadie sería capaz de adivinarlo con solo mirarlo.
Ya casi llegamos. Kagome frunció el ceño. ¿Su viaje de verdad estaba casi terminado? Miró a Shippo, que iba riñéndole a Inuyasha mientras el demonio más grande intentaba golpearlo en la cabeza. Se mordió el labio. ¿Cómo voy a decirles adiós en algún momento? Sus ojos se llenaron rápidamente de lágrimas. El corazón le dolió de verdad.
De repente, un preocupado hanyou la estuvo mirando con furia.
—Eh, niña. ¿Qué te pasa?
Kagome se giró hacia los árboles.
—Voy a ir a darme un baño. Pasamos hace poco junto a una fuente termal y quiero estar limpia cuando lleguemos. —Era verdad y también mentira. Lo único que quería hacer era apartarse de Inuyasha y de Shippo. Le dolía mirarlos y recordarse que pronto los perdería.
—¿Qué pasará cuando lleguemos con Miroku? —oyó Kagome que preguntó Shippo.
Inuyasha hizo una pausa antes de contestar.
—La enviará a casa.
Kagome no pudo contener las lágrimas. Para cuando llegó a la fuente termal, bordeaba en los sollozos histéricos. Tras unos últimos gimoteos, se secó las lágrimas y miró atentamente al agua. Los baños ahora la volvían paranoica. Satisfecha con que no fueran a aparecer imágenes esa noche, se desvistió y se metió en el agua.
No pienses en ello, se dijo mientras trataba de relajarse. No pienses en marcharte.
Algo que Kagome extrañaba más que nada era el jabón, el champú y, especialmente, el acondicionador. Aunque tenía que admitir que las cosas que le había dado Kaede olían bien.
Extraño los baños de burbujas. Pero también disfrutaba de las aguas termales. Extraño mi cama. Pero dormir bajo las estrellas era impresionante. Excepto cuando llueve. Pero incluso eso era divertido.
Kagome sonrió al recordar la última lluvia. Fue en mitad de la noche cuando cayó la primera gota. Apenas fue una salpicadura, pero Inuyasha los había cogido a ella y a Shippo y los había puesto a salvo en una cueva abandonada. No fue hasta después de que estuvieron a salvo y secos con un agradable y vivo fuego encendido que el hanyou se quejó de la carga. Kagome no había tenido el corazón de recordarle que había sido idea de él en un principio. Había puesto los ojos en blanco y él había expresado su indignación con una interjección.
Crujido, crujido.
Un escalofrío bajó por la columna de Kagome. Miró a su alrededor frenéticamente. Ahí hay alguien. Sabía que no era ninguno de sus compañeros de viaje. Se hundió aún más bajo el agua hasta que le llegó a la nariz. De repente, era bastante consciente de su estado de desnudez.
Crujido, crujido.
Ahora bien, Kagome en absoluto se sentía como si fuera una inútil damisela que siempre necesitara ser rescatada. Durante el mes pasado, había acabado con un demonio o dos con su arco y su flecha. Pero su casi exacta puntería no iba a ayudarla si el arco y la flecha estaban en el campamento.
Así que, considerando la situación en la que se encontraba, y su falta de opciones si quería mantener su modestia, Kagome hizo lo único que podía hacer en ese momento. Gritó.
—¡INUYASHA!
Un borrón rojo y plateado destelló entre los árboles, y de repente su amigo estuvo en la orilla, pareciendo preparado para atacar. La mirada que ella le lanzó a los arbustos fue lo único que él necesitó. En un momento, tuvo a un hombre alto y de pelo oscuro agarrado por la garganta y clavado a un árbol.
El gruñido de Inuyasha no necesitó traducción y el hombre empezó a explicarse rápidamente.
—No pretendo hacer ningún daño. Solo me topé con esta encantadora joven y estaba tan sobrecogido por su belleza que no pude disponerme a moverme. Mis más humildes disculpas, mi señora —dijo el hombre con tanta sinceridad que Kagome CASI le creyó. «Casi» era la palabra clave. Cuando volvió a posar sus ojos sobre ella, vio el brillo en su ojo mientras intentaba mirar bajo el nivel del agua.
—¡Pervertido! —gritó mientras se agachaba más en el agua hasta que su nariz estuvo justo sobre la línea del agua.
—Soy un monje —explicó por encima del gruñido de Inuyasha—. Mis intenciones son completamente honorables.
—Claro que sí —desdeñó Inuyasha.
—¿Un monje? —Kagome estaba ahora interesada.
Teniendo en cuenta que estaba siendo sujetado por la garganta por un muy irritado demonio perro, el hombre parecía muy calmado.
—Sí, mi señora, un leal servidor de Buda.
—¿Conoces a un monje llamado Miroku? —preguntó Kagome.
El hombre sonrió cortésmente.
—Yo soy Miroku.
La maldición se oyó en estéreo cuando Inuyasha y Kagome maldijeron su suerte por que este monje libidinoso fuera el hombre que estaban buscando.
A Kagome le hubiera gustado pegarle un puñetazo al monje por la mirada que le estaba dirigiendo mientras trataba de mantenerse cubierta por el agua. Debatió consigo misma sobre si debería o no pegarle a un hombre santo, a pesar de su comportamiento. Además… estaban buscando su ayuda. Inuyasha, sin embargo, no tuvo ningún reparo en usar un poco de violencia y le dio al hombre unos cuantos golpes en la cabeza.
—¿Me estabais buscando? —preguntó el monje calmadamente una vez que se le aclaró la visión.
—Sí. Estamos buscando un pergamino. La sacerdotisa Kaede nos envió contigo.
—¿Qué tipo de pergamino estáis buscando?
Aunque se encontraba algo incómoda hablando mientras seguía en el agua, Kagome respiró hondo, luego le explicó al monje lo de su mundo y cómo había llegado a este. Se esperaba que el monje pensara que estaba loca, pero él simplemente cerró los ojos y asintió sabiamente.
—Ya veo.
—Bueno, ¿puedes ayudarla? —exigió Inuyasha más que pidió.
Miroku se puso de pie.
—Volved conmigo al templo y encontraré el pergamino que estáis buscando.
Kagome chilló de felicidad.
—¡Gracias!
—Podría devolverme el favor, mi señora.
Kagome alzó su ceja derecha.
—¿Cómo? —preguntó con desconfianza.
La respuesta a su pregunta tuvo al monje tendido de forma poco elegante en la hierba e inconsciente tan pronto como las palabras salieron de su boca. Inuyasha se cernió sobre él, aparentemente esperando a que volviera a levantarse para poder devolverlo a la inconsciencia.
—¿Puedes tirarme mi ropa y luego arrastrar al pervertido de vuelta al campamento? —preguntó Kagome.
Mientras Inuyasha buscaba su ropa y mantenía cuidadosamente vigilado al monje, Kagome bajó la mirada al agua para asegurarse de que seguía tapada. Por segunda vez en esa tarde, Kagome gritó.
En el agua, mirándola fijamente, estaban Kikyo… y Hojo.
