Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 18: Demonio contra exterminadora de demonios

4 de noviembre

—¿Estás seguro de que la aldea de los exterminadores de DEMONIOS es REALMENTE el lugar al que se supone que tenemos que ir? —preguntó Kagome otra vez mientras miraba nerviosamente a Shippo y a Inuyasha. Ya es bastante malo cuando los aldeanos normales intentan matarlos…

El monje suspiró pesadamente y, con ligeramente menos paciencia que la última vez, explicó:

—Sí, señorita Kagome. En la aldea de los exterminadores de demonios hay una cueva donde están escondidos los pergaminos que estamos buscando.

—¿PODRÍA EXPLICARME ALGUIEN POR QUÉ TENEMOS QUE LLEVAR AL ESTÚPIDO LIBERTINO CON NOSOTROS? —bramó Inuyasha cuando el monje caminó un poco demasiado cerca de Kagome.

—Porque soy el único capaz de leer los antiguos pergaminos.

Inuyasha gruñó y flexionó sus garras.

—Y de verdad que lo apreciamos, Miroku. Gracias otra vez.

Miroku le sonrió dulcemente y se inclinó para acercarse.

—Si desea devolverme el favor…

Inuyasha no le dejó terminar la idea al golpear al monje, dejándolo inconsciente.

—Mosquito —explicó Inuyasha.

—Mmmm… —Kagome no le creyó, por supuesto, pero ella misma habría golpeado al monje hasta dejarlo inconsciente si hubiera podido—. Cierto. Un mosquito. —No mencionó que era imposible que un mosquito estuviera fuera con un tiempo tan frío como este. Pero era una excusa lo suficientemente buena para ella.

Se estremeció. Los días se estaban volviendo más fríos. El día anterior pensó que había visto un copo de nieve. A Inuyasha y a Shippo no parecía importarles el cambio de temperatura, posiblemente debido a que su sangre demoníaca los mantenía abrigados. De hecho, parecían estar disfrutándolo tremendamente. Miroku tampoco se estaba quejando, pero quién sabía cuántas túnicas llevaba puestas. A lo mejor incluso llevaba algo de ropa interior térmica debajo de todo aquello.

Inuyasha agarró a Miroku por el pie y empezó a arrastrarlo hacia la aldea. Kagome estaba empezando a sentir lástima por el chico mientras era arrastrado por el camino lleno de piedras, pero no tanta lástima como para evitarlo. Tras unos cuantos metros, Inuyasha se detuvo, soltó a Miroku y olfateó el aire.

—Humo. —Volvió a olfatear—. Y sangre. —Kagome volvió a estremecerse, pero esta vez no tuvo nada que ver con el frío.

Miroku se despertó y se puso de pie.

—La aldea ha sido atacada —dijo con calma.

Kagome abrió los brazos para que Shippo saltara a ellos, luego lo abrazó fuertemente. Estaba cálido y ambos estaban temblando. Levantó la vista hacia ella con sus expresivos ojos verdes.

—¿Asustada o con frío?

—Ambas —admitió Kagome.

—Yo también.

Kagome no pudo evitar jadear cuando se toparon con la aldea. Solo había visto algo remotamente parecido en casa, en las películas de terror que veía desde detrás de sus dedos y solo cuando sus amigas la obligaban a ir a verlas. Había sangre por todas partes. Y partes del cuerpo.

Cayendo de rodillas y llorando, Kagome sostuvo a Shippo más fuertemente contra su pecho. Sintió su pata diminuta contra su mejilla, intentando consolarla. Atrajo su cabeza hacia ella y la sostuvo de forma que no pudiera ver la zona.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Inuyasha a nadie en particular.

—Una matanza —respondió Miroku.

Kagome continuó sollozando sonoramente, haciendo luto por la innecesaria pérdida de tantas vidas. Estuvo segura de que iba a vomitar. Se meció de delante a atrás con Shippo, tratando de calmarse a sí misma y al niño. Inuyasha se movió hacia Kagome y le extendió la mano. Pero antes de que pudiera alcanzarla, el grupo oyó un grito de guerra.

—¡Apártate de ella, demonio!

Kagome vio que una esbelta figura saltaba alto en el aire, contorneada por el sol. Era una mujer con una especie de arma que se parecía a un búmeran gigante. Kagome estaba sorprendida ante la elegancia y el poder de la mujer.

—Guau…

Cuando el arma apenas rozó la cabeza de un Inuyasha que maldecía, Kagome se puso en pie de un salto. Corrió hacia la mujer.

—¡Espera! ¡Por favor, para! ¡No le hagas daño!

La mujer se detuvo y se giró hacia Kagome. Sus ojos fueron desde la cara de la chica hacia el pequeño demonio zorro que estaba en sus brazos. Le lanzó una mirada asesina al monje que tenía su báculo alzado en gesto de defensa mientras se ponía delante de la chica, luego otra vez hacia el demonio perro que aún no había realizado un ataque físico. Un ataque verbal, sí, pero no uno físico.

Kagome exhaló un suspiro de alivio cuando la mujer bajó cautelosamente su arma.

—Hola, soy Kagome. Estos son Shippo y Miroku. Y ese es Inuyasha. Estamos viajando juntos para encontrar los pergaminos sagrados que están ocultos en una cueva en esta aldea. —A Kagome se le nublaron los ojos—. Acabamos de llegar, lo siento por los aldeanos.

—Soy Sango. La gente que está ante vosotros son mis amigos y mi familia. Asesinados por demonios. —Fulminó con la mirada a Inuyasha.

—Lamento tu pérdida, Sango. Por favor, si hay algo que podamos hacer… —Kagome dejó la oferta en el aire. Vio que la mujer luchaba en una batalla interna y exhaló cuando sus ojos le dijeron que había tomado una decisión.

Kagome, Sango, Miroku e Inuyasha pasaron el resto del día cavando tumbas y enterrando a los muertos. Shippo pasó el tiempo llevándole agua a cada persona por su parte y ocupándose de la herida gata de fuego, Kirara, la compañera de Sango que había sido gravemente herida en la batalla. Al crepúsculo, Miroku empezó a decir oraciones por los aldeanos caídos. Mientras se oraba, Sango depositaba un pequeño ramo de flores que Shippo y Kagome habían hecho para ella.

El día siguiente lo pasaron de un modo muy similar. Cavando tumbas, diciendo oraciones y poniendo flores. Cuando se colocó el último ramo, la guerrera se permitió llorar.