Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 23: Muérdago

10 de diciembre

Se colocó cuidadosamente la última caja en el salón. Kikyo había estado rebuscando en las cajas con asombro. Los adornos eran preciosos. Había bolas de cristal, ángeles de tela, figuritas de cerámica, espumillón, lazos y papel de envolver dorado y plateado.

Habían puesto el árbol el 1 de diciembre, una de las tradiciones de la familia. Al principio fue un poco incómodo. Kikyo se sintió fuera de lugar e incluso más culpable por estar robándole la vida a Kagome. La culpa la habría consumido si no hubiera sido por la constante sonrisa de su madre y el infinito entusiasmo de su hermano.

Kagome se había puesto un poco triste cuando había visto a la chica la última vez en el espejo. Kikyo sabía que probablemente había dicho demasiado de cuánto disfrutaba decorando los árboles y de las galletas que iban a cocinar más tarde esa semana.

No es culpa mía… yo no pedí su vida. Kikyo se mordió el labio inferior. No quería hacerle caso a la vocecita de dentro de su cabeza que la llamaba mentirosa.

—Incluso si lo hice, no creí que pudiera pasar de verdad.

—¿Creer que pudiera pasar qué? —preguntó su madre cuando entró en el salón llevando una caja llena hasta el borde de guirnaldas y cintas.

Kikyo se sonrojó y bajó la mirada a sus manos entrelazadas. De repente se sintió muy avergonzada.

—No pretendía hacerlo —dijo en voz baja.

Su madre dejó la caja y atrajo a Kikyo para darle un abrazo. Alisó su pelo dulcemente.

—Sé que no querías. —Le dio un rápido apretón y luego puso a su hija adoptada a distancia—. ¡Tenemos un invitado! —anunció y luego llamó alegremente a la persona para que pasara de la cocina al salón.

Kikyo sonrió cuando vio a Hojo entrar tímidamente en la sala llevando una colorida lata.

—Traje un poco de turrón.

Su madre cogió la lata y acarició la mejilla del joven.

—¡Qué maravilloso! Gracias. Ahora, ¿por qué no termináis Kikyo y tú de colgar los adornos mientras yo hago chocolate caliente y sirvo un poco de este turrón? ¿Queréis malvaviscos?

—¡Sí! —respondieron Kikyo y Hojo al unísono, luego se sonrieron.

Kikyo dirigió su atención a la caja que había traído su madre y empezó a hurgar en ella, sacando las guirnaldas verdes y poniendo las cintas a un lado. Juntos, Hojo y ella colgaron el follaje por la entrada. Se rieron cuando cayó las dos primeras veces y vitorearon cuando por fin se quedó en su sitio.

Cuando terminaron, su madre volvió a la sala con las bebidas calientes y el dulce. Elogió su trabajo de colgar las cosas y luego se disculpó para empezar a preparar la cena. Kikyo y Hojo bebieron el chocolate caliente y comieron el turrón que había traído él.

Finalmente, la mayor parte de la caja estuvo vacía. Lo único que quedaba era un pequeño ramillete de hojas atadas con un lacito rojo.

—¿Qué es esto? —preguntó—. Es demasiado pequeño para ser un adorno. —Empezó a examinar los otros frondosos adornos—. ¿Se desprendería de algo?

Las mejillas de Hojo se tiñeron de un buen tono rojo.

—Emm… eso es muérdago.

Kikyo le dirigió una mirada confundida mientras sostenía la plantita.

—¿Muérdago? ¿No es una planta venenosa?

—Sí, pero es una tradición navideña colgar muérdago en las entradas.

Kikyo sonrió. Hasta ahora le estaban gustando mucho las tradiciones. Por supuesto, no tenía ni idea de por qué alguien querría colgar esta plantita venenosa en una entrada, pero como todo lo demás parecía funcionar bien hasta el momento, tal vez debería darle una oportunidad a la cosita.

—¡Vamos a colgarlo!

No estaba segura de por qué Hojo se estaba poniendo rojo. Al principio, pensó que a lo mejor hacía demasiado calor en la sala, pero luego se dio cuenta de que se había avergonzado por algo. ¿Por qué podría estar avergonzado? Repasó en su cabeza las cosas que había dicho y hecho en los últimos minutos, pero no pudo pensar en nada de lo que avergonzarse.

Colgó el muérdago. Kikyo se detuvo debajo y alzó la vista. No le parecía tan especial.

Luego ocurrió.

La besó.

Fue un beso ligero. Apenas sintió sus labios rozando contra los suyos. Y se terminó tan rápido que casi pensó habérselo imaginado. Pero la había besado.

Se llevó los dedos a la boca cuando él se retiró, todavía portando su sonrojo. Juraría que aún podía sentir sus labios. Tenía la boca ligeramente abierta, queriendo hacer la pregunta, pero no estaba segura de cómo expresarla, o incluso de cómo conseguir que su voz volviera a funcionar. ¡Era su primer beso!

—Es tradición —explicó—, besar a la persona con la que estás bajo el muérdago.

Kikyo alzó la vista hacia la plantita que estaba sobre su cabeza y de repente fue la cosa más hermosa del mundo.

¡Amo esta vida!