Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 27: El espejo de Kanna
2 de marzo
Cruzar el páramo había sido duro. Kagome sabía que habría sido imposible que lo consiguieran si hubieran sido un grupo de viajeros normales. Afortunadamente, Shippo y ella habían ido en la espalda de Inuyasha mientras él corría a través de la tierra, y Sango y Miroku volaron con Kirara.
Tuvieron que parar cuatro veces durante el viaje para descansar. Inuyasha se quejaba por el retraso e insistía en que podía seguir, pero Kagome no quería arriesgar la salud de su amigo, o su vida, así que caminaban un poco tras descansar. Sango y Miroku se turnaban para llevar a Kirara para que pudiera descansar, y Shippo se acurrucaba en los brazos de Kagome o se sentaba en el hombro de Inuyasha. Desde que se había encontrado mal, al zorrito no le gustaba estar fuera del alcance de los brazos de su madre sustituta.
Kagome inspeccionó al hanyou dormido. A pesar de lo que decía, el viaje lo había desgastado mucho. Había estado durmiendo durante horas. Tendría que levantarse pronto si iban a continuar antes del anochecer. Kagome esbozó una sonrisa malvada mientras entraba dentro de la fresca agua del río que habían encontrado al pie de la montaña.
Sango y Miroku, que estaban sentados en la orilla con los pies enfriándose en el agua, se preguntaron la causa esa sonrisa. Abrieron desmesuradamente los ojos cuando se dieron cuenta de a quién le estaba sonriendo. Observaron en silencio cómo salía del río, caminaba silenciosamente hacia sus provisiones, recogía agua con su olla y caminaba silenciosamente de puntillas hasta el demonio dormido.
Momentos después, se pudieron oír los gritos y gruñidos en toda la montaña, seguidos de chillidos de una chica que se reía tontamente. Un Inuyasha totalmente empapado gruñó y persiguió a Kagome.
—¡Voy a atraparte, niña!
Kagome le habría respondido con algo ingenioso si no estuviera tan falta de aliento por de correr y reír. Le empezaron a doler los costados debido a la risa. Chilló cuando la atrapó y gritó cuando sintió que caía. Apenas tuvo tiempo de coger y aguantar la respiración antes de zambullirse en el río con los pies por delante.
El agua estaba helada, un alivio muy necesitado después del sofocante calor que acababan de soportar. Kagome sintió que sus pies tocaban el fondo arenoso y se impulsó de nuevo hacia arriba, hacia la superficie, abriendo los brazos y girando lentamente en un círculo en el camino de salida. Se sintió como una ingrávida bailarina de ballet. Se sentía muy bien.
Cuando llegó a la superficie, vio que Sango y Miroku también estaban empapados hasta los huesos, con los pies aún en el agua, y Shippo corría de hombro en hombro para escapar del agarre de Inuyasha. Pero lo que hizo sonreír a Kagome fue la risa.
Esto era lo que necesitábamos, suspiró. Necesitábamos un descanso. Necesitábamos reírnos un poco.
Mientras tiraban a Shippo al agua, Kagome flotaba sobre su espalda y observaba la luz del sol que titilaba entre las hojas de los árboles. Sentir el agua fresca contra su piel era celestial. Por supuesto, habría preferido un traje de baño a nadar con su ropa, pero uno no estaba disponible y bañarse desnuda no era una opción con los chicos alrededor. Estaba encantada de que tuviera un conjunto extra de ropa seca en su mochila. La que tenía puesta necesitaba desesperadamente un lavado, de todos modos.
Algo hizo que Kagome parase de nadar. Sintió un tirón que venía de la parte de arriba del río. No era nada que pudiera precisar, solo un sentimiento extraño. Al mirar a sus amigos, que ahora estaban todos en el agua salpicándose mutuamente y divirtiéndose, sonrió. No tiene sentido preocuparlos cuando probablemente no sea nada.
Nadó lentamente contra la ligera corriente dentro de las superficiales aguas del río. El tirón se estaba volviendo más fuerte. No hubiera sido capaz de explicar el sentimiento si alguien le hubiese preguntado. Era como si algo estuviera esperándola. Llamándola. El cuerpo de Kagome empezó a moverse por voluntad propia, pataleó y nadó.
Nadó más de cuarenta y cinco metros cuando algo le rodeó el tobillo y la arrastró hacia atrás. Kagome jadeó y se giró con ojos asustados.
—Es inútil intentar escapar —dijo riéndose siniestramente—. Tendré mi venganza.
Kagome estaba tan sorprendida que dejó de nadar y empezó a hundirse rápidamente. El agua acababa de cerrarse sobre su cabeza cuando tiraron bruscamente de ella para subirla de nuevo a la superficie.
—¿Eres estúpida, niña? ¿Qué intentas hacer, ahogarte? —Los divertidos ojos dorados siguieron sus movimientos cuando se puso de pie temblorosamente en el agua que le llegaba a la cintura.
Solo es Inuyasha. Solo es Inuyasha, canturreó Kagome para sí mientras trataba de hacer que el latido de su corazón volviera a la normalidad. El alivio le debilitó las rodillas y volvió a hundirse en el agua. No la estaba atacando ningún demonio. Soltó el aire, haciendo burbujas.
—No pareces estar bien. —De repente, los ojos dorados parecieron preocupados… y luego, nerviosos—. No te hice daño, ¿no?
Kagome negó con la cabeza.
—¡DI ALGO, Kagome! —La sacudió ligeramente.
—Estaba siguiendo algo…
Eso sí que captó su atención. La sacó del agua y la sentó en la herbosa orilla. Podían ver a sus amigos jugando en el agua en la distancia. Shippo les hizo un gesto con la mano y ellos hicieron lo mismo. Luego, Inuyasha encaró a Kagome con una mirada decidida, una que ella no veía muy a menudo.
—¿Siguiendo qué? ¿A quién?
—No lo sé —respondió Kagome con un encogimiento de hombros. Inuyasha puso los ojos en blanco y suspiró pesadamente. Kagome usó su pie para darle un empujón a su rodilla para hacerle perder el equilibrio y que cayera de culo. Sabía que le había dejado empujarlo y volvía a estar agradecida por su amistad. Su gruñido fue puro teatro—. Solo fue una sensación —explicó—. Era como si estuviera tirando de mí hacia ello.
El nuevo gruñido no fue puro teatro, fue de verdad. Entrecerró los ojos peligrosamente mientras inspeccionaba la zona, buscando posibles amenazas. Volvió a posar los ojos sobre Kagome. Parecía peligroso.
—Nunca —gruñó con ira—, NUNCA te vayas tú sola. —No estaba gritando y esa era la parte que daba miedo.
Como ella no respondió con otra cosa más que con una boquiabierta mirada, la agarró por los hombros y la sacudió ligeramente.
—Prométemelo, Kagome. ¡Ya!
—Eh… vale.
La fulminó con la mirada.
—Vale, ¿qué?
—No me iré nunca más yo sola. —Nunca le he visto tan serio.
—No es suficiente, Kagome. Quiero tu juramento solemne. —Le levantó su mano derecha y la sostuvo en el aire con una mano, atrajo su otra mano y la puso sobre su corazón. Le había visto hacer promesas de esta manera muchas veces. Le soltó despacio las manos, sabiendo que no podía obligarla a hacer el juramento solemne, sin importar cuánto pudiera querer hacerlo.
Kagome mantuvo una mano sobre el corazón y la otra levantada. Miró a los ojos a Inuyasha e hizo su juramento:
—Yo, Kagome Higurashi, juro que nunca me iré otra vez yo sola durante la búsqueda del espejo de Kanna.
La pequeña parte que añadió al final no le pasó desapercibida al demonio perro. Por un momento, Kagome pensó que podría exigirle que hiciera un nuevo juramento. Suspiró con alivio cuando él asintió finalmente.
Los dos soportaron unas afables burlas por parte de Sango y Miroku por marcharse los dos solos. Luego, recogieron su campamento y empezaron a seguir el río en la dirección en la que había estado yendo Kagome. Cuanto más se acercaban a la montaña, más silencioso se volvía el grupo. La risa había ido disminuyendo y el humor se volvió más solemne.
Miroku fue el siguiente en sentir el extraño tirón del que les había hablado Kagome. Pero Inuyasha fue el primero en oír la cascada.
El grupo fue silenciosamente a esconder sus provisiones del campamento y a preparar sus armas. Incluso Shippo estaba inusitadamente callado. A veces uno u otro del grupo paraba con lo que estaba haciendo para mirar fijamente a Kagome.
Kagome se secó las lágrimas de los ojos y rechazó la urgencia de salir corriendo hacia el bosque como una niña. No tenía miedo de la batalla inminente. Sabía que ganarían. Sus amigos eran los mejores. Eran guerreros fuertes, feroces y habilidosos. Era su corazón. Lo notaba apretado. Dolía. Quería cancelar la búsqueda, aunque el final estaba ya a la vista. La idea de dejar a sus amigos era casi insoportable.
Recogió su carcaj de flechas y las aseguró en su lugar, cruzadas a su espalda. Luego, recogió su mochila de suministros médicos y su arco. Se movió despacio, tomándose su tiempo para serenarse y encararlos con una sonrisa.
Juntos, los seis compañeros caminaron hacia la cascada.
—Iré yo primero —dijo Miroku.
Observaron en silencio cómo Miroku escalaba las piedras y se presionaba contra el muro del acantilado para escabullirse por el borde de la cascada. Observaron cómo desaparecía detrás del agua. Después, esperaron. No le llevó mucho tiempo reaparecer. Asintió. Ese simple movimiento les dijo todo lo que necesitaban saber. Esta era la cueva.
Sango y Kirara fueron las siguientes en ir. Shippo miró hacia atrás, luego las siguió.
Al agarre de Kagome sobre su arco era tan fuerte que sus nudillos estaban empezando a ponerse blancos. Casi dio un salto cuando la mano de Inuyasha cubrió la suya. Contuvo la respiración y observó cómo le separaba lentamente los dedos del arco.
—Vas a romperlo, tonta.
Ambos miraron a sus manos sosteniendo las de ella. Kagome abrió la boca para decir algo. No estaba segura de qué era lo que iba a decir, pero sentía que era importante. Pero antes de que pudiera sacar las palabras, sus amigos los llamaron.
—¡Keh! —Inuyasha le soltó las manos. Justo cuando Kagome había arrancado el valor suficiente para volver a hablar, la cogió en brazos y saltó hacia la abertura de la cascada.
—Habría sido más rápido si nos hubieras llevado a todos de esa manera. Entonces, mi querida Sango no se habría arañado el brazo con las rocas.
La reprimenda de Miroku tuvo varios efectos. El primero fue que quitó la triste expresión de la cara de Inuyasha y le hizo maldecir al monje, proclamando que no era una mula de carga. El segundo fue hacer que Sango se enfadara, después de todo, los exterminadores de demonios son fuertes y no necesitan mimos. ¡Las pequeñas rozaduras no eran nada! Kagome sostuvo a Shippo en brazos, que se estaba riendo ruidosamente y haciendo comentarios para caldear los ánimos.
Inuyasha y Sango fueron a la cabeza, con Shippo caminando detrás, todavía intentando provocarlos.
—Gracias —susurró Kagome.
Miroku le dirigió una sonrisa y un guiño.
—No sé de qué está hablando, señorita Kagome.
—Pensaba que los monjes no podían mentir.
Miroku había roto la tensión. Hacer que los demás se concentraran en algo más, incluso si era en la destrucción de su persona, les hizo apartar sus mentes de la inminente batalla. Era brillante y mucho más comprensivo de lo que la gente le reconocía.
Kagome jadeó. ¡Y tenía la mano en su trasero!
—¡PERVERTIDO! —gritó. Recogió algunas rocas y lo persiguió por el corredor, tirándoselas.
El monje pasó corriendo junto a Inuyasha, que empezó a perseguirlo con un nuevo propósito. Después de todo, su fino oído había captado el comentario de Kagome. Kagome se detuvo para coger aire y se rio mientras la relevaba en su persecución. Esperaba que Inuyasha no le hiciera daño… no mucho… Después de todo, Miroku también había conseguido que apartara su mente de sus serios pensamientos.
Una vez que Miroku volvió a estar consciente, el grupo continuó por el corredor. Esta vez, Kagome lideraba la marcha. Era un laberinto de túneles, pero Kagome elegía la dirección a seguir instintivamente por el tirón que sentía. Nadie cuestionó su juicio.
El ambiente se había vuelto más frío. Kagome se detuvo antes de la siguiente esquina y se giró para mirar a sus amigos. Aquí es.
Más allá de la esquina encontraron a una niña. Era pálida y de aspecto frágil con ojos vacíos. Y sostenía un espejo. Permanecía quieta. Muy quieta. Y no se movió cuando el grupo se aproximó a ella.
—Tenemos invitados, Kanna.
El grupo se volvió para encarar a la voz. De las sombras salió un hombre alto con largo pelo negro y ojos rojos. Kagome se estremeció. No había ninguna duda, este hombre era malvado.
—Naraku —siseó Miroku.
El hombre alzó la mano.
De su mano empezaron a salir demonios. Kagome ni siquiera pudo empezar a contar. Corrió rápidamente a un lado y sacó una flecha. Inuyasha, Sango y Miroku ya estaban rebanando a los demonios. Pero venían en oleadas, casi como el agua. Había demasiados como para hacerles mella. No podían acercarse más al hombre malvado.
Shippo se quedó a su lado y proyectó ilusiones de fuego fatuo para distraer y confundir a los enemigos. Kagome le dirigió una sonrisa. Era el más pequeño del grupo, pero nadie podía dudar de su corazón. Y ahora mismo estaba demostrando que era igual de valiente.
La primera flecha de Kagome derribó a dos demonios, el disparo consiguió perforar el cráneo de un demonio y el corazón de otro. Su segunda flecha erró. El demonio al que había estado apuntando se rio, pero solo por un momento. Las garras de Inuyasha acabaron rápidamente con él. El demonio perro le dirigió a Kagome una mirada y ella bajó los ojos avergonzada.
Agarró una tercera flecha con renovada determinación. Apuntó y dejó que la flecha volara. Dos demonios menos. Solo dos. ¡Pero hay muchos! ¿De qué sirven unas cuantas flechas?
Otra flecha atravesó el aire y otro demonio cayó. Kagome continuó apuntando con el arco y disparando sus flechas detrás de la protección de Shippo. Pero pronto, el número de flechas menguó hasta que Kagome no pudo agarrar nada más que aire cuando se estiró hacia el carcaj. Se lo quitó de su espalda y rebuscó en él frenéticamente, esperando que apareciera otra flecha mágicamente.
Kagome reprimió las lágrimas y se levantó con el arco aún en la mano. Buscó a sus amigos entre el mar de demonios. Inuyasha estaba despedazando demonio tras demonio. El búmeran de hueso de Sango continuó acabando con docenas de demonios. Miroku proyectaba barreras para proteger a Sango y hechizos para destruir a los demonios que se acercaban demasiado. Kirara hizo que en la cueva lloviera fuego. Eran fuertes, pero pronto se cansarían y un centenar más de demonios caería sobre ellos. Aún seguían saliendo de la mano de Naraku.
Kagome abrió los ojos desmesuradamente por el miedo cuando vio que los hombros de Sango se hundían ligeramente y la voz de Miroku se quebraba mientras volvía a lanzar el hechizo de barrera. Se estaban cansando y aún quedaban demasiados demonios.
Entonces, lo vio. La segunda flecha. Aquella con la que había fallado.
Con la mandíbula apretada en gesto de determinación, escapó desde la seguridad de las ilusiones de Shippo y entró corriendo en mitad de la batalla. Oyó su nombre alzándose sobre la pelea. Era Inuyasha y no era un medio demonio feliz. Sus dedos apenas tuvieron tiempo de cerrarse alrededor de la flecha cuando sintió que la levantaban en el aire.
—¿Estás loca? —le gritó Inuyasha mientras la llevaba de vuelta al lado de Shippo—. ¡No puedo luchar si tengo que estar cuidando de ti!
Kagome hizo una mueca. Después de ordenarle que se quedara quieta, Inuyasha saltó de nuevo al medio de la batalla.
—Eso FUE bastante estúpido, Kagome.
—Sí, gracias por señalarlo, Shippo. —Sostuvo en alto su flecha engreídamente—. Pero recuperé esto, ¿no?
Shippo la miró como si estuviera loca.
—¿Qué bien puede hacer una flecha?
Kagome sonrió.
—Te sorprendería la diferencia que puede marcar una. —Le alborotó el pelo y le dio un beso en la coronilla.
Respirando hondo, Kagome puso la flecha en el arco y tensó. Esta la apuntó hacia el pecho de Naraku. Una PUEDE marcar la diferencia. Puede hacerlo. Cerró los ojos y pensó en sus amigos de aquí. Pensó en Kirara y en cómo podía cambiar de una bonita y mimosa gatita a un feroz demonio gato. Pensó en Miroku y en cómo, a pesar de su tendencia a los toqueteos inapropiados, era un hombre que se preocupaba de verdad por sus amigos. Pensó en Sango y en cómo consiguió seguir siendo buena persona, una persona fuerte, a pesar de todo el dolor y la pena que había soportado. Pensó en Shippo, en su pérdida y en cómo era demasiado mayor para su edad y su búsqueda de una familia. Kagome bajó la vista hacia él amorosamente.
Y pensó en Inuyasha. Cerró los ojos una vez más y se permitió sentir en vez de pensar.
Quería proteger a sus amigos.
—Kagome —oyó un susurro sobrecogido, pero no miró atrás—. ¡Estás brillando de color rosa!
Abrió los ojos lentamente. Podía sentir el poder rodeándola. Era cálido y un poco hormigueante. Vertiendo todos los sentimientos y el poder que notaba acumulándose en ella, tensó el arco, apuntando cuidadosamente con la punta de la flecha. Entonces, soltó.
La flecha brilló con un color rosa, con chispas que salían disparadas haciendo el camino casi demasiado brillante como para mirarlo. Los demonios que tocó parecieron casi esfumarse. Naraku abrió los ojos desmesuradamente. Los demonios pararon de salir de su mano y la mayor parte de su cuerpo salió volando. Lo único que quedó de él fue su cabeza, cuello y parte de su pecho.
Kagome se quedó boquiabierta. ¡Aún seguía vivo! Kanna asió lo que quedaba de Naraku y huyó de la batalla. Sango consiguió sacar el espejo de las manos de la niña antes de que se fuera.
Muchos de los demonios huyeron, sabiendo que sus posibilidades de victoria se habían partido por la mitad. La derrota de Naraku hizo que el resto del grupo luchara más arduamente incluso. Kagome se volvió más audaz y volvió a entrar en el campo para recuperar sus flechas de los cadáveres de los demonios a los que había dado muerte. Algunas de las flechas necesitaban puntas nuevas, pero varias aún podían usarse. Shippo tuvo que trabajar para arreglar las flechas que necesitaban puntas nuevas mientras Kagome empezaba a disparar. El poder que había tenido antes no era igual de fuerte, pero aún estaba ahí. Sonrió cuando su flecha eliminó ahora a docenas. Todo lo maligno en su camino era destruido.
La batalla no duró más de media hora después de que Naraku y Kanna huyeran. Pronto, los amigos se irguieron victoriosos en el campo de batalla justo antes de desplomarse en el suelo.
—Quiero dormir —suspiró Sango mientras se recostaba, usando su búmeran como almohada.
—Yo también —concordó Miroku. Él también se recostó, yaciendo a su lado. Por una vez, Sango no lo dejó inconsciente por sus actos. Estaba demasiado cansado como para hacer nada inapropiado.
—¡Yo quiero un baño!
—Tú siempre quieres un baño —gruñó Inuyasha mientras miraba hacia Kagome—. Bordea en lo obsesivo.
Kagome le golpeó en el hombro afablemente, casi aturdida por el humor bromista del que estaba el hanyou.
—No soy una obsesa. Estoy sentada sobre un montón de intestinos de demonio, creo que es necesario un baño. —Olfateó dos veces… dramáticamente—. ¡Para todos!
Miroku abrió un ojo y alzó una ceja.
—¿Está sugiriendo que nos bañemos juntos, señorita Kagome?
—¡AAAaaaa! ¡No! ¡Eso no era lo que quería decir! —Sango e Inuyasha se rieron entre dientes por su nuevo tono rojo. Más allá de sus hombros, vio a Shippo sentado y mirando al suelo. Invocando lo que quedaba de sus fuerzas, Kagome se levantó y fue hacia él—. ¿Qué pasa, Shippo?
El zorrito alzó la vista hacia ella con lágrimas sin derramar.
—Es el espejo…
Inclinándose, Kagome tocó el espejo. Lo recogió con cuidado. Era precioso. Estaba hecho de oro y tenía tallados unos complicados patrones.
También estaba roto.
