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Capítulo 16
Château
Du Ciel

Invierno

Había escuchado el último pitido de aquella máquina infernal succionadora de todas sus desveladas y de derrames emocionales que habían sido grabados con letras de sangre… O así es como le denominaba Shauntal sin que Caitlin lo llegara a comprender.

―Son 35,947,332.80 ―Balbuceó la joven cajera tras el mostrador sin dejar de ver la fila de cajas que se habían formado detrás del empacador nerviosos que no sabe dónde acomodar los siguientes productos que han llegado a sus manos.

―También son estos. ―Expresó la joven rubia quitando las etiquetas de su nuevo conjunto invernal.

La joven cajera regresó su vista hacia la joven rubia parada del otro lado del mostrador que le extendía 5 etiquetas. Desde un principio no lo había notado porque su vista se enfocó en las cajas flotantes que se acercaban hacia ella pensando en que aquel pokémon las dejaría caer sobre ella, pero ahora que ya tenía la mente un poco más despejada observó muy bien a la joven rubia.
El conjunto invernal con el que vestía era único en todo el mundo y por ende el más caro de la tienda. Solo se llegó a ver ese conjunto una sola vez en pasarela y fue portado por la famosa entrenadora pokémon tipo hada de la región de Kalos, Valerie. El excéntrico diseñador Cusseau había anunciado que este conjunto solo podía ser portado por una dama que tuviera la gracia y elegancia de un pokémon. Cabe destacar que la declaración del diseñador dejó perplejo a más de uno y no precisamente por el significado de aquellas palabras. El diseño del conjunto no era extravagante de hecho era sencillo, y eso era lo que llamaba la atención. Las botas largas casuales eran de color beige con un adorno en la parte superior dando alusión a que sobresalían unos calentadores tejidos con dos botones de madera. El mayon térmico, de color negro, se asomaba entre la falda y las botas justo en el espacio de la rodilla. La falda de diseño en tabla era de color blanco y bastante corta la cual se perdían con el abrigo. El abrigo, la pieza más importante del conjunto, era de lana blanca, con cuello peter pan, la cinta que remarcaba la cintura era atada de costado en un grácil moño mediano, la parte baja del abrigo terminaba en diseño de tabla fundiéndose con la falda. Sin duda el abrigo era lo más sobresaliente debido a que era demasiado delgado pero aun así era caliente debido a su forro térmico de la más alta tecnología en fibra. Y por último, sin restarle importancia, se encontraba la cereza del pastel, una boina de lana color rosa pálido con un adorno de flor blanca en cera. Dicha boina resaltaba sus rubios risos dándole un toque angelical.

La cajera agarró las etiquetas y mientras las escaneaba recordaba haber visto a miles de mujeres probándose el conjunto sin llegar a verse igual de encantadoras como la entrenadora Valerie. Pero hay que resaltar que Valeria camina con la gracia y elegancia de un pokémon hada, casi como si flotara. Y esos es algo que las demás personas no podían imitar.

―Son 44, 934,166.00 ―sonrió la cajera de manera modesta.

La joven rubia levantó su pequeño bolso de mano y sacó su cartera. La cajera quedó asombrada al ver todo el dinero en efectivo que cargaba la joven clienta. Cuando Caitlin le pasó el modo de pago la cajera abrió aún más los ojos por el asombro, quedó completamente ida por unos segundos. La cajera bajó su mano y en lugar de realizar el pago presionó un botón negro justo al lado de la registradora… Al paso de unos minutos llegó un hombre de mediana edad vestido con un traje negro corte italiano, paseó su mirada entre la cajera, la joven clienta y por último las cajas tras el empacador que respiraba de manera agitada por haber conseguido acomodar todos esos paquetes.

―¿Qué sucede? ―dijo el señor viendo fijamente a la cajera con un rostro de poca paciencia.

―La señorita va a realizar este pago. ―le señaló a su supervisor la pantalla con el total.― Con esto… ―y en seguida le mostró una tarjeta que yacía entre sus dos palmas.

El hombre quedó igual de impactado que la cajera, sin moverse rodó los ojos hacia la joven clienta que se encontraba bostezando debido a la espera. Y en seguida reaccionó el señor tomando la tarjeta y haciéndoles señas a todos los empleados. Las puertas del departamento de damas fueron cerradas y los clientes que aún seguían a dentro fueron trasladados hacia otros departamentos.

―Señorita, ―dijo con nerviosismo el gerente― si hubiéramos sabido de antemano que distinguido cliente nos visitaría, le hubiéramos dejado a un par de empleados a sus disposición mientras realizaba sus compras… ―y haciéndole una reverencia le extendió una tarjeta platino― Y como disculpa le otorgamos un lugar en la subasta que se llevara a cabo en el noveno piso a las 15:00hrs.

Caitlin da otro bostezo y deja escapar un suspiro cansino.
―No es necesario, solo cargue el adeudo a la tarjeta.

Los empleados se quedan callados mirando fijamente a esa joven clienta. El gerente asiente y se acerca a la registradora para realizar él mismo el cobro. Y aunque lleva años trabajando en ese centro comercial, viendo ir y venir de tarjetas básicas hasta las prémium, en sus 20 años de trabajo por fin vio de cerca la aclamada "tarjeta negra", aquella tarjeta perteneciente al grupo de las 5 tarjetas más exclusivas del mundo que solo un selecto grupo de ricos podía poseer.

Tras pasar la tarjeta por el lector el gerente le entrega a Caitlin su tarjeta no sin antes recordarle la subasta. La joven, asiendo caso omiso, da media vuelta junto con su pokémon y los paquetes les siguen detrás.

Observa a su alrededor viendo los departamentos pensando en qué le hace falta comprar, ha llegado a las escaleras que la llevan de vuelta a la planta baja.

«Debería de compras más pokéballs» Fija su vista en el mapa del centro comercial tratando de ubicar el departamento… El departamento de pokéball está en el noveno piso…

Da un suspiro de mala gana, no quiere ni pasar frente a la sala de subastas. Odia las subastas y odia a los que ofertan, para ella ver a personas pelearse por adquirir algo es de mal gusto… Aunque la mayor parte de las propiedades que posee su familia hayan sido adquiridas así.

Sin más remedio, porque de verdad necesita las pokéballs, da un paso en aquella escalera eléctrica que la llevara al noveno piso.

Sumergida en sus pensamientos recuerda todo lo que vivió con Lucian. El gran plan para la captura de Metagross. Aquel pokémon de coraza impenetrable, tanto en cuerpo como en corazón y mente, supuso un desafío para la joven entrenadora. Sus pokémons, que habían estado ausentes de batallas desde hace un poco más de media década, no fueron rivales para el salvaje Metagross. Se podía decir que ese Metagross barrió el polvo con ellos.

Ya antes le había dicho Lucian, una batalla cada cinco meses no mantiene en forma a su equipo pokémon. Y era verdad. Recordó que en el crucero su equipo estaba por debajo de la media, dejando todo el peso en sus compañeros, fue una suerte para sus compañeros que esas batallas fueran dobles.

Caitlin meneó la cabeza despejando los pensamientos. Regresó de su viaje mental librando con elegancia el último escalón que se ocultaba de la escalera eléctrica.

Pasó al lado del estandarte que anunciaba la subasta que se llevaría a cabo ignorándolo por completo. Siguió de frente para llegar al mostrador de las pokéball. Contempló con cuidado cada una de ellas esperando encontrar la indicada para poder capturar a ese Metagross. Era cuestión de orgullo. Tanto para ella como para su equipo pokémon.

Da otro suspiro cansino… Si tan solo ese Metagross no fuera tan obstinado y se dejara capturar en lugar de romper todas las pokéballs…

El cristal del mostrador se cuarteó haciendo que la recepcionista retrocediera preguntándose ¿qué sucedió?

Gothitelle choca su espalda contra la espalda de su entrenadora y recarga su cabeza con la de ella esperando a que se tranquilice. La joven rubia recapacita y se da cuenta que está en un lugar público. Da un bostezo y disimula su mal humor… Rodea por completo el mostrador sin convencerse de cuál pokéball comprar. Hay de todo, pero tratándose de ese Metagross tiene que ser una de mayor calidad o en todo caso una que le dé la máxima posibilidad de captura mientras se alargue el combate…

Y su mente viaja mientras observa una pokeball de alta probabilidad de captura…

Había trascurrido el quinto día de captura, Metagross se encontraba de frente contra Bronzong, el rechinar del metal destrozaba cada nervio de la joven haciendo que adquiriera una nueva y mala maña, morderse el dedo pulgar. Ante el último ataque dado por Bronzong Metagross cayó mal herido, fue entonces que la joven volvió a lanzar una pokéball siendo la onceava en esta batalla… A cada agitación de la pokéball Caitlin podía sentir su corazón salirse de su pecho, por primera vez cruzo sus dedos esperando a que la buena fortuna le sonriera… Y la tercera agitación de la pokéball llegaba a su fin…, y un destello salió… Metagross seguía en pie clavando sus ojos rojos en ese par… Su siguiente ataque derribó a Bronzong dejándolo fuera de combate. Ese pokémon había destrozado por completo a todo su equipo pokémon, ya no había nadie en la fila. Aquel pokémon salvaje miró fijamente a Caitlin como si se burlara de ella. Para Caitlin ya no era un secreto que ese pokémon estuviera en otro nivel. Volvió a morderse el dedo pulgar y se preguntaba cómo es que fue convencida para intentar capturarlo… Claro, la respuesta obvia estaba frente a ella. Dirigió sus grandes orbes turquesa hacia el causante de todo, Lucian. Si no fuera porque le tuviera en gran estima, casi al grado de ponerle un altar, lo hubiera mandado por donde vino. Pero era Lucian.

No despegues tu vista del objetivo…

Lo escuchó tan claro como el día en que se lo dijo y levantó su vista del mostrador... Le indicó a la encargada de cual tipo quería y cuantas iba a llevar, para evitar la conmoción que recibió en el anterior departamento y no tener que encontrarse con el gerente decidió pagar en efectivo.

De nueva cuenta con un par de cajas extras flotando tras de ella se encaminó hacia las escaleras eléctricas. El timbre del altavoz retumbó por todo el centro comercial llamando la atención de algunos clientes, la encargada de servicios al cliente hace el anuncio sobre la subasta que se llevaría a cabo en el noveno piso, solo faltaban diez minutos y el registro para entrar a la subasta pronto se iba a cerrar.

A la joven rubia poco le importó el anuncio, siguió su camino hacia la entrada cuando su estomago rugió. Ahora que lo recordaba no había probado bocado alguno desde la mañana y eso fue porque Lucian se despidió de la joven con un gran desayuno que ella catalogaría de 5 estrellas. De tan solo recordarlo se le hizo agua la boca y deseó con todas sus fuerzas volver a tener otro encuentro con su adorado "dios" Lucian.

En el décimo piso se encontraba la zona de descanso, ahí podía uno escoger qué comer. Para la mala fortuna de Caitlin no había un restaurante 5 estrellas, o al menos uno decente. Todos ellos eran de comida rápida… Y sus ojos se posaron sobre un local el cual resaltaba del resto con una luz propia…

Lo estaba devorando pero también lo estaba disfrutando, su suave textura que se deslizaba por toda su boca y embadurnaba sus rosados labios, su sabor que la embriagaba deseando querer morderlo en lugar de seguir jugando con él con su lengua, y esa sensación fría que se iba convirtiendo en cálida mientras se deslizaba por todo su ser haciéndola estremecer… Ya no pudo contenerse más y su instinto salvaje salió a flote, abrió más su boca y sus colmillos y dientes penetraron la suave textura y le arrancaron un gran pedazo para profundizar más el sabor de este delicioso helado.

Caitlin podía sentirse en el cielo, este helado había sido excitante, no solo para su boca sino para todo su cuerpo. ¿Cuándo fue la última vez que comió un helado con esa avives? No lo recuerda con certeza pero al ser un helado de lo más sencillo le pareció el mejor del mundo. La gloria.

Y aunque hacía frío, que al parecer ella no sentía, Caitlin devoró otros dos helados y dos platos de fresas congeladas. No era exactamente una comida completa pero con esto era suficiente para calmar su ansiedad y a su estomago.

Con el estomago lleno y el corazón contento Caitlin decidió abandonar el centro comercial e ir a al encuentro de Alder en la montaña nevada. Ensimismada en su propio mundo mientras descendía del décimo piso al noveno un grupo de entrenadores que iban de subida en la otra escalera eléctrica mencionó algo que llamó la atención, de la mente, de la joven rubia… ʹSubasta… la maestra… de las pokéballsʹ. Tanto Gothitelle como su entrenadora giraron sus cabezas para ver al grupo de entrenadores que seguían hablando.

Una pokéball con el cien por ciento de captura debe de costar una fortuna.

Tengo entendido que esas son exclusivas para los mejores entrenadores pero solo por hoy estará en subasta.

Por Arceus, quisiera ser rico.

Entre las risas que desataba el grupo, Caitlin bajó el último escalón eléctrico de un brinco y giró su cabeza para encontrarse con los celestes ojos de su pokémon…

―Señorita, por favor no insista. La subasta ya inició y no la puedo dejar entrar.

―Debo entrar. ―dijo con gran determinación que ni ella misma se lo creía.

―Lo siento señorita pero el registro ya se cerró, los únicos -…

―Debo entrar. ―insistió Caitlin tratando de evadir a la encargada de la puerta.

Este ajetreo llamó la atención de todos los clientes en el noveno piso que hasta los guardias de seguridad llegaron y acudieron a auxiliar a la encargada.

―Señorita sea tan amable de retirarse. ―le tomó del brazo uno de los guardias.

―Ustedes no entiende, debo entrar.

Caitlin se jaloneaba del agarre del guardia, por el otro lado el guardia trató de tensar el agarre para que ella no se moviera tanto, sin medir su fuerza Caitlin se jaloneó más que terminó golpeándose en el costado derecho. La joven perdió por un momento el equilibrio y los guardias aprovecharon para rodearla y escoltarla.

―Déjenme es paz, no saben con quién se meten. ―Caitlin miraba fijamente a uno de los guardias con gran furia en sus ojos.

―¿Qué es este escándalo?

Los guardias, así como Caitlin, voltearon a ver a la persona que llegaba tratando de poner un poco de orden. Caitlin reconoció de inmediato ese traje negro de corte italiano. Recobrando la compostura los guardias le explicaron la situación al hombre de traje. El hombre tras escuchar lo sucedido de acercó a la joven… pasó un tiempo de silencio en donde el gerente trataba de procesar la información dada por los guardias y relacionarlo con la cliente que tenia frente a él…

―Le ofrezco disculpas por lo sucedido, distinguida cliente. ―El gerente estaba tan apenado que sorprendió a los empleados y a los guardias― No sé como remediar esta falta de respeto.

―Déjeme entrar a la subasta. ―le respondió de manera inmediata.

El gerente arqueó una ceja y se le quedó viendo.

―¿No se puede? ―se molestó y se cruzó de brazos.

―Claro que se puede. ―le respondió el gerente.

La encargada de la puerta le recordó al gerente sobre el registro de la subasta y que ésta ya había empezado. Sin prestar atención a lo que le decía la empleada el gerente se acercó a Caitlin.

―¿Recuerda la tarjeta que le di?

Caitlin ladeó la cabeza y miró con extrañes al señor.

―Esa tarjeta le da pase automático a la subasta.

Caitlin abrió más los ojos ante la sorpresa, rebuscó en su bolso de mano casi al punto de voltear el contenido del bolso para encontrar la dichosa tarjeta… por fortuna no fue necesario. Los orbes turquesa de la joven no dejaban de ver aquella tarjeta de plástico que dibujaba una línea entre la subasta y el pasillo del noveno piso.

El gerente sonrió al ver la expresión de alegría que se dibujaba en el rostro de la rubia. La tomó por la espalada y la encaminó en silencio hacia la puerta de la sala de subastas. Caitlin aún seguía maravillada por la tarjeta que no se percató de que el gerente la estaba guiando hacia un palco exclusivo. Cuando Caitlin reaccionó vio que la sala de subastas era demasiado espaciosa, casi del tamaño de una sala de ópera con división de palcos.

―Este es su palco privado. ―el gerente le cedía el paso― En la mesa de al lado encontrara su paleta, un par de binoculares y una lista de los artículos que se subastan. No solo nuestros productos son subastados hay algunos clientes que ponen en subasta algunas de sus pertenencias.

Dicho esto el gerente se despidió. Caitlin buscaba en la lista la famosa pokéball de la que tanto hablaban esos entrenadores…

42, 000 a la una, a las dos… vendido al señor de verde de la quinta fila.

Caitlin levantó la vista y la fijó hacia la subastadora… le costaba trabajo ver qué era lo que subastaban que utilizó sus binoculares.

Depositado en una pequeña charola yacía un cofre de plata tamaño joyero con molduras de delfines. Caitlin hizo una mueca de desagrado. Nunca le agradaron las subastas y ahora se encontraba en una…, y además forzó su entrada.

―Pero que hago aquí. ―se levantó y dio un paso cuando…

El siguiente artículo es uno de los más esperados por nuestros clientes. ―dijo la subastadora.

Y Caitlin regresó a su asiento olvidando por completo lo que había pensado hace unos segundos.

Uno de los asistentes entró cargando un cuadro y lo colocó en el caballete de madera, los susurros de los clientes no se hizo esperar. Caitlin dirigió su vista hacia los postores y vio que una gran parte de los presentes en la sala se inclinaban hacia delante listos para ofertar.

Château du ciel. ―dijo la subastadora señalando el cuadro― La oferta empieza con…

No terminó de dar el precio de inicio cuando una paleta se levantó seguida de un grito.
―36,500,000,000

Caitlin casi escupe el té que le habían llevado. La suma por ese cuadro le parecía exorbitante, pero no parecía ser así para el resto de los presentes ni para el subastador. Los gritos de los postores continuaron llevando la cifra a un nivel absurdo. La joven rubia frunció el ceño, tomó los binoculares y fijó sus ojos turquesa en aquel cuadro…

Aquel despliegue de colores llenó en un vuelco todos los sentidos de Caitlin. El suave acunar de los árboles bauhinia siendo acariciados por el viento era como si estuvieran abriendo una senda hacia la más bella construcción jamás vista. Aquel castillo de dos torres de color perlado se alzaba al lado del un lago y era rodeado por el celeste cielo que parecía ser sacado de algún cuento de hadas. Las pinceladas del artista daban la sensación de que el cuadro era la puerta hacia un mundo mágico que te susurraba ʹentraʹ…

Todos sus sentidos estaban nublados ante ese cuadro… Los labios de la joven se movieron y el silencio en la sala se hizo presente ante las miradas atónitas de los compradores…

La subastadora empezó a dar el conteo ante la última cifra dada…
―… A la una… A las dos… vendido a la joven dama del palco número cuatro.

Y ante ese último grito Caitlin regresó a sus sentidos…
―¿Palco… cuatro…? Soy…yo.

Conmocionada se levantó del asiento y salió corriendo hacia el pasillo de la sala de subastas, el gerente de la tienda se encontraba recargado en la puerta de la sala. El gerente despegó su vista del suelo al sentir la mirada penetrante de alguien solo para encontrarse con el rostro agitado de la joven rubia.

―Señorita, ¿se encuentra bien?

Caminando a paso lento, arrastrando los pies, Caitlin balbuceó aún sin poder comprende lo que había pasado.
―Yo compre… algo…

El gerente sonrió gustoso… pero su sonrisa se desvaneció al ver la cara de la joven rubia que se tornaba de miedo.

―Señorita, ¿usted no quería comprar ese objeto?

Caitlin levantó la vista… Dudo por un buen rato… No sabía cómo explicarlo… Se sentía hechizada…

―Yo solo… ―Se llevó las manos a la cara tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Qué tenía ese cuadro que la atrapó?... era una vista bella y conocida, era mágica… Respiró profundo y exhaló, levantó la vista para encontrarse con los ojos marrones del gerente― ¿Dónde se realiza el pago? ―su confianza había regresado.

El gerente condujo a Caitlin a la parte trasera del escenario. Allí había demasiadas personas, desde el personal de la subasta, los bodegueros, los contadores, los valuadores, los clientes…, entre otros. La parte trasera del escenario era un caos. Todos querían ser los primeros en pasar.

Caitlin paseaba su vista en todos los objetos que fueron subastados y los que iban a ser subastados… Y ahí estaba el objeto por el cual entró a esa subasta y era el siguiente en entrar al escenario…

―Señorita. ―habló el gerente haciendo que regresara su vista al frente― hemos llegado.

La pequeña oficina con paredes de cristal no parecía exactamente un lugar acogedor debido al papeleo que invadía el escritorio y esos horrendos adornos de oficina, sin mencionar el enviciado olor de incienso. Caitlin se tapó la nariz tratando de apaciguar el olor del incienso, se sentó en la única silla libre frente al escritorio y fue recibida por una señora canosa y flaca que portaba unos lentes rojos de pasta gruesa y por lo visto eran de demasiado aumento.

Château du ciel ¿verdad? ―dijo la señora mostrando sus dientes manchados de amarillo seguramente por ser una fumadora compulsiva, por eso el apestoso aroma a incienso para disimular el olor a cigarrillo― En todos los años que llevo trabajando de subastadora jamás había visto que la subasta de Château du ciel acabara rápido, por lo general es una masacre. ―y se ríe― Todo el mundo quiere poseerla pero son muy pocos quienes pueden mante-…

Caitlin se llevó una mano a la boca analizando las palabras de la señora, de verdad fue una masacre, y ella fue participe. Quedó embelesada por la pintura que de alguna manera tomó control sobre ella haciendo que ofertara y acabara con esta absurda subasta.

―Y aquí está. ―habló la señora sacando de sus pensamientos a la joven.

La joven levantó la vista buscando el cuadro, pero no vio nada.
―¿Dónde está?

―Aquí. ―le señaló la señora un sobre manila que fue deslizado cerca de sus manos.

Caitlin se le quedó viendo al sobre arqueando una ceja
―¿Qué es esto?

La señora respondió como si fuera lo más obvio del mundo.
―Las llaves.

Ahora sí Caitlin estaba confundida.
―Disculpe, no la entiendo.

La señora volvió a sonreír mostrando sus dientes amarillos.
―Son las llaves de la propiedad.

La confusión en Caitlin aumentó.
―¿Perdón?…¿Propiedad? … Yo adquirí un cuadro.

La señora comprendió lo que pasaba aquí y vio de reojo al gerente.
―Ya veo, usted no leyó la lista de objetos a subastar ¿verdad? ―Caitlin asintió, la señora se soltó a reír de manera escandalosa― Es la primer persona en adquirir tan increíble propiedad sin saber lo que ha comprado.

―Entonces que adquirí. ―dijo Caitlin molesta cruzándose de brazos.

La señora sacó los papeles de la propiedad y los dejó caer frente a Caitlin como una lluvia de sentencia.
Château du ciel es el nombre de la propiedad que ha adquirido.

Los ojos turquesa de la joven leyeron de manera rápida la escritura de la propiedad sorprendiendo a la subastadora y al mismo gerente. En tan solo un par de minutos Caitlin leyó diez hojas dobles contando con las clausulas de la compra-venta.

Era un hecho, la joven dama había ofertado por un castillo del siglo XVI… y mordió su dedo pulgar.

―¿Cómo si no fuera suficiente con las propiedades que tengo? ―balbuceó para sí misma.

La señora llamó la atención de Caitlin dejando caer de manera escandalosa su taza de café sobre el escritorio.
―¿Hacemos el trato?

Caitlin la miró fijamente con soberbia, levantó su brazo derecho y mostró su tarjeta.
―Cárguelo a la tarjeta.

La joven dama vio su tarjeta negra ser deslizada y ser impreso el comprobante, luego vio como colocaba la señora aquellos sellos de la compra-venta dejándolos caer sobre las hojas… Y después llegó la firma de Caitlin que cerraba el trato y firmaba la sentencia.

Ahora Caitlin era propietaria de un predio de 70 hectáreas que abarcaba un lago, un bosque y un castillo del siglo XVI, toda esa zona era mejor conocida como Château du ciel, el nombre que le puso el arquitecto según en honor a su esposa que estaba esperando.

La historia sobre su nueva residencia hizo que apreciara más lo que acababa de adquirir. Más ahora que contemplaba el cuadro usado en la subasta. Aún seguía embelesada con la magnífica pintura, al acercarse para apreciarla mejor pudo constatar que tanto el lienzo como el marco eran pertenecientes a la misma época del castillo…

―El cuadro también es parte de los muebles que posee la casa. ―habló la señora.

Sin despegar la vista del cuadro Caitlin habló:
―Esa residencia posee muebles de su época y de la actual, ¿acaso sus anteriores dueños no los quisieron conservar?

―El château ha pasado por 50 dueños en los últimos 80 años. ―la señora dio una sonrisa burlona― Como le dije antes, todo el mundo quiere poseerla pero son muy pocos quienes pueden mantener la propiedad.

Caitlin despegó su vista del cuadro y la fijó en la señora. La señora encendió un cigarrillo.

―Mantener la construcción, el lago, el bosque, y además de eso están también los pokémon salvajes que habitan ahí creando desperfectos, han hecho que los dueños pierdan más dinero de lo necesario. Sin mencionar que en la última década el château se convirtió en la residencia de pokémon fantasma, creando innumerables accidentes a los trabajadores. ―y da una gran bocanada al cigarro― Y ahora usted le acaba de quitar ese problema al señor Saunière.

Caitlin se giró hacia el cuadro y lo giró con cuidado.
―No tiene ninguna marca, cuando lo envuelvan y lo envíen al château espero que siga en las misma condiciones.

Y dicho esto la joven se fue seguida de Gothitelle y los paquetes flotantes.

Su mal humor no disminuyó en nada, quería estrangular el primer objeto que pasara frente a ella… De sólo recordar lo que sucedió con ese Metagross que no se dejó capturar, la calificación reprobatoria de Lucian y sus últimas palabras que la dejaron sin habla… Sumándole a todo eso ahora estaba el asunto de la subasta que no se encontraba en sus planes de compra. Se llevó las manos a la cara deseando que esto fuera solo un sueño y que seguía en esa montaña junto a Lucian tratando de capturar a Metagross…

―Y ahora cómo les diré a todos que la liga pokémon será suspendida por dos años solo porque reprobé la prueba que puso la asociación… ―dio un largo suspiro y después se mordió el pulgar.

Continuará…

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I'm back. Si alguien me quiere matar por tardar en actualizar lo entenderé. Saludos a todos.