¡Feliz año 2019! Iniciemos este año con buena vibra.
Antes que nada quiero decirles que si encuentran algún error de continuidad en la historia, dobles espacios, cambio radical de idioma, o falta de algún signo o guión de dialogo, es culpa de fanfiction, no tengo idea del porqué esta fallando pero no es la primera vez que sucede así que les pido que sean pacientes con este capítulo. La verdad lo estaba revisando pero como tengo gripe llegué a la mitad y me rendí, el sueño es el culpable. Bueno, los dejo y disfruten del capítulo.

Nota de los signos:
* *= sonidos de ambiente.
« » = pensamientos.

«' '» = recordando lo que dijo una tercera persona.
{ } = sueños.

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Capítulo 19
Bruma

Invierno

―34.7°C ―dijo Emmett leyendo el termómetro digital― tiene hipotermia. ―y los volteó a ver.

Ante las ordenes de Emmett los miembros varones se movieron, cargando leña y baldes con agua, gritándose entre ellos desde lejos para que les alcanzaran algo, subiendo y bajando las diminutas escaleras de madera de la cabaña para llegar al ático y abrir esas polvorientas cajas de cartón que guardan las compresas de plástico y algunas cobijas extra. Todos se movían en el pequeño hogar, incluyendo a Emmett que no dejaba de dar órdenes, todos menos ella.

Shauntal se llevó las manos al pecho reconociendo el rápido palpitar de su corazón como taquicardia, poniendo en alerta todo sus sistema nervioso e hiperventilándose. Todo su organismo se puso a la defensiva ante aquel recuerdo; La cortina de agua levantándose en medio de esa niebla, la impotencia al sentirse tan inútil, aquel grito ahogado que le caló hasta el alma…, y después el silencio sepulcral que se produjo ante el cuerpo pálido tirado en la blanca nieve… Sintió frío y se abrazó a sí misma tratando de buscar un consuelo y perdón…

―34.6°C ―dijo Emmett realizando la nueva lectura― ¡¿Ya está el agua?! ―gritó desesperado.

Los pokémon pasaron alrededor de ella, incluso pudo sentir que algunos la golpearon al pasar rápido.

―¡Desvístete! ―le gritó Emmett a la estatua de Shauntal.

En ese momento la pequeña y acogedora cabaña le parecía absurdamente grande y deforme, agrandándose y estrechándose al mismo tiempo, y cuando asimilaba su tamaño ésta volvía a agrandarse…

―¡Shaunta!

Para ella aquellas palabras se escuchaban como un eco difuso, todo se veía y se escuchaba como si estuviera a través de una cortina de agua que la asfixiaba… Incluso ella misma se asfixiaba de su presencia…

Sintió una sacudida que hizo temblar la absurda habitación deforme.

Unos ojos verdes la veían fijamente. Marrón y verde, verde y marrón… La habitación regresaba a su forma original… y otra vez crecía ante ella deformándose…

―Shauntal escúchame. ―Le habló Emmett viéndola a los ojos― Si este termómetro marca 34°C será demasiado tarde para Caitlin ―el enfermero levantó el aparato y se lo mostró a Shauntal, la nueva lectura marcaba 34.5°C― Su temperatura está disminuyendo demasiado rápido, ―le agarró con gentileza las manos pues no era la primera vez que el enfermero enfrentaba la situación del estado de shock― ayúdame a estabilizarla.

¿Qué acababa de decir Emmett? Esa maldita cortina de agua no dejaba oír nada…

Otra vez volvió a hablar Emmett "glab lar larg" fue lo que entendió ella por medio de la cortina de agua…

―Patético. ―Dijo aquella voz ronca y bastante profunda la cual ella reconoció enseguida. La única voz que lograba sobrepasar cualquier barrera que le inhibiera.

Giró su cabeza, sus bellos ojos marrones, ahora opacos por el dolor, se encontraron con aquellos ojos celestes que la hacían estremecerse y perder cualquier sentido de la lógica, ya sea psicológico como físico.

Él seguía viéndola sin inmutarse ante los "absurdos", como así le llamaba él, reclamos de Marshal que por lo visto quería meterle dos puñetazos: uno en el estomago y otro en el rostro. Por su parte Alder tuvo que intervenir pidiéndole a Sawk que detuviera a su entrenador mientras él reprendía a Grimsley. Desde un tiempo para acá ese era el día al día de Alder.

Shauntal se llevó una mano hacia su cabeza tanteando alrededor, el agua estaba caliente, se giró un poco para ver al enfermero rellenar las compresas de plástico con el agua caliente que le había llevado Grimsley hace unos minutos. Sintió una mirada sobre sí y giró la cabeza, Grimsley la estaba viendo fijamente con los brazos cruzados mientras Alder le reprendía en una de sus tantas reprimendas en donde al parecer las palabras de Alder le entraban por un oído y le salían por el otro.

«Tonta» se dijo para sus adentros.

Procedió a bajar el cierre de la chamarra y quitársela en un movimiento dejándola caer en la vieja alfombra gris que se encontraba debajo del sofá principal abarcando la mesita podrida de madera, se levantó poco a poco el suéter de lana color rosa que le había regalado Caitlin apenas ayer, la verdad el rosa no era su color favorito era el de Caitlin, el rosa coral era sinónimo de Caitlin, en cambio los colores derivados del morado eran sus favoritos, todo en ella era de ese color, también le gustaban los colores derivados del azul, bueno algunos. Ahora que lo pensaba amaba el celeste, como los ojos que le miraban en este momento… Se ruborizó un poco al quitarse la blusa púrpura y quedar sólo con el sostén de encaje blanco ante los gritos de Marshal y Alder por desvestirse en medio de la estancia. Mientras se desabrochaba el pantalón de mezclilla recordó que Caitlin también tenía un lindo color de ojos… ¿eran verdes o eran azules?... Oh, el color turquesa sin duda es un bello color, tal vez debería de darle la oportunidad para ser parte de sus colores favoritos.

―Tiene que alcanzar por lo menos los 35°C ―dijo Emmett levantando las cobijas que cubrían el cuerpo semi desnudo de Caitlin.

Shauntal se acostó al lado de ella, frío fue lo que dijo su piel al sentir la piel de su amiga. Maldición, ¿a cuántos grados se encontraba Caitlin? Por lo visto esas compresas calientes no eran suficientes y ni hablar del masaje que le daba Emmett en las piernas y brazos.

En los próximos minutos escuchar el pitido del termómetro se volvió una agonía para ella, pues no sabía, o más bien no quería saber, los grados que marcaba. Rayos, esas compresas calientes de poco sirven.

El pitido de ese termómetro siguió sonando como si ya fuera algo habitual en la estancia. Poco a poco Shauntal fue cerrando sus ojos ante la fatiga que le provocaba el estar calentando a Caitlin, pero con la añoranza de poder ver esos bellos ojos de misterioso color otra vez, ¿eran verdes o eran azules?

Sólo había trascurrido unos minutos, o así es como ella lo pensaba, cuando el termómetro volvió a sonar y Shauntal dio un brinco en el sofá, los ojos de Emmett se clavaron en los de ella, por alguna razón ya no sentía tanto frío como antes.

―Ya puedes salir de ahí. ―le dijo Emmett mostrándole el termómetro, 35.6°C se leía en la pantalla.

―Aun puedo…

Sus palabras quedaron acalladas ante la negativa del enfermero explicándole que ya nada podía hacer, ahora era el turno del propio organismo de Caitlin en generar calor por medio de la circulación sanguínea.

Shauntal salió debajo del cobertor y enseguida Emmett le arrojó una sabana, aún recordaba cómo se pusieron Marshal y Alder al ver a Shauntal desvestirse, él no se inmutó y actuó como todo un profesional al estar acostumbrado a estas situaciones. Giró un poco su cabeza para ver si estaban prestando atención los dos varones que armaron escándalo pero su vista se desvió hacia el entrenador oscuro que estaba sentado en el sofá individual disfrutando de su café recién preparado con los ojos cerrados. Sin duda ese sujeto le intrigaba, era más perceptivo que los demás, de sólo recordar los últimos roces que tuvo con él le dio escalofríos. Agitó su cabeza pues no quería encontrarse de nuevo con su mirada inquisitiva… Y Grimsley abrió sus ojos. Los verdes de él se encontraron con los celestes del entrenador oscuro, Grimsley frunció el ceño. Emmett giró su cabeza de inmediato ante el evidente enfado del entrenador, ahora su vista se encontró con la figura del entrenador de lucha. Ya llevaba bastante tiempo frente al fogón del hogar, ¿acaso estaba enfermo? Ahora que recordaba él fue el único que llegó con las prendas empapadas, cargando entre sus brazos a Caitlin. «Quizá tenga fiebre.» pensó Emmett sin despegarle la vista.

La "infernal" carta se estaba consumiendo junto con los troncos, sentía un gran alivio pero no por completo. Dio una exhalación fuerte haciendo que Emmett se levantara de su asiento y se acercara a preguntarle si tenía fiebre, Marshal negó y sólo se apartó del fogón para sentarse a un lado del sofá en donde descansaba Caitlin jalando una de las sillas del comedor. Si él se sentía que se lo llevaba el demonio cómo se estaría sintiendo Caitlin. «ʹTe amo.ʹ ʹEres mi sol.ʹ ʹEres mi tesoro, eres mi mundo entero.ʹ» Los recuerdos de su madre susurrándole palabras de amor, llenándolo de besos y abrazos cada vez que lo veía le hicieron pensar en cómo podían existir padres poco afectuosos con sus hijos. Contempló en silencio a Caitlin, ¿Qué clase de relación tenía ella con sus padres?

―Marshal ―le llamó Alder entregándole un poco de chocolate caliente. El mencionado levantó la vista, Alder vio en los ojos de él todo lo que pensaba― Leíste la carta ¿verdad? ―él le asintió en silencio― Bueno, quién son yo para regañarte, sólo prométeme una cosa, debes de mantener en secreto lo de esa carta a Shauntal y jamás abordes este tema con Caitlin. ―Esto último lo dijo con severidad.

Marshal iba a refutarle a su maestro, no obstante éste lo acalló con la mirada. Claro, quién era él para poder decir o hacer para que Caitlin se sintiera mejor, él no podía encontrar la forma de abordar ese tema ya que él nació en el seno de una familia amorosa, sus padres se lo recordaban cada día llamándole por teléfono y diciéndole que él era la luz de sus vidas; la prueba irrefutable de eso era una gigantesca foto que sus padres le regalaron cuando se hizo público que él era un miembro de la E4 de Unova, ese cuadro que colgaba en su cuarto de combate mostraba a los tres con unas estúpidas playeras estampadas que decían: "Nuestro amor tiene nombre: Marshal" y una foto de ellos tres justo debajo de esa frase posando como lo hacían en el cuadro, él en medio, su madre a su derecha y su padre a la izquierda con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos desbordantes de felicidad. Ahora que lo pensaba tenía que llamar a sus padres sólo para saludarlos. Recargó su brazo en la pierna y ahí recargó su cabeza en pose pensativa… Fue entonces cuando recordó algo… Aquel día de otoño bajo la sombra del naranjo.

Sabes, no conozco a mis padres. ―le dijo ella sin ningún reproche― Si no fuera por las pinturas que hay en el castillo no sabría cómo lucen. ―y volteo a verlo con su rostro serio― Las veces que los he visto en lo que llevo de vida las puedo contar con mis dedos… ―ella levantó las manos, una era extendida y la otra solo tenía tres dedos levantados…

8 veces, Marshal se sintió mal por ella.

Todos estos encuentros suman un total de 24Hrs. O sea que he pasado con ellos un día de mi corta vida… ―Caitlin se recostó en el tronco del naranjo y levantó la vista.

Tal vez fue su imaginación pero Marshal casi juraba haber visto las lágrimas acumularse en los ojos de ella…

Pero sabes, aunque ellos no están presentes son atentos conmigo, cada año, sin falta, en mi cumpleaños, me mandan un regalo junto con una carta. ―y dio un bufido ameno― También se encargan de comprar el vestido que usaré en mi festejo.

Dio una profunda y fuerte exhalación al ver a su amiga acostada en ese sofá luchando por su vida. No quería demostrarle lástima a su amiga aunque en este momento la sintiera. No, ella no necesitaba nada de eso, en todos estos años que lleva viviendo ha sabido sobreponerse a la ausencia de sus padres por medio de las cartas y los regalos… ¿Cartas, regalos? Marshal se enderezó en la silla, qué contenían esas cartas y regalos con la poca convivencia que tenían sus padres a para con su hija. Frunció el ceño mientras se llevaba su una mano a la barbilla, algo aquí no encajaba.

―Tomaremos turnos. ―habló Alder desde en medio de la estancia llamando la atención de casi todos los presentes― Yo vigilaré las primeras horas, después Marshal y al final Grimsley.

Shauntal abrió los ojos al no escuchar ser nombrada.
―Yo también puedo hacer guardia. ―alegó.

Alder negó con la cabeza.
―Tú más que cualquiera de nosotros deberías de descansar. ―le empezó a numerar los sucesos con los dedos― En primera viste a Caitlin caer en el lago, en segunda aún permaneces en shock emocional al verla tendida en la nieve, y en tercera y más importante, le brindaste tu calor corporal y no niegues que te quedaste dormida mientras lo hacías.

Shauntal le iba a refutar pero le fue imposible porque Alder le hizo un además de que se limpiara la mejilla. Llevando su mano hacia el lugar indicado comprobó que ésta estaba húmeda, en seguida sacó un espejo de bolsillo y corroboró que en efecto tenía saliva, se sorprendió al saber que en ese pequeño lapso de descanso había dormido tan profundo como para babear.

―¿Ves? Es mejor que descanses. ―Alder se le quedó viendo con firmeza.

Haciendo un mohín agarró una manta de aquellas cajas polvorientas y se sentó justo al pie del sofá donde descansaba Caitlin dispuesta a no dormirse.

Alder negó con la cabeza, se daba por vencido, Shauntal podía ser a veces testaruda e irascible bajo esa tierna capa de inocencia dulce. Ahora ya entendía el porqué Grimsley salía corriendo cuando ella le sermoneaba.

―Haremos todos juntos guardia. ―Habló Marshal acercándose al fogón para aventar más troncos.

Alder rodó los ojos al escuchar esto último, había olvidado que tenía otro terco ahí.
―No tenemos que ser todos, hay que -…

―¿Cómo es que puede dormir después de beber café? ―habló Marshal por encima de las palabras de su maestro con evidente molestia.

¿Y ahora qué? Alder se volteó a ver a Marshal que dejaba caer de manera estruendosa la taza de café la cual tenía Grimsley minutos atrás.

―Sólo hay café descafeinado en la alacena. ―respondió Shauntal como si ella fuera la regañada.

Marshal gruñó y se cruzó de brazos conteniendo las ganas de patear a Grimsley para despertarlo.

―Bien, bien, bien, ―Alder levantó la manos en son de paz― haremos guardia los tres. ―declaró para apaciguar los ánimos omitiendo que Emmett debía de permanecer despierto para monitorear a Caitlin.

Y todos los ojos en la sala se posaron en Alder como si hubiera dicho algo que no debía.

Alder sólo exhaló.

{Aquellos copos de nieve lucían tan apetitosos ante los ojos de ese pequeño pokémon, o eso es lo que le decía la mirada de esa bola de esporas... «Quizás sí sean deliciosos, como caramelos confitados.» Se decía a sí misma que abrió la boca para tratar de atraparlos...

Frío… ―susurró aquella voz ahogada en la ventisca.

Se abrazó a sí misma, un llanto proveniente de la ventisca le hizo azorarse y se frotó tratando de contener su tiritar.

*Crac* … Escuchó debajo de ella, su vista notó esa grieta que se extendía desde sus pies hasta lo más profundo de la ventisca…

*pum~pum~pum* Una y otra vez golpeaba con su manos aquella capa de hielo que la separaba del oxígeno y el agua que la ahogaba. La tenue luz que se lograba filtrar iba desapareciendo...

*Brup* Las burbujas de aire abandonaron su cuerpo.

Esos ojos celestes que hurgaban en sus recuerdos tenían el mismo color que ese haz de luz que se filtraba en la fría oscuridad…

Los recuerdos afloraron…

Aquel largo y oscuro pasillo de piedra caliza era alumbrado por la tenue luz de las velas, era el único pasillo del castillo que se veía medieval con esas armaduras viejas en cada extremo y esos banderines con el escudo familiar. Caminó a través de ese pasillo como un autómata y al final empujó la rechinante puerta de madera.

Fue la primera vez en su corta vida que vio esas pinturas que retrataban a personas desconocidas, cada uno de esos cuadros se posaba sobre un aparador que protegía un trofeo.

Pequeña señorita, no debe de estar aquí. le habló un anciano que ella reconocía como el mayordomo en jefe al cual llamaba "abuelo".

El anciano la agarró de la mano y se dirigió a la entrada listo para abandonar la sala.

―¿Quiénes son? preguntó ella señalando las pinturas con su mano libre.

Antiguos maestros del castillo, ellos son sus ancestros pequeña señorita. ―fue todo lo que dijo esperando que la pequeña no realizara más preguntas.

¿An…-cestros? ―la pequeña clavó sus ojos turquesas en la espalda del anciano.

El anciano se detuvo y soltó la mano de la niña, se llevó una mano al pecho, tal vez estaba sufriendo un infarto o quizá era el dolor que le producía el estar en esa sala. Se giró a ver a la pequeña señorita aún con la mano en el pecho, ella lo veía de manera indiferente sin poder entender lo que sucedía, él apretó los labios y tragó saliva, la pequeña señorita era inteligente así que en cualquier momento lo descubriría, ya era hora de decirle la verdad antes de que la descubriera por medio de una de las tantas criadas indiscretas que había en el castillo.

El anciano se encaminó al fondo de la sala donde reveló dos cuadros que estaban ocultos tras una cortina verde.

Y ellos son sus padres. ―El mayordomo le señaló dos cuadros.

Caitlin los observó detenidamente; la mujer que retrataba esa pintura era la de una joven dama no muy entrada a la veintena, de grandes y redondos ojos de un inusual color gris, su mirada era dulce y soñadora como la de cualquier joven mujer de esa edad, su cabello rizado y largo de color castaño claro enmarcaba su esbelta figura aún posando sentada y de perfil. Caitlin quedó embelesada, esa mujer era una dama que emanaba elegancia a través de su postura y su discreta sonrisa. ¿Acaso ella era a lo que llamaban "mama"? ¿Su verdadera mamá? Sin duda era muy diferente a las mujeres que veía por el castillo, en especial a su nana a la cual llamaba "mamá Dulcy"; una mujer llenita con una personalidad tan dulce como su nombre, Dulcinea, de cabello castaño igual al chocolate el cual ataba en un chongo trenzado y era adornado por pinzas con forma de flores que parecían golosinas. Ah sin duda su mamá Dulcy era la mejor.

Ahora su vista se enfocó en el otro cuadro donde aparecía un hombre cerca de los treinta. Su semblante era más maduro, su cabello rubio y lacio resaltaba su delgada cara enmarcando muy bien la quijada cuadrada. Sus ojos eran chicos y afilados de color verde, reflejando la madurez que había adquirido con los años así como otras cosas que por lo visto le han hecho endurecerse. ¿Y el era… su papá? La verdad no había mucha diferencia entre el hombre del cuadro y el "abuelo", los dos se veían recios salvó por una pequeña diferencia, la mirada. La del "abuelo" era tersa que no importaba cuántas veces le llamara la atención ella siempre podía ir corriendo hacia él y abrasarlo, porque no había ni un grado de molestia en esos ojos. En cambio el hombre en el cuadro le mostraba todo lo contrario, podía sentir la mirada penetrante y molesta de ese hombre como si estuviera justo en frente de ella en persona. Y se cohibió.

Si son mis padres por qué no están aquí ―se giro a ver al "abuelo". Recordaba que en uno de sus libros había visto las imágenes de un niño, un hombre y una mujer agarrándolo de las manos y levantándolo, otra en donde comían en medio de un bosque sentados en una manta y reían…― ¿Por qué no están conmigo? ¿Dónde están abuelo? ―y las lágrimas se estaban acumulando que agachó la cabeza para reprimirlas, porque en otra imagen de su libro salía un niño sentado enfrente de una mesa repleta de platillos y él estaba solo…

El anciano le acarició la cabeza, pero ella le apartó la mano de un manotazo.

Levantó la vista viendo de nuevo los frescos, por qué no los había visto por el castillo, por qué jamás la tomaron de las manos y la levantaron, por qué jamás había reído y comido con ellos en medio de un bosque, por qué no los había visto en sus cumpleaños… ¿por qué?... La respuesta se apreció tan obvia… No le gustaba para nada ese libro, es más lo detestaba…, porque ella era igual al niño solitario…

Una lágrima se escapó de sus ojos en este oscuro y frío lago fusionándose.

*Brup* un grupo de burbujas se volvió a escapar de su cuerpo.

Aquellos ojos zafiro aparecían de nuevo, hurgando en sus recuerdos… Y escogieron el peor de todos, aquel lejano recuerdo que es una punzada…

Las lágrimas se han acumulado en aquellos ojos turquesa que se niegan a liberarlas, tragó saliva para verse fuerte en ese momento vulnerable. ʹSer débil no está permitidoʹ, esas eran las palabras que le repetía una y otra vez su institutriz. Y al parecer se convirtieron en el lema familiar. Reprimió todo intento de debilidad apretando los puños de sus manos auto-infligiéndose heridas en las palmas con sus propias uñas.

Un sonido estrepitoso retumbó en la sala haciéndola sobresaltarse… Por lo visto uno de los objetos ovalados de plástico y de color se ha reventado. Por qué se molestaron los empleados en hacer esto si ella misma ya sabía la respuesta. Otro sonido igual al anterior retumbó en la sala. Agachó la vista hacia el objeto esponjoso frente a ella adornado con chantillí y relleno de fresas, decide modificar su mensaje escrito con mermelada enterrando su dedo índice derecho. Procedió a desgarrarlo.

Se levantó de su lugar empujando la silla en donde había estado sentada todo este tiempo haciendo que rechinara en medio de esta sala vacía, no tenía caso permanecer ahí por lo que abandonó el lugar.

El "Feliz Cumpleaños" fue sustituido por la cruda palabra "odio", las cuatro velas que adornaban el pastel yacían en el suelo hechas añicos. La mesa especial para los regalos albergaba diez cajas grandes con varias notas escritas con la misma letra y frase:

[Feliz cumpleaños querida hija, recuerda que te amamos.
Damos gracias de que estés con nosotros.
Te quieren: Mamá y Papá.
P.S.: Diviértete con tus amigos.]

Si es así por qué ellos nunca están ahí. ¿Amigos? ¿Cuáles?

Esas palabras significativas como mamá y papá no tienen valor para ella, porque jamás ha experimentado lo que se siente tener padres…

*Brup* Otro grupo de burbujas decide escaparse de sus pulmones.

El frío de este lago ya no se siente tan frío ni tan oscuro… tal vez se deba a que sus ojos ya se están cerrando…

Señorita, despierte…

Una caricia pasa por sobre su cabello llegando a tocar su rostro.

Es tierna, es cálida…, es demasiado familiar…

«Darach…»

Y su corazón, así como su cuerpo, se siente cálido.}

De a poco en poco sus ojos se abrieron, la oscuridad que la rodea no era tan abrumadora como la de antes. Miró por un tiempo ese techo de madera que le es desconocido. Aquella mancha naranja claro, que al parecer es producto del reflejo de una tenue luz, adorna la madera creando ondas y deformándose como si jugara un raro juego de alcanzar y luego huir de la oscuridad. Dio un respiro profundo que le produjo un fuerte dolor en el pecho, fue entonces que se percató de que le costaba trabajo respirar, se llevó una mano hacia su pecho y, auch, al parecer también le duele mover su cuerpo.

―¿Quieres chocolate caliente?

Sorprendida por escuchar esa voz giró con cuidado su cabeza hacia la dirección de donde provenía aún resintiendo el fuerte dolor por el movimiento. Sus ojos turquesa se encontraron con los celestes de él en medio de esta oscuridad, el silencio que se produjo dio pasa a que fueran sus miras las que hablaran por ellos... Siente una fuerte punzada en el pecho al recordar algo importante... Esos ojos son del mismo color que aquellos odiosos ojos que hurgaron en sus recuerdos…

―¿Qué sucedió? ―trató de articular palabra alguna al sentir el fuerte dolor que le produjo la garganta.

Él sonríe de lado desde su poción en el sofá solitario.
―Te caíste en un lago congelado, el resultado obvio es esto. ―la señaló.

Vaya, que clase de estupidez había sido esa, si estuviera en el castillo su institutriz la habría regañado por caer en un lago congelado obviando el hecho del hielo delgado.

Trató de llevarse una mano a la frente para reprenderse a sí misma, pero de tan sólo intentar moverla le dolió hasta los huesos como si estos fueran de cristal y en cualquier momento se rompieran.

―Entonces, ¿sí quieres el chocolate o no?

Rodó los ojos, que era lo único que no le dolía por tan solo moverlos, clavando su vista de nuevo en él, ¿cómo esperaba él que ella pudiera sentarse y agarrar la taza?

―¿Por qué me estas cuidando tú? ―inquirió ya que le fastidiaba ser agraviada en este momento.

Él torció la boca, por lo visto también hastiado.
―Digamos que no es buena idea que todos se queden despiertos haciendo guardia. ―señaló a los demás que estaban en la sala, eran presas de Morfeo y no iban a ser liberados pronto porque roncaban sin molestarse de que ellos estuvieran hablando, incluyendo a Emmett― Si alguien te dice que tomaran turnos debes de hacerle caso o el resultado será más que obvio.

Bueno no sabía si sentirse aliviada o perturbada de que él estuviera despierto haciendo guardia.

―Gracias. ―dijo en un leve susurro esperado a que él no lo escuchara.

―Yo sí quiero algo caliente, un café. ―se levantó del sofá como si este simple acto fuera un martirio, se encaminó hacia la cocina pero se detuvo en el camino y giró su cabeza para verla― No tienes de dar las gracias.

Ella se sonrojó al saber que sí la escuchó. ¿Acaso era poseedor de un buen oído?

―Sí, mi oído es bueno. ―le respondió él como si le leyera la mente y ella se encogió en su lugar― Y no, no puedo leer tu mente si es lo que piensas ―sus ojos celestes se encontraron con los turquesa de ella―, es sólo que eres predecible.

Caitlin vio cómo Grimsley reanudaba su camino. Él siempre la miraba directo a los ojos sin tapujos y aseverándole sus acciones.

―Quiero un poco de agua caliente. ―susurró por lo bajo masajeando su garganta, aunque la verdad deseaba un té de azaleas con limón, de esos que le preparaba Darach cuando se sentía mal… El sólo evocar su recuerdo le hizo increparse, él ya no estaba aquí.

No pudo definir cuántos minutos trascurrieron porque cayó presa del sueño, el agrio aroma del limón fue el responsable de despertarla, encontrándose frente a ella, justo sobre la mesita de madera podrida, una humeante taza de té.

Con dificultad de sentó en el sillón impulsándose con el respaldo de éste, levantó su brazo izquierdo para alcanzar la taza, ésta casi cae por su propio peso ante el débil agarre.

No era exactamente el té de azaleas con limón que había imaginado pero agradecía el buen acto de su compañero, el cual se encontraba sentado en el sillón individual acariciando a Liepard y diciéndole en voz baja a Bisharp algo sobre unas pokémonedas.

¡Ah glorioso té de limón! Sintiendo su amargo sabor y además tibio le regresaba la energía al cuerpo, incluso los vellos de todo su cuerpo se erizaron ante el choque de temperaturas entre su cuerpo y la bebida.

―Y bien, vas a decirlo o vas a esperas a que te saquen el tema por la fuerza. ―inquirió él levantando la vista de su pokémon.

Caitlin se estremeció, los ojos celestes de él estaba fijos sobre ella como aquellos ojos que hurgaban en sus memorias. No necesitó que le explicara de qué le hablaba porque ella lo dedujo de inmediato.

―No sé de qué hablas. ―lo dijo esperando salir airosa.

El siguió observándola sin pestañear.

―No soy de esas personas que te dirán: "Si no quieres hablar está bien", ya que es concerniente a uno, pero en este caso se involucraron a más personas a parte de ti, y entre esas estoy incluido. ―le aseveró.

Caitlin comprendió que no podía salir bien librada, no al menos si no le decía algunas partes sobre el tema en cuestión. Pero el problema era qué decirle ya que en sí este tema es demasiado extenso.

―¿Cómo puedes extrañar algo que nunca tuviste? ―lo dijo empezando por lo más simple, según ella― Muchos dirían que es imposible extrañar algo que nunca tuviste pero la verdad es que sí es posible.

Ambos se quedaron mirando.

―¿No me vas a decir lo que piensas? ―le cuestionó ella en tono esperanzado.

―Esperabas que te diera algún consejo. ―se burló él― Te equivocaste de persona si imaginaste eso.

Caitlin dio un gruñido de molestia y pudo asegurar que él se rió de su actuar.

―Mira niña, ―le dijo con tono despectivo― si eso es lo que crees por qué te martirizas con ello. No sería más conveniente para ti enfrentar a tus padres en lugar de exteriorizar la mala relación que llevan.

De nuevo ambos se quedaron viendo.

Era una tonta, de verdad que era una tonta al contarle a él por lo que pasaba y además esperar que le diera algunas palabras de aliento. ¿Qué quería ganar? ¿Acaso estaba buscando que alguien se compadeciera de ella? Sí, claro que sí, en el fondo lo deseaba para no sentir tan pesada la carga.

―Mi padres me tuvieron sólo para tener una prueba de que ellos existieron en este mundo y satisfacer su ego. ―le espetó― Ellos sólo querían un heredero.

Él se levantó del sofá y caminó hacia ella, Caitlin contuvo el aliento al ver a este hombre la agarraba del mentón con sus fríos dedos obligándola a verla directamente a los ojos.

―¿Esperabas ser una excepción? ―le encaró― No eres diferente a los demás, todos nosotros nacemos bajo el peso de nuestras familias, obligados a seguir sus pasos sin refutarlos. Porque nosotros no somos más que marionetas moldeadas a su imagen para estar a su merced. ¡Obvio que no tenía que ser diferente contigo!

Él la soltó y se encaminó al sofá individual dejándose caer.

―Sí tan harta estas de tu situación trata de hacer un cambio.

―¿Y tú lo has hecho? Cada vez que te veo siempre pareces molesto por algo. ―le encaró ella.

No, claro que no. Grimsley estaba a bordo de un barco llamado "Apryl" el cual navegaba sin rumbo fijo, y si no hacia algo pronto chocaría contra un iceberg y adiós.

Ambos se quedaron viendo en silencio con la evidente molestia en sus miradas.

―Los dos son similares.

Ambos dejaron de verse para encontrarse con un Alder muy despierto sentado frente a la mesa del comedor.

―La vida de los ricos es muy demandante, ¿no es así? ―volvió a hablar con un tono suave― Ustedes dos están marcados por sus padres, y sé muy bien que la niñez es una de las etapas que los marcará por el resto de sus vidas. Pero vamos, no me van a negar que hubo mementos alegres en sus vidas, traten de recordar esos momentos que les arrancaron alguna sonrisa o que los llenaron de dicha, traten de recordarlos y salvaguardarlos en lo más profundo de ustedes como el mayor tesoro que hayan tenido. Háganlo por ustedes mismo y al final por aquellos que los rodean. ―Al final Alder señaló a los otros dos miembros que seguían dormidos.

Grimsley dio un bufido.
―Una frase prefabricada para vender falsas esperanzas.

―Llámalo como tú quieras, pero por algo deben de empezar. Dime Grimsley ―Alder afinó su mirada―, si algún día tuvieras la oportunidad de rencontrarte con tu padre ¿enfrentarías tu pasado o sólo huirías de él?

Esa pregunta lo descolocó por completo, jamás se imaginó que Alder sacaría ese tema. Porque Alder no toca ese tema desde hace mucho tiempo.

―No soy el más indicado para decirles que afronten sus problemas porque hasta hace poco yo huí por no comprender una batalla que llegó más allá de mis expectativas. No obstante reconozco mi error, y no podría haberlo conseguido sin ustedes aquí. Por ese les diré esto de nuevo: apóyense en mí, no como el campeón de la liga sino como alguien en quien ustedes puedan confiar, me refiero a un padre, porque para mí ustedes cuatro son como mis hijos.

Esa noche dejó a Caitlin con mucho en qué pensar. Los recuerdos de su niñez afloraron sentimientos que ella ya había dado por olvidados. En aquel entonces este tipo de situaciones las afrontaba junto a los que eran su apoyo emocional, Gallade y Darach. En momentos como estos se maldecía por ser débil, siempre dependiendo de otros. De verdad que era una cobarde.

Los días trascurrieron en la cabaña esperando a que Caitlin se estabilizara. La primavera llegó, no obstante en la montaña nevada seguía siendo un invierno eterno.

Primavera

Ese día, en que Caitlin amaneció con bastante energía, decidieron abandonar la cabaña, no sin antes abrigar muy bien a la mencionada la cual parecía una bola de ropa andante. Además de vestir su abrigo de edición única Marshal le obligo, literalmente, a vestir la chamarra abombada que le había regalado, Shauntal por su parte le dio dos pares de guantes y le envolvió el cuello y parte del rostro con una bufanda gruesa. Por su lado Alder casi libera a Volcarona para derretir la nieve, pero ella se lo impidió. Emmett le prestó uno de los calentadores corporales, de pulsera, que cargaba. Y el entrenador oscuro… bueno él le dio un termo con una bebida hirviendo, otra vez un té de limón.

El descenso por la montaña nevada trascurría sin problemas hasta que la bola de esporas que salvaguardaba Marshal brincó hacia la cara de ella provocándole estornudos por su alergia. Emmett y Marshal retiraron al pokémon, mientas Emmett le daba algunos medicamentos Marshal regañaba al pequeño Shroomish el cual intercalaba su vista entre el entrenador y la supuesta "nada" de la nieve. Caitlin lo notó. Siguiendo su vista hacia donde veía el pokémon ella notó al pokémon de ojos celestes oculto tras un grupo de coníferas, ambas miradas se encontraron.

―Algún día vendré por ti. ―susurró Caitlin regalándole una ligera sonrisa y una mirada desafiante.

La joven reanudo su camino, la guerra por su orgullo había comenzado. Primero fue Metagross, luego fue Froslass ya ahora… Su mirada se fijó en la espalda del entrenador oscuro el cual al sentir la mirada persistente se volteó a verla.

―¿Y ahora qué? ―contestó él.

Caitlin levantó un poco su cabeza y pasó su mano derecha por su cabellera agitándola.
―Ahora eres un plebeyo, ¿verdad? ―dijo con altanería.

Todos la voltearon a ver al escuchar esto, su voz fue muy elevada y demasiado arrogante. Grimsley le sonrió de manera socarrona y caminó hacia ella viéndola directamente a los ojos.

―Señorita, parece que usted y yo iniciaremos una muy divertida guerra de orgullo ―se inclinó más hacia ella quedando a sólo centímetros de su rostro―, pero ya veremos quién será el que lo resista hasta el final. Inicia el juego.

Caitlin no pudo evitar sentir que había pisado una mina, pero ya no había vuelta atrás. Marshal se encaminó hacia ellos cargando a Caitlin y apartándola de Grimsley, en el proceso él le dijo que si tenía un asunto con ella que mejor lo hablara con él. Grimsley hizo una mueca de desagrado: ¿Qué, ahora eres su guardián? Fue lo que le dijo dando media vuelta y reanudando su camino. Todo esto no pasó desapercibido por Shauntal al recordar el actuar de Marshal hace unos día, sabía que era estúpido sentir celos de Caitlin al ser una prioridad de su amigo, pero no podía evitar de pensarlo, Marshal parecía alejarse un poco de ella.

Caitlin se tapó la boca y dio una risita.

―Parece que te diviertes. ―le dijo Alder.

Caitlin levantó la vista y le dedicó una de sus pequeñas sonrisas.

―Aquel día en que me ofreciste ser miembro de la E4 en verdad lo dude porque no sabía si estaba a la altura, en muchas ocasiones quise dimitir pero había pequeños momentos que me lo impedían. ―dio un respiro profundo e hizo una reverencia― Gracias por permitirme se parte de esta familia llamada E4.

Alder le acarició la cabeza.
―Me alegra saber que eres tú quien ocupa este cargo.

―A pesar de que estaba destinado para otra persona. ―cuestionó ella.

―Sí ―dijo él con determinación.

Continuaron caminando hasta llegar al Centro Pokémon donde se despidieron de Emmett, ya estando ahí por fin Caitlin se puedo quitar algunas prendas a pesar de la oposición de sus compañeros. En verdad se estaba acalorando.

En alguna parte del mundo…

Un anciano, que a pesar de su figura encorvada no usaba bastón, caminaba arrastrando sus pies en dirección hacia otro figura que vestía igual que él pero más joven.

―Todos los cuadros bájenlos, guárdenlos en estas caja y llévenlas a la bodega. ―les ordenó el más joven.

―¿Son todos los cuadros Darach? ―dijo el hombre de la figura encorvada.

―Sí abuelo, son todos ellos. ―Y Darach se llevó una mano a la nuca para masajearse― ¿Por qué la señorita adquirió otra propiedad?

El anciano miró aquel cuadro que los asistentes bajaban de una de las paredes. El fresco retrataba a una mujer joven de cabello castaño y ojos miel, con una mirada y una sonrisa cálida.

―Se parece a la madre de nuestra señorita. ―dijo el anciano.

―No, la madre de nuestra señorita es más bella. ―refutó Darach.

El anciano soltó una risa cascada.
―Nunca cambias.

Al sentirse descubierto cambió de tema.
―A qué has venido abuelo.

El abuelo asintió recordando el porqué estaba ahí.
―Llegó una carta del maestro. ―le entregaba un sobre blanco sellado con cera especial con la marca del símbolo familiar.

Darach sintió como si alguien lo hubiera golpeado en el estomago, le rompiera dos costillas, luego recibía otro golpe justa en la quijada y para acabarlo de rematar lo habían enterrado vivo.

Con determinación pero en el fondo con temor, abrió la carta que su abuelo le entregaba, y procedió a leerla. Al terminar la estrujó evidenciando su furia al apretar con fuerza su quijada.

―Quiere que vaya por la señorita y que la encierre en el castillo de Sinnoh.

El aciano bajó la mirada.
―Ya me imaginaba algo así. Salió en las noticias.

Darach se cruzó de brazos.
―¿Qué debo hacer abuelo?

―No lo sé, lo descubrirás cuando estés allí.

Continuará…

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Si están enfermos de gripe cuídense, mucha vitamina C, muchos líquidos y muy bien abrigados. Saludos.