1.

Hermione:

¿No se supone que en Slytherin

harás a tus verdaderos amigos?

—¡Hija, ya está listo tu té! —gritó la madre de Hermione Granger, intentando llamar su atención desde las escaleras de la casa.

Hermione estaba en su cuarto. Tenía su nariz enterrada en un libro gigante, el cual debía apoyar sobre su escritorio para poder leerlo de tan pesado que era. El grito de su madre pasó desapercibido para sus orejas, como si el sonido se tratara de una hoja de un árbol en otoño al caer al suelo. Pasó página tras página, a veces mojando su dedo con un poco de saliva antes de dar vuelta el papel; estaba sumida en su lectura.

—Hermione —llamó la señora Granger, dando también unos golpes en el marco de madera de la puerta.

La tocaba como un gesto de advertencia, ya que la puerta estaba abierta de par en par. Era como si su madre dijera con sus acciones: no quiero irrumpir tu espacio personal, así que soy educada golpeando la puerta antes de entrar. Pero su hija volvió a ignorarla, así que ingresó de todos modos, apoyando una taza de té humeante sobre el escritorio. Con su mano libre sujetó el hombro de Hermione, sobresaltándola al grado que la hizo enderezarse en la silla.

—Tu té —dijo nuevamente, con la dulzura impregnada en su voz. Una madre no podía enojarse porque su hija estuviera tan concentrada estudiando.

—Gracias mamá —respondió.

—Y deja de encorvarte tanto, te hará mal.

Hermione asintió ausentemente. La señora Granger se dirigió a la puerta, pero paró a mitad de camino.

—No te duermas tarde, mañana es el primer día de clases.

—Después del té iré a dormir— afirmó, aunque eso no dejó tranquila a la señora Granger, ya que de nuevo los ojos de Hermione estaban tan centrados en el papel que podría haber quemado las palabras a medida que las leía. No parecía que fuera a tener sueño pronto.

Las sospechas de una madre suelen ser correctas: Hermione dejó enfriar el té sin tomar siquiera una gota y recién cuando cerró el libro se dio cuenta de su gran error. Ya eran las 5 de la mañana. En unas horas iría a la estación de trenes de King's Cross para iniciar su quinto año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, pero ella parecía un Dementor en lugar de una alumna gracias a las grandes ojeras bajo sus ojos y su poca energía al andar .

. . .

En la mañana siguiente, durante el desayuno, su madre le preguntó varias veces si se había desvelado. Hermione lo negó una y otra vez. Su padre reía y la defendía.

—Ella no es una niña querida, deja de regañarla.

El señor Granger le sonrió a su hija, la cual le devolvió el gesto con complicidad. Ambos se carcajearon cuando escucharon los refunfuños de la señora Granger:

—¡Son dos niños!

Más tarde su padre llevó a Hermione la estación de trenes. Él era un hombre bastante escuálido así que llevar las maletas llenas de libros de su hija no era un trabajo del todo fácil. Fue un alivio para su columna vertebral subir todo el peso a los carritos de equipaje de King's Cross.

—¡Hermione, aquí! —Saludó a Ron Weasley a lo lejos. Él era uno de los mejores amigos de Hermione. Estaba parado en la entrada de los andenes—. Hola, señor Granger.

El padre de Hermione conversó un poco con ambos jóvenes y después se despidió de ellos. Les pidió también que saludaran de su parte a Harry, otro de los mejores amigos de Hermione. Ambos jóvenes le respondieron de forma afirmativa y Hermione le dio un abrazo antes de que se fuera. Al poco tiempo se reunieron con Harry, que estaba con Molly Weasley, la madre de Ron, y el resto de los hermanos Weasley: Ginny, Fred y George. Luego de varios saludos y deseos de un buen año, todos los adolescentes entraron a la plataforma 9 ¾.

El expreso de Hogwarts era una maravilla visualmente. Su rojo escarlata lo hacía destacar en ese lugar tan gris y metálico. Además, estaba muy bien cuidado, a diferencia de la estación de trenes antigua. Los años pasaban, pero la pintura de ese tren seguía tan brillante como la del primer día de clases. Su color también recordaba a la casa de Hermione: Gryffindor. Ella y todos sus amigos eran de esa casa, la de los valientes, los leones de Hogwarts.

Hermione bostezó.

—Oye... Todavía no estamos en clases de Historia de la Magia. ¿No te estás adelantando? —bromeó Harry.

—Ja, ja, ja —exageró Hermione.

Harry y Hermione iban unos pasos por detrás de Ginny y Ron, que se encontraban en un mundo paralelo al resto de los alumnos, peleando entre ellos por quién sabe cuál riña del desayuno de aquella mañana; una típica pelea de hermanos. Por otro lado, Fred y George Weasley no duraron mucho con el grupo, escaparon a hablarles a desconocidos a la primera oportunidad que tuvieron. Ninguno quiso saber qué andaba tramando ese par, aunque la menor de los Weasley, Ginny, advirtió que durante el verano escuchó explosiones y vio humos de colores bastantes sospechosos escaparse por pequeños huecos de la puerta de la habitación de los gemelos.

—No es normal ver a alguien tan responsable como tú así, mal dormida.

—¿Tan obvio es? —Preguntó abatida.

Harry solo pudo sonreírle con compasión y responderle:

—Parece como si un gran grupo de centauros hubieran bailado sobre tu cara anoche.

—Deberías dormir en el viaje —recomendó Ginny, entrometiéndose en la conversación.

Ella estuvo escuchando a sus dos amigos durante todo el trayecto, a diferencia de su hermano Ron, que preguntó sobre qué hablaba Ginny, afirmando enseguida que él no necesitaba dormir. Todos rieron ante el despiste del pelirrojo.

Una vez estuvieron dentro del tren encontraron fácilmente una cabina para ellos cuatro, a solo pocos metros de la puerta de ingreso. Se sentaron sin discusión sobre los lugares, pero cuando Hermione intentó cerrar sus ojos se dio cuenta de lo inútil que sería intentar dormir. Los muchachos, incluida Ginny, hablaban pasionalmente sobre quidditch. Ella los maldijo mentalmente. Era obvio que iban a parlotear todo el viaje... Y si hablaban de ese deporte, peor aún, ya que subían la voz sin darse cuenta por la emoción. Incluso por poco no gritaban por lo defensivos que se ponían cuando hablaban de sus jugadores y equipos favoritos. Intentó escucharlos e integrarse a la conversación, pero las punzadas en su cabeza no se detenían, necesitaba descansar. Que hubiera dormido tan poco en la noche después de haber estado todo el día anterior estudiando le estaba pasando factura. Su cerebro la amenazaba, la retaba a ver si se atrevía a seguir exigiéndole que trabaje. Ella se levantó de su asiento, para sorpresa de sus amigos.

—Lo siento chicos, realmente necesito dormir.

—¿Es por nuestra conversación? Lo sentimos Hermione, nos callaremos— se disculpó Ginny.

—Sí, no es necesario que te vayas, ya casi terminábamos de hablar —agregó Ron.

Pero Hermione negó con la cabeza suavemente.

—No se preocupen, de verdad, no quiero que se aburran todo el viaje por estar en silencio. Iré a dormir a otro lado. De todas formas, dormida no aporto mucho a la conversación.

—¿Estás segura? —insistió Harry.

—Sí. Por favor, ni que fuera una despedida —bromeó ella—. Nos vemos en la cena.

Antes de salir todos le desearon que descansara bien. Miró a ambos lados del pasillo y se decantó para adentrarse más en el tren en busca de un lugar vacío, o uno donde la gente que estuviera dentro se encontrara en silencio. Fue una tarea difícil pues todos en el tren charlaban alegremente porque después de meses de verano las amistades volvían a reunirse. Hermione estuvo a punto de volver con sus amigos rendida, hasta que vio por una ventanilla a una rubia solitaria. Tocó un par de veces la ventanilla antes de abrir la puerta.

—Hola. ¿Está ocupado?

—No. Adelante —respondió con simpleza.

—Gracias —la joven se sentó en el asiento frente a la rubia—. Soy Hermione Granger. No te preocupes, no te molestaré. Estaba buscando un lugar silencioso para dormir un poco.

—Entonces encontraste el lugar ideal. Nadie quiere sentarse conmigo ni hablarme por lo que suelo viajar en silencio —comentó con tranquilidad, cosa que incomodó a Hermione—. Soy Luna Lovegood.

Hermione entrecerró los ojos un momento. Los engranajes algo cansados de su mente se pusieron a trabajar. Ella ya había escuchado ese nombre antes. A los segundos sus ojos se abrieron con sorpresa: ¡Era la lunática! ¡Lunática Lovegood! Debió haberse dado cuenta antes... Su pelo rubio estaba algo sucio y poseía unos ojos saltones que le daban un aire de sorpresa permanente. La muchacha tenía un aire inconfundible de chiflada.

Sus ojos se fueron a lo que la lunática tenía entre sus manos, la revista «El Quisquilloso». En la mayoría de las situaciones no habría dudado en decir lo estúpida que le parecía esa revista, llena de datos falsos. Pero se encontraba demasiado distraída viendo cómo la rubia sostenía dicha revista al revés. ¡Al revés! ¿Siquiera la estaba leyendo? Negó con la cabeza para ella misma, sabiendo que sería una pérdida de tiempo decirle algo a Lunática Lovegood, obviamente ella no atendía a la razón, y Hermione por su parte tenía demasiado sueño para ponerse a debatir. Se acurrucó del lado de la ventanilla, cerró sus ojos y se desplomó en un profundo sueño.

. . .

Algo la sacudió, obligándola a despertar. Las luces tenues del tren la obligaron restregarse la cara. Soñolienta miró a su alrededor, topándose con unos ojos grises y saltones, iguales a los de un camaleón.

—Hola. No estaba segura de despertarte. Quizá no querías entrar a Hogwarts, como un acto de rebeldía. Yo a veces lo pienso, debe ser divertido acampar a los alrededores del colegio.

Hermione ignoró a Luna y miró por la ventana. Ya era tarde. Abrió la puerta para mirar al pasillo. Ya no quedaba gente en el tren.

—¿Por qué no me has despertado antes?

—Ya te lo he explicado. No estaba segura de despertarte. Quizá...

—Hay que salir ya, no podemos llegar tarde —la interrumpió, demasiado exasperada en estos momentos para sus desvaríos.

Luna asintió de forma distraída, como si no le importara qué sucediera. Parecía que ella hubiera estado bien con cualquier resultado, ya sea si llegaban tarde, si vivían una aventura en el tren o quién sabe qué otra posibilidad pensaba como probable Lunática Lovegood.

Antes de salir escucharon unos golpes. Ambas muchachas se asustaron. Luna habló primero:

—¿Qué fue eso?

—Habrá sido una rama golpeando una ventana por el viento.

—¿Y si se trata de un torposoplo?

—¿Qué? Eso no existe.

Luna estuvo a punto de refutar, pero el sonido se escuchó de nuevo y en lugar de discutir, parece que vio más lógico ir tras el sonido. Hermione se quedó con la boca desencajada. Estuvo por salir del tren sola, pero por alguna causa, la moral no le permitía irse sin Luna. Ella la había despertado, evitando que se quedara allí quién sabe cuánto tiempo. Hasta era posible que el tren hubiera arrancado con Hermione y Luna dentro, perdiendo un año entero de clases. La simple idea estremeció a Hermione. Miró a la salida y luego al pasillo por donde Luna se había perdido. Gruñó y fue tras ella.

—¿Lunatic...? —Hermione se corrigió y con más fuerza en el tono continuó—: ¿Luna?

Un golpe sonó fuerte junto a su oído. Soltó un chillido y miró con los ojos bien abiertos hacia su derecha, el lugar de donde provino el ruido. Había una persona ahí. Un segundo después la reconoció: Pansy Parkinson.

Se trataba de una compañera, de su mismo año, pero de diferente casa. Era una Slytherin, una vil serpiente. Siempre tuvo encontronazos con esa chica, verbales en general. Era la última persona que quería encontrarse, se llevaban mal desde primer año. Además, Pansy era sin lugar a dudas una mala persona.

De nuevo Pansy golpeó la puerta, sacándola de sus pensamientos. Hermione miró los gestos de la chica, viendo entonces el problema. Había algo trabando la puerta desde afuera. Sin pensarlo demasiado, la destrabó, liberándola.

Los ojos verdes de Pansy chocaron de forma violenta con los de la Hermione. Sus generalmente pálidas mejillas ahora estaban un poco rojas, aunque no era claro si por enojo o vergüenza. Hermione estuvo a punto de preguntar qué había sucedido. Ella no era tonta, esa puerta no se trabó por accidente, alguien desde el exterior lo había hecho. Pero no pudo saciar su curiosidad, Pansy Parkinson le dio la espalda y se fue sin mirar atrás.

—No es nada Parkinson... —murmuró. Y con una voz más chillona y burlesca agregó, imitándola—: Gracias Granger.

—A veces yo también hago eso —dijo una voz soñadora—. Por ejemplo, cuando me veo en un espejo. Me doy los buenos días y luego me digo adiós.

Hermione se asustó de nuevo, ahora por Lunática Lovegood que había aparecido de la nada. Y lo peor de todo, afirmando que ambas se parecían.

—¡Yo no soy como tú! —chilló. Ella, una mente analítica y correcta, no se parecía en nada a esa bruja que vivía hablando de conspiraciones por parte del Ministerio o explicando características de criaturas inexistentes. Luego, más tranquila, agregó—: ¿Dónde estabas? —y no dejó que Luna contestara su pregunta—. Bueno... Da igual. Debemos irnos ya mismo, llegaremos tarde.

Ambas salieron del tren, rumbo al castillo. Llegaron a tiempo para tomar el último transporte de la noche: un carruaje que se movía solo, sin necesidad de caballos, y que recorría los últimos tramos del trayecto del camino entre Hogwarts y la estación de trenes de Hogsmeade (que era donde terminaba el recorrido del Expreso de Hogwarts). Pansy Parkinson ya no estaba allí, todo parecía indicar que había tomado el transporte anterior.

Al llegar al castillo se despidió de Luna cordialmente y se encaminó a su mesa. Allí Ginny la miraba como si la fuera a decapitar por haber tardado tanto. Harry y Ron lucían confundidos, esperando a que Hermione les explicara por qué tardó tanto. Y ella no podía tener menos ganas de contar lo sucedido, por lo que decidió omitir a las personas involucradas, diciendo directamente que se quedó dormida más tiempo del que esperaba.

Luego del discurso del director del colegio, Dumbledore, deliciosos platillos aparecieron en las diferentes mesas del gran comedor. Ron fue el primero en atacar, llenando sus mejillas como si fuera una ardilla almacenando comida. El resto del grupo comió de forma más tranquila. Hermione levantó la vista de su plato después de un rato. Primero vio a Luna en la mesa de Ravenclaw. Frunció el ceño al pensar que alguien de esa casa leía revistas como El Quisquilloso. Era lógico que los Ravenclaw, que apreciaban la sabiduría, la ignoraran y esparcieran malos rumores sobre su persona. Después miró más al fondo, al grupo popular de Slytherin: Malfoy, las hermanas Greengrass, Zabini, Nott... pero algo era raro allí. ¿Por qué no estaba Parkinson? Hermione pensó lo peor: ¿Seguiría en el tren? Quizá la persona que la dejó encerrada seguía dando vueltas por los alrededores...

No quería pensar como si se tratara de la situación de un relato policial, pero ella había repetido una y otra vez la extraña e inexplicable situación en su mente durante el viaje al castillo. ¡Y ahora Pansy Parkinson no estaba allí! Con su mirada frenética y bañada en pavor, recorrió toda la mesa de Slytherin. Se le escapó un suspiro de alivio. Al final de la mesa la encontró, en el último asiento. Parkinson jugaba distraída en su plato, con una postura afligida. Se sintió tonta por preocuparse, más al hacerlo por una de las personas más malvadas que conocía. Que estuviera triste o contenta no era de su incumbencia. Pero más allá de lo cruel que pudo ser la Slytherin con ella, seguía siendo una persona y ninguna persona merece que le pasen cosas malas. O al menos, no cosas muy malas.

Después de la cena y la ceremonia del sombrero seleccionador, Hermione y Ron se levantaron de la mesa para indicar a los ingresantes de primer año dónde estaba la sala común de Gryffindor, ya que ellos eran ahora prefectos de la casa. Él se había quejado porque quería quedarse y seguir comiendo postres, insistía sobre que en el primer día hay que cenar a lo grande, pero aun así, rechistando y todo, hizo sus deberes como prefecto junto a Hermione. Al final de la noche ella se despidió de Ron, ya que quería seguir hablando con Ginny un rato antes del toque de queda.

Ambas chicas caminaban tranquilamente por los pasillos, ya bastante vacíos por las horas.

—¿Te imaginas que Gryffindor estuviera al lado de las cocinas en lugar de Hufflepuff? Estoy segura de que mi hermano después de un año sería una pelota andante.

Hermione se rió. Ginny a veces podía sacar temas de conversación de la nada misma y lograban ser entretenidos. De repente, Ginny se calló; acción anormal por parte de la pelirroja, la más conversadora de los Weasley. Parecía estar viendo un fantasma de lo sorprendida que estaba. Bueno, un fantasma no era raro allí, los fantasmas abundaban en el castillo. Pero sin duda era raro lo que estaba frente a ellas: una pelea entre varios alumnos de Slytherin. Ellas nunca habían presenciado una. Es cierto que no todos ellos se llevan bien, pero se respetan los unos a los otros.

Pansy Parkinson estaba acorralada en la pared. Daphne y Astoria Greengrass situadas una a cada lado, aprisionándola. Otras dos chicas que Hermione no conocía más que por sus rostros, estaban frente a Parkinson, cubriendo el resto del espacio para que no se escabullera.

—Es necesario establecer las reglas, Pansy —inició Daphne y Astoria continuó—: No te queremos ver ni de reojo. —Las que no hablaban, reían, interrumpiendo lo que la menor de las Greengrass decía, pero ella las ignoró y siguió—, mucho menos queremos que tus oídos traicioneros escuchen nuestras conversaciones. ¡Y más te vale cumplirlo! No nos vamos a contener porque seas de nuestra misma casa.

Para sorpresa de Hermione, la vista de Pansy Parkinson estaba clavada en el suelo. Ni en sus mejores sueños hubiera imaginado a esa serpiente sumisa, sin contestar con algún comentario sarcástico a quien se le cruzara en el camino.

—¿Tienes miedo? —se burló Daphne, que parecía haberse percatado de lo mismo que Hermione.

—Simplemente no quiero más problemas. Haré lo que dicen —la voz de Pansy sonó apagada y cansada.

Hermione sintió un mal presentimiento, agarró a Ginny de la mano y la arrastró con ella lejos de ese encuentro de chicas de Slytherin. Lo último que les faltaba era verse involucradas en una pelea en su primer día de clases.

Ambas estuvieron calladas un rato mientras deambulaban, hasta que Ginny no soportó más:

—Fue extraño.

—Muy extraño —le dio la razón Hermione.

—Pagaría un millón de galeones de oro para saber qué pasó para que estén todas tan... tensas.

—Esas dos, las hermanas Greengrass, eran sus amigas. ¿Qué cosa habrá hecho Parkinson para que se enojaran tanto con ella?

—No creo que hayan sido amigas. Eran más bien un grupo malvado con un gusto en común: molestar gente. Honestamente, Parkinson ahora está tragando un poco de su propia medicina.

No volvieron a tocar el tema. Siguieron caminando en silencio, o bueno, tan en silencio como podía ser con Ginny tarareando una canción. Cuando llegaron al dormitorio de Gryffindor, se separaron para ir a sus respectivas habitaciones. Hermione se acostó directamente, sin desempacar las maletas que siempre llegaban mágicamente desde el tren a las habitaciones. Necesitaba dormir, organizar toda la información de ese día tan peculiar. Antes de caer en sueños, se reprendió a sí misma por preocuparse por Pansy Parkinson. Si fuera al revés, la Slytherin se reiría de ella y se regocijaría en sus problemas.