2.

Pansy:

Adiós buena vida.

Bienvenida miseria.

Hola, chica... rara.

Juntó sus manos y luego las ahuecó para ponerlas bajo el chorro de agua de la canilla. Se encontraba en el baño en desuso del sexto piso. Se mojó la cara. Volvió a repetir la acción tres veces más. Las lágrimas se juntaron alrededor de los ojos de Pansy, que no las pudo contener y cayeron amargamente por su rostro. Se mordió el labio aguantando un sollozo lastimero.

Sus desgracias habían iniciado con la pérdida de su dinero. Gracias a una decisión de su padre, una muy estúpida decisión que se resumía en intentar estafar a varias familias de sangre pura, habían terminado perdiendo todo: su mansión, sus elfos domésticos, sus reliquias antiguas, el negocio de la familia y su brillante futuro asegurado económicamente. Al principio había estado muy enojada con él. Ahora quería volver el tiempo atrás, porque una semana después de quedar en bancarrota, su padre murió en un accidente. Ella realmente se preguntaba si fue un accidente o si en realidad se trataba de algo relacionado a las familias de sangre pura. Ellos podían hacer con su dinero lo que quisieran, incluso un «accidente». Pero la verdad, Pansy no quería saberla, prefería nunca afrontarla. Lo que más le afectaba ahora era que su berrinche con él haya sido su última interacción padre-hija. Le dolía. Él siempre la había consentido y ella le dio la espalda en sus últimos momentos. Se culpaba por eso.

Su madre se vio obligada a llevar las riendas y conseguir un trabajo en medio de toda esa catástrofe; incluso Pansy tuvo que hacerlo con un trabajo de medio tiempo hasta que todo se estabilizó. Fue el verano más miserable que había vivido en su corta existencia. Con la reciente pena de la muerte de su padre y una nueva vida de «persona pobre» se sentía perdida y triste.

Uno pensaría que llegar a Hogwarts sería un alivio para ella: ver a sus amigos de nuevo, con los cuales no había hablado durante todo el verano; comidas de una calidad mejor y en mayor cantidad de la que se pudo permitir durante el verano; y en sí, un lugar que sí podía sentir como su hogar. No como su nuevo... departamento alquilado. Con asquerosas manchas en el techo y colores que no combinaban. Ahora mismo, parada en ese baño solitario, añoraba ese asqueroso departamento.

Al subir ese día al Expreso de Hogwarts lo primero que hizo fue buscar a sus amigos: Draco, Daphne, Blaise, y Theodore. Albergaba esperanza pues lo que hizo o no su padre, no la definía a ella. Sus amigos sabían eso. ¿Verdad? La respuesta fue que no.

Apenas la vieron aparecer la miraron con desdén. Ella captó enseguida el mensaje: no podía acercarse a ellos. Las malas decisiones de su padre también eran su problema, así funcionaban las familias de sangre pura. Fue un maravilloso inicio de clases con sus amigos excluyéndola y terminando sentada sola en el tren como una apestada. Fantástico. La elegante y astuta Pansy pasó de ser una serpiente importante de la casa Slytherin, a un ratón en una madriguera de serpientes a nada de ser devorado. Estaba entre la espada y la pared, esperando el momento en que la atacaran. Y ese momento llegó al intentar salir del tren, cuando le gastaron la broma pesada de encerrarla. Posiblemente haberse quedado allí habría sido la mejor opción, era como una advertencia del universo: no entres a Hogwarts.

Después de la cena, ella deseó haber partido junto con el tren. Daphne y su hermanita Astoria la acorralaron en un pasillo y le aclararon varios puntos bastante obvios a esa altura del día: ya no confiaban en ella, sin dinero no tenía razones para poder pertenecer a ese grupo de «amigos» y más le valía agachar la cabeza y no llamar la atención de ninguno de los Slytherin con familias más influyentes.

Cerró la canilla y se dirigió a las duchas. Necesitaba un baño caliente para relajarse y quitarse la suciedad. Literalmente necesitaba quitarse la suciedad. Después de la amenaza verbal que tuvo de postre luego de la cena, su cabeza terminó en el agua de un inodoro. Fue demasiado desagradable. De solo pensarlo le daban arcadas. Tenía el estómago tenso, así que metió su cuerpo bajo el agua caliente de la ducha.

—No puedo creer que hayan hecho eso —murmuró mientras limpiaba su cuero cabelludo con fuerza—. Yo nunca hice eso a nadie, ni cuando me debían mucho dinero. Es demasiado antihigiénico.

Enjuagó la espuma blanca que contrastaba con su cabello de color negro y pasó a lavar su cuerpo con jabón.

—Carecen de elegancia —gruñó.

Al salir de la ducha se dirigió a los dormitorios de Slytherin. Se demoró a propósito, no quería encontrar a nadie en la sala común. Los Slytherin más importantes, sus ahora ex amigos, la odiaban, y los más pequeños no iban a ir en contra de sus superiores, si le hablaran sería un acto suicida para ellos y sus reputaciones. Y siendo honestos: ¿Por qué se arriesgarían por Pansy, alguien que siempre los trató como si fueran descartables? Ahora ella sin dinero, era la descartable.

Pansy Parkinson sospechaba que el karma siquiera había cobrado la mitad de todos sus pecados. Eso sí que era desalentador.

. . .

El grupo más importante de Slytherin había encontrado nuevos juegos, tales como: pon cosas extrañas en la comida de Pansy; mete el pie en su camino así cae su fea cara contra el piso; saquen el colchón de su cama y tírenlo al lago a ver si con suerte se lo lleva el calamar gigante; las ropas de Pansy pueden ser la nueva y mejorada decoración de Hogwarts; y un largo etcétera de actividades.

Pansy Parkinson estaba ya al borde del estrés y apenas era la primera semana de clases. Los profesores trataron de intervenir, pero sus intentos fueron bastante inútiles. Ellos castigaban a los infractores, sí, pero los que hacían las maldades eran algunos de los más pequeños de su casa, que querían unirse al grupo de influencia, los populares (por llamarlos de alguna manera).

En la casa Slytherin las relaciones personales y el buen posicionamiento social son importantes y siempre era útil tener a los más ricos contentos. Además, ellos son el mejor contrabando de Hogwarts, los gemelos Weasley eran un chiste en comparación. ¿Necesitabas un adelanto de dinero? Malfoy podía ayudar. ¿Mejor ropa que la que venden en Hogsmeade? Las hermanas Greengrass a tu servicio. ¿Objetos raros y de colección? Zabini es tu hombre. Además, para alumnos de Slytherin, que tienen ambiciones grandes como crear un objeto revolucionario o hasta vengarse de alguien, tener el favor de las familias más importantes del mundo mágico era una necesidad. Así era como los sangre pura se salían con la suya. ¿Querían molestar a Parkinson? Pues fácil les resultaba que les dieran una mano, los demás harían por ellos todo lo que les pidieran, lo que sea para seguir obteniendo favores de las familias más poderosas.

Por esto era inútil lo que hacían los profesores. A no ser que desintegraran la casa Slytherin, ese veneno impregnado en la raíz era imposible de limpiar. Además, estábamos hablando de los profesores de Hogwarts, los mismos que veían lógico castigar a sus alumnos llevándolos al bosque prohibido, un lugar mortífero. ¿Qué iban a saber ellos en cuanto a salud mental y buena convivencia? Destacaban por ser buenos magos, algunos de ellos buenos profesores, y ninguno por ayudar a sus alumnos en sus vidas personales.

Pansy arrastraba su maleta por el pasillo. La iba llenando con sus prendas de ropa que encontraba tiradas. Nuevamente, habían jugado a decorar Hogwarts con sus pertenencias.

Vio una camisa blanca colgada sobre el casco de una armadura que decoraba el pasillo. Intentó estirarse para agarrarla, incluso saltar, pero estaba muy alto. Enojada, le dio una patada a la figura, que para su sorpresa cayó haciendo un ruido metálico estruendoso. Todos los personajes de los cuadros se movieron y la miraron con desaprobación. Ella los ignoró y tomó la ropa del suelo.

—Eso es mío.

Sorprendida, se dio media vuelta, con la velocidad de un parpadeo. Una chica rubia, bajita y, en opinión de Pansy, con nariz de pájaro por la curva en el puente parecida a un pico, la miraba expectante y con sus ojos bien abiertos. Miró entonces la prenda de ropa entre sus manos y se dio cuenta que esa camisa era muy chica para ser de ella.

La rubia tenía su mano extendida, esperando paciente. Pansy le alcanzó la camisa para devolvérsela. Sin esperar siquiera un gracias siguió caminando, dejando atrás a la rubia, que de todas maneras pronto se le acercó.

—¿Qué has perdido? —preguntó la rubia.

—¿Qué te importa?

—Seguramente fueron los nargles.

—¿Los qué? —Pansy no había escuchado esa palabra en su vida.

—Son criaturas que roban las cosas de las personas. Suelen aparecer con mayor frecuencia en navidad por la cantidad de muérdagos, ellos los aman.

Pansy no estaba segura de que esos animales existieran, pero lo que realmente le inquietaba era que esa molesta rubia siguiera hablándole.

—¿Quién eres?

—Luna Lovegood.

—¿Y qué quieres?

—Ayudarte.

—¿Por qué?

—Porque tú lo has hecho. —Al terminar de hablar alzó la camisa en su mano, indicando que se refería a ese objeto—. Además, me das algo de pena.

Pansy la miró como si fuera la mosca más molesta que hubiera encontrado en su vida.

—¿Te doy pena? —preguntó mientras veía a Lovegood en detalle, notando que tenía algunas ramitas en el cabello y polvo en la nariz. ¡Pansy debería sentir pena por ella, no al revés!

—Todos los de tu casa te molestan y los nargles te roban cosas. A mí tampoco me tratan bien, te entiendo.

—¿Estás intentando tener una conversación amigable conmigo? —Pansy no daba crédito a lo que escuchaba. Estaba horrorizada ante la idea. No Lovegood, cualquiera menos Lovegood.

—Claro, me ayudaste.

—Yo no...—inició a decir bastante fastidiada, pero fue interrumpida por Ginny Weasley que venía corriendo por el pasillo.

Se sintió desnuda al pensar que ya no podía burlarse de esa pelirroja por ser hija de una familia pobre. Ahora Weasley y ella estaban en igualdad de condiciones.

—¡Luna, aquí estás! Encontré uno de tus zapatos. Ya solo falta el otro —la pelirroja sonreía de oreja a oreja mientras lo decía. Pero cuando se percató de la Slytherin frente a ella, se tensó y la observó de arriba a abajo de forma acusadora. Con su mirada fulminante parecía preguntar: ¿Qué le has hecho?

—¡Gracias! —dijo Lovegood mientras se acercaba a Weasley, dejando atrás a una Pansy que solo podía pensar «genial, las raras se multiplican».

—¿Parkinson te está molestando? —inquirió la pelirroja, verbalizando sus sospechas.

—Oh, no, para nada. Pansy solo ha molestado a las armaduras. Pateándolas. Creo que estaba enojada.

Se sonrojó porque Lovegood la había visto perder el control. Ella últimamente había estado intentando mantener su actitud de siempre, su elegancia característica, porque se negaba a que los otros estudiantes de Slytherin consiguieran derrotarla. Podría tener mil problemas, pero una Parkinson no perdía.

Ginny Weasley, por otro lado, ajena a la situación de Pansy, la miraba con desconfianza. Lovegood agregó:

—Ella me ayudó a encontrar mi camisa.

—Yo no...—intentó de nuevo. Pero parecía que ahí nadie quería saber su versión de los hechos, ya que la rubia la volvió a interrumpir; cosa que la irritaba. ¿La estaban interrumpiendo a propósito?

—Pansy también perdió ropa por los nargles. Debemos buscar entre todas, así será más rápido.

Ni Pansy ni Weasley pusieron buena cara a la idea, pero la primera no se negó y la segunda no se atrevió a contradecir a su amiga. La verdad Pansy estaba ya con sueño y seguir buscando lo que le faltaba sola le parecía interminable. Recibir ayuda de las raras no podía ser tan mala idea, ya nada en el mundo era peor que lo que se volvió su vida. «¿Qué importa si me ven con Lunática Lovegood y la pobre y salvaje Weasley?» intentó convencerse, fingir que su reputación ya no le importaba. Aunque sí lo hacía, mucho. Era solo que estaba ya despechada y cansada. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien se ofreció ayudarla?

Caminaron en silencio buscando cosas. Lograron encontrar la otra zapatilla de Lovegood escondida tras un banco de madera luego de un rato.

Pansy nunca había molestado a Lovegood personalmente, pero todos los rumores sobre esa chica rara de Ravenclaw le habían sacado en el pasado más de una carcajada. En cuanto a Weasley, no podía decir que tenía las manos limpias. Alguna que otra vez le dedicó sin vergüenza algunos insultos, principalmente por ser una chica que cambiaba de novios como lo hacía de calcetines.

Weasley era demasiado conversadora como para no romper el silencio, se notaba que se estaba impacientando. Ella era en esencia tan ruidosa que incluso había días en que todo el Gran Comedor se enteraba de lo que ella conversaba en la mesa de Gryffindor. Lovegood no la escuchó hablar, muy metida en su propia cabeza, iba más adelante que ellas, bailando una canción imaginaria. Sin duda estaba loca de remate y tan distraída que le podrían haber gritado en la oreja y no se habría dado cuenta.

—Parkinson, no sé qué planeas, pero no molestes a Luna.

La aludida se sorprendió y se le escapó una risa sarcástica.

—Weasley, Lunática se me pegó como garrapata. Yo no la busqué para nada.

—No le digas Lunática.

—Ah... sí, lo lamento. Lovegood quise decir —susurró sin mirar a la pelirroja, más interesada en la búsqueda que en la conversación.

Desde que se había reunido con ese par, no había dejado de mirar a los alrededores buscando más ropa en lugar de verlas a ellas. Después de un rato sin que nadie dijera nada, sintió como si la nuca le picara. Y no picazón real, sino como si alguien estuviera mirándola intensamente. Al voltear hacia Weasley, se dio cuenta de que ella era quien la observaba. Eso la incomodaba. La chica se dio cuenta de que Pansy esperaba una explicación, así que preguntó:

—¿Los de tu casa te han golpeado tanto la cabeza que ahora pides disculpas o cómo es la cosa?

Pansy enarcó una ceja. Fabuloso, una Weasley se burlaba de ella.

—No lo digo a mal —insistió la pelirroja, aunque su sonrisa indicaba lo contrario, con un poco de malicia sí lo decía—. Pero no esperaba que tú conocieras palabras amables.

Después de un rato de silencio, Pansy dijo algo de lo que hasta ella misma se sorprendió. Quizá sólo necesitaba desahogarse un poco con gente que le daba totalmente igual.

—Pasé solo una semana recibiendo insultos y bromas pesadas. ¡Insoportable! No es que no supiera que esa clase de comentarios eran crueles, pero supongo que al vivirlos a diario en carne propia ya no me hacen tanta gracia. Además, no estoy en posición de burlarme de Lovegood con todas mis pertenencias tiradas por los pasillos.

Weasley se paró en seco. Su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua. Al borde de reírse de histeria, dijo:

—Viví cosas muy locas, créeme, hasta un diario maldito. ¿Pero esto? —Una risita se le escapó—. ¡Esto es de locos!

Pansy la miró con recelo.

—Me parece bien que pienses eso Parkinson —agregó—. No estoy diciendo que todo lo que hiciste quedó borrado, pero... digamos que esta noche me parece bien ayudarte a encontrar lo que te escondieron los estúpidos de Slytherin.

Pansy pudo haberse quejado sobre el comentario a su casa, pero en cambio se le escapó una sonrisa. Hacía días que no le decían algo medianamente agradable. Eso le causó una bonita sensación en el pecho. Durante un segundo, la tristeza dejó de oprimir tanto sus pulmones.

—¡Aquí! —gritó Lovegood. Las dos muchachas miraron a la rubia, que estaba señalando un rincón donde había una corbata color verde y plata. Mientras le sacudía el polvo dijo lo obvio—: Esto sin duda es de Pansy. Estos nargles no deben ser muy listos, ni se esforzaron en esconderla.

—Genial. ¿Qué nos falta?

—A mí nada, lo único que me faltaba era mi zapatilla —respondió Lovegood.

—¿Qué? ¿Entonces por qué sigues buscando? —preguntó Pansy.

—A ti todavía te faltan cosas. Dije que te ayudaría.

—No es necesario.

—Lo que no es necesario es que te hagas la dura Parkinson —la retó Weasley—. ¿Qué te falta?

—No somos amigas, no tienen que ser amables conmigo.

Weasley puso los ojos en blanco, la actitud de Pansy le daba pereza.

—¿Qué te falta? —insistió.

—¡La capa de invierno!

Los ojos de Pansy se abrieron con sorpresa. Lovegood era la que había dicho eso, no ella. Al mirar su maleta, vio que la rubia había estado revisándola mientras ella estaba en medio de una batalla de miradas con Weasley. Lovegood tenía en su mano una lista. Pansy chasqueó con su lengua al recordar que había escrito todas sus pertenencias luego de dos veces de haber sufrido esa broma pesada, para así no olvidar buscar nada.

—Perfecto —resolvió Weasley—. Busquemos en el patio, no hemos intentado allí.

Pansy intentó quejarse, pero esas dos chicas no le hicieron caso. Weasley hasta se tapó los oídos para hacer gráfico que no iba a prestar atención a su opinión. Para hacer todo esto más irónico, ellas eran menores que Pansy por un año. En teoría deberían tenerle más respeto y aceptar sus negativas, no desafiarla y tratarla como una desvalida que necesitaba ayuda.

Escuchó que ese par de amigas comentaba:

—Espera a que le cuente a Hermione la noche que hemos tenido... ¡No se lo va a creer! Será divertido ver su reacción, Luna.

Pansy Parkinson solo pudo suspirar resignada. Le iban a contar todo a la sabelotodo de Granger. Lo último que necesitaba es que a ese par de locas acosándola, se le uniera el ratón de biblioteca más conocido de Hogwarts. Una de las personas a las que más había hostigado.

Pero... ¿Qué estaba pensando? Que Granger la haya ayudado en el tren y que se enterara de que no insultó a la pesada de Weasley esa noche no era sinónimo a que ahora iba a intentar pasar tiempo con ella. Se sintió tonta, en especial por haberse ilusionado y convencido durante unos segundos de la idea de que Lovegood, Weasley y Granger le hablarían al día siguiente. Sin duda, el encontronazo con Lunática Lovegood le había contagiado la locura.