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Presta atención a tu instinto de supervivencia
El techo encantado del Gran Comedor estaba oscuro y salpicado de estrellas, y debajo, sentados alrededor de las cuatro largas mesas de las casas, se hallaban los alumnos, despeinados, algunos con capas de viaje y otros en pijama; entre ellos estaba Pansy Parkinson, una Slytherin de último año. Aquí y allá se veía brillar a los fantasmas del colegio, de un blanco nacarado. Todas las miradas (tanto las de los vivos como las de los muertos) se clavaban en la profesora McGonagall, que estaba hablando desde la tarima colocada en la cabecera del Gran Comedor. Detrás de ella se habían situado los otros profesores, entre ellos Firenze, el centauro de crin blanca, y los miembros de la Orden del Fénix que habían llegado para participar en la batalla.
—...el señor Filch y la señora Pomfrey supervisarán la evacuación. Prefectos: cuando dé la orden, organizarán a los alumnos de la casa que les corresponda y conducirán a sus pupilos ordenadamente hasta el punto de evacuación.
Muchos estudiantes estaban muertos de miedo, pero Pansy lo estaba en especial. Tenía tanto miedo que no se sentía segura de poder seguir las indicaciones de la profesora McGonagall. Los latidos insistentes de su corazón la estaban enloqueciendo y sus ojos divagaban por los alrededores con paranoia, como si algún mortífago pudiera aparecer de entre las sombras en cualquier momento.
Se supone que Hogwarts era el lugar más seguro del mundo mágico. Por eso su madre le había insistido para que volviera después del verano, porque así su familia y ella estarían bien. Pero resultó no ser así. Había terminado en medio del conflicto sin quererlo. Por culpa de los de la Orden del Fénix y Potter con el ejército de Dumbledore, esta institución académica que debería proteger a sus alumnos, estaba comenzando una guerra contra el-que-no-debe-ser-nombrado.
Pansy era una prefecta, pero no quería ser un ejemplo a seguir ni hacerle caso a su profesora, más bien quería correr y dejar a todos sus compañeros atrás. ¿Qué le importaba a ella los que le sucediera a los de primer año? Solo quería que alguien los sacara de aquí, ya mismo.
Ernie Macmillan se levantó de la mesa de Hufflepuff y gritó:
—¿Y si queremos quedarnos y pelear?
Hubo algunos aplausos. Pansy se encogió en su asiento, un susurro ahogado se escapó de sus labios:
—Suicidas...
Daphne Greengrass, que no se había separado de ella desde que llegaron al Gran Comedor, rio por lo bajo.
—Los que sean mayores de edad pueden quedarse —respondió la profesora McGonagall.
—¿Y nuestras cosas? —preguntó una chica de la mesa de Ravenclaw—. Los baúles, las lechuzas...
—No hay tiempo para recoger efectos personales. Lo importante es sacarlos de aquí sanos y salvos.
—¿Dónde está el profesor Snape? —gritó Diana Carter desde la mesa de Slytherin.
—El profesor Snape se fue —respondió la profesora, y los alumnos de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw estallaron en vítores.
—¿Crees que reaccionarían así por cualquiera de nosotros que desapareciera? —preguntó Daphne con un tono sombrío.
Además de Pansy, otros Slytherin cercanos a ellas la oyeron. Uno de ellos ahogó un gemido en respuesta, pero Pansy no dijo nada. Sintió el frío recorrerle la espalda, su pijama nunca se sintió tan delgado como ahora, ni siquiera en pleno invierno. ¿Y si Daphne tuviera razón? ¿Y si el profesor Snape no había escapado, sino que fue secuestrado o peor? Era un enemigo para los seguidores de Dumbledore, después de todo. Y también lo eran todos ellos, porque todo Slytherin era considerado un aliado de Voldemort. No era exactamente cierto, pero tampoco del todo una mentira. ¿Los estudiantes de Slytherin estarían bien o se «irían» como el profesor Snape? La profesora McGonagall estaba al tanto de las cosas que los estudiantes de Slytherin habían hecho durante el transcurso de este año. Bien podría usarlos de carnada o rehenes. Estaban en guerra y sucedieron cosas horribles dentro del castillo, sus acciones estarían justificadas si así podían derrotar a la mayor amenaza del mundo mágico.
—Ya hemos levantado defensas alrededor del castillo —prosiguió Minerva McGonagall—, pero, aun así, no podremos resistir mucho si no las reforzamos. Por tanto, me veo obligada a pedirles que salgan deprisa y con calma, y que hagan lo que vuestros prefectos...
Pero el final de la frase quedó ahogado por otra voz que resonó en todo el comedor. Era una voz aguda, fría y clara, y parecía provenir de las mismas paredes.
—Sé que se están preparando para luchar. —Los alumnos gritaron y muchos se agarraron unos a otros, mirando alrededor, aterrados, tratando de averiguar de dónde salía aquella voz—. Pero sus esfuerzos son inútiles; no pueden combatirme. No obstante, no quiero matarlos. Siento mucho respeto por los profesores de Hogwarts y no pretendo derramar sangre mágica.
El Gran Comedor se quedó en silencio, un silencio que presionaba los tímpanos, un silencio que parecía demasiado inmenso para que las paredes lo contuvieran.
—Entréguenme a Harry Potter —dijo la voz de Voldemort— . Entréguenme a Harry Potter y dejaré el colegio intacto. Entréguenme a Harry Potter y serán recompensados. Tienen tiempo hasta la medianoche.
El silencio volvió a tragarse a los presentes. Todas las cabezas se giraron, todas las miradas convergieron en Harry Potter, y él se quedó paralizado, como un ciervo a punto de ser atacado. «Entréguenme a Harry Potter y dejaré el colegio intacto». Si no fuera por el aspecto desalineado y cansado de Potter, Pansy lo habría confundido con el mismo niño asustado y perdido que tantos años atrás vio sentado en la tarima, usando un sombrero más grande que su cabeza. Todo podría volver a ser normal un día, como aquel primer día de clases. Esta pesadilla terminaría y todo volvería a ser igual, como siempre fue, lo único que debían hacer era...
«Entréguenme a Harry Potter y nadie sufrirá ningún daño». Pansy se obligó a tragar saliva, su lengua se sentía pastosa y densa en su boca. Cerró sus manos en forma de puño, sus dedos y palmas estaban empapados con suo.
«Entréguenme a Harry Potter y serán recompensados». ¿Qué recompensa tendría Slytherin ayudando a la Orden del Fénix? ¿Qué ganaría ella? ¿Cuáles eran las posibilidades de que la Orden le ganara a Voldemort? Si iniciaba la guerra todos en el castillo morirían en el fuego cruzado. Las salidas del castillo estaban custodiadas por mortífagos, ellos ya conocían los pasadizos secretos gracias al profesor Snape. Nadie los salvaría. Voldemort los consideraría enemigos por no ayudar y la Orden ya los consideraba enemigos por quienes eran. Las familias de los estudiantes de Slytherin no estaban aquí para protegerlos. Si querían salvarse, lo más sensato era evitar la batalla. Potter a cambio de cientos.
Pansy se levantó de la mesa de Slytherin, tratando de controlar el temblor de sus piernas. Alzar la mano se sintió tan, tan lento...
—¡Pero si está ahí! ¡Potter está ahí! ¡Que alguien lo aprese! —gritó, señalándolo.
Harry Potter seguía paralizado, por lo que no intentó defenderse, pero fue rodeado por un escudo humano que lo protegió: los alumnos de Gryffindor que se levantaron todos a la vez y plantaron cara a los de Slytherin sin dudarlo. A continuación, se pusieron en pie los de la casa de Hufflepuff, y casi al mismo tiempo los de Ravenclaw, y se situaron todos de espaldas a Harry. Pansy, abrumada y atemorizada, veía salir varitas mágicas por todas partes, de debajo de las capas y las mangas de sus compañeros, todas apuntando hacia ella.
—Gracias, señorita Parkinson —dijo la profesora McGonagall con voz entrecortada—. Usted será la primera en salir con el señor Filch. Y los restantes de su casa pueden seguirla.
Pansy apenas podía procesar algo, su visión estaba nublada. Ella, y todos en Slytherin, sabían que pelear contra los profesores y alumnos sería contraproducente. Escuchó el arrastrar de los bancos y luego el eco del ruido de las pisadas de los alumnos de Slytherin saliendo en masa desde el otro extremo del Gran Comedor. Muchos mantenían la cabeza gacha. Otros la miraron: algunos con respeto, otros como si ella fuera la cosa más estúpida que vieron en sus vidas. Sintió los dedos de alguien entrelazarse con los suyos. Fue Daphne que la incitó a caminar, tomándola con fuerza de la mano.
—¡Y ahora, los alumnos de Ravenclaw! —ordenó McGonagall.
Las cuatro mesas fueron vaciándose poco a poco. La de Slytherin quedó completamente vacía, pero algunos alumnos de Ravenclaw (los mayores) permanecieron sentados mientras sus compañeros abandonaban la sala. De Hufflepuff se quedaron aún más alumnos, y la mitad de los de Gryffindor no se movieron de sus asientos. Pansy escuchó a McGonagall gritar algo más, pero no estaba segura qué dijo, porque atravesaron la puerta y sus palabras se volvieron solo ruido que se mezclaba con el sonido de los pasos.
—Muévanse, rápido —dijo Filch sin mirar atrás, guiándolos los por los amplios pasillos del castillo.
Los estudiantes obedecieron sin dudarlo, pero la ansiedad se sentía en el ambiente.
—¿Por dónde evacuaremos? —preguntó un niño de primer año con voz temblorosa.
—¿De verdad podemos salir? ¿Es posible? —dijo otro.
—Usando un cuadro —los calló a todos Filch—. Agradezcan a Potter, de la misma manera que él entró para salvarles el pellejo a todos ustedes, vamos a salir.
Hubo un par de murmullos de confusión, pero nadie se atrevió a cuestionarlo. Pansy mantenía la cabeza gacha, sintiéndose pequeña. Daphne le dio un suave apretón a su mano y luego... la soltó. Pansy cruzó sus brazos como reflejo, mirando de reojo a Daphne. Sus dedos se sentían helados sin el calor de la otra mano, quería que siguiera sujetándola, manteniéndola segura, pero no intentó buscarla. Daphne seguía ahí, caminando a la par. Mientras siguiera cerca era suficiente. Estaban juntas, así que todo estaba bien. Pansy levantó la cabeza. Debía forzarse a ser positiva y pensar que saldrían ilesas de aquí. Daphne no dejaría que algo malo le pasara.
Como Filch dijo, un cuadro abrió un túnel secreto para ellos. Daphne empujó a Pansy por la espalda con suavidad, indicándole que fuera primero. Ella obedeció dócilmente. Escapó del castillo primero que nadie, incluso antes que Filch, que se había quedado en la entrada, guiando a los alumnos uno por uno hacia adentro. Sintió claustrofobia mientras caminaba, su mente le jugaba la mala pasada de que las paredes se encogían a medida que avanzaba. Estaba siguiendo un camino que no daba pistas sobre el final, confiando ciegamente. ¿Qué destino la esperaba en esta oscuridad sin fin?
Pero la realidad fue buena. Al final del túnel estaba la libertad que ansiaba desesperadamente. La luz de la salida la tomó por sorpresa y la obligó a cerrar sus ojos, pero cuando se acostumbró a ella, la esperanza creció en su pecho. Había amanecido. Tomó una inspiración temblorosa, serenándose. Estaba en esa taberna asquerosa de Hogsmeade, Cabeza de Puerco. El aire polvoso del lugar se sentía tan fresco como el de los amplios terrenos de Hogwarts. Al mirar los cristales de las ventanas, borrosos por culpa de la mugre, encontró paz, no guerra. No había mortífagos, las calles estaban desiertas. Probablemente todos estaban en las puertas de Hogwarts a estas alturas, preparándose para la batalla.
Detrás de Pansy llegaron otros. No volteó, siguió mirando por la ventana, pero sabía que cada vez más y más de sus compañeros, de sus amigos, ingresaban a Cabeza de Puerco. El cuarto tomó calor gracias a la masa de gente. Los murmullos fueron en aumento. Ellos estarían bien. Potter podía suicidarse solo. O bueno, él y todos los Gryffindor. Casi se rio de ellos. ¿Tenían sangre mágica que Voldemort no quería derramar para usar y ellos no la aprovechaban? Debió haberse calmado en lugar de intentar entregar a Potter. Salir del castillo fue tan sencillo que le resultaba ridículo. Quizá Snape sí se había ido, así como lo hizo Pansy.
—Daphne —se quejó, feliz—, ahora que estamos a salvo y no hay riesgo de que nos asesinen los mortífagos ni nadie... voy a matarte yo. Te lo juro. Me asustaste tanto con...
Pero Daphne no estaba a su lado. Miró con cuidado la gran multitud, eran tantos que poco espacio quedaba para poder moverse. Su corazón comenzó a acelerarse como antes. ¿Dónde estaba Daphne? Ellas siempre estaban juntas. ¿No estuvo caminando todo este tiempo detrás de ella? ¿Por qué no estaba a su lado? Pansy se adentró en la multitud. Quizá Daphne no la encontró cuando entró a la taberna, o estaba ocupada hablando con otra persona. Comenzó a alterarse a medida que pasaban los minutos y Daphne no aparecía. De la desesperación, dejó de pedir permiso para moverse entre la gente y buscar. ¡¿Dónde estaba Daphne?!
Había recorrido todo el cuarto. El túnel estaba cerrado. Todos lo habían cruzado, menos su mejor amiga.
—Señor Filch —jadeó Pansy cuando lo vio, sujetándolo del brazo con fuerza—. Creo que Daphne Greengrass se quedó atrás.
—Fui el último en entrar, no faltaba nadie —le restó importancia mientras sacudía su brazo para que lo dejaran libre.
Pansy lo soltó, pero dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal.
—Se lo juro, señor, ella...
—Hay mucha gente aquí, ¡claro que no la verás! Seguro está por ahí, sigue buscando, ya la encontrarás luego —la interrumpió, moviendo su mano desdeñosamente. Él estaba confiado en que nadie se perdió bajo su guardia.
—El señor Filch vigiló el frente y yo el final en todo momento. Nadie se salió de la fila —dijo la señora Pomfrey, que había escuchado la conmoción y se acercó a ellos—. Solo estás nerviosa.
—Se lo juro, señora Pomfrey, ella no está aquí. Yo fui la primera en cruzar el túnel y ella estaba detrás de mí, pero ahora no.
—¿No es posible que se quedara para la batalla? La señorita Greengrass es de último año, es mayor de edad.
—No, no. Imposible.
—¡Abran paso mocosos! —gritó Filch, hartándose y dejando atrás a las dos mujeres sin siquiera disculparse—. ¡Necesito ir a la puerta, córranse! ¡Aberforth, ayuda un poco!
Los estudiantes se apretujaron hacia los lados, permitiendo el paso a Filch. Pomfrey le dio una suave palmada en el hombro a Pansy para calmarla y se alejó, siguiendo a Filch. Pansy se apoyó contra una pared. Se sentía mareada por la ansiedad. No tenía sentido que Daphne no haya cruzado el túnel, pero ni con las palabras de la señora Pomfrey se sentía mejor. ¿Por qué estaban tan calmados? ¿Como Daphne era ya una adulta, no se responsabilizaban? Apretó la mandíbula, intentando ahogar la desesperación.
—Relájate Pansy, Daphne debe estar por aquí —dijo una chica que había escuchado todo.
Era Anya, una compañera de año de Pansy. Anya le dio unas palmadas tranquilizadoras en el brazo y agregó:
—Seguro la encontrarás afuera. Daphne sabe cuidarse sola.
Pero no fue así. Revisó tres veces a la multitud y no la encontró. Le intentó decir otra vez a los mayores a cargo que Daphne no había salido del castillo, pero no le creyeron. Ellos no lo entendían... Daphne nunca se alejaba de su lado voluntariamente.
El grupo de evacuación atravesó las calles de Hogsmeade como si fuera un tranquilo fin de semana más. Voldemort no quería derramar sangre mágica sin una buena razón, así que nadie estaba intentando detener a los que evacuaban la zona. Pansy se quedó caminando al final de toda la multitud, cada vez más lento, arrastrando los pasos... hasta que se detuvo. No podía seguir adelante, no sin Daphne. Dio un paso vacilante hacia atrás, luego otro. Se dio media vuelta y comenzó a correr. Entró a Cabeza de Puerco a toda velocidad, empujando una de las mesas por accidente porque no pudo frenar a tiempo. Nadie más que ella quedaba en la taberna. Se paró frente al cuadro y le gritó:
—¡Quiero volver, déjame entrar!
La mujer del cuadro puso cara de pena y negó con la cabeza. Le siguió gritando lo mismo una y otra vez. Nada, la mujer solo señaló la puerta, diciéndole que evacue. Golpeó el cuadro, desesperada. La mujer por el tambaleo, negó con la cabeza de nuevo y decidió irse a otro cuadro, dejándola sola. Pansy gruñó de la desesperación y cayó de rodillas en el suelo, sin saber qué hacer.
Sonó un portazo. Pansy se tensó, llevando sus manos a su boca. ¿Un mortífago? Sería una ironía de la vida morir así.
—Mi hermana —jadeó una voz aguda.
Pansy se volteó.
—¿A... Astoria...?
Astoria Greengrass, la hermana menor de Daphne, estaba parada a pocos metros de ella. Su cabello estaba enredado y sus mejillas y nariz rojas. Parecía que también abandonó el grupo de evacuación y había corrido hasta aquí a toda prisa.
—¿Tampoco la encuentras? ¿El túnel no se abre? —preguntó Astoria.
—¿Sabes dónde está?
—¿Dónde más? —dijo indignada—. ¡Salvando al estúpido de su novio!
—¿No... novio? —murmuró, cerciorándose.
—Voy al castillo, a buscarla. ¿Vienes también?
Astoria se agachó y sujetó su mano, tirando de ella, obligándola a levantarse. Pansy casi perdió el equilibrio, pero logró mantenerse en pie. Sin soltarla, Astoria corrió a la salida. Pansy fue arrastrada por la calle, hacia unas cercas que atravesaron saltándolas, y a partir de ahí aceleraron el trote para cruzar un extenso terreno llano que culminaba en una arboleda.
—¡¿A dónde vamos?! —chilló Pansy con la voz entrecortada por su respiración errática. Sus piernas comenzaban a escocer.
—Si el túnel ya no funciona, la única opción que nos queda es el bosque prohibido.
A Pansy se le subió la bilis por la garganta de puro terror. Se detuvo, plantando los pies con fuerza en la tierra. El parón casi hizo caer a Astoria de trompa al piso. Pansy le soltó la mano y presa del pánico, gritó:
—¡¿Estás loca?! ¡¿El bosque prohibido?! ¡Moriremos!
—¡Si no lo intentamos será Daphne la que morirá! Tardaremos mucho rodeando el bosque.
Pansy estaba a nada de vomitar. Podía ver el bosque al frente, imponente y enorme. Astoria la miraba con fervor, rogándole que la acompañe.
—Juntas tenemos más posibilidades. Pero lo haré contigo o sin ti.
Astoria no esperó una respuesta y volvió a correr rumbo al bosque. Los árboles se veían gigantes, aterradores. Pansy no podía mover sus pies. ¿Por qué Daphne...? Una de sus piernas temblorosas consiguió dar un paso hacia adelante. ¿Realmente estaba pensando en arriesgar su vida por ella? Nunca pensó que podría ser capaz de hacer algo tan estúpido.
—¡Agh, maldita sea! —gritó, cerrando sus ojos mientras corría tras Astoria.
Las lágrimas se acumulaban en sus pestañas y apretaba tan fuerte la mandíbula que dolía, pero no dejó de avanzar. Algo debió suceder. Daphne no la habría abandonado, jamás. Y Pansy tampoco lo haría ahora.
Ambas chicas entraron al bosque, cuando estuvieron rodeadas por completo por los árboles bajaron la velocidad. Respiraban agitadamente mientras intentaban acostumbrarse a la nueva oscuridad. Se movieron con cuidado, ya que no querían perderse.
—¿Quién es su novio? —preguntó Pansy luego de un largo rato de caminata.
Las dos mantenían la mirada baja. Era demasiado fácil tropezarse con raíces aquí.
—Blaise.
—¿Qué? Ellos salieron un par de veces, pero...
—Vuelven y terminan todo el tiempo. En vacaciones siempre están juntos, en el cuarto de Daphne. No tuvo más opción que decirme la verdad cuando la amenacé con decirles a nuestros padres que no puedo dormir por su culpa.
—Ellos terminaron. Definitivamente. Daphne me lo dijo.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—No sonó así durante las últimas vacaciones, unos meses atrás...
A Pansy se le erizó la piel.
—¿Insinúas que me mintió?
—Sé que Daphne no quería herir tus sentimientos...
—¿Ocultarme cosas es una manera de evitar lastimarme? —se mofó.
Astoria la miró de reojo durante unos segundos, sopesando, luego volvió a vigilar sus propios pasos y dijo convencida:
—Sí.
Pansy soltó una risa amarga.
—Por supuesto que sí —masculló.
Astoria no sabía nada, aun siendo su hermana. Daphne y Pansy eran más cercanas que nadie, su unión superaba cualquier relación sanguínea.
—No me digas que estás pensando en volver con los demás ahora que sabes eso...
—¿Qué? ¡No! Claro que no. Salvaré a Daphne para luego matarla con mis propias manos por mentirosa. Y por asustarme así. —Pansy miró hacia atrás. La luz del sol apenas atravesaba las densas ramas. Se estremeció. Estaban demasiado dentro del bosque—. Tampoco sé cómo volver.
—Estamos caminando en línea recta, solo deberías hacer lo mismo, pero al revés. No estamos tan adentro, saldrás tarde o temprano.
—Cállate —murmuró, no quería escuchar eso.
—¿Te da más miedo salir del bosque sola, que adentrarte a él acompañada?
Pansy casi tropieza con una raíz. «Daphne me necesita» se recordó a sí misma. Cada pelo de su cuerpo le decía que se de la vuelta, pero sus piernas seguían corriendo directo al peligro.
—¿Salvaremos a Daphne, verdad? —preguntó Astoria con preocupación.
—Probablemente no estén en medio de la batalla, los encontraremos fácil y escaparemos de allí sin toparnos con nadie —mintió, ignorando sus pensamientos pesimistas: «Blaise es un mortífago, uno cercano a Draco. Por eso es que habían terminado Blaise y Daphne en primer lugar. Él era un chico peligroso».
—Tu voz está temblando —dijo.
—Estamos en pijama en medio del bosque prohibido —se excusó.
—Me estoy congelando también, pero al menos es primavera.
Caminaron en silencio, poco a poco el frío de la mañana calaba más en sus huesos, haciendo más difícil avanzar. Se sentía ridícula, con sus pantuflas y medias empapadas, y su pijama rosa pastel manchado con tierra, yendo hacia el lugar del que tanto quería escapar horas atrás. Estaban caminando en línea recta, confiando en la suerte para no desviarse por accidente. Sentía que estaba yendo contra todo sentido lógico.
Quería ser egoísta, pero su corazón no la dejaba irse sin Daphne. Siempre fueron ellas dos, desde niñas. No podía dejar a Daphne sola en medio de una batalla. Esto era su culpa, por no insistir, por no sujetar su mano con fuerza también, por no cuidarla, por no mirar atrás por estar pensando en solo salvarse a ella misma. Ahora estaba pagando con perder a la única persona que antepondría a sí misma. ¿Qué había hecho tan mal con Daphne, para que decidiera quedarse junto a Blaise y no junto a ella? No podía huir sin saberlo.
Cuando el dolor en las plantas de sus pies comenzó a molestarle, escucharon unas voces a lo lejos. Pansy y Astoria se paralizaron y agudizaron sus oídos, pero aun así no entendían lo que hablaban. Astoria se movió hacia el sonido con pasos gráciles. Pansy la siguió de cerca, con un poco menos de gracia. Astoria se detuvo en seco y Pansy chocó su espalda. Por suerte no hicieron ruido. Asomaron sus cabezas con cuidado, ocultándose tras los árboles. Había un gran grupo de gente. Estaban reunidos en un claro, rodeando una fogata. Y en un extremo, siendo observado por todos los presentes, increíblemente, estaba Harry Potter.
—Tienes que estar bromeando, ¿qué rayos hace aquí Pot...?
Astoria le tapó la boca con ambas manos, deteniéndola. Pansy había hablado bajo, pero aun así Astoria la amenazó con la mirada y movió sus labios de forma exagerada, diciendo «Cá-lla-te» sin hacer sonido. Pansy se atrevió a volver a mirar al claro. Potter se había acercado mucho más hacia las personas, caminaba directo hacia un hombre de aspecto macabro. Entonces se dio cuenta: todos ellos eran mortífagos. Voldemort estaba allí. Pansy tragó en seco. Por puro pánico quiso volver a decir «¡¿Qué rayos hace Potter?!», pero no lo hizo. Su garganta estaba tensa, como si la estuvieran ahorcando. ¿La Orden del Fénix perdió, tan rápido? No era posible... ¿Estaban negociando? ¿Acaso Potter se estaba rindiendo...?
Una luz verde iluminó el claro y Harry Potter cayó al suelo. Astoria jadeó. Pansy ni siquiera tenía aire en los pulmones para hacer lo mismo.
Pansy había presenciado maldiciones imperdonables muchas veces, pero no esa. Fue aterrador cómo de forma tan silenciosa el alma de Harry Potter había abandonado su cuerpo. Era más morboso que todo lo que vio durante este último año, cuando en clases sus compañeros se retorcían de dolor por la maldición Cruciatus que los profesores impartían como castigo. No hubo resistencia, ni un pequeño quejido. Por culpa de las plantas que lo amortiguaron, ni siquiera escucharon el cuerpo de Harry desplomarse. Fue más cruel que nada. Una vida no podía terminar así, sin el más mínimo rastro, sin luchar por vivir, sin correr ni rogar clemencia...
Hubo una conmoción, murmullos nerviosos. Pansy dejó de mirar a Harry Potter y entonces se dio cuenta: Voldemort también cayó, con tan poca gracia como un muerto que no luchó por su vida.
—Mi señor... mi señor... —dijo una mujer—. Mi señor...
—Ya basta.
Pansy y Astoria dieron un paso atrás. Su voz fue más aterradora que cuando la escucharon en el Gran Comedor. Él sí estaba vivo. Pansy quiso llorar. Si las encontraba husmeando...
—Mi señor, permítame... —insistió la mujer.
—No necesito ayuda —le espetó Voldemort con frialdad—. El chico... ¿ha muerto?
Se hizo un silencio absoluto en el claro. Nadie se acercó al cadáver, solo lo miraron.
—Tú —indicó Voldemort, y hubo un estallido y un ligero grito de dolor—, examínalo y dime si está muerto.
—Narcissa, es Narcissa —jadeó Astoria con un hilo de voz.
Ella tenía razón, era la señora Malfoy, la madre de Draco Malfoy. Pansy sabía que los Malfoy eran cercanos a Voldemort, pero de todas formas se sorprendió al ver a Narcissa allí, así. Se veía terrible, todo lo opuesto a lo que era en sus recuerdos. A Pansy se le estrujó el corazón mientras la veía revisar el cuerpo de Potter.
—¡Está muerto! —anunció Narcissa Malfoy a los demás.
Todos soltaron gritos y exclamaciones de triunfo y dieron contundentes patadas en el suelo.
—¡¿Lo ven?! —chilló Voldemort por encima del alboroto—. ¡He matado a Harry Potter y ya no existe hombre vivo que pueda amenazarme! ¡Miren todos! ¡Crucio!
Potter fue tratado como un objeto. Se elevó del suelo, fue lanzado tres veces al aire, cayendo sin gracia a la tierra dura. Sus gafas cayeron, su varita mágica también. En el bosque resonaron vítores y carcajadas. Pansy quería vomitar. «Entreguen a Potter». Ella quiso este destino para Harry Potter, su compañero de clases.
—Y ahora —anunció Voldemort—, iremos al castillo y les mostraremos qué ha sido de su héroe. ¿Quién quiere arrastrar el cadáver? ¡No! ¡Esperen!
Hubo más carcajadas.
—Vas a llevarlo tú —ordenó Voldemort—. En tus brazos se verá bien, ¿no crees? Recoge a tu amiguito, Hagrid. ¡Ah, y las gafas! Pónselas; quiero que lo reconozcan.
Pansy comenzó a llorar en silencio. Ella había deseado esto. Se había ido sin mirar atrás con la consciencia tranquila. Ella habría sacrificado a Potter así, con tal de poder escapar ella sin un rasguño. Antes fue tan fácil hacer eso. Cuando se daba la espalda sin mirar atrás era tan fácil abandonar a la suerte a los demás, pero verlo era tan diferente...
—¡Muévete! —ordenó Voldemort, y Hagrid avanzó a trompicones entre los árboles con Potter en sus brazos.
Las piernas de Pansy fallaron, torpemente se apoyó en un árbol. Se sentía abatida y con el estómago revuelto. Y cuando recordaba a Daphne, se ponía peor. ¿Y si todos en el castillo ya habían muerto, igual que Potter?
—Vamos —susurró Astoria.
Pansy no movió ni un músculo.
—Vamos. —Esta vez Astoria golpeó su hombro.
—¿Cómo? —preguntó con la voz temblorosa.
—Van hacia el castillo. Vamos por buen camino, solo debemos seguirlos ahora.
—Mataron a Potter.
—Narcissa encontrará a Draco.
—Lo mataron —siguió, sin procesar los sucesos.
—Draco no está con su familia. También está en peligro.
«Draco». ¿Draco? Hacía tiempo que no escuchaba su nombre. Eran amigos, pero se habían distanciado. Pansy la miró entonces.
—¿Draco? ¿De qué hablas?
—Tenemos que ayudarlo también. A mi hermana y a Draco.
—¿Draco? —repitió, sin entender qué tenía él que ver en todo esto.
—Daphne es la prioridad. Pero es posible que estén juntos. Estoy segura de que Draco protegería a mi hermana.
Pansy estaba anonadada. Pero más que entender a Astoria, le preocupaba Voldemort y su ejército de mortífagos, así que se centró en eso:
—¿Quieres que persigamos a los que asesinaron a Potter?
—¡¿Cómo crees que salvaremos a Daphne?! —se alteró—. Reacciona, por Merlín. Estamos en una guerra. ¿Hacia dónde pensabas que nos dirigíamos?
—Esperemos un poco aquí, ella debe estar escondida en...
—¡No! ¡Está peleando! ¡¿No lo entiendes?! ¡Ella está con Blaise, ambos tomaron la marca! ¡Ella está peleando! ¡No voy a dejar que la vida de mi hermana y Draco se vayan así, por él! ¡No lo voy a permitir!
—Daphne no...
—Es una mortífaga.
—¡No lo es! —chilló.
Daphne nunca haría algo tan peligroso, era ridículo. Por eso se distanciaron de Draco y los demás dos años atrás. Pansy y Daphne querían terminar Hogwarts como cualquier estudiante normal: hacer un viaje por el mundo antes de comenzar a trabajar, vivir el mismo tipo de vida que sus madres vivieron. Ellas no querían pelear en una guerra. No querían tener nada que ver con los mortífagos. Después de lo de Umbridge ellas no...
—Vamos. No podemos perderlos de vista —tajó Astoria, caminando por el mismo lugar que habían atravesado los mortífagos.
Pansy no se movió, y Astoria, enojada, no miró atrás para ver si la seguía. Estaba dispuesta a todo para proteger a los que le importaban, por lo que Pansy no se atrevió a detenerla. Se levantó del suelo, tambaleante y se acercó al fuego que los mortífagos dejaron atrás. Estaba cerca de apagarse, casi toda la leña había sido consumida. Sus extremidades entumecidas y frías lo agradecieron de todas formas. A Pansy le dolía la cabeza, el cuerpo y el corazón. Se sentía tan cansada de repente. Quería seguir a Astoria, no quería quedarse sola. Pero esto, quedarse junto al calor reconfortante, se sentía tan fácil...
—¿Mataron a Harry? —preguntó una voz gruesa.
—Es lo que dijo Bane —dijo otra voz.
Pansy miró a su alrededor. Escuchó unos pasos. No humanos, parecían pezuñas.
—¿Es demasiado tarde? Quiero matar a esos malditos magos... Invaden nuestros territorios, matan sin honor... ¿Y solo lo aceptamos? ¿Dónde quedó nuestro orgullo?
Pansy dio unos pasos atrás. Miró a su alrededor, presa del pánico. Los centauros eran peligrosos, atacarían a cualquier humano en sus tierras. Tragó saliva en seco. Ya era tarde para acobardarse. No podía rendirse a mitad de camino. Ya sea por el bosque o por la batalla, ya estaba en peligro. Daba igual si estaba cansada, asustada por haber presenciado un asesinato o si ya no conocía a la Daphne que quería rescatar, iba a ir por ella. Le haya mentido o no sobre algunas cosas, la verdad era que Daphne siempre estuvo a su lado. ¿Iba a morir así, como Potter, aceptando perder sin más? Acababa de aprender que eso la asustaba más que la misma muerte.
Corrió hacia el mismo lugar por el que Astoria y los mortífagos habían desaparecido, pero lo hizo con tanta prisa que resbaló por el barro y cayó sobre él. Soltó un quejido y miró a su alrededor. Parecía que los centauros no la habían escuchado. Al intentar levantarse, unas piedras se clavaron en su mano. Dolió, pero no tanto como la caída. De nuevo el sonido de las pezuñas se escuchó, aún más cerca que antes. Su corazón latió como loco. Sujetó tantas piedras como encontró a su alrededor y lanzó un puñado de ellas tan fuerte y lejos como pudo. Estaba temblando, pero logró mantenerse atenta, preparada para lanzar las piedras que le quedaban. Por suerte, no fue necesario:
—¿Otro sonido?
—Por allí.
El sonido de los pasos fue disminuyendo. Pansy no se levantó, gateó tan rápido como pudo y se escondió entre los arbustos. Avanzó un tiempo así y cuando estuvo segura de que no escucharía más pisadas de centauro, se levantó. Las rodillas le dolían. Sus manos tenían algunos cortes y las piedras se presionaban dolorosamente en sus palmas, pero no quiso soltarlas por el miedo. Se sacudió el polvo de la ropa y sintió un palo en su bolsillo. La varita. Pansy quiso golpear su cabeza contra el árbol más cercano. Todos sus ancestros debían estar revolcándose en sus tumbas: Pansy Parkinson, la última bruja con su apellido, muriendo asesinada por criaturas mágicas, sin usar su varita para defenderse.
Guardó las piedras que sostenía en su bolsillo, preocupada de volver a encontrarse con centauros, y sujetó su varita con firmeza, apuntando hacia el frente para poder protegerse correctamente. Dudó, pero sacó una de las piedras del bolsillo. Mejor prevenir que lamentar. Además, juguetear con ella entre sus dedos la ayudaba con el estrés.
Avanzó con cuidado hasta que la luz comenzó a filtrarse por las ramas y la cantidad de árboles a su alrededor comenzó a decrecer. Una sonrisa de alivio se le escapó y aceleró el paso hasta que finalmente salió. ¡Al fin! ¡Ahora solo...! Su sonrisa cayó tan pronto como vio el panorama completo: el castillo estaba destrozado.
Pero había supervivientes. Muchas personas estaban fuera del castillo, concentrados en la entrada, parados allí sin pelear. ¿La batalla había terminado? ¿Qué sucedió? Pansy miró a su alrededor, nadie estaba cerca. Vacilante, avanzó hacia la multitud, necesitaba ver quiénes eran.
Un tirón en su ropa la sorprendió. Su cuerpo se movió en contra de su voluntad y fue arrastrada, levitando a través del terreno de Hogwarts a gran velocidad, hacia el castillo. Pero no hacia la entrada, sino hacia una de las paredes destrozadas. Detrás de uno de los agujeros estaba Astoria. Pansy se estrelló contra su cuerpo al entrar por el hueco. Fue un milagro que ni un grito haya escapado de su boca.
—Empiezo a lamentar haberte pedido ayuda —dijo Astoria.
—¿Cómo hiciste...?
—Accio pijama —explicó.
—¿Y si se rompía?
—Habrías quedado desnuda frente a quien-no-debe-ser-nombrado. Pero por suerte compras pijamas de buena calidad.
Pansy enfureció, pero cuando procesó las palabras de Astoria se alarmó y miró a la multitud a la que casi se dirigió.
—¿Son mortífagos?
—Yendo derechito justo al único lugar donde no tenías que ir. Sí, mortífagos, y el Ejército de Dumbledore. Debe estar a punto de estallar la batalla de nuevo. Acaban de anunciar la muerte de Potter, pero no me quedé para escuchar más.
Montones de gritos enojados rompieron la calma. Pansy tragó saliva. La batalla volvió a explotar. Si no fuera porque Astoria la detuvo...
—Rápido —ordenó—. Ya volvieron a pelear, pero Daphne y Draco no están allí. Deben estar por este lado del castillo.
Esquivaron hechizos de milagro mientras se metían de lleno en el campo de batalla. Pansy solo podía seguir a Astoria y esperar lo mejor, esforzándose por encontrar a sus amigos. Cubrió su cabeza con sus brazos e intentó mirar cada rincón de los alrededores. Daphne y Draco eran rubios, ¡no podía ser tan difícil verlos!
Pansy dio un salto del susto al ver a los elfos domésticos de Hogwarts, que entraron atropelladamente en el vestíbulo gritando como locos mientras blandían cuchillos de trinchar y cuchillas de carnicero. Por suerte no se centraron en ellas, probablemente por sus pijamas. Vio cómo George Weasley y Lee Jordan derribaban a un enemigo. También vio a Lucius y Narcisa Malfoy sin intervenir en la lucha, ellos solo corrían entre el gentío llamando a su hijo a voz en cuello.
—¡A mi hija no, perra! —dijo Molly Weasley.
Pansy estaba pálida, viendo cómo la madre de los Weasley peleaba con la mismísima Bellatrix Lestrange. Le costó dejar de prestarles atención, pero lo hizo. Ella tenía que enfocarse en su meta nada más: en Daphne. Siguió mirando a su alrededor, buscando. Aun así, no pudo evitar recordar a sus padres por todo lo que vio. Ellos debían estar en su hogar, tranquilos, sin preocuparse por esta batalla. Nunca había querido tanto un abrazo de su madre como ahora.
—¡No! —aulló Astoria, desgarrada.
Pansy miró su rostro consternado y siguió la dirección de su mirada. Finalmente encontraron a Daphne. Estaba medio apoyada contra una pared, con sus piernas extendidas en el piso. Había sangre pintada en el muro, un poco arriba de su cabeza. De alguna manera el cráneo de Daphne se había estrellado contra la pared y su cuerpo se había deslizado por ella sin resistencia, pintando de rojo el camino. Estaba inmóvil, con los ojos abiertos mirando a la nada. Su varita seguía entre sus dedos flácidos. Las mangas de la camiseta de su pijama estaban levantadas, en su brazo estaba tatuada la marca tenebrosa.
¿La batalla se había detenido? Pansy lo sentía así. Algunas voces gritaron la palabra «Harry», pero los sonidos se fueron haciendo más y más suaves, hasta que solo escucho un pitido que apagó cualquier otro ruido. ¿A dónde habían ido los colores de los hechizos que atravesaban el aire? ¿Las explosiones? ¿Los gritos desesperados?
—¡Muévete! ¡Vamos!
Pansy parpadeó confundida mientras la zarandeaban. Estaba entumecida, mirando el rostro de Draco Malfoy, que de repente estaba allí, intentando hacerla reaccionar.
—Draco —jadeó.
Él tenía la boca manchada con sangre, probablemente tenía más heridas en el resto del cuerpo. Astoria sollozaba desconsolada. Draco la abrazaba por el hombro con un brazo, y con el que tenía libre sujetó el rostro de Pansy, obligándola a mirarlo.
—¡Vamos! —insistió.
—Tus padres —recordó Pansy con un hilo de voz.
La cara de Draco se contrajo, mostrando pánico.
—¿Dónde?
Pansy señaló con el dedo al Gran Comedor. Draco miró a Astoria y luego al Gran Comedor.
—Mi madre —balbuceó, alternando la mirada entre ambas chicas.
Astoria se aferró más al brazo de Draco.
—Vamos. No perdamos ni un segundo. Nadie más, ni uno más de nosotros —dijo con dolor. Grandes lágrimas caían por su rostro, y aun así arrastró a Draco con ella para buscar a Narcissa Malfoy.
Pansy los siguió, como una niña perdida. No sabía qué más hacer. Poco a poco volvió a escuchar los hechizos golpear cuerpos y objetos. Los gritos de desesperación se volvieron más y más presentes. Vio a los señores Malfoy a lo lejos, en el lado opuesto, a punto de salir del lugar para buscar en otro cuarto a su hijo. Potter estaba de pie, rodeado de cadáveres, luchando con Voldemort en medio del Gran Comedor. Nada tenía sentido. Apretó su puño y sintió la piedra lastimarle la piel. Pansy se había olvidado que la tenía. Draco soltó a Astoria y corrió hacia sus padres. Astoria lo siguió de cerca, sin miedo a ser golpeada por un hechizo desviado. Pansy se quedó atrás, jugando con la piedra entre sus dedos. Nada tenía sentido. ¿Dónde estaba Daphne? ¿Por qué gritaban todos? ¿Qué gritaban? El señor y la señora Malfoy abrazaron a Draco y Astoria. ¿Dónde estaban sus padres? Pansy quería abrazar a su mamá también.
Alguien chocó contra Pansy, haciéndola caer. Esa persona aplastó su cuerpo, pero enseguida se levantó, clavando su codo en ella al hacerlo. Pansy hizo una mueca de dolor y buscó al culpable, que resultó ser Hermione Granger. Ella se mostró sorprendida por ver a Pansy allí, pero alguien intentó atacarla con un hechizo, por lo que volvió a concentrarse en la lucha. Pansy miró su alrededor. Desde el suelo todo se veía más caótico. Casi la pisan. Fue Granger de nuevo, que clavó su mirada llena de rabia en ella.
—Por todos los cielos —gruñó, encorvándose para agarrar una de sus manos y tirar de ella para levantarla—. ¡Sal de aquí si no vas a pelear! ¡Sálvate!
Pansy apretó la mano de Granger con fuerza. Dolió. A Granger también le dolió, a juzgar por la manera en que miró sus manos unidas. La sangre comenzó a caer de entre sus palmas. Granger tironeó tan fuerte como pudo hasta que logró zafarse de su agarre. Ambas cayeron nuevamente al suelo por el forcejeo.
—¿Pero qué...? —chilló Granger.
Pansy tenía el rostro apoyado sobre el suelo. Estaba frío y duro. No tenía fuerza para levantarse. No. Sí la tenía, pero no quería hacerlo. Su piel le ardía. ¿Se había despellejado al caer?
Una vez más, su cuerpo se movió contra su voluntad. Granger la agarró por el cuello de su camisa, la elevó hasta que pudo enfrentar sus rostros y le dijo:
—¿Qué rayos hiciste?
Pansy se sobresaltó e intentó alejarse, intimidada por la mirada mortal que Granger le estaba dando. Pero el agarre de Granger se afianzó más, tirando del cuello de su camisa hasta que sus narices estuvieron a punto de tocarse.
—No lo voy a repetir de nuevo: Qué. Rayos. Hiciste —gruñó.
—¿Ah? —consiguió decir.
Granger la soltó y cuando Pansy se enderezó, una varita la apuntaba entre ceja y ceja.
—¡¿Dónde están todos?! —se desesperó Granger.
Pansy no lo entendió. Se atrevió a apartar la mirada de Granger y revisó su alrededor. No había nadie. ¿La batalla había terminado? ¿Cómo era eso posible? ¿Se golpeó la cabeza tan fuerte al caer al suelo?
—¿Qué hiciste?
—¿Yo? Solo choqué contra ti y... ¿Quedé inconsciente? —dudó Pansy.
La varita de Granger se clavó en su frente.
—No te burles de mí. Tú me cortaste la mano y de repente todos desaparecieron. Así, sin más.
—¿También te golpeaste la cabeza?
—Te lo juro por Dios. —La varita empujó la frente de Pansy, obligándola a retroceder hasta que chocó contra una pared—. Me vas a decir ya mismo qué te hicieron hacer los mortífagos.
—¡No sé de lo que estás hablando! —graznó Pansy, pegándose más a la pared.
Granger la miró a los ojos fijamente, sin decir nada. Pansy tragó saliva, pero no intentó mover ni un músculo para defenderse.
—¿Dónde está tu varita? —dijo.
Los ancestros de Pansy se habrán revolcado en sus tumbas por segunda vez ese día. Pansy Parkinson, última bruja de su apellido, siendo apuntada y amenazada por una sangre sucia mientras ella no tenía más que un bolsillo lleno de piedras para defenderse. Pansy miró su ropa y luego el piso. ¿Cuándo había soltado su varita? ¿Hacía cuánto tiempo la había perdido?
—Increíble —rio Granger con desgana—. No tienes una.
—Te dije que yo no hice nada.
Granger dejó de prestarle atención y dio una repasada al resto del cuarto, intentando encontrar alguna pista y luego salió por la puerta, como si Pansy no existiera más para ella. Pansy se quedó aturdida por unos segundos, solo apoyada en la pared. El Gran Comedor estaba destruido y la sangre en el suelo delataba la gravedad de la batalla. Pansy se estremeció. ¿Por qué no había nadie aquí? Encogió sus hombros, insegura y luego escapó del Gran Comedor. Corrió, buscando a Granger, y la encontró revisando los pasillos, también desiertos. Había rastros de sangre y destrucción en todas partes, pero no de vida. Salieron del castillo por la entrada principal para revisar el patio. Incluso fueron a la cabaña de Hagrid.
—No hay nadie. Ni siquiera los animales están aquí —dijo Granger abatida.
—¿Se habrán ido a casa y se olvidaron de nosotras?
Granger giró velozmente sobre sus talones para enfrentarla.
—¡Ellos no se olvidarían de mí, no seas ridícula!
Granger parecía estar a nada de golpearla.
—Tú hiciste algo —acusó a Pansy otra vez.
—¿Qué rayos iba a hacer yo?
—¿Qué haces aquí, en la batalla? Todos los de Slytherin abandonaron el castillo. Tú lo abandonaste primero que todos.
Pansy, alterada, se levantó ambas mangas de su pijama.
—No tengo la marca. ¿Lo ves? —Granger pareció creerle, su rostro se había suavizado—. Astoria y yo vinimos a rescatar a Daphne, porque se quedó atrás sin que nos diéramos cuenta. Pero... —La voz de Pansy se apagó—...llegamos tarde y terminamos atrapadas en el Gran Comedor.
—Me cortaste —la acusó y levantó la mano para mostrar la herida abierta.
—No es lo que crees. —Buscó en su bolsillo algunas piedras y se las mostró a Granger—. Estaba sujetando una de estas cuando tomaste mi mano.
Granger miró las piedras en silencio, hasta que una sonrisa temblorosa rompió en su rostro. Comenzó a reír, muy fuerte, pero no sonaba divertida, ella estaba histérica. Cuando se calló, se quedó mirando a Pansy, pensando.
—¿Qué pasó aquí? —dijo Granger, cansada, esta vez no parecía estar interrogando a Pansy.
Pansy no respondió, ella tampoco lo entendía. ¿Por qué no había nadie? ¿Ni siquiera los animales? Potter y Weasley nunca se habrían ido sin Granger. Los tres por poco no están unidos por las caderas desde primer año. Pansy miró su mano, también lastimada; parecía sospechoso, pero realmente no había hecho nada de magia. Esto no tenía ni pies ni cabeza. ¿Todo el mundo realmente desapareció como decía Granger? ¿Así de la nada?
—Es... —susurró Pansy—. ¿Él los mató a todos? ¿Su magia oscura se salió de su control? O... ¿O si es el fin del mundo?
Granger la miró con curiosidad. Pansy continuó con otra nueva idea:
—Recuerdo que en la sección de cotilleos de El Profeta se hizo una entrevista a un mago que contó cómo Dumbledore antes de morir estaba trabajando en su venganza contra nosotros, una manera de desaparecer a todos los magos del mundo.
Granger la miró perpleja, con la boca entreabierta.
—¿Qué piensas? ¿Sabes algo sobre eso? Fue una teoría muy extendida el año pasado —dijo Pansy.
El silencio se prolongó incómodamente. Pansy cambió el peso de su cuerpo de un lado al otro. Granger parecía estar procesando las posibilidades. Ella era cercana al director Dumbledore, quizá había recordado algo. ¿Será qué...?
—¿Eres idiota? —dijo Granger finalmente.
—¿Qué? ¿Por qué?
Granger se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar de nuevo hacia el castillo.
—El fin del mundo —masculló—. Estoy en el fin del mundo con una estúpida como mi única ayuda.
Pansy sintió sus mejillas enrojecer. Cruzó sus brazos sobre su pecho, ofendida. «El sentimiento es mutuo», pensó, «yo tampoco estoy feliz de estar sola en Hogwarts con la petulante Hermione Granger».
El viento frío sopló, haciéndola estremecer. El bosque prohibido estaba frente a ella y se veía todavía más atemorizante que antes. Su pecho se oprimió. «Daphne» recordó. Había atravesado ese bosque solo por ella. Su cuerpo ya no estaba en los pasillos, pero sí su sangre. Lo único que quedaba eran los rastros de la batalla, pero ni un caído por el cual llorar. Se le escaparon un par de lágrimas y su barbilla tembló, conteniendo el dolor. De nuevo recordó a sus padres, los necesitaba tanto...
¡Sus padres! El alivio explotó en el pecho de Pansy. Debía ir a buscarlos, aquí ya no había nada que encontrar. Buscó en su bolsillo su varita y... todavía seguía perdida. Pansy se llevó las manos a la cara. Golpeó su frente con frustración varias veces. Se refregó las lágrimas con su manga y observó los alrededores desiertos. ¿Qué iba a hacer ahora? Tardaría semanas en llegar a su casa caminando.
Volteó para mirar a Granger, que ya casi llegaba al castillo. El viento sopló más fuerte, causando que se le erizara la piel. Estaba comenzando a oscurecer y no podía crear ni un mísero lumos. Dudó, pero termino corriendo tan rápido como pudo para alcanzarla.
—¡No me dejes sola aquí! ¡Granger! ¡Espera Granger! —chilló con desesperación.
Esta historia se encuentra disponible en AO3 (Addicted_to_Black_Coffee)y Wattpad (AddictedBlackCoffee). Recomiendo leer en esas plataformas porque hay un par de imágenes, como la portada, que complementan la historia. Pero si prefieres esta plataforma, ¡genial! Seguiré publicando aquí de todas formas.
