2
Vive, atraviesa el infierno de ser necesario
Hermione Granger y Pansy Parkinson eran uno de los peores dúos que se podían formar en el mundo. Desde que ingresaron a su primer año en Hogwarts se habían odiado mutuamente por pertenecer a bandos opuestos. Una de ellas pertenecía a Slytherin y la otra a Gryffindor, las dos casas de Hogwarts con mayor rivalidad. Y no solo eso, el mejor amigo de Granger (Potter) y una de las personas que Pansy más admiraba (Draco), eran archienemigos. Así que no solo eran rivales por sus casas, también por sus amistades. Otro detalle importante resultaba ser que Granger no era una bruja normal, sino una sangre sucia. Pansy había aprendido desde niña que alguien de sangre pura como ella no debería siquiera tener que cruzarse con gente de esa calaña. Teniendo en cuenta todas esas razones, que se hayan enfrentado una y otra vez a lo largo de los años fue natural, inevitable. Ellas se odiaron durante siete años, pero en tiempos desesperados...
—¿Tienes un plan? —preguntó Pansy.
—Obviamente —dijo Granger.
Estaban subiendo las escaleras principales de Hogwarts, Granger liderando.
—¿Y vamos a la torre de Gryffindor porque...? —insistió, mientras esperaban a que las escaleras dejaran de moverse para continuar.
—Para cambiarme de ropa. Imagino que las cañerías todavía funcionan, así que también me daré un baño.
—...eso no suena a un plan para salvarnos.
Granger se giró, cruzó sus brazos y la desafió enarcando una de sus cejas.
—¿Y cuál es tu brillante plan, señorita «esto debe ser la venganza de Dumbledore»? —preguntó con sorna.
Pansy se sonrojó hasta las orejas.
—Yo no dije eso.
—Hice un resumen más que acertado.
—Me estoy cansando de que te burles de mí. ¿Ya te olvidaste de quién soy yo?
—¿Me estás amenazando? —Granger la miró de arriba abajo—. No tienes varita. ¿Y te has visto a ti misma? Estás embarrada.
Pansy bufó. Granger siguió hablando:
—Mira, lo único que sé de todo esto es que, porque decidí ayudarte a levantarte del piso, todo el mundo desapareció. Las personas a mi alrededor comenzaron a transparentarse hasta que ya no estuvieron ahí. No tan diferente a una capa de invisibilidad. El problema es que si se hubieran vuelto invisibles, de todas formas podríamos tocarlos, pero recorrimos casi todo el castillo y no chocamos con nada que «no estuviera ahí».
»Te creo, no fuiste tú. No confío en ti, ¿pero por qué causarías esto? ¿El mago más poderoso del planeta eligió a un estudiante al azar de Hogwarts y lo hizo activar una magia extraña que desaparecería a todos justo cuando estaba convencido de que iba a matar a Harry? Es tan ridículo por tantas razones que podría hacer un ensayo de varios pergaminos de extensión...
—Bien, me alegra que lo tengas claro porque en serio no hice nada.
—Además, genuinamente parecías sorprendida. Y sé que no perteneces al club de teatro del colegio. Ni siquiera mentías bien a los profesores cuando te atrapaban chismeando en clases.
—Por supuesto que tenías que agregar algo así... —se quejó Pansy.
—Lo más inteligente ahora es mantenerte cerca. Hasta donde sabemos, bien podríamos ser las únicas personas en el mundo. Los grupos aumentan las posibilidades de éxito, aun si solo somos dos, es mejor que nada. —Granger soltó una risa falsa—. De todas las personas que existen, justo tú tenías que ser...
—Tampoco estoy feliz con esto, nunca quise involucrarme en esta guerra.
Granger siguió hablando, ignorando sus quejas:
—Me guste o no, en un tipo de situación desesperada como esta no me puedo dar el lujo de rechazar tu ayuda solo porque te odio o porque no estés aportando nada de valor sobre la mesa...
—Puedo ayudar. Te dije todo lo que sé. Estoy dispuesta a trabajar contigo aun si eras una sangre sucia, con tal de poder salvarnos de...
—No tienes ni varita —la cortó con un tono amenazante, dando un paso adelante para invadir su espacio personal—, deberías pensar más antes de hablar. No me vas a faltar el respeto si quieres ser mi compañera en esto. Es obvio que estás asustada y haciéndome caso porque no te queda de otra, así que lo último que deberías decirme es «sangre sucia». Sé mínimamente agradecida de que me haya detenido allí afuera para esperarte.
—¿Siempre fuiste así? —balbuceó.
La actitud de Granger la había tomado por sorpresa. Sí, cuando Pansy le decía «sangre sucia», ella normalmente se enojaba y arremetía. Pero esta vez fue diferente a lo que estaba acostumbrada, ni siquiera supo cómo reaccionar. Su ira había sido gélida, más aterradora.
Además, tenía miedo de presionar demasiado sus botones. De verdad no quería que Granger la dejara sola en el castillo.
—Todo un año escapando de mortífagos que me cazaban solo por mi sangre me hizo perder la paciencia con gente como tú.
La mirada de Granger era sombría, parecía entumecida emocionalmente. Pansy no pudo hablar, solo asintió torpemente, aceptando sus reglas. Continuaron su camino en silencio y cuando llegaron a la entrada de la Sala Común de Gryffindor, la Dama Gorda no estaba allí.
—Los personajes de los cuadros tampoco están —dijo Pansy con resignación.
Todos los cuadros que habían cruzado hasta ahora eran simples paisajes. Ninguno tenía los personajes que siempre estuvieron allí. Aun cuando intentaron hablarles, nadie apareció para contestar.
Granger se alejó tanto de la puerta como el pasillo se lo permitió, alzó la varita y lanzó un hechizo:
—Bombarda.
Pansy se llevó las manos a los oídos, encogiéndose sobre sí misma.
—Podrías advertirle a una mujer —jadeó.
Granger entró a su Sala Común y Pansy la siguió, mirando el lugar con curiosidad, ya que nunca había estado allí. Era... más elegante de lo que hubiera imaginado, y también más rojo de lo que hubiera imaginado. Y a diferencia de la Sala Común de Slytherin, era acogedor gracias a sus muebles de madera. Cuando subieron unas pequeñas escaleras y llegaron a los dormitorios de mujeres, Pansy volvió a preguntar:
—¿Por qué estamos aquí?
—Por ropa.
—Lo sé —dijo, comenzando a exasperarse—. No te estoy insultando, ni lo haré, lo prometo, tregua. Estoy haciendo todo lo que dices. ¿Así que podrías explicarme lo que tienes en mente?
Granger se cruzó de brazos, pero cedió:
—No tenemos idea de cómo solucionar esto, ni la más pequeña pista. No tiene sentido intentar apurarnos y desesperarnos para encontrar a todos, sería más contraproducente que otra cosa. Podríamos ir ya mismo a Hogsmeade. ¿Pero para qué? Sé lo que vi, la gente se esfumó como humo. Dudo que la situación sea diferente en Hogsmeade.
—Pero no perdemos nada por ir a revisar...
—Si están allí, seguirán allí unas horas más tarde. Debemos comer o aunque sea beber un poco de agua, limpiarnos, curar nuestras heridas... Honestamente me duele cada parte de mi cuerpo, no creo aguantar una caminata hacia allí en mi estado.
Granger tenía un buen punto. Lucía terrible. Tenía moretones y cortes en cada parte expuesta de su piel, seguro tras la ropa también. Tenía sangre seca cubriendo su ropa y tierra en su mejilla, cuello y hasta debajo de sus uñas. Estaba delgada, la cantidad de kilos que había perdido este año era notorio a simple vista. Por sus grandes ojeras y hombros caídos, era obvio que se mantenía en pie por fuerza de voluntad. La había visto cojear un poco en la escalera incluso, pero le dio miedo que Granger la hechizara si insinuaba que estaba débil. Y ya ni hablar de su cabello, Pansy nunca creyó que esa melena podría ser mil veces peor de lo que era en un día normal...
—También hay cosas aquí que pueden ser útiles —continuó Granger—. Tenemos que agarrar ahora que tenemos un poco de paz algunos cambios de ropa y comida. Con suerte encontraremos una nueva varita para ti. Solo piénsalo: ¿Y si en Hogsmeade están todos? Quizá esta situación fue por mortífagos que lanzaron un hechizo desde fuera del castillo, quizá esta sea una trampa y al salir nos ataquen.
»Lo mejor que podemos hacer es agarrar cosas útiles del castillo y recuperar un poco de fuerzas, ir hasta Hogsmeade y verificar el área. Pienso que existen tres grandes posibilidades. —Granger levantó tres dedos y fue bajándolos a medida que explicaba las opciones—: que hay gente allí que puede ayudarnos; que hay gente allí que nos atacará; que no hay gente allí y podremos ir a dormir en Las Tres Escobas para mañana comenzar a planear verdaderas soluciones. Quizá haya gente afuera que puede ayudar y estamos perdiendo tiempo valioso, pero tenemos que pensar primero en protegernos la espalda.
Pansy asintió, abrumada por la cantidad de información. Granger no bajó la guardia y analizó toda la situación con eficacia. Era obvio cuál de las dos aquí presentes había estado un año batallando en una guerra.
—Claro que puedes adelantarte tú si quieres, ir a revisar primero. Las posibilidades de un ataque mortífago a esta altura son muy bajas, y a diferencia de mí, eres sangre mágica valiosa que no vale la pena ser derramada —dijo Granger con sarcasmo mientras abría el baúl de una de sus compañeras.
Granger no había estado en Hogwarts este año, por lo que sus cosas no estaban aquí. Eligió robarle a una compañera que tenía una contextura similar a ella, pero Pansy no sabía de quién se trataba.
—Mejor vamos juntas —dijo. Cuando Granger volteó para verla, se justificó rápidamente—: Podría ser peligroso, sin varita... Y en equipo tenemos más posibilidades...
«Y ya casi está oscuro pensó, mirando las ventanas de reojo.
—Bien. Busca algo para ti —dijo Granger.
Entonces, Pansy recordó que todavía estaba en pijama. Miró a su alrededor hasta encontrar un espejo. Cuando vio su reflejo soltó un alarido. Granger, que había metido su cabeza en uno de los armarios al fondo de la habitación, se chocó con la puerta de éste en su prisa por darse la vuelta y apuntar con su varita a lo que sea que atacó a Pansy. Pero enseguida bajó la guardia al ver que nada había cambiado.
—¿Por qué gritaste así?
—Mi rostro —gimió Pansy, acercándose al espejo—. Está destrozado.
—Es superficial.
—Se ve la carne.
—Te lo curaré en la enfermería. Sé hacerlo.
—¿Me lo juras?
—¿Estás llorando? —se sorprendió Granger.
—Si me queda una cicatriz mi madre va enloquecer...
—Después de todo lo que pasamos, en la situación en la que estamos... ¿Eso es lo que te preocupa?
Una punzada de culpa atravesó el pecho de Pansy, como un rayo. Vio morir gente, vio el cadáver de Daphne... pero por un momento realmente lo había olvidado. Todo había sucedido tan rápido que todavía no acababa de procesarlo. Sonaría tonto si lo decía en voz alta, pero en medio de los dormitorios, se sintió como si todo fuera normal, como si su aspecto fuera la mayor de sus preocupaciones. Agachó la cabeza, no podía seguir viendo su reflejo. Granger no dijo nada más y volvió a buscar cosas que le sirvieran. Comenzó a guardar todo en una mochila que había a un lado de un perchero.
—¿Tengo que buscar tu ropa también? —se quejó Granger.
Pansy obedeció y revisó el baúl más cercano, que tenía prendas tres veces más grandes que el talle de su cuerpo.
—¿Podríamos ir a mi sala común? Mis cosas están allí —recordó.
—Ve, no eres mi rehén.
—Pero...
—¿Realmente estás muerta de miedo, no?
—¡No tengo varita! —se excusó.
Granger parecía exasperada, pero cedió:
—Bueno... Supongo que los ricos del colegio pueden tener algo que nos sirva. Vamos a revisar. Malfoy era un mortífago, sus pertenencias pueden ser útiles ya que él recibía órdenes directas de Voldemort.
—No digas... —Pansy tembló.
—Él no está aquí, nadie está aquí.
—Sigue siendo imprudente.
Granger iba a refutar, pero una sonrisa cariñosa escapó de sus labios. Pareció recordar algo.
—Harry siempre nos alentó a no temerle a su nombre.
«Su mejor amigo también murió» recordó Pansy. Granger soltó un suspiro cansado, obligándose a salir de su cabeza, y ordenó:
—Salgamos entonces. Vamos a la enfermería, luego bajamos a las cocinas y por último a las mazmorras.
. . .
—¡Ay! Duele, duele. ¿De verdad sabes lo que estás hacien...? ¡Au! Oye, eso lo hiciste a propósito.
—Deja de moverte y quejarte, yo aguanté cosas peores —la regañó Granger, soltándola.
Se alejó de Pansy, yendo hacia las estanterías de la señora Pomfrey y revisó las etiquetas de los frascos que había allí. Agarró varios, guardándolos en los bolsillos de su mochila y regresó con un frasco de vidrio, el cual abrió cuando se paró frente a ella. Tocó la pasta que tenía adentro con sus dedos, recogiendo una buena cantidad.
—¿Segura que sabes lo que haces? —insistió Pansy, viendo con los ojos muy abiertos la sustancia verde fluorescente que iban a embarrar en su rostro.
—Leí todos los libros disponibles en la biblioteca sobre medicina mágica.
—No soy una experta en medicina, pero estoy bastante segura de que los doctores también tienen que aprobar exámenes prácticos...
—Técnicamente, nunca fui examinada en esta área, así que no aprobé siquiera mis exámenes teóricos.
Pansy tragó saliva y cerró sus ojos con pavor, dejando que Granger se acerque a ella.
—Listo —dijo, cerrando el frasco y guardándolo en la mochila—. No te preocupes tanto, curé a Harry y Ron montones de veces.
—Uh... gracias —susurró, abriendo los ojos lentamente. No había sentido cuándo se lo aplicó.
Granger curó sus propias heridas primero, un rato antes. Había entrado a la enfermería y le había cerrado la puerta en la cara a Pansy, haciéndola esperar afuera sin dejarla ver qué hizo. Cuando le permitió entrar, ya había terminado y no tenía heridas abiertas en ninguna parte. Recién ahí se dispuso a curar a Pansy.
Gracias a Granger ahora no tenía ninguna herida en sus manos, ni en sus rodillas y tampoco en su rostro. Pansy se levantó de la camilla y buscó uno de los espejos de cuerpo completo que había en el fondo del cuarto, para cerciorarse de que todo haya quedado bien. Se miró el rostro y efectivamente estaba como nuevo, su piel había absorbido toda esa cosa verde y se había curado por completo. Al mirar el resto de su aspecto se sonrojó. Rápido, alzó la mano y se quitó una ramita que había estado atorada en su cabello todo este tiempo. Pero su aspecto todavía era un desastre: su pijama estaba raído y sucio, sus pantuflas lucían como si hubiera caminado por un pantano, su palidez hacía relucir las manchas de barro seco en su piel y su cabello todavía delataba su viaje por el bosque prohibido, con ramita o sin ella.
—¿Terminaste? —preguntó Granger.
No esperó a que le respondiera, simplemente salió del cuarto.
—Lumos —dijo Granger y cuando Pansy llegó a su lado, explicó—: Sin los elfos domésticos las velas no se encienden.
—Oye... ¿Ahora vamos a los baños? —Granger le respondió con un suave «ajá» y Pansy prosiguió—: Pero no tengo ropa limpia.
—Te dije que agarraras algo.
—¡No había pensado en esto!
Granger suspiró y resolvió:
—Pues usa una de las batas.
—¿No podemos ir primero a las mazmorras?
Granger hizo una mueca de fastidio, realmente estaba cansada y necesitaba tomar un baño de agua caliente.
—Por favor. ¿Y si los mortífagos aparecen? No seré de gran ayuda en bata de baño —intentó convencerla.
Granger soltó un resoplido divertido. Pansy se ofendió y no tardó en quejarse:
—¿Te causa gracia imaginarme en esa situación? ¿En serio?
—Está bien, está bien... Vamos a las mazmorras primero. Da igual el orden en el que hagamos las cosas —se rindió.
El descenso fue un poco tenebroso. Pansy nunca había paseado por el castillo fuera de las horas designadas. No lo admitiría en voz alta, pero la oscuridad le daba miedo desde niña. Por eso, a medida que bajaban por las escaleras, se acercó más y más a Granger. Tanto, que la pisó por accidente. Granger no dijo nada, pero cuando lo hizo por segunda vez...
—¿Podrías tener más cuidado? —masculló—. El camino se ilumina bien, ¿por qué te acercas tanto?
—No me di cuenta —dijo, ruborizada—. Tienes un humor horrible. ¿Sabes? Lo entiendo cuando te molesto, pero me estoy comportando de maravilla desde que somos compañeras.
Granger bufó y negó con la cabeza, exasperada.
Al llegar a la mazmorra Pansy se acercó al muro de piedra que escondía su sala común y murmuró: Merlín.
—Esperaba una frase peor, ya que los mortífagos se volvieron profesores —dijo Granger, que sigilosamente se había acercado a ella.
—Me asustaste —jadeó.
—Te asustas mucho para haberte pasado tus años de estudiante intimidando gente.
Entraron a la sala común y Granger movió su varita para poder iluminar más el espacio.
—Harry y Ron exageraron un poco, este lugar no es tan malo —comentó.
—Los dormitorios son por aquí —indicó Pansy.
Al entrar Granger se acostó en una de las camas cercanas a la puerta y mantuvo la varita en alto para que todo se iluminara bien. Pansy fue a su parte del dormitorio. Robó un bolso que su compañera de al lado, Millicent Bulstrode, solía usar para traer comida y alcohol de contrabando a la Sala Común. Buscó y guardó bastante ropa, y separó un conjunto para usar después del baño. Dudó por un momento, pero guardó tan rápido como pudo su set de maquillaje, sus perfumes favoritos, un paquete de chicles y un pequeño diario que guardaba en un cajón de su cómoda. Espió que Granger no la haya visto hacer eso, y por suerte Granger estaba quieta, todavía tranquila en la cama. Armada de valor, también agarró un peluche que escondía bajo su almohada. «No son cosas innecesarias» se dijo a sí misma.
De repente la luz se apagó. Pansy soltó un chillido agudo. Se escuchó la varita de Granger caer al suelo. «Algo atacó a Granger» se alteró. Dio un paso atrás y sintió algo rozarle la pierna. Gritó tan fuerte como su garganta se lo permitió. Se escuchó el cuerpo de alguien golpeando un mueble.
—¿Qué...?
Esa fue la voz de Granger.
—¡Granger, vamos a morir! —lloriqueó.
—¿Dónde está mi varita? —dijo.
—¡Te la robaron! Hay alguien aquí, me tocó la pierna y...
Una luz blanca y cegadora la interrumpió. Granger había recuperado la varita. Pansy giró sobre sí misma, buscando al atacante.
—Me quedé dormida por unos segundos. Estoy exhausta —explicó.
—¿Eh? —hipó Pansy.
—No hay nadie aquí. Solo se apagó la luz.
—Pero la pierna...
—Te habrás chocado con algo.
Pansy se sentó en la cama y su ritmo cardiaco comenzó a normalizarse. Granger señaló el bolso sobre el colchón y preguntó:
—¿Listo?
—Oh, sí —recordó.
Pansy todavía estaba temblando un poco. Agarró el bolso con sus objetos personales y una pequeña cartera donde guardaba todos sus artículos para el baño y se acercó a Granger, que se había apoyado en el marco de la puerta para esperarla.
—Ya terminé.
—Vamos al dormitorio de chicos entonces, allí hay pertenencias de mortífagos...
A Pansy se le hundió el estómago y miró la cama que le pertenecía a Daphne. «Aquí también hay mortífagos» quiso decir, pero las palabras no salieron de su boca. Caminó tras Granger en silencio, perdida en su propia cabeza.
Los recuerdos del cadáver de Daphne estaban vivos en su memoria. La sangre de su cráneo manchando las paredes y su cabello rubio y lacio. Sus ojos azules, tan intensos, se habían vuelto opacos. Su mirada inteligente y calculadora quedó vacía de cualquier pensamiento. Sus labios, siempre brillantes y rosados por su bálsamo labial, estaban pálidos para cuando la encontró. Su piel blanca y tersa estaba manchada: de muerte, de la sangre de sus compañeros de clases; y de la tinta de un juramento, uno irrompible, que corrompía el alma.
Finalmente, su estómago cedió y lo soltó todo.
—¿Parkinson?
Granger se sobresaltó por el sonido del regurgito y se volteó enseguida para ver qué sucedió. En el piso había vomito, aunque no fue mucho. Algunos hilos de saliva todavía colgaban de la boca de Pansy.
—Oh Dios... —dijo Granger, acercándose a ella—. ¿Te dolía el estómago? Si me lo decías en la enfermería...
Pansy rompió en llanto. Ni siquiera intentó limpiarse la boca.
—¿Te duele? —Se alarmó Granger—. ¿Parkinson, qué sucede?
—¿Cómo... lo haces? —dijo ahogadamente.
—¿A qué te refieres? Parkinson, dime qué te duele.
Pansy se llevó las manos al corazón. Le dolía respirar. Apretó la ropa que cubría su pecho.
—Murieron —sollozó—. ¿Có...cómo lo ig...noras y sisigues?
—Respira —dijo con suavidad.
—No pue...do... no...
Granger sujetó sus hombros, la varita se clavaba incómodamente en uno de ellos, pero se mantuvo iluminando el lugar.
—Mírame.
Granger apretó el agarre.
—Mírame —insistió, sonando más calmada esta vez—. Intenta concentrarte en mí por favor.
Pansy obedeció.
—Respira conmigo. Inhala... exhala... inhala... exhala...
Le costó centrarse, pero las indicaciones claras de Granger, que sonaban como si leyera un instructivo, la ayudaron a calmarse. Granger hacía un gesto exagerado al respirar, para que entendiera lo que hacía y pudiera imitarla. Cuando Pansy se calmó, soltó sus hombros.
—¿Estás bien?
—Sí —susurró. Su garganta se sentía seca.
—Vamos a los baños.
Pansy miró hacia los dormitorios de hombres, confundida.
—Sígueme. Avísame si necesitas parar.
—Pero Draco...
—No era algo importante. Estamos hechas un asco. Tú hasta vomitaste. Solo vayámonos de una vez.
No discutieron más y salieron de las mazmorras. Entraron a los baños comunes de mujeres, que tenía algunos cubículos con duchas. Granger hizo un hechizo para encender las velas e iluminar el cuarto por completo. Se ducharon rápido sin mediar palabras y cuando terminaron y se vistieron, fueron a las cocinas. Granger sabía cómo encontrarlas y entrar gracias a sus tantas aventuras con sus amigos.
Estar limpia y estar usando ropa que olía bien, hizo sentir mejor a Pansy. Después de haber estado todo el día en pijama, tener un grueso suéter y unos zapatos de cuero cálidos fue reconfortante.
Granger encendió los hornos con su varita, el fuego iluminó el cuarto. Una vez guardaron comida en la mochila y el bolso, se sentaron en la mesa para cenar, usando unos banquillos altos. Comieron ligero, sin esforzarse en buscar mucho: uvas, fresas, moras y algunos quesos. Ninguna tenía gran apetito, pero se obligaron a comer. También bebieron agua fresca.
—Quiero vivir —dijo Granger, rompiendo el silencio.
—¿Perdona?
—Tu pregunta. ¿Cómo sigo adelante? Porque quiero vivir a pesar de todo.
Pansy asintió y apartó la mirada, avergonzada al recordar la escena que había hecho frente a Granger.
—No estaba pensando, yo... sé que tú pasaste por más —dijo Pansy.
—Sí, lo hice.
Granger bebió un poco de agua y miró el fuego en silencio. Pansy se llevó una fresa a la boca, fingiendo interés en la superficie de la mesa por la incomodidad.
—No sé cómo rendirme —dijo Granger, sin cambiar de posición—. A pesar de todos los que vi morir, a pesar de todo el dolor... incluso ahora con todos desaparecidos, no puedo rendirme. Siempre busqué soluciones, es lo que mejor sé hacer. Sin importar cuánto duela y cuánto quiera solo sentarme aquí, a salvo, no puedo, mi cabeza sigue estancada en la meta. Quiero volver a ver a mis amigos y a mis padres, quiero luchar para proteger mis ideales y quiero detener a los que amenazan mi vida... Todo eso supera cualquier tormento que intente paralizarme.
—¿Incluso cuando tu mejor amigo murió?
—No puedo rendirme —la interrumpió Granger.
—Ustedes los Gryffindor, siempre tan valientes —bromeó, aunque su tono sonó demasiado triste.
—Tú también sigues adelante.
—Solo estoy haciendo lo que me dices.
—La auto-preservación es una de las características de Slytherin. Sin importar qué, quieres salvarte. —Granger golpeteó la mesa con sus dedos—. Quizá por eso sucedió esto.
—No creo estar entendiéndote...
—Todos estaban peleando a tu alrededor, querías salvarte... y los hiciste desaparecer.
—¡Te dije que yo no fui!
—Mientras más lo pienso, menos creo que fue Voldemort.
—Quién-tú-sabes —se apuró a corregir, mirando con paranoia a su alrededor.
—Harry... Él tenía un encantamiento que lo protegía de quién-tú-sabes, un vínculo de sangre. Su madre sacrificó su vida para salvarlo. Su amor por Harry era tan grande que una magia antigua y poderosa se activó y pudo protegerlo de una maldición asesina, algo que se creía imposible de hacer. Quizá esta es una situación similar y tus emociones causaron esto.
—¿Qué? No. Imposible. Los Potter eran magos poderosos y con mucha experiencia, yo no.
—Parecías un fantasma cuando te encontré. No te veías emocionalmente estable —señaló.
Las manos de Pansy comenzaron a sudar. Ella siguió a Draco y Astoria, como una niña perdida. No sabía qué más hacer. Poco a poco volvió a escuchar los hechizos golpear cuerpos y objetos. Los gritos de desesperación se volvieron más y más presentes. Las chispas del fuego de los hornos la hicieron estremecer, sonaron como huesos crujiendo. Potter estaba de pie, rodeado de cadáveres, luchando con Voldemort en medio de... la cocina... del Gran Comedor. Nada tenía sentido. Apretó su mandíbula y escuchó sus dientes rechinar. Draco corrió hacia sus padres y Astoria lo siguió de cerca, sin miedo a ser golpeada por un hechizo desviado. Pansy se quedó atrás, estaba jugando con una uva entre sus dedos. Nada tiene sentido. ¿Dónde está Daphne? ¿Por qué gritaban todos? ¿Por qué hay tanto fuego aquí? ¿Qué gritaban? El señor y la señora Malfoy abrazaron a Draco y Astoria. ¿Pero dónde estaban sus padres? Pansy quería abrazar a su mamá también. ¿Qué...? ¿Qué cosa dijo Granger?
—¿Qué estabas sintiendo en ese momento? —Durante toda la conversación Granger no había dejado de mirar los hornos.
—Yo... —la voz de Pansy se agrietó.
Granger entonces se giró hacia ella y pareció preocupada por su aspecto. Pansy bebió un poco de agua, calmándose. Solo recordó cosas, todo estaba bien, estaba a salvo.
—Estaba abrumada —explicó—. Vi a Daphne... Intenté salvarla, pero ella estaba muerta para cuando llegué. Todos estaban peleando, pero yo solo estaba paralizada allí.
—¿Y en qué estabas pensando?
—¿Nada? No lo sé... En que no sabía qué hacer. Yo... no quería estar ahí, desde el principio no quería. Ni siquiera quería volver a Hogwarts después de las vacaciones. Quería estar con mis padres. Pero quería encontrar a Daphne... Volví y aun así...
Granger asintió, procesando sus palabras.
—Gracias por decírmelo —dijo, mientras se levantaba del asiento—. Es posible que la clave esté allí, por lo que esto podría ayudarnos a volver todo a la normalidad.
Pansy todavía no estaba convencida con su teoría, sonaba sacada de un cuento infantil.
—Vayamos a Hogsmeade. —Granger ya se había colgado su mochila en el hombro.
—¿Eh? ¿Ya?
—¿Quieres comer más?
Pansy negó.
—Vamos entonces. Ya perdimos demasiado tiempo.
Pansy se levantó torpemente del asiento. Granger salió de la cocina primero, sin esperarla, así que agarró sus pertenencias tan rápido como pudo y se apresuró para alcanzarla.
—¡No tan rápido, Granger!
