4
Lo único que deja la vida son recuerdos, será mejor que no olvides
En estos momentos, mirando las vidrieras que se cruzaba, casi parecía que su vida había vuelto a la normalidad. Ojalá, pero no. Por eso estaba en el Callejón Diagon con Hermione Granger.
—¿No te resulta raro que algunas cosas hayan desaparecido y otras no? —preguntó Granger.
Las calles estaban desiertas, pero más allá de eso, todo estaba tal como lo recordaba Pansy. O incluso mejor, ya que durante los últimos años la alegría que había en el Callejón Diagon se había esfumado. Que Voldemort hubiera revivido causó que los magos y brujas no quisieran estar mucho tiempo fuera de sus hogares. Se sentían paranoicos, perseguidos, por lo que todos querían pasar desapercibidos. No curiosear mucho ni cruzarse con gente nueva, lo mejor era mantener a los suyos cerca y no tocar ningún artículo mágico desconocido. Los niños se quedaban junto a sus padres y nadie perdía tiempo deambulando por las vitrinas si no iban a comprar algo. Ahora, sin nadie en el mundo, las calles se volvían a sentir seguras, y el hecho de estar yendo a la tienda de varitas de Ollivander, revivía los recuerdos de la infancia de Pansy.
—¿Cosas? ¿Cuáles? ¿A qué cosas te refieres Granger?
—Las personas desaparecieron y también sus objetos. ¿No es raro? ¿Por qué desaparecieron con ropa y varitas? ¿No deberían haber estado todas sus pertenencias en el suelo, si se esfumaron sus cuerpos? ¿Qué es exactamente lo que ya no existe en el mundo? Muggles y magos, animales y criaturas, todos desaparecieron, bien. Podríamos suponer que lo hicieron todos los seres vivos, pero las plantas siguen aquí. Por lo que específicamente podríamos estar hablando de almas. Eso explicaría que los personajes de los cuadros no estén. Ellos no están vivos, pero encapsulan parte de una vida, las memorias que se graban en nuestras almas.
—No es que piense que estás equivocada, yo me siento más perdida que tú en todo este lío, pero… ¿La ropa desde cuándo tiene alma?
—Exacto. Ahí radica mi duda. ¿Por qué hay cosas que desaparecieron y otras que no? Todas las cosas con alma desaparecieron, pero cuando hice ese rápido viaje a Londres no vi autos en las calles. ¿Por qué? ¿Desaparecieron junto a las personas que los conducían? Siempre hay autos en las calles, más en Londres. Lo lógico, si hubieran desaparecido almas, sería que me hubiera encontrado con montones de autos vacíos y parados en medio de la calle. Incluso estrellados entre ellos, ya que habrían estado en movimiento. ¿Y por qué en el gran comedor no había varitas tiradas, pero sí estaba la sangre, las mesas destruidas…? ¿Por qué aquí tampoco hay objetos tirados al azar? Este lugar ni siquiera se ve como la última vez que lo visité. Algunas tiendas que habían cerrado, están aquí de nuevo.
Pansy suspiró. Pensar le hacía doler la cabeza. Todo esto se sentía imposible de resolver.
—¿Realmente importan los detalles? Mientras encontremos el hechizo que revierta esto…
—No es tan simple —masculló Granger—. Nunca es tan simple.
Llegaron a la tienda que buscaban. Sobre la puerta se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 A.C.». Cuando entraron una campanilla resonó por toda la tienda. Era un lugar pequeño que tenía un aire de biblioteca vieja. Pansy miró las miles de estrechas cajas guardadas detrás del mostrador, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, cuando la puerta se cerró tras ellas, se le erizaron los pequeños pelos de sus brazos.
—¿Cómo era tu varita? —le preguntó Granger. Pansy debió verse realmente confundida, ya que enseguida le aclaró—: Madera, núcleo…
—¡Oh! Eh… Pelo de cola de unicornio, abeto, 23 centímetros, elástica. —Pansy frunció el ceño—. ¿Por qué?
—Porque Ollivander no está aquí. ¿Tienes ganas de revisarlo todo o prefieres simplemente buscar una similar a la antigua?
Pansy volvió a mirar las miles de cajas frente a ella.
—Tu plan suena bien.
Granger rodeó el mostrador y se adentró entre los pasillos de cajas.
—¿Qué clase de orden es este? —se quejó.
Pansy se acercó hacia Granger y leyó algunos de los carteles sobre las tapas de las cajas, que explicaban su contenido. Vio tres varitas seguidas de núcleo de corazón de dragón, luego una de unicornio, dos más de dragón… y todas las maderas fueron diferentes para cada varita. ¿Cómo encontraba Ollivander lo que buscaba? El orden parecía aleatorio.
—Este método de clasificación no tiene sentido. ¡No podemos leer todas las cajas hasta encontrar de casualidad lo que buscamos!
Granger estaba irritada. Comenzó a recorrer los pasillos con prisa, leyendo por arriba los carteles para intentar encontrar una lógica. Pansy se rascó la cabeza, intentando pensar. ¿En qué parte de la tienda encontró Ollivander su varita cuando era niña? Salió de la zona de las estanterías, volviendo a la puerta de la tienda, para hacer memoria visual. ¿Cómo fue aquel día? ¿Qué sucedió el día que consiguió su primera varita? Pansy miró la ventana que había en la puerta. Su madre y ella habían venido juntas a comprarla…
La mayoría de los niños en la calle caminaban a varios pasos por delante de sus padres, algunos ni siquiera sabían dónde estaban sus padres y correteaban de una vereda a la otra sin preocupación, pero Pansy nunca se alejaba mucho de su madre. Estaba agarrada firmemente de su mano, siendo llevada a la tienda de varitas del señor Ollivander. Pronto sería una alumna de Hogwarts, por lo que necesitaba conseguir su primera varita. Se sentía un poco nerviosa por eso, tenía muchas malas experiencias con la magia.
—Camina más rápido, cariño —le pidió su madre.
Pansy aceleró el paso. Ella era más pequeña que la mayoría de los niños de su edad y su madre no caminaba lento, por lo que le costaba un poco no quedarse atrás.
—Una vez que tengamos tu varita te compraré una paleta de caramelo. ¿Está bien? Así que pórtate bien.
Pansy sonrió y asintió. Cuando llegaron a la tienda su madre le dio un empujón en la espalda, haciéndola entrar primero. El lugar se veía un poco sucio y lúgubre. No fue así como se imaginó que sería una tienda de varitas. Miró hacia arriba, buscando la aprobación de su madre. Ella estaba sonriendo, por lo que Pansy se relajó un poco.
—Buenas tardes —dijo una voz amable.
Pansy dio un respingo. Su madre rio y le dio un apretón en el hombro. Un anciano estaba ante ellas; sus ojos eran grandes y pálidos, hundidos en su cráneo, con ojeras moradas rodeándolos. Su aspecto canoso y arrugado recordaba a una momia, demacrado y débil. Pansy quiso dar un paso atrás, pero su madre todavía la sujetaba, manteniéndola en el lugar.
—¿Qué se dice? —instó su madre.
—Buenas tardes señor —dijo con un tono de voz bajito.
—Adorable, adorable… Estoy feliz de verte finalmente Pansy —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto.
Pansy tragó saliva y volvió a buscar la aprobación de su madre. No le gustaba ese señor. ¿Él era Ollivander?
—Los Parkinson siempre me han confiado la creación de sus varitas. ¡Incluso hice algunos pedidos personalizados para ustedes, experimentales, únicos en el mundo! Usando núcleos raros, de criaturas que tú pequeña ni siquiera sabías que existían. —Dejó de mirar a Pansy, para centrarse en la mujer mayor. La sonrisa del señor Ollivander se agrandó—. Aunque es una pena que no pueda decir que tuve el honor de darle una varita a usted, señora Kyung-Mi Parkinson.
—Quizá, si un día le sucede algo a la que tengo, podrá hacerlo.
—Esperemos que no, sería una pena. Pícea, cabello de dragón azul, 21 centímetros, rígida. No encontrarán un núcleo como ese en este continente. Los dragones azules tienen melenas majestuosas, escamas de tacto suave como la seda que se camuflan en el cielo… hermosas criaturas. El bola de fuego chino está relacionado con esa especie, pero permítanme decir que no son tan maravillosos, sino más bien comunes.
»¡Oh! Y otro detalle interesantísimo: los fabricantes de varitas coreanos suelen hacer limpiezas y refinamientos a los materiales que aquí no. Eso hace una gran diferencia, sí. ¿Mejor? ¿Peor? Depende el mago. En mi opinión, intervenir tanto en los materiales no es ideal. Pero para algunos, hacer eso es útil. ¡Usted es el vivo ejemplo! La unión de usted y su varita, señora, es adecuada. —Una chispa se encendió en los ojos de Ollivander—. Hasta diría que perfecta.
Su madre estaba complacida, alzando la barbilla con orgullo, pero Pansy seguía incómoda porque ese hombre no parpadeaba.
—Por otro lado, el señor Parkinson, tu padre... —Su mirada volvió a posarse en Pansy—. A él sí lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Pino, fibra de corazón de dragón, razonablemente flexible, de 26 centímetros. Sí, era una varita bonita y ligera la que eligió a tu padre. Sí, escuchaste bien. Ella lo eligió a él. ¡Es la varita la que elige al mago!
Ollivander golpeó la mesa con entusiasmo y Pansy se encogió sobre sí misma, no le gustaban los sonidos fuertes.
—Esa misma es la varita de mi esposo, sí. ¿Escuchaste Pansy? Él es un gran profesional, ya ves. ¿No estás emocionada porque encuentre tu varita ideal?
El señor Ollivander se inclinó sobre la mesa, para acercarse lo más posible a la altura de Pansy.
—Bueno, bueno, veamos… —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo sujetas la varita?
—Eh... derecha, soy diestra —respondió Pansy.
Por primera vez, el hombre parpadeó. Además, ladeó la cabeza, intentando observarla mejor.
—¿En serio? —Tenía las cejas levantadas mientras hablaba—. Bueno… Extiende tu brazo entonces, déjame darle un vistazo. —Midió a Pansy del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Pansy no se movió en lo absoluto. Se sentía terriblemente incómoda. Mientras él la medía, le dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Pansy se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía la oreja izquierda, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, mientras hablaba consigo mismo.
—¡Agh! ¿Por qué Ollivander no podía ordenar sus estantes como cualquier otro comerciante normal? Esto es una locura. ¿Y esta? Pero… ¿Por qué hay aquí una varita con núcleo de pelos de troll?
Pansy frunció el ceño, tenía que concentrarse en Ollivander, no Granger.
—¡Oh! Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, bien. Prueba esta. Madera de nogal y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Ligeramente flexible. Ten. Agítala sin miedo.
Pansy obedeció y la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó de un manotazo, haciéndola caer sobre el mostrador.
—¡Esto podría haber terminado muy mal! —rio.
Sobre el escritorio había unas chispas anaranjadas, rastros de un fuego que ya comenzaba a apagarse.
—Ébano y pluma de fénix. Dieciocho centímetros y cuarto. Muy rígida. Prueba, prueba.
Lo hizo, pero con mucha menos confianza. El señor Ollivander se la quitó, chistando y negando con la cabeza.
—No, no... Esta mejor. Cerezo y pelo de unicornio, veintiún centímetros. Elástica. Vamos, inténtalo.
Ella no tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor. Nada sucedía, pero él cambiaba las varitas de su mano y comentaba sobre ellas aun cuando no había hecho nada de magia. Las varitas ya probadas, que estaban sobre una silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más sonriente lucía. Era curioso que la asustara más cuando estaba contento. Su sonrisa aumentaba su aire de loco.
—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Es como si inconscientemente rechazaras a todas. ¡Pero los quisquillosos son buenos! Son los que consiguen las más afines a ellos. Me pregunto... Sí, por qué no… Agarró una caja un poco abollada, que estaba mal colocada en el estante, tapada por otras tres cajas—. No debería desconfiar de tu fuerza de voluntad, todavía te falta mucho por crecer…
Pansy caminó exactamente al lugar donde Ollivander había encontrado su varita. Movió esas tres cajas apiladas de forma extraña y la vio: Pelo de cola de unicornio, abeto, 23 centímetros, elástica. Pansy abrió la caja y tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, intentando concentrar su magia y la hizo bajar por el aire polvoriento. Una corriente de chispas verdes y plateadas estallaron en la punta, como confeti, arrojando también manchas de luz que bailaban en las paredes como luciérnagas.
—Esa se ve bien —dijo Granger, que la había estado observando con curiosidad mientras Pansy movía las cajas.
—Es mi varita.
—Si ya decidiste entonces…
—No. Granger, lo digo literalmente. Esta es mi varita.
—No te entiendo. ¿Lo dices porque es de los mismos materiales?
—¡No! Es igual. Las varitas, aunque sean de los mismos componentes, son diferentes entre sí. ¿No te lo dijo Ollivander? Pero esta es idéntica Granger, puedo sentirlo, la manera en que mi magia fluyó… Es… Es mía.
Pansy miró a su alrededor desconcertada y antes que Granger se acercara a ella, fue hacia la puerta. La abrió de un tirón haciendo que la campanilla golpeara con fuerza la madera. Caminó hasta pararse en medio de la calle. Intentó reorientarse, recordar a dónde fue con su madre luego de comprar la varita.
—¿Parkinson?
—Sígueme.
Fue hacia la Heladería de Florean Fortescue, situada en el lado norte del Callejón Diagon. Granger la seguía, preguntándole a dónde iban, pero Pansy estaba demasiado metida en su cabeza como para prestarle atención.
—¿No piensas que es bonita tu nueva varita? —le preguntó su madre—. El tallado es tan bonito… ¡Ay, la suerte que has tenido!
Pansy asintió, mientras se esforzaba por caminar rápido. La madera de su varita era de un color claro, casi blanco, y estaba adornada con una trama de espirales que sobresalía y que combinaba muy bien con las vetas de la madera.
—Solo falta que compremos tu túnica. ¿Pero vamos por tu paleta primero? —ofreció.
La tienda de dulces, «Caramelos rompe muelas», se situaba frente a la Heladería de Florean Fortescue. Cuando Pansy notó que en la heladería había un cartel que anunciaba un nuevo sabor, una simple paleta dejó de llamarle la atención.
—Madre, madre. —Pansy dio un par de tirones a su mano, para que la escuchara—. ¿Puedo comer helado?
—Allí venden helados muy grandes, no lo terminarás.
—Lo haré…
—Pansy… —suspiró.
—Es sabor crema con chocolate derretido. En otras tiendas las chispas de chocolate del helado no están derretidas.
—¿Lo comerás con cuidado?
—Sí. Soy grande.
Su madre cedió, le compró el cono de helado que quería y continuaron caminando.
Pansy llegó a la Heladería de Florean Fortescue y miró los carteles que habían pegados en las grandes ventanillas de la puerta.
NUEVO SABOR
¿Quieres un sabor clásico, pero con un toque especial?
¡Prueba el cono de la clásica crema americana, pero con chispas de chocolate derretido!
¡Mejor que el chocolate, es el chocolate derretido!
A solo 10 knuts por esta semana.
—¿Recorrimos medio Callejón Diagon por un helado? —rezongó Granger, que había llegado a su lado.
—No puede ser… —murmuró y cerró sus ojos.
«Solo falta que compremos tu túnica» recordó, y volvió a caminar. La tienda de Madame Malkin no estaba lejos de la heladería.
No era fácil comer cuando tenía una mano ocupada sujetando a su madre, pero lo estaba consiguiendo. Pronto llegaron a la tienda de Madame Malkin. Pansy conocía bien el lugar, ya que Madame Malkin era una costurera que trabajaba con la mayoría de los magos de sangre pura. Era una mujer talentosa que hacía las prendas más elegantes y con los materiales más costosos para las mejores familias. Por eso, ella tenía una muy buena relación con familias como los Malfoy, los Parkinson y muchos más.
—Kyung-Mi, bienvenida — saludó Madame Malkin cuando Pansy y su madre entraron a la tienda.
—Pansy ingresará a Hogwarts este año, necesitaremos una túnica escolar. Y también me gustaría probarme una túnica de gala, se acerca el cumpleaños de mi esposo. ¿Podemos mirar mientras Pansy termina su helado?
—Maravillosa idea. Ven, pasa. Y Pansy querida, ve a comer a uno de los asientos, adelante.
Mientras lamía su helado, observaba a su madre. Kyung-Mi era hermosa, todos los adultos decían eso y Pansy estaba de acuerdo, nadie era más perfecta que su madre. Tenía cabello negro y lacio que le llegaba a la mitad de su espalda. Sus ojos eran tan oscuros que parecían un cielo nocturno. Su piel era más suave que la de cualquier mujer, sin una marca ni arruga que manchara su tez blanca. Era una bruja delgada, justo al límite del peso bajo, por lo que tenía un vientre plano que no daba señales de haber tenido alguna vez un bebé. Era un poco baja comparada con otras mujeres. Pero, por otro lado, se veía más joven que muchas adolescentes...
Su madre reía, risueña, mientras Madame Malkin la colmaba de elogios por la nueva túnica que se había probado. Pansy lamió de nuevo su helado. El chocolate derretido sabía delicioso, nunca se enfriaba, sin importar la temperatura de la bocha de helado. Lastimosamente, estaba comenzando a llenarse. Se levantó del asiento y fue a buscar a su madre. No sabía qué hacer con su helado, ya no quería más. Si lo comía todo, no podría terminar la cena esta noche. No quería que eso sucediera ya que no la dejaban levantarse de la mesa hasta que terminara todo el plato.
Madame Malkin y su madre estaban en la recepción, revisando el precio de una túnica nueva que su madre vestía (era una de color azul).
—Madre —llamó, pero fue ignorada por las dos mujeres adultas—. Madre, madre.
Como no le hacían caso, intentó tironear la manga de la túnica nueva de su madre, que todavía estaba vistiendo. Con su otra mano, inclinó un poco el helado, equilibrándolo, ya que estaba comenzando a derretirse. Recién cuando su mano se ensució su madre le prestó atención.
—¿Qué sucede? —Los ojos de Kyung-Mi se abrieron con sorpresa—. Pansy, cuidado, está chorreando.
Su madre manoteó su cono de helado, y al hacerlo, manchó la manga del vestido de Pansy. Intentó enderezar el cono, tratando de frenar a su madre, y entonces el helado también manchó la falda de su vestido. Pansy se encogió cuando escuchó el suspiro hastiado. Al menos no había gente alrededor para ver esto. Ni siquiera Madame Malkin, que se había ido a la trastienda a buscar algo.
—Te dije que era mejor una paleta —dijo su madre, mientras sacaba su varita para realizar un rápido hechizo para desaparecer las manchas de helado derretido y levitar el cono hasta el tacho de basura que había fuera de la tienda.
Pansy se paró frente a «Madame Malkin, Túnicas Para Todas las Ocasiones». Miró a la izquierda y luego a la derecha, frenética, y junto a una maceta con una planta lo vio, aquel tacho de basura. Se acercó y miró dentro. Había un periódico de El Profeta y un par de envoltorios de dulces dentro. Pansy metió la mano, movió los papeles y encontró un cono de helado que ya se había derretido, pero que tenía rastros del chocolate derretido y la crema americana. Lo agarró, sin creer que fuera real.
Al entrar a la mansión, su madre estaba brillante. Se miró a sí misma en el espejo de cuerpo completo, revisando los detalles de su túnica nueva. Madame Malkin había insistido en que se la llevara puesta, ya que la hacía lucir hermosa y el color azul combinaba perfectamente con el clima de ese día, nublado, muy blanquecino, tanto que irritaba los ojos.
— Creo que compraré otra túnica para el cumpleaños, esta es demasiado bonita —dijo su madre, admirándose—. Sí… Me la quedaré para el día a día. ¿Piensas igual, Pansy?
—Sí madre, me gusta ese color.
—Combina muy bien con mis ojos. ¿No?
Su madre acarició la tela de su túnica, revisando los detalles. Tomó las mangas, para estirarlas hacia abajo y que cubrieran bien sus muñecas, pero frunció el ceño al hacerlo, frotando lentamente la tela con la yema de sus dedos. Miró la manga de su túnica con cuidado y su nariz se arrugó con asco.
—¿Qué es esto, Pansy?
—¿Qué cosa?
—Ven.
Pansy dudó, pero obedeció. No era buena idea desobedecer a su madre.
—Toca la tela.
Ella hizo lo que le pidieron, tocó la tela de la túnica, la parte del codo.
—¿Cómo se siente? —preguntó con un tono dulce.
—Suave...
—Sí. Es terciopelo.
Pansy dio un paso atrás, pero su madre la sujetó del hombro y la arrastró hacia adelante, haciendo que vuelva a estar pegada a ella.
—¿Y la manga?
—Eh… se ve bien.
—Tócala Pansy.
Obedeció. Los nervios comenzaron a crecer en la boca de su estómago.
—¿Cómo se siente? —volvió a inquirir, igual de dulce que antes.
—Uh… No tan suave.
—Pegajoso —corrigió.
Pansy agachó la cabeza, comenzando a entender su error. Al comer el helado, sus manos se mancharon con azúcar sin que se diera cuenta. Tocó así la túnica de su madre. La túnica nueva de su madre...
—¿No opinas igual? —preguntó, enojándose por su silencio.
—Es pegajoso.
—¿Por qué?
—No lo sé…
—Pansy —advirtió, hablando lento.
—Porque…porque… por mi culpa…
—No hables para adentro.
—Lo siento.
—De nuevo. Pansy, ¿por qué mi túnica está pegajosa?
—La manché por accidente.
—Accidente —rio suavemente—. ¿Estás intentando probar los límites?
—No —se apresuró a contestar, mirándola a los ojos para que supiera que decía la verdad—. Fue un accidente. No me di cuenta.
Pansy estaba encogida, con sus manos entrelazadas al frente de su cuerpo, sus dedos se apretaban con fuerza. No le gustaba cuando pasaba esto, cuando su madre se enojaba. Ella era buena. Su madre siempre tenía razón. Pansy se equivocaba demasiado y por suerte su madre era muy paciente. Muy, muy paciente con ella…
—Muéstrame tus manos.
Lo hizo sin dudar. Las alzó y abrió, mostrándole sus palmas. Su madre tomó sus manos y las acarició con los dedos.
—Como imaginé, están pegajosas.
—Perdón.
—¿No me habías dicho que eras grande?
—Perdón.
—¿Eres una niña tonta que no se da cuenta cuándo debe lavarse las manos?
—Perdón —hipó.
—¿Eso eres? ¿Una mugrienta?
—No…
—¡Pansy!
—En esa tienda no hay baño. —Hipó—. No me di cuenta, perdón.
—No me des excusas, arruinaste mi túnica. —Alzó la voz—: Mira tu vestido. ¿Crees que un hechizo lo soluciona todo? Porque no, la magia no lo arregla perfectamente. —Agarró la tela del vestido de Pansy, tocando las partes que antes limpió con magia—. ¿Lo ves? No es como antes. Lo arruinaste. ¡Lo arruinaste!
—¡Perdón! —chilló con la cara roja.
—¡Deja de disculparte sin hacer nada! Siempre es lo mismo contigo, solo lloras y pides perdón. ¿Por qué mejor no haces las cosas bien en primer lugar?
Pansy comenzó a llorar.
—Maravilloso. Mi túnica, tu vestido, y ahora estás llorando y moqueando.
Su madre la agarró del brazo y la hizo caminar. La obligó a subir las escaleras. A Pansy le costaba no tropezar. Cuando lo hacía, su madre hacía fuerza y la mantenía erguida, arrastrándola hacia arriba. Entraron al baño, recién ahí su madre la soltó. Pansy había dejado de llorar por la sorpresa. El baño estaba muy limpio, las cerámicas blancas de las paredes estaban brillantes. Estaba quieta, en medio del cuarto, viendo a su madre abrir la ducha.
—Desnúdate.
Pansy no hizo nada, le estaba costando concentrarse porque estaba abrumada emocionalmente.
—¡Quítate ese vestido asqueroso!
Sobresaltada, se quitó la ropa. Cuando terminó, su madre volvió a agarrarla del brazo y la empujó abajo del agua; Pansy se estremeció cuando su piel la tocó.
—Está fría.
Helada, el agua estaba más fría que la que los elfos domésticos usaban para lavar los platos. Intentó alejarse, pero su madre la ancló en el lugar.
—Aprende de una vez a estar limpia.
Su madre la soltó y Pansy no se atrevió a salir de debajo del chorro de la ducha, aun cuando su cuerpo comenzó a temblar.
—Nada, nada puedes hacer sin mí —se quejó, acercándose de nuevo a Pansy. Tenía una esponja en su mano, y le comenzó a lavar los brazos y las manos con ella, mientras la arrullaba, hablando con suavidad—: Ay, Pansy… ¿Y si la señora Malkin hubiera visto tus manos, manchadas como si tuvieras cuatro años? ¿Piensas que tus compañeros del colegio son como tú, tan desastrosos? Aprende de una vez, por favor… Soy buena, te doy regalos… A veces me pregunto si los mereces, si no soy demasiado permisiva contigo…
Pansy respiró profundamente, intentando no llorar de nuevo. Su mandíbula temblaba, por el frío y sus emociones contenidas. No se movió, no levantó la cabeza. Solo se quedó escuchando el ruido del agua de la ducha golpeando la cerámica con fuerza, como piedras contra un tejado, y a su madre diciéndole:
—¿No te da vergüenza?
—¿Agarraste eso de la basura? —preguntó Granger.
Sobresaltada, Pansy soltó el helado, el cual volvió a caer en el tacho con un ruido sordo. Escondió su mano tras su espalda y sus mejillas empezaron a sonrojarse.
—¿Me vas a explicar qué estás haciendo? —insistió Granger.
—Estamos en el pasado.
—¿Qué?
—No sé cómo, pero este mundo está relacionado con mis recuerdos.
Granger estaba anonadada.
—Los lugares en Hogsmeade son diferentes porque así eran cuando yo tenía once años. Este fue el día que conseguí mi varita, ese día había comprado un helado y lo había tirado aquí, no lo terminé y lo tiré. Lo recuerdo, cada cosa aquí es como la de aquel día —explicó Pansy—. ¿Piensas que es posible?
Granger llevó sus manos a sus caderas, miró alrededor y luego a Pansy. Finalmente concluyó:
—Sabía que todo esto era tu culpa.
