5
Está bien mentir si es para salvar tu pellejo
Como era de esperarse, Granger ideó un plan: primero ir al Ministerio de Magia para leer los archivos sobre magia accidental; luego ir a donde más recuerdos tenía Pansy, su casa. Pansy no se opuso al plan, ni siquiera dijo si estaba de acuerdo o no, distraída por esa mala sensación en la boca de su estómago.
Pansy miró hacia la izquierda, leyendo el cartel «Madame Malkin, Túnicas Para Todas las Ocasiones». Sentía tanto resentimiento hacia esa tienda, odiaba tanto tener que ir a visitarla. El olor era lo peor, cada tela de ese lugar estaba empapada de tanto perfume que le causaba dolor de cabeza solo recordarlo. Miró a través de las ventanas, primero a los vestidos exhibidos en el escaparate, luego a ese reflejo difuso de sí misma.
—Enderézate.
Obedeció enseguida, tirando sus hombros hacia atrás y alzando la barbilla. Su madre sujetó sus hombros y les dio un apretón cariñoso. Pansy se estremeció, pero se forzó a mantenerse recta. Su reflejo mostraba un vestido largo y blanco, que caía con gracia sin ajustarse a su cuerpo, como la sábana de una cama. Su cabello estaba recogido hacia atrás, sin estorbar en su rostro, ni un pelo fuera de lugar. Su madre le acarició la mejilla con el pulgar, por lo que sonrió en respuesta. Los labios de Pansy estaban pintados de rosa, sutil, como su sonrisa sin dientes. El color de sus ojos eran verdes, un tono opaco y sin brillo, como el de un bosque que se adaptó al frío. Su delineado negro le generaba una mirada penetrante, oscura. La palidez de su piel resaltaba el suave rubor en sus mejillas, el cual existía gracias al polvo, no por la sangre de su cuerpo. Todo el color que daba vida al reflejo era maquillaje.
—Perfecta.
Pansy deslizó la mirada por su reflejo, hasta sus pies descalzos que se asomaban detrás de la tela. Todavía no se ponía sus tacones. Las uñas de sus dedos estaban un poco moradas.
Se sentía desconectada, con la cabeza gacha, enfocada en sus propios pies, que ahora tenían unas zapatillas manchadas con tierra por caminar tanto el día anterior.
—¿Parkinson?
Pansy levantó la cabeza, buscando la voz y cruzando sus brazos sobre su pecho en el proceso. Granger la estaba mirando.
—¿No te da vergüenza?
Se le secó la boca y se le cerró la garganta. Por Merlín, su estómago...
—¿Perdón? —dijo Pansy, confundida.
Granger enarcó una de sus cejas y agregó:
—Sabía que todo esto era tu culpa.
Oscuro. La puerta se cerró lentamente, consumiendo a Pansy en la penumbra. El cuarto era pequeño, por lo que solo tuvo que dar un par de pasos hacia atrás para poder apoyar su espalda en la pared. Se deslizó por ella con lentitud hasta sentarse en el suelo. Sentía el frío que penetraba desde abajo, enfriando la madera sobre las que estaba. Abrazó sus propias piernas en posición fetal y escondió su rostro en sus propias rodillas.
—Lo siento —susurró.
Ella no debió hacer eso. Era su culpa, por eso estaba aquí ahora. Debía reflexionar, tenía que dejar de hacer cosas malas. Abrazó sus piernas con más fuerza. Sentía los dedos de sus pies y de sus manos entumecidos. Se obligó a moverlos, para que la sangre siguiera circulando. Esta noche le resultaría eterna, pero se había buscado esto ella sola...
No estaba bien causarle problemas a su madre, se causó esto a sí misma, esto era su culpa, solo suya...
—Lo siento —graznó.
La puerta se abrió. La luz volvió. El ceño de Granger se frunció.
—¿De qué hablas Parkinson?
—Tienes razón, es mi culpa.
Granger se mostró preocupada, incluso se acercó más a ella.
—Te pregunté si estabas lista para aparecerte. No dije nada como para que te disculparas. —Observó su rostro en detalle—. Estás pálida. Más de lo normal.
Una punzada en su sien la obligó a levantar la mano y acariciarse la frente. Se sentía confundida. Sus recuerdos explotaban en su cabeza tan nítidamente, tan reales...
—¿No dijiste otra cosa? —preguntó, intentando ordenar sus pensamientos, tratando de delinear y separar el pasado del presente.
—No —respondió. Granger estrechó los ojos, sospechando—. ¿Escuchaste algo más?
—No, no... —mintió rápidamente, dando un paso atrás, comenzando a sonreír—. Me disculpé porque no te escuché bien, nada más.
—Parkinson, no somos cercanas, no te conozco, pero insisto sobre que mientes muy mal. Dime la verdad. Te acaba de doler la cabeza. ¿Qué escuchaste?
—Una tontería. Vayamos al Ministerio. Estoy lista.
Granger estaba enojada, con sus manos ancladas en sus caderas para demostrarlo.
—Bien, como quieras, no lo cuentes. Solo te recuerdo que todo esto. —Hizo un círculo en el aire con su dedo, señalando alrededor de ellas—. Está relacionado con tu cabeza. Hasta que sientas un poco de jaqueca puede resultar pertinente para que salgamos de aquí con vida.
—Vamos al Ministerio —dijo Pansy tercamente.
Granger bufó y buscó su varita en su bolsillo.
—Bien, vamos.
Sin más dilación desapareció con un rápido movimiento de varita, dejándola atrás. Pansy suspiró y se restregó el rostro con la mano. Daba igual lo que pensara Granger, no iba a ponerse a hablar de sus vergonzosos recuerdos. ¿De qué serviría contarle sobre su familia, además de para humillarla? Miró su varita y la acarició con sus dedos. Suave, sin los rayones que había acumulado con el paso del tiempo. Era imposible negar que este mundo estaba ligado a su cabeza. ¿Siquiera era real? Era lógico que viera sus recuerdos. Y no eran más que eso, recuerdos. Los detalles no las sacarían de aquí.
Respiró profundamente, para relajar su pecho y estómago. Alzó la varita y se apareció en la única calle muggle de Londres que conocía, Whitehall, en la cual se ubicaba la cabina telefónica para ingresar al Ministerio. Cuando sus pies tocaron el piso, trastabilló unos pasos, se tapó la boca con ambas manos y tragó. Casi vomitó. Casi. Tantos viajes, físicos y mentales, la estaban mareando. Se peinó el cabello con sus dedos y se acercó a la cabina, donde Granger estaba ya dentro. Se calmó a sí misma respirando lento antes de abrir la puerta, obligándose a centrarse ya que no quería volver a actuar como en Hogsmeade. Entró a la cabina y cerró la puerta. Granger seguía fastidiada por lo que no la miró ni de reojo, ni siquiera cuando sus brazos se rozaron. Ella solo se concentró en marcar velozmente un número. Una voz fría resonó en la cabina:
—Bienvenidos al Ministerio de Magia. Por favor digan sus nombres y el motivo de su visita.
—Hermione Granger y Pansy Parkinson. Vamos a investigar —dijo Granger.
—Gracias. Visitantes, tomen las chapas y colóquenselas en la ropa en un lugar visible, por favor.
Dos chapas salieron de la máquina, por el lugar donde aparecía el cambio en monedas. Granger las tomó y le dio una a Pansy.
—¿Por qué le haces caso a la voz programada? —preguntó al ver que Granger se enganchaba la chapa en la ropa, en el lugar de su corazón.
—No tenemos ninguna razón para romper las reglas.
—Visitantes del Ministerio —interrumpió la voz—, tendrán que someterse a un chequeo y presentar sus varitas en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.
Pansy miró su propia chapa, que decía «Pansy Parkinson, investigadora». Cualquier réplica que tuvo, murió en su boca. Era un título bastante genial, así que... ¿Por qué no? Enganchó su chapa en el mismo lugar que Granger. Miró su reflejo en las ventanas de vidrio de la cabina. No era nítido, pero algo se veía. Quería revisar si se puso bien la chapa o si quedó torcida. No le gustaban las imperfecciones en su persona. Levantó su mano para acomodar el cuello de su ropa al notarlo desalineado, pero el suelo se estremeció. La acera comenzó a ascender detrás de las ventanas, borrando el reflejo con el que Pansy se estaba guiando, hasta que la cabina quedó totalmente oscura. Sonó un feo chirrido y se hundieron hacia el Ministerio. Se filtraron unas luces por los pequeños huecos, del exterior, pero en general todo se mantuvo negro. Fue veloz, Pansy incluso se sujetó a la pared para no tropezar. Por suerte, el movimiento se detuvo con suavidad.
—El Ministerio de Magia les desea un buen día —dijo la voz y la puerta de la cabina se abrió.
El lugar estaba silencioso. Enorme, vació y silencioso, como una expensiva biblioteca o un hospital privado. La luz era tenue a pesar de ser de día y las enormes chimeneas de las paredes estaban apagadas. Solo se escuchaba el arrullo del agua que caía en el estanque de la gran fuente dorada. Pansy miró hacia arriba: símbolos dorados se retorcían sinuosamente en el techo color azul eléctrico. El Ministerio era bonito cuando no existía el caos de los empleados trabajando.
—¿No vamos a ir al Atrio para la revisión de varitas? —preguntó Pansy, recordando la extraña manía de Granger por las reglas.
—Qué graciosa eres —dijo con un tono monótono y el gesto en blanco.
—Solo sigo las reglas.
—Entonces, cuando termines tu chequeo con el guardia de seguridad imaginario, ven al ascensor conmigo.
—Vaya, qué graciosa eres también —dijo con media sonrisa. Pero Granger no rio, ni un poquito—. Vamos, no estés enojada. Te van a salir arrugas en la frente.
—No me dices la verdad e intentas taparlo haciendo bromas. Tenemos que salir de aquí y no te lo tomas en serio.
—¿No me lo tomo en serio? Quiero salir tanto como tú.
—Ocultando información.
—Es personal —murmuró, cruzándose de brazos.
—Estamos en tus recuerdos. ¡Claro que es personal! No estamos en una posición en la que puedas actuar quisquillosa.
—¡Fueron flashbacks! ¿Está bien? —se hartó—. El día en que conseguí mi varita fue horrible. Recordé qué sucedió ese día con mi madre, lo vi como un sueño, se mezclaba con la realidad. ¿Feliz? ¿Es suficiente información?
—Gracias —dijo—. Ahora sígueme. Vamos al Departamento de Misterios.
Pansy sospechaba que Granger todavía estaba un poco enojada, pero no insistió. Si lo pensaba, Granger siempre tenía esa cara seria, como la de una profesora estricta y muy anciana. Quizá lo mejor era simplemente aceptarlo y vivir con eso, ignorar su necesidad de evitar que se enoje con ella, porque... ¿Desde cuándo importaba si Granger estaba enojada o no? Se pasó la adolescencia feliz de hacerla rabiar.
—¿Departamento de Misterios dijiste? —recordó, al cruzar las rejas doradas para ir hacia el vestíbulo de ascensores—. Ese lugar es peligroso. Solo los Inefables pueden entrar ahí.
—Lo sé —dijo Granger.
—¿Y vamos a ir de todas formas?
—Sí.
—Quizá en otro departamento esté lo que buscamos...
—Los distintos misterios del mundo se estudian allí: el amor, el espacio, el pensamiento, el tiempo, la muerte... Dudo que lo que buscamos esté en el Departamento de Transportes Mágicos o el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
—¿Quizá en la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia? —intentó Pansy—. No quiero saltar a una muerte segura sin antes intentar las otras opciones menos mortíferas.
—¿Piensas que algo tan grave como una magia que desaparece a la humanidad estará archivada junto a los registros de los niños que con magia accidental rompen una ventana o comienzan a flotar? —preguntó con ironía, mientras entraban al ascensor.
Granger apretó el botón con el número nueve. La reja de seguridad se cerró.
—Deja de tratarme como estúpida... no lo soy... —murmuró Pansy.
Por el traqueteo y chirridos del ascensor sus palabras murieron sin respuesta.
. . .
¿Por qué la puerta del Departamento de Misterios debía ser aterradora? Color negro, gigante, con antorchas flameantes a los lados... Era como la puerta de una cripta. ¿En serio no la podían hacer menos intimidante? ¿De color rosa con brillitos y pegatinas de arcoíris en el marco, quizá?
Granger avanzó hacia la puerta y Pansy la siguió de mala gana. La puerta se abrió sola, causando que los pequeños pelos de sus brazos se erizaran, pero no se detuvo y atravesó el umbral. Terminaron paradas en una gran cala circular. Todo era de color negro, incluidos el suelo y el techo; alrededor de la negra y curva pared había una serie de puertas negras idénticas, sin picaporte y sin distintivo alguno, situadas a intervalos regulares, e, intercalados entre ellas, unos candelabros con velas de llama azul. La fría y brillante luz de las velas se reflejaba en el reluciente suelo de mármol causando la impresión de que tenían agua negra bajo los pies.
—Ni se te ocurra cerrar la puerta —pidió Granger.
—No lo haría. Ni aunque me pagaran.
Frente a ellas había como una docena de puertas.
—¿Qué hacemos, Granger? ¿Revisamos cada una de ellas?
Se oyó un fuerte estruendo y las velas empezaron a desplazarse hacia un lado. La pared circular estaba rotando. Pansy no lo pensó ni dos segundos: dio un rápido salto hacia Granger y la agarró con fuerza del brazo.
—Una trampa, activamos algo —chilló Pansy.
Granger siseó, porque Pansy le estaba clavando las uñas como si fuera un gato. Durante unos segundos, mientras la pared giraba, las llamas azules que los rodeaban se desdibujaron y trazaron una única línea luminosa que parecía de neón; entonces, tan repentinamente como había empezado, el estruendo cesó y todo volvió a quedarse quieto.
—No es una trampa. Este departamento continuamente mueve las puertas para que no sepamos por cuál hemos entrado —dijo Granger.
Pansy giró la cabeza, mirándola a los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ya estuve aquí.
—Oh... —Pansy volvió su mirada al frente, asintiendo con lentitud, preguntándose a dónde debían ir ahora—. ¿A dónde vamos entonces?
—Cuando vea lo que hay detrás sabré cuál es la correcta. —Granger miró sus brazos unidos—. ¿Te importa?
Pansy soltó su brazo, como si la hubiera quemado.
—No es... No tengo miedo —balbuceó Pansy—. Todo se movió así que perdí la estabilidad.
—Fue la pared lo que se movió, no el suelo —dijo con sorna y una sonrisa apretada.
—Claro que tú sabes mucho sobre las trampas mortíferas del Departamento de Misterios. ¿Para qué lo intento? —se lamentó, avergonzada—. Espera —dijo, girando la cabeza abruptamente para enfrentar a Granger—. ¿Por qué sabes tanto sobre las trampas mortíferas del Departamento de Misterios?
—Porque, como te acabo de decir, ya estuve aquí. ¿Escuchas a la gente cuando te hablan?
El silencio se extendió.
—No soy estúpida, tienes buenas calificaciones pero sé que no eres una Inefable —la acusó.
Granger resopló por sus palabras.
—Tienes razón. No soy una Inefable, genio. —Pansy frunció el ceño por su broma—. Sé todo esto porque durante mi quinto año vine con Harry y otros amigos para salvar la vida de Sirius Black.
El silencio se extendió de nuevo.
—Está bien, no tienes que mentir, eres una Inefable —dijo Pansy. Por la cara de hartazgo de Granger, se defendió—: ¡Oh, por favor! ¿En serio voy a creer que con quince años te colaste en el Departamento de Misterios para salvar a uno de los criminales más peligrosos del mundo mágico?
—Dieciséis.
—¿Qué?
—No tenía quince, sino dieciséis.
—Granger... —gruñó.
La aludida la ignoró y comenzó a caminar hacia una de las puertas. Pansy se puso pálida y corrió hacia ella.
—Deja de hacerme eso —se quejó, parándose a su lado, solo a un paso de distancia.
Granger abrió la puerta. Había mucha más luz en esa habitación, por lo que Pansy parpadeó varias veces para acostumbrarse al cambio. Notó que del techo colgaban unas lámparas suspendidas de cadenas doradas. La sala estaba casi vacía: sólo había unas cuantas mesas y, en medio de la habitación, un enorme tanque de cristal lleno de un líquido verde oscuro en el que se movían perezosamente a la deriva unos cuantos objetos de un blanco nacarado.
—¿Qué son esas cosas? —murmuró Pansy.
—Son cerebros.
—¿Cerebros? —repitió con los ojos bien abiertos. Rogaba que no fueran cerebros humanos.
—Sí —dijo con el ceño fruncido, mientras cerraba la puerta.
—¿No vamos a revisar? —preguntó, confundida.
—¡Flagrate! —dijo Granger.
Hizo un dibujo en el aire con la varita mágica y una «X» roja, luminosa como el fuego, apareció en la puerta. Tan pronto como ésta volvió a cerrarse tras ellos, oyeron otra vez un fuerte estruendo y la pared empezó a girar muy deprisa, pero ahora veían una línea roja y borrosa además de la línea azul; cuando todo volvió a quedarse quieto, la equis seguía encendida marcando la puerta que ya habían abierto.
—No es el cuarto que buscamos.
—¿Cómo estás tan segura? —Pansy dio una rápida repasada a todas las puertas restantes y volvió a centrarse en Granger—. ¿De verdad eres una Inefable?
—¡No! —Se cansó—. De verdad Harry, Ron, Ginny, Luna, Neville y yo vinimos aquí a salvar a Sirius Black.
—¿Neville? ¿Te refieres a Longbottom? ¿El Longbottom que ambas conocemos? ¿El que se asustaba con el profesor Snape?
—Es mil veces más valiente que tú —dijo, y comenzó a caminar hacia otra puerta—. Creo que las puertas son las mismas que aquella vez.
—¿Entonces sabes exactamente todo lo que hay aquí? —preguntó Pansy esperanzada.
—Eso parece... —murmuró Granger. No lucía feliz por esa posibilidad.
Abrió la puerta a otra habitación. Pansy inclinó la cabeza para ver. Era más grande que la anterior, rectangular y débilmente iluminada, cuyo centro estaba hundido y formaba un enorme foso de piedra de unos seis metros de profundidad. Tenía unos bancos de piedra que eran como una escalera hacia abajo. Había una tarima de piedra al final, sobre la que se alzaba un arco, también de piedra, que parecía muy antiguo, ya que estaba resquebrajado y a punto de desmoronarse. El arco, que no se apoyaba en nada, tenía colgada una andrajosa cortina; era una especie de velo negro que, pese a la quietud del ambiente, ondeaba un poco, como si acabaran de tocarlo.
—Recuerdo este cuarto también —dijo Granger, tensa.
Pansy no le prestó atención. Agudizó su oído porque algo llamó su atención.
—¿Hay gente aquí? —preguntó, dando un paso vacilante hacia adelante—. ¿Escuchas los susurros?
Granger la sujetó por la ropa.
—No, es peligroso, no te acerques a esa cosa.
—Escucho voces... creo que no estamos solas —dijo, queriendo avanzar más, volviendo a moverse. Quizá alguien podría ayudarlas. Seguro quienes las llamaban sabrían algo.
Por alguna razón, la inundó una necesidad por avanzar hacia ese majestuoso velo. Quería acariciarlo, revisar qué había allí, le urgía...
—Si tocas esa cosa, vas a morir.
Pansy retrocedió, como si algo la hubiera golpeado en el estómago, y volvió a ocupar el lugar detrás de Granger. Sus palabras la asustaron.
—Sirius Black murió por eso —explicó—. Según me dijeron, ese velo conecta la vida con la muerte. Lo que escuchas son los susurros de las almas de los muertos.
—¿No lo escuchas? —preguntó Pansy, pues los susurros y los murmullos cada vez eran más intensos. Sin ser consciente, se movió, intentando meterse al cuarto otra vez. Granger la agarró por el brazo con firmeza y tiró de él, pero Pansy se resistió.
—No —le advirtió.
—Creo... creo que esa es la salida...
Usó más fuerza, zafándose del agarre.
—¡Es peligroso, Pansy! —le recordó con voz chillona, cargada de tensión, mientras se abalanzaba hacia ella.
Parpadeó, dejando de luchar. Granger tironeó su cuerpo, obligándola a salir. Cerró la puerta y volvió a trazar una equis luminosa. Una vez más, la pared giró y volvió a quedarse quieta. Todo quedó en calma y silencio. Pansy tragó saliva.
—¿Por qué...? —susurró, mareada.
—A mis amigos, en especial a Harry le afectó de la misma manera. No sé por qué, pero esa cosa nubla el juicio de algunas personas. —Granger la miró fervientemente—. Si por alguna razón volvemos a ver esa cosa, esfuérzate por recordar lo que te dije. Te matará. Por nada del mundo te acerques, esos susurros que escuchas te llaman y atraen a tu propia perdición.
—Está bien...
—Hablo en serio, Parkinson. Ten cuidado por favor.
—¡Lo sé! Lo sé...
Granger suspiró y miró las puertas restantes, decidiendo en silencio. Pansy todavía se sentía confundida, su cuerpo se sentía ligero, cosquilleante bajo su piel, como si le hubieran nublado el juicio a base de alcohol y suaves caricias. Esa cosa la había afectado en serio. Si no fuera porque Granger le gritó... ¿Su nombre? «¡Es peligroso, Pansy!». Sí, eso dijo. ¿Granger se había preocupado por ella? ¿Genuinamente? Quiso preguntarle, pero ella ya se había ido a otra puerta. Granger intentó abrirla y no pudo, por lo que trazó una nueva equis de fuego sobre ella.
—¿Y si intentas explotarla? —dijo Pansy, acercándose, recordando cómo habían forzado la puerta de Las Tres Escobas.
—Sé que no es esa. Había una puerta que no podíamos abrir, era esta.
Granger parecía preocupada. Muchísimo.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—¿Por qué mis recuerdos coinciden con esta habitación? —cuestionó con ansiedad—. Las puertas son iguales, las mismas puertas con lo mismo dentro...
—¿Estás insinuando que...? —Pansy dudó y al mismo tiempo la pared empezó a girar—. ¿No solo son mis recuerdos, sino también los tuyos?
—No vi flashbacks como tú, pero creo que no debemos descartar la posibilidad de que mis memorias también tienen algo que ver en todo esto.
Pansy soltó una risita histérica.
—¿Estás bromeando? —preguntó, mientras se llevaba una mano a la cabeza para peinarse el cabello con nerviosismo—. ¿Por qué mientras más investigamos todo esto se vuelve peor y peor?
La pared se detuvo y Pansy estaba sintiendo la desesperación crecer en su pecho.
—Debe ser esa —dijo Granger, señalando una de las puertas restantes sin marca.
Fue hacia allí y la abrió de un empujón. A Pansy le latía muy fuerte el corazón, pero se envalentonó y se acercó a la puerta. Fue cegada por el centelleo de las luces que había allí dentro. Cuando sus ojos se adaptaron al resplandor, vio unos relojes que brillaban sobre todas las superficies; eran grandes y pequeños, de pie y de sobremesa, y estaban colgados en los espacios que había entre las librerías o reposaban sobre las mesas; era por eso por lo que un intenso e incesante tintineo llenaba aquella habitación, como si por ella desfilaran miles de minúsculos pies. La fuente de la luz era una altísima campana de cristal que había al fondo de la sala.
—Sígueme —dijo Granger, avanzando con seguridad.
Se dirigieron hacia la fuente de la luz: la campana de cristal, más alta que ella, que estaba sobre una mesa y en cuyo interior se arremolinaba una fulgurante corriente de aire.
—Es igual, lo recuerdo exactamente así —dijo Granger con aspereza.
El corazón le latía con violencia, por lo que no podía siquiera formular una oración. Todo esto le daba mala espina.
—Es por aquí... —la guio Granger.
Se colocó frente a una nueva puerta y la abrió de un empujón. Frente a ellas apareció una sala de techo elevadísimo, como el de una iglesia, donde no había más que hileras de largas estanterías llenas de pequeñas y polvorientas esferas de cristal. Estas brillaban débilmente, bañadas por la luz de unos candelabros dispuestos a intervalos a lo largo de las estanterías. Las llamas de las velas, como las de la habitación circular que habían dejado atrás, eran azules. En esta sala hacía mucho frío.
Granger avanzó con sigilo y Pansy la imitó.
—Si en el pasillo número noventa y siete... —susurró Granger para sí misma, mirando los estantes—. Sí, ésa es la cincuenta y cuatro... Tenemos que ir hacia la derecha.
Recorrieron los largos pasillos de estanterías en silencio. Pasaron por la estantería número ochenta y cuatro..., por la ochenta y cinco...
—¡Noventa y siete! —susurró Granger y ambas se detuvieron.
—¿Qué es todo esto?
Granger volvió a moverse, sin responderle. Pansy sospechó que no fue ignorada, sino que no fue escuchada... ¿Y si...?
—¿Granger? —insistió, mientras pasaban entre dos altísimas estanterías llenas de esferas de cristal, algunas de las cuales relucían débilmente.
—Tendría que estar por aquí cerca —afirmó Granger en voz baja, usando un tono mucho más grave del normal—. Podríamos tropezar con él en cualquier momento...
—¿Él? —se sorprendió Pansy—. ¿De quién hablas?
—Por aquí... Estoy seguro... —repitió. Habían llegado al final de la estantería, donde había otro candelabro. Allí no había nadie. Sólo se percibía un silencio resonante y misterioso, cargado del polvo que había en aquel lugar—. Podría estar... —susurró Granger con voz ronca escudriñando el siguiente pasillo—. O quizá... —Corrió a mirar en el siguiente.
—Granger... —insistió Pansy.
—¿Qué? —gruñó ella.
—Me estás asustando... —dijo débilmente.
—Me parece... que Sirius no está aquí.
—Granger, no es divertido —habló tensa, intentando detenerla.
Ella ignoró a Pansy y recorrió el espacio que había al final de las filas de estanterías y miró entre ellas. Abruptamente corrió hacia el lado opuesto pasando junto a Pansy, que lo observaba preocupada.
—¡Hermione! —exclamó asustada.
—¿Qué?
Al menos su voz esta vez fue más normal, pero seguía moviéndose. Se acercó a otra parte de las estanterías, un poco más allá de la hilera número noventa y siete, hacia las esferas de cristal que había en la estantería. Granger se paró de puntas de pie y estiró sus brazos lo más que pudo. Tomó una de las pequeñas esferas de cristal que relucía con una débil luz interior. Estaba cubierta de polvo y parecía que nadie la había tocado durante años. Se quedó mirando la etiqueta, como en trance.
—¿Qué es? —preguntó Pansy con inquietud.
De repente, Granger gritó. Soltó un chillido agudo y tan aterrorizado que sobresaltó a Pansy, haciéndola jadear del susto también. La bola de cristal cayó al suelo y se hizo añicos.
—No, no, no... —balbuceó Granger, pegándose a la estantería, comenzando a temblar. Sujetó las tablas con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. Esto es imposible. No es real.
Pansy se acercó. Intentó tomar su hombro para calmarla, pero su mano fue apartada de un manotazo.
—No me toques, desquiciada.
—Granger —la llamó, intentando tocarla de nuevo.
—¡No me toques! —chilló.
—¡Granger!
—¡No! —Intentó escapar, pero Pansy la paró, poniendo el brazo frente a ella—. Por favor no.
—Hermione —intentó, tratando de ser algo familiar para ella.
Dejó de retorcerse. Miró a Pansy. Parecía como si hubiera presenciado algo horroroso. La piel de su frente brillaba con un ligero sudor. Su respiración estaba alborotada, su cuello y pecho se movían con fuerza.
—No te haré nada. No hay nadie aquí. No estás en peligro —dijo con mucha suavidad y calma, temiendo que volviera a espantarse.
Granger soltó un suspiro tembloroso, su barbilla tembló y sus ojos lagrimearon.
—Bellatrix... Cru... Bella...—sollozó.
A Pansy se le apretó el pecho sin saber qué hacer, sin entender qué le pasaba. Granger dejó que su peso cayera sobre la estantería, parecía derrotada. Se acercó, agarrándola de los hombros. Parecía de papel, daba la sensación de que se caería al suelo con la más suave brisa. Granger sujetó su propio brazo con fuerza, llorando ya sin contenerse. Gemidos de angustia se escapaban de sus labios temblorosos, mientras rascaba su manga como si quisiera rasgarla.
—¿Qué...? —preguntó con miedo—. ¿Qué viste?
Granger no respondió. Agachó la cabeza y presionó sus brazos contra su pecho. Se estaba dando un abrazo desesperado a sí misma, apretando sus manos en puños tensos y temblorosos.
—¿Qué hago? —Pansy se inclinó, intentando ver su rostro—. Por favor, no sé cómo ayudarte...
Se quedó de piedra cuando Granger se inclinó, presionando su frente en su hombro. «No es real» susurró. «No es real. No es real. No es real». Pansy, vacilante, le dio unas palmaditas suaves y lentas en el hombro. Lo hizo un par de minutos y se detuvo, dejando sus brazos incómodamente a los lados de su torso, sin saber qué más hacer. Granger no reconoció sus acciones, solo siguió repitiendo lo mismo durante mucho tiempo: «No es real». Cada vez fue más bajo, hasta que terminó solo moviendo sus labios son soltar ningún sonido. Cuando se quedó en silencio, fue como si el tiempo se hubiera detenido. Ninguna se movió, ninguna habló. Después de un rato Granger soltó una exhalación fuerte, rompiendo la calma, y Pansy atinó a levantar la mano y volver a darle unas palmaditas reconfortantes en el hombro. Granger soltó un bufido, mitad cansado, mitad divertido.
—Tienes tan poco tacto como Ron.
Lentamente levantó la cabeza. Pansy cruzó sus brazos, enredando sus dedos en la tela de su ropa, pellizcando la tela de su manga. Se sentía muy incómoda, por lo que se decidió a mirar sus propios pies. También se sentía tonta. ¿Por qué tenía el tacto de una roca? Granger seguro pensaba que era una inútil que no podía hacer nada bien, ni las cosas más simples...
—Gracias por intentar ayudarme —dijo Granger; su voz sonó cansada.
Eso la descolocó. Se rascó a sí misma, sin soltar la ropa y sin saber cómo responder al cumplido. Pansy levantó la mirada tímidamente y notó que Granger estaba limpiándose el rostro con la manga de su buzo.
—Eh... —dijo, enderezándose mientras palpaba sus bolsillos— Yo... un momento... —En uno de los bolsillos interiores de su abrigo encontró un pañuelo y se lo extendió—. Aquí.
—Gracias —volvió a decir Granger, tomando el pañuelo.
—No es nada —murmuró Pansy. Ambas parecían peces fuera del agua, sin saber cómo actuar con la otra. Granger incluso le dio la espalda mientras se sonaba la nariz. Incómoda, esperó a que se recompusiera para cambiar el tema—: ¿Qué te sucedió?
—Mis recuerdos... —respondió después de unos segundos.
—¿También ves cosas? ¿Qué viste?
—A Bellatrix Lestrange.
El silencio se extendió.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Pansy.
¿Cómo era posible que Granger tuviera recuerdos sobre Bellatrix Lestrange? ¿Primero Sirius Black y ahora Lestrange? ¿Qué rayos sucedió en la vida de Granger?
—¿Crees que miento? —cuestionó Granger ofendida.
—No...
Granger enarcó una ceja.
—¿Un poco? —admitió.
Negó con la cabeza y le dio la espalda a Pansy.
—Sigamos explorando —decidió Granger. Tal como en Hogwarts, su lado analítico se había apoderado de la situación. No más llanto, no cuando se podía ser racional.
—Pero... —vaciló Pansy.
—Debemos encontrar la manera de salir de nuestros recuerdos tan pronto como sea posible.
—¿Estás enojada? No quise llamarte mentirosa.
—En este cuarto hay profecías, información importante. Pensé que podría haber algo aquí. Me pregunto si al final habrá más puertas, quizá haya otro tipo de archivos, este cuarto es un almacén por lo que...
—Granger...
—¿Qué? —preguntó, girándose para verla.
—Te creo, te creo. ¿Está bien? Lo siento.
—Bien. —Dio media vuelta sobre sus talones y comenzó a caminar—. Debemos seguir buscando.
Pansy suspiró y se apresuró para seguirla, ya que no tenía sentido intentar vencer la terquedad de Granger.
—¿Segura que estás bien? —quiso asegurarse.
—Lo estaré cuando salgamos de este maldito lugar.
