6

Correr sin rumbo no te llevará a ningún lado, no gastes tu energía.

—¿Qué tan grande es el Departamento de Misterios? —preguntó Pansy, mientras avanzaban por los pasillos llenos de estantes, repletos de esferas con profecías.

—En los demás cuartos había más puertas. En este debe ser igual.

—¿Y si este lugar es infinito? —Pansy se acercó a una de las esferas, intentando ver si se podía acceder a la profecía, pero solo encontró su propio reflejo en el cristal sucio. La tocó con el dedo, y nada.

—¿Prestaste atención a las clases de Transformaciones? —se quejó Granger, con ese tonito de sabionda que usaba en clases—. Con la magia no podemos tomar algo finito y hacerlo infinito. Así como no podemos crear comida infinita y terminar con el hambre mundial. Podemos moldear la materia, no multiplicarla. Así que no, aunque el Departamento de Misterios puede crear la ilusión de ser infinito haciendo girar los cuartos, no lo es, es físicamente imposible.

—Tu explicación no me hace sentir mejor. Existen magos que murieron atrapados en este lugar…

—No nos vamos a perder si exploramos con cuida…

Granger dejó de hablar de pronto, por lo que todas las alarmas de Pansy se encendieron. Se alejó de los estantes para ver lo que sucedió, palmeando su bolsillo, preparada para usar su varita.

Nada.

Literalmente, no había nada.

—El fin de mis recuerdos —murmuró Granger, pálida.

Unos metros frente a ellas, solo había un vacío blanco. Sin fin ni inicio, siquiera parecía tener profundidad. Solo blanco. Era como ver un dibujo sin finalizar, completo en los bordes e inacabado en el centro. Los estantes se extendían hacia ese blanco, y mientras más se acercaban, más borrosos eran, hasta ser pequeños puntos y terminar siendo nada en la nada. Era muy parecido al cielo. Quizá, así era el espacio, más allá de las estrellas.

—No vamos a encontrar una respuesta —dijo Granger con un temblor en su voz.

—Quizá en otro lugar… —balbuceó Pansy, todavía intentando procesar lo que presenciaban.

—No existe otro lugar. Esto es solo nuestra mente. —El pánico se entrevió en su rostro—. No vamos a poder ver literalmente nada que no hayamos visto antes. ¡Cómo no lo pensé! —exclamó con frustración, llevándose la mano al puente de su nariz para acariciase y calmarse a sí misma—. Solo fuimos a partes de este departamento en las que yo ya había estado, por eso pudimos entrar. Si este lugar son nuestros recuerdos, ¡pues por supuesto que no vamos a poder encontrar algo que desconocemos!

—¿Y si vamos a otro lugar que sí conocemos a investigar? ¿La biblioteca de Hogwarts, por ejemplo? Es una de las mejores del mundo.

—A lo que me refiero, Parkinson —masculló, frustrada—, es que no creo que podamos leer nada que no hayamos leído antes. No hay información en este mundo que no sepamos ya. Los espacios en blanco en nuestra memoria serán así —dijo, señalando con el dedo índice a ese... espacio en blanco.

Pansy volvió a mirar al vacío frente a ellas. No podía evitar sentir cierto peligro, como si estuviera en medio del océano. Giró la cabeza, al estante de profecías y tomó una de ellas. Con toda su fuerza, la arrojó hacia allí, hacia lo blanco. En lugar de caer, la esfera se fue desintegrando en el aire hasta desaparecer. Esto no solo lucía peligroso, lo era.

—¿Qué hacemos entonces? —cuestionó Pansy con un hilo de voz.

—Yo… no lo sé…

. . .

Guiándose por los «Flagrate» con los que Granger marcó las puertas, salieron del Departamento de Misterios. Fueron hacia el comedor donde descansaban los empleados del edificio. Estaban desesperanzadas, por lo que no sentían hambre, ¿pero qué otra cosa iban a hacer? Un té caliente y un lugar donde sentarse parecía la única buena idea en estos momentos.

El comedor era tal como lo recordaba Pansy. Montones de mesas y sillas de aluminio, una cartelera con los platos que ofrecían y sus precios en el fondo de cuarto, sobre el mostrador. El lugar era enorme y bien iluminado, muy limpio y con colores suaves. El amarillo, el blanco y el plateado predominaban. En uno de los exhibidores había muchos platos preparados y humeantes. Se mantenían así por los hechizos para preservar el calor. O porque así lo recordaba Pansy.

Granger fue a una de las máquinas expendedoras junto a la puerta. Eligió la que ofrecía bebidas.

—¿Té negro? —le preguntó, mientras apretaba un botón.

—Con leche —pidió Pansy. Ella no era muy fan de las bebidas fuertes.

Granger seleccionó el pedido de ambas, pero al pagar le faltó una moneda. Miró a Pansy, preguntando silenciosamente.

—Aquí —dijo mientras se acercaba, colocando las monedas restantes en la ranura de la máquina.

—Debimos haber buscado más dinero en Hogwarts —murmuró Granger, mientras miraba cómo unos vasos aparecían y se llenaban con té caliente.

—De niña, pensaba que esto funcionaba con guantes mágicos flotantes dentro de la caja —confesó Pansy, mientras tomaba su vaso de té lleno, que era de plástico y tenía el logo del ministerio pintado en el medio.

—A veces me sorprende que los magos tomen objetos totalmente funcionales de los muggles y los alteren con encantamientos. Entiendo que no podemos usar electricidad, pero… —Granger frunció el ceño, dándose cuenta de algo. Con urgencia en la voz, cambió el tema—: Parkinson. ¿Tu solo viniste al Ministerio cuando eras niña?

—Sí, para ver a mi papá trabajar. Cuando inicié Hogwarts dejé de hacerlo porque no quería desperdiciar mis vacaciones aquí. ¿Por qué preguntas?

Granger en lugar de responder, tomó su varita y apuntó a la máquina, usando el encantamiento Cistem Aperio. Enseguida, los cerrojos en la parte derecha de la máquina se abrieron con un fuerte chasquido. Granger miró dentro primero e hizo una mueca de molestia. Sea lo que fuera que vio, la consternó, por lo que Pansy se movió para descubrir qué pasaba. Dentro de la máquina había… un par de guantes blancos flotantes. Parecía una pequeña cocina en miniatura dentro de la caja de metal, una muy similar a la de la casa de Pansy.

—¡Lo sabía! Este maldito lugar no tiene sentido —gimió Granger, usando su mano libre para peinar su cabello. Ella estaba claramente frustrada.

—¿Por qué lo que imaginaba de niña…? —Pansy dio un paso atrás, confundida.

—Creías que era real. Para ti, así lucía la máquina y yo nunca vine a esta parte del Ministerio. Ni tú ni yo vimos cómo es esta máquina por dentro. En tu cabeza así se ve, ya que nunca fue refutada tu creencia infantil. ¿Lo entiendes? Para este mundo nuestras fantasías son tan reales como nuestros recuerdos.

Granger se alejó y se sentó derrotada en la mesa más cercana, Pansy la siguió. Mientras Granger pensaba, ella se dedicó a tomar su té y mirar alrededor. Ahora que observaba todo en detalle, las cosas eran un poco grandes de lo normal. La mesa, por ejemplo, le llegaba casi a los hombros, y la silla era casi para dos personas...

—No vamos a encontrar una respuesta lógica —dijo Granger, rompiendo el silencio—. Aun si la hubiera, no podremos encontrarla.

—¿Entonces no hacemos nada? —preguntó Pansy—. ¿Solo lo aceptamos y vivimos aquí?

—No lo sé. Si saltamos al vacío probablemente nos desintegremos. O quizá sea la salida, no lo sabemos. Es el fin de nuestros recuerdos, así que…

—El suicidio es un tipo de salida, sí —dijo Pansy con sarcasmo.

—No creo que haya algo más que podamos hacer que explorar.

—¿Tu única idea es explorar nuestros recuerdos? ¿No tienes ningún plan?

Era muy desalentador que Granger estuviera sin ideas, se sentía como una sentencia.

—¿Quizá explorando entendamos más y entonces se nos ocurrirá algo?

—Realmente estamos perdidas… —se lamentó Pansy.

—Al menos yo estoy haciendo algo —gruñó Granger.

—¿Perdona? Yo descubrí que el vacío blanco nos trituraría si caemos en él, y también evité que te perdieras en ese extraño recuerdo tuyo con Bellatrix Lestrange.

Granger la fulminó con la mirada.

—Haremos lo que tú digas entonces.

Pansy parpadeó un par de veces, muda. Granger no hizo nada, esperó pacientemente, comenzando a beber su té.

—¿Estás bromeando? —cuestionó Pansy.

—No.

—Granger… —comenzó a alterarse—. Sé que estás enojada y frustrada, pero arremeter contra mí y actuar caprichosa no nos ayudará en lo absoluto.

A Pansy por poco le da un tic en el ojo cuando vio a Granger tomar un sorbo lento de té, sin preocupaciones, sin prisa…

—¿A dónde quieres ir?

—Tu… no puedes… ¡agh! —gruñó, llevándose las manos a la cabeza, cubriendo su rostro, presionando en la zona de sus ojos.

—Tu dolor de cabeza —dijo Granger.

—No es dolor, estoy teniendo una crisis —masculló.

—No me refiero a eso. ¿No dijiste que eran malos recuerdos los que veías? Hasta te afectó físicamente. ¿Y si vamos a esos lugares?

—¿Tu nuevo plan es causarme dolor?

—¿Exiges que te de soluciones y las que te ofrezco no te satisfacen?

Pansy bufó. Los gestos, el tono de voz… Granger estaba siendo ácida, la estaba usando para liberar sus frustraciones. Pansy decidió beber té. Necesitaba calmarse, no buscar más peleas.

Además, también necesitaba pensar. Granger tenía un muy buen punto. Todo esto no eran simples recuerdos, eran subjetivos y hasta emocionales. ¿Hogsmeade cuando consiguió su primera varita? ¿El Ministerio en uno de los días, por lo que intuía Pansy, más perturbadores para Granger? No podía ser casualidad. Eran como catalizadores, lugares con características que presionaban en recuerdos dolorosos hasta que explotaban como sueños lúcidos. Esas visiones no sucedían en cualquier momento, sino cuando recordaban traumas.

¿Sería esa la solución? ¿Explorar los traumas? Es decir… ¿No inició todo esto en cuanto vio morir a Daphne? Para salir de un lugar, lo usual es volver sobre sus propios pasos. Si entraste por una puerta, pues vas a salir por esa misma…

—¿Deberíamos volver a Hogwarts? —preguntó Pansy—. ¿O iniciar desde cero, ir a nuestros hogares?

—¿Perdona?

—¿No sientes como si todo esto fuera una pesadilla? ¿Y si enfrentar nuestros miedos es la solución?

—Suena un poco fantasioso…

—¿La magia te parece algo lógico? Tú lo dijiste, la magia antigua suele responder a emociones, como el amor de una madre a su hijo. No existía hechizo para revertirlo. ¿Y si esto es igual?

—La madre de Harry quería protegerlo, cuidar a su hijo. Y así fue, hasta que él no fue un adulto la magia estuvo activa. Un hechizo más fuerte que Voldemort —razonó Granger, ignorando el estremecimiento de Pansy por ese nombre prohibido—. Lo que tú querías hacer era…

«Salvar a Daphne» fue lo primero que se le cruzó por la cabeza. También quería proteger a alguien, pero falló. Así como la señora Potter, ella estuvo dispuesta a dejarlo todo por alguien a quien amaba. Sin embargo, ella falló. Frente a ella estaba Granger y nadie más. Solo Granger y el té ahora tibio. El borde del vaso estaba manchado. Una pequeña gota había caído desde allí hasta la base. Blanco, manchado de líquido, té rojo. Todo manchado de sangre. De alguna manera el cráneo de Daphne se había estrellado contra la pared y su cuerpo se había deslizado por ella sin resistencia, pintando de rojo el camino. Estaba inmóvil, con los ojos abiertos mirando a la nada. Su varita seguía entre sus dedos flácidos. Las mangas de la camiseta de su pijama estaban levantadas, en su brazo estaba tatuada la marca tenebrosa.

¿La batalla se había detenido? Pansy lo sentía así. Algunas voces gritaron la palabra «Harry», pero los sonidos se fueron haciendo más y más suaves, hasta que solo escucho un pitido que apagó cualquier otro ruido. ¿A dónde habían ido los colores de los hechizos que atravesaban el aire? ¿Las explosiones? ¿Los gritos desesperados?

—Escapar, rendirme… —susurró, mirando su taza casi vacía con la vista nublada—, solo quería sobrevivir, pero vi a Daphne y… —Tragó saliva, tomándose su tiempo para pensar—. En el fondo, creo que solo me quería morir.

Sintió la mirada penetrante de Granger sobre ella.

—Parkinson...

—Daphne era todo para mí y murió. Ella solo… me dejó. —Agachó la cabeza al escuchar cómo su voz se quebró, saliéndose de su control—. Mi madre no estaba allí, en realidad… no estuvo conmigo por mucho tiempo. ¿Qué hago? Eso pensaba. ¿Dónde están todos? ¿Dónde estoy? Me sentí pequeña, invisible… mi existencia, mi vida, se redujo a nada. Sin Daphne, yo no… yo no…

»Todavía es así. —Soltó una risita cruda—. Quiero que me des soluciones y me digas qué hacer, porque yo no sé qué hacer conmigo misma.

Granger se removió en la silla, ansiosamente comenzó a rascar su antebrazo. Clavó su mirada en un punto al azar de la mesa y habló:

—Vamos a Hogwarts.

—¿Ya? —preguntó Pansy, sorprendida.

—Cuando tú quieras, cuando te sientas lista. Después de todo es tu idea.

—No tenemos que hacerlo solo porque…

—Parkinson —la calló—. Me salvaste de mis recuerdos de Lestrange, fuiste una buena estudiante y sé lo persistente, irritantemente persistente que puedes ser. Nunca te rendiste. Después de todo, se te ocurrió una idea, ¿verdad?

No se atrevió a contradecirla. Quería negarlo, quería decir que estaban en este problema por su culpa, que Daphne murió por su culpa, que su mamá no la quería por su culpa, que intentar arreglar este problema era lo mínimo que podía hacer… pero también, se regodeó en este nuevo sentimiento. Ella ayudó a Granger. Su idea… Granger la aprobaba. No debería sentirse feliz por eso, pero lo hacía.

—Tu vida no depende de otros —murmuró Granger con el ceño fruncido—. No puedes dejar que otros te la quiten.


TESTAMENTO DE AUTOR

¡Hey! Disculpen la tardanza, estoy un poco ocupada últimamente. Mi mamá se enfermó y estoy ayudando más en casa, cuidando a mi hermano, etc. Me resulta imposible ser constante, además de que esta historia requiere de un estado de humor particular, al menos de momento, que es muy negativo y oscuro. Quizá los capítulos más a futuro sean más fluidos porque van a ser más felices. ¡Pero la historia va bien! Solo no la puedo escribir muy rápido. Además, ya escribí unas páginas del próximo capítulo, así que nada… espero que no les moleste tener que ser pacientes. Gracias por leer y nos vemos en el próximo capítulo.