Las flores también arden.
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Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.
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Capítulo dos: Aurora.
Karin no pensó que fuera posible que a los espíritus les doliera la cabeza, pero estaba corroborando por sí misma que efectivamente lo era. Si bien siempre se había quejado de la falta de información y la oscuridad que envolvía todo aquello relacionado con el mundo espiritual, había sido inconsciente de cuánto en realidad se había estado perdiendo. Tras ser bombardeada con información, mucho ruido, gritos y discusiones, había comprendido el porqué de su potencial espiritual: su jodido padre había sido un maldito capitán shinigami.
Shinigamis, huecos, arrancar, su propia procedencia y muerte era mucho para procesar e internalizar. Pero todos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era que Karin trascendiera a la Sociedad de Almas sin mayores demoras.
— No podemos asegurar que mantengas tus recuerdos, y el proceso puede llegar a ser doloroso para tí. — advirtió Hitsugaya.
— Entiendo, no hay garantías. — asintió.
— ¿Estás lista? — preguntó Matsumoto, tomándola de la muñeca.
— Sí.
Karin giró sobre sus pies y saludó a su familia con una sonrisa procurando mostrarse lo más despreocupada que pudo cuando por dentro estaba llena de inseguridades. Ichigo asintió en silencio sin una muestra de sentimiento en su rostro. Por otro lado, su padre agitaba su mano enérgicamente con una gran sonrisa. Las despedidas y promesas ya habían sido hechas. Ya había llorado y se había abrazado a su padre y hermano en un breve momento de intimidad concedido por el resto de los asistentes.
Al final se había decidido que por tener Toushiro el mayor rango, debería ser él quién explicará la inusual situación a los superiores. Matsumoto se sumó con premura, determinando que alguien debería ayudar a Karin a adaptarse y llevarla con Rukia; quién estaba inconsciente de todos estos hechos en la sociedad de almas hasta que Renji logrará contactarla en la proximidad. Sin embargo, Isshin había sido muy sincero con su antiguo tercer oficial.
"Los Shiba siguen siendo su familia, y la recibirán como tal.", había instruido.
Isshin había insistido en no decirle a Karin a dónde exactamente la llevarían hasta que estuvieran allí, a pesar de que Ichigo y él mismo lo consideraban necesario. Ichigo afirmó que los Shiba por muy inusuales que fueran, eran de fiar. Ambos Kurosaki redactaron con rapidez una breve carta donde encomendaban a la menor de su familia al cuidado de Kukaku Shiba; la actual líder del clan.
El mayor explicó mientras le entregaba la carta a su antigua teniente que no quería que Karin supiera sobre su familia sino hasta que estuviera allì y fuera capaz de formarse una opinión sobre ellos por sí misma.
—¿Y si se niega aquí, pensando que todos son como su viejo? — Bromeó, a medias.
Toushiro suspiró, cansado. Su viejo capitán no quería lidiar con las preguntas que exponer su historia familiar traería. Era tan simple como eso. Explicarle a su hija su existencia inevitablemente llevaría a razonar con ella el por qué de la caída en desgracia de su clan y su relevamiento como familia noble. Era demasiado para explicar y, supuso, eventualmente Kukaku Shiba tomaría esa responsabilidad si lo creía producente. Lo cual no quería decir que él mismo no se lo mencionara; ella era merecedora de conocer su identidad.
Una vez alistados, el capitán de la décima división desenvainó su espada ante la atónita mirada de Karin que no comprendió el gesto. Matsumoto se rió de ella y su expresión tan legible, molestándola. Con un giro de su espada la puerta entre los mundos se materializó ante ellos. Hitsugaya hizo contacto visual con Isshin durante un breve momento antes de volverse hacia la puerta y avanzar.
La sensación de entrar a aquel portal fue complicada de poner en palabras para Kurosaki. La manera más simple de explicarlo era decir que el aire parecía ser repentinamente más espeso y hacía el acto de respirar más arduo. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos y Matsumoto la empujó con gentileza para que siguiera al muchacho de cabello plateado el alma espabiló. Dar la primera respiración fue casi doloroso para ella, pero logró recuperarse en poco tiempo.
Durante el camino el capitán le dio una serie de indicaciones: primero se encontrarían con Rukia, procederían a ir al primer escuadrón a dar un informe a su Comandante y luego la instalarían antes de partir de nuevo al mundo humano.
— Oh, ¿en el Rukongai? ¿Nos asignan casas o algo así?— Preguntó con genuina curiosidad.
— No. Veremos si tu familia paterna está dispuesta a recibirte. — Aventuró el capitán.
Karin levantó una ceja.
— Ah, entonces tengo familia paterna.
— Los Shiba. — Matsumoto agregó. — El nombre original de tu padre era Isshin Shiba.
— He vivido una mentira toda la vida. — Se lamentó, frustrada.
— No todos los hombres estarían dispuestos a ceder su apellido. — Hitsugaya la censuró. — Mucho menos cuando vienen de un antiguo clan noble de la Sociedad de Almas.
Aunque no era algo que hablara con soltura, Toushiro había respetado profundamente a Isshin como su capitán, más allá de sus defectos. Y le guardaba afecto como el oficial que había sido acogido por él y lo había investido de respeto y camaradería.
— Paren, esperen ¿dijiste noble?— Inquirió y luego pareció repensarlo — No, sabes que, no me contesten. No quiero saber.
Estaba abrumada y los shinigamis lo sabían. Seguía siendo poco más que una niña, independientemente de cuán madura intentara mostrarse. Llegaron al cabo de poco, las puertas abriéndose lánguidamente y deslumbrándola con la luz del otro lado. Karin gimió, era la hora de la verdad. En definitiva, no había estado preparada para lo que le vino encima.
Le habían advertido sobre el posible dolor, pero no habían descrito la intensidad de éste. Fue como si una descarga eléctrica la hubiera atravesado ferozmente: se desplomó al suelo frente a los tres shinigamis. Rukia fue la primera en reaccionar y la tomó antes de que siquiera llegara a rozar la tierra bajo sus pies. Acunándola entre sus brazos, acomodó su cuerpo sobre ella. Karin lanzó un grito que cortó el aire.
Su cuerpo ardía, tiritaba y se agitaba. No podía controlar los espasmos que la recorrían y Rukia la abrazó con fuerza para tratar de calmarla. Gritó hasta quedarse sin voz por lo que pareció una eternidad, pero apenas fueron unos minutos. Se retorció bajo el firme agarre de la shinigami y se mordió el labio hasta sangrar a borbotones mientras ella le decía palabras tranquilizadoras.
Karin pateó el aire, se estremeció y el sufrimiento se fue tan pronto como había llegado. Sus miembros trémulos no tenían la fuerza para soportar su peso, de modo que se quedó un momento descansando sobre el regazo de Rukia.
— Tu reiatsu ya se estabilizó. — Le informó ella.
Oh, había sido eso.
— En un konso las almas no son conscientes de su transición y por ello no sufren esto, además… bueno, la mayoría de las almas no tienen tu reiatsu. — Explicó la shinigami, mientras la ayudaba a ponerse de pie.
Karin gimió, joder, sus músculos estaban exhaustos. Aceptó apoyar su peso en Rukia, quién no demoró en disculparse con ella por algo que, a ojos de Karin, no era su culpa. Estaba extenuada y quería saltarse todas las disculpas, formalidades, y demás y llegar a una cama cómoda para descansar. Pero su vida, o muerte, no iba a ser tan sencilla.
En defensa de los shinigamis, ralentizaron su paso para acompasarse al de ella. Karin admiró como todos los shinigamis que se encontraban rápidamente se inclinaban ante ellos en un formal saludo antes de mirarla con curiosidad. Bueno, se había muerto en un par de shorts y una playera; claramente llamaría su atención al manifestarse como una extranjera.
Los pasillos amplios, interminables e idénticos entre sí la llevaron a plantearse sobre la estética innecesariamente confusa del Seireitei. Cuando estaban ingresando a un sitio que le parecía un palacete oriental ella agradeció a Rukia por permitirle recargarse en ella y se irguió. Cansada, dolorida pero orgullosa ingresó a dónde supuso que se encontraría aquella persona que denominaban "Comandante".
Habría esperado a un shinigami de aspecto temible y fuerte, pero la recibió un anciano de larga barba blanca con un bastón de madera. Karin observó como todos se inclinaron ante él y como un pez fuera del agua se quedó de pie mirando a todos los demás con sorpresa. Si el anciano había considerado su comportamiento como una insolencia, lo pasó por alto.
— ¿Qué requiere traer un alma a mi despacho, Capitán Hitsugaya? — Inquirió, dirigiéndose al capitán pero observándola a ella.
Hitsugaya se puso de pie, mientras las otras dos shinigamis permanecieron inclinadas en una clara muestra de respeto. Karin pensó que quizá debió hacerlo también, pero temió no poder volver a ponerse de pie. Prefería pasar por irrespetuosa que por una debilucha.
— Esta persona es Karin Kurosaki.
— ¿Emparentada con Ichigo Kurosaki, entonces?— su subordinado confirmó.
Hitsugaya procedió a dar su informe, empezando por las batallas que se desarrollaron simultáneamente en toda la ciudad de Karakura. Describió los huecos, enumeró los arrancar concluyendo que eran demasiados en un primer momento. La señaló casi al final, cuando agregó que para cuando alguno de ellos pudo alcanzarla su cuerpo ya había sido separado de su alma por los ataques del hueco.
Un alma cuya cadena se había roto, estaba muerta.
—Kurosaki Ichigo solicitó que su hermana fuera escoltada al Seireitei. — Toushiro aclaró.
— Ya veo. Sin embargo no comprendo porqué accedieron a darle un trato diferenciado: las almas deben llegar aquí por medio del ritual konso. Pero ella ha llegado escoltada por no menos que dos miembros de este Seireitei a través del Senkaimon.
Hitsugaya podía sentir la reprimenda que se le venía encima, pero estaba dispuesto a aceptar las consecuencias del desacato a las reglas.
— No quiero ser irrespetuosa ni nada— Karin interrumpió. — Pero morí como una consecuencia de, bueno, una guerra de ustedes. Me mató un arrancar ¿Así era, no?
El comandante levantó una ceja y Toushiro maldijo internamente ¿todos los Kurosaki eran igual de irreverentes? Matsumoto apretó los labios para no reírse mientras Rukia suspiraba con resignación al mal genio de esa familia.
— Además, Ichi hizo un montón de cosas por ustedes y yo no vengo a modificarles en nada: me trajeron aquí de cualquier forma.
— Hay reglas en esta sociedad, señorita Kurosaki. — Recalcó el comandante.
No la había reñido, pero Karin sintió la autoridad aplastarla con una simple oración.
— Lo sé, pero no me parece algo tan grave. — Habló, aunque todo su instinto la llamaba a quedarse callada. — Sólo quería conservar mis recuerdos.
— Aceptaré las consecuencias, yo accedí a traerla. — Toushiro admitió, acallándola con la fuerza de su voz. — Fue mi incompetencia para manejar la situación lo que derivó en su fallecimiento prematuro.
— ¿Qué? ¡No! — Karin se opuso.
— Kurosaki Karin. — Llamó el comandante y ella se sintió súbitamente diminuta frente a ese hombre. — Los asuntos de este Seireitei no te competen, y no te ocuparás de ellos: discutiremos esto luego. Capitán: las almas ordinarias pertenecen al Rukongai.
Con esta declaración el anciano había dado por terminado el intercambio. El capitán se inclinó ante él y luego los tres shinigamis presentes se levantaron. Karin se dejó llevar hacia afuera con todo su cuerpo temblando por la fuerza de la presencia de ese hombre; la había dejado sin habla con la intensidad de su última proclamación. Rukia la guió fuera y le frotó los brazos buscando consolarla.
— No vuelvas a dirigirte con tan poco respeto a una autoridad, Kurosaki. — Hitsugaya la amonestó, volviendo hacia ella sus ojos gélidos. — El comandante tiene razón, debes reconocer cuales no son tus batallas. Matsumoto.
— Yo me encargo, capitán.
Karin quiso discutir, reñir sobre su exceso de rigorismo y lo inútil que éste era. Pero no tuvo oportunidad para ello: apenas terminó de hablarle el capitán de cabello plateado volvió a ingresar al palacete. Las puertas se cerraron detrás de él con un ruido sordo y ella maldijo por lo bajo: no quería que nadie tuviera que pagar por algo tan nimio ¡Si de todos modos estaba allí, maldita sea!
— Aquí las cosas son distintas, Karin. — Rukia mencionó procurando calmarla. — El capitán no pretendía reñir contigo, sino aconsejarte: los rangos aquí son muy importantes.
La muchacha cerró los ojos y llevó su cabeza hacia atrás. Al abrirlos su único pensamiento era que el cielo era igual de azul del otro lado. Molesta por la situación, abochornada por la reprimenda, y con muy mal ánimo siguió a las dos shinigamis de nuevo hasta la muralla de dividía el Seireitei del Rukongai. El lugar era inmenso y parecía no tener fin, pero lo tendría, supuso.
Matsumoto no perdió el tiempo y comenzó su parloteo con la clara intención de aliviar el ambiente, pero la menor no tenía ningún tipo de deseo de participar en la charla. Rukia pensó que era mucho por un día y se apresuraron al sector oeste, donde previamente había ubicado la casa de lo que quedaba del clan Shiba.
Así que estaban emparentados después de todo, se dijo, pensando en Kaien.
— Bueno ¡Hemos llegado! — Animadamente, Matsumoto señaló.
Ay, no.
— Por favor diganme que no es cierto. — Rogó Karin al ver el aspecto de la casa.
Rukia se rió nerviosamente a su lado, no podía culparla después de todo. Kukaku Shiba no era conocida por pasar desapercibida precisamente. Fuera del edificio con sus puños sosteniendo un cártel indicativo, por si hacía falta, había un pequeño grupo de jabalíes dando vueltas. La muchacha gimió, pero siguió a las dos mujeres que la acompañaban hasta la entrada dónde dos sirvientes las saludaron.
— Venimos a ver a Kukaku. — Mencionó Matsumoto tras saludar cordialmente.
Los sirvientes los guiaron dentro, donde Matsumoto rápidamente se presentó a sí misma y a sus acompañantes; para extenderle inmediatamente una carta a su anfitriona.
Kukaku resultó ser una mujer de apariencia llamativa y exuberante, que se encontraba cómodamente recargada sobre unos almohadones mientras fumaba una pipa. Era el tipo de persona que era difícil dejar de mirar: su aspecto extraño pero femenino y rudo a la vez la desconcertó. Karin se acercó y la saludó con un respeto que extrañó a sus acompañantes.
¡Pero si hacía poco le había contestado groseramente al mismísimo Comandante General!
— ¿Y tu eres, cría?
— Karin Kurosaki
— ¡Ajá! ¿Hermana de Ichigo? — adivinó la mujer, sonriendo.
— Exactamente — Matsumoto asintió sonriendo. — Hija de Isshin.
Se hizo el silencio. Kukaku se levantó de su sitio sentándose apropiadamente con las piernas cruzadas y levantó una ceja; abrió la carta y procedió a leerla imaginando su contenido. Al terminar, sonrió socarronamente y observó a la niña frente a ella con curiosidad renovada.
— Eso explica mucho ¿Y por qué la trajeron precisamente aquí? ¿Quieren entrenarla también?
Los ojos de Karin brillaron.
Entrenarla, dijo ¿Cómo no lo había pensado antes? Por supuesto que podría entrenar aquí, fortalecerse y dejar de depender de los demás. La motivación ardió en sus ojos oscuros y Kukaku reconoció ese brillo.
— Me morí. — Resumió Karin, a pesar de que quería agregar mucho más que sólo eso.
— Ese cabrón. — Insultó Kukaku, refiriéndose a Isshin — Tener hijos que no puede cuidar sin pensar en las consecuencias.
La mujer escupió el humo de su pipa hacia arriba y luego se dirigió a sus tres invitadas.
— Entonces eres una Shiba.
— Soy una Kurosaki. — Rebatió, aunque su tono se mantuvo calmado.
— De nombre Kurosaki, de sangre Shiba. — Kukaku aceptó, complacida. — Si te quedás aquí trabajarás, nada es gratis. Respetame, no causes problemas y estaremos bien.
Rukia y Rangiku sintieron el alivio colmarlas cuando Kukaku aceptó a Karin. Entre ellas quedamente habían discutido qué hacer si la mujer Shiba por cualquier razón se negaba a acogerla en su hogar. En el peor de los casos, pensaron, Matsumoto podría llegar a ofrecerle un lugar transitoriamente.
Kukaku había observado con tanta fijeza a Karin que la había llegado a incomodar. Pensó que estaba midiéndola, pero en realidad Kukaku estaba sorprendida de que la hermana de Ichigo fuera quien heredara el aspecto de su clan. Con el cabello negro lacio pero salvaje, los ojos azabaches, la piel blanca y los miembros largos. Sí, Karin era en definitiva hija de su tío Isshin. Le faltaban las pestañas inferiores, pero algo debió heredar de su madre, supuso.
— Gracias por recibirme. — Respetuosamente, se inclinó.
— A mí no me van las formalidades, cría. — Advirtió. — Soy Kukaku, puedes llamarme por mi nombre o referirte a mí como "tía", me da igual.
Ella se levantó y con una sonrisa feroz declaró:
— Ahora, necesitarás ropa.
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Rangiku y Rukia la dejaron con Kukaku poco después, bajo la promesa de mantenerla informada de lo que ocurriera y visitarla cuando les fuera posible. La experta en fuegos artificiales se acercó a la muchacha y se apoyó en la pared junto a la puerta. Karin se volteó para encontrarse con ella. Si bien la había recibido, eran completamente extrañas más allá del ligero parecido entre ambas.
— Mi hermano no está, te lo presentaré eventualmente. — Kukaku le informó. — Ahora, ven: veamos si algo de mi vieja ropa te queda.
Las siguientes semanas la muchacha las pasó con una extraña sensación de vacío y melancolía. Supuso que ese era el precio de mantener sus recuerdos: soportar el anhelo y el desarraigo. A pesar de su aspecto exigente, la líder de la familia había respetado sus tiempos y entendió que estaba tan de duelo por su muerte como lo estaría su familia del otro lado. Con el conocimiento de una guerra que estaba al borde de desembocarse, Karin tenía la cabeza llena de preocupaciones que deberían ser ajenas a una preadolescente.
Las tardes pasaron con tranquilidad, como lo eran en su mayoría. Ganju dejó a Bonnie andar a su gusto cuando llegó a su hogar tras algunas semanas de buscar provisiones para los fuegos artificiales. Entró a la casa para comunicarle a su hermana felizmente que había cumplido con su encargo con toda dedicación, y se encontró con una muchachita a mitad del pasillo.
— ¡Ahhhhhh! — Chillaron ambos.
Karin hizo malabares para no dejar caer la bandeja con la tetera que traía entre manos y casi dio otro brinco cuando un jabalí metió el hocico detrás del extraño que había entrado como dueño de casa.
— ¡Qué te pasa, mira por donde vas!— Karin apuntó, depositando la bandeja sobre la mesa redonda dónde normalmente bebía té con Kukaku.
— ¡Esta es mi casa! ¿Quién eres tú, mocosa?
Karin se volvió hacia él con las manos en la cintura, una postura "de jarra" que había tomado de Yuzu, y levantando el mentón, contestó:
— Karin Kurosaki, ¿tú eres…?
— ¿Kurosaki, dijiste? — Ganju se inclinó para verla más de cerca, logrando que Karin frunciera el ceño. — Yo soy Ganju Shiba, ¿estás relacionada con Ichigo?
— Está relacionada con nosotros, también. — Kukaku interrumpió bruscamente, saliendo hacia el pasillo donde estaban y logrando que a ambos se les erizara la piel. — Así que llevense bien ¿Entendido?
Aunque había sido una pregunta, la orden había resonado entre dientes. Un segundo más tarde, estaban estrechando sus manos con un quedo "mucho gusto".
Y así, el clan Shiba tomó un nuevo miembro.
