Las flores también arden

Disclaimer: Bleach no me pertenece, bienvenidos a mi momento creativo.

Capítulo tres: Arrebol

El olor a pólvora le era tan natural que su sentido del olfato casi lo anulaba. La confección artesanal de fuegos artificiales era un arte para el disfrute ajeno que llevaba mucho tiempo de preparación puertas adentro; y el aroma a explosivo se impregnaba en el taller donde eran fabricados así como en las manos de sus creadores.

La preparación y venta de los fuegos artificiales era el "negocio legal" de los hermanos Shiba; y Karin pronto tomó interés en ellos. Ganju había sido su principal maestro y había ocupado sus horas de lamentación por su propia muerte con enseñanza y práctica.

El menor de los hermanos Shiba no era quizá el más avispado de la familia, pero en definitiva era empático y pronto se encariño de la huraña Kurosaki. El principio de su relación había sido poco menos que tormentosa; peleando y desafiándose apenas Kukaku desviaba la mirada. Pero Ganju apreciaba su carácter directo, actitud positiva y buena disposición para aprender.

Como alumna Karin se había destacado por su rapidez de aprendizaje y a la vez, había renegado de ella por pretender saltar a la práctica demasiado pronto. Eso les había valido más de un estallido accidental, y varías reprimendas de la líder. Karin parecía compartir el arrojo y arrebato de su hermano mayor a la hora de ejecutar nuevas técnicas. Demasiado ansiosa por demostrar su valía había sacado de quicio a su maestro en tantas oportunidades que casi se hizo una rutina.

—¡Es demasiado pretencioso y aún no manejas bien las proporciones! — Le riño Ganju, golpeándola en la cabeza para enfatizar su punto. — Demasiado sodio tapará el efecto del estroncio y entonces tendrás una cosa horrenda anaranjada.*

—¡Que no! Puse suficiente cobre entre ambos para que no se mezclen entre sí. — Discutió, ceñuda. — Eres muy poco creativo ¿Sabes?

—¡¿Ahhhh?!

Finalmente, decidieron ponerlo a prueba. Karin anudó su falda para ocuparse cómodamente de la colocación del fuego artificial en una pequeña loza de piedra grisácea que usaban para esos fines. Con las piedras de sostén bien ubicadas y la mecha expuesta como era debido, buscó los cerillos entre los pliegues de la cintura de su falda. Encendió la mecha con rebosante confianza y retrocedió hasta dónde Ganju la esperaba.

Un silbido agudo precedió al estallido de colores: una flor de fuego de amarillo, morado y rojo. Karin se volvió a ver a su compañero con una sonrisa de satisfacción y burla en el rostro

—¿Que el cobre iba a tapar al estroncio, dijiste? ¡Tenía razón sobre el morado como color de transición!

Ganju gruñó.

—Sí, pero no está parejo.

—Por supuesto que no está parejo, si no dejabas de interrumpirme.

—Sólo los pusilánimes ponen excusas para justificar su mal trabajo.

—¡¿Cómo me llamaste?!

Dieciséis años juntos como hermanos no habían sido suficientes para que dejaran de pelear como niños, se irritó Kukaku. Exhaló el humo de su pipa y contempló desde su lugar en el umbral de la puerta, la pelea absurda que desarrollaban su hermano y protegida. Dio una larga pitada antes de acercarse a ellos.

—Bueno, parece que estás lista para colaborar en los fuegos artificiales de la conmemoración de este año. — Anunció. — Prepara diez de tus mejores diseños, chica.

Los ojos de Karin brillaron para acompañar su flamante sonrisa. Asintió y dio un casi imperceptible brinco de felicidad que acompañó con una sonrisa desafiante. Que Kukaku aprobará la calidad y estética de sus productos era todo un hito: le había permitido presentar su manufactura dentro de los servicios de entretenimiento y eso significaba el mundo para ella en ese momento. Se volvió hacia Ganju y tirando de uno de sus ojos hacia abajo se burló de él riendo como una niña pequeña.

Ganju giró los ojos, pero le sonrió.

— Felicidades, mocosa.

Karin levantó la mano para un choque de palmas y sintió un conocido reiatsu acercarse a ellos. Se disculpó y fue hacia la casa a preparar algo de té; Rukia llegaría en un par de minutos si se mantenía al mismo ritmo.

La preparación de fuegos artificiales no había sido lo único que mejoró en sus años como alma, también estaba orgullosa de poder presumir que su té era más que sólo decente. Yuzu habría estado incrédula y orgullosa a partes iguales de poder enseñárselo. La muchachita sonrió con tristeza. Para ese momento Yuzu ya tenía una profesión como maestra y su propio parvulario. Resultaba extraño pensar que en un parpadeo habían transcurrido dieciséis años. Cumpliría veintinueve pronto y su cuerpo en general delgado ya avistaba las curvas de la pubertad. Atorada en sus generosos catorce años biológicos empezó a comprender la idea de que el cuerpo y el alma llevaban tramos distintos de maduración.

—¿Podrías sacar la mesa ratona al pasillo exterior por mí, Ganju? — Pidió, mientras seleccionaba algunas de las golosinas favoritas de Rukia para acompañar el té y las colocaba en la bandeja.

Como predijo, salió de la cocina hasta el pasillo exterior con la bandeja en mano cuando Rukia llegaba desde el Seireitei. Karin se tomó un momento para depositar la bandeja en la mesa, asentir a Ganju en agradecimiento y sacudirse rápidamente la falda antes de sonreírle a su visitante.

—¿Cómo va, Rukia?

—Que lindo verte, Karin… ¿hueles a pólvora?

—Y azufre, también. Lo siento, no esperaba que vinieras hoy. — Confesó, sacudiendo de nuevo su falda. — Siéntate, Hoganehiko preparó tus galletas favoritas ¡Estás de suerte!

Rukia se rió y tomó una de las galletas que le ofreció Karin con hospitalidad.

—Rangiku quería venir, pero con los preparativos de la conmemoración descuidó sus deberes como teniente y el Capitán Hitsugaya la tiene bajo amenaza. — Bromeó.

—¿Amenazada con qué? Debe ser grave para que no se escape esta vez.

Rukia sonrió malévolamente.

—Oh, bueno. Amenazó con congelar su reserva de sake, en la oficina.

Ella levantó una ceja.

—Pero el sake no se congela, es alcohol. — Racionalizó.

—No tientes a el capitán Hitsugaya, congelará lo que deba congelar.

Karin se rió, imaginándose la escena. Con Rukia como capitana después de la guerra sus visitas a la Kurosaki más joven se habían reducido debido a sus deberes apremiantes. Sin embargo, con un teniente tan eficiente como Kotsubaki y siendo ella misma una persona diligente, Rukia rara vez se encontraba realmente atrasada con sus tareas. Eso mismo le concedía cierto tiempo libre de vez en cuando.

—No has traído a Ichika— Mencionó.

—Renji está con ella, practicando con la espada. — Rukia farfulló, evidentemente sentida al respecto. — Usualmente lo hace conmigo, pero Renji insiste en que debe practicar con oponentes más grandes que ella de vez en cuando.

Karin suprimió la sonrisa que amenazaba con salir.

—Así que has sido relevada— Concluyó. — Al menos siempre podrás presumir sobre sus habilidades en Kido.

Eso pareció devolverle el buen ánimo a la shinigami, quien pronto comenzó a presumir de los avances de Ichika como la madre orgullosa que era.

—¿Cómo está Kazui? — Preguntó.

—Oh, sí ¡Inoue te manda unas fotos! — Recordó, sacando un sobre de papel madera de entre sus ropas.

Karin las tomó con anticipación. Era tan extraño que su sobrino ya tuviera trece años, si la viera ahora asumiría que tenían la misma edad.

—No entiendo muy bien cómo es que Ichika crece a un ritmo humano y nosotras seguimos igual. — Karin mencionó, mientras pasaba las fotos de su familia y sobrino. — Ah ¡este es el novio de Yuzu!

—Sí, se casan a final de este año. — Rukia le informó.

—Qué tipo tan suertudo. — Afirmó, felizmente. — Vaya, a lo mejor pronto tenga más sobrinos.

—Sí, con suerte. Aunque sé que consideras a Ichika como tal. — Afirmó.

—Sí, aunque ahora que es casi tan alta como yo se pone rebelde.

Rukia sonrió.

—Las almas nacidas en la sociedad de almas envejecen diferente: crecen hasta la edad dónde su cuerpo mejor maneja su reiatsu y es diferente para cada uno, a partir de allí su envejecimiento toma un ritmo más lento. — Rukia le explicó.— ¿Kukaku nunca te lo dijo?

—Más o menos. — Karin contestó, sirviendo el té. — Mi cuerpo sí que ha crecido un poco. Mi crecimiento eventualmente se ralentizará incluso más, tengo entendido.

—Toma como ejemplo a la teniente Ise o al mismo capitán Hitsugaya. — Ella señaló. — Se convirtieron en shinigamis muy jóvenes; sus cuerpos no pueden soportar toda la potencialidad de sus reiatsu y allí hay dos opciones.

Karin escuchó con atención.

—Al menos es lo que los Capitanes Kotetsu y Kurotsuchi arribaron: el caso de Nanao Ise en donde su cuerpo limitó la maduración de su reiatsu hasta llegar a una edad apropiada; y la del capitán Hitsugaya cuyo reiatsu y Zampakuto forzaron su cuerpo a madurar.

—Oh, me parecía mayor cuando vino la última vez pero es un tema sensible para él y preferí no preguntar. — Comentó la menor burlándose un poco y partiendo una galleta que llevó a trozos a su boca. — Así que básicamente le están dando tiempo a Ichika a madurar para que no limite su desarrollo ni fuerce su cuerpo.

—Exacto, eventualmente su crecimiento acelerado se detendrá y será tiempo de tomar su lugar en un escuadrón. De momento, seguirá en entrenamiento.

—Debe estar apurada por crecer.

—¿Como todos a esa edad, no?

Karin sonrió; para cuando ella misma había cumplido trece años llevaba algunos meses asentada en la sociedad de almas y en el pleno conocimiento de que su cuerpo no envejecería al mismo ritmo que en Karakura. De modo que se encogió de hombros ante su falta de opinión al respecto. Ichika no estaba especialmente interesada en alcanzar la madurez en sí, sino en acceder finalmente a un escuadrón: era el sueño de la muchachita.

No es que con la madurez física vinieran mejores cosas, salvo la adquisición de fortaleza física y un cuerpo con suerte más estilizado. Pero no era una cuestión excluyente: Ichika como ella misma disponían de un físico privilegiado, contextura atlética y un dominio espiritual excelente.

En primer lugar esta condición física les jugaba a favor en el entrenamiento con la espada; dado que un cuerpo coordinado, fuerte y ágil daba facilidades en el manejo de las armas. Ella misma daba fé de eso. Por otro lado, a diferencia de su hermano y siempre bajo la guardia de Rukia, Karin había demostrado no limitarse a un buen desempeño físico sino en ser bastante diestra para el Kido y otras artes espirituales.

Rukia la puso al día sobre las novedades del Seireitei y su vida privada, y luego se volcó en ella. Karin bufó: estaba segura que ya le había llegado el chisme sobre ese pobre muchacho de la feria del distrito tres dónde solía acompañar a Ganju a comprar provisiones para los fuegos artificiales.

Se llamaba Taiju y era un joven amable a pesar de su físico intimidante. Se desempeñaba como encargado, despachando los productos y revisando frente a los clientes el estado de la mercancía antes de sellarla y empaquetarla. Karin era quien tenía como responsabilidad chequear que el estado de la compra fuera óptimo mientras del otro lado de la tienda Ganju pagaba. El proceso demoraba varios minutos dependiendo de cuánto comprarán en cada oportunidad; y Karin podía ser bastante parlanchina cuando estaba en confianza.

Tras varios años conversando con el joven mientras revisaban la mercadería y él la despachaba, Karin había entablado con él una cierta camaradería que se había acentuado en el último tiempo como una cliente regular. Era fácil hacer amistad con Taiju: tenía la sonrisa siempre al borde de las comisuras y un humor burbujeante y contagioso. Además, era simpático y afable.

Todo fue bien hasta que una mañana lo encontró particularmente incómodo. Tenía más de diez años frecuentando su negocio y nunca le había visto tan torpe; le llamó la atención poderosamente que el siempre desenvuelto y desenfadado Taiju repentinamente se comportara de manera nerviosa. Karin le había preguntado con sincera preocupación al respecto sólo para que un instante luego la invitara a salir con una formalidad que la sorprendió. Se había quedado sin palabras y titubeando, buscando una manera suave y educada de rechazarlo. Había sido muy incómodo a decir verdad.

Ya era el segundo.

¿Por qué los muchachos se confundían de esa manera sólo porque era amable? Ganju se había burlado de ella hasta el hartazgo esa tarde pero luego se acercó asumiendo su autoproclamado rol de primo mayor.

—Te advertí que le estabas dando demasiado lugar. — Le recordó.

—Sólo era amigable con él, hacía preguntas ordinarias y todo eso. No estaba intentando ligar. — Le gruñó, fastidiada. — Ahora será incómodo ir a buscar los minerales.

—Si te muestras tan… uh, "amigable"; y eres guapa, pues no lo culpo por intentar. A lo mejor pensó que podía, no sé, conquistarte o algo así. — Ganju se encogió de hombros, como si no se hubiera estando burlando de ella hasta hace poco. — Ese chico no sabe de lo que acaba de salvarse, pobre criatura.

Karin lo golpeó en el hombro. Al menos este chico no le había sacado en cara que ella hubiera sido una "coqueta". Taiju se había limitado a asentir con un aire de pena y asegurarle que estaba todo bien, que no se preocupase.

Tras su segunda taza de té Rukia claramente sacó el tema, Karin por supuesto que rehuyó de él hasta que se encontró arrinconada por la shinigami ¿Cómo llegaban a ella los eventos? Era un misterio.

—¿Por qué no aceptaste? Pensé que te agradaba. — Rukia preguntó, devorando una confitura. — ¡Oh, no me digas! ¡Te gusta alguien!

—Lamento que mi falta de vida amorosa te decepcione, pero no: lo rechace porque simple y sencillamente no quería salir con él. Iba a volver las cosas muy incómodas.

—A veces la amistad deriva en amor; basta con mirarme. — Se señaló a sí misma.

Karin tomó la última galleta bajo la protesta de Rukia y la engulló velozmente sólo para fastidiarla.

—Eres una chica rica, deja de llorar por un postre. — La riñó. — Vale, sí: pero no me gusta el chico y ya.

—Tampoco te gustaba el otro chico ¿Cómo se llamaba…?

—¿Takeru? Uh, pues no: muy remilgado para mi gusto. — Karin confirmó con una mueca. — Pasaron años de eso, no pensé que lo recordarías.

—Tienes una vida sentimental escasa, es fácil de recordar. — Se mofó.

—Lo dice la que se casó con su amigo de la infancia, ¿no eras virgen cuando te casaste o algo así? — Ella le sacó la lengua.

Rukia se rió de nuevo.

—Eres cruel, pero sincera. — Reconoció la mayor.

Las visitas de Rukia eran las favoritas de Karin. Ella era educada pero graciosa y había sido la primera en ofrecerse a enseñarle Kido. Kukaku la había instruido en el manejo de su reiatsu y la fluctuación del mismo a través de su cuerpo. Gracias a eso había logrado manejar el shunpo con facilidad una vez que entendió la teoría de la acumulación de energía en sus pies.

El kido había sido harina de otro costal, y Kukaku no tenía la paciencia suficiente, declaró ella misma. Hitsugaya estaba en una de sus cuatro o cinco visitas anuales ese día y trás escuchar a Kukaku reñirla le sugirió que buscara en Rukia una maestra. Siguiendo las palabras del joven capitán "Kuchiki es una de las shinigamis más hábiles en lo que respecta a kido, quizá pisándole los talones a la teniente Hinamori."

Hábil era, sin ninguna duda. En adición sus capacidades como maestra superaban con creces las Kukaku, quién afirmaba que le faltaba estudio. Y tenía razón, la había condenado Rukia.

El shunpo había sido pan comido para ella, el kido por otro lado fue su primera gran dificultad. Rukia la consoló diciendo que había gente que nacía sin talento para el Kido como su hermano o Renji, y gente que podía desarrollarlo con la suficiente práctica. Para su buena fortuna, Karin se caracterizaba por ser terca como el infierno.

Rukia empezó por lo más básico y luego fue subiendo de escala: el trabajo de Kukaku enseñándole el manejo del reiatsu y supervisando sus prácticas cuando Rukia no podía ir a verla fue vital. Karin podía afirmar orgullosamente que su kido estaba bien. No era la gran cosa, pero podía defenderse.

Sus mejores técnicas se abocaron a la curación, ya que lo había considerado primordial. Podría defenderse con la espada, ¿pero curarse?

Rukia había estado de acuerdo con ella y se habían enfocado en el kido medicinal. La mayor había estado visiblemente sorprendida de lo bien que podía manejar la energía para curar; ya que representaba una complejidad superior al kido defensivo. La capacidad de neutralizar la energía hasta depurarla, extenderla sobre el paciente y obligarla a introducirse en su sistema ajeno era algo que tomaba años dominar y mejorar. Karin podía sanar heridas de mediano daño con excelencia.

Rukia se lo había comentado a la capitana Kotetsu: eventualmente Karin decidiría integrarse al Seireitei y necesitaría un escuadrón. El cuarto podría perfectamente aprovechar sus habilidades. El suyo también, se recordó.

—¿Cómo va tu meditación? — Preguntó Kuchiki.

Karin evitó su mirada.

—No has meditado en lo absoluto ¿Verdad?— Rukia suspiró. —Así nunca desarrollarás una conexión con tu zampakuto.

—Ella me hablá, ocasionalmente. Es como un murmullo al final de mi cabeza. — Karin confesó, mirando a la distancia. — He estado muy ocupada, me cuesta concentrarme.

Rukia no se lo tragó. Rangiku le había mencionado al pasar que Karin daba la impresión de estar evitando la meditación, casi como si estuviera ocultando algo. La capitana había aprendido a darle crédito a las intuiciones de Matsumoto, quién solía ser muy exacta cuando se lo tomaba con seriedad.

—Lo estás evitando.

Karin se mordió el labio. Sí, lo estaba evitando. No contestó la acusación y su acompañante prefirió no insistir. La menor de los Kurosaki sabía a ciencia cierta que dado que podía controlar su poder espiritual no constituía un peligro para sí misma ni para otros, por eso mismo no la había orillado a la academía shinigami cuando su poder espiritual se había marcado a sí mismo como de gran porte.

Las pocas veces que había accedido a su mundo interior su Zanpakuto no se había dignado a aparecer. Podía sentirla, por supuesto, pero parecía determinada a no dejarse ver. Frustrada, Karin decidió dejarlo por un tiempo para inclinarse por su trabajo como artesana de fuegos artificiales.

—Kukaku me dio el visto bueno: incluirá mis creaciones para abrir el espectáculo de fuegos artificiales en el festival por la conmemoración. — Cambió de tema, felizmente.

—Eso es estupendo, eso te da poco más de un mes para preparar todo.

—¡Serán inolvidables, ya verás!


Fue estresante.

Karin había dedicado su tiempo a crear sus mejores obras las siguientes tres semanas. Cuando finalmente estuvo satisfecha y Kukaku aprobó los productos finales se encontró repentinamente sin nada por hacer. En su afán de acabar, se había adelantado sin quererlo.

—Tómate unos días libres, el día del festival Ganju se hará cargo. —Kukaku le sugirió.

No manejaba muy bien el tema de los días libres, tendía a aburrirse como una ostra que no tenía nada más que hacer sino contemplar su propia existencia. Los sirvientes la expulsaron de la cocina con un par de galletas en las manos para que fuera a hacer "lo que sea que las señoritas hacen en sus días libres". No tenía ni idea de qué era eso, al parecer ellos tampoco.

Decidió salir y dar una vuelta aunque fuera con el único fin de mantenerse en movimiento. Se vistió con un conjunto que había heredado de Kukaku, como la mayoría de su ropa, y se ató el cabello en una cola de caballo alta. Extrañaba las ligas para el cabello, pero con el tiempo había aprendido a arreglárselas perfectamente con un lazo. El toque de color en su cabello oscuro constituía su única vanidad.

Sandalias atadas y con un poco de dinero entre los pliegues de la cintura de su falda se encaminó al Rukongai. Llevaba poco tiempo caminando cuando un reiatsu conocido se acercó a ella. Karin había estado recorriendo algunos de los puestos del mercado cercano en búsqueda de algunos lazos nuevos para su cabello: tendían a arruinarse con el tiempo.

—Toushiro, no esperaba verte sino hasta después de la conmemoración. — Mencionó, levantándose de su lugar acuchillado frente a un mantero. —¿Rangiku se está comportando, supongo?

Tal y como lo había dicho Rukia, su cuerpo se había adaptado a pasos agigantados para poder dar lugar a su energía espiritual. Si bien distaba todavía de la forma adulta que fungía en pleno uso de su bankai, ya no podía encontrar los rasgos aniñados en su rostro bronceado. Cuando se irguió pronto se dio cuenta de un detalle que había omitido en su última visita: su estatura.

El fugaz pensamiento de "estudiante de primaria" pasó por su mente a toda velocidad, pero procuró no reírse ante el recuerdo.

—No tanto como me gustaría. — Reconoció, omitiendo la falta de su título.

A lo largo de su tiempo con la familia Shiba, Toushiro Hitsugaya había visitado en múltiples oportunidades a la hija menor de su antiguo capitán. Lo había hecho por principios, al sentirse responsable de su prematuro fallecimiento, así como por honor: le había dado su palabra a Isshin Shiba sobre cuidar y vigilar a Karin.

Luego de ganar la guerra y recuperarse adecuadamente de sus heridas había cumplido con su promesa: acudió a verla. Karin había lucido exhausta aunque compuesta; entendía sobre los daños sufridos y el costo de la victoria.

Corroborar que se había adaptado a su nueva familia le ofreció alivio al capitán de alguna manera. Parecía perdida en algunos temas, pero en términos generales había sobrellevado su muerte sin mayores altercados. Hitsugaya estaba sorprendido sobre lo feliz que se había mostrado ella al verlo, y la transparencia de su emoción.

"Tenía miedo de que no pudiera volver a verlos", había murmurado para luego agradecerle por volver con vida.

Kurosaki tenía sus sentimientos a flor de piel siempre, era abierta sobre su forma de pensar y las emociones que todo le producía. Era honesta como pocas personas y constituía algo refrescante para sí mismo. La encontraba fiel a sí misma, sincera y alegre. Y eso estaba bien, era justo lo que debía ser.

Con el tiempo había apreciado la madurez llegar a ella. Había abandonado las formas irreverentes, aunque seguía siendo furiosamente directa, y se había transformado en una versión suya más medida. Sin embargo, reía por cualquier tontería y se distraía con facilidad: eso no había cambiado con los años. Seguía fresca y rebelde.

Y por supuesto seguía sin referirse a él como un capitán.

Toushiro había pensado que su cambio físico lograría que quienes tenían alguna dificultad en observarlo como el capitán que era por su apariencia lo hicieran finalmente. Había sido algo positivo resultante del cambio en su cuerpo que tantos dolores de cabeza le había dado: su forma más infantil le evitaba muchos problemas y estaba más que cómodo en su piel en su momento. Ya no lo estaba.

La capitana Kotetsu le había advertido al respecto cuando todavía se desempeñaba como teniente: forzar su bankai implicaría someter a su cuerpo a una carga de poder imposible de soportar y cuyos efectos a largo plazo eran imprevisibles. En medio de una guerra no le habría importado morir a cambio de vencer, eran guerreros después de todo. No contaba con sobrevivir y que su cuerpo finalmente le pasara factura.

Cuando acudió al cuarto escuadrón para una revisión poco después del primer año desde su victoria por dolores corporales nada pudo prepararlo para el veredicto de la capitana: "Está creciendo, lo que siente no son otra cosa sino dolores de crecimiento."

Su cara debió ser un poema porque se había apresurado a explicarle al respecto y teorizar sobre el abuso de su bankai en el campo de batalla como una posible causa fuente. Entonces creció, y fue un auténtico dolor en el culo.

Le dolían los malditos huesos todo el día y durante la noche. Se había vuelto torpe, incapaz de medir los espacios correctamente con su cuerpo desgarbado: derramar el té por tratar de tomar la taza a ciegas se había vuelto su rutina.

Matsumoto había procurado que viera el lado bueno de todo ello, que limitaba a "¡Será muy popular con las chicas!", lo cual no le suponía ningún tipo de consuelo.

Un paso por la pubertad y adolescencia debía tomar varías décadas para completarse a un ritmo natural, estimando un año físico por cada tres o cuatro espirituales dependiendo de cada caso puntual dado que no existía algo así como una escala al respecto. Él ya llevaba más de quince años en esa tortura. Al menos los dolores habían mejorado sustancialmente, y con entrenamiento había logrado recuperar algo de gracia en sus movimientos.

Karin le sonrió desde su lugar en el camino de compras. Supuso que ella debía estar transitando su propio camino al respecto.

—A eso le llamo yo un estirón. — Bromeó ella. — Ah, yo seguiré siendo una cría unas décadas más.

—No es algo para envidiar. — Gruñó.

Ella se encogió de hombros y siguió caminando, asumiendo que él la seguiría. Efectivamente, Toushiro caminó a su lado mientras observaba a la muchacha analizar los puestos a sus costados.

—¿Buscas algo en particular? —Preguntó, extrañado de verla rebuscando entre puestos de accesorios y maquillajes que nunca la había visto usar.

Bueno, tampoco pasaba tanto tiempo con ella y claramente era una mujer y era libre de desarrollar aprecio por esos enseres.

—Lazos para el cabello, pero no encuentro del tono de rojo que me gusta — Respondió, haciendo un mohín. — Me acostumbre al cabello largo, pero llevarlo suelto puede ser muy incómodo.

—Uhmm. — Asintió, sin saber qué agregar a la conversación.

No fue necesario mucho más, pues Kurosaki se hallaba bastante cómoda con él y comenzó a conversar sobre temas fútiles como el festival que se acercaba, su trabajo como artesana y sus progresos con el kido.

Al cumplirse los diez años de la victoria, y con el Seireitei casi completamente reconstruido, el capitán comandante había dado el visto bueno a una propuesta de los primeros sectores del Rukongai: una celebración conmemorativa para recordar a los caídos. Lo cierto era que con el tiempo se había convertido más en un festival que en una celebración conmemorativa. Karin estaba contándole sobre los diseños de fuegos artificiales que presentaría ese año cuando fue interrumpida.

—Karin — La llamó un joven.

Por un instante breve el capitán observó a la muchacha incomodarse, tensar los hombros y un segundo luego recomponerse como si nada hubiera pasado. Le llamó la atención y se volvió junto con ella hacia el hombre joven que se les acercó. No pareció darle una segunda mirada, enfocándose en la morena frente a él.

—¿Cómo has estado? — Preguntó el joven.

—He estado bien, trabajando mucho. — Pareció excusarse, luego volvió sus ojos a su acompañante.

Taiju siguió su mirada. Vestido con ropas sencillas pero a simple vista costosas estaba un joven casi tan alto como él de cabello plateado y tez bronceada; pero de complexión más joven y delgada. Hitsugaya les había dado algo de espacio y fingió no darse cuenta del escrutinio al que fue sometido por el muchacho.

—¿Estoy interrumpiendo algo?— Dudó.

Karin ladeó la cabeza en un claro signo de confusión antes de negar nerviosamente. Ella era consciente de las miradas curiosas de los mercaderes y tendederos. El supuesto "ir y venir" de Taiju y ella era la novela favorita del mercado del tercer distrito del Rukongai Oeste para su mala fortuna. No necesitaba convertirlo en un falso triángulo amoroso y meter de imprevisto al taciturno capitán en ello era una pésima idea.

Taiju asintió con cierta desconfianza y luego sacó un paquete del bolsillo de su camisa para ofrecerselo a Karin. Ella tomó sus manos juntas en lugar de extenderlas como el moreno había pretendido.

—No me parece apropiado aceptar un obsequio de tu parte, Taiju.— Comentó con toda educación, sintiéndose observada. — Ya decliné tu invitación a una cita…

Hitsugaya se avergonzaría de reconocer que prestó atención a sus palabras, aunque se excusaría en que su único objetivo era evitarle a Karin un mal momento al entrometerse de ser necesario.

—Me precipité el otro día. — Reconoció. — Por favor; tómalo.

Maldita sociedad de almas con sus tradiciones arcaicas y su modo de vida rigurosamente tradicional. En su mundo podría haber aceptado ese regalo como una disculpa y sería más que suficiente para dar el asunto por zanjado y retomar su buen trato. Pero Rukia le había explicado sobre las implicaciones entre líneas de aceptar un presente de alguien que ya había extendido sus intenciones con ella.

De habérselo dado como un amigo, quizá podría haberlo aceptado sin complicaciones.

¿Todo tenía que ser tan tergiversado?

—Ella ya ha rechazado tu propuesta. — Toushiro interrumpió, tajante. — Al insistir, la pones en una situación difícil.

Taiju se volvió hacia él, Hitsugaya se había acercado hasta acabar detrás de Karin; quién pudo ver a la gente observarlos fijamente. Sí, no necesitaba eso. Ya casi podía oír chismes en su cabeza al respecto. Toushiro se cruzó de brazos detrás de ella emitiendo un aura de autoridad que le seguía donde quiera que fuera. Sin embargo, Taiju pareció ver eso como un desafío en lugar de lo que era: una advertencia.

Contando mentalmente, Karin mandó la propiedad al garete.

—Taiju, me agradas pero no voy a salir contigo. — Aclaró. — Lamento si no fui clara y me malentendiste, por favor, no desperdicies un presente conmigo: dáselo a alguien que pueda aceptar tus intenciones.

Se inclinó ante él, y dándose velozmente la vuelta emprendió el paso hasta alejarse del lugar sin intención a darle tiempo para insistir con la idea. Toushiro siguió su ruta sin dedicarle una segunda mirada al joven frente a ellos. No le tomó mucho tiempo alcanzar a la Kurosaki quién ya se encontraba saliendo del pequeño paseo de compras dónde habían estado.

— A todo esto, ¿algún motivo en especial para visitarme? — Ella preguntó, inclinándose para ver unos lazos que reposaban sobre un puesto improvisado y con toda intención de cambiar de tema — Con la conmemoración tan próxima debes tener mucho trabajo.

De todas las personas que podían presenciar un espectáculo tan vergonzoso justo él, se quejó mentalmente la muchacha.

El capitán se mantuvo a una respetuosa distancia mientras ella revisaba la mercancía con un interés fingido. El tendedero la observaba con ojos brillantes y él no pudo evitar sentir cierta repulsión por él y la manera poco apropiada en la que miraba las descubiertas piernas de su potencial cliente. Pero, de nuevo, no era su asunto si la Kurosaki había adoptado las estrafalarias elecciones de vestimenta de su protectora.

Era tan llamativa que ni siquiera se molestaba en disimularlo.

—¿No le quedan más anchos de este mismo tono? — Preguntó, enseñándole un lazo bermellón.

Ah, ese era el tono que buscaba.

—No, lo lamento señorita. —Contestó para luego intentar venderle otro par.

Karin dio por terminado su paseo y despidió al comerciante sin dilación. Le habían arruinado el día sin proponérselo y ahora sólo tenía intenciones de devorar algún postre y terminar su día echada en el jardín leyendo algo.

Se encaminó de regreso hasta el hogar Shiba con Toushiro a su lado, quién parecía hasta aburrido.

—No contestaste mi pregunta. — Recordó, aligerando el paso.

—Matsumoto mencionó que tenías problemas para meditar. Algunas personas pueden enfocarse más con un objeto de meditación, normalmente, una zanpakuto— Informó mientras tomaba la espada envuelta que había cargado todo ese tiempo en su espalda. — Dado que no llevas un entrenamiento tradicional, esto podría serte de ayuda.

—Pensé que era Hyourinmaru — Admitió ella, al ver que él se desprendía de la espada.

Hitsugaya detuvo su paso para retirar parcialmente la envoltura de la espada que cargaba. Era más o menos del mismo largo que su propia zanpakuto pero mucho más liviana. La mujer se acercó y tomó la espada desenvuelta que él le entregaba, asomando entre la tela verde militar la saludó una espada de color ligeramente peltre que brillaba bajo la luz del atardecer.

—¿Una espada como objeto de meditación? — Ella preguntó incrédula sin encontrarle el más remoto sentido.

—Los estudiantes de la academía eventualmente reciben una espada como esta mientras desarrollan su conexión con su zanpakuto. — Instruyó, volviendo a atar la tela verde que la cubría. — Eventualmente, se transforma en su zanpakuto y a muchos les ayuda en su proceso de introspección: es una asauchi.

Hitsugaya terminó de realizar los nudos con una facilidad adquirida por la práctica de años de cargar su propia Zampakuto bajo los atentos ojos azabache de su compañía. Ella aceptó la espada y con resolución la cargó en su espalda cruzándola sobre un hombro con la correa que el capitán había facilitado para su transporte.

La correa se perdió entre su más que incipiente escote. Apartó la mirada.

Sí, su desarrollo físico era más contraproducente que otra cosa la mayoría del tiempo ¿Por qué Kurosaki no podía tomar como propia la moda modesta del Rukongai y usar una yukata o kimono más típico? No, se riñó, ella podía vestir como le viniera en gana y nadie debería observarla como ese tendedero lo hizo… o él mismo.

Maldición.

—Te pusiste serio de repente. — Apuntó ella, extrañada.

—Soy una persona seria. — Contradijo.

—Más serio de lo normal, entonces. — Entrecerró los ojos, sospechosa. — Bueno, da igual; gracias por la espada.

Un instante de pausa después ella apretó los labios e hizo una mueca.

—Bueno, en realidad, gracias por tomarte la molestia de traerla cuando sé que estas últimas semanas son de mucho papeleo para ustedes. — Adicionó. — Y lamento la escena del mercado.

—Eso no fue culpa tuya. No es honroso insistir a una mujer de esa manera.

—Con que honroso, eh. — Se burló ligeramente.

Toushiro no se dejó llevar por su aire divertido, a costa suya por supuesto, y se limitó a ignorarla. Si le daba pie, Kurosaki lo tomaría todo como un chiste y terminaría por perder la paciencia con ella de alguna manera. La mujer pareció entender que estaba poco inclinado a la burla por el momento y se encogió de hombros.

—No tienes que acompañarme hasta la casa. — Karin dijo, ciñendo la correa y dándose la vuelta para mirarlo frente a frente. — Desde aquí te es más conveniente seguir recto hasta el Seireitei y yo giro a la derecha ¡Nos vemos en el festival!

Sin esperar una respuesta ella se giró, despidiéndose con un gesto de la mano y una sonrisa amplia.

Toushiro, no mires la correa; se repitió.


Buenas y santas.

Estuve investigando mucho el tema de las edades de los shinigamis y su envejecimiento y hay una sola conclusión: Tite hizo lo que se le vino en gana y no hay nada como una escala o lógica. Pero basandome en lo que sabemos del manga, por ejemplo, Gin Ichimaru entra como shinigami con unos diez u once años y ciento diez años después boom es un adulto. Lo mismo con Nanao Ise. Peeeero, con Yamamoto no pasó eso de "más o menos" el mismo tiempo sobre crecimiento o vejez así que me las arreglé como pude y mi lógica mandó.
El famoso este es mi fic y hago lo que quiero (?)

Bueno, les mando besitos si están leyendo y encima llegaron hasta acá.