Aquí les traigo la sexta parte de esta historia porny jeje. Esta vez el prompt corrió a cargo de aylethequeen quien muy amablemente me lo solicitó hace un tiempito. Así que, mi querida aylethequeen espero te guste. Lo escribí con mucho cariño para ti. Tarde pero seguro jaja Desde que me lo propusiste supe que lo iba a escribir sí o sí.

Espero también sea del agrado de todo aquel que lo lea.


Regina miró de reojo a su alrededor, evaluando en silencio el comportamiento de los presentes en la peculiar fiesta en la que se encontraba. Recordó al hombre frente a ella que hablaba de su vida, experiencias y gustos con su pareja.

Sonrió amable, bebiendo un poco del fino champagne que le fue ofrecida.

—Me gustaría ser el afortunado de hoy—comentó y Regina alzó ambas cejas, bebiendo casi hasta terminarse la copa. El hombre sonrió y se mordió el labio inferior—. Es tu primera vez haciendo esto, ¿cierto?

—Sí —afirmó y sonrió tratando de ocultar el ligero nerviosismo que la situación le causaba.

David fue quien insistió hasta el cansancio, argumentando que tenía curiosidad, que quería ir a una fiesta de llaves y que quería que ella fuera con él a vivir la experiencia.

Al principio se rio de la propuesta. No veía cómo es que el príncipe quisiera asistir a un lugar así y desde luego que la risa se desvaneció tan pronto como se dio cuenta que era en serio. Que de verdad David, el Príncipe Encantador y Sheriff de Storybrooke, quisiera experimentar algo así.

A ella también le causaba curiosidad y le parecía excitante la idea de conocer parejas con esos gustos e involucrarse con ellos. Lo mejor era que lo estaba haciendo de la mano de David y eso hacía que valiera la pena.

No podía negar la anticipación que se arremolinaba en su vientre al saber que se acostarían con personas distintas en esa fiesta. Era excitante porque a David también le parecía excitante. No era el hecho de acostarse con alguien más, sino de la complicidad de hacer eso juntos.

Siguió hablando con su acompañante con ligereza. Mirando de reojo al príncipe que de pronto le clavaba la mirada haciendo que la sensación en su vientre se incrementara y que su intimidad cosquilleara. Le devoraba el alma con la sola mirada y era algo que no podía controlar.

Volvió a concentrar su atención en el agradable y apuesto hombre. Era alto, corpulento, cabello castaño claro con bastante vello facial y ojos azules, parecidos a los de David, pero para nada eran como esos ojos que sabía no dejaban de estar sobre ella. Apretó las piernas, tratando de encontrar un poco de alivio ante la incesante necesidad en su sexo.

Un comentario divertido la hizo reír con ganas, distrayendo su atención por un momento y fue entonces cuando lo vio: David bailaba sensualmente para una mujer muy parecida a sí misma que se notaba complacida por el baile que SU Sheriff ejecutaba.

Jamás había experimentado celos antes y ahora entendía a la perfección por qué en las películas hacían lo que hacían gracias a ellos.

Casi pierde la calma cuando lo vio sonreírle a esa mujer, con los rosados labios muy cerca de los de esa y acariciarle con sutileza la cintura. Sintió la magia cosquillear en sus manos.

—Ya es hora —dijo el hombre emocionado. La tomó por la cintura para acercarla a él un poco y que volteara a verle—. Un placer, señorita Mills. Busca el llavero con un avión si quieres ser mi compañera de cama hoy —habló sugestivo y le dio un beso pronunciado en la mejilla derecha.

Regina le dedicó una fingida sonrisa porque ya no estaba interesada en esa maldita fiesta. Ahora sus intenciones eran muy distintas a las que tenía cuando llegó. Vio que el príncipe se acercaba a ella al notar que empezarían con la elección al azar.

—¿Lista? —preguntó lleno de emoción y la besó en los labios para luego abrazarla—. Estoy emocionado —confesó.

—También yo —habló casi sin emoción porque no quería que se diera cuenta de lo que sentía.

La primera mujer se levantó, metió la mano a la elegante urna, sacó una llave, la mostró y el dueño se levantó de su asiento para acercarse. Se tomaron de la mano y se fueron al cuarto que le designaron a ella en la Mansión en la que se encontraban. Era todo un lugar diseñado para esas fiestas. Así es que Regina tenía su propio cuarto a donde iría con la pareja que le tocara.

—¿No te animas aún? —preguntó David después de que algunos eligieran ya.

—Prefiero esperar. Además, a ti tampoco te han elegido

—No deben tardar.

Regina asintió viendo que el hombre con el que estuvo charlando se fue con una rubia despampanante.

—Iré al tocador —le informó. Le entregó la copa que llevaba y se fue.

David sonrió de medio lado y soltó un pequeño suspiro. Fue hasta la barra a dejar la copa y pedir un par más. Mientras le servían siguió viendo cómo elegían parejas y la gente se iba haciendo cada vez menos.

Hasta que la última mujer presente eligió al otro hombre restante. El príncipe notó que la urna quedó vacía. Los tacones de Regina resonaban inconfundibles conforme se acercaba al lugar. Se paró en medio de la sala, recargando el peso en la pierna derecha y jugó con las llaves en sus manos.

—Vamos, encantador —invitó con actitud engreída y triunfante, asegurándose de mostrarle las llaves para que no tuviera duda que eran las de él y que debía irse con ella.

—Hiciste trampa —aseguró. Regina volteó el rostro y sonrió de medio lado. Se acercó hasta quedar a un par de pasos de ella—. Pensé que la intención era acostarnos con otras personas.

—Cambié de opinión —dijo, restándole importancia al comentario que era verdadero—. Así que lo siento por ti porque esta no será la noche donde te acueste con alguna otra —le tomó de la chaqueta y lo jaló hacia ella para estampar sus labios con los de él—. Esta noche eres mío y de nadie más —habló posesiva contra la boca de David, con dientes apretados y advertencia impregnada en la voz.


David notó enseguida la seguridad con que Regina le guio hasta la habitación e imaginó que eso fue a hacer cuando dijo que iría al tocador. La muy lista fue a investigar dónde estaba el lugar que le fue asignado, anticipándose a ese momento. Entraron tan pronto como llegaron.

David se detuvo en medio para observar la cama con detenimiento. Era amplia con sábanas negras de lo que sin duda era seda. Volteó a ver a Regina quien movió su mano y al instante apareció en la orilla de la cama, desnudo, sobre sus rodillas. La buscó de nuevo con la mirada encontrándose con que la Reina vestía solo lencería sexy.

Se veía extremadamente sensual y tentadora. Sintió celos al pensar en otro viéndola así, tocándola, acariciándola, besándola, penetrándola y llevándola al orgasmo. Hizo un movimiento con la intención de bajarse de la cama para tomarla entre sus brazos, pero unas sogas mágicas salieron de la nada, tomándole por las muñecas para estirarle los brazos a los lados.

—¿Quieres jugar rudo? —preguntó y se mordió el labio inferior mientras agarraba las sogas y jalaba probando la resistencia de las mismas.

Regina le miró fijo, apareció una fusta en su mano y se acercó a él.

—Ya te dije lo que quiero —respondió, colocando la punta de la fusta sobre el pene semi erecto de David que se agitó ante el toque. Lo vio relamerse los labios, dejar la boca entreabierta y el brillo de expectación que se reflejó en los azules ojos encendió en ella el fuego que sentía le quemaba con intensidad.

—Y veo que va en serio —comentó viendo a Regina sonreír de lado y no, esa hermosa imagen nunca fallaba en dejarlo deslumbrado. No importaba la forma en la que sonriera, para él siempre era una imagen maravillosa. Se estremeció por completo cuando ella paseó la fusta por su intimidad.

—Ssshh, sin hablar —ordenó la reina, jugando con la forma en que tocaba a David con la fusta. Era apenas un roce que debía causarle más cosquilleo que otra cosa. Rodeaba los testículos, paseaba por el miembro que ahora estaba bien erecto. Se entretuvo en la punta que tenía un color rojizo por la acumulación de sangre. Jaló aire por la boca cuando su sheriff movió las caderas hacia el frente y lo escuchó hacer un esfuerzo por controlarse.

Volteó a verlo y al instante sintió la humedad en su sexo. David se veía agitado, tenía los dientes apretados y se aferraba a las sogas. Decidió entonces aventurarse. Dirigió la fusta a los testículos y después descendió hasta la zona perineal que acarició repetidas veces, moviendo de adelante hacia atrás la fusta.

—Quieto —ordenó, porque el príncipe se estremeció e intentó bajar las caderas.

—Regina… —La llamó entre dientes.

—Ah, ah, dije que sin hablar. —Retiró la fusta y dio un golpecito en esa área.

—¡Oooh! —se quejó David, pero lo cierto es que el pequeño golpe le generó una placentera sensación que le recorrió el cuerpo entero. Después Regina acarició de nuevo la zona, subiendo luego por sus testículos e inevitablemente se tensó ante el pensamiento de que le diera un azote en esa zona. Estaba seguro que no lo podría tolerar. Gimió ronco y cerró los ojos cuando la reina volvió a acariciarle la cabeza del miembro que ahora expulsaba liquido preseminal.

—Eso es, encantador —elogió Regina, procurando mojar la punta de la fusta. Cuando estuvo satisfecha, la subió por el escultural cuerpo, pasando por los marcados pectorales, subiendo por la garganta, rodeando el mentón y llegando hasta la boca—. Chúpala —demandó autoritaria.

David casi se viene al escucharla. Su miembro dio un tirón y sin pensar abrió la boca, permitiéndole introducir la fusta que chupó tal como ella lo ordenó. Los bellos ojos marrones estaban llenos de excitación y lujuria que hacían vibrar su vientre con esa misma excitación que ella transmitía. Era erótico verla así, imponente, dominante, autoritaria, buscando doblegarlo. Algo que no necesitaba hacer puesto que David vivía a sus pies.

—Sí, así —dijo Regina con la voz cargada de deseo. Sacó la fusta y volvió a pasearla por el pecho del príncipe, haciendo círculos en los pezones—. De verdad quería que esto funcionara —empezó a decir mientras se concentraba en una de las pequeñas protuberancias—. Que tu idea de una fiesta de swingers terminara con los dos follando con desconocidos como acordamos —sintió sus bragas mojarse con su propia excitación—, pero nunca hablamos de bailar sensualmente para alguien más en presencia del otro.

—¡No! —gimió David y se estremeció cuando le fue dado un golpecito en el miembro. Fue algo leve, pero era una zona sensible y estaba muy hinchado por las ganas de descargarse. De pronto, se vio envuelto en una nube de humo morado y cuando todo se disipó estaba en la misma posición, pero ahora de espaldas a ella—. ¡Aaahh! —exclamó por la sorpresa porque Regina ahora le dio un azote bien dado en las nalgas. Siseó por la dolorosa sensación que extrañamente arrastraba placer consigo.

—Esto es por bailarle a esa mujer sin mi permiso, pastor.

David cerró los ojos y sonrió fascinado al oírla. Apretó ojos y boca cuando empezó a recibir azotes alternados en sus nalgas. No podía evitar estremecerse con cada uno de ellos. Jalaba las sogas, jadeaba pesado, y soltaba pequeños gemidos por la mezcla de placer y dolor.

De pronto, los maravillosos azotes se detuvieron y la fusta pasó por entre medio de sus nalgas que con seguridad estaban rojas. Las sentía arder y palpitar. Pasó por su perineo, sus testículos y subió por la longitud de su erección.

—Lo hiciste muy bien —elogió la reina, pegándose a la espalda de David y depositando un beso ahí.

—Necesito venirme —dijo el príncipe, suplicante y es que su miembro estaba sumamente hinchado, rojo y palpitante con la necesidad de descargarse.

Pensó que alucinaba, pero la magia de Regina lo movió hasta el centro de la cama y sintió el peso de ella sobre el colchón. Ella se acercó a él por la espalda y siseó de dolor cuando las delicadas manos le agarraron las nalgas.

—Si pudieras verlas. Te encantaría el intenso color que tienen. —Volvió a besarle la espalda mientras pasaba las manos por las caderas del príncipe hasta llegar al caliente miembro que se sentía pesado—. Te lo has ganado, encantador. Disfrútalo —dijo y, aferró con la mano derecha la erección y con la izquierda le agarró los también pesados testículos.

Entonces empezó a estimularlo con fuerza y movimientos rápidos a fin de llevarlo lo antes posible al orgasmo. Lo escuchó gemir ronco, agitarse desesperado, los muslos le temblaron haciendo evidente que no tardaría nada en llegar.

—Vente para tu reina, pastor —ordenó, subiendo la mano hasta la cabeza del miembro y usando la izquierda para ahora apretar la base del mismo.

—Ah, ah… Voy a venirme —anunció con voz estrangulada—. Q-quiero… —trató de decirle que quería terminar dentro de ella, pero no alcanzó a hacerlo porque empezó a derramarse en la nada mientras se estremecía y Regina no dejaba de jalarle el miembro hasta que todo cesó.

La reina le besó el cuello mientras empujaba sus caderas contra el trasero de David que jadeaba pesado y soltaba pequeños gemidos. Tan pronto como consideró que el príncipe podía continuar Regina descendió de la cama e invocó su magia de nuevo para recostar a David de espaldas, con las rodillas dobladas, los brazos atados, estirados hacia los lados y la cabeza al borde del colchón.

—Es hora de darle placer a tu reina, Encantador —sentenció mientras se quitaba las bragas. Se acercó, las dejó sobre la cama y quedó justo frente a él. Lo vio llenarse de deseo por probarla, como siempre sucedía.

David inhaló profundo y los ojos se le cerraron al percibir el delicioso aroma de Regina. Era un olor único, sensual, profundo y erótico que le excitaba como ningún otro. La boca se le hizo agua mientras veía el manjar frente a él. Tan cerca y tan lejos a la vez.

La reina vio al príncipe relamerse los labios y aferrarse a las sogas mágicas, jalando un poco, como si quisiera deshacerse de la corta distancia que les separaba.

—Así me gusta tenerte. Muriendo por complacerme —dijo Regina llena de ardor y deseo.

Avanzó colocándose con las piernas al lado de la cabeza de David de tal forma que su sexo quedaba justo en el rostro del príncipe. Bajó las caderas para hacer contacto y de inmediato fue complacida como lo solicitó. David empezó a trabajar con su lengua, lamiendo por todos lados, haciendo círculos en su clítoris y después penetrando hasta lo más profundo que le era posible.

Regina movía apenas las caderas de adelante hacia atrás y algunos círculos. Mientras lo hacía y disfrutaba de la increíble lengua de David, se dedicaba a acariciarle los costados, el vientre y vio con satisfacción como poco a poco se volvía a poner erecto.

El príncipe gimió contra su sexo cuando le tocó el miembro, creando con ello deliciosas vibraciones que solo aumentaron el placer. No parecía querer parar, ni tomarse un minuto para descansar dado que la posición no era algo cómodo en realidad. Estaba concentrando en hacerla llegar, lo sabía porque ahora se prendía de su clítoris y se lo chupaba con ganas.

Fue cuando Regina no pudo más. Apoyó sus manos sobre los marcados pectorales y agitó sus caderas con fuerza, montando el rostro de David que se dejó hacer sin detener sus atenciones. Ambos sabían que llegaría en cualquier momento.

—Oh, oh, j-jodeeeer —gimió muy alto la reina cuando llegó. Las piernas le temblaron y se estremeció de cuerpo completo. Montó un poco más el rostro de su sheriff que no dejó de lamer hasta que los espasmos cesaron.

Se retiró, viendo con satisfacción la hermosa erección que moría por tener dentro y no pudo evitar llenarse de una poderosa sensación al verlo jadear con fuerza y con el rostro empapado de ella. Sostuvo la cabeza de David con ambas manos, inclinó el cuerpo y le dio un tremendo beso que hizo que el cuerpo masculino se agitara por el inesperado suceso. Aun así, respondió, correspondiendo con la misma intensidad que ella le devoraba.

Lo siguiente que David supo fue que ahora estaba de espaldas con las manos juntas, atadas por las muñecas y estiradas hacia el respaldo de la cama donde se encontraba. Regina se subió sobre él y se inclinó para besarlo de nuevo.

—Lo hiciste muy bien —lo elogió, volviendo a darle un beso que esta vez se tornó posesivo. Se alzó de nuevo y llevó a su boca el juguete favorito de David.

Abrió los ojos grandes cuando la vio chupar el plug. Intentó liberar sus manos, algo que de antemano sabía era inútil, pero su cuerpo reaccionaba de la única forma en que podía hacerlo ante lo que veía.

—Por favor —suplicó. Regina sonrió, sacando el juguete de la preciosa boca y después se dio la vuelta, dándole una de las vistas más maravillosas y sensuales de ella.

—Voy a permitirte ver, pastor —dijo, mirándole desde esa posición. Luego llevó el plug hasta su sexo, lo metió y lo sacó un par de veces, escuchando la forma desesperada en que David gemía. Después lo paseó por su zona perineal hasta llevar a su orificio anal.

—Regina —la llamó a modo de advertencia porque se suponía que nadie más que él podía coronarla.

—En este momento eso no me importa, David—dijo sabiendo bien a lo que se refería.

Empezó a empujar el tibio metal y las protestas no se hicieron esperar. Las sogas mágicas tensaron más el cuerpo del sheriff mientras el juguete se abría paso por esa parte de su cuerpo. Ella misma soltó un pequeño gemido cuando la parte más gruesa entró y el resto del plug se deslizó hasta que su apretado anillo se estrechó alrededor de la delgada base dejando la amatista siberiana reluciendo entre sus nalgas.

—¿Te gusta ver a tu reina coronada, encantador? —preguntó a modo de burla.

—Sabes que sí —respondió apretando los dientes e intentando soltarse de nuevo—. Oooh —gimió y apretó los ojos cuando la preciosa boca se apoderó de su miembro—. Regina, por el amor de Dios.

—¿Qué sucede? —preguntó besándole la punta del miembro.

—Necesito estar dentro de ti —respondió desesperado, muerto de anticipación y deseo.

—No.

Se movió más hacia el frente, de tal forma que su sexo quedó a la altura de la intimidad de David. Agarró el duro miembro, lo colocó contra su entrada y descendió. Mordió su labio inferior al sentir la presión entre el duro mástil y el juguete en su otro orificio. La sensación de estar así le encantaba. David también gimió, alzando la cadera para meterse más profundo en ella. De inmediato sintió que la magia le restringía todo movimiento. Quiso quejarse, pero Regina se inclinó hacia adelante para empezar a subir y bajar las caderas a fin de penetrarse sola con su miembro, dejándole ver no solo como entraba y salía de ella, sino que lo hacía con el plug anal bien dentro.

La reina llevó una de sus manos a su clítoris para estimularse y llegar más rápido pues no quería que David se viniera, pero quería torturarlo al sentir un orgasmo suyo sobre el miembro. Lo escuchaba jadear pesado, llamarla, gemir ahogado y eso fue suficiente para venirse. Apretó con fuerza la erección del príncipe con su sexo mientras se venía y gemía gustosa. Lo sintió palpitar y se levantó rápidamente.

—Regina, por favor —habló muy rápido por la misma desesperación que sentía.

La soga mágica que sostenía sus muñecas lo jaló hasta dejarlo sentado, con los brazos estirados hacia el techo y la reina se colocó sobre su regazo, pegando el divino cuerpo al suyo, dejando atrapada su erección entre ambos y la muy malvada se restregó a fin de torturarlo más.

—¿Quieres venirte? —preguntó mientras le besaba el cuello y le acariciaba la espalda junto con el pecho.

—Sí, Majestad —respondió entregado y rendido ante ella porque sentía que ya no podía más.

—¿Crees que mereces venirte dentro de mí después de lo que hiciste? —preguntó al tiempo que se alzaba un poco y tanteaba para colocar la punta del miembro otra vez en su entrada vaginal.

—Te juro por lo más sagrado que tengo en la vida que eres tú que no volveré a hacerlo —prometió y gimió cuando se vio dentro de la ardiente intimidad de la reina. Regina le aferró el cabello con una mano y le jaló hacia atrás tomándolo de la mandíbula con la otra mano.

—Eres mío, David —sentenció volviendo a besarle el cuello, pero esta vez con posesión.

Lo montó con desenfreno, viéndolo con el rostro contraído por el placer, la desesperación en el apuesto semblante y el tono oscurecido en los ojos azules.

—Dí que eres mío —ordenó autoritaria, deteniéndose para obligarlo a responder.

—Soy tuyo, todo tuyo, Majestad. No hay nadie más que tú. ¡T-te pertenezco, Regina! —gritó y fue compensado con la sensual mujer sobre él retomando su sensual cabalgata con su miembro. Esta vez le encajó las uñas y le arañó la espalda haciéndolo sisear por la sensación dolorosa.

—Vente, Encantador. Lléname de ti —demandó con ardor soltándose del cabello para tomarlo de la cabeza y besarlo apasionadamente.

—¡Soy tuyo! — gritó David al momento de llegar y gimió con dolor y placer entremezclado porque Regina le mordió con fuerza el cuello buscando marcarlo.

La reina se contraía con fuerza sobre el miembro que se derramaba en su interior, llenándola tal como lo pidió. Besó la piel que acababa de magullar con su mordida y después se apoderó de los labios rosados que le recibieron con amor.

—Eres la única para mí. Soy tuyo. Tuyo —jadeó contra los sensuales labios de la reina que se abrazó a él con fuerza.

—Mío —murmuró con el bello rostro enterrado en el cuello de David. Cerró los ojos y soltó un largo suspiro.

Fue cuando el príncipe notó que la magia lo liberaba por completo. Abrazó a Regina, envolviéndola entre sus brazos con amor.

—Eso fue maravilloso, reinita —la elogió moviendo la mano derecha hasta el trasero de infarto. Acarició por entre medio de las sensuales nalgas, se aventuró hasta alcanzar la mojada intimidad. Trató de mojar sus dedos con el fluido. Retiró la mano, llegando hasta la corona. Acarició alrededor procurando mojar el apretado anillo y después todo el plug por la base—. Lo hice a propósito —confesó, jalando el juguete hasta sacar la parte más ancha y después volvió a meterlo, arrancando un sensual gemido de la bella boca que seguía jadeando—. Lo de la fiesta fue un pretexto, era solo que tenía ganas de sentirte así, mi hermosa Majestad —repitió la acción un par de veces más.

—Eres un pervertido —dijo con el rostro contraído por el placer y aferrada con uñas a los hombros de David. Podía sentir que la erección volvía a formarse en su interior.

—Nunca permitiría que otro hombre te llevara a la cama. Eres mía, solo mía. Y yo soy tuyo, solo tuyo, Regina.