Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.


I - EL NÚMERO 12 DE GRIMMAULD PLACE

2

Una densa neblina llenaba las calles de Londres esa mañana cuando Hermione se apareció cerca a la estación de Kings Cross. Era aún temprano por lo que tenía tiempo de sobra antes de llegar al Ministerio.

Anduvo a pie por los andenes vacíos de aquel barrio muggle durante más de diez minutos, miraba a ambos lados de las calles cada tanto y no escuchaba más ruido que aquel que producían sus botas sobre el pavimento.

No había nadie además de ella, ni siquiera pasaban autos de por la calle, sin embargo, no podía dejar de sentirse observada. Sabía que estaba actuando como una paranoica, así que detuvo su marcha y se apoyó sobre el muro de las escalinatas del número 11 de Grimmauld Place para tomar un respiro. Avanzó unos pasos más y vio como una luz se encendía en una de las ventanas de la casa número 13, al parecer sus habitantes acababan de empezar su rutina diaria.

Su mano derecha se abalanzó dentro del bolsillo de su abrigo en el que guardaba su varita cuando el ladrido agudo de un Yorkshire Terrier vecino la sobresaltó de repente. Caminó un par de metros y, en lugar de acercarse al número 13, fue surgiendo una ante sus ojos la solemne y lúgubre figura de la casa que había ido a visitar.

Subió las escaleras del porche con cuidado de no tropezar con los trozos de mosaicos rotos del piso y bastó que abriera la puerta para que un pedazo de yeso del techo se resquebrajara y se le viniera encima. Apenas tuvo tiempo de dar un rápido paso al frente y cerrar la puerta tras de sí.

—Esta maldita casa va a matarnos algún día—suspiró mientras observaba el raído papel tapiz de la pared del pasillo hecho jirones, como si hubiese sido despedazado por algún animal salvaje.

—Buenos días, Hermione— ella sonrió al ver a su mejor amigo bajar por los escalones del fondo.

—¡Cuidado! —fue su respuesta automática. Sin embargo, su advertencia llegó tarde pues el pie de Harry ya había quedado atrapado en un hueco hecho en la madera que cedió bajo sus pasos. Corrió a ayudarlo, pero apenas puso una mano en el barandal este se rompió y ella tropezó, cayéndole encima a Harry y levantando una lluvia de astillas, polvo y polillas.

Como si eso fuera poco, las cortinas de pesado terciopelo negro que cubrían el retrato de Walburga Black se abrieron y la mujer comenzó a gritar como desquiciada:

—¡SANGRESUCIAS Y TRAIDORES! ¡FUERA DE MI CASA! ¡AFRENTA! ¡AFRENTA!

—Oh por Merlín… cállate— y sin más Harry movió su varita y la tela oscura se deslizó sobre el cuadro dejándolos nuevamente en silencio. Ayudó a su amiga a ponerse de pie y ella liberó su pierna de las escaleras.

—Harry, estás herido…—murmuró viendo huellas de sangre en su pantalón y túnica. Él hizo una mueca de dolor y se apoyó en ella para seguir subiendo los escalones hasta el primer piso.

—Es un rasguño. Vamos arriba, hoy en la planta baja no tenemos mucho que hacer—caminaron en silencio hasta el salón donde Harry se dejó caer en un sillón al que se le desarmaron las patas con lo que quedó de sentón sobre el suelo empolvado. Si no hubiese estado tan nerviosa Hermione habría estallado en una carcajada y al parecer él pensó lo mismo pues mientras se ponía de pie, adolorido, esbozó una sonrisa y dijo— ¿Crees que esta sería la última gran broma de Sirius?

Reparo—exclamó ella y al instante la silla volvió a la normalidad—. No lo creo. Tu padrino no te habría dejado esta trampa mortal como herencia si siquiera hubiese sospechado que esto pasaría.

Harry rio ante su ocurrencia, se sentó en el sillón y, mientras Hermione buscaba un poco de díctamo para su cortada del tobillo, se quitó el zapato y el calcetín para evaluar la gravedad de su herida: una cortada leve, tal cual pensó, pero todavía tenía incrustada una pequeña astilla de madera y por eso le dolía como un cuerno. La haló con cuidado y ahogó una maldición.

—Te vi llegar desde aquí—dijo mirando por la ventana que daba a la calle. Ella resopló molesta acercándose hasta él y dejando caer la poción sobre su herida.

—Sabía que no estaba loca. Sentía que alguien me observaba—Hermione giró sus ojos hasta la pared opuesta y se quedaron clavados en el tapiz del árbol genealógico de los Black—. Y bien, ¿Ya decidiste qué hacer?

Harry se recostó en el espaldar y detuvo su mirada en la neblina del exterior. Sabía que todo este asunto de la casa había actuado para ellos como una distracción en medio de los tiempos duros que siguieron a la Batalla de Hogwarts: llegar y reparar lo irreparable, limpiar aun cuando siempre permaneciera sucio e investigar la razón por la cual el número 12 de Grimmauld Place no sólo parecía tener un estado ruinoso, sino que estaba cada vez peor; el lugar era para ellos un salida, una aventura inofensiva para distraerse en momentos tan difíciles.

Pero ya hacía rato todo había acabado. Incluso el papeleo de la posguerra estaba casi listo, no quedaban juntas ni juicios pendientes y las entrevistas con los periodistas cada vez eran menos frecuentes. Ahora al fin se daban cuenta que su obsesión con mantener Grimmauld Place en pie a las malas era sólo una excusa para estar los tres ahí juntos, ocupados en algo que no tenía ningún objetivo real. Un escape y una fuga de energía innecesaria.

—No voy a demolerla, si es lo que quieres saber—dijo Harry volteando a ver a Hermione que se había sentado en el brazo del sillón. Sus ojos verdes y tristes la miraron fijo y siguió—. Sirius la odiaba, es cierto, pero también es lo único que me queda de él. Además, quien sabe cuánta magia oscura puede desatarse con ello. No podemos poner en peligro a todo este distrito muggle.

Hermione asintió con pesar. Habían hecho todo lo humanamente posible por recuperar el lugar: Probaron con hechizos de limpieza y reparadores, encantamientos curativos, magia de los elfos domésticos de Hogwarts y con los trucos infalibles de Molly Weasley; pero nada funcionaba, o no al menos de manera definitiva. La casa lucía bien un día o dos y luego otra vez la podredumbre comenzaba a apoderarse de ella. Parecía como una fuerte maldición.

—Pero por tus palabras entiendo que tampoco te vendrás a vivir aquí—él descompuso el gesto y alzó una ceja al escucharla.

—No, claro que no, suponiendo que pueda, efectivamente, vivir aquí y no morir la primera noche porque el techo me cayó encima. Si por alguno de mis antepasados tengo algo de sangre Black, está bastante diluida en mis venas así que no, gracias. Prefiero no arriesgarme.

Hermione se puso de pie y caminó hasta el tapiz. Se empinó sobre la punta de sus pies y colocó su dedo índice sobre el rostro de su viejo conocido Phineas Nigellus Black, el antiguo director de Hogwarts y antipático retrato que les acompañó en su viaje en búsqueda de los Horrocruxes. Lo movió hacia abajo removiendo una capa de polvo hasta llegar a Cygnus Black Primero, casado con Violeta Bulstrode; de ahí se movió hasta su hijo mayor Pollux Black que tuvo tres hijos con Irma Crabbe. Señaló en silencio a Cygnus Black Segundo, tío de Sirius y padre de Bellatrix, Narcissa y una mancha negra donde aún se podía leer Andrómeda.

Para ese momento, debió inclinar su cuerpo hacia abajo para seguir leyendo, aun cuando ya se sabía de memoria ese árbol. Junto a Narcissa, aparecía Lucius Malfoy y, debajo de ambos, el nombre del último Black: Draco Malfoy.

—Ya sabes entonces lo que tenemos que hacer—dijo ella sonando sin esperanza—. Es el único descendiente directo de un Black vivo y no desheredado. En verdad… ¿Qué rayos le pasaba a la gente de esta familia? —exclamó señalando todas las manchas negras sucesivamente.

Harry no lo sabía y sentía un enorme pesar por el destino tan trágico de todos sus miembros: en su afán de ser siempre puros no sólo se habían destruido entre ellos sino que también habían borrado su nombre del planeta para siempre.

—No creo que Malfoy vaya a vernos al Ministerio hoy. Tan pronto lea la citación y descubra que no es para una declaración o interrogatorio sino una reunión con nosotros, la quemará e ignorará—Hermione se mordió el labio inferior coincidiendo con él y convencida que, aunque asistiera, jamás aceptaría las condiciones.

—Si tan sólo yo lo hubiese descubierto antes, pudiéramos haberlo incluido dentro de su trato y tal vez…

—¡Ni hablar! —la interrumpió Harry enojado— ¿Cómo podría sacar provecho personal de los acuerdos de la posguerra? Eso no sería correcto.

Hermione se sonrojó entre molesta y avergonzada. No importaba lo que Harry dijera, ella lo habría hecho. Esa estúpida casa era muy importante para él y ahora se caía a pedazos y ninguna magia que ella pudiera conjurar podía detenerlo, no al menos sin la ayuda de Malfoy.

Un fuerte ruido en la planta baja los sobresaltó a los dos y sacaron sus varitas para encarar al recién llegado, pero no tuvieron tiempo de salir a ver qué había pasado pues Ron se apareció sin subir las escaleras. Estaba todo cubierto con un polvo blanco y tosía con su varita en la mano. Tenía pedazos de yeso y cemento enredados en lo alto de su cabeza y arena en toda su ropa.

—Me cayó encima un pedazo del techo del vestíbulo, pero estaba listo y le lancé un Bombarda— se explicó alzándose de hombros—. Esta maldita casa va a acabar por matarnos a todos.

Y Hermione y Harry no pudieron estar más de acuerdo con eso.


Draco Malfoy acababa de llegar al Atrio del Ministerio de Magia por la entrada de visitantes que era la que siempre usaba. La cabina telefónica le había entregado un carnet que rezaba: Draco Malfoy – Reunión Oficina de Aurores. Aquello le llamó la atención, pero no le dedicó más tiempo. Al menos estaba aliviado de no tener que bajar hasta lo profundo del Wizengamot.

Llegó hasta el segundo nivel y salió del ascensor donde todos le ignoraron en un patético intento de pretender que no sabían quién era. Giró a la izquierda y volteó en la esquina donde encontró dos pesadas puertas de roble. Cuando se abrieron divisó un amplio espacio abierto dividido en pequeños cubículos.

Magos y brujas de todas las edades iban de aquí para allá con tazas de café y expedientes, hablaban al tiempo por lo que un murmullo generalizado llenaba la estancia. Draco ingresó con pasos lentos y medidos, sus manos estaban dentro de sus bolsillos y trataba de parecer relajado, pero tenía unas ganas locas de irse de allí.

Giró su cabeza a la derecha y, de un par de puertas que estaban en la pared del fondo, vio salir a Hermione Granger. Jamás en su vida llegó a pensar que se sentiría aliviado de verla, pero así fue, por lo que más tranquilo avanzó hasta ella. Estaba vestida con su ropa muggle y la túnica la tenía abierta por encima, como si se tratara de un abrigo; su cabello castaño estaba alborotado y, aunque no parecía el nido de pájaros que recordaba de la escuela, conservaba su sello distintivo. Sus ojos cafés le miraban fijo desde su lugar donde le esperaba cruzada de brazos.

Más de un auror lo vio con desconfianza mientras recorría la oficina, pero él los ignoró y endureció su gesto. No estaba para tonterías y quería terminar de resolver sus asuntos para decidir lo que haría con su vida ahora que estaba libre de cargos.

—Buenas tardes, Malfoy—dijo ella mirándolo con cuidado. Él alzó una ceja en un gesto altanero y siguió avanzando hasta la oficina de la que ella había salido.

—Granger— fue todo su saludo a la chica que bufó levemente.

Estaban dentro de un cuarto pequeño. Harry Potter estaba sentado detrás de un escritorio de madera oscura y Ron Weasley estaba apoyado contra un estante de libros, jugueteando con la varita en sus manos. Draco pasó sus ojos con rapidez por el lugar y descubrió unas cuantas fotos de la familia Weasley, muchos libros en los estantes de la pared del fondo y una bufanda con los colores de Gryffindor sobre un sofá viejo de cuero negro que estaba a un lado.

Hermione Granger entró detrás de él y cerró la puerta a sus espaldas. Ella sacó su varita, gesto que alarmó a Draco, aunque antes que él pudiera reaccionar murmuró apuntando a la puerta:

Muffliato— y caminó hasta donde sus dos amigos estaban frente a él.

—¿Y qué se supone que es esto? ¿Una emboscada? —dijo sonriendo de medio lado y sentándose en una silla frente al escritorio antes que le invitaran a hacerlo. Ron bufó y rodó los ojos para luego mirarlo con enojo.

—Estamos perdiendo el tiempo—masculló entre dientes sin que Draco alcanzara a oírlo. Hermione se puso al lado de su amigo pelirrojo y tomó su brazo. No sabía porque lo hizo, hacía tiempo había decidido evitar iniciar cualquier clase de contacto físico entre los dos pues era incómodo después de su intento de relación fallido, pero en ese momento lo necesitó. Él la miró un segundo a los ojos y dijo ahora en voz alta—. Necesitamos hablar contigo, Malfoy. De algo importante.

—Eso—contestó Draco poniendo los ojos en blanco y arrastrando cada sílaba pronunciada—, es evidente. No tengo tiempo que perder—continuó, aunque al llegar a su casa no tendría nada que hacer luego de tomar el té—. Así que si dejan tanto misterio y me dicen de una vez qué sucede, cada uno puede volver a sus asuntos.

Harry se acomodó en la silla y respiró profundo, no entendía porque Malfoy debía ser tan insoportable siempre. Recordó la reciente muerte de Lucius y suspiró antes de hablar:

—Lo que realmente necesitamos de ti es un favor—Draco abrió los ojos en un gesto de sorpresa mientras Ron se golpeaba la frente con la mano y Hermione resoplaba al reprobar su comentario. Parecía como si los tres amigos no estuvieran de acuerdo en usar la palabra favor como parte de la conversación. Sonrió malicioso, la situación acababa de ponerse interesante.

—Soy todo oídos…—susurró después de desabrocharse el abrigo y cruzar su pierna derecha sobre su rodilla. Dejó caer su mentón encima de su puño cerrado y los miró con burla.

Harry miró brevemente a sus amigos y luego clavó su mirada seria en quien fuera su enemigo de la escuela y decidió empezar por el comienzo:

—Al morir mi padrino, Sirius Black, me dejó como heredero de sus posesiones, entre ellas la casa de su familia, el número 12 de Grimmauld Place en el municipio de Islington al noreste de Londres—Draco bostezó y Harry carraspeó la garganta, molesto—. Durante estos años la casa ha sido usada para… distintos fines. Sin embargo, a pesar que hemos intentado restaurarla, no hemos podido recuperarla del todo, sigue pareciendo una propiedad abandonada. Es más, ahora se deteriora cada vez con más rapidez.

—Me temo, Potter, que no estoy entendiendo nada—dijo Draco con desdén.

—Una maldición de sangre—exclamó de repente Hermione, usando el mismo tono que en la escuela cuando era la única que sabía la respuesta del salón. Los tres jóvenes la miraron y ella buscó un libro sobre la repisa del fondo—. La casa tiene una maldición de sangre. Harry podría haber heredado la casa legítimamente de Sirius, si esa era su última voluntad, pero resulta que la casa no era de Sirius…

Draco rodó los ojos y le clavó una mirada fría llena de desprecio:

—¿Quieres que le de cinco puntos a Gryffindor? Sigo sin entender una sola palabra de lo que dicen.

Ron dio dos zancadas, estaba furioso y convencido que aquello no era más que gastar palabras en un mequetrefe, pero ya se estaba pasando.

—¿Y tú te crees muy gracioso, Malfoy? —extendió su mano para tomarlo del cuello y levantarlo del asiento, pero Hermione se interpuso entre los dos al tiempo que Harry se ponía de pie.

—¡Repudiado! —gritó Hermione por lo que Draco la miró como si estuviera loca—. Sirius Black fue repudiado por su madre y borrado del árbol familiar de los Black, es por esto que la casa era suya a los ojos de la ley de los magos, pero no bajo el hechizo de sangre que la protege— Ron retrocedió dos pasos, se cruzó de brazos y se tiró en el sillón—. Descubrí este libro el año pasado en la sección prohibida de la biblioteca de la escuela, sólo hasta ahora terminé la traducción. Sólo un heredero legítimo en primer grado puede reclamar una propiedad con las características de Grimmauld Place…

Hermione se detuvo porque de verdad parecía que él aun no captaba nada de lo que ella decía.

—Ese eres tú, Malfoy, por si aún no te enteras—soltó Harry y se regodeó al ver el gesto de confusión que se le dibujó en el rostro—. Narcissa, tu madre, no es la única viva de los Black, pero si la única que lleva el apellido, que no fue repudiada por las locuras de su familia y que tiene un descendiente varón en primer grado que puede finalizar esto.

Un silencio profundo cayó sobre la habitación y Draco los miró a cada uno un instante. Potter lucía cansado, Weasley enojado y Granger ansiosa. No entendía que pasaba con la estúpida casa de los Black pero, para ser honesto, le tenía totalmente sin cuidado. ¿Propiedades? Tenía muchas, no le interesaba una más, menos si estaba maldita.

Hermione observó cómo se puso de pie y se pasó su mano izquierda por el cabello -un gesto que hacía cuando estaba nervioso, pero ella aún no lo sabía-, les dio la espalda a los tres y abrió la puerta para salir.

—No me interesa—dio un paso fuera y antes de que Ron lo insultara continuó—. Conozco algo de magia de sangre y créanme cuando les digo que no me interesa tener nada que ver con ella. Tendrás que buscar a alguien más para que te ayude con tu remodelación, Potter.

Harry estaba hirviendo de furia pero, lo que pasó después, eso nadie no lo vio venir:

—¿No crees que si no fueras nuestra última opción nos habríamos tomado el trabajo de siquiera contactarte? —gritó Hermione desde la puerta de la oficina a Draco que estaba en medio de la oficina de aurores donde ahora nadie pronunciaba palabra— ¿No crees, Slytherin engreído, que ya hemos intentado todo y hemos fallado?

Draco se regresó dando grandes pasos hasta donde ella estaba y escupió en su cara:

—Te repito, Granger, no me interesa. No quiero complicar mi vida con un asunto que me tiene sin cuidado, no ahora cuando…

—¡Cuando Harry, Ron y yo terminamos de salvar tu pellejo y el de tu familia! —le espetó ella con sorna y fuera de sus cabales. Ron y Harry llegaron hasta donde ella estaba y también vieron el cambio del semblante en la cara de Malfoy. Sus ojos grises brillaron de odio y sus puños temblaban de rabia. Respiró profundamente y su cara mutó muy lenta a una frialdad mortal.

Hermione recordó la muerte de Lucius, entendió que un indulto a estas alturas para él era lo mismo que nada, acababa de perder a su padre. Por Merlín, era una tonta.

—¿Incluirás en mi pliego de condiciones la ayuda de obrero de construcción para la casa en ruinas del Salvador del Mundo Mágico? —dijo retrocediendo y mirando alrededor con burla— ¿Ahora? ¿Mientras estoy en una oficina llena de aurores en el Ministerio? —y añadió en un susurro frío e irónico para que sólo ella le escuchara—. ¿Aquí donde soy un cachorrito indefenso? Mira lo que pasa cuando intento apenas tomar mi varita…

Y bastó que pronunciara esas palabras e intentara mover su mano hasta su abrigo para que decenas de varitas de todos los agentes presentes, incluyendo a Ron, le apuntaran mientras él sonreía sardónico y levantaba las manos en son de paz.

—No fue eso lo que quise decir—respondió ella con fiereza aunque sabía que eso era exactamente lo que había querido decir. Harry les ordenó con un gesto suave que bajaran las armas y ella continuó, ignorando el terrible alboroto que habían armado en la oficina—. Debes escucharnos, hasta el final.

—Ya escuché suficiente— terminó Draco. Se dio la vuelta y salió por las pesadas puertas de roble rumbo al ascensor.

Hermione pateó el suelo molesta y Ron maldijo en voz alta mientras Harry alborotaba su cabello con las dos manos, en un gesto de impotencia. Un auror alto de facciones duras se acercó hasta ellos mientras el resto, aun confundidos, volvían a sus labores.

—Harry, ¿Quieres que lo detengamos en el Atrio y lo traigamos de regreso? ¿Lo arrestamos por amenazar a un funcionario del Ministerio?

Él negó con la cabeza y caminó regreso a su oficina.

—Déjalo ir, Liam. Terminamos con él—dijo Ron haciendo señas a Hermione que lo siguiera dentro para hablar con Harry.

—Lo he estropeado todo ¿Cierto? —dijo ella entrando tras él al despacho.

—Sólo un poco. Si quieres que te sea honesto, pensé que sería yo quien terminaría en un duelo con él y no tú. Tú eres la chica lista aquí.

Ella sonrió avergonzada y agitando su varita hizo aparecer desde la cocina tres tazas de té caliente. Harry tomó el suyo a regañadientes mientras observaba una fotografía suya con Sirius.

—¿Qué se supone que haremos ahora? —dejó salir después de tomar el primer sorbo.

Hermione se aclaró la garganta y dijo hojeando su libro de maldiciones:

—No te preocupes, Harry. Yo enredé esto y yo lo resolveré. Algo se me tiene que ocurrir.


Espero les haya gustado.

Nos leemos en los reviews.

Besos,

Ldny