Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.


I - EL NÚMERO 12 DE GRIMMAULD PLACE

4

Aunque lo había intentado todo el tiempo desde el día que finalizó la guerra, Hermione no podía decir que era por completo feliz. Al analizar los acontecimientos de sus últimos años desde su punto de vista más lógico y frío, no podía evitar sentir que una parte de ella le había sido robada y que, de alguna forma, la que se suponía la mejor época de su vida, fue truncada de forma trágica y para siempre.

No tenía a nadie a quien culpar y, tanto tiempo después, ya no le importaba. Casi que se había acostumbrado a las pesadillas y llorar bajo la ducha sin darse cuenta le pasaba más a menudo de lo normal. Podían pasar semanas en las que todo permanecía bajo control, sin embargo, las repentinas explosiones de tristeza y miedo que la embargaban de pronto, sólo eran sofocadas por horas intensas de lecturas sobre maldiciones de sangre, propiedades mágicas antiguas y los Sagrado Veintiocho. De una u otra manera, gracias a su obsesión por salvar Gimmauld Place, no se había vuelto loca en medio de las persecuciones a los mortífagos rebeldes ni de los juicios que siguieron a la Batalla de Hogwarts.

Esa mañana, Hermione se levantó antes que el sol saliera, lo cual ya hacía parte de su rutina. La noche anterior había tomado una dosis considerable de la poción para Dormir Sin Soñar pues sabía que le esperaría un día largo y necesitaba estar descansada.

Tomó una ducha rápida y mientras secaba su cabello con un hechizo práctico abrió su armario y escogió la ropa que llevaría ese día. A pesar del frío, la nieve y la humedad; el otoño y el invierno se habían convertido en sus estaciones favoritas: gracias al clima, no tenía que darle explicaciones a nadie de por qué siempre usaba camisas mangas largas.

Desnuda frente al espejo, se observó más tiempo del necesario. Detuvo sus ojos en el reflejo de su antebrazo y vio las cicatrices que le acompañarían de por vida. Por un segundo, quiso mandar todo al infierno y no tener nada que ver con él pero sabía que sin su ayuda, recuperar la casa de Harry sería una cruzada perdida. Se dejó caer sobre su cama y se cubrió con la toalla húmeda el pecho.

Cada vez que estaba frente a Draco Malfoy se sentía igual de descubierta que en aquel momento, cuando recordaba que él estuvo ahí, presente, cuando Bellatrix Lestrange ultrajó su alma y la dejó marcada para siempre. No sabía si le temía o le odiaba, sólo tenía la certeza que entre más rápido terminaran sus asuntos en la casa de los Black, menos debía verlo y más pronto dejaría de sentir esa incómoda presión en el pecho cada vez que estaba con él.

—Eres mejor que él— susurró para sí misma y mirando su imagen en el espejo que le devolvió una sonrisa confiada.

—Eso no lo dudes—respondió su reflejo guiñándole un ojo.


Draco estaba sentado en una banca frente a unas casas de ladrillo rojo en un distrito muggle de Londres. Apenas había logrado dormir algo la noche anterior por lo que, no sólo estaba de pésimo humor, sino también sus niveles de ansiedad estaban más elevados de los normal.

Miró su reloj de oro para revisar la hora pero, por un instante, olvidó que eso era lo que iba a hacer. Observando sus manijas moverse despacio recordó el día de su décimo séptimo cumpleaños, cuando en medio del terror que lo consumía por la terrible misión que estaba a punto de completar, recibió el paquete como regalo por su mayoría de edad con una nota de su madre que le explicaba apenas brevemente que había pertenecido a Lucius y a su abuelo Abraxas, pero que ahora era de él, el legítimo heredero de los Malfoy.

Suspiró y lo escondió bajo su la manga de su abrigo negro. Sin querer, cada cosa que poseía le traía recuerdos del pasado. A veces, y sólo a veces, quería escapar a San Mungo a que le borraran todo lo que tenía dentro de su cabeza. Como siempre que estaba nervioso, movió su mano izquierda hasta su cabeza y, muy despacio, revolvió su cabello hasta dejarlo revuelto.

Un plop a su lado lo hizo brincar sobre su asiento y se giró para encontrarse a Hermione Granger de pie junto a él. Se miraron a los ojos un par de segundos, y sin decirse nada, pudieron ver todos sus demonios encontrarse a su alrededor. Draco tragó en seco y no apartó su vista de ella que se sentó a su lado, dejando entre los dos el espacio suficiente para otra persona.

—Llegas tarde—murmuró él tratando de ocultar su turbación—. Como siempre, tus modales dejan mucho que desear.

Ella puso los ojos en blanco y descansó las palmas de sus manos sobre sus rodillas. Más allá, un grupo de chicos gritaban y corrían jugando un partido de fútbol mientras sus madres los observaban de lejos.

—Y como siempre, tú te olvidas de saludar, Malfoy—contestó ella al tiempo que clavaba sus ojos cafés en él, sin importarle en lo más mínimo que se notara toda su tensión—. No sé cómo exiges modales si tú te comportas como un niño malcriado.

—Al menos yo me peiné esta mañana—comentó al tiempo que señalaba su melena castaña y desordenada debajo de un gorro de lana rosa. Ella bufó y se puso de pie antes de mirarlo nuevamente con desdén.

—Muy bien, Malfoy. Vamos a insultarnos para que esto sea mucho más difícil. Madura de una vez—y sin más se puso en marcha a través del parque y él la siguió sin poder evitar que una sonrisa pequeña se dibujara en su rostro. No entendía como es que había olvidado que molestar a Potter, Weasley y Granger era tan divertido.

Ella se detuvo a la orilla de la acera y miró a ambos lados de la carretera donde los autos pasaban a gran velocidad. Draco se detuvo a su lado y notó que comenzaba a llamar la atención: Estaba usando su abrigo negro encima de una túnica gris con verde con un cuello alto. Sin duda la señora que iba empujando un cochecillo y que le quedó mirando con descaro, supuso que su atuendo era bastante peculiar.

—Odio…—se detuvo antes de terminar la frase. Ya no podía ir por ahí soltando expresiones relacionadas a su desprecio por todo lo muggle. Carraspeó incómodo y apenas tuvo tiempo de sobreponerse antes de ver a Hermione Granger tenderle la mano derecha. La miró confundido— ¿Perdón?

—Vamos a aparecernos— dijo ella simplemente como si fuera lo más casual del mundo establecer contacto físico entre ellos, como si no estuviera muriendo de la incomodidad al tener que tocarlo—. La casa está en una ubicación segura, jamás podrías encontrarla sin mí.

—Gracias por el apunte de lo indispensable que eres, Granger—respondió él arrastrando con desprecio cada sílaba. Estiró su mano hasta ella y envolvió sus dedos entre los suyos, sin embargo, no pasó nada. Hermione miraba su agarre y trataba de respirar mientras volvía esa profunda presión en su pecho. Su piel estaba fría pero bastó un segundo para que un calor suave y vivo comenzara a instalarse donde se tocaban. Draco iba a decir algo, pero antes de pronunciar palabra comenzó a sentir que la magia lo halaba con fuerza para llevarlo a otro lugar.

Aparecieron frente a un conjunto de casas simétricas y muy muggles. Draco volteó a verla pero Hermione le daba la espalda con decisión mientras trataba de ocultar el temblor en su cuerpo. Se sentía tan expuesta y débil que casi se arrepentía de no haber contado a sus amigos que Malfoy había accedido a ayudarlos. Aun no entendía porque les ocultaba lo que estaba haciendo.

—Es la casa número doce—dijo sin mirarlo. Draco pasó sus ojos grises por las fachadas y estuvo a punto de anotar que ese número no salía—. Concéntrate, está justo ahí, en medio de la casa número once y la trece.

Quiso decirle que estaba loca cuando observó que, tal cual ella había dicho, el número doce de Grimmauld Place, se alzaba frente a ellos. El porche acumulaba hojas secas de los árboles del parque de enfrente y un pedazo del techo había caído sobre los escalones. La piedra estaba rota en varios lugares y la puerta se veía desvencijada, carcomida y llena de polillas.

—No sé por qué, pero siempre me imaginé la casa de Potter exactamente así— comentó con burla y avanzando hasta la entrada. Sin embargo, bastó que pusiera un pie frente al portón negro y su mano girara el picaporte, para que un trozo de madera del marco se desprendiera sobre su hombro. Lo esquivó casi que de milagro pero al pisar la alfombra raída del vestíbulo, esta se rompió por la mitad y le hizo resbalar, haciéndolo caer de bruces sobre el piso de piedra y levantando una nube pesada de polvo.

Hermione caminó desde la calle hasta donde el yacía de narices contra el suelo, esquivando los escombros con cuidado. Lo arrastró con poca delicadeza halándolo de sus mangas hacia adentro de la casa y cerró la puerta de un golpe. Él masculló un quejido y trató de levantar su cabeza luciendo bastante adolorido.

—Bienvenido a la noble y más antigua Casa de los Black— dijo ella liberándose por fin de la tensión y dejando escapar una suave carcajada sin poder ni querer evitarlo.


Draco estaba sentado en un sillón sin patas, así que sus piernas estaban estiradas sobre el suelo. Estaba lleno de arena y yeso, y su nariz le dolía como un cuerno. Sostenía su pañuelo de seda contra su rostro y así había detenido la leve hemorragia.

Estaba furioso por su accidente, pero aún más porque Granger parecía haberlo disfrutado.

En ese justo momento, ella entró por la puerta de la habitación en la que se encontraban, una especie de salón para visitas en el primer piso, al cual llegó apareciéndose junto con ella pues no quería ni pensar lo que le pasaría si pisaba las escaleras viejas de madera que desde la planta baja llevaban hasta a ahí.

—Déjame ver tu nariz —dijo ella arrodillándose frente a él que no pretendía siquiera ocultar su mal humor. Bufó con rabia y apartó su mano de su rostro. Granger estaba demasiado cerca de él, por lo que para evitar sentirse más incómodo posó sus ojos en el bol de agua, los paños limpios y el pequeño botiquín de pociones que había llevado consigo. ¿Acaso esos desastres ocurrían tan a menudo?

Hermione observó con atención y se inclinó demasiado cerca de la cara del Slytherin que retrocedió casi que por inercia. Ella se apartó de inmediato y carraspeó tomando su varita del bolsillo de su túnica.

—Está rota, debo arreglarla—señaló apuntando a su nariz roja y amoratada que ahora lucía su tabique ligeramente desviado. Él se enfureció aún más.

—Genial, ni siquiera hemos empezado y esto ya pinta terrible para mí—apartó de un manotazo la varita de Hermione de su rostro e intentó ponerse de pie—. Si me disculpas, prefiero que esto lo haga un experto.

Ella se enojó y volvió a apuntarle al rostro, pero ahora dispuesta a echarle un maleficio. Jamás, nunca, nadie debía insinuar que Hermione Jean Granger no era buena, sino la mejor, en algo. Pero Draco ignoró ese hecho.

—¿Y qué dirás al llegar a San Mungo con la nariz rota por un golpe? ¿No crees que tu accidente puede ser tan malinterpretado como para dar aviso al Ministerio?

—Tienes que dejar de amenazarme, Granger—escupió Draco con furia por lo que sintió que su cara iba a estallar de dolor—. Un día no estaré de buen ánimo y te arrepentirás de estarme diciendo lo que debo o lo que no debo hacer.

Ella sonrió de medio lado y lo empujó de regreso al sillón. Antes que él pudiera decir más nada exclamó:

¡Episkey! — y tras sentir una sensación cálida y luego helada sobre su rostro el dolor desapareció. Eso lo enojó aún más si es que aquello era posible e iba a lanzarle un par de insultos, pero se detuvo al ver que tomaba los trozos limpios de tela los sumergía en el agua y mirándolo con prevención, los acercó a su cara para limpiar la sangre—. Sólo me tardaré un poco.

Draco se cruzó de brazos y no dijo nada mientras el agua helada le erizaba la piel, o al menos eso quería creer. No recordaba la última vez que una chica lo había tocado y pensar eso mientras estaba a solas en una casa abandonada con Hermione Granger, lograba asustarlo más que el recuerdo del mismísimo Señor Tenebroso.

Una vez ella finalizó su curación se puso de pie y caminó por el salón. Se detuvo en el tapiz del árbol genealógico y descubrió a la extinta familia de su madre retratada en decadencia. Granger permanecía en silencio tras él.

—Y bien, ¿Tienes alguna idea de por donde debemos comenzar? —preguntó Draco que guardaba la esperanza que aquella tarde podrían resolver todo el problema. Hermione asintió y sacó un libro grueso de un pequeño bolso de cuentas. Él se preguntó qué otras cosas ella guardaría allí.

—Por lo pronto, pon tu mano derecha sobre tu nombre en el árbol y con tu varita apunta al logo familiar mientras repites después de mí— Draco obedeció a regañadientes pues al preguntar no esperó recibir instrucciones tan detalladas. Se acercó a la pared e hizo todo tal cual ella le ordenó—. Primus genus et honor.

Primus genus et honor— repitió el y sintió que su mano quedó pegada a la pared por una fuerza mágica y antigua.

Sanguis veteris…

Sanguis veteris— murmuró Draco sin pensar en el calor sobre sus dedos que comenzaba a quemarle la piel.

Vita filii…

Vita filii— Casi que no soportaba el dolor pero no iba a llorar como un chiquillo frente a Granger. Frunció el ceño y tragó en seco mientras gotas de sudor corrieron por su rostro.

Opes ad digne…

Opes ad digne— entonces, una luz dorada emergió de la varita de Draco y golpeó el escudo de los Black. Él salió despedido hacia atrás y golpeó a Hermione, los dos cayeron de forma estrepitosa contras las cortinas de terciopelo azul cobalto que pendían de la pared opuesta y que se desprendieron para cubrirlos con tela, polvo y suciedad.

Hermione tosía con la cara a un lado sin entender lo que había pasado, sentía un peso enorme sobre su cuerpo y con sus manos trataba de apartar la enorme cortina que tenían encima. Entonces notó que la cabeza de Malfoy estaba entre su cuello y hombro, y que su cuerpo inerte yacía sobre ella.

—¿Malfoy? ¡Malfoy, quítate de encima! —gritó casi que descontrolada pero él no se movió— ¡Malfoy!

En ese instante, sólo le preocupaba su indecente cercanía, sus piernas aplastando las suyas, su pecho que no le permitía respirar y su cabello haciéndole cosquillas en la nuca. Sólo hasta cuando estuvo a punto de caer en un ataque de nervios, se le ocurrió que algo grave quizás le había pasado y por eso no se movía.

Trató de calmarse y con sus manos alcanzó su cabeza. Como pudo, tocó su rostro y cabello y trató de reanimarlo. Respiró más tranquila cuando sintió su aliento golpeando su piel. Apartó parte de la tela oscura que los cubría y tosió otra vez por el polvo que se levantó. Draco se removió, recobrando el conocimiento; sintió un aroma a granadas y alguna fruta silvestre. Sentía cosquillas en su nariz y abrió los ojos lento, sin recordar dónde estaba o qué había pasado.

De pronto, todo lo sucedido regresó a su mente y se incorporó de un golpe, mientras se apoyaba sobre las palmas de sus manos. Granger estaba encogida debajo de él, mirando sonrojada y avergonzada a otro lado. Sus piernas estaban atrapadas debajo de las suyas y sus cuerpos se habían tocado más de lo que nunca se imaginó.

Quitó de un zarpazo la cortina que los cubría y se hizo a un lado dejándola libre al fin. Ambos quedaron sentados sobre el piso, sin ser capaz de mirarse, pero no tuvieron tiempo para pensar demasiado en lo incómodo de su situación porque abrieron los ojos como platos y fijaron su mirada en el papel tapiz del árbol genealógico de los Black.

La pared lucía como si acabara de ser terminada, sus colores brillaban con gracia en medio de la habitación destruida y los hilos de oro y plata en los que estaban bordados los nombres relucían con destellos increíbles. Incluso los lugares de los repudiados se veían como si acabaran de quemarlos y los parches oscuros resaltaban sobre la infinidad de colores.

—¿Funcionó? —preguntó Draco confundido al ver que la casa seguía en el mismo estado deplorable, aunque el tapiz desentonara por su belleza. Hermione lo miró y se alzó de hombros antes de ponerse pie.

—No lo sé, pero es el avance más grande que hemos tenido en tres años, así que supongo que sí—respondió ella con su aire de sabelotodo—. Vamos a dar una vuelta por las demás habitaciones y revisemos si cambió algo más.

Draco hubiera preferido que ella dejara de darle órdenes pero se levantó y la siguió en el recorrido por toda la casa, en el que no encontraron mayores mejorías.

—Creo que no sirvió del todo. Casa 1 – Granger 0— comentó él cuando llegaron al vestíbulo en la planta baja. Ella apretó los puños y se dirigió a la salida con grandes zancadas.

—Tenemos que regresar pronto para ver si el tapiz se vuelve a desgastar o si el arreglo fue permanente—fue lo único que dijo bajo el sol del atardecer que teñía su piel de rosa y ocultaba el sonrojo de sus mejillas.

—¿Tenemos? —inquirió él escéptico pasando bajo el portal y quedando frente a ella en la acera. Hermione bufó, tras de todo, Malfoy quería hacerse de rogar.

—Sí, tenemos. Y la próxima vez trae todas las escrituras de tus propiedades para comenzar a revisarlas en ms ratos libres— Draco la miró por el rabillo del ojo y siseó un insulto ante su forma de recordarle por qué es que él aceptó esa estúpida idea de ayudarla con la reparación de aquella casa tenebrosa—. No podrá ser hasta el jueves. Estaré ocupada en el Ministerio toda la semana.

—Me temo que nos veremos el viernes— respondió Draco. Aunque no tenía nada que hacer el jueves, no harían siempre lo que ella dijera, él también pondría sus condiciones. Ella puso los ojos en blanco y se alejó de él.

—Bien, el viernes. Adiós—y sin más, desapareció en el aire, dejando atrás el aroma a frutas silvestres, granada y vainilla. Draco pudo al fin reconocer ese olor como una suave esencia de vainilla.

Echó un último vistazo a la casa y cerró los ojos para aparecerse en su casa de Belgravia.

Quizás si alguno de los dos hubiera estado más atento, habría notado que a su salida ningún pedazo del techo les había caído encima pero, sobre todo, que en la entrada, justo donde Draco había partido su nariz contra el suelo y su sangre había manchado las losas; la piedra brillaba pulida como si acabara de ser colocada.


Mientras veía el sol morir contra el horizonte esa tarde a través de los ventanales del salón del segundo piso, Walton le ofrecía su taza de té caliente y unos bocadillos recién horneados. Draco no tenía mucho apetito, pero tampoco quería reñir al elfo que se ponía siempre de mal humor cuando le rechazaban la comida. Era por eso, básicamente, que Walton parecía odiar a su amo Draco que se negaba a comer casi que a diario.

La habitación se iluminó con llamaradas verdes y Theodore Nott hizo su entrada sin previo aviso, como últimamente se estaba malacostumbrando.

—Y bien, ¿Cómo te fue con tus labores de limpieza hoy? —dijo dejándose caer en un cómodo sillón frente a Draco que ni siquiera lo miró mientras sorbía su té. Walton puso otro puesto en la mesa con un chasquido de sus dedos y le ofreció un pocillo al recién llegado.

Theodore miró a Draco con sus ojos verdes brillando con diversión. Vio sangre en su camisa blanca y polvo en su túnica y abrigo. Sonrió de medio lado al ver que su amigo se giró a verlo y que hizo un mohín con la boca, expresando sin palabras todo su desagrado.

—Fue un desastre. Gracias por no preguntar más— quiso concluir la conversación con esas palabras pero no sería tan fácil.

—¿Cuándo podemos tomarnos algo con Granger para que ella me dé su versión de los hechos? —Draco lo miró como si acabara de decir una locura y Theo se permitió ensanchar su sonrisa.

—Creo que comenzaré a contemplar la idea de regresar a vivir en la mansión— y sin más bebió otro poco de su taza mientras Theodore soltó una carcajada divertido. Aun no sabía por qué, pero tenía un buen presentimiento de que algo bueno saldría de todo eso, aunque Draco lo aceptara nunca.


N/A: Me gusta pensar que Bellatrix, además de utilizar el Cruciatus en Hermione, la marcó con "Sangresucia" en el brazo como en las películas. Pequeñas libertades que me tomo, al escoger lo mejor de los libros y las películas de HP.

Espero que les haya gustado y nos leemos en los reviews.

Ldny