Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.


I - EL NÚMERO 12 DE GRIMMAULD PLACE

7

Si alguna vez en su vida Hermione se hubiese preguntado cómo luciría la habitación de Draco Malfoy, estaba segura que nunca habría pensado en un lugar parecido al que se encontraba.

No había decoración verde ni plata de Slytherin ni tampoco crudas paredes de piedra. No había colores oscuros ni serpientes bordadas en los doseles de la cama. Era más bien un cuarto amplio y bien iluminado, sin fotografías o retratos, en cuyo centro había una solitaria cama de cuatro postes, en la que podrían caber cómodas tres personas, cubierta con un edredón blanco nieve y encima de la cual brillaba una mancha de sangre del diámetro de un caldero pequeño que lentamente se hacía cada vez más grande.

Hermione corrió apenas soltando la mano de Walton que gritó, histérico, el nombre de su amo. Ella, espantada hasta los huesos, quitó los cobertores de un tirón y encontró el rostro cetrino y sudoroso de Malfoy. Él estaba inconsciente por lo que, sin pensarlo, se aventó sobre la cama y descubrió de dónde venía toda aquella sangre.

La chica no podía dejar de temblar al observar en la mano derecha de Draco su varita débilmente empuñada y en la izquierda un corte limpio y profundo a la altura de su muñeca. No tenía tiempo que perder. Rasgó un pedazo de las finas sábanas de algodón con una mano y sus dientes, mientras que con la otra, presionaba la herida para detener la hemorragia.

—¡Walton! —exclamó hacia el elfo asustadizo—. ¡Trae mi bolso, ahora!

Terminó a las prisas un torniquete muggle, sólo para rebuscar en su mente un hechizo que le ayudara a cicatrizar la herida que había sido abierta con magia y que sólo con magia cerraría. Pasó su varita por su brazo izquierdo murmurando los contrahechizos con la voz quebrada del miedo y sin poder apartar sus ojos de los labios secos y amoratados del rubio. Se apuró al notar que funcionaba, pues la sangre en lugar de salir, se recogía de nuevo hacia adentro del cuerpo.

Walton apareció y ella convocó el frasco de díctamo que siempre cargaba encima. Se quitó como pudo el cabello de su frente y dejó caer primero un par de gotas por encima del torniquete. Dos hilillos de humo blanco ascendieron y sólo hasta ese momento respiró más tranquila. El elfo se acercó a ayudar, retiró la tela manchada de la muñeca de su amo y Hermione dejó caer otras dos gotas. Más humo se levantó de la herida y finalmente cerró por completo.

Por primera vez desde que llegaron, Draco se removió en la cama, como recobrando despacio la consciencia, por lo que Walton dio un chillido de emoción:

—¡Amo! ¡Walton pensó que lo había perdido! —Hermione suspiró aliviada.

Draco abrió los ojos con dificultad, se sentía débil y fuera de sí. Intentó incorporarse pero falló rotundamente. Movió su mirada gris y confundida hasta la persona sentada junto a él en la cama y encontró el rostro de Hermione Granger: sus ojos delataban que estaba muerta de miedo, su nariz estaba perlada por el sudor y toda su frente y mejillas estaban llenas de sangre, aunque no se preocupó por ella ni un poco pues sabía a quién pertenecía. El dolor se había ido, eso era lo único que importaba.

El mundo le dio tres vueltas y apenas pudo contener las náuseas al verla a ella acercase hasta su rostro. ¿Qué rayos pretendía? Sus manos manchadas de rojo se movían directo a su pecho y sus labios estaban cada vez más cerca de los suyos. Quiso apartarse pero ninguna de sus extremidades le hacía caso.

Sus ojos cafés estaban llenos de lágrimas y fue entonces cuando sintió un tirón brusco en su pecho adolorido. Hermione acababa de agarrarlo de la camisa de su pijama, lo levantó hasta dejarlo casi sentado sobre la cama y gritó como una loca llena de ira, mientras un llanto de rabia rodaba por sus mejillas:

—¿Estás loco o qué? ¿Qué diablos pensabas cuando te abriste las venas de un tajo? —él ni siquiera pudo abrir la boca antes que ella continuara—. ¡La próxima vez que decidas matarte, no mandes a tu elfo por mí! ¡Maldito loco!

Y hubiera seguido insultándolo si Draco no hubiese caído desmayado otra vez sobre la cama, con algo parecido a una sonrisa burlona en los labios.


Hermione daba vueltas en la sala de estar como una leona enjaulada. Estaba sola pues después de lanzarle un Ennervate a Malfoy y que éste se contorsionara como una serpiente del dolor al despertar, mandó a su elfo doméstico a que la echara de la habitación. Maldito engreído. Acababa de salvarle la vida y así le pagaba.

Se detuvo de pronto delante de un espejo antiguo que reposaba al fondo del lugar. Miró con precaución sus manos, llenas de la sangre seca de su otrora enemigo. Se encontró con los ojos de su reflejo y reconoció a aquella adolescente para la que tener ese tipo de aventuras fueron el pan de cada día durante años.

Esbozó media sonrisa, había extrañado eso.

Sacudió su cabeza de repente y sacó su varita para limpiarse el rostro, estaba hecha un desastre y parecía recién salida de una sanguinaria película de terror.

Acababa de lanzar el primer hechizo cuando un crack frente a ella la detuvo.

—Hermione Granger. Sígame. —Ella miró con recelo al elfo y no se movió de su lugar. No había dejado de notar que al igual que el maleducado de su amo, tampoco había dicho por favor.

—Me voy de aquí —dijo ella sin dudar. Walton la miró a los ojos sin parpadear e inclinó su cabeza a un lado sin entender.

—El amo tenía razón con respecto a sus modales ¿Qué clase de bruja decente se precia de rechazar la hospitalidad de la Casa de los Malfoy? —respondió con soberbia el pequeño ser por lo que Hermione hirvió de furia, ignorando el hecho que al parecer era un agradable tema de conversación de cocina entre Draco y su personal de servicio.

—Una bruja cuerda y en pleno uso de sus cinco sentidos. Dime elfo, ¿Te pagan los Malfoy un salario?

El pobre elfo chilló como si se le hubiera aparecido el mismísimo Voldemort y estiro sus orejas para tapar su rostro avergonzado.

—¿Salario? —exclamó indignado—. ¿Qué clase de siervo inútil e interesado fuera Walton, si sus amos le pagaran un salario?

Hermione suspiró preparándose para iniciar una larga discusión con el elfo pero una voz a sus espaldas le detuvo.

—¿Sólo tienes media hora aquí y ya vas a empezar a tratar de sindicalizar a mi servidumbre? —Draco estaba detrás suyo. Se había quitado la camisa de su pijama y reposaba con el pecho descubierto, en contra del marco de la puerta. Su piel lucia tan pálida como se pudiera imaginar, de un color amarillento que delataba su delicado estado de salud.

—¿Qué haces fuera de tu cama? —comenzó ella poniendo los ojos en blanco y en tono cansino—. ¿Estás decidido a morir hoy?

—¿Y tú estás decidida a pasear por Londres sucia y ensangrentada? No sé porque presentía que no querrías acompañar a Walton —. De pronto un mareo lo invadió y tuvo que sostenerse del espaldar del amplio sillón. Espero un momento antes de seguir, odiaba dar la impresión de estar desvalido y para su desgracia, en ese momento no podía disimular su terrible estado. Hermione lo notó enseguida y trató de acercarse pero se detuvo a mitad de camino—. Walton, lleva a Granger a lavarse. Yo iré a la cocina,

—Debes subir y descansar. Yo puedo irme a mi casa ahora…—. Pero antes de poder evitarlo, el elfo chasqueo sus dedos y la apareció en frente a una ducha en un baño que brillaba de lo limpio.

—Walton se encargará de su ropa —. Y sin más, volvió a sonar sus dedos y desapareció al tiempo que en la bañera de la esquina comenzó a burbujear una espuma relajante y cálida que se le antojo perfecta.

Sin embargo, Hermione se paró un momento a meditar su extraña situación y, al final, golpeó su frente con la palma de su mano: no había forma alguna en la que accediera voluntariamente a desnudarse si estaba bajo el mismo techo que Draco Malfoy.

Por su parte, él trituraba sin fuerza las escamas de un bolafuego chino mientras reposaba en la cocina sentado en una mesa de madera pesada con el mortero sobre sus rodillas. Trataba de controlarlo, pero sus manos temblaban y creyó que se desmayaría en cualquier momento.

Draco había perdido demasiada sangre, más de lo que planeó inicialmente, cuando calculó el tiempo que Granger podría tardarse en llegar a ayudarlo y encontrar una solución para el horrible ardor que le consumió tan pronto abrió los ojos.

El dolor era insoportable y podía sentir como cada gota le quemaba por dentro de las venas, como si su cuerpo le estuviera pidiendo a gritos que la sacara de su sistema. Era una maldición y una muy poderosa, así que más le valía a la sabelotodo buscar una respuesta a su problema pues acuchillarse las muñecas para aliviarse era una solución demasiado drástica para intentarlo una segunda vez. Aunque al menos había funcionado.

Secó con el dorso de su mano el sudor frío que le corría por la frente y añadió el polvillo de escamas de dragón al caldero de latón que hervía en un mechero junto a él. Walton se mantenía en silencio a su lado y le alcanzó un frasco de vidrio que contenía sangre de hipogrifo. Dejó caer diez gotas exactas sobre la mezcla verdosa y humeante, que de inmediato cambio su color a un encendido escarlata. Tomo su varita y, tras suspirar, revolvió cinco veces en contra de las manecillas del reloj, bajó la intensidad del fuego y esperó.

Walton tenía listas cuatro hojas cortadas de tentácula venenosa junto a una daga de plata. Draco las tomó pero bastó sentir su olor para marearse por completo.

—Quizás quieras esperar unos minutos más antes de añadir las hojas a la mezcla —. La voz de Hermione Granger le sorprendió desde el umbral de la puerta. Le dedicó una mirada por encima del hombro y bufó antes de dejar caer el último ingrediente dentro de poción.

—No eres la única que sabe de pociones aquí —replicó Malfoy mientras el contenido del caldero cambiaba de color y mutó a un rojo oscuro.

Hermione avanzó hasta él y le miró con precaución: hasta hace poco tiempo, ese joven de apariencia enfermiza y débil había estado a punto de morir y, aun así, acababa de preparar una poción de complejidad EXTASIS para recuperar la sangre que había perdido. Draco se decidió a ignorar su presencia al tiempo que Walton le pasaba una copa de cristal. Suspiró quedo antes de sumergirla en la poción y, sin darse cabida para pensarlo, se pasó de dos tragos largos su contenido, aguantando las arcadas.

Draco se sintió mejor al instante y su rostro comenzó a recuperar un poco el color perdido. Antes de proponérselo, Hermione suspiró de alivio.

Ella tenía pocos recuerdos de antes de la guerra, o al menos, no se esforzaba en pensar en ellos. De hecho, cuando se presionaba para imaginar como era su vida en épocas más felices descubría que desde su primer año, la gran batalla entre el bien y el mal ya se estaba cociendo de a poco. Hermione ni siquiera le gastaba tiempo a pensar en cómo habían sido las cosas antes de descubrir que era una bruja, cada día esas memorias se ponían más y más borrosas.

Es por todo eso que le parecía demasiado extraño ver a ese hombre delante de ella y convencerse que era aquel mocoso malcriado de once años que iba de aquí para allá en la escuela presumiendo del dinero de su padre y de lo bueno que era en Quidditch.

Draco Malfoy no era ni sombra de lo que ella podía recordar. Él había llegado a un punto de máxima delgadez, su pecho descubierto se veía lánguido y Hermione podía contar con facilidad cada una de las vértebras de su espalda. Sus pómulos estaban más afilados que nunca y sus ojeras marcadas le daban un aspecto preocupante.

No había nada de ese Slytherin orgulloso de antaño, nada de ese adolescente soberbio. O al menos eso creyó hasta que se levantó con dos pasos y se giró hasta quedar frente suyo, levantando la vista y clavando sus ojos grises y profundos en ella.

Eran los mismos ojos altaneros que le miraron con desprecio la primera vez que le llamó sangresucuia en segundo año. Los mismos que la vieron confundidos, delatando su infinita rabia, después que lo abofeteara en tercero. Esos ojos que la observaban, aterrados, cuando lloraba mientras era torturada frente a él en la sala de su mansión.

Quiso evitarlo pero el sólo recuerdo la hizo temblar.

—Me voy. Notificaré al Ministerio. Te deben revisar medimagos e iniciar un tratamiento —. Fue ahora su turno para dar media vuelta y salir de la cocina. Dio grandes zancadas hasta el salón en búsqueda de la chimenea para irse de inmediato—. Un intento de suicidio es algo que no puedo ayudarte a encubrir…

Mientras caminaba, sacó su varita para encender el fuego pero una mano la agarró con fuerza del brazo y la detuvo. Draco la hizo girarse y la atrajo hasta él. Hermione reaccionó de inmediato y apuntó directo a su cuello.

—¿Suicidio? Si quisiera matarme, no estarías aquí en primer lugar —dijo él y enarcó una ceja, mientras relajaba la presión de su mano sin soltarla—. No puedes irte hasta que descubras qué diablos me sucedió.

Ella sacudió su brazo para soltarse pero él no se lo permitió. Sus cuerpos estaban más cerca de lo que era cómodo por lo que le dirigió una mirada furibunda, Draco ni siquiera se inmutó.

—Tomaste tu varita, cortaste tus venas y luego enviaste a tu elfo por mí. Eso suena a un grito desesperado para llamar la atención —. Y así había sido, apenas acababa de salir del apartamento de sus amigos. Había soltado la excusa de ir a arreglarse para el almuerzo en casa de los Weasley y en un abrir y cerrar de ojos estaba en frente de su casa que la esperaba vacía, como siempre. Fue entonces cuando Walton apareció en su sala reclamándole que fuera con él. Draco finalmente la soltó y chasqueó la lengua. Esbozó media sonrisa burlona, provocando una oleada de rabia en ella, y respondió:

—Y si ese fuera el caso, ¿Por qué de todas las personas del mundo, querría yo llamar tu atención? Andar tanto con Potter está haciendo que se te suban los humos a la cabeza —. Movió negativamente la cabeza, como fingiendo decepción—. Creí que ya habías descubierto que si te traje a ti aquí, fue porque eres la directa culpable de todo lo que me pasa. Les advertí que la magia de sangre es algo con lo que es mejor no involucrarse —. Hermione abrió los ojos como platos y escuchó en silencio el relato de Malfoy de su despertar agónico. En algún momento, Walton apareció con te caliente y galletas. A ella le pareció inapropiado, era medio día y su estómago rugía de hambre.

—Siéntate, Malfoy.

—Por favor, Granger, por favor. No olvides los modales —replicó él arrastrando las palabras con desdén y mirándola con desprecio. Odiaba su tono mandón y sabihondo, odiaba su vocecita chillona dándole ordenes todo el tiempo. Ella puso los ojos en blanco ante su descaro y sacó su varita otra vez. Draco obedeció a regañadientes y se dejó caer sobre una butaca sin brazos junto a la chimenea.

Hermione convocó el libro con el que se había estado ayudando todo el tiempo para las investigaciones de Grimmauld Place y se quedó de pie frente a él que la miraba con atención. A pesar de lo que creyó, ella sí se había bañado y limpiado después que se fuera con su elfo. Tenía agarrado su cabello en un moño alto y dos mechones se le escapaban, enmarcando su cara. Sus labios se movían repitiendo en silencio las líneas que leía y fue entonces cuando él se reprendió por estar observando con tanto interés su boca.

Recordó cuando sus dientes eran aún gigantes en la escuela y todo lo que se burlaban de ella en la sala común de Slytherin, la envidia que le despertaba su enorme inteligencia, era ya una cosa del pasado, el golpe que le había dado cuando eran niños ya había dejado de dolerle en su orgullo. Ahora eran un hombre y una mujer cuyo pasado antes de la guerra parecía demasiado lejano, opacado en un ciento por ciento por las heridas aun abiertas en la Mansión Malfoy y la Batalla de Hogwarts.

El tacto de su mano fría sobre su hombro izquierdo lo sobresaltó. El roce de piel con piel fue demasiado incómodo como para ignorarlo. Alzó su vista, de su mano hasta su rostro y encontró sus ojos cafés moviéndose sobre su pecho e ignorando su mirada. Con su varita trazaba círculos encima de su corazón y se movió luego hasta su ombligo. Draco podía sentir sus uñas encima de su piel, al parecer el examen que le estaba haciendo era igual de embarazoso para los dos.

Carraspeó tratando de controlarse y para evitar pensar que la varita de Hermione Granger estaba demasiado cerca de su entrepierna. Fue entonces, cuando comenzó a sentir el mismo dolor de aquella mañana nacer cerca de bajo vientre. Comenzó como una punzada debajo de su ombligo y se fue esparciendo velozmente por todo su cuerpo.

—¿Qué me estás haciendo? —exclamó Draco tomando sus dos manos de repente y alejándolas de su cuerpo, estaba sudando frío otra vez. La varita de Hermione cayó de sus manos, perdió el equilibrio y terminó de rodillas, sus rostros quedaron a un palmo de distancia y él la miraba furioso. Tan pronto se rompió el conjuro, el dolor desapareció y su semblante se relajó. Ella le miró asustada e intentó dar una respuesta pero apenas podía balbucear palabras inconexas, trataba de explicarse, pero no lo conseguía: Draco Malfoy estaba demasiado cerca de ella, la estaba sosteniendo con fuerza y, sin su varita, estaba por completo indefensa. Sintió ganas de correr hasta que detalló su rostro y lo vio de verdad como era: parecía un chiquillo asustado, inclinado hacia ella, que tampoco entendía lo que estaba pasando. Draco intentó evitarlo pero sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos porque finalmente lo reconoció, era el dolor de la muerte. Había algo que estaba comenzando a matarlo y tenía miedo.

—Debemos… debemos ir a Grimmauld Place —fue todo lo que pudo murmurar Hermione, tratando de ponerse de pie, pero él no la soltó ni le permitió alejarse. Ambos sentían sus corazones palpitar desbocados y no podían apartar sus ojos del otro. Hermione se llenó de valor Gryffindor, sabía que todo aquello era su culpa así que con suavidad soltó su mano derecha de su agarre. Sin levantarse y sin dejar de mirarlo, la alzó despacio hasta su rostro y la colocó en su mejilla. Él ni siquiera se alejó cuando lo tocó y con su pulgar ella limpió una lágrima que pretendía escaparse—. Malfoy, tienes que confiar en mí… Vamos.

Pero de repente, toda la habitación se iluminó con llamaradas verdes y ambos se voltearon a ver al recién llegado: Theodore Nott los miraba como si estuvieran cubiertos de moco de trol y plumas de hipogrifo.

—¿Interrumpo…? —fue todo lo que dijo al ver a Draco sentado y frente a él, Hermione Granger, más cerca de lo que era apropiado pero todavía más de lo que le era posible creer. La chica retiró su mano de la mejilla de su amigo y él soltó el agarre de su mano. La cara de Hermione estaba ardiendo de vergüenza y Draco la miró de reojo antes de soltar:

—No es lo que estás pensando —. Entonces Theo se acercó a la mesita en medio de la sala, tomó una taza de té, le puso dos cubos de azúcar y se dejó caer sentado en el sofá. Con una sonrisa maliciosa los miró a ambos, burlón.

—Tranquilo, Draco. Tú no tienes idea de que es lo que yo estoy pensando.

Draco bufó con desesperación y se reprendió internamente por no haber bloqueado aún su chimenea para poner a raya al entrometido de Theodore, por ese bochornoso sonrojo en sus mejillas, por ese inexplicable ritmo acelerado de su corazón cuando sintió la mano de Granger sobre su cara pero, sobre todo, por haberse dejado arrastrar a esa situación, pues sabía desde siempre que haber aceptado ayudar a Granger, había sido una pésima idea desde el primer momento.


Espero que les haya gustado. Nos leemos en los reviews. Estoy subiendo capítulo cada dos semanas, espero poder hacerlo cada 8 días.

Al menos, esta semana trataré de actualizar mi otro fic Realidades Innegables, que es la verdadera razón por la que volví a FF aunque ahora ya esté cayendo derretida a los pies de ese Dramione.

Me encanta leer sus teorías.

Besos,
Ldny