Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.

II - EL NÚMERO 59 DE ENDELL STREET

9

Ron se giró con brusquedad al sentir un ruido sordo a sus espaldas. Con la varita empuñada en alto iluminó la oscuridad profunda del túnel del metro de Londres, pero no vio nada a su alrededor. Avanzó un par de pasos más sin bajar la guardia y sintió la vibración sobre las vías que le indicó que el tren se acercaba.

Era un gran enigma para él siquiera tratar de entender cómo hacían los muggles para lograr que ese tubo gigante de acero se moviera con tal velocidad por debajo de la tierra. Cada vez sentía más fuerte el eco del metal chirriante y pudo finalmente visualizar la mole viniendo directo hacia él.

Ni siquiera se inmutó cuando el tren pasó por encima suyo y le traspasó como si fuera un fantasma, pues iba caminando por un sendero mágico diseñado por el Ministerio de Magia para el monitoreo de los túneles del metro que, al ser oscuros, húmedos y solitarios; se convertían en el escondite perfecto de criaturas y magos sin buenas intenciones.

Se acercaba el medio día y quería irse pronto a tomar su almuerzo. No era como si fuera a decírselo a Harry, pero estaba convencido que no encontrarían nada en aquella misión. Las cosas habían estado relativamente calmadas desde la aparición de los dementores hacía más de una semana y él también quería tomarse unas vacaciones.

Su mente viajó de inmediato a el rostro cansado y ojeroso de Hermione, que había aparecido en la oficina el lunes anterior a informarles que había pedido vacaciones a Kingsley y que se iría del país por unos días. A ellos les pareció más que extraño pero ella se negó a darles mayores explicaciones, salvo que visitaría a una anciana historiadora francesa que podría ayudarles con el misterio de Grimmauld Place.

—¿Estás bien? —. Fue la única pregunta que el pelirrojo le hizo a la salida de su despacho. Hermione intentó sonreírle pero su cara delataba gran agotamiento y preocupación. Ron se había inquietado de inmediato.

—Estoy bien, Ron. Gracias por preguntar—. Ella le dio la espalda pero él, en un rapto de atrevimiento, estiró su mano hasta ella y la tomó de la muñeca para que no se alejara. Estaban en el Atrio del Ministerio y su conversación no pasaría desapercibida.

—Sabes que puedes confiar en mí, ¿cierto? —murmuró él mirándola a los ojos antes que ella desviara la vista al suelo y mordiera su labio inferior con cara de estar pensativa. Las cosas entre ellos eran menos incómodas de lo que podían ser después de haber terminado su relación un año después de la Batalla de Hogwarts, el mismo día que hacían una fiesta para celebrar que Ginny había aceptado la propuesta de entrar a la plantilla de refuerzo de las Holyhead Harpies.

Después de varios intentos fallidos por arreglar las cosas, los silencios y las lágrimas eran demasiado frecuentes cuando estaban solos. Estaban rotos por dentro y, por más que quisieron creerlo, el amor no había sido el remedio para curar las heridas que a cada uno por aparte les había dejado aquella guerra.

Ron estaba convencido de que el amor sí era la cura y que si lo de ellos no había funcionado era sencillamente porque no era amor de verdad, o al menos, no amor de pareja; pues su amistad había soportado la ruptura.

Llegó a creer que cuando Harry y Ginny terminaron, Hermione finalmente se iría a los brazos de su amigo, pero eso tampoco sucedió. Estaban los tres juntos como siempre pero más solos que nunca.

—Claro que sí, Ronald. ¿Insinúas que les oculto algo? —. Ron sonrió en son de disculpa y le soltó la mano para dejarla ir, otra vez. Hermione le miró de frente y se despidió de prisa al ver que Harry aparecía a lo lejos.

Y fue por esa huida que Ron estuvo más que convencido de que ella les ocultaba algo.

Suspiró sintiéndose cansado y volvió a llevar sus ojos a la oscuridad profunda del túnel. No entendía que hacía ahí, llevaba más de un par de horas caminando y cada vez que se giraba no encontraba más que su sombra siguiéndole. Qué pérdida de tiempo.

Se detuvo de repente y se sintió desanimado. No quería seguir en aquella estúpida misión, ni siquiera quería seguir trabajando. Regresaría al Ministerio y renunciaría para siempre, después de la guerra, nada tenía el más absoluto sentido.

Dejó caer el brazo con el que sostenía su varita y con la otra se limpió los ojos llenos de lágrimas. ¿Cuándo había empezado a llorar? ¿Había sido cuándo pensó en Hermione? ¿O al recordar la guerra? Se sentía inútil y solo en medio de la nada. Sin embargo, se detuvo a pensar un momento cuando había sido la última vez que había llorado y no podía recordarlo.

Sus lágrimas se habían secado casi que al terminar el sepelio de Fred. Comenzar a llorar sin una razón clara era para él muy extraño.

Pero no tuvo tiempo de pensar nada adicional, pues sus sentidos siempre agudos, aunque en aquel momento medio adormilados, alcanzaron a sentir el ruido de pasos ligeros sobre el piso y apenas tuvo tiempo de girarse y gritar al ver una criatura horrible saltarle encima.

Aquel pequeño cuerpo peludo soltó un gruñido pero ya Ron había vuelto en sí. Se hizo a un lado y las garras del animal apenas le rozaron el brazo rasgando su túnica y abriéndole una herida en la superficie de su piel. Su cuerpo golpeó con pesadez la pared de ladrillos negros y casi enseguida la cabeza siniestra, calva y gris, se giró hasta él para atacarle nuevamente.

A Ron ni siquiera se le ocurrió huir. La oscuridad jugaba en contra suya por lo que conjuró un fuego azul que iluminó todo el pasillo. Entonces pudo al fin ver a la pequeña bestia que si acaso llegaba a tener treinta centímetros. Aunque tenía una cabeza gigante y desproporcionada, no le pareció tan amenazante por lo que le lanzó un par de hechizos que esquivó con rapidez.

—¡Stupefy! —gritó por tercera vez y fallando nuevamente. La desagradable bola de pelos venía nuevamente al ataque cuando él ya desesperado, también corrió hacia él y sin pensarlo, al verlo saltar con sus garras afiladas y sus colmillos listos para devorarlo, le lanzó una patada, como si se tratara de un balón de fútbol muggle, que le estrelló de llenó contra el muro.

La criatura quedó inmóvil en el suelo y la vibración le indicó a Ron que se acercaba otro tren por las vías. Se acercó hasta él con su varita en alto y suspiró en alivio al saberse a salvo, pues el animal yacía inconsciente. Conjuró su patronus para avisar al Ministerio que enviaran una delegación del departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas y luego hizo aparecer una jaula para encerrarlo y evitar otro ataque.

Lamentaba tener que decir que Harry había tenido la razón y que aquella misión no había sido una pérdida de tiempo después de todo. Hizo un poco de presión sobre la herida de su brazo y se dejó caer en el suelo observando a aquella horrible cosa removerse.

—Definitivamente voy a pedir unas vacaciones —. Y cerró los ojos dejando caer su cabeza hacia atrás pensando en que un viaje a Rumania a visitar a su hermano quizás podría ayudarle a despejar la mente y a quitarle esa profunda tristeza que tanto los dementores como estos nuevos bichos mágicos estaban usando en su contra.


Draco se removió sobre la cama y se sintió aliviado pues no recordaba cómo era el no tener un dolor profundo en cada célula de su cuerpo. Hizo el intento de abrir los ojos pero sus párpados le pesaban toneladas. Recobró poco a poco la consciencia y empezaron a llegar a su mente imágenes de Hermione Granger corriendo en la oscuridad de Grimmauld Place.

Movió despacio los dedos de sus pies y se alegró al sentir que su cuerpo le respondía, aunque lento. Al fin abrió los ojos y vio una lámpara blanca y redonda colgar del techo y una cortina de flores que ocultaba la ventana. No estaba en su casa.

Giró su cabeza, no sin dificultad, y apenas pudo reprimir una exclamación al ver a Granger dormida profundamente en una silla de madera. Su tronco estaba torcido hacia la derecha y su cabeza se descolgaba un poco hacía adelante mientras sus brazos cruzados le descansaban sobre el pecho.

Su cabello estaba muy bien peinado por encima de su hombro, cosa que le sorprendió de sobre manera, y en su cara estaba ausente cualquier rastro de preocupación, temor o molestia. No tenía el ceño fruncido ni un mohín en la boca, su nariz no estaba arrugada ni sus ojos empequeñecidos. Estaba relajada, tranquila. Para él, era como si estuviera conociendo una nueva Hermione Granger.

Por primera vez, Draco notó que ella tenía unas cuantas pecas en la parte alta de sus mejillas y un pequeño lunar en la base del cuello. De lo que no se dio cuenta fue que, mientras le hacía aquel examen minucioso a la chica que descansaba junto a él, había logrado incorporarse y su rostro la miraba muy de cerca. Jamás en su vida se había siquiera tomado la molestia de pensar en ella como una mujer y ahora la tenía a tan corta distancia que por fin pudo verla como era: una joven de veinti-pocos años, cansada y de belleza promedio, ni muy fea ni muy bonita. Era una chica normal hasta que abría los ojos y la boca y se convertía en una sabelotodo heroína del mundo mágico.

Llegó a la conclusión que le gustaba más esta nueva versión.

Como si lo hubiera sentido, Hermione se removió en sueños y bostezó con poca delicadeza, miró a Draco sentado en la cama y dio un grito de emoción. Casi, y solo casi, se abalanzó sobre él para darle un abrazo, pero alcanzó a detenerse a tiempo.

—¡Despertaste! —exclamó levantándose de golpe y sin poder disimular su alegría y preocupación—. Gracias a Merlín, qué alivio. ¡Walton!

De inmediato, el pequeño elfo apareció en medio de ellos y comenzó a brincar en la cama lleno de júbilo.

—¡El amo Draco está despierto! ¡El amo Draco está bien! —canturreaba Walton con lágrimas en los ojos. Él los miró incómodo e irguió su espalda antes de echar un vistazo alrededor. Se encontraban en un cuarto pequeño, si se comparaba a las habitaciones de su mansión. Estaba pintado de blanco y azul cielo, había una cómoda con cajones cerrados encima de la cual reposaban fotos mágicas y muggles, en la pared contraria estaba una puerta cerrada que podría ser de un baño y un espejo gigante de marco de plata terminaba el mobiliario del lugar.

—¿Dónde estoy? —preguntó él con voz ronca y profunda, como si no hubiese usado su garganta en días. Hermione se sentó nuevamente sobre la silla y dijo:

—Walton, por favor, ayúdame con la mesa. Vamos a servir el almuerzo —. El elfo asintió y desapareció con un plop. Draco no dejó de notar que su sirviente seguía las órdenes de Granger—. Estamos en mi casa, Malfoy. Tenías ya una semana inconsciente… pensé… llegué a pensar que no lo lograríamos.

Y el escuchar aquella noticia junto con la mención de ellos dos juntos en una frase como un nosotros fue suficiente para darle dolor de cabeza.

Ella se fue de la habitación primero y le dijo que le esperaría en el comedor. Draco salió de la cama y vio su reflejo en el espejo: estaba vestido con una camisa de algodón que tenía un estampado ridículo de París en ella y una sudadera gris que era tan vieja que pensó que se disolvería en la próxima lavada.

Su apariencia no era nada saludable tampoco: sus ojeras estaban igual que siempre y estuvo seguro que si bajaba un kilo más podría morir, esta vez en verdad. Sin embargo, su cabello rubio lucía limpio y su piel la sentía fresca. Si tenía una semana en cama, ¿Cómo era eso posible?

Cubrió con una de sus manos su cara y se ruborizó al imaginar a Granger limpiándole el cuerpo o lavando su cabeza. Esa mujer estaba loca.

—No es posible —murmuró al alzar sus ojos y ver su rostro demacrado en el espejo—. Granger no se atrevería a tanto… ¿Bañarme estando inconsciente…?

—Tampoco es tan fea, no es para tanto… —le respondió su reflejo guiñándole un ojo por lo que él dio un bufido y salió de ese lugar de inmediato.

Draco caminó por el pasillo y llegó hasta el comedor. Su estómago rugió y fue entonces cuando notó que se estaba muriendo de hambre por primera vez en meses. Ella estaba sentada en la mesa y Walton estaba dejando dos platos de una sopa de calabaza que olía delicioso.

—Amo Draco —chilló el elfo como si aún no pudiera creer que estaba vivo y frente a él. Draco hizo un movimiento con su mano, como restándole importancia al asunto y se dejó caer en el lugar que estaba al frente de Hermione.

—No seas tan cruel —dijo ella al tiempo que le dedicaba una mirada de reprobación—. Ha estado muy preocupado por ti —. Draco la ignoró por completo y siguió tomando su sopa. No recordaba la última vez que había disfrutado una comida. Si miraba hacia atrás todo el tiempo estaba demasiado tensionado como para si quiera pensar en comer, desde los juicios hasta la muerte de su padre. Ahora, después de sobrevivir nuevamente a una catástrofe, se convenció que merecía una comida tranquila al menos.

Hermione puso los ojos en blanco y le dejó en paz. Estaba bastante aliviada de que Malfoy hubiera recuperado la conciencia como para empezar a reñirle desde tan pronto. Comieron en silencio hasta que Walton apareció con un lomo de cerdo rostizado, salsa de manzanas y puré de papas.

Los ojos de Hermione brillaron al ver los platillos y unió sus manos, dando un aplauso, cosa que sorprendió a Malfoy, que le miró divertido.

—¿Te gusta tener servidumbre mágica? ¿O es que nunca habías probado algo decente? —inquirió él burlón. Ella le miró con desdén y comenzó a servirse.

—Ni lo uno ni lo otro. Por Merlín, procura comportarte mejor con la persona que te salvó la vida, Malfoy —. Él puso sus manos sobre la mesa, enfadado, y la miró desafiante.

—¿Se supone que debo agradecerte? Fuiste tú misma quien me colocó en semejante problema, salvarme era lo mínimo que tenías que hacer…

Hermione estaba molesta, pero ese tonto malcriado no iba a dañar su almuerzo, porque sí, era una bruja talentosa y bastante independiente pero cocinar no era su fuerte, se defendía bien pero siempre terminaba comiendo algo rápido y sencillo. Cocinar para una sola persona, terminaba siendo deprimente.

A pesar de que él estuvo inconsciente toda la semana, Walton y Draco, habían representado algo de compañía para ella, y una compañía silenciosa que Hermione agradecía aún más. Cada mañana antes de desayunar, iba hasta la habitación en la que él se encontraba, le daba las pociones que le habían recetado, hacía un hechizo limpiador en su cabello y le peinaba con cuidado. Después tomaba una toalla húmeda y la pasaba por su cuerpo, le vestía con ropa limpia, con ayuda de Walton, y le aplicaba crema humectante en sus brazos y piernas para evitarle ampollas y llagas por resequedad al estar todo el tiempo acostado.

Volvía a su lado dos o tres veces al día para darle el resto de las pociones, ajustaba la temperatura del cuarto y ordenaba todo con cuidado. Hermione estaba muriendo de la culpa al saber que él estaba así por ella, así que por las noches cuando el insomnio la atacaba, tomaba una silla se ponía junto a su cama y leía en voz alta los pasajes de algún libro hasta quedarse dormida.

Draco Malfoy había sido buena compañía mientras estuvo en coma, pero ahora volvía a ser el arrogante bueno para nada que no soportaba.

—De nada, Malfoy —fue todo lo que Hermione dijo al verlo a los ojos un instante antes de continuar con su comida como si él no la hubiese interrumpido. Él se molestó de sobremanera, sus ojos grises la miraron con furia y, aun débil como estaba, se puso de pie para irse de aquel lugar.

—Sí, Granger. Gracias. Gracias por haber puesto mi pellejo en peligro por culpa de tu estúpida obsesión con esa maldita casa. Walton, nos vamos de aquí.

El elfo doméstico apareció frente de su amo y observó cómo se dispuso a marcharse. Miró desesperado a Hermione como esperando que lo detuviera pero ella, presa de la rabia, seguía comiendo como si aquello no la afectara en lo más mínimo.

—Amo, nosotros, nosotros… no podemos irnos —. Draco se giró a verlo sorprendido, jamás había visto a un elfo refutando su palabra. La criatura temblaba de temor al hablar—. Fue una orden. Walton recibió una orden…

—¿Una orden de quién? ¿Qué rayos estas diciendo, pequeño e insignificante engendro…? —. Pero antes de Hermione pudiera levantarse de la mesa a defender a Walton, la luz de la pequeña chimenea empotrada en la pared contraria de la sala, se tornó verde esmeralda y una figura espigada caminó hasta ellos.

—¡Qué bueno verte de una pieza! Vine tan pronto me avisaron que habías despertado—. Theodore Nott no pudo disimular su alivio al verlo bien. Hermione apenas sonrió al recién llegado y Draco no pudo escapar del abrazo de su amigo que llegó hasta él—. Pero debes volver a tu habitación y descansar. ¿Las medicinas de hoy las tomó puntual? —. Ella asintió y, sin decir palabra, se levantó de la mesa para llevar los platos a la cocina.

—No entiendo nada. ¿Qué estás haciendo tú aquí? —dijo Draco apartando a Theo de su lado y mirando confundido a Hermione que le ignoró de plano.

—Puede que aún esté estudiando, pero soy tu medimago de cabecera. Granger me llamó tan pronto te trajo aquí y gracias a que ha seguido al pie de la letra mis instrucciones, estás vivo todavía —soltó Theodore que sabía que le había bastado despertar para empezar a discutir con la Gryffindor.

Draco puso los ojos en blanco, era un fastidio que le recordaran cada cinco minutos que todo era gracias a la sabelotodo. Avanzó hasta la chimenea y buscó en los alrededores el recipiente de los polvos flú.

—Maravilloso, pero yo me voy a mi casa ¿Vienes conmigo o te quedas con tu nueva mejor amiga? —soltó con veneno Draco mirando de reojo a Hermione, cruzada de brazos apoyada contra la pared.

Theodor sonrió de medio lado y alzó una ceja:

—Walton —dijo Theo y el elfo apareció a su lado—. Ya le dijiste a tu amo de mis recomendaciones para su recuperación, ¿Cierto?

Él movió negativamente la cabeza y mientras temblaba de miedo dijo:

—Reposo completo, buena alimentación, puntualidad con sus pociones y…

—¿…Y? —siseó Draco entre dientes dando a Theodore una mirada llena de odio.

—…Y no puede abandonar el número 59 de Endell Street.

Hermione esbozó media sonrisa al escuchar su dirección, pero también al ver la cara de desconcierto de Malfoy.

Theodore trató de recobrar su seriedad por un momento, pues Draco le preocupaba de verdad. Suspiró antes de hablar y le dijo a su amigo, mirándolo a los ojos con firmeza:

—Acabas de salvarte de una maldición por puro milagro. Te hubiesen apresado al instante de haber entrado a San Mungo por andar jugueteando con magia negra. Granger fue bastante astuta al llamarme a mí.

—Tú sabes que esto es su culpa, ¿Verdad? —se quejó Draco dejándose caer sobre un sofá junto a él. Theodore asintió y se alzó de hombros.

—Eso no habría hecho ninguna diferencia —. Draco la miró furioso pero ella puso los ojos en blanco y avanzó hasta ellos—. Necesitas terminar tu tratamiento y en ese tiempo no puedes estar solo, así que tú decides: O te quedas aquí con Granger siete días más o te vas a Malfoy Manor y me obligas a contarle todo esto a tu madre. Eso sí, te adelanto que Narcissa está insoportable y no ha sido fácil convencerla de que estás bien cuando tiene ya tanto tiempo sin verte.

Draco cubrió su rostro con ambas manos y ahogó un grito de impotencia. Maldito Nott. Maldita Granger. Todo eso debía ser una broma. Se levantó con un poco de dificultad del sillón y los miró a ambos con arrogancia antes de salir a encerrarse en su cuarto de aquella casa muggle.

—Púdranse los dos —. Y dando grandes zancadas se perdió por el pasillo.

—Oh, Malfoy. Tan encantador como siempre —dijo Hermione con un suspiro y se regresó a la cocina a limpiar un poco.

Walton que había visto todo en silencio, haló con suavidad la esquina del abrigo de Theodore por lo que se hincó sobre una de sus rodillas para verlo a su altura.

—¿El señor Nott cree que es una buena idea vivir aquí estos días? El amo Draco parece llevarse muy mal con la señorita Granger —. Theo sonrió de medio lado y miró a Hermione que estaba de espaldas a él, haciendo un hechizo para fregar los platos. Volteó a ver a Walton y le dijo:

—Confía en mí. Algo bueno ha de salir de esto.


Draco estaba sentado sobre la cama y miraba un punto fijo en la pared azul celeste como si fuera la cosa más interesante del planeta. Ya se había duchado y pudo despejar un poco su mente después de eso. Al salir del baño, encontró una muda de ropa limpia sobre su cama. Quería creer que Walton había ido a su casa en Belgravia y le había rescatado un pijama en mejores condiciones que aquella horrible sudadera.

Se levantó en silencio y fue hasta la ventana de la habitación, no había balcón pero los cristales llegaban hasta suelo y podía detallar la pintoresca calle londinense. Parecía que estaban en el centro de la ciudad, el exterior tenía toda la pinta de ser una ruidosa tarde invernal, sin embargo no se escuchaba un solo sonido dentro.

Estaban en un tercer piso, calculó la distancia hasta una carpa roja de algún negocio que estaba en la planta baja y midió la posibilidad de salir lastimado si huía desde la ventana. Todo sería más fácil si tuviera su varita.

—¿Planeas un escape silencioso? —. La voz de Granger a sus espaldas le sobresaltó y le hizo dar un pequeño brinco de sorpresa. Se giró a verla y la encontró con una bandeja en las manos que tenía al menos media docena de frascos de las más variadas formas y tamaños. Volteó de nuevo hacia la ventana, decidido a ignorarla cuando volvió a escuchar su voz—. Es hora de tus medicinas.

Lo único que Draco deseaba en aquel momento era mandarla al demonio, pero también quería irse de allí por lo que dio media vuelta y avanzó hasta la cama. Se sentó sin mirarla a los ojos y habló arrastrando las palabras:

—¿Dónde está mi varita? Puedo considerar esto como un secuestro si estoy desarmado… —. Ella estaba acomodando los frascos encima de la cómoda y le daba la espalda. Sin que la viera, esbozó una sonrisa quebrada: había temido por ese momento, cuando él le pidiera su varita y ella tuviera que acceder, entregársela y prepararse para convivir con Malfoy bajo el mismo techo, combatiendo con el miedo irracional de creer que la podía atacar en cualquier momento.

—Toma —dijo simplemente y le tendió una caja café. Fue entonces cuando él la vio directo a los ojos, su mirada era gris e indescifrable. Draco recibió el paquete y lo dejó en la mesita de noche, sin abrirlo. Eso le hizo respirar tranquila.

—¿Y bien…? —inquirió él con impaciencia al ver que Granger no se movía de frente suyo. Por un instante ella pareció despertar y comenzó a tenderle dosis de pociones con los más diversos y asquerosos sabores. Se sentó en la silla junto a la cama y le iba explicando, pero él casi no le prestaba atención.

—Y este es para debilidad general, es dos veces al día. Este otro está limpiando las trazas de magia negra de tu sangre, debes tomarlo otra vez a las dos de la mañana —. Draco la observaba curioso, ella fruncía el ceño antes de pasarle cada frasco y se mordía el labio, pensativa, recordando cada cosa acerca de los remedios. De pronto, ella alzó los ojos y sus miradas se encontraron. Se sonrojó un poco y carraspeó incómoda antes de continuar—. Ungüento de nervios de dragón. Recuéstate y quita tu camisa, debo ponerlo sobre tu corazón.

Draco se habría molestado en seguir sus órdenes, pero aquello ya era demasiado como para ponerse a discutir. Ambos miraban a lados contrarios cuando él se pasó el suéter por encima de su cabeza y quedó con el pecho desnudo frente a ella.

El silencio era profundo cuando él se acostó sobre la cama y Hermione se inclinó encima suyo. Cerró los ojos para no verla tan cerca y evitar ponerse más nervioso de lo que ya estaba. No entendía por qué sentir el tacto de sus manos contra su piel logró descolocarlo de aquella manera.

—¿Para qué dijiste que servía este? —comentó tratando de sonar casual, como si lo cálido de la crema frotando sobre su pecho y sus dedos vagando delicadas a la altura de su hombro no le estuviera acelerando el ritmo de sus latidos. Temió por un segundo que ella lo notara.

—No te lo dije —respondió Hermione agradeciéndole el hecho que rompiera aquella incomodidad que se instaló entre los dos. Tomó más ungüento y siguió con el suave masaje encima de su corazón. Podía sentir su latir irregular y el calor quemando sus manos pero también su rostro—. Está hecho de fibra de nervios de dragón y es efectivo contra la magia oscura, la maldición se instaló en tu corazón, esto lo está limpiando y protegiendo.

—¿Protegiendo? —repitió él como atontado, entrecerró los ojos y se dejó adormilar por la cálida sensación de aquella magia llenando su sistema lentamente. Hermione admiró su rostro relajado por primera vez desde que despertó y asintió despacio.

—Sí, te protege. Del dolor, de lo que pueda quedar de la maldición, de los malos recuerdos. Después de todo este tratamiento, es más bien poco lo que podrás recordar de lo que pasó en Grimmauld Place.

Entonces fue el turno de Draco para asentir. Su corazón latía desbocado pero quería creer que era por la acción de la magia sobre él, que no tenía nada que ver que esa mujer a la que no recordaba sino haber odiado desde siempre, estaba ayudándole a recuperarse de un accidente que casi logra matarlo.

Hermione Granger era todo lo contrario a él y aun así, su mano suave se movía en círculos sobre su pecho haciendo que su cuerpo ardiera como si tuviera fuego por dentro, pero no le quemaba con dolor, más bien le llenaba de paz y tranquilidad.

—¿Te ha ayudado con la conciencia hacer de mi enfermera estos días? ¿No se supone que debes trabajar? —. Él solo quería decir "gracias" pero ese comentario fue lo único que atinó a salir de su boca. Ella bufó y se alejó de él. Draco Malfoy sería siempre el mismo impertinente.

—Sólo lo diré esta vez: sé que fue mi culpa, estoy tratando de remediarlo lo mejor que puedo. No hagas más difícil esto, Malfoy —. Se levantó de golpe de la silla pero entonces Draco estiró su mano derecha y asió la suya, la miró con ojos adormilados y susurró:

—No te vayas. No te detengas. Sólo quédate aquí ahora… —. Él jamás supo de donde salieron aquellas palabras. Llevó sus manos hasta su corazón y cerró sus ojos al volver a sentir su tacto encima de su piel. Hermione no podía moverse así que se sentó nuevamente, sin ser capaz de retirar su mano de encima de él, con un fuerte sonrojo que coloreaba sus mejillas, y sintiendo el golpeteo acelerado de su propio corazón, pero también el de Malfoy contra su palma.

Su respiración se volvió acompasada y regular. Hermione vio cómo su pecho subía y bajaba lentamente mientras el sol se ponía. En ese momento se decidió a alejar su mano y, aunque Draco se removió en sueños, no se despertó. Ella suspiró largamente y apretó los dientes con fuerza, aun no entendía lo que acababa de pasar.

Un crack ruidoso a sus espaldas le hizo girarse y encontró a Walton con una bandeja llena de té y galletas. Ella le hizo una señal con la cabeza y se fueron a la sala en silencio, una vez allí tomó una taza y trató de calmarse pero algo no estaba bien dentro de ella y no podía entender qué era.

Se sentó a la mesa del comedor y mientras el elfo la miraba con suspicacia, convocó pergamino, pluma y tinta para comenzar a escribir una carta. Debía pedir consejo porque algo le hacía sospechar que las cosas estaban a punto de salirse de control y lo que más le preocupaba era que la idea no le molestaba en lo absoluto.


Ni para que me disculpo.

Sigo en mis enredos pero gracias por leerme. Con este capítulo inicia la segunda parte del fic.

Besos!

Ldny