Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.
II - EL NÚMERO 59 DE ENDELL STREET
10
Querida madre:
Sigo sin entender por qué te encuentras tan alarmada. Sé que estos tiempos son difíciles pero no hay nada de lo que debas preocuparte por mí. Para conservar tu tranquilidad, lo único que tienes que hacer es no prestar atención a nada de lo que diga Theodore.
Draco tachó esa última frase y se revolvió el cabello. Para ser honesto consigo mismo, no entendía porque escribirle una carta a Narcissa le estaba costando tanto. Sin embargo, enseguida lo descifró: estaba mintiendo y mucho.
Aunque ya estaba mejor y había ganado algo de peso, hacer conjuros simples le agotaba demasiado. Pasaba casi que todo el día durmiendo y durante la noche se dedicaba a ver la aguanieve caer en contra de su ventana muggle.
Habían pasado ya seis días desde que despertara del coma y casi que podía cantar victoria e irse de aquella maldita casa. Aun cuando pensaba que la convivencia habría de ser más difícil, la verdad era que rara vez tenía que interactuar con Granger. Ella había comenzado a evitarlo al máximo aunque tampoco había regresado a su trabajo en el Ministerio.
A veces él salía a estirar un poco las piernas y se la encontraba tomando té en la cocina o al pasar por la puerta del otro cuarto que estaba en el pasillo, la veía sentada frente a un escritorio concentrada en la lectura de una infinidad de pergaminos oficiales. Nunca coincidían en sus horarios de comidas y Draco sospechaba que ella lo hacía a propósito para no toparse con él.
Sin embargo, sólo una cosa era un sagrado ritual entre ambos: la toma de medicamentos de la noche. Durante el día Walton aparecía con todos los frascos de pociones que debía tomar a las horas que Theodore le había indicado. Cuatro días atrás le había bajado la dosis del ungüento de nervios de dragón, cosa que le agradeció de sobremanera pues no podía sino odiar la vulnerabilidad que sentía bajo las manos de Granger tres veces al día. Porque sí, era ella misma la que lo hacía. Al final, se redujo a una sola aplicación en la noche.
Draco miró el reloj que colgaba de la pared. Eran las nueve en punto y en cuestión de segundos, ella entraría cargando una bandeja con sus medicinas. Nueve y cinco. Nueve y diez. Nueve y media. Quiso pensar que estaba preocupado por sí mismo y en lo que le podía pasar si se atrasaba en la toma de sus dosis y no porque Granger no aparecía a su cita diaria.
Se sentó en la cama y tamborileó con sus dedos sobre sus rodillas. Miró su reflejo en el espejo mágico frente a él. Sus brazos y piernas se veían más normales y menos esqueléticos, su pecho y abdomen ya se podían distinguir bajo su camisa de algodón y sus ojos lucían con más brillo y menos hundidos que hasta hacía unos días. Sus ojeras seguían, no obstante, igual de oscuras y profundas.
—¿Qué esperas, campeón? Ve por ella… —le dijo su reflejo lanzándole un beso pícaro. Draco reprimió las ganas de lanzarle un zapato y partirlo en mil pedazos, pero se puso de pie y, antes de detenerse a pensar que aquello era una terrible idea, cruzó el pasillo y empujó la puerta frente a él en absoluto silencio.
Jamás había echado más que un vistazo dentro de aquella habitación cuando pasaba de largo hacia la sala, era por eso por lo que nunca imaginó encontrarse en una biblioteca en lugar de un cuarto de huéspedes.
Hacía muchos días había dejado de atormentarse con la idea que estaba durmiendo en la cama de Hermione Granger. Sin embargo, jamás se detuvo a pensar donde se suponía que ella pasaba las noches. Pues bien, acababa de descubrirlo.
Era una habitación más pequeña, tapizada del piso al techo por libros en cada pared. Tenía una ventana diminuta que daba a la parte posterior del edificio y pilas de libros se acumulaban sobre la alfombra gris del piso. En el centro había un escritorio de madera negra lleno de documentos y libros viejos abiertos de par en par, donde en medio de todos los papeles, descansaba una melena castaña revuelta.
La cabeza de Hermione yacía sobre sus brazos cruzados y su respiración suave y acompasada delataba lo profundo de su sueño. Draco no tenía intención de despertarla y menos al darse cuenta de que no había espacio para una cama en aquel lugar caótico. La pregunta de dónde se suponía que ella había estado durmiendo todo ese tiempo se instaló en su cabeza haciéndolo sentir incómodo por alguna razón que no alcanzaba a comprender.
Retrocedió los pasos que había dado dentro de la habitación y estuvo a punto de irse hasta que vio algo que le llamó la atención sobre el escritorio: encima de una pila de papeles descansaba un documento con el escudo de armas de su familia sellado en él. La imponente M de los Malfoy brillaba sobre cera plateada en un pergamino con ribetes de oro.
¿En qué rayos estaba metida ahora Granger? Se acercó hasta ella con dos largas zancadas y su malhumor fue in crescendo al descubrir que aquel documento era una copia autenticada de las escrituras de propiedad de Malfoy Manor y sus terrenos en Wiltshire. Se colocó detrás de la silla donde ella se encontraba sentada y ya ni siquiera se molestó en no hacer ruido. Estiró su brazo y tomó el papel para empezar a leerlo: tenía siglos de antigüedad.
Hermione se removió entre sueños pero él no lo notó. Sus ojos estaban enceguecidos de ira al ver que los demás documentos eran borradores de órdenes de inspección y allanamiento del Ministerio de Magia. Arrugó los papeles dentro de su puño y ahogó una maldición: Granger le estaba jugando sucio y el sólo pensamiento de que hasta hacía un par de minutos llegó a estar preocupado por ella, le hizo hervir la sangre.
Trató de contenerse para evitar estrangularla con sus propias manos y se regresó hasta su habitación encerrándose con un portazo. Hermione brincó en su asiento y miró a un lado y otro confundida. Llevó sus ojos hasta el reloj y vio que había dejado pasar la hora de los medicamentos de Malfoy. Se levantó de un salto y corrió a buscarlos pero una vez estuvo frente a la puerta, después de un par de intentos, entendió que estaba cerrada con magia.
Puso los ojos en blanco y dejó la bandeja en el suelo. Sacó su varita y apuntó directo a la cerradura:
—Alohomora —. Y después de un click, la puerta se deslizó con suavidad. A veces no entendía a Draco Malfoy, si es que quería encerrarse para no ser molestado al menos debía haberlo intentado con un hechizo más fuerte. Soltó un suspiró y entró a la habitación pero lo que encontró la dejó de piedra—. Este estúpido desagradecido… —murmuró entre dientes antes de correr a la ventana donde las cortinas de flores se mecían por la brisa invernal que entraba por entre ellas.
Se asomó hacia abajo y vio la acera vacía de su calle. Sus orejas se le congelaron de inmediato. Cerró la ventana y ahogó un grito de impotencia. ¿Por qué todo con Malfoy debía ser tan complicado?
Dio un par de vueltas por la habitación, revisó sus cosas y lo único que hacía falta era su varita. Se dejó caer en la cama tratando de pensar qué rayos le había pasado ahora como para huir en medio de su tratamiento. Entonces un pensamiento llegó a su cabeza como un golpe: no había tomado sus medicinas y era cuestión de tiempo para que cayera desplomado en una recaída.
—Maldito imbécil…—exclamó llena de rabia y levantándose de un brinco de la cama.
—Ni que lo digas. Saltó de la cornisa de la ventana para desaparecer —le comentó su reflejo en el espejo mirándose con desinterés las uñas.
Hermione cubrió su cara con las manos y no supo si odió más a Malfoy por testarudo o a ese tonto espejo por cotillero. Salió del cuarto dando grandes pasos y gritó:
—¡Walton!
En tanto, Draco sabía que aquella había sido una mala idea, eso lo tenía claro, pero jamás habría de reconocerlo en voz alta.
Estaba sentado en el suelo con la espalda recostada en el tronco de un árbol. Frente a él, había un monumento de mármol blanco que había visto un par de veces cuando, en la época de los juicios, se decidía a dar un paseo por el vecindario para despejar su mente antes de ir a dormir.
Dejó caer su cabeza que golpeó contra la madera: era el Marble Arch de los muggles, es decir que estaba en el extremo oeste de Oxford Street. Había logrado aparecerse cerca de su casa de Belgravia pero no lo suficiente. Las luces de Hyde Park iluminaban el sendero en el que se encontraba apenas tenuemente y ya no se alcanzaba a ver a ninguna persona caminando por ahí. Ni muggle ni mago. Odiaba reconocerlo pero necesitaba ayuda y pronto.
Miró su pierna derecha con preocupación y vio que se había escindido parte de su muslo y rodilla cuando, después de lanzarse por la ventana, desapareció en el aire pensando en su casa, pero su magia no fue lo suficientemente consistente para llevarlo a su destino. El dolor era apenas comparable con el frío que tenía. Cerró los ojos un poco y trató de luchar contra su cuerpo pero sabía que iba a desmayarse, envolvió como pudo la herida con su abrigo para detener la hemorragia pero fue inútil. Al final, Draco dejó que su cuerpo se deslizara hasta el piso y se dejó vencer.
Cuando el mundo se le estaba yendo en negro y se arrepentía de haber dejado, en un arranque de ira, la casa de la sabelotodo traidora, sintió dos manos cálidas que le tomaron el rostro. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos y encontró su mirada preocupada clavada en él. De inmediato sintió como un hechizo de abrigo lo cubrió y le espantó los escalofríos, sintió su voz apresurada murmurando los encantamientos para ayudarle con su herida y el olor del díctamo sobre la sangre que ella hacía retornara su cuerpo.
Los dedos huesudos de Walton le sostenían la cabeza y podía oír lejanos los sollozos de su elfo. Era curioso que mientras la melena castaña y despeinada de Hermione casi se perdía en la profunda oscuridad de la noche, sí que podía distinguir muy claro un rictus de rabia en sus labios apretados.
—Hurón estúpido… —le alcanzó a escuchar pero en ese momento todas las luces se apagaron.
Despertó de pronto y sobresaltado, estaba mareado por los recuerdos de lo que acababa de pasar. Draco miró a Hermione de pie junto a su cama, tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido. Aún estaba molesto con ella pero sabía que tenía todas las de perder.
—¿Cuántos días dormí esta vez? —preguntó alzando una ceja y mirando alrededor. Ella bufó con impaciencia y se acercó a la cama en dos pasos.
—Sólo han pasado quince minutos, gran idiota. ¿Estás buscando formas de hacer mi vida miserable? ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que salir a buscarte herido en la mitad de la noche?
—Claro que tienes mejores cosas que hacer —siseó Draco con odio—. Buscar la forma de expropiar mis bienes, por ejemplo.
Hermione lo miró confundida y caminó por la habitación en círculos. Su semblante era de agotamiento y decepción, toda aquella situación con Malfoy acababa con sus energías diariamente. Se sentía presa en su propia casa y tenía que actuar de tal forma o de tal otra para que el señorito no se molestara. Pues bien, ya se había hartado.
—¡Husmeaste en mis cosas! —. Fue lo único que atinó a decir ella mientras temblaba de rabia. Ahora fue el turno de Draco de indignarse:
—¿Tus cosas? Explícame, Granger, en qué mundo las escrituras de mi casa son tus cosas —exclamó apretando entre sus puños las sábanas de algodón.
—¿Eres tonto o te haces? —terminó ella de frente a él, inclinándose para estar a su altura y presionando con su dedo índice su hombro derecho—. Habíamos quedado que yo evitaría que perdieras todo en la declaración de tus propiedades para los impuestos de reconstrucción. ¿O es que acaso lo olvidaste? ¿Por qué otra razón me interesaría saber a cuántas familias muggles le robaron la tierra tus antepasados en el siglo XVII?
Draco se quedó mudo de pronto. Tenía la cara de Hermione Granger a un palmo de distancia. Sus mejillas estaban sonrojadas de la molestia y no podía distinguir sus pecas. Ella pareció advertir la cercanía y retrocedió hasta donde estaban las pociones.
—Quien olvidó notificarme de lo que estabas haciendo, fuiste tú —dijo él para cerrar la discusión y evitar verse y sentirse menos patético. Ella esbozó una sonrisa irónica sabiéndose vencedora y se alzó de hombros mientras tomaba los medicamentos que descansaban sobre la cómoda.
—Quiero que llegue el día en el que yo, Hermione Granger, te notifique a ti, Slytherin petulante, de lo que hago o deje de hacer. Abre la boca y quítate la camisa.
Draco se turbó aún más con aquellas órdenes. Odiaba que ella le mandara a hacer cualquier cosa y todavía más si lo hacía con ese tono de sabelotodo. Maldijo mentalmente a Theodore que muy bien pudo haberlo llevado a su casa y evitarle este martirio.
Se pasó de un trago tras otro las cuatro pociones que ella le alcanzó y no le bastaría la vida para seguirse recriminando el hecho que ahora le debía más favores a Granger de lo que era prudente para su salud mental.
No sólo le había rescatado en su intento fallido de regresar a su casa estando convaleciente y con su magia aun fallándole, sino que sin que él se lo exigiera estaba cumpliendo su parte del trato por la cual aceptó meterse en todo el meollo de la casa de los Black. Sólo por proteger su fortuna y la de su madre terminaría lo que había comenzado porque podía ser su familia materna, pero eran peligrosos y estaban bastante locos.
Fue entonces cuando Hermione se sentó junto a él que ya sabía lo que venía. Cada noche era igual y de sólo pensarlo se le erizaron los cabellos de la nuca. Aquella sensación no desaparecía, al contrario, se intensificaba con el pasar de los días y esa, que sería su última vez, se sentía como la más insoportable de todas.
El corazón comenzó a latirle a mil cuando ella destapó el frasco, mientras evitaba a toda costa el contacto visual. Clavó sus ojos grises en el movimiento de sus dedos llenos del ungüento y todas sus terminaciones nerviosas se agudizaron como por arte de magia cuando sus pieles se rozaron.
Ella lo sentía. Hermione alcanzaba a distinguir sus palpitaciones sobre su piel y como su respiración se volvía irregular, a veces agitada y otras tan suave que apenas se movía su pecho.
Habían optado por el silencio, cuando hablaban, se decían cosas sin mucho sentido. Era el efecto secundario del ungüento: hacía que el sistema nervioso de ambos se sobrecargara y que todas las sensaciones por más pequeñas que fueran se multiplicaran por mil. A Draco le gustaba, aunque después lo negara hasta la muerte. Mientras ella pasaba su palma encima de su corazón, todos los malos recuerdos desaparecían. En aquel momento apenas podía recordar de su accidente cuando se cortó él mismo la muñeca en su casa, y ya no quedaba ni rastro en su mente de nada de lo que pasó en Grimmauld Place.
Draco respiró profundo y aquello hizo que Hermione diera un respingo, deteniendo su toque. Él movió su mano hasta la de ella y la obligó a continuar.
—Esperemos que tu aventura de esta noche no retrase el avance de tu tratamiento —murmuró Hermione con sus ojos fijos en el pecho pálido de Malfoy. Él ladeó la cabeza y la miró de frente pero ella no le correspondió. Draco no podía pensar claro, los nervios de dragón hacían que cada célula de su cuerpo estuviera hipersensible así que al día siguiente trataría de recordarse que debía odiarla por hacerle hablar y decir cosas cuando ya sabían que ese no era el mejor momento para hacerlo:
—Si Theodore extiende el tiempo de este ungüento en particular, no me molestaría en lo absoluto.
Ella alzó sus ojos ruborizada y lo miró de frente. Retiró su mano de su cuerpo y Draco sintió como si le hubiesen robado toda la energía de repente. Él tomó sus dedos entre los suyos, volvió a llevarlos hasta su pecho y, por primera vez, movió su mano libre hasta el cabello desordenado de Hermione que se alarmó hasta niveles insospechados.
—¿Qué… qué estás haciendo? —alcanzó a tartamudear ella, pero no pudo seguir pues su piel se llenó de millones de impulsos eléctricos al sentir las yemas de sus dedos, moverse desde su cabello hasta su mejilla—. Malfoy…
—¿No la sientes…? —preguntó él cerrando los ojos y explorando la sensación. Era la magia: corría dentro de ellos, como agua viva fluyendo, como energía fuerte llenándolos. Era eso que los hacía especiales y diferentes de los muggles.
Sí, sí la sentía, pero no encontraba manera de decírselo. No podía pronunciar palabra. Sólo podía percibir sus dedos cálidos moverse por el contorno de su cara y quería decirle que parara pero jamás había experimentado algo igual.
Sin darse cuenta de en qué momento, las dos manos de Hermione le tocaban, subían de su pecho rumbo a su rostro, acariciando su cuello. Ella se dejó llevar mientras los latidos de ambos sonaban acompasados, ya había vivido algo así y había sido en Grimmauld Place: era magia ancestral, poderosa.
Ambos se mantenían con los ojos cerrados, porque abrirlos significaba encontrar a una persona frente a suyo con la que nunca imaginaron llegar a tener ese tipo de conexión. Sus dedos pequeños pasaron por encima de sus pómulos altos y su mentón puntiagudo. Hermione exploraba con lentitud cada milímetro de su cara mientras él acercaba más su rostro al de ella.
Su piel se puso de gallina y respiró con fuerza al sentir que las manos de Draco bajaron hasta sus hombros y que con su nariz respingada y pequeña tocó sus orejas primero, sus mejillas después para finalmente tocar su propia nariz y acariciarla, suave y una y otra vez.
No lo pensó hasta aquel momento, en el que sus manos estaban en la nuca de él y bajaban a su espalda. No lo pensó hasta ese instante, en el que estaba conociendo ese cuerpo ajeno con los ojos cerrados, pero sus labios estaban cerca, muy cerca, y sus alientos se confundían en esa danza de caricias lánguidas pero precisas.
Sólo entonces, se permitió despertar de aquel ensueño sensorial, donde podía escuchar el crujir de madera y el latir de sus corazones, donde sus cuerpos se habían tocado más de lo imaginado y mucho más de lo permitido, donde no podía negar que se habían vuelto uno solo de una forma más perfecta que apenas algo físico.
Hermione abrió los ojos con lentitud porque la llenó el miedo que pasara algo más, algo que tampoco podría controlar. La realidad la golpeó como una cachetada, no estaba en ninguna realidad cósmica, estaba en su cuarto, sentada en su cama, con sus manos en el cabello de Draco Malfoy y sus rostros unidos en una caricia suave.
Él tenía los ojos cerrados. Y sonreía, sonreía como ella nunca lo había visto sonreir antes.
Entendió entonces la razón de las dosis limitadas de aquella medicina pues funcionaba como una especia de droga que exacerbaba los sentidos y aquella había sido, gracias a Merlín, su toma final.
Se alejó con lentitud para que el cambio abrupto no alarmara demasiado a Malfoy quien era el más afectado por el ungüento. Cuando se encontró a una distancia prudente él abrió los ojos, no lucía perdido pero tampoco era él en sus cinco sentidos.
—Ya me voy a dormir —dijo Hermione intentando ponerse de pie y tras un suave carraspeo. Él vio con sus profundos ojos grises como ella se alejaba y no se lo permitió. La haló de una mano y la hizo caer sentada junto a él.
—No tienes donde dormir —. Draco pensaba, recordaba en medio de su ligero trance un cuarto estrecho y atiborrado de libros, a Hermione descansado mal acomodada sobre un escritorio. Ella negó con la cabeza, evitando pensar en esas palabras como una invitación a dormir con él, y sonrió nerviosa:
—Tranquilo, Draco —. Le llamó por su nombre de pila y su semblante se relajó aun más—. ¿Magia, recuerdas? Puedo conjurar una cama…
Hermione pasó su mano derecha sobre su pecho nuevamente y le empujó con suavidad sobre las almohadas. Él cerró sus ojos despacio y fue quedándose dormido con el masaje como pasaba cada noche.
—Gracias… —murmuró entre sueños cuando Hermione se levantaba para irse de aquel lugar sin hacer el más mínimo ruido y cerrando la puerta con cuidado. Ya en el pasillo puso ambas manos en sobre su boca y comenzó a temblar.
No entendía nada de lo que acababa de pasar y, aun peor, no entendía como sus sentidos seguían agudizados al punto que seguía escuchando el latido regular del corazón de Draco como si tuviera su oreja sobre su pecho.
Corrió hasta su escritorio y, escribiendo palabras algo inconexas, terminó la carta que había estado a medio hacer toda la semana encima de sus papeles. Las cosas habían pasado de castaño a oscuro porque por alguna razón que no alcanzaba a comprender, sentía que sus labios le reclamaban con tristeza el haber sido el único lugar de su rostro que Draco Malfoy no alcanzó a tocar esa noche.
La cocina en La Madriguera era como un ser con vida propia: los calderos revolvían solos su contenido, la tetera pitaba con el agua caliente, los cuchillos picaban las verduras del omelet del desayuno y Ginny Weasley bostezaba mientras supervisaba que nada se saliera de control en el tiempo que su madre estaba en el jardín recogiendo algunas hierbas aromáticas.
Algunas veces se preguntaba si ella estaría feliz con una vida como que su mamá llevaba. Quizás si alguna vez dejase el orgullo a un lado y aceptara una de las invitaciones a pasar la noche que Harry le hacía cuando se llenaba de valor, tal vez podría terminar casada con él y criando media docena de hijos pelinegros y miopes. Quizás.
Pero Ginny sabía que esa posibilidad se había esfumado con la guerra. Que su sueño infantil de ser una ama de casa feliz se había destrozado al mismo tiempo que todas las personas que amaba se habían encerrado dentro de sí mismas buscando una manera de sanar las heridas abiertas por la maldad.
—Mi pequeña, ¿Ya te ha dejado tu madre encargada de la cocina otra vez? —. Todos menos él. Arthur la saludó desde el umbral de la puerta y sus ojos enmarcados de arrugas -algunas prematuras, otras no- le sonrieron con calidez. Ginny amaba a su padre, amaba sus brazos reconfortantes y sus palabras sabias.
Arthur Weasley fue el único que lloró con ella cada noche en la chimenea recordando a Fred. Sólo él se permitió vivir el duelo y la pérdida de tantos amigos sin usar máscaras de fortaleza y optimismo. Fue su padre quien la acompañó en su impotencia de ver a su madre, a sus hermanos, a Hermione y a Harry apresurarse a reconstruir todo durante la posguerra, con tal afán, que los fueron haciendo a un lado hasta dejarlos por fuera de las murallas que levantaron alrededor de sus corazones.
"Ha llegado tu tiempo de sanar". Fueron sus palabras al decirle que acababa de aceptar la propuesta de entrar como cazadora suplente de las Holyhead Harpies, aun cuando ni siquiera él sabía que había hecho las pruebas. Pero es que su padre veía sus esfuerzos vanos por recobrar algo de normalidad en su relación con Harry o por acercarse a una cada vez más meditabunda Hermione, incluso él la animó a entrar al departamento de Aurores para estar más tiempo con Ron, pero nada funcionó. Los había perdido.
Arthur sabía que Ginny habría de cansarse pronto, su temperamento y el de su hija eran bastante diferentes, pero ella ya había jugado todas sus cartas y los juicios, la reconstrucción y las persecuciones eran ahora la prioridad de sus amigos pues se habían convertido en su escondite para no lidiar con los propios quiebres que llevaban en su interior.
"Gracias, papá. Trata de convencer a mamá de que es una buena idea que me vaya de casa…"
"Eso no será tarea fácil. ¿Nada te hará cambiar de opinión, cierto?". Ella recibió esa pregunta con dolor. No, Harry no la haría cambiar de opinión, pero lo que más la entristecía era el hecho que él ni siquiera intentaría retenerla. Negó con la cabeza y se secó un par de lágrimas que acababan de salir. Su padre la abrazó y susurró a su oído:
"Mi pequeña Ginny, a veces dar un paso al costado es la mayor muestra de amor". Y aun en ese momento, viéndolo a los ojos debajo del marco de la puerta de la cocina, todavía no entendía si había sido Harry o ella quien había dado ese paso.
—Prometió no tardarse mucho esta vez —respondió Ginny al tiempo que esbozaba una sonrisa pequeña. Se alzó de hombros antes de continuar—. Igual debo ayudarla con el desayuno y escuchar su charla del porqué debo renunciar al Quidditch y regresar a casa para siempre.
—No la juzgues muy duro —dijo Arthur acercándose hasta su hija y sentándose a su lado—. Cuando tuvimos tantos hijos nunca pensamos quedarnos en la casa solos tan pronto.
Y así era. Bill vivía con su familia en El Refugio, Charlie seguía su carrera en Rumania, Percy había alquilado un pequeño apartamento en los suburbios con unos compañeros de trabajo del Ministerio, Ron nunca volvió a vivir en La Madriguera después de la Batalla de Hogwarts, se quedó un corto tiempo con Harry en el Caldero Chorreante y luego se fueron a vivir en un departamento cerca del centro de Londres y George… De George sabían muy pocas cosas, pero al menos estaba segura de que vivía donde antes había estado el local de Weasleys' Wizard Wheezes en el Callejón Diagon, el negocio, sin embargo, permanecía cerrado.
Ginny suspiró. Al irse de casa, había roto el corazón ya adolorido de su madre. Arthur colocó su mano derecha sobre el hombro de su hija para reconfortarla. Estaba en sus dos semanas de permiso por las fiestas, no tenía sentido que estuviera triste o discutiendo con Molly todo el tiempo.
En ese momento una lechuza gris entró planeando por la ventana y aterrizó frente a ella. Ululó suave y le extendió la pata donde llevaba un sobre de pergamino cerrado. Ginny haló el cordón y la carta cayó sobre la mesa. El ave extendió sus alas y voló de regreso por donde había llegado.
Fue hasta el otro extremo de la cocina y sirvió un poco de té para ambos. Se sentó junto a su padre y abrió su mensaje pensando que podía ser una tarjeta de alguna de sus compañeras de equipo deseándole por anticipado una feliz navidad, sin embargo no pudo evitar que su boca cayera abierta cuando terminó de leer.
—¿Sucedió algo? —preguntó su padre con el ceño fruncido. Ella sonrió un poco y negó con la cabeza.
—No, nada. Es de Hermione. Acaba de volver de sus vacaciones y quiere que nos veamos —. Mintió con naturalidad, tomó un sorbo de su taza, se alzó de hombros y le dio un beso en la mejilla. Caminó rumbo a la sala para buscar su abrigo e irse por Red Flú—. ¿Podrías cuidar que el desayuno no se queme mientras mamá regresa?
Arthur tenía el don de detectar todas y cada una de las mentiras de sus hijos por lo que la siguió en silencio y, justo cuando ella pronunció número 59 de Endell Street, Hermione Granger, él le respondió:
—Por supuesto, Ginevra—. Ella alcanzó a levantar una ceja sorprendida antes de perderse entre llamaradas verdes pues su padre nunca la llamaba por su nombre. Arthur suspiró y volvió solo a la cocina después de que ella desapareció. Tomó su taza caliente y miró el fondo de la misma como tratando de encontrar ahí todas sus respuestas.
Al parecer Ginny había olvidado que hacía un par de meses le había contado que desde que inició su carrera deportiva, no se había cruzado cartas con Hermione ni una sola vez.
Hola!
Sé que uno de mis principales defectos como escritora es mi irregularidad en las actualizaciones pero esta historia tiene un final en mi cabeza, y eso es una enorme ventaja.
Sólo he estado enredada: Renuncié a mi trabajo y me mudé de país. Ahora vivo en el viejo continente y cada día es una nueva aventura. Espero puedan tenerme paciencia y además, mandarme toda su buena energía.
Lo que pasó aquí entre Draco y Hermione fue muy intenso. Ya veremos como sigue la historia y qué decisiones se tomarán con respecto a Grimmauld Place.
Besos a todos.
Ldny
