Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.


II - EL NÚMERO 59 DE ENDELL STREET

13

La puerta de su oficina estaba cerrada para evitar ser molestado, aunque era una medida innecesaria. Eran las 10 de la mañana del sábado y, para empezar, ni siquiera tenía porque estar en el Ministerio trabajando. Supuso que ese eran el tipo de concesiones referidas por Percy que le concedían por ser El Elegido.

El lugar estaba completamente vacío, salvo por el comando de vigilancia de Aurores que se encontraba de turno y ellos ya sabían que era usual que Harry Potter apareciera los fines de semana a adelantar tareas administrativas, según él.

Estaba releyendo por tercera vez el informe que Padma le había entregado de la última reunión que sostuvo con los rusos. Según ella, eran bastante poco colaborativos y herméticos por lo que la respuesta era escasamente una solicitud oficial para que el gobierno británico disminuyera la presión y les permitiera avanzar con tranquilidad en su investigación. Harry contuvo las ganas de quemar la pila de papeles frente a él.

Se quitó las gafas un momento y las dejó sobre el escritorio. No había dormido nada la noche anterior y a primera hora habían aparecido unas 20 lechuzas con correo de sus seguidores, admiradores o enemigos. Ya ni siquiera sabía sobre que le escribían.

Masajeó sus sienes despacio y cerró los ojos un momento. Quería entender por qué él parecía ser el único en permanente estado de intranquilidad. Ron había llevado a una chica la noche anterior al apartamento, los escuchó llegar pasada la media noche y hasta se alegró por él, pues cada día tenía más claro que Hermione era un tema superado.

Su mejor amiga, por su parte, se había ido de vacaciones hacía dos semanas a Francia y esperaba de todo corazón que estuviera disfrutando y despejando su mente de los asuntos de la oficina de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, aunque sabía que si ella estuviera en aquel momento con él, ya habrían resuelto la cuestión del Pogebrin ruso.

Los envidió por un momento y quiso mandar todo al diablo, igual, la cicatriz no había vuelto a dolerle y eso, esperaba, eran buenas noticias. Ese día tenía un almuerzo en La Madriguera pero ya había decidido no ir: Ginny estaría ahí, hermosa y orgullosa, como siempre; y no tenía muchas ganas de escuchar a Molly y sus indirectas. Él estaba aún buscando su lugar, estaba perdido y asustado todo el tiempo, ¿Cómo pretendían entonces que arrastrara a Ginny hasta su propia incertidumbre? El amor se les acabaría antes de que él terminara de sanar sus heridas. Pero eso nadie parecía entenderlo, todos creían que fue demasiado egoísta para siquiera intentarlo. Incluso Ron y Hermione. Quizás tenían razón.

Meditaba en silencio la posibilidad de escapar un año al mundo muggle y vivir donde nadie lo conociera, cuando su puerta se abrió de golpe y llevó su vista borrosa hasta las dos figuras que aparecieron bajo el umbral. Frunció el ceño y achicó los ojos para enfocar un poco pero fue inútil. Mientras se colocaba sus anteojos, escuchó a Liam, el superior de turno, exclamar:

—Señorita, le dije claramente que hoy no debe haber civiles aquí, menos para una audiencia con Potter sin tener una cita.

—Y yo te dije que esto es urgente y que tiene que atenderme él —. Harry la reconoció antes de alzar la cabeza y mirarla con una mal disimulada expresión de asombro en su cara. Su voz era inconfundible aun cuando la última vez que la había escuchado había sido 3 años atrás en una situación, por lo demás, de bastante tensión.

—¿Parkinson? —. Ella carraspeó incómoda y se soltó del agarre del oficial para avanzar a paso seguro dentro del lugar. Liam hizo el intento de sostenerla nuevamente, pero Harry se puso de pie y con un gesto de la mano le detuvo—. Está bien, Liam. Supongo que olvidé decirte que vendría a verme para… para algo importante.

El otro hombre lo miró con hastío y Harry se alzó de hombros al tiempo que esbozaba una sonrisa que trató de ser inocente.

—Eres un asco mintiendo, Potter —dijo el hombre al salir de la oficina y añadió con amargura—. Tiene 10 minutos, señorita.

El silencio se apoderó del lugar mientras ambos se miraron a los ojos. Pansy estaba vestida muy formal, con una túnica azul cobalto con capucha que ocultaba su cabello y que estaba ceñida a su figura menuda. Harry se sorprendió pensando que el color combinaba con el de sus ojos.

—¿Y bien…? En 10 minutos vendrá a sacarte y será menos amable esta vez —comenzó él extendiendo un brazo hacia la silla pero ella avanzó dentro sin sentarse.

—Estoy acostumbrada a la falta de amabilidad en general —respondió Pansy Parkinson moviendo sus manos sobre su cabeza para dejar al descubierto su pelo oscuro. Harry también permaneció de pie —. Necesito que me ayudes a encontrar a Draco Malfoy.

Harry abrió sus ojos quizás un poco más de lo normal por la sorpresa pero no dejó entrever mayor emoción. Se alzó de hombros y metió las manos dentro de los bolsillos de su pantalón antes de mirar la pila de papeles del informe de los rusos.

—¿Tengo cara de detective privado acaso? —fue todo lo que él dijo dejándose caer sobre su silla de cuero, giró a verla de nuevo y distinguió un rictus de rabia en sus labios fruncidos. Suspiró y continuó—. Debes reportarlo de lunes a viernes en la ventanilla de personas desaparecidas, asignarán el caso e iniciarán la investigación…

Pansy inhaló profunda y lentamente para evitar sacar su varita y maldecirlo en ese mismo instante, ¿Acaso ese imbécil no se imaginaba lo difícil que había sido para ella tragarse todo su orgullo, averiguar dónde estaba y presentarse frente él para pedirle su ayuda? Exhaló despacio y apretó sus puños mientras se hacía daño con sus uñas sobre la piel. Harry notó cada uno de sus gestos. Ella continuó como si él no hubiera hablado.

—La señora Malfoy no sabe nada de él, Theodore y Blaise no lo han visto y su casa en Belgravia está vacía —. Quiso ocultar la preocupación en su voz pero falló—. No conozco el detalle de los acuerdos que firmó con ustedes, y no sé si al denunciarlo como desparecido pueda meterlo en un problema…

—Si está desaparecido, ya debe estar en problemas —afirmó Harry sarcástico como si fuera obvio y haciéndola enfurecer más. En ese momento, Pansy se convenció de que había sido un error, él no la ayudaría, no al menos que ella traicionara el secreto que Draco les había confiado. Se mordió el labio inferior con fuerza para aguantar las lágrimas que querían salir de sus ojos. De verdad que odiaba a Harry Potter, se suponía que él podía ayudarla, que era él héroe, que era noble, valiente y toda esa basura Gryffindor; no el cínico indolente que tenía al frente —. En cualquier caso, ¿Por qué de todas las personas, me buscaste justo a mí?

Esta vez, Pansy mordió su lengua para contenerse pero no logró hacerlo. Ella tenía un mal presentimiento sobre Draco y casi nunca se equivocaba, además siempre había tenido buenas notas en Adivinación: todo ese asunto tenía que ver con Granger. Observó al hombre que tenía al frente y bufó, alzó el mentón y lo miró con desprecio acumulado. Se sintió como cuando en el colegio se victimizaba siendo El-Niño-Que-Vivió. Esa estúpida pregunta del "¿Por qué a mí?" de Potter que exasperaba a todos sus compañeros. Ella lo sabía, era sólo porque ella era una Slytherin, una del bando perdedor, que él no iba a mover un dedo para ayudarla.

—¿Lo siento? ¿Eso es lo que quieres escuchar? —escupió ella mirándolo a los ojos verdes que lucieron confundidos por un momento—. ¿Perdón Potter por sugerir que te entregaran a Ya-Sabes-Quien para salvar mi pellejo y el de toda la escuela? ¿Perdón por no haber querido involucrarme en una guerra que ya me había hecho prácticamente perder a mi mejor amigo? Si es eso lo que querías oír, ahí lo tienes. Ahora, ayúdame a encontrar a Draco.

Harry tragó en seco y se sintió cohibido de repente. No quiso sonar pedante, mucho menos quiso traer a colación aquel momento del pasado, sólo ¿Quién se creía ella para de pronto entrar en su oficina un fin de semana y empezar a exigirle cosas? Cosas que consistían en encontrar a Draco Malfoy además.

—Escucha, Parkinson —comenzó él poniendo los ojos en blanco—. Seguramente Malfoy se fue por ahí de vacaciones, seguro no quiere que nadie lo moleste. Acaba de recibir su veredicto de libertad, quizás quiere disfrutar un poco de…

—¿Qué has sabido de tu amiga Granger estos últimos días? —. Era inútil, había sido completamente inútil y ella sabía que no tenía más remedio que hablar de todo lo que sabía. Draco había desaparecido después que les confesara que había estado ayudando Granger con el asunto de la casa de la familia de su madre y que era el legítimo heredero de la propiedad. Ella no se cansaría de decir que aquello le daba muy mala espina.

—¿Qué tiene que ver Hermione en todo esto? —. El semblante de Potter cambió de inmediato y Pansy sonrió con suficiencia pues sabía que había tomado el control de la conversación, ella avanzó otros dos pasos y al fin se sentó en las sillas frente a él. Sus ojos lo escrutaron con interés mientras se cruzaba de piernas y ponía ambas manos sobre el escritorio—. Habla, no estoy para tus juegos.

—Sé que Draco está ayudando a Granger para romper una maldición —dijo ella ocultando que conocía más información—. No sé dónde, ni desde cuándo, sólo sé que después que me lo contó desapareció. Y de eso ya hacen quince días.

El cerebro de Harry hizo clic muy a su pesar, pues para esa misma fecha ella había pedido irse de vacaciones y el tapiz de Grimmauld Place se había renovado de la noche a la mañana sin que ella les confesara cómo lo había logrado. Dejó caer su cara sobre la palma de su mano abierta y no quiso pensar en qué diablos estaba metida Hermione. La última vez que decidió hacer algo sola, terminó petrificada por un basilisco.

Alzó su vista hasta la Slytherin que le miraba con gesto serio, y vio a una mujer diferente, preocupada por uno de los suyos, una que había hecho a un lado su orgullo y el pasado, y no a la Pansy Parkinson que recordaba, la de la escuela, la prefecta que abusaba de los niños de primer año, la cabecilla de la Brigada Inquisitorial de Umbridge, la adolescente asustada por su vida que no estuvo de acuerdo en enlistarse como soldado en una batalla en contra de quienes podían ser sus padres tras una máscara y en cambio lo ofreció a él como sacrificio. Cosa que igual, terminó haciendo al final.

Suspiró y apoyó ambos codos sobre la mesa, entrelazó sus manos bajo su barbilla y se inclinó hacia adelante hasta ella que no retrocedió ni un milímetro y le sostuvo la mirada todo el tiempo. Tenía su cabeza ladeada, su nariz apuntaba hacia arriba, sus ojos azules, brillantes por las lágrimas contenidas, lo miraban fijo y su cuello estaba flanqueado por su cabello negro como una cortina ligera. Parecía un perfil tallado en mármol, ni siquiera parpadeaba. Sólo esperaba su respuesta.

—¿Y bien? ¿Cómo crees tú, Parkinson, que yo puedo ayudarte a que aparezca Malfoy? —preguntó omitiendo el hecho de que, si Hermione había estado trabajando con él todo este tiempo, tenía una idea muy clara de donde los podía encontrar.

Ella borró la sonrisa de su rostro antes de hablar pero su semblante seguía reflejando su sentimiento de victoria: convencer a Harry Potter de ayudarla había sido pan comido.


—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —comenzó Hermione mirándolo a los ojos y extrañándose porque el sentimiento de miedo que la llenaba cuando estaba a solas con él había desaparecido por completo a lo largo de esos días.

—Si vuelves a preguntar una vez más, te juro que regresamos a casa y no vendré aquí ni que me lo ruegues de rodillas —respondió Draco después de poner los ojos en blanco y tratando de no pensar que acababa de hablar del horroroso apartamento muggle de Granger como su casa, la de ambos.

Acababan de aparecer en las escaleras del porche del número 12 de Grimmauld Place. Estaban el uno frente a la otra y Hermione tomaba su mano derecha. Se mordió el labio inferior y le soltó después de girarse hasta la casa que lucía tan siniestra como siempre.

Draco se la quedó viendo a ella más tiempo del necesario, no sabía en qué momento pero su presencia había pasado de ser repulsiva, a fastidiosa, después tolerable y ahora la sentía importante, aunque no sería capaz de decir aquello en voz alta, ni siquiera a Theodore. Sentía que su vida había sido un desbarajuste total desde hacía tantos años y ahora parecía como que todo estaba volviendo a su lugar. Pero Granger estaba presente y eso no le hacía ningún sentido.

La observó subir por las escaleras de la entrada y sintió un escalofrío bajar por su espina dorsal. Sintió miedo de repente y no supo de qué. Suspiró y avanzó tras ella que se había detenido a esperarlo. Apartó de su mente todas las ideas que se le vinieron a la cabeza relacionadas con las opiniones que tendría su padre de la medicina que, ahora sabía, tenía dentro de él, y finalmente entró dentro de la casa de sus pesadillas.

El piso de piedra del vestíbulo estaba lleno de polvo, la pierna trol estaba tumbada hacía un lado a Draco le pareció más repugnante que nunca. Los Black tenían un pésimo gusto para la decoración. Granger iluminaba el recibidor con su varita, como temerosa de lo que pudiera pasar si encendían las luces.

Draco no estaba seguro de que era exactamente de lo que estaban asustados pero supuso que la última vez que habían estado ahí las cosas tuvieron que ser difíciles, a juzgar por la cara que ella estaba haciendo. Él no podía recordar nada, un efecto secundario -maravilloso, si le preguntaban- de las pociones de Theodore.

Hermione puso su pie derecho en el primer escalón para dirigirse hasta el primer piso y la madera crujió bajo su bota. Se giró a mirar a Draco que le dedicó una sonrisa burlona, dejándole en claro que si se caía no iba hacer nada diferente a reírse de ella. Ella bufó como respuesta en su silencioso intercambio.

Sin embargo, no sucedió nada y, a paso lento, llegaron hasta la planta de arriba, a la sala de visitas donde estaba el tapiz de la familia.

—Todo parece estar en orden —comentó Hermione pasando sus ojos por el lugar.

—Si por orden entiendes toneladas de polvo, muebles ruinosos, pilas de basura y una que otra rata; sí, todo está en orden —replicó Draco irónico sacudiendo pelusas imaginarias de su abrigo. Hermione rodó los ojos al escucharlo e hizo una floritura suave con su varita con el que abrió las pesadas cortinas azules.

Los haces de luz que entraron por las ventanas les permitieron ver las partículas de polvo flotar por toda la estancia, pero también le dieron vida a los colores del árbol genealógico. A Draco la idea le parecía absurda, pero podía jurar que la pared les sonreía. Era como si todo lo bueno que había tenido esa familia estuviera atrapado detrás de esa pintura y quisiera salir.

Entonces, un pequeño grito de Hermione le hizo mirarla y sacar su varita en modo de ataque. Ella lo señalaba con su dedo índice y una expresión de genuina sorpresa adornando su cara. Los rayos de sol invernal iluminaban su cara y pudo ver sus ojos abiertos como platos brillar dorados fijos en él.

—Es increíble —exclamó ella ahogando un suspiro. No importaba cuántos años pasaran, la magia habría de seguirla sorprendiendo cada vez. Draco se miró a sí mismo pero no notó nada extraño hasta que ella continuó—. ¡Tú! Eres tú.

—¿En serio? ¿Te llaman la bruja más brillante de nuestra generación por conclusiones como esa? Claro que soy yo.

Hermione puso nuevamente los ojos en blanco y, con un complicado movimiento de varita que Draco nunca había visto antes, solidificó el aire frente a él y apareció un espejo donde pudo mirarse: Sí, era él, pero eso no era lo importante.

A su alrededor flotaban espirales del polvo de la casa, sin llegar a tocarlo. Lo evitaban girando en una danza lenta y respetuosa, como entendiendo quién era. Se sorprendió y bajo su vista hasta sus pies, donde el piso debajo de sus zapatos lustrados brillaba limpio como el de su propia mansión. Se aventuró a estirar uno de sus brazos hacia al frente, fuera de su pequeña burbuja de limpieza, pero junto con él se expandió su espacio libre de suciedad.

—Es increíble —concluyó Hermione haciendo desaparecer el espejo y mirándole con atención. Podía decir que por primera vez, veía a Draco Malfoy maravillado con algo. Sus ojos grises y profundos brillaban divertidos al ver lo que sucedía cuando movía alguna de sus extremidades y una pequeña mueca que podía considerarse como una sonrisa traviesa se asomaba por entre las comisuras de su boca.

—¿Crees que deba tratar de reparar algo? —. Hermione se sorprendió al escuchar su sugerencia y se alzó de hombros al ver que apuntaba con su varita y dudaba sobre cuál de los muebles arreglar. Ella ya no tuvo que reprimir temblores al verlo armado y cerca de ella. Ahora se sentía, si bien no segura, al menos tranquila estando a solas con él—. Todo está en un estado tan lamentable ¡Reparo!

El haz de luz fue a dar contra de un armario victoriano empotrado en la esquina opuesta del salón: sus patas torcidas se enderezaron, las puertas que habían estado fuera de sus goznes volvieron a su lugar, los grabados de madera comidos por las termitas se reconstruyeron y la madera comenzó a pulirse y brillarse hasta parecer un espejo de plata. Como nuevo. El armario lucía como nuevo. Hermione no podía creerlo.

—Esto es lo mejor que hemos hecho en años —exclamó emocionada y acercándose a él sonriendo de la emoción. Si acaso había sido capaz de reprimir un gritico agitado—. Hoy podemos arreglar este salón y mañana la planta baja. A este ritmo para cuando finalice el fin de semana habremos terminado y…

Draco descompuso el gesto y la interrumpió sin delicadeza ¿Es qué pensaba usarlo como esclavo para terminar lo más pronto posible? ¿Acaso tan pronto quería que se fuera de su casa?

—Aún estoy convaleciente. Creo que debemos ir a casa a descansar —. Ella lo miró incrédula y bufó—. Me acaban de dar el alta ayer, ¿Consideras conveniente ponerme a trabajar como un elfo domestico todo el fin de semana?

—Theodore dijo que ya estabas perfecto. ¿Qué estás tramando ahora? —respondió ella alzándose de hombros y dándole una mirada llena de suspicacia.

¿Theodore? ¿Desde cuándo Granger y su mejor amigo se trataban por sus nombres de pila? Se molestó de pronto y arrastró las palabras con desdén.

—No estoy tramando nada, quiero descansar después que me acabo de recuperar de una maldición oscura —. Había planeado pasar el fin de semana leyendo un libro en la diminuta sala de estar del número 59 de Endell Street, mientras ella trabajaba en sus pergaminos del Ministerio y le ofrecía té caliente. Había planeado disfrutar del poco tiempo que le quedaba en aquel lugar, tan misteriosamente tranquilo, donde sus pesadillas parecían haber disminuido a la mitad. Había planeado estar en su compañía al menos unos días más—. Maldición que, cabe aclarar, fue tu culpa.

—Bien —dijo Hermione rindiéndose al fin. Ese día había soportado todos y cada uno de los comentarios insoportables de Malfoy con una paciencia ejemplar—, vamos a casa pero volveremos el lunes a primera hora —. Draco sonrió satisfecho y comenzó a caminar hacia la salida con paso apresurado. Hermione renegó por lo bajo y lo siguió a él y a su espiral de polvo pensando lo injusto que era que ella tuviera que respirar toda aquella suciedad.

Ninguno de los dos alcanzó a notar como algo dentro del armario de la esquina se sacudió con violencia para después volver a quedar en calma.

Una vez en el porche de la casa, Draco respiró profundo y vio con curiosidad unos niños muggles que corrían por la acera de en frente. Vestían unos abrigos, horrorosos a su parecer, con estampados navideños rojos y verdes. Hermione siguió la dirección de sus ojos y comentó burlona:

—Así luce la navidad en el mundo muggle. Gryffindor y Slytherin combinan a la perfección —. Él la miró como si hubiera estuviera loca, pero devolvió su mirada hasta ellos que pasaban desprevenidos sin saberse observados.

—Ya entiendo de donde salió tu desacertado sentido de la moda, Granger —bufó bajando los escalones y dejando atrás el vaho de partículas de polvo dentro de Grimmauld Place. Ella sonrió de medio lado y le alcanzó:

—Me has dado una excelente idea para tu regalo de navidad. Estoy segura que con tu estilo, lucirías único ese suéter de los renos.

Él la miró con hastío, aunque decidió dejar flotar en su cabeza la agradable idea de recibir un presente de su parte. ¿Debería comprarle algo también?

—La próxima semana es Nochebuena, creo que deberé ir a Malfoy Manor y estar con mi madre… —. Lo dijo en voz alta pero no supo por qué. Sería la primera fiesta después de la muerte de Lucius, no habría de ser fácil. Quiso apartar de su mente tales pensamientos y continuó—. ¿Estarás con Potter y las comadrejas o te verás con tus padres?

La reacción de Hermione fue inesperada. Mientras un viento frío sopló en medio de ellos, se encogió como si fuera de repente más pequeña. Él volteó a verla mientras las risas de los niños se perdían en medio del parque de enfrente y alcanzó a ver sus ojos que brillaron mientras apartó su cara hacia el otro lado de la calle. De repente recordó el sobre café, los sellos de Australia y las fotos ocultas, sin saber por qué entendió que no había estado equivocado en su mal presentimiento, aun cuando no sabía bien que era lo que pasaba.

Ella no esperó esa pregunta, las cosas entre ellos tenían que haber seguido siendo fáciles como hasta hacía minutos atrás. Tragó en seco y parpadeó muchas veces y muy rápido para tratar de anular el sentimiento de dolor sordo que se le instalaba en el pecho cada vez que pensaba en ellos. Con el pasar de los días había olvidado que, de una u otra forma, Draco Malfoy siempre tuvo el poder de herirla, aunque esta vez no fuera intencionado.

Iba a girarse a verlo después de haber recompuesto su gesto pero la sorprendió de sobre manera el sentir que su mano derecha acababa de ser envuelta por la suya. Bajo la vista sorprendida hasta su agarre y sintió la calidez que despedía su cuerpo al acercarse. Volteó su cuello hasta él, que hizo presión con sus dedos sobre su palma.

Hermione comenzó a sentir, no sólo su corazón sino también el de él, latir acelerados por el contacto. Ella alzó su cara y se encontró con su rostro pálido y afilado de frente. Casi que podía distinguir algo de preocupación en sus ojos grises y el vaho de su aliento se perdía en medio de los dos dejando entrever cuán cerca se encontraban.

En aquel momento un solitario copo de nieve cayó sobre su nariz y ella hizo un mohín con sus labios que lo hizo sonreír. Con el dedo índice que tenía libre, Draco retiró el diminuto pedazo de hielo para luego dejar descansar su mano sobre su hombro. Hermione no entendió su acercamiento pero tampoco supo por qué no la incomodaba.

Bastó eso para sentir como él se la llevaba en aparición conjunta hasta el pasillo frente a su apartamento y, como si despertara de un ensueño, soltó su agarre y abrió la puerta sin sospechar que Draco sentía ahora sus manos tan vacías como ella.

Él la siguió dentro y trató de reprenderse por tanta ligereza en su contacto físico con Granger, pero no sabía la razón por la cual estaba seguro de que aquello había sido lo correcto por hacer, así lo había sentido y ella también, porque no se apartó en ningún momento. Sin embargo, la voz chillona de Walton interrumpió sus pensamientos.

—El señor Nott apareció aquí tan pronto se fueron —dijo agitado el elfo. Hermione lo miró extrañada y apartando sus pensamientos de la sensación del roce de su piel con la de Malfoy—. Dijo que era urgente.

Draco abrió el sobre con el membrete del Ministerio y resopló:

—Una citación, para el lunes —. Hermione abrió los ojos como platos y negó con la cabeza.

—¡Es imposible! Los avalúos comienzan en tres meses, aún no tengo nada listo…

Draco la miró con detalle: su melena revuelta, sus ojos preocupados, su cuello largo y las curvas de su cuerpo. Lo que Theodore le había dicho era cierto, ella tenía lindas piernas. Sonrió de medio lado por lo absurdo de sus pensamientos y pasó su lengua con disimulo por sus labios antes de preguntarse a qué sabrían los besos de Hermione Granger, y si la próxima vez le alcanzaría la osadía no sólo para tomar su mano sino para probar su boca.

Hermione se movía de un lado para otro renegando sobre el Ministerio, abuso de poder, injusticias y reformas drásticas. Draco sólo la observaba yendo de aquí para allá hablando sin parar y comprendiendo cuál era su lugar en aquel mundo, y definitivamente no era junto a ella, ni siquiera en sus más locas fantasías.

Draco se alzó de hombros y la realidad volvió a él, de repente, como si lo hubieran empapado con un Aguamenti helado: él viviendo con Hermione Granger, la empatía entre ellos, los latidos acelerados, sus corazones unidos con magia antigua y el obviar sus diferentes estatus de sangre y roles durante la guerra; todo eso no era más que una ilusión. Era fruto de desafortunadas circunstancias. Él no era más que un reo con libertad condicional que debía aparecer en el Ministerio cada vez que lo citaban y con el inminente riesgo de perder todo cuanto le quedaba, ella era, en cambio, una heroína de guerra con una mente demasiado brillante y un papel muy importante en la sociedad que sufría de un alto complejo de culpa por lo que le había hecho pasar.

En ningún escenario aparecían nada más como un chico y una chica de 22 años cuya química seguía creciendo mientras vivían bajo el mismo techo, libres de pecados y de pasados. En ninguno.

"Debes estar loco, Draco Malfoy, debes estar loco" se dijo a sí mismo cuando su mente jugueteaba con ideas atrevidas de ellos dos juntos de formas consideradas, cualquier cosa antes que apropiadas, antes de verla perderse afanada rumbo a su estudio a adelantar su defensa lo más que pudiera hasta el lunes.


Lo prometido es deuda. Es viernes (al menos en la mitad del mundo).
Sus reviews me hacen en extremo feliz en la soledad de este lejano país.

Besos,

Londony