Los sabores en tus labios
A Martín, nunca le gustó la comida de Arthur (bueno, a nadie le gusta la comida de Arthur), el caso es que, el argentino, ni siquiera se molestaba en fingir lo contrario a pesar de estar en una situación de importancia. No era su problema si estaban en la misma mesa de mármol compartiendo los alimentos con la realeza, no importaba si estaban bebiendo vino y comiendo el pan de la vida en el Reino de Dios, no importaba si cenaban junto a Maradona. No. Siempre que el inglés preparase sus "manjares", estos iban a ser horrendos, incomibles y un auténtico peligro para la existencia de la humanidad.
Aquello no cambió nada cuando formalizaron su relación y comenzaron a vivir juntos. El sureño siempre insistía en preparar la comida, a pesar de la evidente molestia del inglés.
Por eso.
Por eso, Arthur se sorprendió cuando, al besarse, el de cabellos castaños claros le manifestó que sus labios eran exquisitos, tenían un sabor dulce, mezclado con té. Luego de decir aquello, Martín volvió a degustar los labios del contrario, quien se encontraba arriba suyo, compartiendo cama.
Durante el acto, el europeo, no se dejaba de indagar sobre las palabras de su pareja, puesto que al preparar sus platillos, el inglés siempre los probaba en el proceso (preguntándose, luego, por qué si a él le sabían bien a los demás no), entonces, por ende, sus labios deberían estar impregnados con aquellos sabores, que País del Sur-al igual que muchos otros-odiaban.
Martín, sonrió en medio del beso, adivinando los pensamientos de su pareja. Ni siquiera él sabía por qué le era tan excitantemente dulce el sabor de los labios de Arthur, si deberían poseer el gusto de sus intentos de alimentos.
Bueno, qué importaba.
Lo tomó por la nuca, aferrándolo mas a su cuerpo. Saboreando con su lengua la cavidad bucal ajena.
Tal vez, la comida de Arthur lo mataría, pero sus labios también, sí, de diabetes.
—Ah, que buena forma de morir sería esa, che —. Pensó.
