Percy Jackson y los Dioses del Olimpo, pertenece a Rick Riordan.
Atenea tomó el libro. —El quinto capítulo se titula: "Bienvenida al Campamento Mestizo"... —Todos se alegraron. Se alegraron, de que este título fuera el más normal y se alegraron de que la hija de Poseidón, llegara finalmente al Campamento.
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En los días de la playa, papá Peyton y mamá Anfitrite, se centraron en entrenarme físicamente. Papá Peyton, me enseñó un estilo de lucha griega, mano a mano.
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—Pancracio —dijeron Ares y Clarisse sonrientes.
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Yo era fuerte, pero no excesivamente y papá Peyton, me dijo que jugara sucio, si hacía falta, pero siempre centrándose, en que mejorara mis técnicas de puños, patadas, agarres y derribos.
Derribos, agarrándome de la cintura y lanzándome por encima de su cabeza. O con mi estilo personal: agarrándolo a él de la cintura y lanzándolo al suelo.
Sujetarlo por el cuello, lanzarme al suelo, como si fuera a dar una vuelta canela, hacia atrás; consiguiendo, dejarlo en el suelo.
Agarrarlo del brazo y lanzarlo, con un movimiento de palanca.
Pero, definitivamente: se me dieron mejores los ataques de puños, patadas, desplazarme por el área y solo ocasionalmente, hacer un derribo de algún tipo.
Hacer zancadillas, coger al adversario y lanzarse sobre él eran prácticas muy comunes. Ataques como pegar una patada baja al opusieron estaban perfectamente permitidos. Una de las técnicas, la tijera, buscaba tener enlazado el abdomen del rival con las piernas, para asfixiar al rival con las manos libres; Estaban perfectamente permitidos, en este arte marcial, llamada Pancracio.
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Ares asintió satisfecho.
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Yo no tenía idea, de que, en la cabaña, había bastones Bō, ni espadas de madera. Pero las había y entre papá Peyton y mamá Annelie, me enseñaron, algo de esgrima (cuando usas una espada) y eskrima (cuando usas un bastón Bō), aunque usar espadas a dos manos y bastones Bō a dos manos, parecía ser una opción perfectamente lógica, yo me sentí muy bien, al sujetar un único y largo bastón, como si fuera una lanza, y aprendí a luchar con él, por petición a papá Peyton.
Casi una semana después, conducía mamá Sally, a eso de las 7:30, en una tranquila mañana, hacía un campamento de verano. Para ese entonces, yo ya había visto a papá Peyton y mamá Annelie, no solo hablar en griego antiguo, a escondidas (yo mismo, estaba aprendiendo varias palabras, y recogía muchas de ellas, logrando entenderlas)
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El rey de los mares se sonrojó, cuando todos lo miraron. — ¿Cómo es posible, que fuera tan distraído, para no darme cuenta, de que mi hija, estaba allí?
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Miré en mi mochila, y encontré varias mudas de ropa, una bolsita llena de lo que parecían ser diminutos cubos de brownies, aunque olían a menta y pasto recién cortado, extraño. Encontré una nota allí mismo:
«En pequeñas dosis, la ambrosía (los cubos) es capaz de sanarte de pequeñas lesiones como cortes, contusiones e incluso la fatiga, Penny. Las lesiones más graves, como una fractura de tobillo, por ejemplo, necesitan más tiempo y podrían tardar hasta un día entero para sanar completamente. Debes de ser muy cuidadosa, pues podrías enfermarte, si viene demasiado, entrando en un estado casi permanente de coma»
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Y un termo de metal, de mi dibujo animado japonés favorito. Llegué a la conclusión, de que el termo tiene algo similar, también con extraños fines curativos.
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Atenea asintió, ante las palabras de la chica, pues sabía que el termo tenía néctar en su interior.
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Encontré un par de mudas de ropa, de camisetas anaranjadas, que tenían las palabras «Campamento Mestizo», un Pegaso dibujado en el medio y las palabras «Long Island» , debajo del Pegaso; todo esto estaba escrito, con una fuente de letra, típica de la escritura romana más primitiva del latín (Las letras A, eran solo un pico ascendente, la letra C era un pico horizontal, las letras O eran como diamantes). Volví a guardarlo todo, y me alejé, antes de que alguien me descubriera allí.
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Todos sonreían, ante las perspectivas, que guardaban, a una vuelta de hoja.
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A la mañana siguiente, partimos hacía el famoso Campamento de Verano, del que tanto me hablaron. Pero notaba que papá Peyton, quería decirme algo especial.
Luchaba contra sí mismo, por decirme algo importante, pero no parecía capaz.
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Todos miraron a Poseidón, quien tomó una pose pensativa. Finalmente, el entendimiento, parecía venir a su cabeza. —Quizás quería decir... sobre el porqué Zeus y yo, parecemos estar peleando en el libro. —teorizó Poseidón. —Ya Penny, ha dicho, que el cielo y el mar, se encontraron extraños. —Todos, miraron a la rubia de ojos azules, quien asintió sonriente. Poseidón también sonrió.
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— ¿Estás bien? —pregunté. —Están muy callados los tres. ¿Pasa algo?
—No pasa nada, Penny —dijo mamá Sally sonriéndome, de una forma ligeramente forzada. —Diviértete, y tiene muchos amigos. —La miré extrañada. A los tres, y papá Peyton, me esquivó la mirada del retrovisor, para seguir mirando el camino.
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Todos rieron de Poseidón. —Se nota que me quieren, en este consejo. —Gruñó Poseidón, cruzándose de brazos. Lo cual, solo hizo que riera más fuerte.
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—Sí señora —atiné a decir. Papá Peyton giró hacia la izquierda. Nos desvió a un camino estrecho, una carrera al pasado casas de campo de colores y colinas boscosas. Miré por la ventana, y noté un letrero de «RECOJA SUS PROPIAS FRESAS» en vallas blancas.
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Todos los semidioses, se emocionaron. Muchos de ellos, recordaban ese letrero, y la sensación, de llegar al Campamento, por primera vez.
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Cuando creía que me quedaría dormida, por el largo camino, en el cual solo sonaba una canción de Jazz, de un disco que mamá Sally se turbó, y el cual parecía traerles viejos y muy añorados recuerdos a ella ya mamá Annelie, papá Peyton redujo considerablemente , la velocidad, mientras veía un cartel muy alto, que decía « Delphi Strawberry Service », pero algo me molestaba los ojos. Como si ese letrero, no fuera real, como si hubiera algo entre él, y el auténtico mensaje. Como una especie de muy fastidioso velo o como una especie de niebla. Tuve que colocarle, una mano en el hombro a papá Peyton, mientras parpadeaba una y otra vez, hasta que mi vista se aclaró y el auténtico mensaje, se dejaba ver... — «¿Campamento... Mestizo...?» —leí. El resto del mensaje, fue más complicado de leer, por mi dislexia. — «Manteniendo a jóvenes héroes a salvo de cualquier daño (en su mayoría) por más de tres milenios.» —Leí lentamente. Asentí a Papá Peyton, para decirle, que podía seguir conduciendo. Pero los tres, descendieron del coche, con mamá Sally y mamá Annelie, bajándose. Las abracé y besé las mejillas de las dos, y también de papá Peyton. Entre él y mamá Annelie, me ayudaron con mis maletas.
—Quirón, Dionisio —saludó papá Peyton.
— ¡¿Sr. ¿Brunner? —pregunté sorprendida, de ver a mi profesor de latín allí mismo.
— ¡Penny, bienvenida al Campamento! —dijo el profesor Brunner, cálidamente, acercándose... o eso creí que haría. Pues en un momento, parecía querer moverse en su silla, cuando agarró la pequeña palanca de su silla de ruedas motorizada, pero solo un segundo, pues parecía pensarlo mejor.
— ¡Sr. ¡Brunner! —Grité sorprendida, para luego mirarlo extrañada. — ¿Trabaja usted aquí? —Atiné a preguntar.
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En el Olimpo, todos rieron, cuando ella llamó a Quirón, por ese apodo.
—Sí, sí, trabaja allí —dijo Grover sonriente.
—Desde que Apolo, así me lo pidió, hace ya tantos años —dijo Quirón feliz y muy satisfecho, con su trabajo, guiñándole un ojo al dios del sol, quien le sonrió.
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El hombre que le acompañaba era pequeño, pero gordo. Tenía una nariz roja, ojos llorosos grandes, y un cabello crespo tan negro que era casi púrpura. Él se parecía a esas pinturas de ángeles bebe – ¿Cómo se llamaban ellos las Churriburri? No, querubines. Eso es. Él se parecía a un querubín que se había vuelto de edad madura en un parque de remolques. – Él usaba una camisa hawaiana de patrón de tigre.
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Todos lanzaron una carcajada. Al ver con qué, comparaba a Penny, a Dionisio.
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El profesor de latín dio la vuelta y me sonrió. Sus ojos tuvieron ese travieso destello de luz que a veces tenían en clases cuando él tomó un examen sorpresa y hacia que todas las múltiples respuestas resultaron B. —Ah, Percy. Supongo que lo debo decirlo. Bienvenida al Campamento Mestizo. Y Sí. Sí trabajo aquí. Pero... no me esperaba, que... ustedes mismos, en persona, trajeran a una campista, mis señores. —Estuve a punto de preguntarle de qué hablaba, cuando noté que miraba a mis padres.
—Quirón, por favor: muéstrale la película introductoria a Penny, y prepárate para contestar, doscientas preguntas, en los próximos dos minutos —pidió mamá Annelie.
— ¿Quirón? —pregunté yo, confundida, para mirar a mi profesor de latín.
Quirón sonrió, mientras desviaba su peso como si él fuera a levantarse de su silla de ruedas, pero yo sabía que eso era imposible. Él estaba paralizado de la cintura hacia abajo.
Y en ese entonces él se levantó de su silla de ruedas. Pero hubo algo extraño acerca de la forma que él lo hizo. Su manta cayó de sus piernas, pero las piernas no se movieron. Su cintura seguía alargándose, alzándose sobre su cinturón. Al principio, pensé que él llevaba puesta ropa interior larguísima, blanca de terciopelo, pero mientras él seguía levantándose fuera de la silla, más alto que cualquier hombre, me di cuenta de que la ropa interior de terciopelo no era ropa interior; ¡era el frente de un animal, músculo y tendón debajo de pelaje blanco horrible! Y la silla de ruedas no era una silla. Era una especie de envase, una enorme caja sobre ruedas, y debía ser mágica, porque no hay forma de que pudiera almacenarlo por completo a él. Una pierna salió afuera, larga y de rodilla nudoso, con una enorme pezuña pulida. Luego otra pierna delantera,
Todos los visitantes del futuro, que habían sido alumnos de Quirón, en una etapa humana, y convivieron con su identidad del Profesor Brunner, y luego lo vieron salir de la silla de ruedas, como un centauro; se sonrieron.
—Hola Penny —dijo una voz a mi derecha. Yo volví mi mirada. Era Grover, lo miré, de arriba abajo, y sus piernas, eran ahora peludas, y en lugar de pies, tenía pezuñas.
-Centavo. —Dijo Quirón, atrayendo mi atención hacía él. —Tu amigo Grover es un sátiro. Y yo, soy un centauro. Lo que probablemente no sepas es que los grandes poderes están en trabajo en tu vida. Dioses – las fuerzas que tu llamas los dioses griegos – están muy vivos.
Una vez superado el hecho de que mi profesor de latín era un centauro, tuvimos un viaje agradable, aunque me cuidé de no andar detrás de él. Yo había hecho de patrulla recoge-caca en el desfile del Día de Acción de Gracias de Macy un par de veces, y, lo siento, yo no confiaba en la parte de atrás de Quirón de la manera en que confiaba de su frente.
Todos, lanzaron una carcajada, y la lectura se interrumpió, por varios minutos.
Pasamos por el hoyo de voleibol. Varios de los campistas se dieron un codazo el uno al otro. Y yo me sonrojé. Solo entonces, me di cuenta, para mi gran pena, que no traía mi sostén deportivo, sino uno normal y por consecuencia, mi talla era normal, y no menuda (cosa que sí hacía, el sostén deportivo).
Más de uno, le silbó a la chica, haciéndola reñir.
La mayoría de los campistas eran mayores que yo. Sus amigos sátiros eran más grandes que Grover, todos ellos trotando en camisetas naranja de CAMPAMENTO MESTIZO, con nada más para cubrir sus melenudos traseros desnudos. Yo no era normalmente tímida, pero la forma en que me miraban me hacía sentir incómoda.
Miré hacia atrás a la granja. Era mucho más grande de lo que había percibido— cuatro pisos de altura, cielo azul con adornos blancos, como un balneario de lujo. Estaba mirando a la veleta del águila de bronce en la parte superior, cuando algo me llamó la atención, una sombra en la ventana más alta del ático gablete.
Algo había movido la cortina, sólo por un segundo, y tuve la clara impresión de que estaba siendo vigilada.
Todos se sorprendieron, de que notara a la actual momia de Delfos.
— ¿Qué hay ahí arriba? —Le pregunté a Quirón.
Él miró hacia donde yo estaba señalando, y su sonrisa desapareció. —Sólo el ático.
— ¿Alguien vive ahí? —pregunté, porque sentí que algo me estaba mirando.
—No, —dijo con firmeza. —No es una cosa viva. —Tuve la sensación de que estaba siendo sincero. Pero también estaba seguro de que algo había movido la cortina. —Vamos, Percy, —dijo Quirón, su tono alegre ahora un poco forzado. —falta mucho por ver.
Todos sonrieron. Algunos, habían sentido a la Momia del Oráculo de Delfos. Otros no la sintieron. Los que sí, habían hecho esa misma pregunta, y Quirón había contestado, de esa misma forma.
Caminamos a través de los campos de fresas, donde los campistas estaban recogiendo sacos de bayas, mientras que un sátiro interpretaba una melodía en una flauta de caña.
Quirón me dijo que el campamento cultivaba una buena cosecha para exportar a los restaurantes de Nueva York y el Monte Olimpo. —Esto paga nuestros gastos, —explicó. —Y las fresas se toman casi sin esfuerzo. Sr. D tenía este efecto en plantas con frutos: ellas solo se volvían locos cuando él estaba cerca. Esto funcionó mejor con las uvas de vino, pero el Sr. D se limitó al cultivo de estas, por lo que crecieron fresas en su lugar. —Vi al sátiro tocando su flauta. Su música fue causada que líneas de bichos dejaran el campo de fresas en todas direcciones, como los refugiados que huyen de un incendio. Me preguntaba si Grover podría trabajar ese tipo de magia con la música.
—Antes no podía, pero ahora sí —dijo Grover sonriente.
Quirón, parecía pensarse el recorrido, que me estaba dando y se giró, caminando hacía la Casa Grande de color azul. Allí, me dijo que justamente, ese era el nombre de este edificio: "La Casa Grande", me guio hasta una habitación, y vez allí, me hizo sentarme en una silla, hizo surgir una crispetas/palomitas de la nada, y me las entregó. Ante lo cual, yo le enseñé una sonrisa, mientras me pasaba un vaso de metal, vacío. —Puedes pedirle lo que quieras, al vaso. Siempre y cuando, carezca de Alcohol, pues el señor D, no lo puede beber.
Dionisio, gruñó, sobre sus penas. Algo cómo: — "Trabajar en este Campamento digno del Tártaro y soportar mocosos, que nadie en su sano juicio, se aguantaría"
Yo asentí. —Coca-Cola de Cereza Azul —Y la bebida apareció. Las luces bajaron y Quirón colocó un proyector, con la cuenta regresiva, típica de las películas viejas. —Aquí viene el Dos. —Bromeó ella. Vimos aparecer, a un hombre, quien aseguró ser el mismísimo Apolo y nos contó, como se le ocurrió la idea de la creación del Campamento. Presenciando un Campamento muy antiguo... Salimos, casi unos veinte minutos después, y reiniciamos el recorrido. Vimos el comedor, los campos de fresas (en los cuales, trabajaban los Sátiros, el Sr. D y los hijos de Deméter).
Fuimos viendo las cabañas.
Todos sonrieron. Todos amaban sus hogares.
Las dos primeras y enormes construcciones que visitamos Quirón y yo, fueron un par de casas en mármol y columnas por delante, siendo la número uno, la más grande y voluminosa. La puerta era de bronce y estaba pulida relucían como un holograma, desde distintos ángulos, lo que parecían ser relámpagos.
Zeus sonrió arrogantemente.
La segunda, tenía más gracia, con columnas más delgadas y rodeadas de guirnaldas de flores. Las paredes estaban grabadas con figuras de pavos reales. La consideré, aún más bella que la primera. Y un pensamiento, recorrió mi mente.
— ¿Zeus y Hera? —Aventuré
—Correcto.
—Parecen vacías.
—Algunas lo están. —Me dijo. Y añadió, con un tono lúgubre. —Nadie se queda para siempre en la uno o la dos.
Me detuve en la primera de la izquierda, la 3.
Poseidón sonrió, Penny también la hizo.
No era alta y fabulosa como la 1, sino alargada, baja y sólida. Las paredes eran de tosca piedra gris tachonada con pechinas y coral, como si los bloques de piedra hubieran sido extraídos directamente del fondo del océano.
—Así fue —dijo Poseidón. —Así, la mandé a construir.
Eché un vistazo por la puerta abierta y Quirón comentó: — ¡Uy, yo no lo haría! —Antes de que pudiera apartarme, percibí la salobre esencia del interior, como el viento a orillas del mar. Las paredes brillaban. Había seis letras vacías con sábanas de seda, pero ninguna señal de que alguien hubiera dormido allí. El lugar parecía tan triste y solitario, que me alegré cuando Quirón me puso una mano en el hombro y dijo: —Vamos, Penny .
—Se rieron, sin poderlo evitar.
La siguiente cabaña, era de color marrón claro. El techo parecía tener césped real y había flores y plantas silvestres, además de tomates, que crecían por las paredes. Además de flores silvestres y rosas creciendo en el porche.
La siguiente cabaña, estaba pintada de color rojo brillante, pero parecía como si le arrojaran los tarros de pintura a las paredes. El techo estaba rodeado de alambre de púas y la cabeza disecada de una gran serpiente, estaba colgada sobre la puerta. Estaba llena de campistas, que movían las cabezas, al son de la música de Black Metal.
Clarisse sonrió, sin poderlo evitar.
Yo mismo, comencé a mover la cabeza ya tocar con una guitarra eléctrica imaginaria, mientras cantaba y caminábamos, hacíamos la siguiente cabaña, ante la divertida mirada de Quirón. —Nunca me hubiera imaginado, que te gustaba tanto, el Metal —dijo él.
—Es Sharon Den Adel, líder de la banda Wi thin Temptation , no puedes escucharla, y no amar sus letras. —Se excusó pobremente la rubia, con una mirada divertida, sobre Quirón.
Clarisse y Penny, comenzaron a cantar a Acapella, una canción de esa banda, hasta que Hera les dio una mirada, bastante severa, y ambas agacharon la mirada, permitiendo que siguiera la lectura y descripción.
La siguiente cabaña, estaba pintada en azul y dorado, con una puerta de piedra, que tenía un búho tallado en ella. Las ventanas, tenían cortinas blancas. Me acerqué y pude ver que contaban con un taller y una biblioteca, con todas las camas apretujadas contra la pared (como si dormir importara poco). Sonreí divertido: las paredes no eran paredes, sino bibliotecas, con miles de libros y pergaminos antiguos, además de mesas y sillas, para estudiar y leer.
Annabeth y Atenea, sonrieron.
Adivinar que los siguientes, eran las cabañas de los hijos de Apolo y de las compañeras de Artemisa no fue difícil: Las paredes exteriores de cabaña de Apolo, tenían los muros recubiertos de cuadrados y rectángulos perfectamente colocados de oro.
Al lado, una cabaña de pinturas y esculturas de animales salvajes, especialmente el ciervo: símbolo de Artemisa.
Luna y Orión, se sonrieron y miraron de reojo a su madre.
—La dorada, como seguramente podrás intuir, es la cabaña de Apolo —dijo Quirón. —Y sus hijos, son muy atléticos y especialistas, a la hora de usar el arco. Y luego, la cabaña de Artemisa, en ella, se quedan un grupo de mujeres, quienes la sirven, como sus compañeras de caza. Se la pasan de un lugar a otro, cazando toda clase de criaturas mitológicas, que tal vez, son muy peligrosas, para cualquier otro. Artemisa juró siempre mantenerse virgen.
— ¡¿Y nosotros estamos pintados en la pared o qué, Quirón?! — Luna preguntó, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.
—Ustedes dos, ni siquiera han nacido y su madre, ni siquiera me conoce, todavía —regañó Penny a sus hijos, quienes tragaron saliva.
La cabaña de Afrodita, parecía una casa de Barbie, agrandada: tenía paredes pintadas de rosa y los marcos de las ventanas, eran blancos. Las cortinas de encaje eran azules y verdes pastel, haciendo juego con las sábanas y edredones de las camas, acomodadas en una hilera de letras separadas por una cortina. Y las paredes, estaban decoradas con fotos de estrellas de cine y de cantantes.
Afrodita sonrió. —Tengo la mejor cabaña de todas, oh sí.
—Hogar, dulce hogar, Penny —dijo Quirón, cuando llegamos, hasta la última cabaña. Era la única, con forma de una típica cabaña de campamento. El umbral estaba desgastado y la pintura marrón, estaba cayendo. Encima de la puerta, había un caduceo, el símbolo de Hermes y de la medicina. Llamó a la puerta, y salió un chico de cabello rubio, de ojos azules, que llevaba una camiseta anaranjada del campamento, a la cual le arrancaron las mangas, y un pantalón blue jean. —Hola, Lucas. —El chico sonrió, pero tardé un instante, en notar, que no le sonreía a Quirón, sino a mí, cosa que me hizo sonrojar. —Penny Jackson, te presento a tu capitán de cabaña...
—Soy Luke Castellan, bienvenida a casa, Penny —dijo el rubio, sonriéndome y dándome la mano, solo para agarrarla gentilmente y besar mis nudillos, haciéndome sonrojar.
—Gracias —dije atiné a responderle, mientras entraba, encontrándome con que la cabaña estaba llena de llena de muchos más chicos y chicas, que el número de literas. Causando que parecía más un gimnasio donde la Cruz Roja hubiera montado un centro de evacuación.
Los hijos de Hermes y los indeterminados de los años 50, quienes estaban escuchando, se sorprendieron mucho, al escuchar esa descripción.
— ¿Reclamada o por determinar? —alguien preguntó.
—Por determinar— Quirón. Varios se quejaron, y eso me hizo sonrojar y agachar la mirada.
—Tranquila —me dijo Luke, sonriéndome, y colocando una mano sobre mi hombro, mientras movía su cabeza. —Ven conmigo, por favor —ascendimos al segundo piso, dónde estaba menos lleno, pero había sacos de dormir. Puedes quedarte en cualquier parte... cualquier parte, dónde no veas un saco, previó. —Me guiño el ojo, me volví a sonrojar y elegí un lugar, parándome allí, sintiéndome como una tonta. Mientras que lo veía a él, abrir un armario y sacarme una colchoneta y un saco de dormir. Cuando bajamos al primer piso, para que yo conociera a los hermanos de Luke (hijos de Hermes) ya los otros indeterminados, miré alrededor. Algunos me observaron con recelo, otros sonreían estúpidamente, mirándome de arriba abajo, y otros me miraban como si esperaran la oportunidad de echar mano a mis bolsillos. Entonces, recordé que Hermes, era el dios de los ladrones. Bendita mi suerte. En eso, alguien llamó a la puerta, Luke abrió y apareció esta chica rubia de ojos grises, de cuyo nombre, tardé en acordarme. —Buenos días, Annabeth, ¿En qué podemos servirte?
—Quirón me ha pedido, que le muestre el resto del Campamento, a Jackson —dijo ella, quien pronto me vio y me hizo una seña, con la mano. —Ven, vamos. —Suspiré cansadamente y asentí, siguiéndola.
La chica rubia...
— ¡Me llamo Annabeth! —gruñó ella, exasperada.
(...) Me guio, por el resto del recorrido del Campamento.
Me enseñó el muro de escalada, que era una gran pared, que derramaba lava como un "desafío adicional", según me contaba ella. —Si el campista no llega a la cima a tiempo, las paredes chocarán entre sí y se derramará más lava, lo provocará cual la ropa se queme, pero no la piel, así que no te preocupes por eso —me dijo. Yo asentí. Parecía emocionante, luego de todas las cosas, que he hecho, a lo largo de mi vida, pues desde muy joven, mi madre me impuso una vida deportiva y saludable.
Todos, especialmente Ares, asintieron aprobatoriamente, ante esto. Así, los mestizos llegarían con un mínimo de conocimiento, y no morirían tan jóvenes.
Se le llamó "Pabellón del Gran Comedor" , pero eran unas mesas para cada cabaña, al aire libre, y en el centro, una hoguera. Annabeth me contó, que se hacían sacrificios de comida, a los Dioses. Y que la comida se basaba en una dieta a base de uvas, queso, pan y barbacoa. Además de que, según ella, a los campistas no se nos permitía sentarnos en una mesa que no fuera la nuestra.
— ¿Pero eso no daría solo, más motivos para la competitividad, en lugar de la cooperen, entre sí? — preguntó Hestia. Todos se sonrojaron, y miraron en otras direcciones. —Eso creí. Y miró fijamente a su hermano menor, Zeus no sabía dónde esconderse. Envía a tu hijo a otro lugar, pero yo, me convertiré en la directora del Campamento.
Casi que no me creía, que, en el establo, no hubiera caballos ordinarios. Pegasos. ¡Habían Pegasos, en el establo!
Luego, fuimos a la forja, dónde los hijos de Hefesto, pasaban casi todo el día, trabajando. Formaban espadas, escudos, petos, cascos, puntas de lanzas, martillos de guerra y mucho más.
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Hefesto hinchó el pecho, con orgullo, y Hera, lo miró sonriente.
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Los miré por varios segundos, y algunos de ellos, detuvieron su trabajo, para mirarme, yo los saludé. Parecían buena gente y todos eran musculosos, por su trabajo en la forja.
— ¡Pero bueno! ¡Una novata! —Me volví. Varias chicas corpulentas, que yo había visto en la cabaña 5, avanzaban hacia nosotras, con paso lento y decidido. Tenían aspecto de malas como ella, todas vestidas con chaquetas de camuflaje. Pero yo, me fijé en la líder, la que había hablado. Tenía cabello rubio corto, encima de su camiseta del Campamento, llevaba una chaqueta militar, tenía un cuerpo definido, no solo realizaba ejercicio a diario, sino que era una chica claramente saludable. Cosa, que solo la hacía más guapa a mis ojos.
Annabeth suspiró. —Penny Jackson, te presento, a Clarisse Larue, hija de Ares.
—Penélope, para ti, rubia —dije yo, mirándola, antes de centrarme en la líder del grupo. —Un placer conocer, a las hijas del... Señor de la Guerra.
—Me alegra que muestres algo de respeto, rubia —dijo Clarisse sonriente.
—Nada menos que merezca, la líder de las Amazonas —fue mi respuesta. Todas ellas, incluida Annabeth, se me quedaron mirando raras.
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—Nosotros también —dijeron todos los presentes, mirando a la chica.
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Clarisse me sonrió. —Lo lamento, guapa. Pero no soy una Amazona, al contrario de ti —me miró de arriba abajo. —Otra modelito, de la cabaña 8, ¿Eh?
Yo negué con la cabeza, para sorpresa de ella y de sus hermanas. —Tampoco soy una hija de Afrodita. Pero veo, que tengo una férrea competencia, a "la más guapa del Campamento" , justo frente a mí. —Clarisse se sonrojó, y se puso algo tímida, todos lo notamos de inmediato.
— ¿Te...? ¿Te parezco guapa? —su pregunta me sorprendió. Yo asentí de inmediato.
—Fuerte, letal y hermosa —miré su lanza, por un instante.
—Clarisse, ¿Por qué no te vas, a pulir tu lanza? — preguntó el cerebrito rubio, de forma muy grosera.
Instintivamente, me coloqué entre Clarisse, las otras hijas de Ares, y la hija de Atenea; como protegiendo a las chicas de Ares, que CLARAMENTE, no me necesitan. — ¿Por qué no dejas de molestarlas y te vas, Annabeth? —Y ella se marchó. Al girarme, le hice una reverencia, notando su sonrojo.
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Todos en la sala del trono, silbaron, ante el corto intercambio de palabras y acciones, de ambas rubias.
Clarisse miró a Penny, quien solo le asintió, y a cambió, la rubia, le guiñó el ojo.
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—La cena es a las 19:00 —me dijo Clarisse, quien miró hacia su derecha, y luego movió su cabeza. —Ven conmigo, por favor. —Extrañada, pero siguiendo mi instinto, que me decía, que podía confiar en Clarisse, la siguió a hasta el estadio, dónde ella, con una sonrisa, me empezó a enseñar las bases del boxeo griego antiguo, pero yo le sorprendí, con que ya sabía, gracias a mi padre y mis madres. La sonrisa de Clarisse creció y comenzamos un combate, cuerpo a cuerpo, que bien podría haber durado, quizás, una hora entera... O dos...— ¿Sabes sobre Captura la Bandera? —Yo negué con la cabeza. —Dentro de dos semanas... Es una actividad física... Un entrenamiento... Tenemos petos... Escudos y... Otras armas. Me agradas... y... Eres guapa... Aunque algo me dice que esa... No es... Una razón válida...
Yo sonreí desde el suelo. —Miren quien habla... —Si no fuera, porque Clarisse podría fácilmente, partirme la espalda o denunciarme por acoso, la hubiera besado. Es muy bella físicamente y me está entrenando, sin ninguna consideración, y sin conocerme, totalmente. —La próxima reina de las Amazonas. —Ambas reímos mucho, mientras seguíamos recostadas, en el suelo.
