Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

Apolo tomó el libro. —El sexto. capítulo se llama: "Capturamos una Bandera".

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Al día siguiente, después de despertarme, de un escabroso y aterrador sueño; me encontraría con la Hija de Atenea, la cual me enseñó, un libro en griego antiguo, obligándome a leerlo, para enseñarme. Yo comencé a leerlo en voz alta, junto a ella, dejándola asombrada, pues mis errores, era mucho menores, de los que ella se hubiera esperado, de alguien que no fuera un hijo de Atenea. — ¿Cómo es posible, que puedas leerlo, casi de corrido? —me preguntó el shock. Yo suspiré, y miré a la nada, mientras cerraba el libro.

No estoy muy segura, de que me vayas a creer —le advertí.

Pues... Ponme a prueba —me pidió, frunciendo ligeramente el ceño y cruzándose de brazos. Yo suspiré profundamente, y con cierto desaliento, agarrando una ramita de madera, escribí un nombre en la tierra. —Espera: ¿Estás segura? —me preguntó, con cierta incredulidad, en su voz. Yo me encogí de hombros.

Tu eres la experta en... Hechos históricos-mitológicos... ¿Quién lo mató? —pregunté. —Este Titán, jura que fue mi padre y que él, tomó la esencia de sus poderes, y que esto, se traspasó a mí.

El Titán del Aprendizaje —murmuró ella, frunciendo el ceño y haciendo memoria. —No... Si fuera del conocimiento, sería Ceo. No existe un Titán del Aprendizaje.

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Todos en la sala del trono, se miraron extrañados. Estaban seguros, de que, en la Titanomaquia, no enfrentaron a ninguno de ellos, que tuviera el título "(…) del Aprendizaje"

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Fruncí el ceño y decidí, cambiar de tema. — ¿Así que... los monstruos no pueden entrar aquí? —Cuestione aliviada.

A veces, se usan monstruos, para el entrenamiento, en el bosque —me contó Clarisse, quien señalaba el bosque.

Y a veces, se los usa, para chistes prácticos —dijo Annabeth, mirando asesinamente, a la hija de Ares.

¿Los hijos de Hermes y Apolo? —pregunté. Ellas asintieron.

Te veo —dijo Annabeth mirándome fijamente y moviendo su barbilla, hacía el libro, para que yo, siguiera leyendo en voz alta; celosa de que yo me quedara mirando a Clarisse. Y volví mi mirada al libro.

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—Yo no estaba celosa —dijo Annabeth, entre sonrojada de vergüenza y sonrojada de enfado, con las palabras de la Penny del libro. A lo cual, todos lanzaron la carcajada.

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¿Sería posible, marcharme? —pregunté. Entonces, Annabeth saltó de dónde estaba sentada, parándose frente a mí, con nuestras narices casi pegadas, mirándome enfadada de que yo, quisiera irme.

Solo si no eres muy poderosa —contestó Clarisse, agarrando del hombro a Annabeth, obligándola retroceder y luego, haciéndole una llave, tirándola al suelo. —Ya te cansaste de acosar a Penny, ¿Verdad que sí, Annabeth? —Me fui con Clarisse, pero no dejé de leer el libro, ante eso, Annabeth nos siguió de cerca, para cerciorarse, de que yo no me equivocara mucho, en la lectura del griego antiguo; ignorando ella, que mi madre me había enseñado a leer en ese idioma, y con los días, el dolor de cabeza que me provocaba la Dislexia en griego, no era tanta, como la dislexia en inglés. —Tendrías que ser hija de Afrodita o... Deméter o de algún dios menor, como... como... dioses menores, como, por ejemplo: Hécate, o Hebe, Iris o Circe; así que su olor, no es atraerá a muchos monstruos.

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Todos asintieron.

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En mi antigua escuela oí hablar a Grover y Quirón acerca de ello. Grover mencionó el solsticio de verano. Dijo algo como... algo parecido, a no nos quedaba demasiado tiempo, para la fecha límite. ¿A qué se refería? —Pregunté a ambas, lo más tranquila que pude.

Annabeth se alejó suspirando, mientras frotaba su cara. —Ojalá lo supiera. Quirón y los sátiros lo saben, pero no tienen intención de contármelo. Algo va mal en el Olimpo, algo importante. La última vez que estuve allí todo parecía tan normal…

La miré en estado de shock… ¿oí bien? ¿Estuvo en el Olimpo? Me arriesgué a preguntárselo. — ¿Has estado en el Olimpo? —Murmure.

Clarisse, Luke, Silena y... Otros, fuimos invitados, en una excursión —dijo Annabeth.

Cuando nos fuimos, todo parecía normal. —dijo Clarisse nerviosa. —Hasta que una discusión de algún tipo, inició entre Zeus y Poseidón. Iniciaron una pelea.

Algo. Robaron algo muy valioso y una guerra está por estallar —dijo Annabeth, sonrojándose. —Creí... Creí que sabrías algo.

Eso es todo lo que sé —Aseguré preocupada, mientras negaba con la cabeza, y me pasaba una mano, por el cabello. — ¿Cómo se llega al Olimpo, por cierto?

Para llegar, tomas el ferrocarril de Long Island, claro. —Hablo Annabeth, en tono obvio —Bajas en la estación Penn. Edificio Empire State, pides al portero, que te entregue una tarjeta especial, al usarla, desbloquearás el botón del piso seiscientos.

Clarisse, fue mucho más... gentil, al darme instrucciones. —El portero del edificio, no es humano. Si lo convences de que eres una Mestiza, te entregará la tarjeta, la cual puedes colocar en una ranura, que está en el ascensor, en el primer piso, y eso te permite desbloquear, el botón al piso seiscientos, y el ascensor no se detendrá, en ningún otro piso, impidiendo a los mortales, subir contigo hasta el Olimpo. —Yo le sonreí, haciéndola sonrojar y le di un beso en su mejilla, por sus palabras condescendientes, hacía mí, por ser nueva y apenas estar aprendiendo; se sonrojó aún más.

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Todos la miraron, mientras la hija de Ares se sonrojaba.

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Si no se devuelve, aquello que se robó, antes del solsticio de verano, se va a armar una guerra. Cuando llegaste, esperaba… Quiero decir… —El balbuceo de Annabeth, nos sacó a Clarisse y a mí, de nuestro pequeña y tonta dimensión romántica; en la cual nos vimos sumergidas, con el beso que yo le había dado en la mejilla. —Atenea se lleva bien con todo el mundo… menos con Ares… Bueno, claro, y está la rivalidad con Poseidón… Pero, aparte de eso, creí que podríamos trabajar juntas… Pensaba que sabrías algo… —Finalizo. Negué con la cabeza. Ojalá hubiera podido ayudarla más, pero me sentía demasiado hambrienta, cansada y sobrecargada mentalmente para seguir haciendo preguntas. —Tengo que conseguir una misión —Murmuró Annabeth para sí. —Ya no soy una niña. Si sólo me contaran el problema…

Clarisse y yo, nos alejamos juntas, dejándola atrás. —Solo quiere sentirse importante, en quién sabe qué problema divino —gruñí, mientras caminaba con Clarisse, hablando sobre Annabeth. —Es bastante egoísta.

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Varios asintieron, especialmente los hijos de Hermes y Apolo del futuro, quienes decían cosas como "Es verdad" o "Así es ella, no te preocupes"; solo para recibir una mirada de enfado y cortante de Annabeth.

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Cuando volví a la cabaña, no pude evitar buscar a Luke con la mirada. Él, me enseñó una sonrisa. — ¿Ocurre algo, hermosa?

¿Qué le pasa a tu amiga, Annabeth? —pregunté. —Creyó que yo sabría algo, sobre... sobre esto, que está pasando entre los Olímpicos.

Digamos, que la cague. —Murmuro él, sonrojándose, y haciendo círculos en con su dedo, sobre mi pantalón. Yo no me molesté por su caricia. —Durante los últimos dos años, desde que fallé en mi viaje al Jardín de las Hespérides, Quirón no ha vuelto a permitir más misiones. Annabeth se muere de ganas de salir al mundo. Estuvo molestando tanto a Quirón, que al final le dijo que él ya conocía su destino. Tenía una profecía del Oráculo. No se lo contó todo, pero le dijo a Annabeth, que ella no estaba destinada aún, a partir en una misión. Tenía que esperar a que alguien especial, llegara al campamento. —Dijo en tono de misterio.

¿Alguien especial? —Cuestione divertida. El Campamento, me estaba cambiando el cableado del cerebro. Obviamente, Luke no lo decía en un tono romántico, pero así lo entendí yo.

Luke rodó los ojos, con diversión, y me besó en la sien. —Despreocúpate: A Annabeth le gusta pensar, que cada nuevo campista que llega, es aquel a quien ella está esperando y quien aceptará llevarla con él... O ella, en una misión, y finalmente, podrá salir de aquí y volver a ver, el exterior. Vamos, es hora de la cena. —Me tomó de la mano, y junto a todos los de la cabaña once, nos encaminamos, hacía el pabellón del gran comedor, sentándonos en la mesa de Hermes.

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Varios, parecían añorar, poder salir del Campamento.

Clarisse, Artemisa, Zoe y algunas otras semidiosas presentes, parecían querer matar a Luke, por sus muestras de cariño, hacía Penny.

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En eso, aparecieron el señor D y Quirón, con el dios del vino, tomando la palabra. —Ha llegado una nueva campista. Perry Johnson. —Quirón se inclinó y le murmuró algo, al señor D. —Esto… Penny Jackson —Se corrigió el señor D. —Pues muy bien. Hurra y todo eso. Ahora puedes sentarse alrededor de su tonta hoguera de campamento. Venga. —Todo el mundo vitoreó. Nos dirigimos al anfiteatro, donde la cabaña de Apolo dirigió el coro. Cantamos canciones de campamento sobre los dioses, comimos bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos y bromeamos, me bese más con Luke y lo más curioso, fue que ya no me pareció que estuvieran todos mirándome.

Me sentí en casa.

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Poseidón sonrió, ante eso, junto a su esposa, además de las sonrisas acompañadas por Afrodita y Hestia.

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Más tarde, por la noche, cuando las chispas de la hoguera ascendían hacia un cielo estrellado, la caracola volvió a sonar y todos regresamos en fila a las cabañas. No me di cuenta de lo cansada que estaba hasta que me derrumbé en el saco de dormir prestado.

Los siguientes días me acostumbré a una rutina que casi normal, si exceptuamos el hecho de que me daban clase sátiros, ninfas y un centauro.

Cada mañana recibía clases de griego clásico de Annabeth, y hablábamos de los dioses y diosas en presente, lo que resultaba bastante raro.

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— ¿Raro? —Cuestionó Afrodita indignada. —Lo raro sería que no lo hicieran.

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El resto del día, probaba todas las actividades al aire libre, buscando algo en lo que fuera buena. Quirón intentó enseñarme tiro con arco, pero necesité de dos demostraciones, para que me saliera bien, a lo cual, me miró orgulloso. —Hija de Apolo, seguramente, si es que eres así de buena, usando un arco.

Erré mi puntería —dijo yo enfadada, mirando dos flechas en el suelo, y otras tres en la diana, mientras caminaba y agarraba las flechas caídas.

Él me sonrió. —Solo las dos primeras, pues te acercaste con la tercera, cuarta y quinta flecha.

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Artemisa, no pudo evitar sonreír arrogantemente, al escuchar que su esposa, era buena con el arco. Asintió, aprobatoriamente y le guiñó el ojo, acompañando aquello, con una sonrisa.

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¿Carreras? No gracias. No era una maratonista. Tenía un buen estado físico y resistencia, pero no era tan veloz. Las instructoras, unas ninfas del bosque, me hacían el polvo.

Me dijeron que no me preocupara, que ellas tenían siglos de práctica de tanto huir de dioses enamorados. Pero, aun así, era un poco humillante ser más lenta que un árbol.

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Todos rieron, mientras decían que pasaron por eso mismo y que sí, efectivamente: era muy humillante, al menos de que fueras hijo de Apolo o Tique, pues ellos estaban sacándoles la lengua a los demás y afirmando, que no eran tan complicado. Esto, hizo enfadar, a todos los demás, y casi inician un combate, entre campistas.

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Inconscientemente, gracias a que mi padre en el pasado, había asesinado a Serapis, (el dios menor de la enseñanza), entonces él tomó su título, y yo estaba sacando eso a flote: Estaba APRENDIENDO de mis maestros.

Por esto era, que podía usar el arco.

Incluso, pude aprender la herrería típica de mis primos, los hijos de Hefesto (para lo cual, al final, tendría que acondicionarme, y fortalecerme físicamente).

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Eso disparó el entendimiento, y la comprensión de todos. Haciendo sonreír a más de uno.

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Pero como no eran mis Dominios naturales, entonces la totalidad de las flechas, no acertaron totalmente en el blanco, solo una cuantas; ni una herrería total. Lo que solo tomaría un par de horas, a una hija de Hefesto, sino que, a mí, bien me podía tomar unas tres o cuatro horas.

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Aparte de eso, me gustaba el campamento, y pasaba horas en la forja, aprendido más y más, de los hijos de Hefesto, y ayudando a los de Ares, con la forja de sus armas, y yo misma, forjaba algunas cosas.

Forjé un arma propia. Un arma de asta. Algo a medio camino, entre ser una espada (por el grosor y largo de la hoja) y una lanza (por tener una larga empuñadura. Al comienzo, la haría de madera sin más, pero gracias a un rediseño, y al consejo de Charles Beckeford, capitán de la Cabaña de Hefesto, la hice completamente de bronce celestial, asegurándome de maximizarlo y hacerlo rendir, diseñando por separado (y en madera) algo muy parecido a un bastón extensible y también, diseñé la empuñadura de la espada. También busqué una forma de diseñar una hoja de bronce celestial, que fuera removible e intercambiable; me serviría, tanto en un combate de espada, como en uno de lanza. Y gracias al largo y forma de la hoja, siendo más una Naginata, que una lanza.

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—Un arma fantástica. —Aprobó Ares sonriente y cruzado de brazos, luciendo orgulloso, pues ya le gustaría a él, empuñar un arma así. —Eres muy visionaria, chica. Me agradas.

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Pronto me acostumbré a la neblina matutina sobre la playa, al aroma de los campos de fresas por la tarde, incluso a los sonidos raros de los monstruos de los bosques por la noche.

Tenía combates de esgrima con Luke (combate con espadas) y combates de eskrima con Clarisse (armas contundentes, palos, hachas o lanzas).

Luke quedó fascinado con mi singular arma, accediendo a que yo la usara, en un combate, de esgrima, encontrando todos, que mi arma era muy funcional, en su forma de espada.

Después empezamos a enfrentarnos en parejas. Luke anunció que sería mi compañero, dado que era la primera vez. Y que no quería a ninguna de sus hermanos cerca de mí… Por alguna razón, Hermes casi no tenía niñas…

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Todos miraron interrogante al dios, este se encogió de hombros. –Tengo muchos hijos… cuando tengo una hija, celebro por una semana… —informo alegremente, levantando los brazos, feliz.

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Buena suerte —Me deseó uno de los campistas. —Luke es el mejor espadachín de los últimos trescientos años.

A lo mejor afloja un poco conmigo —Dije no muy segura, y sonriendo nerviosamente, hasta que vi a Clarisse, allí parada y guiñándome un ojo.

No le hagas caso… jamás te haría daño, princesa… —Me informo Luke, besándome en la mejilla, y haciéndome sonrojar. —Necesito que entiendas, que debo de enseñarte bien, para que los monstruos, no puedan lastimarte… —El mismo campista bufó. Luke me enseñó los ataques, las paradas y los bloqueos de escudo a la manera dura. Con cada golpe, acababa un poco más machacada y magullada. —Mantén la guardia alta, Penny —Decía, y me asestaba un cintarazo en las costillas. — ¡No, no tan alta!... ¡Ataca!… ¡Ahora retrocede!… —retrocedí apenas, giré sobre mí misma, acortando el espacio entre nosotros, tal y como Anfitrite, me había enseñado, en los días de la playa, hasta lograr presionar mi espada, contra su cuello. Él me sonrió. —Aprendes rápido. Perfecto.

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Todos los campistas, aplaudieron felices.

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Esto es difícil —Remarcó Luke. —A mí me lo han hecho. No se rían de Penny. La mayoría de los guerreros trabajan años antes de dominar esta técnica. —Hizo una demostración del movimiento a cámara lenta. Desde luego, la espada cayó de mi mano con bastante estrépito. —Ahora, en velocidad normal. Bloqueé su ataque, colocando mi espada en horizontal, volví a acortar distancias con él, y presioné mi espada, contra la empuñadura de su espada, antes de girar mi muñeca y quitarle la espada de las manos, haciendo que cayera. — ¡Estupendo, Penny!

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Todos aplaudieron y ella se sonrojó.

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Finalmente, llegó el día viernes y luego de la cena, aparecieron Annabeth, sujetando un estandarte de color blanco, con un búho.

Y luego, Clarisse con un estandarte rojo, con la cabeza de un jabalí, en una pica.

¡Héroes! —Anunció Quirón. —Conocen las reglas: El arroyo es la frontera. Vale todo el bosque. Se permiten todo tipo de artilugios mágicos. El estandarte debe estar claramente expuesto y no tener más de dos guardias. Los prisioneros pueden ser desarmados, pero no heridos ni amordazados. No se permite matar ni mutilar. Yo haré de árbitro y médico de urgencia. ¡Armaos! —Abrió los brazos y de repente las mesas se cubrieron de equipamiento: cascos, espadas de bronce, lanzas, escudos de piel de buey con protecciones de metal.

Los vi y supe al instante que ninguna armadura o escudo me quedaría bien. — ¡Wow! —Exclamé abrumada. — ¿De verdad vamos a usar todo esto?

Clarisse me sonrió y me besó en la nariz, causándome un sonrojo. Resoplé con fastidio… lo notó… se acercó con una sonrisa de disculpa, y yo, de tonta, acepté su beso en mi mejilla, mientras la miraba fijamente, buscando una respuesta, a mi pregunta anterior. —A menos que quieras que tus amiguitos de la seis, te ensarten. Ten. —me ofreció un escudo de plata, el cual me coloqué, era ligero y agradable, al movimiento del brazo. —Quirón ha pensado que esto te iría bien. A alguna de las Cazadoras de Artemisa, se les quedó este escudo aquí, hace ya, varias décadas. Estás en patrulla de frontera. Quédate junto al arroyo y mantén a los azules apartados. —Mi escudo era de un tamaño mediano, ligero, pero muy resistente. Perfecto para mí. La besé en la mejilla, ella ya se había acostumbrado, a mis muestras de cariño, y yo a las suyas. — ¡Necesitas una armadura de Copa D, igual que yo! —me dijo, por encima del ruido, mientras me entregaba un peto azul y ella agarraba otro, di una mirada rápida, y noté que los petos femeninos, eran de colores, de acuerdo a las copas de las chicas, mientras que las de los chicos, eran de color castaño, y aburridas. Ambas fuimos a las duchas, solo para colocarnos las armaduras. —Recuérdame, prestarte algunos de mis sostenes deportivos.

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Todos los dioses y campistas masculinos, se rieron o hicieron insinuaciones sexistas, e incluso lésbicas de Clarisse y Penny, quienes agacharon la cabeza, sonrojadas. Solo para que las diosas y semidiosas, se arrojan sobre los hombres de la sala.

Cuando el castigo terminó, la lectura siguió.

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Un rato después, ya estaba yo, incluso con mi casco, que como todos los del equipo de Ares, tenía un penacho rojo encima. Atenea y sus aliados, lo llevaban azul.

¡Equipo rojo, adelante! —Gritó una emocionada Clarisse, liderar, se le daba tan natural, como respirar. Vitoreamos, agitamos nuestras armas y la seguimos por el camino hacia la parte sur del bosque. El equipo rojo nos provocaba a gritos mientras se encaminaba hacia el norte. —Por favor, Penny: quédate junto al arroyo y mantén a los cabezas de búho apartados, mientras que la mitad del equipo, va por el este y otro, por el norte. —Asentí, y cuando sonó la caracola, la gran mayoría, corrió de frente, sin temor.

Yo me quedé junto al arroyo. —Vale —Pensé, cruzándome ligeramente de brazos, pero teniendo allí, mi arma. Mi propia creación, de la cual estaba orgullosa. —Como de costumbre, me pierdo toda la diversión. —Entonces, en algún lugar cerca de donde me encontraba, pero a mis espaldas, oí un ruido. Una especie de gruñido desgarrador, que me provocó un súbito escalofrío.

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—Tú ya lo habías sentido… —Murmuro un asombrado Chris. Penny asintió.

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Levanté instintivamente mi escudo, con la impresión de que algo me acechaba. Entonces los gruñidos se detuvieron. Percibí que la presencia se retiraba.

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—Excelente percepción de tú entorno… —Felicito Ares.

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Al otro lado del arroyo, de pronto, la maleza explotó. Aparecieron cinco guerreros de Atenea gritando y aullando desde la oscuridad.

¡Al agua con la princesa! —Michael Yew, de Apolo.

Pero yo sonreí, y utilicé mi Hidroquinesis, para que el agua los arrastrara e hiciera tropezar, logrando desarmar de sus espadas a Michael Yew y a Malcolm Pace, tomándolos como rehenes.

Comencé un combate de esgrima, con Chris Rodríguez, hijo de Hermes, quién se asombró, al ver ya a dos hijos de Apolo, como mis rehenes y estando sola, en el arroyo. —Eres muy buena.

Gracias, Chris —dije sonriente, antes de girar sobre mí misma y arrojarles, a los otros dos, la espada, que tenía en mano, haciendo que uno de ellos, rápidamente se cubriera con su escudo, y retrocediera unos centímetros, hacía atrás, por el golpe de la espada contra su escudo; mientras me veían sacar desde mi espalda, mi híbrido entre espada y lanza/Naginata.

En eso, un hijo de Ares, Ellis Wakefield, apareció y me auxilió, combatiendo contra el otro aliado de Atenea, que estaba allí mismo.

Clarisse llegó con la bandera de Atenea, justo cuando Luke salía de quién sabe dónde, con la bandera de Ares. Rápidamente, golpeé a Chris, lanzándolo hacía el arroyo, me quité mi escudo, salté por encima de la cabeza de Chris y el arroyo y me deslicé, como lo hacen los jugadores de baseball, recuperando un arco caído, que había allí; luego de un combate, de quien sabe quiénes. Tomé una flecha clavada en un árbol, me giré rápidamente, vi a Luke, tensé la cuerda, respiré, apunté y disparé a Luke; alcanzándolo en la parte baja de la camiseta, haciéndolo tropezar, hacía la izquierda, justo cuando Clarisse pasaba por su lado, dándonos la victoria.

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Los aliados de Ares, sus hijos y el propio Dios de la Guerra, aplaudieron. Ares dijo algo, sobre la posible adaptación de Penny.

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En ese momento, el mismo gruñido sonó, y apareció una especie de Dóberman, pero tenía algo distinto, extraño y siniestro, además de los ojos rojos, que tenía fuego.

¡PENNY, CORRE! —me ordenó Clarisse, quién trató de apuñalar a la criatura en el hocico, pero esta saltó sobre ella y la tiró al suelo. Ladró y se me lanzó encima.

Pero yo ya estaba lista, solté el arco, y saqué la asta de mi arma, cuando vi que la criatura, no tendría forma de esquivarme, yo ya había colocado la hoja del arma. Y como estaba en el aire y por la cercanía, mi arma le atravesó el hocico y la nuca, logrando lanzarme un rasguño, que alcanzó el escudo... solo para que el puto perro, desapareciera en un quejido, y yo caí hacía atrás, tropezándome dentro del arroyo, con mi arma y escudo.

En eso, sentí algo, junto a mí, y miré el agua. Primero, extraje mi arma, dejándola en la orilla, mientras que el brillo de esa cosa, me atraía, y llevé mi mano, hacía eso que estaba brillando, lo agarré firmemente: era de metal, y extraje un trozo de palo de madera azul, con detalles en dorado, adornado con membranas interdigitales que, en la punta, tenía un tridente de plata, bellamente decorado, destacándose una piedra turquesa en medio del mismo.

¡Penny, encima de ti! —dijo Clarisse acercándose a mí. Levanté mi cabeza y vi un holograma, de un tridente verde, pero junto a él, otros símbolos. —Tu padre... Tus padres... —se corrigió ella. —Oh, esto no es bueno.

Estoy en un buen problema —admití, mordiéndome el labio inferior. Encima de mi cabeza, se veía un holograma de color turquesa, del tridente de papá Poseidón y encima a él, un holograma azul claro de una foca de mamá Anfitrite. Junto a otros símbolos.

Hija biológica del señor de los mares (Poseidón) —dijo Quirón palido, mirando fijamente el tridente. Entonces, reparó en los otros símbolos y frunció el ceño —; pero tomada bajo la protección y adopción de la señora de las aguas dulces (Anfitrite). —Y siguió descifrando los otros hologramas. —Además... eres un Legado de lady Afrodita y ahora, tienes su regalo, es por eso que los símbolos de la rosa, y la paloma brilla de esa forma... titilante. —Entrecerró los ojos, sin poderse creer esto. Yo estaba muy confundida, mientras me ponía de pie, lentamente. —Y... Pero no menos importante: Estás siendo reclamada, como hija adoptiva de la señora del Olimpo (Hera).

Cuando salí del arroyo, estaba brillando con un aura de color rosado, mi cabello fue peinado por manos invisibles, sentí que algo o alguien me maquillaba y mi armadura se me cayó, mientras que mi camiseta y pantalón del Campamento, fueron reemplazadas por un vestido azul y blanco, zapatos preciosos y unos aretes, un collar de perlas negras y algunas de las bellas pulseras y anillos, que he visto en mi vida.

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Afrodita sonrió y le guiñó el ojo a Penny, quién se sonrojó, aunque lo agradeció.

Zeus miró con furia a Hera, pero ella lo miró con calma o incluso enfado. Se puso de pie, y su marido hizo lo mismo, aunque el dios de los cielos, tenía una tormenta, a su alrededor, que no parecía molestar o interesar, a la reina. —Me has puesto los cuernos, ¡por más de tres mil años!, ahora no tengas a reclamarme, del porqué he adoptado a la hija de Anfitrite y la he hecho mi campeona; pues careces de ese derecho, Zeus —dijo Hera furiosa y dejando al rey del Olimpo, sin poder hablar o debatirle.

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Esa misma noche, Quirón me trasladó a la cabaña de papá Poseidón, dónde había seis camas con sábanas de seda y las paredes brillaban con abulón, teniendo un olor a salobre, como el viento a las orillas del mar.

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Clarisse me visitaba muy a menudo, entrenaba conmigo y mediamos mi aura. Yo fui PRIMERO reclamada, como hija de Anfitrite. Mamá, fue más rápida que papá (Poseidón), por lo cual, esto solo aumentado mis poderes, pero nada, que supusiera un peligro para mí.

Junto a Clarisse, yo solía entrenar y charlar, para dejar de lado, cuan mal me lo estaba pasando.

Pues todos me hacían a un lado, sin saber qué pensar de mí, por ser hija biológica de la reina de los mares, adoptiva del rey del mar.… hija adoptiva de la reina del Olimpo, además de la extraña e injustificada, bendición de Afrodita.

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—Idiotas —gruñeron, varias semidiosas y diosas, referentes a como trataba el Campamento, a Penny.

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Solía hablar con Clarisse, con Luke y los hijos de Hefesto (volví a la forja y fusioné mi Naginata, con aquel trozo de Tridente, resultante en un nuevo tridente, con los dientes laterales curvos y afilados y el diente central, plano, ancho, afilado y amenazante), y algunos de Apolo, quienes me entregaron un arco y una aljaba, además de decirme, que las flechas estaban bendecidas mágicamente, y, por lo tanto, volverían a la aljaba, luego de usarlas.

No todos en el Campamento, me hicieron a un lado (Clarisse —de Ares—, Luke —de Hermes—, Silena Beauregard y Valentina Díaz —de Afrodita—, Charles Beckendorf y Nyssa Barrera —de Hefesto—), se mantuvieron como amigos fieles.

Las hijas de Afrodita, se mostraron curiosas por mí y solía hablar con ellas, sobre actores y actrices guapas, y de moda. Incluso, me enseñaron a tejer mi propia ropa.

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Las hijas de Afrodita le sonrieron a Penny, causando que Clarisse las mirara con celos, y ganas de causar un genocidio.

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El campamento, por momentos era un infierno, y por momentos, era un paraíso.

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Cuándo me fui a dormir, me encontré ante mi padre, con su apariencia de El Otro, es decir: "el Neptuno de otra dimensión", él estaba sentado en su trono, ante una larga mesa, y no había rastros de mamá Anfitrite.

Todos prestaron atención, ante la oportunidad de escuchar sobre la vida del otro Poseidón.

Ante una larga mesa, había un raro y aterrador hombre de cabellos rojos medianamente largos y erizados, atados en una gran horquilla de huesos. Sus ojos también eran rojos, su piel era verde. Su cuerpo tenía unas raras marcas negras, no usaba calzado, y solo llevaba una capa blanca, sujeta por una gorguera en forma de cuernos.

— ¿Se tratará, de ese tal Adamas? —se preguntó, más de uno.

Al parecer, Adamas quería saber si El Otro, lo apoyaría en su misión de derrocar a Zeus, pero no siquiera le estaba prestando atención, ni lo miró a los ojos.

Un Dios es un ser perfecto, sin ninguna excepción. Un Dios es humilde. Un Dios no conspira. Un Dios no confía. Pero, tú estás infringiendo todo eso. —Cosa que provocó el odio y la ira de Adamas, quién se le arrojó, empuñando su guadaña. Pero fue rápidamente atravesado a la altura del pecho, y asesinado. —No mereces un linaje tan excelso. Hermes —el mensajero de los dioses, apareció, vestido como un mayordomo moderno y de cabello negro corto, quien se arrodilló. —Espero que haya quedado claro: alguien tan patético no merecía ser mi hermano. —Hermes asintió y se llevó el cadáver, pero impidió que se llevara la guadaña, mientras pensaba: —Y claro: mis órdenes todos obedecerán, incluso si cambio la historia, ninguno se negará. —Lo vio llevarse la guadaña, e ir a la Fosa de las Marianas, donde arrojó la guadaña de Adamas, para luego lanzar un corte con su tridente, abriendo un portal interdimensional.

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Todos abrieron los ojos, ante la apatía del Tirano del Mar, al asesinar a su propio hermano.

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Inmediatamente después, soñé con una playa.

Una playa que ya conozco bien. Abajo, veía a dos personas peleándose, debido a que sujetaban algo.

Me acerqué lentamente, y siendo precavida, desenfundando mi Naginata.

Ambos, llevaban túnicas griegas, uno de ellos, vestía con una túnica casi negra, con muchos detalles azules. El otro, tenía la túnica azul, con detalles verdes. Ambos, sujetaban algo.

¡Devuélveme, lo que es mío! —exigía el de túnica griega negra y azul.

¡YO NO LO TENGO! —contestaba el de túnica azul y verde. —Ignoro dónde está.

Entonces, ocurrió un terremoto, y controlando el agua, la hice llegar hasta mí, subiéndome en una plataforma de agua, flotante; mientras veía las escaleras quebrarse, el suelo se abrió y noté una presencia, allí abajo, en ese agujero. —Entrégamelo a mí. No confíes, en los dioses traicioneros —afirmaba él. Solo entonces, noté que era una pesadilla, y me concentré, en dos cosas: no perder la concentración en esa voz y en iluminarlo todo.

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—Tiene un excelente control, sobre el espacio que la rodea y su propia mente —celebró Hades, quién trabajaba de cerca, con deidades como Morfeo e Hipnos, entre otros.

Aun así, todos se preocuparon, por aquello que hablaba. Y que decía, que no confiara en ellos. ¿Quién era?

Atenea lo pensó, y palideció, cuando la teoría apareció en su mente.

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Al hacerlo, vi a un hombre de unos cincuenta años, de cabello muy corto y larga barba negra, que debía de llegarle hasta el estómago.

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Los dioses palidecieron, cuándo se dieron cuenta, de quién era.

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Jamás escucharán a Hades, pero ya sabes que él, no es el ladrón. Le impiden la entrada al Olimpo. —dijo el hombre. Yo ya sabía quién era él. —Tu padre, asesinó a su hermano. Tu tío, me asesinó a mí. Entrégame el Rayo. Tráemelo.

Pero yo no caería en su juego. Solo un inútil o absolutamente idiota o desesperado, caería en sus provocaciones. Le escupí, y luego me fui, haciéndole un gesto obsceno.

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Quienes ya sabían, de quién se trataba, palidecieron, ante los actos del "Rey", y los de "la princesa del mar".

—Así termina —informó un pálido Apolo.