Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.
Clarisse tomó el libro, y le enseñó una sonrisa a su novia. —El octavo capítulo se llama: "Echamos a perder un bus". —Gimió, tan pronto como leyó el título. Lo mismo con Grover y Penny.
—Odio este capítulo, y ni siquiera hemos empezado a leer —gruñó Penny.
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No me tomó demasiado tiempo, empacar. Una muda de ropa, algunos dólares, que había sustraído de la cabaña de Hermes, y mi arma: la vara fue encogida, gracias a un botón y guardar las hojas de tridente y espada, fue tan fácil, como meterlas en la bolsa de tela. Además, yo llevaba la ambrosia y el néctar, que ya Papá Poseidón, me había empacado, anteriormente, antes de llegar al Campamento.
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—Primera vez, en muchos milenios, que te veo ser tan responsable, cara de caballo —felicitó Atenea sinceramente a Poseidón, por ser tan previsivo.
—Gracias, cara de lechuza —dijo Poseidón sonriente, y sacando pecho, causando la risa de todos.
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La tienda del campamento me prestó cien dólares en dinero mortal y veinte dracmas de oro. Estas monedas eran tan grandes como galletas de las chicas exploradoras y tenía imágenes de diversos dioses grabadas por uno de los lados y el Edifico del Empire State en el otro. Los antiguos dracmas mortales habían sido de plata, Quirón nos lo dijo, pero los Olímpicos nunca usaban nada inferior al oro puro. Quirón dijo que las monedas podrían ser útiles para las transacciones no mortales, significará lo que significara.
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Sally se preocupó.
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Estaba segura de que nuestras armas nos joderían la primera vez, que pasáramos a través de un detector de metales.
Grover usaba sus pies postizos y sus pantalones para pasar por humano. Llevaba una gorra verde con rastas, porque, cuando llovía, su pelo rizado se aplastaba y tú justamente podías ver la punta de los cuernos. Su mochila de color naranja brillante estaba llena de chucherías y manzanas para merendar. En su bolsillo había un conjunto de flautillas de caña que su padre cabrío había tallado para él, aun así, sólo sabía dos canciones: Concierto de piano de Mozart No. 12 y So Yesterday de Hilary Duff, cualquiera de las dos sonaba muy mal en flautillas de caña.
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Y una nueva carcajada, se escuchó en la sala, provocando el sonrojo de Grover, quien le arrojó a Penny, una lata de Coca-Cola vacía. Pero la rubia no perdió su sonrisa, y atrapó la lata en el aire.
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Dijimos adiós a los otros campistas, tomamos un último vistazo a los campos de fresas, al océano, y a la Casa Grande, luego subimos la Colina de los Mestizos hasta el alto pino que solía ser Thalía, la hija de Zeus.
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—Creo que ya está muy claro, quien es mi padre, Penny —le gruñó a su amiga. Todos se rieron de ella.
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Quirón nos estaba esperando en su silla de ruedas. Junto a él estaba el tipo surfista que había visto cuando me estaba recuperando en la habitación del enfermo. Según Grover, el hombre era el jefe de seguridad del campamento.
Se supone que tenía ojos en todo su cuerpo, así él nunca podría ser sorprendido. Hoy, sin embargo, vestía un uniforme de chófer, por lo que sólo podía ver ojos extra en sus manos, cara y cuello.
—Este es Argos. —me dijo Quirón. —Él los llevará a la ciudad, y... bueno... esto, vigilará las cosas.
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—Me alegra mucho, que Argos no solo sea guardián, sino también conductor —dijo Hera sonriente.
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Oí pasos detrás de nosotros. Luke subía corriendo la colina, con un par de zapatillas de baloncesto. — ¡Hey! —jadeó. —Me alegro de alcanzaros. —Le regalé sonrisa, sin darme cuenta en ese momento, de que Clarisse se puso celosa de Luke. —Sólo quería deciros buena suerte. Luke me dijo sonriente. —Y pensé... umm, tal vez podrían utilizar estas. —Me dio las zapatillas, que parecían bastante normales. Incluso olían en cierto modo normal. — ¡Maia! Alas blancas de pájaro brotaron de los talones, sorprendiéndome mucho, las deje caer. Los zapatos se agitaban por el suelo hasta que las alas se plegaron y desaparecieron.
— ¡Estupendo! —Dijo Grover, mirando fijamente los zapatos.
Luke sonrió. —Esos me sirvieron de mucho cuando yo estaba en mi búsqueda. Regalo de papá. Por supuesto, yo no los uso mucho en estos días... —Su expresión se volvió triste.
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Hermes se sintió mal por su hijo. Quizás, debería intentar algo, no tan complicado, como una manzana de jardín de las Hespérides, pero... igualmente, algo desafiante.
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No sabía qué decir. Era bastante genial que Luke hubiera venido a decirnos adiós. Había estado temiendo que se molestara conmigo por obtener tanta atención en los últimos días. Pero aquí estaba dándome un regalo mágico... Me hizo sonrojar casi tanto como a Grover.
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Clarisse y Artemisa, se mostraron celosas, de que Luke, lograra hacer sonrojar a su esposa.
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— ¡Oye, hombre! —le dije, dedicándole una sonrisa, mientras intentaba acallar una voz interna, que parecía todo, menos mi consciencia, que decía: "No confíes en Luke". —Gracias.
—Escucha, Penny... —Luke parecía incómodo. —Muchas esperanzas, de muchos Campistas, que no han podido salir en varios meses o años del Campamento, están puestas en ti... Así que mata a algunos monstruos por mí, ¿de acuerdo? —Y nos dimos, el típico saludo secreto, que se dan los amigos. Con juegos de manos y esas cosas. Luke acarició la cabeza de Grover entre sus cuernos, y le enseñó una sonrisa a Clarisse, quien solo se despidió de él, con la mano. —Miren esto... ¡Maia! —Alas brotaron de los Tenis y despegó.
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En la sala del trono, Hermes voló sin control, pues las alas despegaron de forma inesperada, por nombrar la palabra, hasta que pudo estabilizarse y descender. —Maia —gruñó, mientras caía sentado cómodamente, en su asiento.
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El pensamiento de que no debía de confiar en Luke, me seguía. Así que decidí agarrar firmemente los zapatos alados, colocarlos dentro de mi bolsa, y reunir el agua del aire fresco, mientras subíamos a la camioneta, que conduciría Argos; los zapatos fueron envueltos en hielo, cuando lo dejé en la bolsa.
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Argos nos sacó encoche del campo y entro en el oeste de Long Island. Se sentía raro estar en una carretera de nuevo, con Clarisse y Grover sentados a mi lado como si estuviéramos en un viaje compartido normal. Después de dos semanas en la Colina de los Mestizos, el mundo real parecía una fantasía. Me encontré mirando a cada McDonald's, a cada niño en el coche de sus padres, a todas las vallas publicitarias y el centro comercial.
—Penny, muchas gracias —dijo Clarisse, acariciándome el brazo, haciéndome sufrir un muy agradable escalofrío.
— ¿Por qué? —pregunté, estúpidamente, mientras le sonreía inconscientemente.
—Por... por elegirme, para acompañarte en esta misión —me dijo sonriente y sonrojada. —Por permitirme salir del Campamento otra vez, y ver... el mundo. Es aquí, en el mundo real, dónde podemos ser asaltados por monstruos, en cualquier momento, donde sabrás, si todo el calvario que sueles pasar, por el entrenamiento, realmente es útil o no.
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Los dioses y semidioses asintieron, ante las palabras de Clarisse.
Pero Afrodita solo dijo: — ¡Qué lindo es su amor, niñas!
Clarisse y Penny se miraron, al tiempo que se sonrojaban. Pero obviamente, no negaron, que estaban enamoradas.
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— ¿Ponerte a prueba, en contra de los Monstruos? —pregunté, solo para estar segura, de estar entendiendo sus palabras.
—Sí.
El tráfico nos retrasó en Queens. En el momento en que entramos en Manhattan fue la puesta de sol y empezó a llover.
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Argos nos dejó en la estación de Greyhound en el Upper East Side, no lejos del apartamento de mamá. Y descargó nuestras maletas, se aseguró de que teníamos nuestros tiquetes de autobús, y luego se alejó, el ojo en la parte posterior de su mano se abrió para vernos cuando salió del estacionamiento.
Pensé en lo cerca que estaba de mi viejo apartamento. En un día normal, mi mamá estaría en casa desde la tienda de dulces por ahora.
Estábamos inquietos esperando el autobús y decidimos jugar un poco al Hacky Sack con una de las manzanas de Grover. Clarisse era increíble, en este juego. Podía rebotar la manzana contra su rodilla, su codo, su hombro, o lo que fuera. Yo no eran tampoco mala. Pero en estos momentos, estaba centrado en la linda Amazona, que me acompañaba. Su máscara de chica ruda, se había hecho añicos, durante la salida del Campamento, y recordé que me contó, que ella y otros, prácticamente vivían en el Campamento, entrenándose.
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Clarisse se mostró orgullosa de sí misma. Pensaba que ella y Penny, eran las que más en serio, se tomaban el entrenamiento.
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El juego terminó cuando tiré la manzana a Grover y esta se acercó demasiado a su boca. En una mega mordedura de cabra, nuestro Hacky Sack desapareció, el corazón, el tallo, y todo.
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Y nuevamente, la sala del trono comenzó a reír fuertemente, mientras que Grover buscaba en dónde esconderse, avergonzado.
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Grover se ruborizó. Él intentó disculparse, pero Annabeth y yo estábamos demasiado ocupados riéndonos.
Por último, el autobús llegó. Mientras estábamos en la línea de embarque, Grover comenzó a mirar alrededor, olfateando el aire como si oliera su golosina favorita de la cafetería de la escuela, enchiladas.
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—Olía monstruos, en realidad —dijeron Grover, Poseidón y Hera, al unísono.
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— ¿Qué es? —Le pregunté.
—No sé —dijo con nerviosismo. —Tal vez no es nada.
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—Si hueles monstruos, entonces hay monstruos —pronunció Dionisio duramente, haciendo que Grover tragara saliva. —Incluso si tuvieran que tomar el subterráneo.
—Así es —dijo Atenea. —Jamás bajen la guardia e intenten hacer un plan.
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Pero me di cuenta que no era nada. Empecé a mirar por encima del hombro, también.
Me sentí aliviada cuando por fin llegamos a bordo y nos sentamos juntos en la parte trasera del autobús. Cuando estábamos guardando nuestras mochilas, me entró un horrible presentimiento, que incluso me causó un escalofrío.
Clarisse me miró, y al verme sacudirme así, me agarró la mano y me sonrió. —Estaremos bien, estoy segura.
—Yo también lo espero, pero incluso así... —comencé, y miré las maletas, bajándolas, sin decirles nada, ni esperar a que ellos me dijeran algo. — "Prefiero tenerlas a la mano, ¿saben?" —les susurré. — "Tenemos dos deidades, intentando masacrarnos" —Se miraron y agarraron cada uno, su propia maleta.
Cuando los últimos pasajeros subieron, Clarisse apretó su mano en mi rodilla. —Penny.
Una anciana acababa de abordar el autobús. Llevaba un vestido de terciopelo arrugado, guantes de encaje, y un sombrero naranja sin forma que ensombrecía su rostro, y llevaba un bolso grande de Paisley. Cuando alzó su cabeza, sus ojos negros brillaban, y mi corazón dio un vuelco. Era la señora Dodds. Más vieja, más ajada, pero definitivamente el mismo rostro maligno.
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Poseidón miró con enfado, a su hermano mayor, quien sudaba de nerviosismo, pero, aun así, parecía querer mantener la calma. —Son mis empleadas. —Se excusó. —He perdido mi Casco de la Oscuridad, ¿recuerdas, hermano? Ellas... seguramente, y lo están buscando.
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Me acurruqué en mi asiento.
Detrás de ella llegaron dos viejas más: una con un sombrero verde, otra con un sombrero púrpura. Por lo demás, eran exactamente iguales a la Sra. Dodds — mismas manos nudosas, bolsos de mano Paisley, arrugados vestidos de terciopelo. Triple abuelas demonio. Se sentaron en la primera fila, justo detrás del conductor. Las dos en el pasillo, cruzaron las piernas sobre la calzada, haciendo una X. Era suficiente casual, pero envió un mensaje claro: nadie sale.
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Más de uno, dios y semidiós, sufrieron un escalofrío.
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El autobús salió de la estación, y nos dirigimos por las pulidas calles de Manhattan. — "Ella no se quedó mucho tiempo muerta" —susurré, tratando de mantener mi voz sin temblar. — "Pensé que habías dicho que podían ser desvanecidas por una vida"
— "Dije si tienes suerte." —Me recordó Clarisse. — "Obviamente no la tienes."
— "Tres de ellas." —Grover gimió y empezó a temblar del miedo. — "¡Di Inmortales!"
— "Está bien". —Dijo Clarisse, pensando evidentemente duro. — "Las Benévolas. Tres de los peores monstruos del inframundo. No hay problema. No hay problema. Vamos a..."
El autobús arrancó a toda marcha. Y muy pronto, Alcanzamos el Túnel Lincoln, y el autobús quedó a oscuras a excepción de las luces de marcha por el pasillo. Estaba extrañamente tranquilo sin el sonido de la lluvia.
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La Sra. Dodds se levantó. En una voz apagada, como si lo hubiera ensayado, anunció a todo el autobús. — "Tengo que usar el baño."
— "Yo también." —dijo Tisifone, sin mayor imaginación.
— "Yo también." —dijo Megara, repitiendo como una cotorra.
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—Ensayan para cada misión, pues siempre deben de interpretar ancianas —dijo Hades, algo orgulloso.
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Todas ellas, empezaron a venir por el pasillo.
Las viejas ya no eran viejas damas. Sus rostros eran los mismos — supongo que no podrían conseguir ser más feos — pero sus cuerpos se habían arrugado en correosos marrones cuerpos de bruja con alas de murciélago y las manos y los pies como garras de gárgola.
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Afrodita y sus hijos presentes, tuvieron un escalofrío y sacaron espejos, para cerciorarse, de que seguían viéndose jóvenes y guapos. Eso causó, que Atenea y Artemisa, dieran gemidos de frustración, por la vanidad de su hermana.
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Sus bolsos se habían convertido en látigos de fuego.
Las Furias nos rodeaban, empuñaban sus látigos, silbando, y mirando de un lado a otro, rebuscando. Si nos vieron, no les importábamos. — ¿Dónde está? ¿Dónde?
—Alecto, Megara... Tisifone —dije, ellas me miraron.
—Penélope Jackson —dijo Alecto.
—Juro por el Estigio —dije firmemente. —Que ni mis compañeros, ni yo, hemos robado ninguno de los dos Símbolos de Poder perdidos —Se escuchó un relámpago, dejando ver que el juramento era real. —Sigo viva, como pueden ver. El tío H, no comentó al Campamento Mestizo, de la desaparición de su Símbolo, porque cree que nadie lo ayudará. Pero he tenido... este sueño, donde he visto a alguien, robar ambos Símbolos, y nuestra misión, es encontrarlos.
—Diez días, Penélope Jackson —me dijo Alecto. —Solo diez días. Y nunca entregaste esa tarea, de inicio de curso.
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Los dioses y semidioses, suspiraron, al ver que las chicas (y el sátiro), no fueron asesinados.
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—Por cierto, bájense pronto, pues te creen culpable del robo de ambos Símbolos y Zeus está por arrojar un rayo. —Dijo Megara. Obedecimos al instante.
Una explosión sacudió el autobús. Se me erizaron los pelos de la nuca.
Prácticamente, saltamos del autobús, junto a todos los pasajeros y el conductor. Cuando una explosión se escuchó, y las ventanas del autobús explotaron los pasajeros se pusieron a cubierto. Un relámpago hizo un enorme cráter en el techo.
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— ¿Te jura que encontrará nuestros símbolos, y lo mejor que se te ocurre, es destruir el autobús? —le riñó un furioso Hades, a Zeus, quien se veía nervioso.
—Me alegra que sigas viva, cariño —dijo Artemisa sonriente, Penny le sonrió y le guiñó un ojo.
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Encontramos a los demás pasajeros deambulando en un estupor, discutiendo con el conductor, o dando vueltas en círculos gritando: — ¡Vamos a morir!
Nos sumergimos en los bosques mientras llovía, con el autobús en llamas detrás de nosotros, y nada más que oscuridad por delante.
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—El siguiente capítulo, se llama: "Visitamos el Jardín del Emporio del Gnomo" —Informó Clarisse.
