Las Crónicas del Campamento Mestizo, fue escrito por Rick Riordan.

Zeus tomó el libro. —El próximo capítulo se llama: "La trampa del amor"

Cuando Ares se fue, traté de darle otro mordisco a mi hamburguesa la que de repente no se veía tan apetitosa. Pero no porque tuviera un mal sabor, ni nada. Solo que lo parecía, debido a la nueva misión. — ¿Por qué nos necesita?

Quizás es un problema que requiera cerebro, —Respondió Clarisse, bajando los hombros, un poco. —Papá y bueno... la cabaña 5, se destaca por su fuerza. Eso es todo lo que tenemos. Pero incluso la fuerza tiene que someterse a sabiduría a veces.

Atenea se veía satisfecha. Ares miró mal a su hija, Clarisse se removió con miedo, ante la mirada de su padre, lo cual llevó a Penélope, a colocarse frente a Clarisse.

Pero con esto del parque acuático, actúo casi asustado. ¿Qué haría que un dios de la guerra, corra así? —preguntó Grover.

Me temo que tendremos que averiguarlo. —Contesto Clarisse, cerrando los ojos y suspirando.

El sol ya se estaba escondiendo tras las ventanas para cuando llegamos al parque. Juzgando por el cartel que alguna vez se llamó WATERLAND, pero algunas de las letras fueron destruidas con el tiempo, y se leía WAT R A D.

—Al menos en esta ocasión, no fue culpa total de la dislexia —dijo Apolo, todos los semidioses, sonrieron.

La puerta principal estaba cerrada con candado y alambre de púas. En el interior, enormes toboganes de agua seca y los tubos rizados en todas partes, llegando a unas piscinas vacías. Viejas taquilleras y anuncios revoloteaban alrededor del asfalto. —Mi dulce Amazona, ¿podrías por favor, romper este insulso candado, para permitirnos ingresar? —le hice una reverencia, ella usó su lanza, destruyendo el candado, y me dio un golpe juguetón en la cabeza.

Tonta, andando —dijo Clarisse sonriente.

Si Ares trajo a su novia aquí para una cita, —Dije mirando los alambres de púas, —Odiaría ver, lo que ella parece.

Afrodita hizo una mueca de enfado, pero decidió no dañar a las niñas. Especialmente, una niña a quien ella misma, había bendecido.

Penny —advirtió Grover nervioso. —Se más respetuosa.

—Que sea respetuosa, es como pedirle que deje de comer comida azul —dijo una divertida Piper, hija de Afrodita, quien se encontraba presente. Los demás, asintieron.

¿Es una de las hermanas del Destino? —pregunté divertida, mientras seguíamos caminando.

Mi amiga negó con la cabeza. —Afrodita —contestó Clarisse.

Yo me detuve en seco, y la miré extrañada. — ¿Pero Afrodita, no está casada con Hefesto?

Lo está, pero... —se veía nerviosa, pero pronto negó con la cabeza varias veces, como sacándose una idea incomoda, de su mente. —Penny, somos Mestizas. Somos el resultado, de infidelidades amorosas de los dioses.

Todos se miraron incomodos. Y luego, miraron al rey del Olimpo: Zeus, quien estaba casado con su propia hermana: Hera; y siendo Zeus el padre de más de un cuarto de TODOS los semidioses del pasado.

Afrodita miró a su esposo, y le dedicó una mirada amorosa. No una de sus miradas coquetas o lujuriosas. Sino una, de amor sincero.

Ningún monstruo se acercó a nosotros. No había nada más que silencio.

Encontramos una tienda de recuerdos que habían dejado abierta. Las mercancías seguían ordenadas en sus estantes: globos de nieve, lápices, tarjetas, y percheros de...

Ropa, —Dijo Clarisse, con un suspiro. —Ropa limpia.

Sí, —dije. —Pero no puedes simplemente...

Obsérvame. —Tomó un estante completo de ropa y desapareció dentro de un vestidor. Unos minutos después regreso con el cabello húmedo y peinado, vistiendo unos shorts de Waterland con flores imprentas, una camiseta roja de Waterland y unos zapatos conmemorativos de Waterland, también.

Hermes sonrió orgulloso, de que los chicos robaran... bueno "tomaran la ropa prestada".

Grover y yo, nos miramos. —Hay que más da. —Dijimos encogiéndonos de hombros. En cuestión de minutos estábamos completamente vestidos con ropa publicitaria del parque. Agarré una pelota, por instinto y la mantuve conmigo.

Todos comenzaron a reírse, ante esa descripción.

Continúanos nuestra búsqueda del Túnel del Amor. Me dio la impresión del que el parque entero aguantaba la respiración. —Entonces, Ares y Afrodita, —dije, manteniendo mi mente lejos del hecho de que la oscuridad crecía, — ¿Ellos tienen algo?

Eso es chisme viejo, Penny, —Me dijo Grover. —Un chisme de tres mil años.

¿Y que hay con el esposo de Afrodita? —pregunté.

Bueno, ya sabes, Hefesto. —dijo Clarisse. —El heredero. Es inválido. Cuando bebe, fue arrojado fuera del Monte Olimpo por Hera, porque no era lindo. Aunque ella lo creó por celos, pues Atenea, nació literalmente, de la cabeza de su esposo, sin que ella tuviera que quedar embarazada. Algunos dicen, que Hefesto no es exactamente guapo, debido al egoísmo de Hera, mientras que lo de Atenea, fue algo... espontaneo. Hefesto es muy hábil con sus manos, y todo, pero Afrodita no se fija en el cerebro y el talento, ¿sabes?

Le gustan los motoristas.

Se podría decir. —Admitió Clarisse. —Digamos, que mi madre y Afrodita, tienen eso en común. —Nos reímos, tanto como quisimos, casi sin ver hacía dónde íbamos.

¿Hefesto lo sabe? —tuve que preguntarlo.

—Sí. Sí lo sé —contestó el dios herrero.

Los encontró juntos una vez. —Clarisse se sonrojó. —Quiero decir, literalmente los encontró juntos y se enfadó tanto, que fabricó una red de oro, los atrapó, e invito a todos los dioses para que se rieran de ellos. Hefesto siempre intenta avergonzarlos. Por eso se encuentran en lugares apartados, como... — Ella paro, mirando justo al frente. —Como ese.

En frente de nosotros se encontraba una piscina vacía que hubiese sido un gran lugar para una pista de patinaje. Era por lo menos de cincuenta metros de ancho y tenía la forma de un tazón.

Alrededor del borde, había una docena de estatuas con forma de Cupido que montaban guardia con las alas extendidas y arcos listos para disparar. En el lado opuesto se encontraba un túnel abierto, probablemente, por donde salía el agua cuando la piscina estaba llena. El cartel de arriba decía, «ESTREMEZCASE CON EL PASEO DEL AMOR: ¡ESTE NO ES EL TÚNEL DEL AMOR DE TUS PADRES!»

Los dioses que eran padres, fruncieron el ceño, ante lo que decía el letrero.

Grover se deslizó hacia el borde. —Chicas miren. —Abandonado en el fondo de la piscina había algo rosado y blanco, un barco de dos plazas con un dosel por arriba con pequeños corazones. En el asiento izquierdo, brillando en la penumbra de la tarde, estaba el escudo de Ares, un círculo de bronce pulido.

Es fácil —dijo Clarisse sonriente, deslizándose hacía el barco, donde estaba el escudo de su padre.

Algo aquí, no está bien —dije yo, mientras apretaba con fuerza mi tridente, y miraba en varias direcciones. —Sin monstruos, sin trampas... incluso después de lo que sabemos de Hefesto... —Entonces, mi mirada fue atraída, por un Cupido. Uno de los varios. — ¡Clary, vuelve! —Pero ella ya estaba abajo.

Vi a Clary llegar al bote. El escudo estaba apoyado en un asiento y al lado había una bufanda de seda para mujer.

Traté de imaginar a Ares y Afrodita aquí, una pareja de dioses en una chatarra de parque de diversiones. ¿Porque? Entonces me di cuenta de que no había mirado hacia arriba; había espejos por todos los lados de la piscina, apuntando a este punto. Podíamos ver a Clary sin importar la dirección en la que miráramos. Eso debía ser. Mientras Ares y Afrodita se besaban y se daban cariño podrían ver a sus personas favoritas: ellos mismos.

En el momento que Clary tocó el escudo, supe que estábamos en problemas. Escuchamos perfectamente, como su mano rompió a través de algo que había sido conectado al tablero. Una telaraña, pensé, pero entonces, la vi quedarse viendo la palma de la mano y ella nos gritó sobre una especie de metal, tan fino que era casi invisible.

—Estás atenta a tus alrededores, muy bien señorita —la felicitó una sonriente Artemisa, causándole un sonrojo a Clarisse.

Un cable de viaje, lo reconocí. Ella no. Lo rompió. Un ruido estalló a nuestro alrededor, millones de equipos uniéndose, como si la piscina se estuviera convirtiendo en una maquina gigante.

Las estatuas de Cupido estaban alineándose y preparándose para disparar. Antes de que pudiera sugerir con cubrirnos, dispararon, pero no a nosotros.

Yo reaccioné rápidamente, y comencé a destruir las estatuas, con mi tridente, permitiéndole a Clarisse, tomar la bufanda de Afrodita, y el escudo de su padre.

—Lo que me sigue sorprendiendo —dijo Hefesto. —Es que Ares supiera de esa trampa, y lograra esquivarla. Dejó su escudo y la bufanda de Afrodita, allí mismo. —Miró a su hermano. —Te has hecho inteligente con los milenios. Nada mal.

Con el Tridente, la ayudé a subir, y nos marchamos de allí.

Odiaba ser engañada. Y tenía mucha experiencia manejando a los matones que me hacían eso. Palpé el escudo en mis manos y luego miré a mis amigos. —Necesitamos tener una pequeña charla con mi suegro —solo se me salió, ni siquiera miré a la sonrojada Clarisse. Solo lo dije. Como si ya fuera un hecho, que somos novias.

Eso SÍ que fue egoísta, de mi parte.

—Fue tierno, mi amor —dijo Clarisse a Penélope, besándole la mejilla.

El dios de la guerra nos esperaba en el aparcamiento del restaurante. —Bueno, bueno —dijo. —No os han matado.

Sabías que era una trampa. —le espeté.

Planeaba llevarla allí, verdaderamente. —Nos reveló. —Pero entonces, me fije en algunas cosas, que no estaban... digamos: en su lugar. Entonces, tomé mi escudo y la bufanda de mi juguetito, y las dejé allí.

Afrodita quería golpearse la cabeza, contra su propio trono, al escuchar como la llamaba Ares. Era definitivo. Cuando acabaran el capítulo, intentaría reencarrilar su matrimonio, y dejaría de lado, a ese imbécil.

» Seguro que ese herrero lisiado se sorprendió al ver en la red a un par de críos estúpidos. Das el pego en la tele, chaval.

Le arrojé su escudo. —Eres un cretino. —Clarisse y Grover contuvieron el aliento.

Ares agarró el escudo y lo hizo girar en el aire como una masa de pizza. Cambió de forma y se convirtió en un chaleco antibalas. Se lo colocó por la espalda. — ¿Ves ese camión de ahí? —Señaló un tráiler de dieciocho ruedas en la calle junto al restaurante. —Es vuestro vehículo. Os conducirá directamente a Los Ángeles con una parada en Las Vegas.

El camión llevaba un cartel en la parte trasera, que pude leer sólo porque estaba impreso al revés en blanco sobre negro, una buena combinación para la dislexia: "AMABILIDAD INTERNACIONAL: TRANSPORTE DE ZOOS HUMANOS. PELIGRO: ANIMALES SALVAJES VIVOS."

—A veces, los humanos son tan... —la diosa de la caza gruñó.

—A veces te dan ganas, que provocar otro diluvio —dijo Penélope, y entre la diosa de la caza y la hija de Poseidón, se sonrieron. Los semidioses tragaron saliva, al pensar de lo que serían capaces, esas dos.

Estás de broma. —Dije.

Ares chasqueó los dedos. La puerta trasera del camión se abrió. —Billete gratis, pringado. Deja de quejarte. Y aquí tienes estas cosillas por hacer el trabajo. —Sacó una mochila de nailon azul y me la lanzó. Contenía ropa limpia para todos, cincuenta dólares, una bolsa llena de dracmas de oro y una bolsa de galletas Oreo con relleno doble.

Suspiré. —En fin, supongo que es un "gracias", por el aventón... gratis.

G-Gracias... padre —dijo Clarisse, como siempre, temerosa del patán.

Clarisse agachó la cabeza, para no enfrentarse al rostro furioso del dios de la guerra. Hera se paró de su trono, golpeó a su hijo en la cabeza, cargó a su nieta, y se sentó, donde hasta ese momento, Clarisse estuvo sentada.

Gracias, señor Ares —saltó Grover, dedicándome su mejor mirada de alerta roja. —Muchísimas gracias.

Me rechinaron los dientes. Probablemente era un insulto mortal rechazar algo de un dios, pero no quería nada que Ares hubiese tocado. A regañadientes, me eché la mochila al hombro. Sabía que mi ira se debía a la presencia del dios de la guerra, pero seguía teniendo ganas de aplastarle la nariz de un puñetazo. Me recordaba a todos los abusones a los que me había enfrentado: Nancy Bobofit, Gabe el Apestoso, profesores sarcásticos; todos los cretinos que me habían llamado "idiota" en la escuela o se habían reído de mí cada vez que me expulsaban. —Genial. —pensé. —Mañana otra vez en los periódicos. —Ya me imaginaba el titular: "Delincuente juvenil propina paliza a motorista indefenso".

Todos lanzaron carcajadas.

—No es tan gracioso —gruñó Penélope.

—Claro que sí lo es, mamá —dijo Orión sonriente, y mirando a su madre. Por las risas, el hijo de Artemisa, quedó con la espalda en el suelo, y doblaba el cuello, mientras sonreía a Penny. —Una niña de trece años, dándole una paliza a un "hombre" de treinta. —Orión, Luna, Ariel y la hija misteriosa de Penny, lanzaron carcajadas, una vez más, mientras se revolcaban en el suelo.

—El próximo capítulo se llama: "De Cebra, hasta las Vegas"