© Kishimoto, Masashi.
La próxima vez
I.
—Ahora, Miko-chan, abre la boca grande, grande. Eso es…
La pequeña de seis años atiende las palabras de la agradable doctora de ojos verdes. Su mama le ha dicho que, aunque den miedo, los médicos son personas buenas que curan a la gente y la hacen sentir mejor. Así que tiene que ser valiente y aguantar las medicinas amargas o los piquetes en las pompis.
Sakura termina de examinar la garganta de su paciente y apaga la linterna, tomando enseguida su registro diario, en el que garabatea las observaciones del diagnóstico.
—Es sólo una leve inflamación de garganta. No hay infección, así que con esto será suficiente —informa a la madre, extendiéndole una receta—. Las alergias estacionales son algo común en estos días de primavera.
Y, como si fuese la primera vez, la Haruno recibe azorada el agradecimiento sincero de la mamá y la hija. Agita la mano mientras las despide al pie de la puerta de su consultorio: aquella es la última de sus citas del día.
Por la ventana, divisa el azulclaro del incipiente anochecer. Es la hora del rito crepuscular. Consulta su reloj de pulsera: son casi las siete.
Desliza de sus hombros la bata inmaculada y la cuelga en el perchero. Tal sencillo acto, por banal que pueda parecer, le quita una losa del cuerpo, como el actor de teatro que, al concluir la función, destensa sus facciones antes exageradas y perfectas. Apaga la luz: se cierra el telón.
Al salir a la calle, la brisa nocturna la estremece con agrado. Pese a ser finales de abril, algunas noches sorprenden con un vientecillo que cala más que de costumbre. Es refrescante.
Sakura echa a andar sin pensarse bien a bien dónde va. Al pasar por la tienda de dangos, se siente tentada a entrar al establecimiento, pero desiste: ha ganado un par de kilos en el último mes. Malditos pasteles y té, cortesía de Ino y sus paseos por la aldea en busca de cosas para su fiesta de compromiso con Sai. Las invitaciones elegidas apenas el fin de semana anterior, estaban preciosas.
Agita la cabeza y cierra los ojos, negándose a mirar hacia el establecimiento. Resuelve que lo más saludable es prepararse algo casero para cenar. Con eso en mente, compra algunos vegetales y vuelve sus pasos al sendero. Cuando menos se da cuenta, casi por inercia, se halla transitando por el puente principal de la aldea. Inevitablemente, una sonrisa acude a sus labios: las memorias la asaltan a tropeles.
Aquellos días como gennin, en la convivencia con esas personas que se convirtieron en tesoros alojados en su corazón, no podrían borrarse jamás de su existencia, e ineludiblemente, serían evocados a la mínima provocación, como aquel puente imperturbable al tiempo.
Hay cierta sensibilidad en su ánimo por esos días y Sakura sabe bien la razón. Apenas un mes atrás, se había celebrado la ceremonia de bodas de Naruto y Hinata y, sin poderlo evitar, las emociones afloraron álgidas, embargándola.
Su madre se ponía nerviosa viéndola comenzar a reír de la nada o enojarse en medio de una comida hecha en casa; Ino entraba en pánico al verla llorar de repente en sus pláticas de chismes; Kakashi, por su lado, temblaba ante sus espontáneas muestras de afecto cuando visitaba la oficina del Hokage para la notificación de una misión.
Ha anochecido: la vista clara de ese cielo estrellado, le provoca un ramillete de sensaciones en la boca del estómago. Sabe lo que vendrá a continuación, lo siente en el borde de sus pestañas.
—Detente, Sakura. Pareces un maldito grifo.
Respira hondo y parpadea, sacudiéndose el amago de lágrimas que amenazan con derramarse libres por sus mejillas. Reanuda su camino a casa, ignorando el pensamiento que se configura en su psique: tirándolo a las aguas del rio.
«¿Qué cielo verás tú?»
Con no poca dificultad, el cerrojo de la puerta cede a las maniobras de la kunoichi. Pequeño recordatorio de que tiene que mandar reparar esa cosa un día de estos. Tanteando por la pared, activa el interruptor, iluminándose el modesto espacio del departamento que ocupaba desde hacía año y medio.
La exigencia de su presencia en el Hospital de Konoha, al término de la guerra, le hicieron tomar la decisión de mudarse lo más cerca posible. Aparte de ello, para Sakura, la idea de ser independiente y dejar de darles problemas a sus padres era una necesidad que la hizo sentirse bien consigo misma: más capaz, más fuerte, más madura. Un plus era el bajo alquiler que pagaba por un espacio relativamente amplio para una sola persona. Ser reconocida por su actividad médica y haber atendido a más de media aldea, a veces traía sus ventajas.
Deja las bolsas en la encimera de la cocina y extrae los vegetales para lavarlos. Luego los pela, pica y hierve junto a otros condimentos. En menos de una hora, su cena está lista para servir.
Decide ducharse antes de probar bocado.
Con ropas más ligeras y las puntas de su cabello goteando sobre una toalla colgada en su cuello, Sakura se dispone a comer. Intenta no pensar en nada. Se concentra en el movimiento de su mandíbula al masticar cada bocado, en su tráquea al tragar, en el aroma y el sabor de la sopa caliente: ha mejorado su sazón en la cocina. Sonríe. Si pudiera, se lo presumiría a Naruto, invitándolo a cenar de la nada como tantas veces hizo antes, terminando los dos hablando de tonterías y cosas al azar hasta ya entrada la noche.
Su sonrisa se diluye. «Parece que ya no será tan sencillo».
Había dicho que no pensaría nada. Como siempre, su mente rebelde no la obedece.
Se levanta de la silla y deja los platos en el fregadero: ya los lavará por la mañana. En vez de eso, prepara un té caliente y toma lugar en su sillón favorito, disfrutando de la infusión color ámbar.
Los sonidos del exterior se filtran por las rendijas del silencio de aquella estancia. Puede escuchar los gritos de una madre mandando a sus hijos a dormir, como la suya hizo en sus años de infancia y adolescencia. Oye el aullar de los perros aburridos que no hacen sino llamar la atención de la luna y de sus dueños. Percibe el murmullo de las cigarras, estridente y lejano, escondido en el verde de la vegetación.
Sus ojos se clavan en el cristal del ventanal deslizable, que a veces hace de balcón con su pequeño descanso y desgastado barandal. Hace un poco de viento, lo sabe por el movimiento que hacen el puñado de árboles que se izan en el exterior de su edificio. Sus pulmones se hinchan de aire y lo sueltan en una exhalación profunda que va acompañado de un sonido de aflicción: un suspiro.
¿Que es esa melancolía? ¿Qué es esa sensación de insatisfacción que siente corroerle cada fibra del cuerpo cuando se detiene de su actividad laboral y le toca encararse contra sí misma en soledad? Sin duda, ver a sus amigos tomar nuevos caminos en sus vidas y verlos soñar con el futuro, la hicieron tropezarse con la pared. ¿Cuál era su futuro? ¿Qué es lo que soñaba ella?
Siente punzadas en la cabeza y cierra los ojos para suprimir el malestar. Deja su taza de té en el suelo y se acurruca en el silloncito, recargando la cabeza en uno de los bordes, justo en el lado que duele. El ritmo de su propia respiración la arrulla y se queda dormida en esa posición incómoda, hasta que un sonido hueco e intermitente la obliga a emerger de las aguas del sueño. Un sonido como de piedras golpeteando.
Sus ojos se entornan y los músculos de su cuerpo se quejan, adoloridos. Maldita sea su costumbre de quedarse dormida en cualquier parte. Aprieta sus párpados para lubricarlos y acostumbrarlos a la luz que ha dejado encendida. En serio, maldita manía suya.
El sonido es persistente y, más en sus sentidos, busca la fuente de su despertar. Lo halla en el cristal de su larga ventana, dibujándose entre sombras. Una figura que, a pesar de no ver nítidamente, conoce bien, como grabada a fuego.
—No es verdad. —se habla a sí misma, levantándose del silloncito. La ansiedad por ir a correr las cortinas que esconden la identidad de su visitante, la sofoca y provoca que un nudo de nervios se le instale entre la boca del estómago y la garganta.
Sus pies descalzos la llevan hasta allí, frente a la barrera que le impide la visión que acaso provendrá de su sueño perturbado. Sus dedos sujetan los pliegues de la tela y, de un tirón, desvanecen el anonimato que le tienen el alma pendida de un alfiler.
—Sasuke-kun… —susurra, reconociendo los rasgos perdurables en su memoria.
Sus ojos sienten la humedad y la alegría acumularse ante la presencia del muchacho que, al otro lado del vidrio, alarga una mínima sonrisa por el gesto sorprendido y atolondrado que le mira plasmar.
Ella y sus gestos tan transparentes.
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Esta será una historia corta, de varios capítulos pequeños, cuatro o cinco. Hace muchos meses que la traía rondando en mi cabeza, que incluso había hecho varias anotaciones para ella. Es hasta ahora que me sentí con muchas ganas de darle vida, y debo decir que he disfrutado bastante con ello. Básicamente toma lugar luego de la boda de Naruto, así que puede catalogarse como Last Era. Me encanta ese arco y siempre me hizo ilusión la promesa-poke de Sasuke a Sakura.
Ojalá les haya gustado. Gracias por leer, pyong!
